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adictos v

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Adictos V

Nuevos acontecimientos

Irina está petrificada no deja de mirar por el orifico de la puerta, apenas puede tragar saliva. Aquel ojo la mira escrutando su pupila. En ese momento se dispone a pestañear; aquella sombra desfigurada se dirige hacia la mesa; del cajón saca una pequeña bolsa y la lanza por el agujero. Irina se agacha y lo recoge del suelo para examinar su contenido. Abre la bolsa, introduce el dedo meñique, masajea la encía superior. Sin lugar a dudas, es la misma sustancia que le proporciona su nuevo amigo. Se deleita con la acidez del sabor y se estremece con las sensaciones que están apareciendo en su cabeza. Ya no tiene prisa por salir a la calle, en aquella bolsa hay dosis para un par de días. Si el jefe no necesita sus servicios, se pasará un par de días en casa.

Lo que Irina no sabe es que esa droga está adulterada, el rubio se encarga de ello. Compró el edificio, incluido los trasteros. Es allí donde la preparan. Nadie sabe quién es el dueño de aquel laboratorio, el rubio trabaja a la sombra del jefe de Irina, le está robando los clientes. Su droga es más barata.

Sube las escaleras de dos en dos hasta su pequeño piso, está distraída pero contenta. Hoy no tendría que follarse a ningún gilipollas, para conseguir su dosis. Cierra la puerta de un portazo, se comienza a desnudar. La excita colocarse desnuda. Hoy quiere colocarse en el baño, observándose mientras se mete una ralla. Para ella es como alcanzar un largo y profundo orgasmo. Se quita el sujetador y deja al descubierto sus pequeños pechos. Se pellizca ligeramente los pezones, que se endurecen frente el espejo. ¡Llegó el momento!, aspira por uno de los orificios de la nariz. El comienzo es doloroso, le escuece mucho, pero le agrada el sabor que le deja en la boca. Cuando ha terminado de colocarse, se mira al espejo. Comienza a tener una subida de adrenalina, su respiración es agitada, sus pupilas se dilatan, pierde la noción del espacio y el tiempo. Su visión en el espejo es cómo si mirara a través de un caleidoscopio. Su cuerpo empieza a sudar, su cabeza no puede controlar los impulsos nerviosos que emite el cerebro en todas las partes de su cuerpo. Necesita beber. Se dirige a la cocina, intenta coger un vaso de agua, pero cae al suelo; es allí donde culmina el éxtasis. Aquella droga era mucho mejor que la que le regalaba su jefe. Las sensaciones eran muy fuertes, bestiales. Tanto es así, que Irina se meó encima sin poder controlarlo. En el siguiente estado de relajación se quedó dormida sobre el frio suelo de la cocina.

Irina pasa dos días encerrada en su casa, permanece desnuda sobre la cama. No quiere levantarse. Le duele la cabeza, se ha pasado con el alcohol; consumió varias botellas de tequila la anterior noche. Estuvo follando con un joven vecino, con el que intercambiaba favores sexuales de vez en cuando. Era cinco años más joven que ella, adicto al sexo.

El teléfono de Irina sonaba a todo volumen en la pequeña habitación. Se oyeron cinco timbrazos que parecían siete sartenazos en la cabeza de Irina. Se puso la almohada sobre la cabeza cubriéndose lo oídos para amortiguar el sonido desesperado del teléfono. Seguro que era su jefe.- pensaba abotargada. Se incorporó lentamente, entró en el cuarto de baño y se metió en la ducha. El ruido del secador disimuló el sonido del timbre de la puerta. Se oía lejano, pero lo suficiente para que la distraída Irina lo oyera. Cubrió su cuerpo con una toalla y se acercó a abrir. Para su sorpresa, su apuesto jefe con su enigmática y seductora sonrisa, esperaba impaciente detrás de la puerta. En una de sus manos un ramo de rosas y dos botellas de champan.

– Buenos días Irina, llevo dos días sin verte. Vengo a traerte tu dosis…, el pago de tus servicios.- le atrajo hacia él y le beso con dulzura en los labios.- una vez dentro. La ofreció las flores, la miró a los ojos.- estaba claro lo que quería en esos momentos.- Irina abandonó la toalla que cubría su cuerpo desnudo y se entregó incansable a aquel príncipe de las tinieblas, que le ofrecía lo que necesitaba en ese momento.

Necesitaba una raya; se la ganó acariciando el miembro, que sobresalía del pantalón de aquel cuarentón adicto a las drogas y al sexo. Se pasaron parte de la mañana practicando sexo en cualquier rincón del piso, menos en la cama. Cuando ya estaban exhaustos y relajados sobre el sillón. El teléfono comenzó a sonar, pero esta vez saltó el contestador. El mensaje de preocupación de Lidia se radiaba por todo el piso. Cuando terminó, su jefe la miró a los ojos; Irina, le contó su relación con ella. Aquel hombre poderoso que controlaba media ciudad y que cada una de sus pisadas valía una fortuna, comenzó a hacer preguntas sobre su adorable amiga. A él le llamó mucho la atención que fuera forense. Su cabeza empezaba a maquinar, sus deducciones comenzaron a dar forma una idea. Lo único que en esos momentos le importaba era conocer a Lidia.

