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ADICTOS XI

Hao avanza despacio por la enorme tubería. Le tiemblan las piernas. Intenta pensar en cosas agradables. Oye los chillidos de las ratas que circulan por su lado. Ya casi no se distingue la circular boca por donde entró. Aquella cavidad se extendía varios kilómetros bajo la superficie, serpenteando aquel angosto terreno. Hao se da cuenta de que hace varios minutos que no oye a las ratas, ni tampoco el goteo del agua que se filtra desde arriba. Pestañea un par de veces y a lo lejos; comienza a vislumbrar una extraña luz que cae aplomo desde el techo; iluminando varios metros de túnel. Comienza a correr hacía aquella luz celestial, pensando que había descubierto una salida.

En ese momento a escasos metros de donde estaba, una voz le daba indicaciones a un operario. Lo oyó con claridad, la tubería de entrada tenía que ser tapada.

Presa del pánico corrió deprisa hacía aquel pequeño punto de luz que se veía a lo lejos, pero antes de que llegara a la gran boca, la oscuridad se cernió de pronto; era demasiado tarde. Ni sus gritos, ni sus ruegos fueron oídos por los operarios que trabajaban en el exterior.

Lidia y Éric seguían ocultos detrás de un matorral, era un lugar estratégico. Podían ver con claridad quien se acercaba por ambos lados sin necesidad de ser descubiertos. Esperaban algún movimiento que les diera la alternativa para esquivar a los militares.

Lidia miraba la parroquia desde aquel punto. Deseaba cruzar las dos vallas, ansiaba encontrar al rubio. Con el paso de las horas observaba que Éric comenzaba a tener un retroceso. Llevaban esperando mucho tiempo y temía que aquella sustancia se fuera desvaneciendo de la sangre de Éric.

Estaba dormido. Lidia vigilaba todos los puntos importantes. Por el rabillo del ojo y a escasos quinientos metros; un grupo de zombis avanzaban despacio. Los observó detenidamente. Era un grupo de unos quince, sus caras sufrían desgarros y decoloración en la piel. Encabezando su marcha un individuo alto que apenas arrastraba sus pies al caminar y que vestía con una sudadera negra. En la altura del pecho se dibujaba un símbolo. Parecía un mensaje publicitario. Aquel individuo estuvo varios minutos mirando en derredor, olfateaba el aire. Desde aquel punto Lidia podía ver con claridad como se abrían sus orificios nasales. Pensó en el agudo olfato de un sabueso. Aspiro profundamente el aire y cerró los ojos. Acto seguido, miró a ambos lados. Aquella figura se giró y Lidia pudo leer perfectamente lo que ponía en la sudadera. Unos trazos asimétricos enmarcaban lo que parecía un ojo. Con unas grandes letras en el centro Lidia leyó XPARIS. Aquel individuo se quitó la capucha y entonces le reconoció de inmediato. Era el mismo individuo que quiso dar caza a Víctor en la morgue. Era él, había muerto supuestamente de forma natural.

Se agacharon a su orden, se quedaron observando la parroquia al igual que ellos. Querían el mismo objetivo.

Después de media hora esperando, comenzaron los movimientos. Varios tanques se posicionaron delante de la parroquia, coches negros venían a toda velocidad por la calle Alcalá. Uno de aquellos coches iba adornado con flores blancas. Lidia miró al cielo con expresión desconcertada. No se podía creer que fueran a celebrar una boda en ese momento, en aquella parte de la ciudad, ajena a todo lo que estaba ocurriendo en otros barrios de Madrid. Dio ligeros toques a Éric para que comenzara a activar sus dormidas neuronas, cada vez hacían su trabajo de manera más lenta. Abrió los ojos, sus cejas chocaron en una expresión de perplejidad cuando Lidia le señaló con el dedo la parroquia. Le miró a los ojos y volvió la cabeza mientras mantenía uno de sus dedos sobre su nariz.

– No hables. – le dijo Lidia, indicando a Éric que mirara en la dirección que apuntaban sus ojos.

– Están esperando, ¿está pensado lo que nosotros? – Lidia asiente con la cabeza.

En el otro lado de la valla varias personas descienden de sus vehículos. Una mujer joven con un ramo de flores en las manos se cubre la cara con un impoluto velo blanco. Comienza a subir los escalones agarrada del brazo de un hombre de mediana edad.

