http://youtu.be/RzTWVJ_InZM

 

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 El comienzo

Estoy agotada, me duelen los pies…, desde que estudio y trabajo estoy hecha un asco. Me quito los zapatos y los tiro de mala gana al suelo de mi habitación. Sentada en el inodoro masajeo con fuerza la planta de los pies.

Hoy ha sido un día completo, ¿verdad Sr. Mateo?- un precioso gato persa, mueve sus caderas de forma sinuosa, hasta acariciar las piernas de Lidia. Su ronroneo despierta en ella una sonrisa placentera.

– ¿Qué tal muchacho…?- el gato muestra signos de placer cuando su ama le acaricia suavemente la cabeza. Sube de un salto al lavabo y observa como se desnuda y se mete en la ducha.

-¡Estoy un poco preocupada!- los pensamientos de Lidia ni siquiera se lavan con las gotas de agua de la ducha. Le inquieta la cantidad de cuerpos donados a la ciencia que se acumulaban en la Universidad.- se está especializando en Anatomía Patológica Humana.

No me lo puedo creer, hoy le prometí a Irina que iría a tomar una copa al Pub donde ella trasnocha.- No me gusta nada la idea.

Lidia es una atractiva joven apasionada de la lectura y la tertulia en el viejo café de la esquina. Su vida la forma su pequeño apartamento y su vocación por la medicina. Perdió una absurda apuesta con su amiga y le tocaba pagar. – Irina solo quería que saliera más, que se relacionara con gente.- siempre sumergida en el mundo de los muertos, las autopsias y los libros.- Quería demostrar a su amiga que había algo más ahí fuera que tenía que descubrir. – su teléfono se ilumina a la vez que la melodía inunda el pequeño salón.

– Sí.- ¿Cómo vas?- la voz de Irina suena diferente, hace un par de semanas que no habla con ella.

– Irina, ¿estás bien?- las muestras de preocupación de Lidia, aumentan a medida que el tiempo de interlocución se alarga sin mediar palabra.

– ¿Irina, me oyes?- despega el teléfono de su oreja y en unos segundos lo vuelve a colocar.

En ese momento el timbre de la puerta suena sin tregua. Un pequeño respingo recorre el cuerpo de Lidia, a punto de dejar caer el teléfono que sostenía en las manos. Se dirige a la puerta un poco irritada.- a veces su gran amiga la sacaba de quicio.- no entendía que había personas que no seguían esas historias de salir casi todos los días por la noche y levantarse con resaca los 365 días del año.

– Hola.- la entrada relámpago de su amiga, la enfurece mucho más. Cierra de un portazo la puerta y se dirige a ella a toda velocidad.- Irina se tira al sofá y pone las piernas sobre la mesa auxiliar.

-Joder Irina, ¿te has mirado al espejo esta mañana? – su amiga simula una media sonrisa.

– Estás hecha un asco ¿lo sabías?- la escasa luz natural que entraba desde la terraza, no la dejo ver con claridad una herida que aparecía en su cuello y recorría parte de su nuca.

– Por eso estoy aquí necesito que me ayudes a maquillarme, hoy no he dormido nada y casi no tengo fuerzas para hablar.

-¿Sabes que la vida que llevas algún día te pasará factura?- me voy a vestir.- le dijo mientras le ofrecía una taza de café.

Lidia decepcionada se dirige hacía su habitación.- cada vez tenía menos ganas de ir a aquel antro de mala muerte.- donde seguro que se encontrará con muchos gilipollas con ganas de sexo, ahogados por el alcohol y las drogas. Aborrece la genial idea de su amiga, aunque ella, tenía mucha culpa por aceptar la apuesta de una tramposa compulsiva. Cuando entró de nuevo en la oscuridad del salón el aire trasportaba un olor amargo, que alarmó a Lidia.

