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ADICTOS IX

Irina sigue durmiendo, a su lado su inseparable amigo Hao. Sentado en un sillón a los pies de la cama en su gran suite, con una copa de vino en la mano y la mirada perdida en los cielos de Madrid. Espera impaciente que Irina abra los ojos.

Está terriblemente preocupado por Irina, no para de pensar en lo que sucedió anoche. Aquellas calles desiertas, la gente corría despavorida. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿seria igual que en su pueblo?

Lo recuerda en la lejanía, pero la cara de aquel sujeto en el suelo; desprovisto de nariz. Levantó una inmensa polvareda en sus recuerdos enterrados.

Su abuelo le dijo que se trataba de una enfermedad peor que la peste. En aquella época ocurrió únicamente a un equipo del ejército. Era muy pequeño, le gustaba pasear por el lado oeste de su región, justo donde terminaban los campos de arroz de su familia. Aquel día marcaría su infancia. Se alejó demasiado del camino. La curiosidad de un pequeño de tan solo siete años le hizo ser imprudente. Lo que contempló aquella mañana fue algo fuera de lo normal. Las imágenes permanecen intactas en su memoria, imborrables…

En ese momento oye como las sábanas de seda que cubren el cuerpo de Irina se deslizan despacio hacía el otro extremo de la cama; de inmediato Hao se levanta y se sienta a su lado. Acaricia el rostro perlado de Irina. El médico le ha dicho que tiene que conseguir superar un periodo largo de abstinencia. Le moja con un paño húmedo la frente, la acaricia el pelo. No quiere perderla. Ve cómo comienza a aparecer extrañas manchas en la piel. Ella consigue abrir los ojos. Reconoce a Hao y le sonríe.

– Necesito mi bolso, Hao. – le ordena Irina con los ojos desorbitados.

– De acuerdo. – Se levantó y le entregó el bolso.

– No puedes ser, aquí no está. – sus ojos se encuentran.

– Dame lo que me has robado, por favor. Lo necesito. – Hao realiza un gesto negativo con la cabeza y comienza a atar a la cama los brazos y las piernas de Irina, que le mira incrédula.

Mantuvo resistencia durante mucho tiempo, hasta que agotó toda su energía y se quedó sumergida en un mundo de visiones terroríficas. La abstinencia del consumo de las drogas zombi establecía un control en el cerebro difícil de controlar. La metamorfosis comienza para los adictos que consumían a diario la droga rusa. Lo qué Hao no sabía era que aquella droga la empezaría a pudrir en pocas horas. A Irina no le dio tiempo a explicarle que necesitaba la composición que últimamente le proporcionaba Michael desde el sótano.

Lidia golpea a alguien a ciegas, sabe que se trata de uno de ellos. La oscuridad alimenta el silencio. Sigue sin oír a Mateo; sin querer se ha alejado del tramo de escalera. Palpa la pared con la intención de dirigirse a su lado. En ese momento nota la cercanía de un cuerpo. Coge aire por la nariz con la intención de descifrar si se trata de un zombi, intenta inspeccionar el aroma pegado a su piel. El olor la despista. Se puede apreciar un forcejeo rápido y un último chasquido. Algo cae cerca de sus pies. Aquel cuerpo empieza a convulsionar y de repente deja de respirar.

– ¡Lidia extiende tu mano!. – estaba temblorosa, reconoció su voz y busco desesperadamente su cuerpo en la oscuridad. La mantuvo en sus brazos durante unos minutos, acallando sus lagrimas. Éric no quería que le viera llorar.

– Éric… – le abrazó con fuerza y subieron a su apartamento.

Mateo estaba dormido en el sillón. – Lidia no esperó más, se sentó a su lado y echo un vistazo al muñón. Estaba en buenas condiciones, la sangre procedía del drenaje. Le curó de nuevo y le cambió la gasa. Entraba escasa luz por la ventana, vio como Éric se secaba las lágrimas disimuladamente. Se acercó a él y en ese momento pudo apreciar sus cambios.

– Oh, Éric…, lo siento, no he podido llegar antes. – arrullaba las palabras entre pequeños suspiros y lágrimas. Le abrazó y beso sus labios. Él la apartó suavemente.

– Mírame, no sé lo que aguantaré así. – no pudo aguantar más y se derrumbó como un niño.

Calló de rodillas a los pies de Lidia, llorando desconsolado, abrazando fuertemente sus piernas. Lidia le acarició el poco pelo que le iba naciendo en la cabeza. Le intentaba consolar, aunque estaba confundida; no tenía ni idea cómo solucionar aquel problema.

