ADICTOS VI


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ADICTOS VI

Peligro

Lidia sigue preocupada, se ha despertado agitada. Ha tenido una pesadilla. Solo recuerda algunas secuencias.

Se encontraba en un lugar lúgubre, estaba de rodillas. La oscuridad era cortante. Se veía a ella misma. La imagen de su cara ajada por el llanto, el miedo personificado en su mirada; su brazo se desquebrajaba en jirones, el cuerpo se le cubría de pústulas que explotaban. De repente una luz que proviene de arriba la ilumina. No deja de mirarla, es cálida…, alguien se asoma desde la apertura. Después, desde la oscuridad, un montón de brazos y manos proliferan sobre su cuerpo. En ese momento despierta…

Está aturdida, se da cuenta de que lleva la misma ropa que el día anterior. Le cuesta situarse. Tiene todo el cuerpo dolorido y su ropa tiene un olor putrefacto que aviva los sucesos de la noche pasada.

Se levanta con dificultad y mira por la ventana. Le asusta la idea de que alguien la siguiera anoche. Hace un pequeño recorrido por la calle y en la esquina de enfrente, ve a Víctor observando su portal.

En ese momento suena el teléfono, no sabe si cogerlo. En el tercer timbrazo, levanta el auricular. La voz de Éric la reconforta, pero a la vez le preocupa. Habla arramblando las palabras. Le escucha con atención.

– Lidia, están por todas partes…,- el silencio, anticipa el desastre.

– Necesito que me hagas un reconocimiento médico. Creo que estoy infectado. He anotado todos los cambios desde el mordisco. Me he suministrado un antibiótico por vía para poder retardar el efecto de la sustancia verde. Los dolores son horribles Lidia.

En ese momento Lidia dejo de oír a Éric, su teléfono emitía el sonido intermitente de comunicando; la llamada se había cortado.

Éric seguía luchando contra ese enemigo invisible. Se acuerda de un documental que emitieron hace poco por televisión. Hablaba de los dragones de Komodo, la saliva de los reptiles era altamente tóxica, como depredador infalible muerde a su victima para infectarla. El alto contenido en bacterias recorre el cuerpo de la víctima; en pocos días le causa la muerte.

En el cuarto de baño guardaba más de cinco extracciones de sangre. Necesitaba averiguar y poder estudiar la evolución de aquella sustancia. Su apariencia cambiaba deprisa. La piel comenzaba a escamarse por detrás de las orejas.

Las uñas estaban azuladas, la circulación sanguínea se volvía más lenta. Su ritmo cardíaco se ralentizaba; su respiración era arrítmica. La fatiga se apoderaba de él.

Es como si estuviera en estado de hibernación. Sus funciones vitales se activan de forma intermitente.

Alguien llama a su puerta, la precisión de los golpes le hace prever que no es nadie conocido. Guarda todas las extracciones en un viejo armario. Comienza a ponerse nervioso en el mismo momento que coloca el ojo sobre la mirilla de puerta. Un hombre rubio insiste golpeando con fuerza la jamba. Estuvo pensativo unos segundos y lejos de amilanarse abrió la puerta.

– ¿Sí? – intento sonreír, pero solo apareció en su jodido rostro una sonrisa despectiva.

– Vamos adentro. – el rubio le empujó al interior, su tono ofuscado y la fuerza de sus brazos, hizo que Éric se tambaleara cómo un muñeco de papel.

Éric empezó a notar que su cuerpo respondía de forma agresiva, el pelo ralo que cubría la parte alta de la cabeza se erizó como a un gato. Notó que los ojos le escocían, que perdía por un momento la visión. De repente, desaparece ese cansancio que arrastra durante días, se encuentra vital. Anota en su memoria esos nuevos detalles sutiles para investigar su caso. Parece que su ritmo cardíaco es normal al igual que su respiración; se ha vuelto rítmica. Todas estas sensaciones las recoge en milésimas de segundo.

Desde el otro lado de la habitación se encuentra el rubio, con gesto anonadado, espera las preguntas de Éric. Le escrutaba por encima del hombro. – Éric comienza a reaccionar.

– ¿Qué coño quieres? – ahora el ofuscamiento se desprende de Éric con furia, casi con tanta crueldad como se va desprendiendo del pelo de su cabeza.

– ¿Te has mirado al espejo tío? a mí no me hables en ese tono y escucha. Esa mierda que recorre tu cuerpo donde la conseguiste. – el rubio muestra su mejor sonrisa, tensa los finos labios hasta que desaparecen, entrando en escena un blanco muestrario de fundas postizas.

– Yo no consumo drogas, si es eso a lo que te refieres. – se rasca la cabeza y un mechón de pelo se le desprende con facilidad. Su gran deterioro es palpable.

– Creo que tienes un verdadero problema Éric, no solo tú. Tu querida amiguita Lidia está jugando con fuego. Anoche estuvo muy ocupada, investigando en la morgue.

