El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Descargar PDF adictos x

ADICTOS X

El rubio encontró a Michael en el suelo, justo al lado de su apartamento, su ropa tenía un ligero olor a podrido. No se sabe porqué lo hizo, pero el rubio sé piado de él y no comentó nada a su superior. Abrió el apartamento, le arrastró hasta la habitación y le tumbó en la cama.

Se despertó a medianoche, gritando el nombre de Francesca, estaba sudando, tenía un profundo dolor de cabeza. Se sentó en la cama y empezó a recordar lo ocurrido. Estaba confundido y a la vez aterrorizado. Él sabía que el fármaco no producía esas alteraciones. ¿Quién era aquella gente? ¿qué hacían allí afinados? ¿Qué es lo que ocurre?

Se dirigió al salón a oscuras, las ventanas mostraban el invierno en aquel lugar alejado de todo. Las lagrimas se desvanecían en sus ojos. Estaba preocupado. Había perdido a Francesca, era un verdadero miserable. No había intentando de ningún modo arrebatarle el cuerpo de la mujer que amaba; recuerda el olor, el ruido de sus lenguas y los gritos desesperados de Francesca.

El bosque se intuía cercano en aquella profunda oscuridad, a escasos metros del edificio se dibujaba una silueta. Se acercó más al amplio ventanal. Las aristas que daban volumen al edificio, marcaba en el suelo una gran mancha negruzca que empañaba la visión. La luz que alumbraba aquel perímetro era escasa; volvió a mirar y esta vez reconoció de quien se trataba. Algo brillo a la altura de su pecho. Lo recuerda perfectamente, era una especie de medalla. Le rozó la cara, fue en el momento que le agarró del cuello y le elevó varios centímetros del suelo. Aquel individuo, saltó la verja de protección sin esfuerzo. Por alguna razón, aquel ser le estaba vigilando.

Volvió a mirar preocupado, pero desde allí no alcanzó ver nada más.

Lidia trabajaba con los dos cuerpos sobre el suelo. Encontró parte de la sustancia que se inyectó Éric. Hizo dos particiones y se la inyectó a los dos hombres. El pobre Mateo le miraba sin pestañear. En pocas horas la mirada de aquel niño había madurado. Lidia no le vio llorar, ni siquiera se quejaba de dolor. Habían pasado ocho horas desde que le amputara el pie y seguía allí; entero. Sin pucheros, ni gritos, ni una sola lágrima.

Se acercó a él y le abrazó con fuerza, fue entonces cuando la estatua de sal se deshizo. Los incontrolados movimientos del pequeño hacían que el corazón de Lidia se quebrara. Toda su fortaleza se fue marchitando, en sus mejillas solo resbalaban trazos de pequeñas gotas silenciosas que caían ajenas a Tomás.

Se quedó dormida, abrazada al pequeño. Mantenía la cara sobre su pecho. Se sentía diferente, más tranquila. Sintió que alguien le acariciaba la cara y abrió lentamente los ojos. Reconoció de inmediato aquella sonrisa que disimulaba imperfecta detrás de escasos labios.

El amor de su vida se había recuperado de aquel trance. Algo había cambiado, su rostro se acercaba más al guapo y apuesto joven que declaró su amor en la universidad. Era Éric, siempre había sido él. Se levantó, no sin antes despertar a Mateo por sus movimientos. Le atrajo hacía ella y le besó los labios.

– Te quiero Éric. – le dijo con lágrimas en los ojos. Éric cerró los ojos y la besó la frente.

– No sé cuánto durará el efecto Lidia. Tenemos que encontrar al rubio. Él es nuestra salvación.- no muy lejos de donde se encuentran alguien consigue hablar.

– Me encuentro mucho mejor. – se habían olvidado de Víctor. Permanecía en el suelo de la cocina.

– ¡Víctor! – Lidia corre a comprobar su estado.