Victor seguía caminado, arrastraba los pies. El equilibrio le había abandonado, avanzaba y retrocedía. Los doscientos metros que le faltaban por llegar al portal se le hacían interminables. Apenas oía en aquella oscuridad solo veía pequeños trazos multicolores, su cerebro estaba en proceso de cambio y no asociaba lo que veía. La única esperanza que mantenía en su memoria era alcanzar la casa de Éric.

Mientras Mateo dormía profundamente; Lidia y Éric se dirigieron al baño. Quería estudiar las heridas, reconocerlo. Saber los valores médicos para poder atajar el problema. Leyó todos los cambios que había anotado. Asombrosamente los parámetros de azúcar y el perfil de velocidad en la sangre habían cambiado drásticamente desde que se inyectó aquella sustancia.

Su mejoría era del 30 % con solo una dosis.

– Éric, ¿qué sustancia es esa?, la que te has inyectado. ¿es un antibiótico? – Éric tenía un mono transitorio, no podía articular palabra. Las pupilas se dilataban, comenzaron a azotarle tremendas sacudidas. Su cuerpo se golpeaba en el suelo, una y otra vez. Lidia le sujetaba la cabeza. La mantiene fuera de los golpes contra el suelo. Se asemejaban a ataques epilépticos.

Intentó suministrarle un suero compuesto por un potente antibiótico y un relajante. Pero al intentar clavar la aguja, se dio cuenta que no había extravasación de ningún fluido, las venas de su brazo estábamos totalmente secas, cómo una herida post mortem.

Le extrajo fluidos de varias partes del cuerpo, guardó escamas de piel. Comprobó su temperatura corporal, estaba muy frio. Sus latidos descendieron cómo si se tratara de un anciano a punto de morir. Estaba desesperada, no sabía qué hacer. No tenía los medios necesarios para analizar y estudiar lo que le pasaba a Éric. Le agarró una de sus manos y con tristeza contempló como se desprendían sus uñas y caían al suelo.

Victor había alcanzado el rellano del piso donde vive Éric. No tiene mucha capacidad motora, es cómo si sus extremidades fuesen por libre. Su cabeza mandaba una orden que su cuerpo no obedecía. Intentó varias veces llamar a la puerta, pero su brazo no se movía; permanecía de forma lineal pegado a su tronco. Después de varios intentos, logró agarrar el pomo y mantenerse allí unos minutos. Arrastra unos de sus pies que tropieza con el felpudo que es incapaz de salvar. Se las ingenia con un leve movimiento; hace que el felpudo golpee la puerta. Mantiene la cabeza apoyada en ella; sin poder mantenerse en pie, envía de nuevo una pequeña orden al pie para que siga moviéndose. Después de más de quince minutos llamando a la puerta, su cuerpo no aguanta más y cae al suelo. El golpe hizo que Lidia se acercara a escuchar desde dentro.

Michael se pasó todo el día inspeccionando el trabajo del grupo Gama. Tenía a su cargo cincuenta técnicos de laboratorio. Investigaban con un nuevo un fármaco que curaba el cáncer de piel. Las instrucciones de seguridad eran muy claras. Todos los días sería escoltado a su puesto de trabajo. Desde que se instaló tiene un escolta pegado al culo a cada momento.

Su vida allí, es francamente insoportable; no por el trabajo, sino a su forma de vida. No puede ir a Moscú, está totalmente prohibido, si necesita algo que no tengan en el supermercado del recinto, lo tiene que pedir por internet. Su vida se limita a su trabajo. No se puede relacionar con nadie, por qué desconoce el idioma. Se ha vuelto un jodido ermitaño.

Después de un año en Moscú

Michael marca los días que está fuera de su país sobre un calendario de Madrid. Le parece increíble que hace un año que vive en Moscú. Hoy es día de Navidad, los técnicos de laboratorio no trabajan, regresan a sus hogares a pasar unas merecidas vacaciones. Él se conforma con comer con una de las recepcionistas de la empresa. Llevan saliendo un par de meses. Ella no es rusa, es de origen italiano. Congeniaron muy bien, su carácter mediterráneo les unió mucho. Ella lleva cinco años metida en aquel agujero. Se conoce cada rincón, menos la infranqueable zona B. Nadie sabe lo que hay en la primera planta de la zona B. Michael había preparado una comida suculenta; una sopa de marisco y carne asada. Todo regado con un buen vino tinto. Un tinto manchego, exquisito para carnes, con un toque afrutado.

– Oye Michael, ¿qué crees tu que hay en la zona B? – le dijo después de dar un trago de vino.

– Pues no lo sé, es algo que me ha dejado de interesar. – le mira a los ojos, mientras cortaba un trozo de carne.

– ¿No tienes curiosidad de saberlo? – le dijo con ojos picarones.

