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Regresé después de doce años a aquella casa donde escondía mis juegos de niña, nunca me imaginé que la encontraría tan abandonada, mis abuelos murieron allí en la casa que los vio nacer. Mis padres me la dejaron antes de irse del país. Aquí estoy yo, psicóloga de profesión, intentando poner un poco de orden a mi vida, dejo la ciudad y me instalo en está pequeña aldea.

Mis padres con el problema de sus viajes todos los veranos me dejaban aquí con mis queridos abuelos, la casa es enorme y me perdía por la habitaciones. Corría por los pasillos, subía y bajaba al desván. Para mí, un palacio de princesas, hasta que cumplí los catorce años. Las cosas cambiaron. Me daba miedo subir al desván dormía con tapones de silicona para no oír los ruidos que se despertaban en la noche. Me acuerdo que unos años después de que mis abuelos murieran, paso algo extraño en la habitación que ocupaba mi tío Alberto.

Ese verano se apuntaron a venir unos amigos, Jorge se fue al día siguiente porque no se acostumbraba a los ruidos nocturnos, se fue muerto de miedo. De echo desde aquel día no se nada de él.

El segundo que se marchó fue Lucas. Quiso demostrar a todos lo valiente que era y se fue a los cuatro días con fracturas por todo el cuerpo. Prefiero no recordar lo que ocurrió esa noche, yo lo achaco todo al exceso de alcohol y las drogas que algunos de ellos consumieron, yo me pasé toda la noche practicando sexo con mi antigua pareja, no oí nada de nada.

La casa sigue igual que cuando la dejé la última vez, mañana vendrán a reparar el tejado, poner a punto la caldera y a ayudarme a limpiar. Hoy me toca adecentar un poco la sala de lectura y dormir allí.

Quite las sábanas que cubría el viejo escritorio de mi abuelo, la madera caoba refleja la luz de aquellos años, el diván donde me acurrucaba en sus brazos hasta caer dormida, seguía allí con su tela desgastada, insinuando solo parte de las flores que se dibujaban. Los recuerdos afloran con retardos puntuales, muchos de ellos sin imágenes solo sensaciones, olores, sonidos que todavía hoy no puedo describir. Después de aquella noche, caí en un profundo brote psicótico, que me envolvió en una tela de fina maraña. Atrapada en un espacio vacío, sin luz, sin recuerdos, solo un recurrente miedo.

Todos estos años no he pensado mucho en las malas sensaciones que tuve aquella noche, mi trabajo me ocupaba mucho tiempo, trabajar en un psiquiátrico con más de sesenta pacientes, no te deja espacio para los recuerdos.

He dejado las maletas en la entrada, las pocas pertenecías que poseo las trae mañana el camión de la mudanza. En la cocina perdura aún el aroma a café, un sutil recuerdo aparece en mi cabeza, es mi abuela, siempre sonriendo, preparaba el desayuno tarareando una canción, su sonrisa era impresionante, dejaba al descubierto una pequeña arruga en la comisura de sus labios que la hacía más juvenil. Recuerdos relámpagos…, intento prepararme un café, pero un chasquido me devuelve a la realidad.

Es curioso como el cuerpo reacciona a lo inesperado, son milésimas de segundo, pero noto como el vello de todo mi cuerpo se pone de punta, en alerta. He logrado poner el café en la vieja cafetera, la despensa de esta casa es enorme, siguen colgados los machetes que usaba mi abuelo cuando iba de caza, esa parte no me gusta recordarla, su recuerdo me produce angustia, el mero hecho de recordarle con un delantal, quitando la piel a un conejo me produce asco, creo que fue el causante de que me volviera vegetariana.

Estoy algo cansada, el sol inicia su puesta, entran por la ventana pequeños y ralos rayos de luz que manifiestan su despedida. El vapor de la cafetera interrumpe la fotografía que se ve tras la ventana. Me siento cerca de ella con la taza en mis manos, casi no hay luz en el exterior, los arbustos del patio se empiezan a mover.

Recuerdo que un pequeño lechón se escapó de la granja de un vecino y buscó fortuna en la huerta de mi abuelo, ese día fue de risa, ver a mis abuelos corriendo detrás de aquel avispado animal que rozaba su vientre contra el suelo, esquivando los brazos y las manos de mis pobres abuelos que caían al suelo sin poder atraparlo.

