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¡Me ha vuelto a pasar!, nunca escarmiento con los hombres. Me he pasado llorando todo el fin de semana, viendo sin mirar las películas de la triste y deprimida Bridget Jones. Intentando arrancar una sonrisa de mis labios. Estoy hecha un desastre, me miro al espejo y no me reconozco. Las ojeras sobresalen de la cara como grandes gominolas, mis ojos repletos de finas venitas rojas asocian mi estado anímico con una mirada repleta de desánimo. Hoy como otros muchos es el peor momento de mi vida. Pero tengo que hacerlo, tengo que continuar. Intento no pensar en lo ocurrido y me distraigo mientras disimulo mis profundas e hinchadas ojeras, con corrector y maquillaje. Mi corazón seguirá herido durante mucho tiempo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que la felicidad inunda este cuarto. En estos momentos y delante del espejo donde reflejo cada día mi vida, me hago una promesa, nunca más me voy a enamorar. Aunque recuerdo que es la misma frase que utilicé la última vez. Embriagada en mi fracaso, disimulo con esmero el triste y lloroso tapiz de mi rostro.

Pongo rumbo a la jauría diaria, donde la misma gente de todos los días te juzga sin conocerte.

Mi cabeza forma parte de una silueta bien definida, donde los pensamientos son ajenos al cuerpo y el alma. Aquí estoy yo, dentro del vagón de metro, mirando a la misma gente de todos los días; recibiendo su incesante vaivén que adormece despierto.

Con los ojos abiertos mirándome a través del reflejo de la ventana, descubro una mirada; un atractivo joven me observa con media sonrisa. Cierro los ojos y no quiero pensar. Me quedo adormilada, con una sensación plenamente placentera. Percibo una caricia en mi hombro, abro los ojos. El vagón está completamente vacío. Sus puertas se abren y me muestran el cartel de mi parada. Recojo mi cuerpo abatido, pero antes de salir, en el asiento donde estaba sentado aquel atractivo joven, casi a punto de caer había un libro. Al agacharme para cogerlo pude leer en letras doradas

“No soy un amor prohibido” sin pensarlo dos veces, cojo aquel ejemplar y lo guardo disimuladamente en mi bolso. El roce de aquella portada con las yemas de mis dedos, el olor a libro antiguo que se filtraba con apariencia arrogante entre la cremallera entreabierta de mi bolso; la delicada grafía de la portada, inundó mi cuerpo de entusiasmo.

Arrinconé a un lado mis pensamientos tristes del fin de semana, recuperando el color en mi rostro y el brillo en los ojos, puse un pie en la oficina.

Hoy tengo mucho trabajo, llevo la sección de Recursos Humanos, ha empezado la selección de aspirantes para el casting de una nueva novela. Cuando me siento en mi despacho me olvido de mis penurias, me dedico en cuerpo y alma a desempeñar mi papel.

Me sirvo un café de máquina en la sala de descanso y presencio el tumulto de gente que espera ansiosa la entrevista.

Hombres, mujeres de todas las edades y nacionalidades, intercambian sus miradas y contemplan nerviosos el número de su turno en el luminoso de recepción.

Han pasado cuatro horas desde que acaricie aquel libro, no he dejado de pensar en su título “No soy un amor prohibido”.- Romántica hasta la médula, donde la poesía me alimenta cada día, por eso me pasan esas cosas, por qué me enamoro en mi primer encuentro de cualquier hombre que me roba un beso.

Mi torpeza eligiendo el amor y mi dedicación pasional a mi pareja, me hace una presa fácil, donde el hombre hipnotiza mis sentidos, secuestra mi cuerpo, que cautivo desea el amor entre sábanas.

Esa es sencillamente la hipotenusa de mi vida. Me encuentro otra vez con mi mirada en el espejo, he notado en pocas horas que mi espíritu ha recobrado vida. ¡Ya soy persona!, las ojeras se han disipado, dejando el contorno natural de mis ojos verdes.

He traído mi bolso con la intención de retocar mi maquillaje, pero no ha sido necesario. El libro asoma insinuante, entre el neceser y mi móvil. La atracción es tan poderosa que no puedo controlar el impulso de empezar a leer. Miro todas las cabinas del baño,- no hay nadie,- decido entrar y cerrar con llave. Acaricio su portada, leo en voz baja el título. Otra vez me inunda ese agradable olor a libro viejo, me traslada a otro tiempo,- comienzo a leer.

