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Todo comenzó con un sueño, no era un sueño de sus vivencias, era una señal; castigado por esa locura que le persigue, intenta canalizar ese sueño que le trae de cabeza. Andreu un joven ingenioso, un extraordinario inventor. En su viejo taller deposita su sabiduría, noche tras noche, sin descanso. Está convencido que ese invento será algo mágico y grandioso, le dará un poder que pocos pueden alcanzar. Hace unos años experimentaba con sales de plata, con grandísima fortuna por cierto, descubrió las altas propiedades fotosensibles. Pero no quedó ahí, en sus manos cayó el manuscrito de un apasionado alumno de Leonardo da Vinci que plasmó en papel, sus grandes inquietudes en un pequeño boceto; donde una caja cuadrada proyectaba un haz de luz en una mesa. El sueño del joven inventor era idear una maquina que proyectara imágenes de personas en tiempo real. Una luz tenue se veía aquella noche en el taller, una gran cantidad de velas, velaban los sueños locos de Andreu, solo quedaban unas pocas sin consumirse; el olor a cera y el humo negro que lanzaban al aire, proyectaba unas tétricas sombras en la pared. Lucía una barba de varios meses, desaliñada y cubierta de polvo de la madera que lijaba con sus manos. La caja estaba casi lista, el orificio en uno de sus lados deja ver una especie de lente. Tras el fracaso de sus otros experimentos, materializaba una felicidad creciente convencido de que ese sería el último de ellos. Estaba orgulloso de su trabajo, ajustó la correa de cuero a ambos lados de la caja para poder trasportarla y apagó la última vela sin consumir.

Esa noche cesaron los sueños, pero algo le despertó violentamente. Se incorporó en su catre, aguzo el oído. El sonido que escucho a continuación hizo que su cuerpo se pusiera en alerta, una extraña sensación se aproximaba a él, le hizo saltar de la cama. Algo sin color ni forma empezó a subirle por los pies, una humedad fría se arrastraba por su piel, dando paso a un miedo incontrolable. Su agonía ascendía como aquella sensación que se amarraba a su cuerpo sin pedir permiso. De repente el lejano aullido de un lobo, hizo que aquel ser que se escondía en la penumbra desapareciera de inmediato de aquel lugar.

Amaneció soleado, la niebla se disipó al alcanzar el día. El joven inventor, estaba pletórico, hoy era el día que presentaba su proyecto en la escuela de inventores de Londres. Parecía otra persona, se había recortado su barba, lucía sus mejores galas, le acompañaba su recién barnizado bastón de castaño. Consulto su reloj que guardaba con cariño en el bolsillo de su chaleco, antes de poner el pie en el primer escalón de la sala de inventores; regresó a él aquella sensación que le dejó sin aliento la noche anterior. Su cuerpo se tensó, cogió una bocanada de aire e intento entrar en la sala con una sonrisa.

Todos esperaban impacientes su llegada, confiaban en las ideas y proyectos de aquel apuesto joven que dedicaba sus días al estudio, y las noches a completar con prácticas aquellas ideas locas.

El presidente de la congregación se levantó consultando su reloj;

– Un joven puntual, Andreu.

– A la hora del primer té de la mañana, sin duda.

La mesa central estaba preparada, para que Andreu mostrara su artilugio.

– Bueno, comencemos-. Andreu colocó el pesado artilugio sobre la mesa, junto con otros aparatos que los demás miraban con asombro.

Comenzó a hablar, al principio sus inseguras palabras causaban impertinentes miradas y leves bostezos en la sala. Hasta que alguien desde el otro lado de la estancia le preguntó;

– ¿Dices, que ese aparato puede captar cualquier imagen y dibujarla en papel?

– Si, eso es…

– Demuéstralo, ¿cómo llamas a ese proceso tuyo de inmortalizar una imagen?, ¿Por qué de eso se trata, querido Andreu?

– Señor, la magia que usted está a punto de presenciar se llama daguerrotipo.

– Las risas sarcásticas, movilizaron la sala-. Todas las miradas se dirigieron al delgado hombre que pronunció su voz al otro extremo.

-Interesante concepto, puede usted dedicarme una descripción del proceso.

Los ojos abiertos de todos los asistentes, mientras Andreu preparaba el aparato para realizar la prueba, le hizo perder el miedo y explicaba con esmero desde la combinación exacta de los vapores de yodo y la lámina de cobre plateada, pasando por el negativo y el positivo, este último sobre papel. Llegó el momento de la prueba, el primero en pasar por ella fue el osado y meticuloso hombre que irrumpió en los pensamientos del joven inventor.