– No se te ocurra tocarla ni un pelo, te juro que si la tocas… – antes de acabar de hablar tenía el rostro del rubio pegado a su nariz. Sus ojos marmoleados arrastraban un toque siniestro.

– Lo que has oído, no la toques ni un pelo. – el rubio rompió el aire con una larga carcajada.

Pensaba que Éric era un jodido insensato, desafiándole de ese modo, le hacía gracia su actitud lejos de amilanarse…, se hacía más fuerte. El rubio comenzó a relajarse y decidió marcharse. Antes de salir por la puerta y de forma despectiva, le arrojó a la cara una pequeña bolsa llena de un fino polvo blanco.

– Creo que vas a ser útil. Te recomiendo que si quieres vivir. Inyéctate esta mierda. Si no lo haces puede que no dures hasta mañana. – cerró la puerta de un portazo.

Éric corrió al cuarto de baño, observó detenidamente su aspecto, cogió el bloc de notas y comenzó anotando la hora y los cambios que su cuerpo iba teniendo.

Se asustó al ver que su pelo era más ralo que hacía unas horas y se caía con facilidad. Sus cejas estaban descolgadas apenas le brotaba pelo de ellas, parte de su cara sé desfigurada en un medio colapso. Por desgracia parte de los músculos de su rostro no aguantaban tensos y daba la sensación que se deshacía hacía la barbilla. Su brazo mordido olía a podrido, un color amarillento y violáceo cubría la zona que aún se mantenía intacta. Alrededor del mordisco no había carne viva, le colgaban los tejidos muertos, la descomposición avanzaba sin que él pudiera encontrar una solución. Necesitaba que Lidia fuera a su casa.

Irina había quedado con un supuesto cliente. Se había puesto muy elegante, su jefe le había hecho ese encargo. Engatusar a un empresario chino para que distribuyera su droga por la extendida comunidad china en Madrid. Quería ampliar sus fronteras, aunque ya se había enterado que tenía tras de sí un maldito competidor del que no sabía nada.

La limusina esperaba en la puerta del portal de su reformado piso. Estaba radiante, desde que consumía la droga que le suministraba el del sótano había recuperado su belleza, las manchas en la piel habían desaparecido. Lo que más le gustaba es que no le cobraba nada. Ni siquiera le pedía una mamada. El caso es que la mirada de ese extraño hombre le recordaba a alguien conocido, pero su aspecto dejaba mucho que desear, Irina sospechaba que era de su edad.

El restaurante chino que regentaba, era muy lujoso, el servicio era exquisito. La sala privada estaba repleta de muebles orientales y originales tapices de seda que se distribuían por las paredes. En la misma habitación tenían el servicio de cocina; un cocinero para ellos dos. Un verdadero lujo.

El posible cliente era un hombre con pocos rasgos orientales, dentadura perfecta y una bonita sonrisa. Impecablemente vestido y muy educado. Hablaba perfectamente el castellano, aunque en algunas palabras se notaba ligeramente un matiz oriental.

Hablaron de muchas cosas; le comentó que había estado casado dos veces, pero que se divorció de sus dos mujeres. No entendía a las mujeres orientales. Así era la metáfora de su vida, un oriental que no entendía a las mujeres de su misma raza.

A Irina le dio la impresión de que le estaba tirando los tejos.

Al terminar la cena, sin abandonar su sonrisa, la ofreció una copa en su lujoso apartamento. Irina aceptó sin remedio. Aunque estaba muy cómoda con él. No quería llegar a más. Su jefe le dijo; que quería el contrato, costase lo que costase, eso incluía, el revolcón de una noche. Y cómo no, probar la sustancia.

El apartamento estaba situado en el paseo de la Castellana. Irina queda asombrada de la amplitud de este. El toque colonial con muebles de Teka y ébano rompen con un estilo vanguardista; una combinación extraña, pero que sin duda, no desentonaba con ningún complemento. Los jarrones de suelo. Las lámparas de araña y obras de arte auténticas, instauraban su estilo personal. A través de unos grandes ventanales se divisaba una amplia terraza custodiada por un Buda de piedra. Era hermoso salir a aquel espacio, se veían las tenues luces de la ciudad. El aroma del asfalto cambia a esa altura, es más fresco y limpio. Las estrellas dejan pequeños destellos en las nubes vaporosas. Irina esta muy cómoda, su mano sostiene una copa de champan francés; que nunca había probado. Le agradaban las charlas sobre cosas corrientes con el nuevo cliente. Aunque no había tocado el tema del negocio. Quería saborear el bienestar que en esos momentos sentía. Sus emociones estaban enfrentadas. Este caballero le trataba con respeto, la escuchaba y en ningún momento la insinúa sexo. Hacía mucho tiempo que Irina no se sentía feliz, pero esa noche si lo estaba.

Víctor intenta subir a su casa, el rubio se marchó hace un par de horas después de recibir una llamada a su móvil.