 

Te has castigado mucho el fin de semana, tus lágrimas no calman mi sed, me preocupa tu estado. Eres una de las pocas personas que he conocido que se refugia en su jaula contemplando asustada los leones que están al otro lado.

Intento dar sentido a lo que estoy leyendo, cierro el libro y observo la encuadernación, es un libro antiguo, está correctamente encuadernado, sus hojas del color pergamino me desorientan, el vocabulario es actual. ¿Cómo es posible?,- continuo leyendo.

 

Estar enamorada no es malo, es un estado prodigioso que nos cautiva a diario. El amor incondicional se asoma a tu vida de vez en cuando, el problema es que el amor llama a tu puerta y tu inocentemente le dejas entrar sin preguntar.

¿Qué hueco siempre tienes vacío?, ¿qué buscas en el amor?, solo unas dulces palabras, un beso furtivo, ¿sexo descontrolado?

Solo te hago una pregunta ¿Crees que soy un amor prohibido?

 

El sonido del móvil me despierta de ese paradigma literario que sostengo entre mis manos con pocas páginas escritas. Pero con una asombrosa firma en griego Ἔρως que reconozco de inmediato. Me levanto cabreada, esto es una broma pesada de mí exnovio Octavio, sabe mi pasión por la cultura clásica y además de dejarme, se mofa en mi propia cara.

Meto de nuevo el libro en mi bolso y decido ir a su casa a pedirle explicaciones.

La rabia que contengo se empieza a dulcificar cuando levanto la vista y el próximo al que tengo que entrevistar es el atractivo joven que me miraba en el metro.

Me quedo sin respiración, emerge por la puerta con una seductora sonrisa y perfecta dentadura; su pelo despeinado y su mirada seductora, consigue que me remueva en mi silla. Me entrega su currículum, lo dejo sobre la mesa. Me sudaban las manos, le invite a que se sentará, intenté no ruborizarme, pero creo que fue un intento fallido, porque él mantenía mi mirada. Su mirada me ofrecía una calidez sin limites, traspasando mi barrera helada. Era una sensación extraña, cercana y familiar.

El tiempo pasaba despacio, le hice un montón de preguntas, me pareció un candidato perfecto para ser el protagonista que buscaba la cadena de televisión.

Le dije que si resultaba elegido le llamaríamos al teléfono que figuraba en sus datos personales. Le di las gracias por venir y le estreché mi mano.

Fue entonces cuando el dulce sabor a miel brotó en mis labios, un calor sofocante inundó mi cuerpo, un orgasmo ofensivo alarmó la intimidad de mi cuerpo. Cuando solté su mano, un adiós jadeante se escapó de mis labios. Intenté ahogar el profundo jadeo cerrando mi boca; fue cuando él depositó un suave beso en mi mano.

Se marchó como vino, con una sonrisa que cautivó el más preciado rincón de mi cuerpo.

Me deje caer sobre la silla, contemplé su currículum. Me quede sin habla, sin respirar, sin vida…

Intentaba aclarar mis pensamientos, necesitaba saber si estaba despierta o continuaba llorando abrazada a los cojines del sofá y viendo la televisión.

Era la hora de regresar a casa, hoy había sido un día verdaderamente extraño.

Mucho trabajo, pero lo más curioso de todo era aquella magnífica sensación que había sentido y que no he dejado de sentir. Anote su teléfono y su dirección en mi agenda.

Esos sentimientos que se cruzaban eléctricamente durante unos minutos agarrada  su mano, no quería olvidarlo, necesitaba sentirlas de nuevo.

Me quedé dormida en el sillón, comencé a soñar;

 

Telas blancas colgaban del techo, las paredes pintadas de azul marcaban un recorrido. Mi cuerpo desnudo recorría aquellas habitaciones, repletas de bandejas llenas de frutas y dulces, almohadones de colores difuminaban el suelo; una gran cama insinuaba el descanso. El olor a champán inunda cada rincón aportando al aire un delicioso manjar de burbujas. Acarício las telas, envuelvo mi cuerpo en una de ellas y se perfila mi figura que desvela sensualidad, calidez y deseo. Una figura masculina apoyada en una columna me llama por mi nombre. Las telas que cuelgan desde el techo me prohíben ver con nitidez su rostro. Su voz hipnótica me va seduciendo. Me acerco apartando las suaves telas que me acarician mientras paso.

