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ADICTOS VIII

ADICTOS VIII

Michael se quedó dormido, apoyó su cabeza sobre el cristal y agotó todos sus recursos de diálogo. El rubio seguía conduciendo. Solo se oía una voz femenina que hablaba en ruso, procedente del GPS de última generación. Lo conecto para intentar buscar una alternativa a la carretera comarcal; su dulce voz informó que aquella carretera continuaba en obras. Por eso tardaron tanto en llegar a su destino.

Estacionó el vehículo en el parquin subterráneo. Michael no se percató de que se habían detenido. Se despertó sobresaltado al oír el estruendoso portazo al cerrar la puerta. Le miró a través de la ventana, confundido, no tomó conciencia de donde se encontraba hasta que el conductor golpeó la ventanilla con su inmenso anillo de oro y su sonrisa postiza.

Michael abrió la puerta, tenía el cuerpo acolchado; levantó su culo del asiento mientras intentaba estirarse. Su acompañante cogió sus pertenencias y le indicó que se dirigiera a un viejo montacargas que había a un lado de aquel oscuro parquin.

Intentó abrir las puertas correderas en forma de cierre, pero solo consiguió moverlo unos centímetros. A su lado, con su sonrisa inseparable; el rubio no paraba de reír. Alzó su mano y sin ningún esfuerzo plegó aquella maldita reja para dejar libre la entrada.
No existía panel de plantas, por lo tanto, se imaginaba que solo habría un par de alturas cómo mucho. Se equivocó; el ascensor subía despacio, era un desagradable movimiento acompañado de un desesperante chirrido. Sólo deseaba llegar a su destino cuanto antes. El pelo de los brazos lo tenía erizado. Tragaba saliva; esperaba impaciente la llegada de su planta. Después de pasar la tercera, leía los números pintados en la pared de hormigón, donde a veces tenías que echarle imaginación para descifrar de qué número se trataba. Pasaron por una de las plantas donde el ascensor no paraba; un espacio lúgubre lleno de escombros alumbrados por una fría bombilla. Michael se percató de varias sombras al final del oscuro espacio.
– Me ha parecido ver a alguien entre las sombras. – afirmó con voz temblorosa.
– Bueno es posible. Todo a su momento, querido muchacho. – le contestó el rubio, mientras le daba palmaditas en la espalda.

Fueron escasos tres minutos, pero lo suficiente para arrepentirse de haber firmado ese maldito contrato. En ese momento mientras descendía su animosidad, en el muro y bien perfilado se podía leer el número siete- farmacéutica Xparix

– Tenemos que coger otro ascensor. – le dijo su acompañante.
– ¿Otro? – le miró ofuscado.
– No te preocupes, el próximo te va a gustar más. Es ultra rápido.
Le llevó por un largo pasillo, donde la luz emanaba desde la altura iluminando cada centímetro de aquella blanca pared. El suelo de mármol oscuro reflejaba su cuerpo como si se tratara de un espejo. A varios metros de distancia una de otra, se veía una hilera de puertas acorazadas con su respectivo panel de seguridad como cerradura.
Michael comenzó a relajarse, incluso se animó a darle respuestas chistosas a las preguntas de su actual compañero. Pasaron unas diez puertas de mismo color y con las mismas medidas de seguridad. Al final del interminable pasillo, una puerta de cristal custodiada por dos enormes macetas, provistas de una extraña planta exótica de vivos colores.
Michael entró primero, después de que el rubio pasara su tarjeta de seguridad y el reconocimiento del iris. Un hombre corpulento vestido con un uniforme militar saludó y les dio paso. Atravesaron una lujosa recepción, donde tres mujeres jóvenes atendían sin parar las llamadas telefónicas. Michael quería recrearse en todos los detalles; el logo de la farmacéutica era mediocre. Unos trazos uniformes marcaban las líneas alrededor de un óvalo que asemejaba un ojo. Solo quería comenzar a trabajar y ganar su primer sueldo. Ese pensamiento era verdaderamente un aliciente perfecto para no derrumbarse.