Michael está en la universidad, ha llegado sin problemas. Busca la manera de entrar en la antigua sala de autopsias. Uno de los antiguos bedeles del centro, le informó que cuando quisieron ampliar la zona de la morgue, descubrieron varias salas de autopsias en perfectas condiciones debajo del ala sur. La dirección no quiso habilitarlas, las dejaron cómo se las encontraron.

En todo el trayecto solo se había encontrado con perros callejeros que se comían los cuerpos abandonados a su suerte. Aquella zona era un caos, la mayoría de sus edificios parecían abandonados. Los cristales salpicaban la calle por todo los lados. Es su horrible pesadilla; una pesadilla que vive de cerca desde que aceptó aquel maldito trabajo. La ciudad es una verdadera visión del presente; toda aquella mierda traspasó las fronteras desde Rusia.

Conocía a Irina desde hace mucho tiempo; le atraía desde la primera vez que la vio. Fue un día de otoño, había dejado su coche aparcado muy cerca de la boca de metro de la universidad. Aquel día llegó temprano, estaba dirigiendo una investigación con un grupo de estudiantes de otros países. Irina estaba esperando a alguien en la boca de metro. Recuerda lo que vestía aquel día. Unos vaqueros grises rotos en las rodillas, su pelo recogido con una coleta alta. Los labios le brillaban mientras mantenía un cigarrillo en la boca. Estaba preciosa, despreocupada. Mantenía la mirada fija en la entrada de la facultad de medicina. En pocos minutos otra joven le saluda cordialmente y desaparecen en el interior del metro. No podía dejar pasar la oportunidad de saber más sobre ella. Así que sin pensarlo dos veces, cómo si de una marioneta se tratara sacó un billete sencillo de metro y decidió seguir los pasos de aquella joven. Entró en el mismo vagón, estaba repleto de estudiantes. Hizo hueco entre la multitud para poder colocarse estratégicamente a su lado. Lo consiguió. Disfrutó del trayecto en metro; le llegaba el olor a su perfume, ese aroma ácido se dispersaba por el vagón deleitando el olfato de los transeúntes que bajaban y subían en cada parada. Durante todo el trayecto, ella le miró un par de veces, la última vez le dedicó una sonrisa.

Se bajaron en la misma estación, Irina quiso comprobar que aquel individuo de aspecto afable y ojos del color del ónix, seguía el mismo camino que ella. Antes de cruzar las puertas de salida, ella se volvió hacía donde estaba Michael.

– Irina ¿qué haces? – Lidia intentaba frenar constantemente los impulsos de su amiga, pero en ese momento desistió. Irina alargó la mano y le indicó que esperara.

– Hola, perdona, pero ¿nos conocemos? – Michael no sabía que decir, le dedico una sonrisa y se marchó.

– Joder, ¡ qué tipo más raro! – se decía entre dientes mientras caminaba hacía Lidia.

– Irina, ¡estás como una verdadera cabra! ¿lo sabias?, no cambiarás nunca. – salieron del metro hacía el apartamento de Irina.

– ¿Es guapo verdad?

– No está mal.

– No me puedo creer que no te guste el tipo del metro. – Lidia no reprimió un gesto obsceno, mientras no paraban de reír.

Irina abrió los ojos, no reconocía donde estaba. Aquel lugar no lo había visto en su vida. Intentó incorporarse, pero comprobó que solo podía mover la cabeza. Estaba atada a una camilla. Una luz blanca que procedía de una lámpara colgada justo encima de ella, le mostraba los azulejos que en otro tiempo seguramente habían sido blancos; las frías puertas frigoríficas escalaban hasta alcanzar el techo. Sintió frío, mucho frío.

Se dio cuenta que estaba completamente sola. Los ángulos oscuros que disfrazaban con eficacia dos puertas que conducían a algún lugar. Desde aquella posición no podía divisar que alguien abrió una de ellas; entró y cerró despacio. Los ojos de Irina se movían con rapidez. Notaba una presencia que no lograba ver. Tenía un remanente dolor de cabeza, la boca seca y un frío insoportable. Giró la cara y entonces su cuerpo se relajó. Era Hao. Su rostro reflejaba las horas de cansancio y la falta de sueño. Se dirigió hacía ella con ojos emocionados, le saludó y besó sus labios.