– Pues, sinceramente no. – acto seguido estallaron en una carcajada.

– Si te digo una cosa, no se lo dirás a nadie. – le señalaba con el tenedor, mientras sonreía.

– Depende… – terminó el postre mientras la escuchaba.

– ¿Cómo conseguiste pasar el control de seguridad? – estaba asombrado por todos los detalles que ella le estaba narrando.

– Desde aquel día no he podido volver. Mi escolta no se separa de mí.

Francesca regresó a su apartamento. Antes de entrar le sorprendió que los pasillos estuvieran a oscuras y que ninguno de los escoltas estuviera en su puesto. Se le ocurrió una idea. Volvió al apartamento de Michael. Llamó ligeramente con los nudillos. Al otro lado se escuchaban los perezosos pasos de Michael.

– ¿Has olvidado algo? – le dio un beso en los labios. – ella le agarró por el cuello de la camisa y le obligó a mirar al pasillo.

– ¿Qué ocurre aquí? – se dio cuenta de lo que pasaba

– Vamos ahora, necesito saber que cojones esconden en aquel lado. – le dijo a Michael mientras tiraba de él para que la siguiera.

Mientras tanto, en los barrios obreros de Moscú

El rubio se mueve libremente por la empresa. Hoy le hacen un encargo. Quieren cobayas humanas para experimentar con los nuevos fármacos. Los hospitales de la beneficencia colaboran con la farmacéutica proporcionándoles gente a cambio de grandes sumas de dinero. Los elegidos tienen que tener cuatro condiciones para entrar en el programa;

1. Estar completamente sano.

2. Firmar un contrato que no podrán anular.

3. No negarse a ningún tratamiento.

4. No volverán a ver a su familia. Su familia a cambio recibirá un sueldo hasta el día de su muerte.

Los candidatos subían al autocar, recorrían varios barrios de la zona recogiendo a los elegidos. El rubio se frotaba las manos, sabía que de aquellos infelices les correspondería un porcentaje. Los autocares llegaron al parquin subterráneo. El rubio les nombraba por su nombre y les agrupaba según su sexo y edad. Sus miradas lo decían todo, eran familias humildes, sin empleo. Vivían de un pequeño subsidio que les daba el estado. Eran familias con muchos miembros en el hogar. Vivían afinados; abuelos, padres e hijos en apenas cincuenta metros cuadrados, en barrios abandonados, con edificios ruinosos.

Les daban una especie de uniforme después de ducharles a manguerazos con un desinfectante y les afeitaban la cabeza. Les daban una identificación donde figuraban sus iniciales y el número que le correspondía. Les realizaban unas pruebas medicas y comenzaban el tratamiento.

Irina comenzó a despejarse de ese estado ajeno a la realidad, su cuerpo estaba derrotado por las convulsiones, el sudor y los calambres que le oprimía el pecho. El doctor le había suministrado un fármaco para disminuir la ansiedad y permanecer más relajada, digamos que anula de forma momentánea la necesidad de consumir drogas.

Hao sigue allí, a su lado, acariciando sus mejillas, mesando su pelo dulcemente. Ha anulado todas sus citas. Quiere permanecer allí hasta que se recupere. Lin se asoma al quicio de la puerta.

– Señor, tiene una llamada. Alguien pregunta por Irina. – Arquea sus pobladas cejas y se dirige al despacho.

– ¿Puedo hablar con Irina? – la voz grave que se oía lejana, le sorprendió a Hao.

– ¿Quién es usted? – le preguntó con tono firme.

– Soy la persona que puede salvar a Irina, si no paramos la infección que recorre su cuerpo, morirá o simplemente se convertirá en un ser errante con un único propósito luchar por mantenerse vivo. Matando o infectando a más personas.

– ¿Cómo puedo ayudar? – se presentó como Michael, le explicó cómo actuaba las drogas; lo había visto y sentido durante mucho tiempo.

Lidia abre despacio la puerta, ve el cuerpo de Victor sobre el felpudo, ha caído de rodillas, tenía la cabeza apoyada en la puerta como si estuviera rezando. Mantenía los ojos abiertos, pero no se percibía movimiento alguno. Sus constantes vitales eran lentas, muy lentas. Se le marcaban las venas en la cara, se veía claramente cómo fluían los líquidos en su interior. Palpitaban lentamente. Lo arrastró como pudo hasta la mitad del salón. Los ojos de Mateo seguían sus movimientos.