Vio que su amiga emitía pequeños ronquidos y se acercó con miedo de despertarla. Al acercarse el olor de su piel la hizo retroceder. Era un profundo olor que emanaba de su cuerpo, ella estaba acostumbrada al olor de los cadáveres en la sala de autopsias; era similar, pero la única diferencia era que estaba viva. Encendió la lamparita de lectura; vio que una pequeña mancha rojiza aparecía justo por debajo de su oreja; no recordaba si tenía alguna mancha de nacimiento en ese lugar, así que se acercó para estudiarla mejor, el olor a podrido era más profundo en aquella zona. Fue tan alto el índice de curiosidad, que fue a la cocina y se puso unos guantes de látex. Con la yema de los dedos examinó la herida, una pequeña presión y comenzó a supurar.- en esos momentos Irina se despertó sobresaltada y cogió a su amiga por la garganta. Presionó fuertemente, mirándola a los ojos. Cuando ya no pudo más, Lidia la propinó un gran golpe para que soltara su cuello. Tenía la cara roja, le llegaba poco oxigeno…, la estaba asfixiando, intentó zafarse de nuevo con éxito. La golpeó tan fuerte que cayó del sillón. –  Irina al darse cuenta de lo que había ocurrido se puso a gritar desconsolada, abrazó a su amiga como si fuera a morir.

– Lo siento.- sus gritos se oían ahogados por los mocos y las babas que salían por los orificios sin control. – Lidia empezó a recuperarse y se acariciaba lentamente el cuello, estaba asustada y confundida. Miró a su amiga y la abrazó con fuerza.

– ¿Qué está ocurriendo? ¿cuéntamelo?- la mecía despacio para calmar su llanto. Hasta que en pocos minutos solo quedaron en suspiros.

Se dirigieron al baño, la metió en la bañera. El agua estaba templada, la relajaría. Cuando la ayudó a quitarse la ropa, aparecieron, salpicando la espalda otras manchas como las del cuello. Lidia estaba muy preocupada por ella. El aspecto de la espalda parecía el inicio de la escarlatina, pero el olor la despistaba. Estuvo intentando sacar conclusiones sobre lo que veía, pero sin pruebas bacterianas no podía dar un diagnóstico. Mientras la bañaba la hizo algunas preguntas.

Se dirigió al botiquín que tenía en el baño y la ofreció unas capsulas de valeriana con un vaso de agua.

– Tómate esto. Te irá bien. – ahora relájate un rato en el agua, si necesitas algo llámame.

 Dejó entornada la puerta; en ese momento el Sr. Mateo paso bufando por su lado, bufaba en dirección al baño, su lomo erizado asustó a Lidia. No podía creer que se pusiera así por ella.- ¡se adoraban!

 Irina continuaba en el baño; buscaba en su bolso otra dosis de la nueva droga recién llegada de Rusia, la llamaban Krokodil, era barata y conseguía los efectos de la heroína. Llevaba más de tres meses consumiéndola, sus efectos alucinógenos la llevarían a sitios que ella quería vivir, sus efectos empezarían en un par de horas, el mejor momento para iniciar la noche.

– ¿Bueno, estás lista? – dijo Irina.- con un cambiado aspecto después de que su mejor amiga la hiciera pasar por chapa y pintura.

El sitio era muy siniestro, ruinoso…, descendieron a un sótano donde la gente bebía sentada en el suelo. La luz blanca parpadeaba al ritmo de la música. Era muy pronto, pero Lidia le inquietaba estar en aquel sitio que se llenaría de gente. – Seguro que era ilegal.- pensaba Lidia.-

Un hombre rubio y corpulento se les acercó, les ofreció un apartado más tranquilo que la sala principal.

– Hola, Irina, veo que traes a otra amiga.- el rubio forzudo miró a Lidia de forma lasciva.

– Si .-te presento a Lidia.- antes de que las grandes manos del rubio tocaran el trasero de Lidia, Irina le propinó un puntapié y le dijo.

– A ella ni la toques, ¿de acuerdo?- Lidia no sabía cómo ponerse, estaba asqueada, no podía creer que estuviera en un sitio así.

El cuerpo musculoso y bronceado del rubio, se marchó, no sin antes desafiar a Irina con la mirada.

En aquel apartado se oía la música de fondo, era como estar en un restaurante hindú. La decoración, el incienso…, despistaba el olfato del más sibarita en el consumo de María.

– ¡Qué lugar más horroroso Irina!- no sé por qué me he dejado arrastrar por tus mierdas.- No te voy a perdonar nunca.

