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ADICTOS VII

Comienza el canibalismo

Lidia corre tras Víctor, no miran atrás, solo oyen el estruendoso ruido que hacen los cuerpos al caer desde las alturas. El chasqueo de las lenguas putrefactas, se oye resonar en la avenida. Es el grito del reclamo. Justo a escasos metros cae de una de las ventanas, un hombre de mediana edad, su cuerpo sucumbe al fuerte golpe. En ese momento una jauría de monstruosas caras se abalanzaron sobre él y comenzaron a morder su abdomen, le vaciaron por completo, parecían animales hambrientos; lo primero que se comían era las vísceras; quizá por que era una de los órganos que antes se descomponía.

Atravesaron varias calles, su intención era llegar a casa de Eric. Una tarea muy difícil, porque según se acercaban a su objetivo, aquellos seres iban proliferando como una epidemia.

Irina se había quedado dormida en el sillón de piel; la noche había sido un tanto peculiar. Nunca se había sentido tan completa, tan querida y tan mimada. Aborrece la idea de seguir con su anterior vida. Las sinceras palabras de su nuevo amigo le daba esperanzas para salir del pozo.

Al despertar contempló las primeras luces de la ciudad a través del bonito ventanal del salón. No quería moverse, se sentía feliz. Era la primera vez en su vida que había dormido en casa de un hombre y no se habían acostado. No estaba sola, unos pequeños ojos la miraban sin moverse, al lado de la puerta. La concedió una cálida sonrisa.

– Señorita, la he preparado un baño con sales. – Irina la miraba inquieta.

– El señor tuvo que marchar esta mañana. Viaje de negocios. – la mujer no paraba de sonreír

– Gracias, pero no hace falta. Tomaré un taxi. No quiero molestar.- se levantó despacio.

– No es molestia, tiene que aceptar. El señor dijo que usted se negaría al baño. Me dijo que insistiera. También me dijo que le esperara, que volvería por la noche.

Irina no volvió a decir que no, se alisó el vestido y se dirigió a uno de los cinco baños.

Aquel cuarto de baño pertenecía al dormitorio principal, a los pies de la cama tenía ropa limpia. Se aproximó para examinarla mejor.

– Esto es increíble, son mis vaqueros. ¿Ha estado en mi casa?.- miraba pasmada a la sirvienta.

– Si, estuve en su casa. Me mandó personalmente. Espero que no esté molesta conmigo.

– En absoluto, solo estoy un poco alucinada con esta situación. Se lo agradezco.

Sumergió su cuerpo en la gran bañera, donde las burbujas cosquilleaban su piel. Le llegó una rica fragancia a flores; las velas y el incienso adornaban la vista y el olfato de Irina; se abandonó a tan agradecido placer.

Éric continuaba luchando contra su enemigo, ya no tenía pelo en la cabeza, los dientes se le movían ligeramente. Se aproximó al espejo del baño, las llagas inundaban su boca y la lengua azulada entorpecía sus palabras.

Miró su brazo. Fotografío su cuerpo desnudo con aparencia desnutrida, azulado y blanquecino.

El contorno de sus ojos era un escalón en su cara; donde los extraños fluidos caían por sus mejillas.

Estaba agotado, no tenía muchas fuerzas para seguir adelante, necesitaba tener a Lidia cerca. Necesitaba verla por última vez. La quiere y quiere formar una familia con ella.

Se da cuenta que le acompaña un profundo silencio, inevitablemente las lágrimas le comienzan a brotar por los hundidos ojos. Regresa al salón, se queda observando aquella habitación cómo si entrara por primera vez. Su memoria empieza a fallarle, inspecciona sin saber que buscar y entonces…, ve la pequeña bolsa que le tiró el rubio. La miró atentamente y sopesó mucho sus alternativas. Sus expectativas de seguir vivo se evaporaban cada hora. Tenía que hacer algo por sobrevivir.

La furia se iba apoderando de él, del mismo modo que lo hizo con el rubio. La adrenalina circulaba a una velocidad vertiginosa, se sentía perfectamente, su fuerza doblaba lo normal, su olfato reparaba a cualquier olor por pequeño que fuese. Su cuerpo reaccionaba así, unicamente cuando se alteraba. Ahora se sentía vivo. Cogió la pequeña bolsa y preparó aquel polvo. Busco el mejor lugar para recibir el pinchazo. Entonces lo vio todo claro, una convulsión hizo que su cuerpo no aguantara en pie. Las siguientes sensaciones, era de placer y dolor del mismo modo y con la misma intensidad. Comenzó a ver borroso y estridentes colores se dibujaban en su retina. Se olía a él mismo, el mismo olor de antes del cambio. Ese olor aterciopelado, áspero y agrio después de hacer deporte. -era él mismo.- Cómo antes lo había sido. No podía controlar su cuerpo, su cerebro estaba cosiendo lo descosido, poniendo cada pieza del puzle en su lugar. Después de aquel inicio, empezó a recuperar el movimiento, su boca abierta dejaba caer una sustancia verde de sabor rancio y olor a podrido. Le escocían los ojos. Observó que su temperatura corporal había subido, ya no nota el frio amarmolado, sobre las extremidades.

