adictos IV

PARA VER TRÁILER

CLIC EN LA IMAGEN

 DESCARGA GRATUITA PDF

(adictos-IV)

(TAMBIÉN DISPONIBLES PARA DESCARGAR EN EL APARTADO CUADERNILLO DE RELATOS)

ADICTOS IV

ADICTOS IV
Proceso de investigación
Víctor estaba haciendo un reportaje sobre los efectos de las drogas y el alcohol en menores de edad. Su experiencia como investigador y gran conocedor de los efectos negativos de aquellas sustancias, le llevo a uno de los sitios de moda el Pub Rengato
Llegó pasada la una de la mañana, intentó no llamar mucho la atención. Su pelo largo y la barba cerrada de varios meses le hacían irreconocible. Tenía oculta una cámara espía en una medalla de plata. Tenía muchos años de experiencia, había viajado a muchos países y visitado antros de todo tipo.
Pidió un ron con limón y se dirigió a un apartado. Sonreía mientras mantenía su vaso de tubo en la mano, la música electro sonaba al ritmo de la luz blanca. Hizo un recorrido visual mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Se fijó en un par de chicas que comenzaron a acercarse a él. – son guapísimas. – pensó Víctor.
Decidió apartarse de ellas, no quería ser embaucado por sus cálidos labios y el contoneo de sus caderas ocultas con una pequeña falda. Empezó a llenarse de gente, el ambiente se animaba en la pista. Dejaban sus copas en las pequeñas mesas y levitaba por el parqué alcanzando la zona de baile; se dejaban llevar por el ritmo, poseídas por el alcohol y las drogas. Un par de chicas de no más de dieciocho años entraron por la puerta, estaban distraídas. A Víctor le dio la impresión que era la primera vez que entraban allí. Curioseaban todo con la mirada. Pidieron algo de beber y se sentaron cerca de la pista. Víctor se colocó estratégicamente para poder observar sus movimientos.- estaba de suerte.- Las miró un par de veces y se acercó para entablar conversación.

– Hola, chicas. – las miraba a los ojos, podía saborear su inocencia. Después de unas nerviosas carcajadas. – respondieron al unísono.
– Hola. – le indicaron que se sentara con ellas. – pasaron quince minutos y Víctor comenzó sus preguntas.
– ¿Qué os gusta de este sitio? – les brindó la mejor de sus sonrisas. – ellas estaban convencidas de que aquel atractivo hombre quería ligar con ellas.
– Es la primera vez que venimos… – comentó una de ellas después de dar un trago a su bebida. La otra estaba absorta en la pista de baile.
– Me llamo Víctor, vengo aquí a menudo y nunca os he visto. – antes de que acabara de hablar, la chica que aparentaba menos edad se abalanzó sobre él y le beso en los labios. – sorprendido no rechazó la generosidad de aquella preciosa joven. – intentó seguirla el rollo, con la intención de seguir haciendo su trabajo.

– Bueno, creo que venimos a lo mismo que tú. Queremos divertirnos y tener experiencias nuevas. – en ese momento el rubio pasa cerca, le indica a la otra joven que le siga.

Se levanta como un resorte, coge la mano del musculitos y se va con él. Atraviesan la pista en dirección a un oscuro pasillo. Antes de qué sus cuerpos desaparezcan en la oscuridad. El hombre armario la manosea, mientras la joven acaricia su trasero.
En ese momento siente las nalgas de la muchacha en sus piernas. Se ha subido sobre él como una fiera. -le pide sexo. – él no está en condiciones de aceptar. Necesita tiempo…, una cosa era un beso y otro sexo duro en un sitio público. Termina su copa y antes de que el desenfreno caliente sus venas, la invita a bailar. Ella le suplica con los ojos que se quede, pero él insiste.
– Princesa, la noche es larga…, sedúceme bailando. – con pocas ganas la muchacha se levanta. Coge la mano de Víctor y la pone sobre sus glúteos. – Víctor se estremece. Intenta luchar contra la reacción de su abultado sexo. – no quería desmadrase, necesitaba información para el reportaje.