Éric ha perdido la noción del tiempo, la droga le había causado una perturbación mental transitoria; la ida y venida de datos e imágenes y todo tipo de sensaciones le habían dejado exhausto. Se mantuvo mucho tiempo perdido en un punto de su salón. Después de recobrar un poco de vida…, de forma enérgica levanta su cuerpo del sillón y se acerca al baño. Quiere saber lo que aquella sustancia ha hecho con su imagen. ¡Está aterrorizado!; por una parte quiere contemplar su reflejo en el espejo, pero por otra, le asusta ver que su deterioro es galopante. Entra con la cabeza gacha, sin esperanzas de encontrar mejorías. Aspira fuertemente y levanta lentamente la cabeza. El encuentro le resultó emotivo. Se reconoció de inmediato. Era casi, casi, el de antes. Comenzó a llorar cómo un niño. Había recuperado pequeñas partes de tejido en su rostro, pero todavía quedaba mucho por regenerar. Sus ojos mantenían el honesto brillo de su carácter. Se desnudó; palpo su cuerpo en busca de restos óseos sin sepultar entre los tejidos; seguían allí, descolgados, con un ligero color verdoso, pero sin duda mucho mejor que antes de…

Lidia alcanzó con mucho esfuerzo el portal de Éric, le falta el aire. El pequeño se queja de los movimientos irregulares ocasionados por el balanceo en brazos de Lidia mientras corría. La venda estaba manchada de sangre. El ascensor no funcionaba, depositó al pequeño en el tramo de escalera; descansó durante unos minutos. El portal se quedó a oscuras, se filtraba un haz de luz a través de la ventana del piso de arriba. El sensor de movimiento que activaba las luces no funcionaba. Probó en varios puntos, próximos a la escalera, pero sin resultados. Elevó las manos y saltó sobre el mismo punto para activarlos, pero aquello no se encendía. La ventana de la primera planta se cerró de golpe. Un escalofrío la invadió junto al olor a cloaca que viajaba hacía su dirección. No estaban solos. Aguzó el oído para intentar averiguar por donde venía el enemigo. La gasa manchada de sangre, empezó a animar a los cuerpos sin vida que esperaban en un estado REM.

Los ojos abiertos y la pupila dilatada de Lidia no conseguían ver por donde se acercaban. Un leve siseo, le dio la pista de la dirección del sonido; donde sin lugar a dudas estaba aquel putrefacto ser. Recordó que tenía un objeto punzante en el interior de unos de los bolsillos de su mochila. A tientas logró localizarlo y lo agarró con fuerza. Oía su cuerpo deslizarse muy cerca de donde ella estaba, el roce de su ropa al andar acusaba su nerviosismo. Con el objeto punzante sujetándolo tan fuerte, que parecía una extensión de su mano. Movía su brazo marcando un semicírculo, con la posibilidad de localizar el cuerpo que seguía avanzando.

El chasqueo de las lenguas amoratadas, era cómo el canto de las chicharras en verano. La vibración del sonido hacía eco en todo el edificio.
El pequeño estaba asustado y agarraba fuertemente el pantalón de Lidia. Ella empieza a notar que no es solo un individuo…, que por desgracia bajan más desde el piso superior. Están atrapados.
A Éric le reconforta ver que su imagen está mejorando, pero las dudas le invaden de nuevo. – ¿Solo tengo para otra dosis? ¿y luego qué? – mantenía su mirada en el espejo; uno de sus ojos ya no está hundido, aunque le faltan tendones y músculos de ese lado, el orificio ocular se va rellenando. Vuelve al salón, sus ojos se recrean en una foto muy especial. Está junto a Lidia, fue el día más feliz de su vida. En ese momento un olor que conocía le invadió la nariz sin permiso. Su reacción fue rápida, se levantó y se acercó a la puerta. Los ruidos en el exterior eran leves, pero latentes. Abrió despacio la puerta y salió al rellanó. Muy cerca había alguien, notaba su presencia, el olor era tan desagradable e intenso que se podía masticar. Una pequeña silueta se filtra en un pequeño haz de luz que proyectaba caprichosamente un espacio iluminado. Se miran a los ojos, Éric sorprendentemente chasquea su lengua cómo saludo a aquel desconocido. Fue entonces cuando entendió su respuesta- carne fresca le espera en el piso de abajo.
Irina abre los ojos de forma intermitente. Está dolorida, recobra la conciencia después de pasar unas horas desde que la arrastraran hacía el congelador. No se acuerda cómo ha llegado allí, siente frio, los estantes están medios vacíos, pero en los ganchos del techo cuelgan algunas piezas de ganado. El suelo está cubierto por un gran charco de sangre que se impacienta por salir hacía el sumidero. Grandes bolsas trasparentes envuelven supuestos trozos de carnes listas para consumir. Inspecciona con la mirada las cuatro paredes cubiertas por estanterías de acero inoxidable. Ella está en posición fetal, el horroroso frio la hace castañear los dientes. Se levanta frotándose los brazos con la palma de las manos, intentando entrar en calor. Se dirige a la puerta; quiere salir, pero la puerta está cerrada desde fuera. Intenta centrarse, aunque con aquella temperatura le es difícil concentrarse.