En ese momento Irina comenzó a llorar. Se dio cuenta de que aquel hombre que apenas conocía, había apostado por salvarla la vida. Estaba sorprendida por su suerte. No sabría cómo agradecérselo.

– ¿Cómo estas? – Hao casi no podía hablar, en las últimas horas había presenciado cosas horribles, cosas que hacía mucho tiempo no desempolvaba de sus recuerdos. Después de llegar a aquella sala. Hao tuvo que contemplar los cambios que experimentaba el cuerpo de Irina. Su pelo se había caído, su rostro manifestaba un ligero color verdoso. El iris de sus ojos parecía un tiovivo; constantemente cambiando. Sin embargo, la trasformación se había estancado. La sustancia que le había suministrado Michael funcionaba, pero no era muy estable. Necesitaban seguir investigando.

Victor se encontraba mejor. Sonreía mientras se dejaba ayudar para levantarse. Le quedaba una parte de su melena, uno de sus ojos había perdido tejido. Le costaba enfocar la visión. Las manchas y heridas habían proliferado por todo su cuerpo, ahora se mantenía sin ningún tipo de alteración. Digamos que la infección sanguínea se había parado; se mantenía dormida. No sabían por cuánto tiempo.

Mateo se quiso levantar, pero algo le dejó paralizado. A través de la ventana vio a uno de los monstruos que quiso morderle en el autobús. Estaba frente a él. Le vigilaba desde la azotea de un edificio cercano. Sabía que estaba allí. Posiblemente el olor de su pierna le atrajo hasta aquel lugar.

– Lidia, saben que estamos aquí. –

– ¿cómo lo sabes? – Mateo levantó su mano y señaló la figura que permanecía inmóvil sobre aquel tejado.

– ¡Dios mío! – salió disparada al baño. Comenzó a llenar la mochila.

– ¿Qué ocurre? – le pregunta Éric, colocando sus manos sobre los hombros de Lidia.

– Mira por la ventana. – había desaparecido.

– ¿Aquí no hay nada? – le dice con expresión asustada.

– Estaba allí, mirando hacía esta ventana, lo sabe, sabe que continuamos vivos. No tardarán en venir.

– ¿Qué propones que hagamos?

– No estoy segura, pero lo primero es salir de aquí y luego intentar localizar al rubio.

– Crees que lo lograremos. ¡Míranos! yo por lo menos casi no puedo andar. Mateo no puede andar solo. Solo me has inyectado media dosis y no sé cuáles serán sus efectos y cuanto tardará en desaparecer. – Víctor se deja caer en el sillón después de decir esas palabras.

– Ir vosotros, Mateo y yo nos quedamos aquí. Intentaremos escondernos. Vosotros podréis lograrlo, seguro que la sustancia permanece más tiempo en el cuerpo de Éric, lleva más dosis que yo.

Michael estaba en la planta superior, cargaba un carro con material que le haría falta en la vieja sala de autopsias. Estaba convencido que podía lograrlo. Necesitaba más tiempo. Cosa que no tenía. Un fuerte ruido se interpuso en su tarea. Algo metálico golpeó el suelo y rebotó dos veces causando una vibración que alcanzaba todo el pasillo. Michael se quedó paralizado, sabe de sobra que en la universidad no queda nadie sin convertir. Todos son zombis; ahorran sus energías en un estado hipnótico que paraliza sus órganos, sus funciones vitales se desactivan de forma asombrosa, dejando al cuerpo en un estado REM, pero el oído sigue funcionando, quizá con mayor capacidad auditiva que nunca. Aguardan, esperan…, se despiertan de golpe y atacan. Desde que consume su propio suero, el oído ha dejado esa extraordinaria capacidad de audición, cosa que valoraba mucho.