¡Qué lugar lleno de recuerdos!, pongo la radio en la sala de lectura, sacó del armario un par de mantas y me regocijo en el diván con un buen libro. Estoy profundamente dormida, tengo un sueño ligero, la fina y blanca arena de la playa me deslumbra, noto como mi piel se tuesta con el sol, me siento sobre ella, empiezo a dibujar con los dedos.

La calidez de la arena me reconforta, sumerjo mi mano, la temperatura desciende, una ligera presión me oprime la mano, me persigue, se va deslizando por el brazo, sigue sumergida bajo la arena, intento sacarla, pero algo me agarra desde abajo. La presión sigue subiendo, a su vez la arena empieza a cubrir cada poro de mi cuerpo, arañando mi piel, saciando su sed con mis fluidos, la arena alcanza la altura del cuello, no me deja respirar.

Me estoy ahogando, casi no puedo coger aire, mi cavidad torácica no puede ejercer su trabajo con el peso de la arena. Estoy mirando al cenit, mis ojos solo ven la luz cegadora del sol. Me quedo sin aire unos segundos, despierto…, tengo los ojos abiertos, distingo el techo de la sala de lectura, pero sigo sin poder moverme.

Solo puedo mover el cuello, en mis labios tengo arena, intento incorporarme y descubro con horror que hay un agujero en el techo, la arena brota como el agua, cubre más de un metro, la puerta esta cerrada, recuerdo que la deje abierta. Sigue saliendo deprisa, está empezando a cubrir la parte alta del escritorio, empieza a taparme la barbilla.

¡Tengo que salir de aquí! basculo mi cuerpo para intentar mover la arena que me oprime, parece que se va moviendo. Ya es de día y la luz de la mañana empieza a entrar por la ventana, oigo el camión de la mudanza, comienzo a gritar. El ataque de ansiedad me revuelve las tripas y me produce arcadas, no las puedo controlar, el miedo a la muerte me invade y sigo gritando con fuerza.

Alcanzo ver una sombra que irrumpe en la ventana, sigo gritando, cristales rotos, alguien me pregunta

– ¿Está bien? Margot, Margot.- Noto que me zarandean, pero sigo inerte.

Miro alrededor y descubro con espanto que no hay arena sobre el suelo y que el agujero del techo no existe. Estoy tumbada en el diván, con las mantas sobre mi cabeza.

Después de unos minutos recupero la cordura, me levanto aturdida e investigo con la mirada intentando encontrar un solo grano de arena. No lo entiendo, estaba despierta…

El equipo de limpieza está poniendo a punto las ocho habitaciones del piso superior, yo me encargo de la parte de abajo, se oyen golpes de martillo de los obreros que reparan el tejado. Es una jauría de ruidos, se mezclan con los olores añejos que desprenden las cortinas que estoy quitando para lavar. Sigo dándole vueltas a lo ocurrido esta mañana, me doy cuenta de que estaba leyendo un libro cuando me acosté. Regresé a la sala de lectura, miré por todos los lados, el libro que traje en mi bolso, no apareció por ningún lugar.

Salí al porche a comerme un bocadillo, estoy cansada y los trabajadores se han ido marchando, la parte de abajo ya está lista para vivir. La única habitación que está lista al cien por cien es la de mi tío Alberto, las demás tienen problemas de goteras, colchones insufribles, en fin solo queda esa habitación.

Desde que llegué no he subido a la parte de arriba. Era el momento de subir mis maletas y colocar la ropa en los armarios. Las escaleras de madera crujían incansables al paso de nuestro peso, es un ruido seco que se para al momento, se vuelve a activar cuando pones el pie en el siguiente peldaño. La puerta de la habitación tiene un color amarillento, como la nicotina deja los dedos a los fumadores, se diferencia del resto de puertas, ha adquirido un color bastante feo, tendré que lijar y barnizar de nuevo.

No recordaba que pesara tanto la maleta, no la podía levantar y ponerla sobre la cama, abrí el armario y la metí dentro. La pequeña la dejé sobre la cama y empecé a colocar en el baño las cosas que traía de mi antigua casa.