– Piensa Irina, piensa. – se pregunta incesantemente. – mira a un lado de la puerta metálica.

Descubre una palanca roja, parecida a un freno de mano. Desliza sus manos sobre ella y hace fuerza con todo su cuerpo. No son tan difíciles de abrir, pero su cuerpo está más preocupado en mantener sus calorías, qué ejercer fuerza en aquella palanca. La puerta se abre perezosamente. Con aquel esfuerzo ha agotado su energía y al intentar empujar la puerta, se cae al exterior. Aterriza encima de un cuerpo que ha iniciado la trasformación. Ha caído sobre él de manera que sus rostros se mantienen a la misma altura. Observa como la pupilas se dilatan, franjas de otro color se dibujan asimétricamente en el iris. Incesantes convulsiones hacen temblar su cuerpo que descansa sobre aquel hombre desconocido.
Percibe ruido en la tienda, una persona recoge latas del suelo e intenta salir por la puerta sin éxito, una cara conocida le agarra por el cuello y le mantiene suspendido a unos centímetros del suelo hasta que muere asfixiado. Le arroja cómo si fuera un trapo por encima de los estantes; derramando litros de aceite por el suelo. Aquel zombi mira a Irina. Se dirige hacia ella con pasos firmes. Mientras se va acercando se percata de quien es. – el individuo que vive en el sótano.
Lleva varias horas en su nuevo puesto de trabajo, ha asistido a varias reuniones de presentación. Desde la ventana de su amplio despacho como director del proyecto “Gama” el espectacular paisaje le reconforta. Muy cerca de aquel polígono se ve con claridad donde empieza una extensa planicie…, hasta dibujar una fina línea confusa desde la distancia, pero que elegantemente se van esculpiendo sobre aquel frío terreno, bosques de abedules de hoja grande.

Se sienta en su confortable sillón de piel y deja caer la mirada en el paisaje. Sin quererlo se distancia de sí mismo, entrando en un estado hipnótico. Se imagina corriendo por la gran planicie hasta alcanzar el bosque.
Después de ese breve paréntesis alguien llama a la puerta, el rubio espera al otro lado.

– Sí. – responde Michael recuperando de nuevo su estado natural. – el sonrisas entra al despacho.
– ¿Quieres saber dónde vas a vivir los próximos años? – se mantienen la mirada durante unos minutos y decide ir con él.
Realizan el mismo recorrido que hace unas horas, pero esta vez no bajan por el montacargas. Recorrer el alumbrado pasillo en dirección contraria. Desde otra puerta de cristal se accede al edificio contiguo. Les va llegando luz natural a raudales según se acercan. Se empieza a vislumbrar un puente que une un edificio con otro. Desde la altura las vistas del bosque son impresionantes. Recorre la mirada por aquel espacio elevado, coronado de cristal por todos sus lados. Al girar la cabeza hacía el lado opuesto a la planicie, le revela un espacio oscuro, parece la esquina de un patio interior amurallado; por encima de ese muro una malla metálica con carteles amarillos difíciles de identificar desde su ubicación. Se imagina que son los típicos carteles de prohibido el paso o alto voltaje. Deduce que es una zona donde están los depósitos de productos de desecho.
El edifico es una maravilla, la construcción vanguardista rompe cualquier esquema. Le parece verdaderamente un contraste bestial, con los ruinosos aparcamientos subterráneos. Su acompañante se adelanta y se dirige a la puerta número siete, saca una llave digital y la pasa por un lector situado al lado de la jamba. Un amplio espacio diáfano le golpea amablemente la vista. Grandes ventanales distribuían la luz natural por todo el espacio. Le resultaba asombroso ver un poco más cerca el bosque y diferenciar claramente las hojas de los árboles. El rubio se marchó. Recorrió su nuevo hogar con una buena sensación. Colocó su ropa en las perchas del armario. Al cabo de un rato se dejó caer en la cama completamente vestido, se quedó dormido.