Mientras bailaban, Víctor ve cómo el alto y musculoso rubio, sale de una puerta al final del pasillo, se abrocha los pantalones y da pequeños toques en su nariz, aspira y su mirada queda perdida en el espacio.

– ¡Oye!, tu amiga no ha salido del cuarto. – tenía que acercase mucho a su oído para que le pudiera oír. Su nueva compañera estaba abstracta, no fijaba la mirada en ningún punto. Solo tenía oídos para la música.

Comenzó a moverse deprisa, se levantaba el vestido con las manos, era una danza hipnótica para Víctor. El calor emanaba de su cuerpo radiando un atrayente deseo; le obligó a cogerla por la cintura y desearla en ese momento. La chica le sostenía la mirada; con rápidos movimientos puso las manos dentro de su pantalón. La excitación iba creciendo mientras el cuerpo de varias jóvenes chocaba con el suyo. Tenía a cuatro mujeres, tocándole el cuerpo mientras bailaban a su alrededor. Le habían seducido de una forma incontrolable. Fue algo irresistible, le arrastraron por el pasillo, entre besos y pequeños mordiscos; la más apasionada era la joven novata. – huérfana de amiga, pero con unas ganas voraces de poseer su interior. La estancia quedó abierta, un recibidor distribuía varias puertas, una de ellas estaba entreabierta; fue todo muy rápido. – la visión que presenció Víctor, le marcaría para toda su vida. El cuerpo de la joven yacía en la cama, un atractivo hombre, estaba sobre ella, la mordía por todo el cuerpo, ella gemía de placer. – alguien se percató de la mirada indiscreta y cerró la puerta. Una silueta se acercó a cerrarla. Fue entonces cuando Víctor despertó de su estado hipnótico y volvió a la realidad. Esa imagen que guardó en su retina, hizo que apartara las manos que manoseaban su cuerpo. El estado incipiente de sus pensamientos se amontona. – un ápice de sensatez empieza a dar forma en su cabeza. Aquella imagen ha traspasado los límites de la comprensión y sus pensamientos son verdaderamente inconexos. Aquella figura humana, que sin duda había reconocido, estaba muerta. La había fotografiado aquella misma mañana en la morgue.
No le dejaron retroceder, varias personas le empujaban hacía una de las habitaciones mientras le quitaban la ropa. No podía reaccionar, estaba preso de sus pensamientos. Le tumbaron en una cama. Las mujeres se desnudaron, pasaban sus lenguas por el cuerpo del asustado periodista. Recorriendo cada centímetro de su cuerpo, danzando entre sus nalgas. Solo veía sus labios sobre la piel, sentía la textura de sus húmedas lenguas sobre su acalorado cuerpo. – tenía que salir de allí. – atenazaba con fuerza la idea de poder escapar.

Estudia detenidamente la estructura de la habitación. Buscaba desesperadamente alguna ventana por donde escapar. Mantenía su cuerpo esquivo de las caricias de aquellas diablesas que le torturaban sin descanso. Logró zafarse con facilidad. Consigue deslizarse detrás del cabecero, donde una ventana se mantiene oculta detrás de un colorido tapiz.
Repta desnudo por la reducida ventana y cae a un oscuro callejón. Allí el olor era insoportable. Cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde; unas manos quebradizas le agarraban. Le faltaba el aire, se levantó deprisa y saltó sobre la valla que mantenía aislado el callejón. No miró hacia atrás, sus pensamientos recogían en imágenes lo trascurrido aquella noche; asustado puso rumbo a la universidad. Quería comprobar que el tipo de aquella habitación; el que cerró la puerta, era, sin lugar a dudas el que descansaba en la morgue.