Después de una cena ligera y una taza de té, subí las escaleras con los pies a rastras, sin fuerzas ni siguiera para mantener los ojos abiertos. Me tumbé sobre el edredón y caí en un profundo sueño. El sonido de un teléfono me asusta, pero no despierto, estoy viajando por las penumbras de un sueño pesado, noto un frío devorador.

Estoy en la misma habitación, las paredes de madera dibujan sombras chinescas, las mismas que mi abuelo dibujaba en la pared del patio, dibujo una sonrisa y me reconforta. Las sombras se mueven divertidas por todas las paredes del cuarto, hasta que llegan al armario, su puerta está entre abierta, el tiempo en ese momento se para, el reloj de la mesilla deja de marcar la hora, el silencio es absoluto, mis oídos aguzan con una inquietud que crece, los susurros que empiezo a escuchar salen del armario.

La puerta se abre lentamente, de su interior una sombra sin rostro se aproxima hacía mí. El olor a azufre y huevo podrido inunda el espacio, causándome un horror incontrolado. La habitación empieza a girar, el frío traspasa el límite de la congelación. Los dedos de mis pies empiezan a ponerse morados, me duelen las uñas, las rodillas empiezan a quebrarse hacía un lado, mi cuerpo se descompone, se vuelve quebradizo.

El frío acaba de alcanzar mi vientre, veo que los músculos se van descomponiendo, se empiezan a ver los tejidos internos, hasta que dejan al descubierto los intestinos. De repente la habitación recupera su estado normal, los susurros se oyen dentro del armario, se alejan…, ahora estoy otra vez en un placentero sueño, relajada.

Mi cuerpo está sumergido en la bañera, las velas iluminan el baño, tengo una copa de vino en la mano, alguien está allí. Es Alex mi antiguo novio, está completamente desnudo, recuerdo esa noche, hacemos el amor, el olor es agradable, la espuma envuelve nuestros cuerpos.

Me costó abrir los ojos, me dolía la cabeza y tenía un punzante dolor en el dedo del pie, cuando me calcé descubrí que no tenía uña en el dedo gordo, levante el edredón la busque, pero no apareció. Al andar me dolía bastante, intenté curarme el dedo y le puse una pequeña gasa, para evitar el roce con la zapatilla. Bajé cojeando, tenía el cuerpo molido, al coger una taza del armario, descubrí que mi antebrazo tenía un gran hematoma, me levanté la patera del pantalón y tenía llagas en las piernas.

Me puse a temblar, me castañeteaban los dientes, me dolía la mandíbula. La luz del contestador parpadeaba, era una amenaza para mi estado. Todavía no tenía dada de alta la línea telefónica, torpemente apreté el botón para escuchar los mensajes, la voz de mi padre radiaba por la habitación chocando con los armarios de la cocina.

– ¿Margot? ¿Ya estás instalada?

– Hija, coge el teléfono, ha pasado dos semanas y no sabemos nada de ti.

No podía creer lo que estaba ocurriendo, encendí el móvil y efectivamente habían pasado dos semanas desde que llegué. Tiene que ser un error, es imposible, ayer estaban reparando la casa y limpiando. Hoy tienen que seguir con el tejado y la caldera…

Un ruido que provenía del sótano me sobresaltó, era un ruido metálico, como si alguien arrastrara una pala por el asfalto. Me armé de valor y baje las escaleras, se veía muy poco, bajaba agarrándome a la pared, la bombilla estaba fundida, solo disponía de la luz que proyectaba el móvil. Mi respiración se aceleraba, me costaba coger aire. El olor azufre y putrefacción se desperezan lentamente hasta convertirse en una nube con forma, que se aproxima a mi olfato. La puerta se cierra tras de mí, las lágrimas caen impasibles sobre mi rostro, me ahogo en mi llanto. Golpeo la puerta y solo oigo de nuevo los susurros. Otro nuevo ruido entra sin piedad en mis oídos, el agua brota por la paredes inundando el sótano, rompe los escalones a su paso, la legua de agua me empieza comer los pies. Solo consigo hacer una llamada, mi padre coge el teléfono.

– Sí.

– Papá. Ayúdame.

– ¿Margot, Margot?.- Oía la voz de mi madre, gritando;

– ¡Jhon!, Margot está muerta, nuestra hija está muerta, lleva doce años muerta.- El llanto de mis padres terminó la llamada, solo noté que el agua me cubría la cara y deje de respirar.

 Julia OJidos Núñez

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