 

En ese momento me despierto. ¡No me lo puedo creer! En el mejor momento del sueño, ¡se cierra el telón!

Intento no moverme, cierro los ojos de nuevo; los aprieto intentando evocar de nuevo el sueño, ¡no hay forma!

Estoy muy cabreada, el sueño prometía; sentir un orgasmo mientras duermes es una de las cosas que siempre me gusta que ocurra.-

Me despejo como puedo, me duele todo el cuerpo por la postura que tengo mientras dormía. Recuerdo las últimas palabras del libro y lo saco de mi bolso. Asombrosamente las páginas escritas se han multiplicado; quedan muchas páginas en blanco. Estoy volviéndome loca; me meto en la ducha con la esperanza de limpiar mi alma de emociones y vanos sueños.

Estoy sumergida en el agua caliente, esperando respuestas de algo que ocurren con escaso sentido. Intentar poner mi cabeza en orden es bastante complicado, siempre engancho un caos emocional tras otro.

Ya, totalmente despierta con una taza de café en la mano, intento de nuevo descifrar aquel enigmático libro. – continuo.

 

Te llamo desde el umbral, deslizas tu cuerpo con garbo hacía mi.

Tu bonito pelo azabache alcanza tus voluptuosos pechos, jugando con tus azorados pezones que buscan espacio en mi boca. Allí estas con la plenitud sexual de tu cuerpo colmado de juventud y madurez; desafiando el silencio en este espacio vacío. Mantengo tu mirada, acaricio tu cuello con mis manos, veo que tu cuerpo se estremece, se mueve abarcando el aire y convirtiéndolo en fuego. Tu suave y sensual aliento cubre mi rostro convencido en sumergirse como una lengua en mi boca. Esto no es un secreto a voces, tu presencia perfuma el aire de mis pulmones. Eres mi refugio divino, eres mi diosa. He esperado mucho tiempo, pero al final has despertado…

 

No puedo seguir leyendo, mi corazón se derrite con el ritmo de las palabras. Rompo con la soledad de este ambiente mezquino que tritura mis días sin piedad, dejándome cada año más vieja y más débil para el amor.

 

¿Que me está pasando? Ya no distingo mi propia realidad.

 

Despierto. Ya es la hora de viajar en metro y renunciar a los placeres de la lectura y los sueños. Otro día más sin verte en aquel vagón.- No quiero quedarme dormida.

 

Llegó el día de decidir quién ocupará el papel de protagonista en la nueva serie de televisión. Entre los elegidos está él; misterioso y cautivador, derrumbando con tan solo una mirada. No recuerdo como se llama y busco en el cajón su carpeta. Se llama Eros, un dios seductor, uno de sus placeres es embriagarte con una infinita sensualidad.

Intento introducir un poco de coherencia en mis pensamientos y le confirmo a mis compañeros mi decisión.

Marco su número de teléfono mientras las imágenes de mi sueño tiemblan a cada tono de llamada.- No lo coge nadie, salta un contestador automático.- Le dejo un mensaje.

Pasan tres días y Eros no da señales de vida. Aunque parezca una locura cojo el libro con la esperanza que me mostrara instrucciones de que hacer y de donde buscarle.

Las mismas páginas leídas, las mismas palabras descubiertas. Lo acerco a mi nariz para iniciarme en ese mundo sugestivo, que te hace volar en los sueños.

No percibo nada de nada. Recuerdo en ese momento que apunte su dirección en la agenda. Decido acercarme a su casa, pensaba que a lo mejor estaba enfermo, por eso no contestaba a mis llamadas.

Era un edificio antiguo del centro de Barcelona, no disponía de ascensor. Comprobé el piso y el número que tenía anotado . Llegué a la cuarta planta. Era la única puerta pintada de un blanco inmaculado, sobre ella dormía el número siete y a su lado un post-it que me invitaba a entrar. No estaba cerrada, pasé al hall despacio, casi arrastrando los pies, un ligero escalofrío se inició desde mi nuca hasta el pequeño dedo de mi pie. Había estado allí, la confianza de la imagen que mis ojos veían era misteriosa, pero a la vez divina.