Éric baja despacio las escaleras, aquel monstruoso ejemplar le observa por detrás. Parece que todavía su cuerpo está impregnado de ese olor tan especial que les hace inconfundibles. Mientras tanto Lidia y el pequeño Mateo forcejean con un par de zombis que intenta morderlos. Los gritos de Lidia hacen que Éric se mueva con rapidez. Con un solo y ágil giro, pasa su antebrazo alrededor del cuello de la oscura silueta que vela su espalda y le arranca la cabeza.
Lidia está agotada, le tiemblan las piernas está apoyada contra la pared y no puede ver a Mateo que ha dejado de llorar y de gritar. Ella teme lo peor. Sus fuerzas flaquean, mantiene los brazos extendidos a la altura del cuello, mientras que una de sus manos empuña su arma. Siente el aliento del zombi muy cerca de su cara. El vaho que despide es helado, sigue chasqueando su lengua muy cerca de su oído. Ahora ha localizado su posición. Piensa que tiene que ser rápida.
Mateo ya está a salvo sobre el sillón de Éric, le ha acomodado y le ha prometido que traería a Lidia con vida.

Víctor ha sido mordido, se aleja del autobús, pero no demasiado rápido para zafarse del ataque zombi. Después de aterrizar de costado junto el autobús. Perdió uno de sus zapatos, con tan mala suerte que uno de los primeros zombis que abordaron el vehículo, le hincó el diente antes de salir.

Se percata que sus sentidos empiezan a cambiar, un pitido le deja sordo durante varios minutos, seguidamente va perdiendo visión. Mira con preocupación el aspecto que está tomando la piel de su pie. Unos latigazos cervicales consiguen estresar su cuerpo en forma de sacudidas. Le sale espuma por la boca, pero aun así, se sigue desplazando. Quiere alcanzar el portal de Éric.

Irina está sobre su cama, alguien la observa desde la puerta de su habitación, consigue enfocar su mirada y lo ve con claridad. Su aspecto está cambiando desde la última vez que le vio, recuerda que fue la semana pasada, cuando miró de soslayo por el viejo orificio de la puerta de madera. Irina humedeció los labios con la punta de su lengua.

– Gracias, me has salvado la vida. – en ese momento desconectó de la realidad y la envolvió un estado postraumático.
– Has tenido suerte, Irina. – se produjo un frio silencio y Michael regresó al sótano.
Ya era de noche, Hao regresa de su viaje de negocios. Desciende de su avión privado en el nuevo aeropuerto del sur de Madrid, su secretaría le espera a pie de pista. La mira y se asusta de su expresión.

– Señor, ha regresado a su casa. .- le comunica sin demora.
– Póngame con Lin, ¡ahora! – se dirigió con paso ligero hacía el coche que le esperaba con las puertas abiertas.

Lin le contó lo que había ocurrido desde que Irina se había levantado. Estaba temerosa por la joven. Irina le prometió que volvería a la hora de la cena y no cogía el teléfono. Hao le dio al chófer la dirección de la joven.
Las luces de la ciudad se distorsionaban con las gotas de lluvia en el cristal de la ventana. Hao colocaba los puños de su camisa. Se quita la corbata y la arroja hacía el otro lado del asiento. Estaba cabreado, desde hacía mucho tiempo no había conseguido sentir lo que sintió aquella noche con ella. Recuerda su sonrisa, el movimiento de su pelo mientras se apoyaba en la barandilla de la terraza; ajena de ser observada.

Las luces de la calle se fueron apagando a medida que se introducían en aquel viejo barrio de Madrid. Le sorprendió ver los cubos de basura tirados en medio de la calzada. La oscuridad y el silencio eran absolutos. Solo se veía el haz de luz que emitía los faros del coche. En ese momento con las luces largas, vieron cruzar por la calzada un cuerpo tumbado bocabajo, se ayudaba de sus manos para desplazarse. Hao ordenó que parara. Él mismo se bajó del vehículo para averiguar que le pasaba. Solo le faltaban dos pasos para alcanzar su objetivo, cuando la mirada de esa figura, le hizo retroceder.

Le faltaba la nariz, tenía un perfil cóncavo, era inhumano, la ropa raída…, en sus brazos se dibujaban profundas mordeduras que parecían de animal. Hao estaba sobrecogido por tan siniestra imagen. Retrocedió y se metió de nuevo en el coche, pero está vez él conducía.

Llegaron al portal de Irina, después de sortear varios grupos de personas que corrían en dirección contraria a la suya, reflejando terror en sus rostros. Hao temía lo peor. Subió como pudo las escaleras acompañado por su chófer. No pensó en llamar a la puerta. Propinó una fuerte patada y la puerta no ofreció resistencia. Buscó desconsolado por todos los rincones, hasta encontrar el cuerpo de Irina sobre la cama.
Se arrodilló junto a ella, comprobó que estaba viva. La cogió en brazos y bajo con ella hacía su coche.
©Julia OJidos Núñez
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