Quizá es una de las cosas que más apreciaba del cambio. Poder oír desde largas distancias y saber diferenciar los sonidos por muy extraños que fueran. Esperaba. Sabía que en cualquier momento algún fétido ser aparecería por aquella puerta. No llamaría la atención, era uno de ellos, lograría esquivarlos, no permitiría que encontraran a Irina en la planta de abajo.

Lidia estaba preparada, habían conseguido llevar a Mateo y a Víctor a la casa de al lado. Los camufló en el interior de un armario empotrado. Les había suministrado un calmante, para que permanecieran dormidos. Los acomodó en un improvisado colchón. El armario estaba situado muy lejos de la puerta y de las ventanas. Cogió su mochila y comenzaron a descender por las escaleras. Éric la seguía. Estaban alerta, querían evitar que los siguieran.

Alcanzaron la calle principal, caminaban pegados a las fachadas de los edificios, ocultándose lo máximo posible de miradas indiscretas. No querían llamar la atención. Vieron de lejos el autobús donde encontraron a Tomás. Estaba vacío. Se veían restos humanos por el suelo. Piernas, brazos y otros tejidos se esparcían por toda la calle. Lidia miraba con atención las ventanas de los edificios, estaban vacíos. No lograba explicar que atrocidad estaba acabando con los habitantes de aquella zona de la ciudad. Se habían movido en un área circular. Desconocían si afectaba a todo el municipio, o simplemente eran las zonas obreras. Pararon a descansar.

– ¿Tienes algún plan? – Le pregunta Éric mirándola a los ojos. Ella levantó la palma de la mano y acarició el ceniciento rostro de Éric; ajado por la derrota de un extraño organismo que corre por sus venas.

– Lo primero es localizar al rubio. Se me ha ocurrido dónde empezar a buscar. – se puso en pie mientras terminaba la frase.

– ¿Dónde?

– En el Pub Rengato. Allí fue donde lo conocí.

– Estas loca, tardaremos mucho, está en la otra punta.

– ¿Confías en mí?

– Claro que confió en ti, ¿sabes algún atajo?

– Creo que sí, tenemos que atravesar el parque del retiro.

– A estas horas está cerrado.

– Ya lo sé.

Hao se quedó dormido en una incomoda silla al lado de Irina, ella mantenía la mirada perdida en la lampara del techo.

Aquella mañana Hao salió del colegio, caminó hasta los campos de arroz. Allí le esperaba su abuelo. El camino serpenteaba delicadamente sobre las faldas de la montaña, delineando el paisaje entre los gorros de paja y el color amarillo de los cultivos de Guilin. Siempre era la misma fotografía, Hao la recuerda del mismo modo. El sol alcanza el cenit dejando un bonito color en las plantaciones. El arroz listo para recoger de forma tradicional. Su familia agachada usando la hoz como herramienta. Aquella imagen se repite en sus sueños. Sueño placentero hasta que empieza la misma pesadilla una y otra vez.

Aquel día después de volver del colegio, Hao, decide ir por otro camino. En aquel trayecto antes de llegar a las tierras de su familia, todos los días ve un camión militar recorrer aquel camino. Un camino que se pierde en la montaña. Sabe que no debe estar allí, su abuelo le informó que algo muy malo pasa en aquella base militar y le prohíbe que se acerque.

Hao no tiene miedo, sabe que su abuelo exagera y decide descubrirlo por él mismo. Después de media hora andando, descubre un amplio perímetro vallado. Lo recorre con la mirada. Mucha vegetación y sin rastro de ningún extraño monstruo. Ni casas, ni camiones, ni armas.