Las paredes pintadas de azul, el olor inconfundible a velas encendidas. Seguí por el pasillo de grandes ventanales, donde cuadros de otra época adornaban las paredes. Mis ojos descubrieron a continuación lo que vi en mi sueño.

 

Del techo colgaban telas blancas de fina seda, adornando un gran espacio, donde las ventanas y los almohadones que se veían en el suelo te invitaban al descanso. Alguien pronuncia mi nombre. Él está allí, apoyado en una columna. Persigo aquella voz que me llama hasta que solo quedan unos pasos para caer y despertar.

– Hola, Adara. Tenía muchas ganas de verte.- contemplo su cuerpo como si se dibujara en la pared ¡pura magia!

– Hola, Eros, te he dejado numerosos mensajes y no has contestado.- Vengo para comunicarte que te han elegido para ser el protagonista de la serie televisiva.

Es entonces cuando siento su profunda mirada y enloquezco. Me está devorando, me arrastra. No puedo dejar de mirarle.- Intento no perder la compostura, pero solo consigo ponerme muy nerviosa. – Su voz entorpece mis pensamientos;

– Adara, ponte cómoda, ¿te apetece tomar una copa?

Mis labios estaban sellados, sus ojos me han engatusado.- actuó sin pensar.

– Si por favor.

– ¿Te apetece una copa de Champán?- En ese momento recuerdo el olor agridulce del Champán; incluso siento el vapor burbujeante en mis labios. – asiento con la cabeza. Me siento entre los inmensos cojines de vivos colores, donde sus telas desprenden un intenso olor a incienso. Caigo en un estado de relajación muy impropio en mí. Me dejo llevar.

– Verás es muy difícil de explicar, no deseo asustarte. No sé si recuerdas que hace un par de meses perdiste un libro. ¿lo recuerdas?

– Si, no sé dónde lo perdí, lo estuve buscando toda la tarde. Creo que lo deje olvidado en el mismo vagón en el que encontré el tuyo.

– Levántate y mira en el cajón de mi escritorio. – Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, mi libro preferido yacía en el cajón de un desconocido.

 

Mi tarjeta estaba donde la deje por última vez, ¡qué ingenua soy!, separe las páginas con mi tarjeta de visita. Me entró el pánico, las preguntas botaban en mi cabeza ¿y si es un pervertido sexual? Estoy en casa de un tipo que tiene en su poder mi libro olvidado, sabe mi dirección y seguramente no quiere trabajar en televisión. Me tiemblan las piernas, estoy tan alejada de la realidad que me asusto al oír su voz cerca de mis oídos.

 

– Adara, no te asustes solo quiero conocerte.- Me ofrece el Champán con una sonrisa deslumbrante y caigo desde lo más alto.

– No tendría que estar aquí, lo siento solo estaba haciendo mi trabajo. Tengo que marcharme.

– Lo siento, no pretendía asustarte. – su mirada dulce me convenció, le dediqué unos minutos de atención.

– Llevamos viajando en el mismo vagón durante años, siempre a la misma hora. Tu nunca te has fijado en mí, pero yo no he podido resistirme a tus encantos.- me costaba creer lo que me estaba diciendo, di un pequeño sorbo al Champán. – me considero una chica normalita, que adora la literatura, soñadora y un poco despreocupada por su aspecto, adicta a caer en manos de terroristas del amor que agujerean sin escrúpulos mis sentimientos. Estoy convencida de que esto es una broma de mal gusto.

– Bueno, entonces explícame lo del libro que dejaste olvidado en el asiento del tren.- saqué mi libro del bolso y hojee sus páginas, estaba todas y cada una de ellas en blanco.

– Esto es una broma de mal gusto o eres un increíble mago.- estaba dispuesta a marcharme cuando en menos de un microsegundo me sostenía la barbilla con sus manos.

El espacio y el tiempo quedaron suspendidos en aquella habitación donde las telas que colgaban del techo se movían causando un ambiente inolvidable; yo diría mágico.