– Señor, ¿dónde quiere usted posar?, le recomiendo al lado de la ventana.- Andreu corrió hacia un lado los cortinajes y la luz entro a raudales por la ventana.

El pose majestuoso del caballero, dejó a todos con una sonrisa en los labios.

Andreu se colgó en el cuello la cinta que unía al aparato y tapó su cabeza con un largo trapo negro, apunto en dirección al participante, después de un chasquido, volvió a colocar la maquina sobre la mesa e inicio el proceso que duraría aproximadamente una media hora, para conseguir su objetivo.Diseñó una gran caja de madera para que los vapores se acumularan e impidiera que los negativos cogieran la luz del exterior.

En la sala se oían los murmullos de los grupos que se habían establecido esa tarde, algunos en contra y otros a favor del proyecto. El ambiente era selecto, los trajes de estilo Eduardino de aquellos hombres valían una fortuna, sus peinados bigotes, cortados con esmero según anunciaba la moda. Todos ansiosos consultaban su reloj.

Andreu seguro de sí mismo, se quedó mirando por la ventana abstraído de lo que hablaban en la sala, solo tenía pensamientos hacía aquella extraña sensación que le perseguía desde anoche.

Llego la hora y Andreu consultó por última vez su reloj, después del proceso de las láminas de cobre, fue plasmar en papel aquella imagen cerca de la ventana.

El primero que tomó aquel papel en las manos, se quedó pensativo mirando su imagen reflejada, con la misma postura y gesto.

– Asombroso Andreu, enhorabuena muchacho-. Uno a uno el papel fue cuidadosamente desfilando por las manos de los asistentes.

Se rompió el silencio y la sala se llenó de aplausos, de vítores que anunciaban el gran invento de Andreu el que mantenía es su castigadas manos.

– Señores, hay que celebrarlo.

– Brindemos por este joven inventor lleno de sorpresas.

Las risas y los encargos dejaron agotado al joven Andreu, que marchó a su taller con el mayor tesoro construido hasta ahora.

Limpió su obra para poder utilizarla al día siguiente; de la vieja cartera de piel que llevaba consigo, cayó su primera imagen. No le había dado tiempo a verla con atención, un escalofrío le recorrió el cuerpo; apoyado al lado de su particular modelo, una sombra traslucida, golpeaba la visión del inventor. Con la ayuda de una lupa, descubre que la imagen que aparece ante sus ojos, es una forma demoniaca, que parece abrazar el hombro del delgado hombre. En ese momento, el eco de un ruido ensordecedor se apodera del taller, alguien o algo golpea la puerta. Al acercarse, un inmenso frío se cuela por debajo de esta, descompuesto y con manos temblorosas, acompañado de un farol; abre la puerta. La sensación que descubre después, es como caer por un precipicio. Una fría lengua lame su cuerpo dejándolo sin fuerzas para avanzar, el farol que lleva en las manos cae al suelo, pero antes de que se golpee contra él, lo ve levitando a la altura de sus ojos. Entonces puede apreciar esa fantasmagórica figura que le atrapa y no le suelta.

Esa figura acarreó su cuerpo al interior del taller y lo deposita en el catre. Se acercó a su rostro y sopló la llama del farol.

El canto de los pájaros anunciaba el nuevo día, Andreu se levantó con un ligero dolor de cabeza. Encendió la chimenea y puso agua a calentar. Dirigió su mirada a la gran mesa donde ayer después del agotador día limpiaba su caja oscura. Para su sorpresa, al lado de la imagen en papel que efectuó en el club, una imagen que no recordaba posaba sobre otro papel. Era el mismo, la imagen la había visto en algún sitio, estaba junto a la puerta de su taller, en la mano derecha sujetaba un pequeño farol, cogió de nuevo la lupa y detrás de él una imagen pétrea se colaba en la habitación, abría su boca, emitiendo un sonido sordo.

Consultó su agenda y uno de los fundadores del club, le pidió que fuera a su casa para sacar una imagen de su familia. Andreu dispuso todo lo necesario para realizar esa operación. Aunque estaba asustado con los nuevos descubrimientos, se fue caminando por las calles de Londres hasta llegar al domicilio de su compañero y amigo Frank.

Todo estaba dispuesto, la habitación elegida es una gran biblioteca, la familia de Frank estaba dispuesta en varios asientos mirando atentamente las indicaciones de Andreu.