Antes de decidir regresar, oye un chasquido justo detrás de él. La figura de un niño al otro lado de la valla le hace sentirse aliviado. Permanece de espaldas, no responde a su llamada. Solo emite un extraño ruido con la lengua. Hao lanza pequeños trozos de rama para llamar su atención, uno de aquellos trozos le golpea la cabeza. Entonces le ve con claridad, sus ojos están sepultados dentro del orificio ocular profundamente metidos en el interior. Parte de su cara esta colapsada por colgajos de piel y carne que se va desprendiendo. Su mirada le asusta. Hao ha dejado de pestañear, está paralizado, recuerda con vergüenza las palabras prohibitivas de su abuelo; cómo si de un mazazo se tratara golpeando su cabeza. Comenzó a correr, le dolían los ojos, no quería pestañear. Quería mantener la mirada fija en aquel extraño monstruo que se apresuraba a seguirle. Hao lloraba y se sentía avergonzado. No había cumplido su promesa. Estaba tan asustado que se había despistado y corría en dirección contraria.

Solo quería llegar a casa.. No se dio cuenta de que un enorme sumidero escavado en el suelo estaba abierto. Cayó despacio, al llegar al fondo, una enorme tubería se dibuja hacía el interior de la valla. No lo pensó dos veces y se dirigió hacía allí.

Michael recobró el conocimiento el día de los Santos Inocentes, a los pies de su cama estaba el rubio con uno de los jefes del departamento de pruebas. Hablaban bajo, casi no podía distinguir lo que decían. Se percataron de que tenía los ojos abiertos y se acercaron a su cabecero. El rubio fue el primero en preguntar.

– Michael, ¿cómo estás? – le miraba inquisitivamente.

– ¿Qué me ha ocurrido? – en ese momento se acuerda de Francesca.

– Bueno, pues que has bebido demasiado el día de Navidad. Estabas como poseído. Te encontramos tirado en el pasillo, casi con coma etílico.

– ¡Me asustaste tío! – Michael recordaba perfectamente lo que había ocurrido, pero aquellas personas, por alguna razón querían hacerle creer que lo que había ocurrido no era cierto.

Aquella misma noche, Francesca respiró por última vez. Permanecía en el suelo, tenía los ojos abiertos, miraba el cielo. Nunca había visto un cielo tan estrellado. Estaba en un estado autista, aturdida, ajena a lo que le ocurría en ese momento. Solo sentía pequeños tirones en la piel, en sus piernas y brazos, en el cuello. No sentía dolor. No percibía ningún sonido. Estaba aislada de cualquier reflexión y de lo que le sucedía a su alrededor. Se la estaban comiendo. Lo último que vio antes de morir, fue una estrella fugaz que cruzó el cielo en aquel lúgubre patio.

Las alarmas del recinto se activaron, desde la torre de vigilancia un potente foco ilumina cada rincón del gigantesco patio. El haz de luz descubre el cuerpo sin vida de Francesca. Los zombis se mueven deprisa hacia las sombras, todos menos uno de ellos. Un hombre corpulento con mirada laxa desafía a los militares que no apartan el foco de aquel cuerpo.

Lidia y Éric cruzan sin ningún problema el parque del retiro. Alcanzan la puerta de salida a la calle O´donell. Antes de saltar la valla, ven con claridad un cordón militar. Están protegiendo la zona. Una alambrada separa aquella zona del resto. Militares con enormes camiones y tanques se despliegan estratégicamente por la calle y los edificios.

– ¿Ahora qué? – le pregunta Éric algo confundido.

– Tenemos que esperar, después alcanzar aquella parroquia, la que hace esquina con la calle Lagasta.

– ¿Vamos a ver? si lo he entendido. Me estás diciendo que tenemos que saltar esta valla, a continuación otra valla custodiada por militares y pasear alegremente por la calle Alcalá, ¿cómo crees que cruzaremos con todos esos militares armados? ¡nos volaran la cabeza!

– No te has parado en pensar que aíslan esta zona, para no contagiar a más personas. De alguna manera quieren contener el contagio.

– Éric, mírame. – Éric la miró a los ojos. – tenemos que hacerlo. En este lado no podemos sobrevivir mucho tiempo. No queda nadie totalmente humano. Necesitamos encontrar al rubio. Eso nos sitúa en el Pub Rengato.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

Depósito Legal: Safe Creative

© Book tráiler http://youtu.be/wvL1M9KLanw

Anuncios