Necesitaba ducharse, ponerse ropa cómoda, documentación, sobre todo su cámara espía y su portátil de viaje, solo lo usaba para eso; en casa disponía de un Mac, pero cómo bien sabía ya estaría intervenido. Le seguían, sus sospechas le hacen pensar…, creen que ha descubierto algo importante y por eso están tras él. Necesita hablar con Lidia y saber que está bien. Antes de dirigirse a su casa, compra dos móviles con tarjeta, que paga en efectivo, las pone al nombre de una antigua revista donde trabajó.

Llega a la parte alta de la avenida donde vive Irina, le sorprende verla vacía. Solo ve a lo lejos un caminante que levanta sus sospechas. Arrastra su cuerpo, no flexiona las rodillas para andar. Está lejos y no puede distinguir con claridad su rostro. En ese momento doblan la esquina varios individuos de aspecto enjuto, carecen de pelo en parte de su cabeza. Se les oye comunicarse cómo los individuos que había en la morgue. Víctor necesitaba entrar en el portal de Lidia. Se cobija en la esquina de un edificio; en sus bajos se oye música. Cree que no le han visto. No circula ningún coche por la zona. ¡Es tan extraño! – piensa fugazmente Víctor. Se asoma por el perfil del edificio con cuidado de no ser visto. Los caminantes han desaparecido. Víctor teme que entren en cualquier edificio. Sabe de primera persona lo que ocurre si te enfrentas a ellos. Ha descubierto que no tienen muy buena visión, pero que su olfato es muy audaz. También ha detectado dos tipos de contagio, uno es la sustancia y otro además de la mordida, el contacto directo de fluidos. Esos términos los tenía más que claro.

Lidia se había dado una ducha, la ropa que llevaba la noche anterior la quemó en la bañera. Se puso ropa cómoda. Cogió una gran mochila donde depósito instrumental quirúrgico, morfina, antibióticos y demás elementos médicos necesarios para solucionar una emergencia. Estaba aterrada por la conversación que había tenido con Éric, justo después de colgar se puso a llorar desconsolada. Intentaba encontrar alguna explicación a lo que estaba ocurriendo. Era algo tan abstracto, imposible de creer si no lo vives en primera persona. Necesitaba armarse de valor e intentar encontrar una vacuna o un suero efectivo para la atrocidad que sembraba muerte y contagio por todos lados. Desconocía si era de forma global o solo ocurría allí.

Volvió a mirar por la ventana y allí estaba Víctor, llevaba una mochila; miraba de soslayo hacía el comienzo de la calle. Desde aquella ventana Lidia podía ver poco. Así que se dispuso a subir sobre la bañera, donde una pequeña ventana se abría hacía aquel lado de la calle.

La ventana abatible se abrió, dejando un paisaje poco atractivo para Lidia. Al comienzo de la calle divisó los primeros Zombis, no conocía sus rostros, pero su aspecto era aterrador. Desde allí podía oír el chasquido de sus lenguas, su llamada. Unas cortinas del edificio de enfrente se movieron, alguien estaba mirándola. Una mujer de mediana edad contemplaba a aquellos seres. A lidia se le ocurrió una cosa.

Descolgó de la pared de la cocina una pizarra magnética donde anotaba recetas y listas de la compra. La borró con el puño. Escribió;

Cierre la puerta con llave

No hable, desconecte el volumen del teléfono.

Manténgase en silencio.

Enciérrese en la habitación más alejada de la puerta.

No abra a nadie.

Lidia estaba nerviosa, no sabía cómo llegar hasta la casa de Éric. Víctor ya no estaba en la esquina. Alguien mueve muebles de forma violenta en el piso de arriba, se oyen los gritos de mis vecinos. Lidia sabe que ya están dentro. Esta muy nerviosa, aguza el oído, los ruidos en la parte de arriba se han disipado. Intenta abrir la ventana, pero en ese momento se queda paralizada, la más joven de las hijas de la vecina se ha tirado por la ventana. Ha caído sobre un coche aparcado en la acera. El ruido del cuerpo al caer ha sido una dura bofetada al ánimo de Lidia. Se oye el chasquear de las lenguas moradas y putrefactas, el olor se cuela por las rendijas de la puerta. Están cerca.. la puerta empieza a oscilar. Alguien desde el otro lado quiere abrirla. Están empezando a romperla. Se oyen cristales rotos en la cocina, lidia se desplaza rápidamente y ve con alivio que es Víctor. Se ha colado en el portal y ha entrado por el patio comunitario, desde ahí ha trepado por dos terrazas hasta alcanzar la cocina.

– Lidia, corre, sal por la ventana. – Víctor intenta ganar tiempo y empuja la mesa de la cocina hacía la puerta. Acumula varios armarios sobre esta.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: http://youtu.be/p7YTRwANzw0

Depósito Legal: Safe Creative

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