Varios minutos después otro coche alcanza la calle. De él sale un hombre de cuarenta años muy atractivo. Se fija más en su cara y se da cuenta que aquel hombre le había visto con Irina, lo había conocido en su casa. Lidia desconoce que es el jefe de su amiga. Irina le conoció en el Pub Rengato. Recuerda aquella tarde que llamó varias veces al teléfono de su amiga y nadie contestaba. Subió de dos en dos los escalones; cuando llegó al descansillo observó que la puerta de su amiga estaba completamente nueva. No le hizo falta las llaves porque estaba abierta. Entro en silencio, dejó las llaves sobre la mesa. La puerta de su habitación estaba entornada. Se oían pequeños gemidos. Dedujo que estaba acompañada. El rubor coloreó sin piedad las mejillas y las orejas de Lidia, cuando de aquella habitación vio salir a un hombre muy atractivo completamente desnudo que la miraba como si la conociera.

Todos los invitados a la boda estaban en el interior de la parroquia. Lidia notó ligeros movimientos muy cerca de ellos. Aquellas siniestras figuras comenzaron a trepar por la valla con una facilidad asombrosa. El cabecilla comenzó a chasquear la lengua; daba instrucciones. Alcanzaron la segunda valla y entonces comenzó el caos. Un sonido ensordecedor se oyó por toda la calle. Una alarma anunciaba la llegada de intrusos a la zona noble de la ciudad. Los militares acordonaron el perímetro armados con ametralladoras. Un escalofrió recorrió la espalda de Lidia cuando descubrió que había cientos de seres andando en aquella dirección; trepaban por la valla enloquecidos, con sed de sangre humana. Los primeros zombis fueron abatidos por francotiradores. Lidia aprovechó el momento de desconcierto y animó a Éric a saltar la primera valla. Nadie les miraba. Trepaban lo más rápido que podían. Al iniciar el ascenso a la segunda valla, Lidia se quedó petrificada con las imágenes. Agarrada a una farola, contempló con desagrado como un grupo de zombis abrían el cráneo a un oficial. El ruido hueco producido por los golpes contra el suelo, le hizo aislarse por un momento de lo que allí estaba ocurriendo. Aquel sonido deambuló varios segundos en sus oídos, generando una abstracción de la realidad. Los ojos comenzaron a derramar pequeñas gotas de sangre, cuando consiguieron abrir su cráneo, vaciaron con sus propias manos la masa gris que comenzaba a inflamarse por el contacto del aire y la sustancia procedente de las encías de aquellas bestias. Su hambre era voraz. Éric la despertó de esas escalofriantes visiones, imposibles de ignorar. Cruzaron la calle Alcalá esquivando los ataques de aquellos zombis. Desde las alturas el líder de la manada observaba cómo su ejercito se alimentaba.

Lidia se paró en seco, agarró el brazo de Éric y le obligó a que se agachara. Estaba claro que los zombis habían conseguido su objetivo. Las pocas personas que tuvieron la suerte de salir al exterior fueron sorprendidos por los que esperaban en la entrada. Sus gritos martilleaban el aire. Aquella imagen era devastadora, ellos permanecieron quietos, quizá el miedo los venció en ese momento. Tenían la cara manchada de sangre, los salpicones les caían por todas las direcciones. Aquello se había convertido en el Holocausto zombi.

La oleada de perros hambrientos se fue disipando, los zombis comenzaron a correr por las calles circundantes; por alguna razón aquellos seres mantenían una fuerza incalculable, sobrehumana. Trepaban por los edificios…, parecían adictos a la sangre humana, Lidia comprendió que nuestro mayor tesoro, la vida, les daba más fuerza.

Se desplazaron mirando el suelo, no querían resbalar. Intentaban saltar los cadáveres y restos que se adherían al suelo como si fuera un collage. A Lidia le llamó la atención varias cabezas que descansaban en los primeros tramos de escalera. Dedujo que una de las primeras cosas que se comían eran los ojos. Se los arrancaban con maestría, absorbían los orificios y saboreaban sus fluidos cómo si se tratara de un rico manjar.

Subieron despacio la escalera hacía la parroquia. Dentro el aire era viciado, la sangre cubría los bancos y el altar. El oxígeno en contacto con la sangre viajaba en forma de nube tóxica con un ligero sabor metálico. Lidia buscaba con la mirada algún superviviente, pero allí solo había restos humanos procedentes de distintas partes del cuerpo. Decidieron acercarse al altar, lo hacían despacio, mirando al suelo, esquivando restos sin identificar. Lidia estaba muy inquieta, miraba en todas las direcciones, era consciente de aquel lugar era una trampa mortal para ellos. Si entrara alguno de aquellos zombis, no durarían ni dos minutos con vida. Entre los primeros bancos encontraron un zapato de tacón blanco cubierto por tejidos y sangre.