Lidia se levantó como pudo del suelo. Víctor sujetaba fuertemente la medalla. El brazo seguía sujetándolo; no le soltaba. Oyó un siseo…, aguzó el oído y distinguió con claridad qué alguien le llamaba.

– Victor soy yo…- intentaba coger aire, mientras escupía los gusanos que se introducían dentro de su boca. Por favor, ayúdame.

– ¿Héctor, eres tu?- después de un breve silencio. Héctor continuo hablando.

– Eso es compañero.- arrastraba las palabras.- le quedaba poco tiempo.

Víctor le indicó con un gesto a Lidia que cerrara despacio la puerta. Necesitaban sacarle de aquella montaña.- un arduo y apestoso trabajo.

Con las manos desnudas Lidia y Víctor empezaron a retirar los cuerpos, muchos de ellos estaban momificados, pero otros se desmembraban sin poder evitarlo; dejando sus restos esparcidos por el suelo. Intentaban hacer tiempo para coger aire. Al cerrar la puerta el olor era exageradamente putrefacto; los gases se acumulaban en aquella habitación limitando a más de la mitad el nivel de oxígeno. Solo tenían cinco minutos más, para no morir junto aquellos cadáveres.

Solo quedaba retirar el último cuerpo, una mujer de mediana edad que había muerto hace unos siete días. – una deducción aproximada que Lidia, tuvo en cuenta.

Ayudaron a que Héctor se levantara, vieron con horror que tenía mordiscos por varias partes de u cuerpo. – él no recordaba, cuando fue mordido por aquel ser. Clavó su dentadura, en el cuello y en los brazos.

Lidia y Víctor se miraron desolados. En ese momento alguien giraba la manilla de la puerta. Se ocultaron detrás de la nueva montaña. Permanecían quietos, casi no respiraban…

Alguien entró en aquel lugar, portaba un carro para trasportar cadáveres. Eran dos operarios compañeros de Héctor que hacían su trabajo. Uno de ellos se quedó fuera; el hombre que entró, oía un partido de fútbol en sus auriculares. Lo cual fue una ventaja para ellos, porque sin poder evitarlo se sentían mareados y jadeaban sin control. El operario introdujo en el carro restos cadavéricos para la quema. En uno de sus movimientos, una pequeña bolsa se deslizó desde el bolsillo del pantalón hasta el suelo. – no se percató de la perdida.- comenzó a silbar y se marchó, hablando solo.

Dejó la puerta abierta, el aire empezó a renovarse. Los fatigados cuerpos escondidos en aquella montaña, se estiraron despacio para poder controlar los movimientos. La falta de oxígeno en sus pulmones comenzaba a adormecer sus músculos. Lidia se agachó de nuevo y recogió del suelo la pequeña bolsa.

Víctor preguntó a Héctor si había alguna otra forma de salir de allí.

– Si, pero creo que no os va a gustar. – su cuerpo estaba cambiando. El iris de sus ojos cambió de color.

– ¿Por qué lo dices?- Héctor miraba el suelo donde entre restos humanos y suciedad se podía ver el perfil de un viejo portón.

– ¿Qué coño es esto?- antes de comenzar a hablar, Héctor rugió cómo si fuera un animal. Víctor le agarró del brazo, de alguna forma intentaba hacerle callar, pero era demasiado tarde. Los chasquidos que emitía su lengua, se propagaban por el pasillo a gran velocidad. Ya empezaban a desplazarse, los sonidos metálicos de la sala de congelados nos daba un dato de la magnitud del problema.

Sin pensarlo más tiempo y para que Héctor se callara, le golpeo violentamente la cabeza. Hasta qué dejo de emitir los extraños sonidos.

Acto seguido intentaron con todas sus fuerzas abrir el portón. Se abría solo por una parte, no era suficiente para que entrara un cuerpo. Agotaron toda su energía tirando fuertemente de él. No se abría. Se oían cómo arrastraban los píes por el pasillo, el goteo del grifo de la vieja sala de autopsias. Por un momento pensaron que iban a morir allí mismo. Sin omitir ni un solo chasquido más, Héctor de forma impresionante se levantó del suelo, les miró y abrió la otra parte del pesado portón. Le miraron sorprendidos, pudieron ver en ese momento el brillo en sus ojos. Había recuperado unos momentos de lucidez y su lado humano salió para ayudarlos. Trascurrieron escasos dos minutos cuando una jauría leprosa y moribunda entraba en la habitación.

Lidia y Víctor contemplaban la escena a través del portón a medio cerrar. Héctor gesticulaba con aquellos individuos que movían su cuerpo mecánicamente. Solo pudieron ver cómo uno de ellos se dirigió a Héctor y con el puño golpeo violentamente su cara. Sumergió dentro de ella la mano y tiró con fuerza de los quebradizos músculos del rostro. Después y para rematar le arrancó la cabeza. El cuerpo de Héctor cayó sobre el portón derramando parte de la sangre que le quedaba mezclada con un fluido verdoso qué se filtraba por el suelo.