Hizo varias, para poder elegirlas, pero se temía lo peor. Un miedo imparable le marcaba el ritmo del día, sin darse cuenta que lo que había descubierto era un logro que traspasaba lo natural.

Las risas y agradables comentarios de elogios inundaban la sala de té, Andreu miraba fijamente a la joven hija de su amigo, que conversaba atentamente con los hombres de la casa. Andreu consultó de nuevo su reloj, la impaciencia le invadía, quería contemplar la imagen que había tragado su caja oscura, quería visualizar en papel. En aquel preciso momento, el mayordomo de Frank irrumpe en la sala con una nota. Después de que Frank levantase la mirada se la ofreció a Andreu. Mantuvo la nota en sus manos sin querer creérselo, el hombre delgado y vanidoso que posó para él, había fallecido, se había suicidado, le encontraron en sus aposentos con una soga al cuello.

Las inquietantes palabras que Andreu leyó en aquella nota, dejó en el olvido la imagen realiza aquella mañana. Al día siguiente mientras tomaba una taza de té en su viejo taller alguien introdujo un sobre por la ranura de la puerta. Tardó varios minutos en reaccionar, estaba conmocionado por la desgraciada muerte y empezó a dar forma a una idea que no se quitaba de la cabeza. Pensaba que su caja oscura plasmaba la imagen de almas en pena, que se llevan a su mundo a determinadas personas, por otra parte, declinaba esa idea, pensaba que su forma de pensar rozaba la locura.

Abrió la carta, en ella su amigo Frank le comunicaba que una de sus hijas se había puesto muy enferma. El devastador mensaje, hizo que Andreu tirara su taza al suelo. Corrió hacía la caja oscura, a su lado estaba las imágenes de la casa de Frank, todo estaba en orden, pero solo transcurrieron unos segundos, cuando empezó a formarse detrás de una de las hijas de su amigo, la extraña figura desdibujada, posando una extensión de su cuerpo en el hombro de Anet. Un profundo terror se apoderó de Andreu, cogió su caja la colgó del cuello y pasó toda la mañana tomando imágenes de gente paseando por las calles de Londres. Quería desmostrar a sí mismo que su invento no estaba poseído por el mismo diablo. Entraba y salía del taller mirando las imágenes que había tomado, las calles se mostraban limpias, sin almas, pero en las fotos de algunas personas, le acompañaba la imperturbable forma que se colaba segundos después en cada imagen. Le llamó la atención la imagen de un perro, en uno de los callejones, ladraba asustado en todas las direcciones, la silueta no estaba a su lado, parecía que se movía sobre él. En aquel tenebroso callejón, aparecieron más formas, con siluetas diferentes. Incluso se podría decir que con aspecto más humano.

Andreu formó una larga fila en la mesa con la primera y última imagen, pasó la lupa por toda ellas y fue dibujando en un papel el proceso de esa demoniaca figura que alteraba sus pensamientos. En efecto, de alguna forma esa primera y vaporosa figura empezaba a coger cuerpo, según pasaba el tiempo a cada trazado de la imagen.

La sonrisa de Andreu le impresionó a él mismo, llevaba mucho tiempo sin dormir ni comer, solo oía los susurros más cercanos cada noche. Se había convertido en un ermitaño, su caja le dio a conocer por todo Londres como el fotógrafo de almas, le llamaban de todos los puntos de Inglaterra, cada vez que alguien influyente caía enfermo, querían sacarle una imagen para saber si iban a ser pronto herederos, la imagen mostraba si el enfermo iba a morir o no.Solo tenían que esperar unas horas.

Durante muchos años Andreu se dedicó a perfeccionar su caja oscura, se hizo con una gran fortuna sacando imágenes de gente. Pero se volvió un hombre ruin, solitario, su única obsesión era esa caja demoniaca que inventó con ilusión cuando era joven.

Estaba enfermo y ya no podía trabajar en su taller, una de las noches que disfrutaba de una taza de caldo, se le ocurrió una idea. Colocó un gran espejo frente a su catre, permaneció recostado, quería saber si su final estaba cerca, se colgó la caja y tomó su propia imagen reflejada en el espejo. No tuvo que tardar mucho en ver con sus propios ojos que su final estaba cerca. Sobre la mesa quedó reflejada en papel, su cuerpo envuelto en llamas y una figura con ojos rojos y forma totalmente humana que devorada su alma.

   Julia OJidos Núñez

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