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Casi era la hora de cerrar, pero allí estaba su vieja bicicleta, la cargaba de libros cada semana. Recuerdo el primer día que la vi llegar, su vestido floreado hacía visible su bonita figura, su melena se movía por la brisa del mar, a un lado de su cabeza una pequeña flor de almendro adornaba sus cabellos que caían prodigiosos sobre sus pechos. Nunca me atreví a saludarla, pensé que ella nunca se fijaría en un joven como yo, un aprendiz de librero, con unas pocas monedas en el bolsillo, pero con ganas de describir con palabras y papel a aquella muchacha que un día se arrojó a mis brazos. Si, así es mi bonita historia, pero demasiado corta. Don Luis me pagaba poco, pero en los tiempos que corrían tenía que coger lo que me ofrecía.

Me pagaba los jueves, después de entregar los pedidos a domicilio. Ella llegaba sobre las ocho de la tarde, casi a punto de cerrar, siempre con preciosos vestidos de colores alegres, que la hacían aun más bonita. Sus labios de un rojo carmesí, realzaban su sensual boca, mis ojos solo eran para ella.

Allí estaba yo abobado con esa criatura que enviaba el diablo cada semana, sembrando en mí un deseo incalculable que se extendía desde mi nuca hasta la curiosidad de mi bragueta.

Cada tarde después de mis quehaceres diarios, cerraba la tienda, corría hacia la playa con recortes de papel de estraza en el bolsillo, con la triste compañía de un velero en el horizonte y el sol despidiéndose del mar. Era mi momento, donde mis sentimientos más profundos se dibujaban en forma de letras en aquel trozo de papel, donde mi pequeño mundo se convertía en reino. Donde mi hermosa princesa, montada en su precioso caballo cabalgaba junto a mí, en aquella solitaria playa.

Era el mundo real que yo quería creer, donde se formaba una bonita conjunción de palabras y sentimientos. Cuando el sol quedaba atrapado en las aguas, me marchaba, con una única ilusión, ¡quedaba un día menos para verla…!

En la pequeña habitación del hostal, colgué en la pared aquel trozo de mi bonita historia, de mi amor platónico, un amor inalcanzable para un triste aprendiz de librero.

Trascurrían los meses y nunca me atreví ni siquiera a saludarla, el corazón me latía con fuerza cuando descubría mi mirada perturbando sus pensamientos. Yo la obsequiaba con una pequeña y vergonzosa sonrisa que no llegaba a cruzar ni medio rostro, eso sí, el color de mis pómulos formaba un destelló rojo que resaltaba entre las estanterías llenas de libros.

Ahora acostado sobre mi cama y contemplando mis pequeños recuerdos pinchados en la pared, dibujando en el aire un corazón con los dedos, percibí el ligero aroma de la almendra y recordé la flor que guarde de ese día, el último día que la vi.

Ya habíamos cerrado y miraba nervioso el reloj, desde lo más alto de la calle, a esa hora la veía aparecer, pero ese día presentía que algo iba a ocurrir. El trasiego de coches y camiones me hizo pensar lo peor, oí el ligero sonido de un timbre, miré hacía aquella dirección y descubrí con alegría que era ella.

Como siempre radiante, su pelo alborotado flotaba en el aire, sus labios rojos anunciaban un beso ardiente, pasó rápido por mi lado y frenó con tanta brusquedad que la hizo caer.

Me coloqué a su lado y cayó en mis brazos, sostuve su mirada en un largo espacio de tiempo, me inspiraba frescura, el rico aroma a primavera. Sus labios entreabiertos, me insinuaban la sed de un beso. Y así fue o creo que fue, posé un tímido beso en sus labios.

Las mariposas que cultivaba en mi estómago salieron volando, formando una nube de colores al paso del viento. Del pelo calló esa pequeña y rosácea flor, que aún guardo con cariño. Esa fue la última vez que la vi, entre mis brazos.

Después de aquel encuentro, sobraron los sueños e ilusiones que plasmaba en el papel. Se casó con don Luis, mi querido y viejo jefe. Lo bueno de todo esto es que después de todo este tiempo, he conseguido ser escritor y volver a aquella librería que me dio trabajo. Aquel lugar que me hablaba de ella, con imágenes y con palabras. Donde en cada rincón se ve su mirada felina y se dibuja una sonrisa de rojo carmesí.

              Julia OJidos Núñez

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