En la morgue
Los operarios del turno de noche, estaban listos para realizar su jornada. Sus vestuarios estaban en el semisótano. Reían mientras comentaban sus aventuras amorosas del fin de semana. Realizaban ese trabajo durante años. Lo consideraban un trabajo como otro cualquiera; silencioso y sin estrés. Aquella noche sucedería algo que sopesaría la opinión de aquel tranquilo trabajo.
Colindando con el vestuario se veía un área de descanso con mesas y sillas, una pequeña, pero funcional cocina. Cerca de esta sala se encontraba el despacho de Víctor.
Esa noche les extraño encontrar el despacho de Víctor abierto, muchas veces le encontraban allí, entre miles de fotos cubriendo la mesa; enfrascado en su apasionado trabajo. Trabajando durante toda la noche. Uno de ellos entró en aquella habitación, se fijó en una foto que había sobre la mesa. – un hombre en la mesa de autopsias, listo para destripar. – pensaba. – Estaba acostumbrado a esas imágenes y no la tomó en cuenta.
– Vamos Héctor, ya he recogido el listado de los cuerpos que hay que quemar. – su compañero continua distraído, curioseando la mesa de Víctor.

Antes de salir de la pequeña habitación, un movimiento pendular le llama la atención. Un extraño objeto cuelga de una de las esquinas de la mesa. Guarda perfectamente el equilibrio, una oscilación misteriosa empuja de forma basculada una medalla de plata. Sin perder más tiempo la recupera de su inquietante balanceo. Escruta cada labrado de aquella medalla, sin pensarlo dos veces se la guarda en el bolsillo.
Los cuerpos para quemar no están en el frigorífico. Se mantienen afinados en una pequeña sala. La fría realidad de los cuerpos donados a la ciencia; hombres, mujeres y niños reposan su cuerpo desmembrados en una insólita habitación donde el caos envuelven piernas, brazos y algunas cabezas decapitadas que se mezclan con lo que quedan de sus fluidos, formando un cuadro dantesco.
Comienzan a llevarse los primeros, asoman próximos a la puerta. Les sorprende que esté en perfecto estado, es un joven al que ni siquiera han practicado la autopsia. No aparecen costuras de ningún tipo en su cuerpo. Se mantiene frío, pero el color de su rostro les despista; parece dormido. Han visto muchos cuerpos en su vida, pero aquel joven no parecía estar muerto.

– Héctor, ¿mira a este tipo? – Iván es un tipo gracioso, siempre le gasta bromas pesadas. – Héctor le mira arqueando las cejas.

Iván coge el brazo del cadáver, intenta asustar a Héctor, pero el susto se lo lleva él. Con un movimiento rápido, el cuerpo cadavérico, emplea con fuerza su otra mano; aprieta el cuello del asustado Iván, que intenta coger aire por la boca. Su compañero golpea con fuerza el cadáver, que termina por incorporarse y abrir los ojos. Aquel momento heló la sangre del operario que golpeaba con saña las piernas, desquebrajando parte de aquel cuerpo que se desmigaba con facilidad. En ese momento y de un salto aquella figura despedazó a bocados la cara de Iván, sus ojos abiertos son lo último que recordó Héctor. En segundos yacía en el suelo entre los restos cadavéricos de muchos cuerpos entre ellos el de Iván.

Perdió la noción del tiempo, estuvo en un estado de amnesia momentánea. Las imágenes se repetían sin parar. Su posición fetal, le mantuvo vivo, aunque sabía que si no salía de allí pronto su muerte seria inmediata.
Gracias a su postura, mantuvo a salvó su cavidad respiratoria, el peso de los cuerpos le caía en el costado y le mantenía en un ángulo perfecto para poder respirar. Intentó girar la cabeza, su cuerpo se estremeció de miedo al ver los ojos abiertos y sin vida de su compañero a escasos centímetros de su cara. Uno de sus brazos estaba libre de peso fuera de aquel amasijo de restos y envoltorios que dificultaba la visibilidad hacía la puerta. Haciendo fuerza con las manos, arañaba la superficie del suelo, intentando avanzar hacia delante. No sabía cuántos cuerpos había sobre él, pero pesaban mucho. No tenía espacio para balancearse, intenta mover el otro brazo que se enlazaba con el cuerpo de una mujer; del interior de su boca empiezan a salir gusanos. Cierra los ojos, intenta acumular la fuerza necesaria para salir de allí. Apenas puede abrir los labios, los gusanos le tapan casi completamente la cara. Pudo liberar algo de peso en las piernas, los cuerpos empezaron a deslizarse por aquella apestosa montaña; caían despacio hacía un lado permitiendo que recobrara el movimiento de su otra extremidad. Desde el suelo nota una leve vibración sonora, la percibe lejana. Aguza el oído, alguien se desplaza por el pasillo en aquella dirección. Ahora su desposado brazo intenta hacer fuerza contra el suelo. Encuentra un hueco entre las piernas de un varón, por donde divisa las rodillas de una mujer que se para en la puerta. En ese momento no deja de mover el brazo, intentando sin suerte salir de aquella montaña. Otros sonidos lejanos se unen a las pisadas que se alejan apresuradamente. -la pierde de vista en el pasillo. –