Intenta armonizar sus movimientos y ponerse en pie, lo consigue a duras penas. Deja caer su cuerpo en el sillón y se queda dormido.

Irina decide ir a su piso con la intención de recoger algo de ropa y una botella de vino para la cena de esa noche. La sirvienta de su nuevo amigo, la hizo prometer que volvería. Durante todo el recorrido no se había encontrado con ninguna persona. No circulaban autobuses, ni taxis. El silencio envolvía la ciudad. Vio el cartel luminoso del autoservicio y se acercó despacio. Las cajas estaban vacías, había mucha mercancía esparcida por el suelo. Un olor que conocía se movían en su dirección. Los escalofríos implantaron su autoria en el cuerpo de Irina. Una lata de conservas rodó hasta alcanzar sus pies. Irina siguió avanzando, sigilosa, aferrada a su bolso. Dispuesta a defenderse si fuera necesario. Al final de aquella estancia, alguien rebuscaba en los congeladores de carne. Emitía una especie de bufido. Según se acercaba oía un chasquido, un ligero sonido gutural, no sabe si es humano. Sigue acercándose, un fluorescente, cae sin avisar cerca de Irina. El sobresalto le hace retroceder. El estrepitoso sonido del cristales rotos pone en alerta al individuo que está en la puerta de los congeladores. La furia se desata muy cerca de ella, justo en el pasillo de al lado. Con gran fuerza alguien empuja una estantería que hace que Irina quede sepultada bajo paquetes de servilletas de papel. Antes de intentar ponerse en pie, una lengua morada le chupa la cara.

El olor de aquel aliento provoca una oleada de arcadas. Intenta zafarse de su adversario, pero se lo impide arrastrándola del pie hacía el congelador.

Víctor y Lidia están a punto de alcanzar la calle donde vive Eric. Le sorprende ver un autobús escolar en marcha. Cruzan corriendo la calle, pero el autobús aumenta su velocidad. Intentan que el conductor pare. Observan con estupor que el conductor es un niño de no más de diez años. Dentro del autobús a través de las ventanas rotas, un zombi intenta alcanzarle. El pequeño, intenta frenar pero no lo consigue. El vehículo se estampa contra un semáforo. En ese momento entran en acción Lidia y Víctor que se apresuran a sacarle de allí. El zombi tiene medio cuerpo fuera de una de las ventanas, intenta bajarse de allí. No puede, se ha clavado una esquirla de cristal a la altura del pecho. Intenta liberarse, pero no lo consigue, sus órganos de empiezan a escapar de la cavidad torácica.

El pequeño tiene enganchado un cordón de su zapatilla en el embrague. La parte delantera del autobús está totalmente aplastada. Es muy difícil sacarle el pie. Lidia está preocupada, no quiere abandonarle a su suerte. Intentan hacer palanca con una barra de hierro, pero es inútil. En ese momento los aullidos del zombi se dejan de oír; para la tranquilidad de Lidia, sometida a mucha presión. Se está planteando amputarle el pie, para poder sacarle con vida de aquel amasijo.

Abre su mochila en el suelo, saca todos las herramientas que lleva consigo. El niño no paraba de gritar; Lidia sabía que tendría varios huesos rotos del empeine, tenía girado el pie, eso le producía un dolor insoportable.

– ¿Como te llamas pequeño?.- le preguntó lo más serena que pudo.

– Me llamo Tomas. – le dijo el niño entre gemidos de dolor.

– Muy bien muchacho, yo me llamo Lidia y soy médico. Necesito que me escuches. ¿ de acuerdo?.- el pequeño no podía hablar por el dolor, asintió con la cabeza.

– Bueno tu pie está muy malito, no le podemos sacar de ahí, la única manera que tengo para sacarlo es operarlo, ¿lo entiendes? no te va a doler, te pincharé un medicamento para que te duermas un ratito, cuando despiertes, estarás mejor.

– ¿Lo has entendido?.- lidia ya tenía en la mano una jeringa con anestesia.

