No sé cuánto tiempo llevo en las catacumbas, pero estoy desnuda y sucia, él no está siempre, desde que me dejó solo ha venido una vez. Tengo hambre y estoy helada, noto las gotas de sangre caer por mi espalda, mi cabello está pegado a mi cabeza, formando un casco de barro y sangre. Oigo ruido, creo que él ha vuelto. Se ve una sombra a la entrada de la estancia, su altura y corpulencia son inconfundibles. Tiene algo en la mano, parece una sierra. Mis ojos se llenan de lágrimas, él me ha prohibido gritar, ahogo mi grito, notando pequeños movimientos en mi cuerpo a causa del miedo. Él se agacha a mi lado, me separa las piernas, me acaricia el pubis, se quita la túnica, no veo más porque me inyecta algo y caigo dormida. Me despierto y él sigue sobre mí, el dolor es horrible, no puedo resistirme más, le doy patadas, le intento morder, pero parece que a él le excita más. Así que me limito a apartar la mirada, dejar mi mente en blanco. Deseo morirme allí mismo. Después de saciar su sed sexual, me acaricia las piernas, baja hasta mi pie izquierdo, chupa uno a uno mis dedos y separa mi dedo meñique de los otros. Con la otra mano coge la sierra y en una fracción de segundo me amputa el dedo. Se lo introduce en la boca, lo saborea y lo guarda en una caja.

 

 

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