Otros dos operarios, entran en la sala y continúan su trabajo. Ajenos a lo que está ocurriendo en aquel lugar, a escasos pasos…
Víctor sigue corriendo por la gran avenida, no siente frío. El miedo hace que su cuerpo no pare de moverse. Recobra el sentido común. Tiene que establecer un plan. Aquella noche había visto muchas cosas sin lógica. -lo primero que quería comprobar era que aquel cuerpo estaba “fiambre”. – Qué había sido una visión errónea. Qué aquella figura que cerró la puerta era un estrabismo de aquel lugar, de aquel momento. No quería razonar, solo quería una prueba; aquella, que le demostrara que aquel hombre no era el mismo de su última fotografía.

Atravesó la explanada del aparcamiento. – ahora con escasos coches. – se dirige a las ventanas del sótano. Están todas cerradas, se acuerda que una de ellas tiene un pelo en el cristal y la hace vulnerable. Coge una piedra que encuentra detrás de un arbusto y de un solo golpe consigue romper el cristal que se desquebraja por completo. Quedan algunas esquirlas sobre el marco de aluminio, las elimina golpeando la piedra sobre ellas. No quiere cortarse, se da cuenta qué está completamente desnudo, solo mantiene colgado del cuello la medalla. Coge aire y se desliza sobre la ventana. La altura del sótano es de unos cuatro metros, la caída no ha sido fácil, se golpea fuertemente la rodilla. El sitio donde ha aterrizado es un largo pasillo que distribuye las salas del crematorio y los frigoríficos. Está completamente a oscuras, solo se ve la tenue luz de emergencia que dibuja en la pared extrañas figuras. Su despacho está a unos doscientos metros de allí.

La sala de suministros está abierta, un operario se aleja dejando entornada la puerta. Víctor no lo piensa dos veces, corre hacía aquella habitación. Sin perder ni un minuto se enfunda un uniforme y sale en dirección a su despacho.
La puerta está abierta, mira a ambos lados del pasillo. – Qué extraño. – piensa Víctor preocupado.

Han descolgado de la pared la última fotografía; ahora está sobre la mesa. Necesita descargar los datos de la medalla, a través de una conexión mini-USB. Se la quita con cuidado y la coloca en la esquina de la mesa; enciende su portátil.
Oye un pequeño grito que procede del crematorio, unos pasos que se dirigen hacían allí. Se esconde debajo de la mesa, pero es demasiado tarde. El cuerpo cuya fotografía tenía sobre la mesa, le había visto camuflarse. Notó enseguida que estaba cerca. El olor le delataba, era un aroma a desinfectante, mezclado con olor a rata muerta. Se puso de rodillas para intentar sacarle de debajo de la mesa. Víctor se defendió, propinándole patadas. Su cabeza no paraba de hacerse preguntas; – ¿Cómo ha podido llegar tan pronto? ¡No me seguía nadie!