– Víctor, cuando se duerma necesito que inclines el asiento y mantengas en posición elevada la cabeza.

El pequeño dormía tranquilo, Lidia le rompía la patera del pantalón, la posición le obligaba a trabajar con poco espacio.

– Víctor, necesito un martillo de emergencia..- no preguntó, se fue al interior del autobús y cogió el más cercano. Se dio cuenta que el zombi no estaba, solo quedaban restos de sus intestinos, que colgaban hacía el exterior. Se asomó por ella y no vio a nadie. Regreso al lado de Lidia.

Era una tarea complicada tiene que seccionar con cuidado de no dañar mucho las conexiones con la pierna. Coge el escalpelo y hace una incisión en la parte baja del tobillo. Separa bien los músculos y tendones, para tener más visibilidad al astrágalo. Cómo no dispone de sierra, se ayuda del martillo de emergencias para ir partiendo los huesos. Ya ha liberado al pequeño de su tortuosa muerte. Lima como puede el contorno de los huesos para poder preparar el siguiente paso. Necesita ir colocando los colgajos cutáneos, ha dejado los músculos muy por debajo de la amputación, de manera que pueda doblar, para dar forma al pequeño muñón. Anteriormente se han ligado los vasos sanguíneos de forma individual, los nervios se han cortado limpiamente. Ya está casi listo, ha colocado el drenaje con una goma blanda y ha vendado la operación.

Lidia está exhausta, la operación ha durado cuatro horas, agradece que se tratara de un niño. No hubiese tenido anestesia para un adulto, y se abría doblado el tiempo. Sale quitándose los guantes manchados de sangre, que arroja a una papelera cercana. Coge aire y hace estiramientos, tiene la espalda resentida por la postura que ha tenido durante cuatro horas seguidas, pero está satisfecha con el resultado. El niño se ha empezado a mover, gira su cabecita; le mira y sonríe.

Eric está en el suelo, una terrible migraña le recorre su precoz calvicie. Su ritmo respiratorio se va estabilizando, el color de sus uñas ya no es morado, sino rosáceo. Pestañea varias veces con la intención de apartar esa nubecilla que le impide ver con nitidez. Se arrastra por el suelo hasta llegar al sofá. Haciendo fuerza con los brazos, recupera la estabilidad y se sienta sobre el. Comienza a mover todas las articulaciones, emiten un chasquido quebradizo, acompañado de un profundo dolor. La piel que no ha cambiado le duele como si estuviera en un estado febril. Su temperatura va en aumento. Alarga la mano hacía la mesa auxiliar, allí descansa una botella de agua. Intenta beber. Su labios agrietados y secos, comienzan a sangrar. Un pequeño sorbo y su garganta arde; es como si un gato le arrancara a tiras por dentro. Está asombrado por el agudo olfato que posee, le llega un olor conocido, fresco y limpio, que le recuerda a Lidia.

La sangre de los guantes que Lidia dejó en la papelera, ha despertado el hambre de los caminantes.

Mantuvo la mirada del pequeño unos instantes, no le dio tiempo a más. Por el rabillo del ojo vio con horror que un grupo de caminantes se desplazaban rápidamente hacía ellos. Solo le faltaba unos pasos para alcanzar la puerta del autobús, cuando uno de aquellos cuerpos, salto por la ventana trasera. Víctor les tiraba todo lo que encontraba, para poder distraerlos…, mientras Lidia se cargaba su mochila y cogía al pequeño en los brazos. Salió justo a tiempo, pero Víctor quedo atrapado. empezaron a bambolear con fuerza el autobús hasta que calló hacía uno de sus lados.

Lidia despistó a los caminantes; estaban bastantes ocupados, intentando comerse a Víctor.

Las dosis ya estaban preparadas el rubio las recogió como todos los días a la misma hora.

Michael, le esperaba tras la puerta de madera. Su vida había pasado rápido, demasiado rápido. Llevaba en aquel sótano desde hacía más de dos años, desde su último viaje a Rusia. Ya se está recuperando, gracias al suero que ha podido preparar, es una sustancia que va regenerando el cuerpo. Nadie sabe que lo que él ha creado, pero está orgulloso el suero, salva vidas.

TRES AÑOS ANTES

El avión de Michael aterriza en el aeropuerto de Moscú. Esta algo nervioso, la forma de contactar con él fue muy extraña. Le llegó un fax a la universidad; muchas empresas de otros países gestionan bolsas de trabajo internacionales, era una maravillosa oportunidad de encontrar un empleo estable y bien remunerado. Michael despuntó con la investigación sobre las drogas de diseño. Era muy minucioso y a la vez muy disciplinado con su trabajo. Sabía poco sobre la empresa que le contrató. Le pagarían muy bien…, sin lugar a dudas había sido un acierto aceptar aquel trabajo.