Los ojos de su amiga habían empezado a cambiar de color, en esos momentos parecía abstracta a sus palabras. El estado de hipnotismo le dio la mejor versión de lo que le ocurría.- cuando eran adolescentes Irina era una joven débil y se aventuró a fumar María y otras sustancias. Ella creía que podía dejarlas en cualquier momento.- Lidia pensaba que aquella época ya había acabado, pero sus pensamientos atormentaban su cabeza; su preocupación aumentó cuando un grupo de gente caminaba de una forma inusual. Cambiaron de dirección…, se aproximan hacía ellas. El calor, el olor a podrido, el mareo que le causaba lo que fumaban allí, la dejó metida en el ojo del huracán. Las risas y las sacudidas de aquellos cuerpos contra la pared, la dejó paralizada. Su amiga se levantó se quitó la camiseta, empezó a morrearse con chicos y chicas desconocidos, estaban alcanzando la plenitud del hechizo de aquella sustancia. Decidió marcharse de aquel lugar.- estaba aterrorizada.-

Antes de abrir la puerta de salida, descubrió un cuerpo apoyado en la pared; pudo diferenciar con claridad el olor que despedía aquel cuerpo. Era el olor a un cuerpo en descomposición. Aquella figura leprosa se acercó a escasos centímetros de su cara y mostró su frívola mirada; parte de su cara sufría un colapso donde los músculos se desprendían formando unas pequeñas pústulas verdosas.

Corrió hacía la parada de metro más cercana, esperanzada de coger el último tren. Fue entonces cuando se planteó no subir a casa, se le ocurrió ir a la Biblioteca de la Universidad, en esas fechas la mantenían abierta para que los alumnos preparasen los exámenes. No paraba de resolver sus dudas, sabía perfectamente las secuelas de esas nuevas drogas, la agresividad de cómo iba destruyendo el cerebro, pero no conocía ninguna que dejara tan rápidamente esas heridas en la piel.

Pasó metida entre libros toda la noche, sumergida en sustancias químicas y en patologías graves en la piel. Se acordó que la última clase de Anatomía Patológica…, realizó la autopsia a un joven que mostraba unas heridas supurantes en la espalda, muy parecidas a las del cuello de Irina.

Se tomó un par de vasos de café, necesitaba permanecer despierta, él día prometía ser muy largo…

No paraba de pensar en su amiga. Hace un par de semanas se mostraba igual que siempre, pero hoy, esas manchas, la languidez de su cuerpo, pero con el contraste de esa fuerza momentánea…

Eran las cuatro de la mañana, a esa hora entraban a trabajar el grupo de limpieza de los sótanos y la morgue.

Los cuerpos que se utilizaban en el proceso de autopsias, si no sufría ninguna patología rara se quemaban. Los que tenían algún síntoma patológico después de unas pruebas pertinentes como la biopsia y citología se realiza un diagnóstico. El cuerpo se mete en la cámara. En las últimas semanas han llegado casos parecidos y el sótano está colapsado. Los cuerpos que se queman sin realizar autopsia son los que murieron por muerte natural.

Se acordó que el turno de Víctor empezaba a esa hora; cómo todos los despachos de la primera planta están ocupados le mandaron a un pequeño espacio debajo de la escalera.- sin ventana. Una gran cristalera le separa del pasillo. Era un prestigioso colaborador; periodista con experiencia en medicina, llevaba la revista médica digital. Premiado por su conocimiento médico y fotografías de portada.

– ¡Joder esta zona no me gusta nada y menos a estas horas!- bajó por las escaleras con un poco de miedo. – no tenía miedo a los muertos, temía más a los vivos…

La luz tenue de aquel lugar la recordó el antro donde dejó a Irina hace escasamente unas horas. La puerta de cristal estaba abierta, sobre la mesa descansaba su cámara, cientos de fotografías llenaban la única pared.- la reflexión de Lidia se hace más aguda.- es curioso cómo las personas recuerdan un momento, una situación.-

El cuerpo del joven con manchas en la espalda aparece en una de ellas.- Lo observó con atención-

-¿Dónde he visto a está persona?- por un momento cree haber visto aquel joven en algún sitio.

Un chasquido bajo sus pies la llama la atención. Se agacha despacio. Retira sus pies unos centímetros y con la ayuda de un bolígrafo estudia la estructura que aparece.

-¿Es una uña?- la observa- está escamada y en la parte opuesta a la que nace; su textura parece de arena, su color es violáceo.