Estaba aterrorizado, golpeaba sin parar a un hombre muerto por sobredosis, se afanaba en sacarle de su posición estratégica. Estuvieron mucho tiempo en esa postura. Aquel individuo de sombra macabra y olor putrefacto, vaciaba su aliento por debajo de aquella mesa, jadeaba en vez de respirar por la nariz. Sus ojos están hundidos, la cavidad estaba formada por restos de tejidos, que le cuelgan por la cara. Desde esta mañana su aspecto había cambiado mucho. Tenía los labios azulados y su rostro mantenía un brillo extraño, con la luz se podía observar una zona perlada.
Víctor estaba muy cansado de ofrecer resistencia. En un descuido, la sombra de la muerte le cogió por el tobillo y le arrastró por el pasillo. Intentaba zafarse, retorciéndose y propinando fuertes patadas con su pierna libre. Algo llamó su atención, la puerta abatible de la morgue se movía ligeramente, a lo lejos se veía otro carro de limpieza. – Estoy salvado. – pensó Víctor. – Aprovechó el descuido de aquel muerto viviente. Se levantó y le dio un fuerte empujón; no ocasionó ni un ligero movimiento. Era fuerte como un roble. Es como si la fuerza ejercida hubiera revotado en su cuerpo y le hizo caer de espaldas. Fue el momento de salir corriendo. Se escondió en el crematorio.
Lidia estaba de espaldas al crematorio, había comprobado que los cuerpos tendidos en el suelo estaban muertos o eso parecía. – no era así. – se puso a caminar hacía la puerta, un tremendo olor abofeteó su nariz; giró la cabeza. Apoyándose uno sobre el otro, los operarios se pusieron en pie. Lidia creía que todo aquello era producto del alcohol y la maría que inhaló en aquel antro. Pensaba que era el reflejo de un mal sueño…, una pesadilla. Aquellos cuerpos, de forma asombrosa se desplazaban hacía ella chasqueando sus lenguas, trasformando los sonidos humanos en chirriantes sonidos guturales. Se comunicaban entre ellos, animaban a otros cuerpos en su mismo estado a que dieran caza a Lidia. Se oían desde todos los rincones de la morgue, el siseo de sus labios alcalinos… El eco en el pasillo se hacía intermitente, tenía capacidad para llegar a los oídos de aquellos seres en cientos de kilómetros. Lidia estaba muerta de miedo, le sudaban las manos y el ritmo rápido de su corazón la hizo caer en un interminable vació de sentimientos e imágenes. Tenía que escapar de allí. Necesitaba escapar.
Notó un movimiento rápido al otro lado de la sala, por su forma de moverse se imaginó que no era uno de ellos. Los ojos de Víctor se encontraron con Lidia, enseguida comprendió lo que pretendía hacer. Lidia alargó la mano hacía una camilla y la empujó con fuerza hacía aquellos seres; en ese momento Víctor abrió la pesada puerta del horno y los cuerpos quedaron atrapados en su interior. Pusieron en marcha los quemadores qué eclosionaron con fuerza, capaces de deshacer hasta el titanio. En el interior un alarido de animal se mezclaba con unos llantos ahogados que se debilitaron en pocos segundos.

No perdieron más tiempo, se mantuvieron agarrados de la mano por todo el pasillo. -no hablaban. La luz del pasillo se encendió de golpe, se arrodillaron al lado de una puerta que permanecía en la oscuridad. Al apoyar su espalda contra ella, se abrió de golpe. Era la habitación donde Lidia vio o creyó ver que un cuerpo se movía; cerca de la montaña de restos había algo en el suelo que relucía con la luz que entraba por el pasillo. Víctor se aproximó. Cogió con cuidado el objeto. – era su medalla. –
La mantuvo en el puño…, algo le agarró con fuerza. No pudo emitir ningún sonido, solo logro palpar un brazo que se movía debajo de aquella montaña.
©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Book tráiler: http://youtu.be/OOt5qgMGXeI

Depósito Legal: Safe Creative
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o
parcial de esta obra por cualquier procedimiento, ya sea electrónico,
mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro medio, sin la
autorización escrita del titular del copyright. La infracción de los
derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual según establece el ordenamiento jurídico.

Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o

parcial de esta obra por cualquier procedimiento, ya sea electrónico,

mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro medio, sin la

autorización escrita del titular del copyright. La infracción de los

derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la

propiedad intelectual según establece el ordenamiento jurídico.

Anuncios