Un taxi le esperaba en la salida del aeropuerto. El taxista mantenía un cartel por encima de su cabeza, con su nombre, Michael Palisit.

Un robusto hombre con facciones europeas le saludo con perfecto inglés y le estrechó la mano. Le invitó a entrar en el taxi. En el trayecto hacía el hotel estuvieron hablando con fluidez sobre el trabajo, le ofreció información sobre la empresa. En el hotel le esperaba su primer contacto con el gerente. En los periodos de tiempo que el contratista dejó de hablar, Michael miraba distraído el paisaje urbano de aquella fría ciudad.

El hotel estaba a escasos 200 metros de la Plaza Roja, un imponente edificio de corte clásico y señorial. La sala de actos se había preparó para la ocasión, estaba en un apartado que se accedía desde la recepción. Michael estaba con la boca abierta, su vida en España se limitaba al laboratorio de la universidad y su pequeño apartamento en Malasaña. Aquel lujo que traspiraban aquellas paredes le sobrecogía.- dudaba poder estar a su altura – no paraba de preguntarse ¿ por qué yo?

Era la pregunta que inocentemente se hacía desde que llegó el fax a la universidad.

Cuando puso el pie en la sala, los veinte comensales, correctamente vestidos le miraron en unísono.

Él sintió un leve rubor que le broto de forma inesperada. Hizo un gesto con la cabeza, pretendiendo ser cortés y saludar. Michael intentó descifrar quien era el gerente de la empresa. Le sorprendió ver a un hombre latino, predominar en el grupo, los gestos de los demás individuos le indicaban que aquel hombre era el gerente. Con pasó firme aquel hombre de no más de cuarenta años se le acerco.

– Michael Palisit, bienvenido a Moscú. Mi nombre es Diego. A partir de hoy estarás bajo mi protección.- le temblaban las piernas, el rubor inicial se fue diluyendo según empezaba a circular toda la sangre de su cuerpo hacía la punta de sus pies.

No lograba entender, por que había dicho .- bajo su protección.- ¿a que se refería?, se supone que me contrató una empresa farmacéutica.- le ofreció un café y le dio unos ligeros toques en el hombro, para que le siguiera.

– Bueno, me imagino que estarás al tanto del trabajo que vas a desempeñar para mi.- le miraba de reojo. – seguía dándole vueltas al contrato que firmó en España.

– Sí, he traído una copia de mi contrato, lo he leído varias veces. Y estoy de acuerdo con todos los puntos.

– ¿Entonces a que viene esa cara de sorpresa? .- le miraba fijamente, esperando una respuesta.

– No, solo me ha dejado un poco sorprendido ese comentario.- un breve silencio.

– ¿A que te refieres? a estar bajo mi protección. .- Michael da un pequeño sorbo a su café.

– Si, así es.- le mira de soslayo.

– Bueno muchacho, te aclararé todas tus dudas cuando estemos en la empresa.

La reunión duró más de cuatro horas, estadísticas, productos, incentivos. Michael salió contento, pero lo que no sabía era que el trabajaría para terceras personas.

Un coche con chófer le recogió al día siguiente muy temprano. Pararon para desayunar. Michael desconocía en qué lugar estaba situada la fabrica farmacéutica, donde trabajaría como director de un nuevo proyecto. Sobre sus piernas tenía un maletín con el logo de la empresa, dentro un portátil y toda la documentación necesaria para comenzar a trabajar.

El coche salió de Moscú, cogió una autopista secundaría, todos los carteles estaban en ruso. No entendía ni papa. Veía al tosco chófer a través del retrovisor. Era un hombre muy corpulento, con el pelo cortado al uno. Una fina línea como labios, que dibujaba una gran boca, quizá demasiado desproporcionada para su cara. Su mirada daba miedo. Después de más de media hora de camino, el rubio habló en perfecto castellano.

– Estásss, preparado. – arrastraba un poco las terminaciones de las palabras al hablar, pero su entonación y fluidez era muy buena.

– Bueno, ahora que lo dice, estoy un poco asustado. – la risa socarrona del rubio, hizo empañar los cristales.

– Eso son los primeros años, después de entrar en esta secta, te darás cuenta que es una gran familia. – Michael no sabía, si llorar o reír. No sabía como tomarse ese burlón comentario. Solo se le ocurrió mirar por la ventana mientras las risas del rubio resonaban dentro del coche.

©Julia OJidos Núñez

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