Aquel lugar olía a rancio. A Lidia le recordaba el olor del jamón serrano, en ese momento viene a sus recuerdos las Navidades pasadas. Su padre le compró un jamón “pata negra”; a Lidia le gusta el jamón, pero no para comerse una pata entera ella sola. Después de muchas cenas tapeando con aquella pieza. Los restos de aquella pata, empezaron a adquirir un color oscuro bajo el trapo de algodón, en pocos días ese olor inundaba la cocina. Era el momento de tirarlo. El recuerdo del olor a rancio se disipó, cuando Víctor encendió las luces de aquel extraño lugar.

Era un lugar lóbrego repleto de polvo y telarañas qué cubrían el viejo instrumental de una sala de autopsias. Las pilas de mármol se repartían por la sala. Solo funcionaban dos puntos de luz. Algunos ángulos de la estancia los cubría una sólida capa de oscuridad. Era demasiado tétrico para acercarse mucho sin conocer el terreno.

Lidia está asustada y coge la mano de Víctor, le aprieta con fuerza; intenta trasmitir un poco de serenidad. Intentaba disimular el terror que se acumulaba dentro de sus pensamientos.

Avanzaban muy despacio, arrastrando los pies. El suelo estaba cubierto por extraños bultos que impedían, a veces, seguir avanzando. No sabían que era aquello. Lo qué si notaron es el descenso de la temperatura. El vaho les salia por boca formando una pequeña nube por debajo de su nariz. Se limpiaron varias veces los orificios nasales; una incansable agüilla les salia sin parar. Hacía frío. Mucho frío.

Cuando estaban en la mitad de la estancia, sus dientes empezaron a castañear. No podían evitarlo. La temperatura de su cuerpo había descendido de golpe. Se abrazaron, comenzaron a frotarse fuertemente los brazos, necesitaban activar la circulación sanguínea.

Unos pasos más…, tropezaron y cayeron. Unos enormes sacos, salpicaban el suelo de toda la sala. Víctor tuvo el valor de abrir uno de ellos. Lo arrastraron hacía donde se podía ver con claridad. Su descubrimiento los dejó boquiabiertos. Todos los sacos estaban repletos de cuerpos momificados. Conservados en perfecto estado, gracias a las bajas temperaturas que había en el interior.

– Necesitamos salir al exterior.- no paraba de decir Lidia.- si permanecemos aquí, sin movernos, nos convertiremos en momias.

– Tienes razón, tenemos que encontrar una salida. No tiene sentido que solo existiera el portón, para entrar y salir.

– Dime Víctor, ¿sabes que está pasando?- la miró a los ojos y la acaricio la cara.

– Francamente no lo sé, pero lo qué si tengo claro es que esa puñetera sustancia crea esos muertos vivientes.- en ese momento Lidia está pensando en su amiga Irina.

Palpan las paredes con la esperanza de encontrar una puerta. Pasan por el mismo sitio explorando sin apenas visión todas las paredes de aquel agujero. Para no encontrar nada.

– Esto no puede estar ocurriendo. No me puedo creer que tengamos que volver a salir por el portón.- se estaba poniendo nerviosa, el volumen de su voz iba en aumento.

– Tranquilízate. ¿llevas móvil?- le pregunta Víctor.

– Si llevo móvil, pero como si no lo llevara. Se ha agotado la batería. Llevo aquí toda la puñetera noche. No he sacado nada en claro. Mi amiga, creó que se toma esa sustancia.

– Joder, tenemos que salir de aquí. Si no me fallan los cálculos, las ventanas tapiadas del piso de arriba dan al patio interior.

– Creo que si hacemos un agujero en esa pared, podemos salir reptando de este lugar.

– ¿Cómo lo vamos a hacer sin hacer ruido?- Lidia se pone los brazos sobre la cintura en forma de jarra.

– Notas ese olor.. si te acercas a esta parte de la habitación ese olor es más intenso.

– Mira.- se agacha con unas tijeras en la mano; a la altura de aproximadamente cincuenta centímetros del suelo; Víctor empieza afanoso a dar forma a lo que parece un agujero lo bastante grande para salir reptando.

Lidia se sumó al trabajo. Las paredes se deshacían por la humedad que cubría ese muro. Cuando lograron divisar el exterior, rieron y se abrazaban nerviosos.

Víctor regresa a su casa, pero justo cuando gira la esquina para entrar en su portal. Ve al muerto viviente del Pub Rengato, acompañado por el rubio, esperan en la puerta del portal. Se le acelera el pulso y decide ir a casa de Lidia.

Lidia entra en su apartamento, ya ha amanecido; descuelga el teléfono y llama a casa de Irina. La preocupación aumenta a cada timbrazo sin respuesta. Se deja caer en el sillón y se queda profundamente dormida.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: http://youtu.be/oHiSG8BOljc

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