Las puertas del ascensor se abren; dos hombres del turno de limpieza empujan un pesado carro, en el depositan los restos humanos para quemar.- la curiosidad la puede.-Víctor no aparece.- así que decide seguir en silencio a los operarios de limpieza que hablan sobre el partido de ayer. Nunca había estado en aquel lugar, aislado de libros, clases y el barullo de los pasillos.

El silencio es profundo, la luz escasa. Sin querer su cuerpo empieza a percibir una alerta, su cerebro procesa la reacción de su cuerpo. Segrega sudor frío, se le agarrotan los músculos.

El olor empieza a hacer mella en parte de sus sentidos y la levanta el estómago. Una pequeña sala abierta de par en par descubre la auténtica realidad, los cuerpos de más de cuarenta personas permanecen afinados unos encima de otros, algunos protegidos por plásticos, pero otros tienes los miembros momificados fuera de ellos. Se acercó a observar un brazo azulado y quebradizo que mantenía una curiosa postura. Se extendía en el suelo hacía delante, cómo si quisiera salir debajo de aquella montaña, se acercó lo suficiente para ver que en el suelo había arañazos y percibió un ligero movimiento en uno de los dedos.

Asustada retrocedió unos pasos; no estaba segura de lo que había visto, no sabe si había inhalado demasiada María en aquel antro.

Siguió el camino que habían tomado los dos hombres. El sonido de la incineradora, rompía con la oscuridad y el silencio. Muy cerca de aquella sala estaba el frigorífico.- se le ocurrió ir a comprobar si no habían incinerado al joven de la foto. Abrió despacio las puertas abatibles y cogió el historial de aquella noche. Comprobó los datos, si la memoria no le falla, estaba en el número tres superior. Cuando suben un cadáver al aula de anatomía le cuelgan un tag en el dedo del pie, con su nombre, edad y el sitio que ocupa en la morgue.

Los fluorescentes se encendían emitiendo un sonido chirriante. El frío espacio de azulejos blancos hasta el techo y la vieja mesa de autopsias, componía el tétrico paisaje del mundo de los muertos; las cámaras de acero inoxidable trepaban en una extensa pared. En el frontal de cada una de ellas dormía el número que las identificaba.

Se subió a un elevador para alcanzar la zona más alta; le sudaban las manos, los dedos se le agarrotaban de frio, tiró con fuerza de la puerta. Para su sorpresa en su interior solo había un tag de identificación. Observó con atención su interior, pegado a un extremo de aquella caja había un escamado trozo de carne; parecía “falanges ungueales” su superficie dorsal convexa y el tamaño.-le hizo pensar que podría tratarse del dedo índice.

Empezó a oír golpes y ruidos extraños, que procedían de la habitación contigua. Bajó rápidamente de la plataforma, abrió de nuevo las puertas abatibles.

La sala de incineración estaba abierta, el carro de los operarios estaba en la entrada. En la pared de enfrente y gracias a la luz del inmenso horno se empezaron a proyectar figuras humanas arrastrando los pies en dirección a la puerta.

Lidia apagó la luz y entorno la puerta; solo tenía espacio para mirar con uno de sus ojos. Le reconoció de inmediato. Animaba a otro grupo a salir de la sala. Se dirigían hacía ella; de forma rápida se ocultó detrás de un biombo.- Intentaba no respirar deprisa, si lo hiciera le causaría una hiperventilación que la haría más sonora; entraría en un estado de ansiedad que no era adecuada para ese momento. Abrieron las cámaras una a una, parecían buscar a alguien. Antes de que abrieran la ultima, la puerta de la cámara se abrió…, Víctor salió de ella con la cara descompuesta, fueron milésimas de segundo cuando le vi cruzar las puertas como si viera al diablo.

Aquel grupo de cuerpos descomponiéndose se fueron marchando en la misma dirección.

Esperó unos minutos hasta comprobar que aquellos seres se habían marchado. Se acercó a la sala del horno, los operarios estaban tendidos en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. – estaban muertos.- Tenían mordiscos por todo su cuerpo y le sorprendió ver el estado de descomposición que tenían sus piernas.

No tenía tiempo de preguntas ni conjeturas, lo importante era salir de aquella pesadilla.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

Book tráiler: http://youtu.be/RzTWVJ_InZM

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