Su mirada penetró tímida en aquel caparazón con el que había protegido mi cuerpo desde que entre en aquel lugar misterioso; mi tensión le hizo retroceder, me observaba, casi no llegaba a rozarme con las manos.

Fue entonces cuando comprendí que el magnetismo que nos unía era infinito. Que si yo respiraba el también lo haría. Somos como un viejo reloj, una maquinaria perfecta, él marca los minutos y yo los segundos. Me acarició lentamente, le miré convencida, derrotada, con un ligero recelo de caer en mi propia trampa. Acerqué mis labios a los suyos y se produjo el milagro.

 

En ese momento mi espíritu y el suyo subieron al compás por una interminable escalera de caracol, sin prisas; saboreando aquellos gruesos labios que devoraban mi sed de amor.

Un beso cargado de energía que mi cuerpo no pudo rechazar, caí lentamente en los cojines del suelo mientras mis manos ansiosas acariciaban su magnifico cuerpo.

Se separó unos centímetros de mí, sin dejar de mirarme me desabrochó la camisa, cuando quise darme cuenta, estaba sumergida en una deliciosa caricia que despertaba la diosa que llevo dentro.

Le descubrí mirándome otra vez, su mirada no era normal, nunca me había sentido de aquella manera, era sincera, seductora y leal. Era increíblemente dulce, estaba enamorado de mí. He pasado por muchas relaciones fugaces en mi vida y esa mirada sincera no la había sentido jamás y mucho menos en un estado previo al orgasmo.

Separó mis piernas que acariciaba mientras besaba mi cuerpo, me miraba sin ningún tipo de expresión, estaba concentrado en sentir. Desde aquella postura tenía unas vistas maravillosas, su cuerpo perfectamente esculpido, bronceado e hidratado se trasformaba cada vez más.

Empecé a jadear, el calor se iba apoderando de mí, sin prisas… lentamente le lamia su cuerpo, saboreando cada centímetro. Su olor y su sabor hacen que mis pensamientos se queden en el aire. Solo tengo una cálida cosa en la cabeza, el placer jamás descubierto hasta ahora, infinito, delicioso y húmedo; cabalga sin compasión haciendo que explote una y otra vez, sin control… exhausta de ese placer que me ha brindado esta mañana, me quedé dormida en sus brazos.

Abrí los ojos, la luz se había marchado. En ese momento no sabía dónde estaba. Acaricié el otro lado de la cama y él no estaba, se había marchado. Me levante, me vestí y me marché. No me dejó ninguna nota, solo una bonita rosa roja al lado de la puerta.

Acaricie sus pétalos, aspire su aroma y sonreí.

Me dirijo a casa, no me di cuenta que me había dejado el libro, hasta que no saqué las llaves para abrir la puerta.

Decidí llamarle por la mañana para saber si quería volver a verme. Necesitaba oír su voz, sentirme cerca de él.

Me he vuelto a enamorar, pero esta vez creo que es la definitiva.

¡Estaba feliz! en la oficina no paraba de sonreír, recordé que Eros había sido elegido y que hoy sin duda volvería a verle.

No fue así, las esperanzas de trabajar cerca de él me hacia subir la temperatura.  Cumplí con la jornada laboral y me acerqué a su casa.

Subí las cuatro plantas del edificio, para mi sorpresa la puerta de color blanco no existía, ni el número siete, estaban marcadas con letras. Me senté en los escalones y me puse a llorar. No podía creer que lo que ocurrió ayer por la mañana fuera un sueño. Me niego a creerlo. Esto es una historia sin explicación, pero estoy segura de que ha ocurrido.

Entro en el metro,estoy tan cansada que me quedo dormida. Noto que algo se cae de mis manos, al mirar hacia el suelo, veo el libro de Eros abierto.- consigo leer.

No te desesperes, no he desaparecido, solo te estoy preparando una sorpresa.

 

Me levanto de una salto, escruto el vagón con la esperanza de verle. ¡no está aquí!- continuo leyendo.

 

Adara te quiero, te espero en casa, no tardes.

 

Se dibuja una amplia sonrisa en mi rostro, subo las escaleras de dos en dos, tengo ganas de besar sus labios.

Alcanzo la cuarta planta y mi puerta está pintada de blanco y el número siete duerme pegado a ella.

 

Julia Ojidos Núñez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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