Éric permanecía inconsciente en el suelo del baño. Estaban los dos en la misma situación, sus mecanismos de defensa se estaban parando, sus órganos se intentaban adaptar a los nuevos y verdes fluidos que trasformaban su sangre. Pronto tendrían una parada cardiorrespiratoria, similar a una muerte súbita, pero luego por algún motivo esos mismos fluidos ponen en marcha la maquina; con otros parámetros desconocidos médicamente; estableciendo un ritmo cardíaco lento, su cuerpo permanece en un estado REM hasta que se activa.

Habían atravesado sin dificultad los dos enormes pasillos blancos, repletos de puertas de seguridad. Iban de la mano como niños a punto de hacer una de las suyas. El vino de la comida les hacía andar más ligeros, casi no notaban el suelo. Francesca acompañaba el silencio de los pasillos con una risa floja, de origen nervioso. No estaban seguros de lo que tenían que hacer si eran descubiertos. Solo querían saber que demonios escondían en la planta primera y en el sótano. Alcanzaron los ascensores montacargas. Michael no recordaba que hubiera dos; estaban encastrados en un estrecho pasillo sin casi iluminación. Se decidieron por el de la izquierda. Desplegaron hacía un extremo las rejas chirriantes y montaron en su interior. Un viejo panel de botones ennegrecido sobresalía bajo la plancha metálica que había como panel. Comenzó el descenso, el ascensor paró en cada una de las plantas, Michael recordó que cuando llegó a aquel lugar el ascensor solo hizo una única parada, la planta donde estaba la sede farmacéutica.

Llegaron a la primera planta, Michael recuerda donde están. Aquel lugar lo recordaba con claridad. Es el lugar donde le pareció distinguir sombras deambulando en el oscuridad de aquella inmensa sala. Era un espacio diáfano, lleno de humedad y de trastos viejos. El olor les confundía. Andaban uno tras otro, el frio hacía mella en sus cuerpos. El escaso vestido de Francesca le hacía estremecerse por la bajada de temperatura. Michael se quitó la chaqueta y la puso sobre sus hombros. Notan un ligero movimiento, dejan de avanzar, la luz mortecina de la bombilla ilumina pocos metros en aquella profunda sala. Se oyen ruidos que no pueden asociar. Es cómo el chasquido que haces con la lengua. Cada vez esta más cerca de descubrir lo que ocurre. Entonces el ruido del montacargas les llama la atención. Dentro de el, un individuo con pelo ralo y aspecto enjuto, oprime el botón del sótano. Salen corriendo hacía el ascensor que comienza a bajar sin ellos dentro.

Gracias a la lentitud de como se desplaza el montacargas, les da tiempo a subir de un salto. Cuando Francesca se incorpora…, no le da tiempo a reaccionar, aquel ser quebradizo de mirada laxa, vacía sus sentimientos en la primera mordida. Michael no pudo hacer nada por evitarlo, fue muy rápido. Llenaba su boca de trozos de tejidos y fluidos corporales de Francesca; comenzó a saborearlo, masticando sus fibras. Michael actuó, le propinó una fuerte patada que lo único que consiguió es cabrearle aún más. Le cogió por el cuello y lo elevó por encima de su cabeza. Apretaba con una fuerza sobrehumana, las miradas se encontraron; aquel ser tenía su vida entre sus manos.

El ascensor frenó de forma brusca, desestabiliza el equilibrio de aquel individuo que le seguía agarrando por cuello, aprovechó ese momento para empujarle con todas sus fuerzas. Lo desplazó lo justo para quitárselo de encima. Entonces descubrió que no podía hacer nada por Francesca otros individuos tiraban de su pierna mientras la arrastraban hacía un enorme patio. El patio que vio el día de su llegada. Desde aquella posición pudo leer claramente lo que ponían los carteles “ Caution N/A zombies”. “high voltage do not touch”. Aquel individuo emitió un ruido espantoso con la boca, otros contestaron desde el fondo del patio oscuro. Le dejó marcharse. Pulsó la planta número siete y salto cuando el ascensor se puso en marcha.

Michael continuó explicando a Hao, que necesitaba un laboratorio con material suficiente para poder realizar el suero. En el momento que dice esas palabras recuerda el área de autopsias de la universidad, necesita que lleve allí a Irina, – Hao estaba escuchando atentamente, pondría todos los medios para poder ayudarle.

Ya era la hora, atravesaron la ciudad sin llamar mucho la atención, el lugar donde habían quedado era una antigua sala de autopsias sepultada en los sótanos de la universidad.

Lidia intenta serenarse, no sabe cómo luchar contra ese cambio que amenaza a la persona que más le importa en su vida. Necesita un laboratorio para analizar todas las muestras. Los tejidos cambian rápidamente, su piel sigue trasformándose, pierde elasticidad y su color se está apagando.

La respiración no es continua, se establece una apnea respiratoria de periodo largo.

©Julia OJidos Núñez

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