Irina estaba conectada a un respirador automático, un monitor esquematizaba sus constantes vitales; estaba dormida. Su abdomen se movía despacio. La vieja sala de autopsias había mejorado su aspecto en varias horas. En esa misma habitación en uno de los extremos Michael comenzó a destilar varias sustancias en un improvisado laboratorio. La luz era más blanquecina y potente. Michael localizó un generador de emergencia que permanecía en buen estado y conecto la instalación de aquella planta. Parecía cansado. Estaba obsesionado. Necesitaba establecer una fórmula que permitiera que el suero durara más tiempo en el organismo humano. Un suero que limpiara la sangre de la misma forma que actúan las máquinas hemodiálisis, pero que a la vez regenerara los tejidos. Su suero tenía un efecto transitorio, solo permanecía en el cuerpo cinco puñeteras horas.

Hao regresó a su casa, necesitaba hacer unas llamadas. Era importante conseguir varios artilugios de laboratorio. Lo único que no consiguió fue el transporte. Ningún camión quería atravesar la ciudad y enfrentarse a los zombis. Las televisiones mostraban imágenes impactantes de lo que estaba ocurriendo en varios barrios de Madrid. A su lado estaba Lin, le ayudaba a guardar ropa limpia y comida en una de las maletas.

Desde la ventana Hao vio llegar el camión. Se marchó en dirección a la sala de autopsias.

Michael comenzó a trabajar después de aquel desagradable accidente. No confiaba en nadie. Se limitaba a dirigir el proyecto y volver a su guarida. Sabía que le vigilaban. No quería meter sus narices en un asunto que sé escapada de cualquier reflexión. Lo que vivió en la planta baja de aquel laboratorio lo dejó aparcado en su memoria. Hasta que una tarde, después de acabar su jornada laboral; sobre la mesa del salón, una nota le situó otra vez como protagonista de aquella terrorífica tarde.

Contempló aquel trozo de papel con mucha atención. La grafía era perfecta, escrita en castellano, se lo acercó a la nariz y aquel olor evoco malos recuerdos. La firma perfectamente delineada danzaba en el papel como la llama de una vela. Michael se frotó los ojos, parpadeo varias veces antes de volver a leer el final. Levantó la mirada y descubrió cómo si fuera por primera vez; una frágil línea que limitaba aquella extensión de tierra con el bosque de abedul.

Dejo de nuevo el papel sobre la mesa y se acercó más al ventanal. El nombre que figuraba en aquella nota de papel era el de Francesca.

Hao continuó andando por el interior de la larga tubería. Al llegar donde presencio su luz celestial se dio cuenta de que se trataba de una rejilla de ventilación. A gran altura se veía las copas de los árboles. El sonido de una alarma le puso en guardia. Los ruidos se aproximaban a él sin poder saber su procedencia. Comenzó a asustarse. Los chasquidos eran cada vez más próximos y le aterraba pensar que había varios monstruos como el niño de la valla. Un ligero olor a podrido invadió aquel espacio. De repente la poca luz que entraba por la rejilla se eclipsó. Unos sucios pies fueron los responsables de la oscuridad. Hao comenzó a gritar, no sabía ni por asomo que los dueños de aquellos pies eran su peor enemigo. El chasqueo de lenguas enmudeció. Alguien en un idioma que no pudo reconocer ordenó silencio. El último grito que emitió Hao, fue oído por muchos de ellos. Se tiraron al suelo en busca de carne. Sus caras golpeaban las gruesas barras de hierro. Gemían y babeaban dejando caer los fluidos en el interior de la tubería. Hao estaba paralizado, el horror le hizo agarrotarse, se dejó caer y abrazó sus rodillas. Lloraba desconsolado, hasta que se quedó dormido. Le despertó el sonido de una alarma; aquellos extraños monstruos se fueron marchando…, todos menos el pequeño que le siguió por la valla.

En la superficie el abuelo de Hao hablaba con los militares. El anciano daba por hecho que su querido nieto no pudo resistir la tentación. Después de un día desaparecido, se fue caminando hasta la base militar. Hablaba con todos y cada uno de los militares que custodiaban “El jardín de las delicias”, nombre que pusieron los aldeanos cercanos. Acompañado por militares, inspeccionaron el perímetro palmo a palmo. Al llegar a la zona del sumidero, el abuelo se agachó a tocar la tierra que parecía removida.

– ¿Cuándo taparon esto? – les pregunto inclinando la cabeza para mostrar respeto.

– Ayer, lo taparon. – le contesto uno de los oficiales.

Continuaron su marcha, a pocos metros; dentro de la valla había un niño agachado. El corazón del viejo comenzó a latir con fuerza, pero al acercarse, comprobó que no se trataba de su nieto. Los militares sabían perfectamente quien era. Gritaron su nombre, pero no atendía a ninguna llamada. Así que comenzaron a dispara al aire. Fue entonces cuando la pequeña figura se volvió para mirarlos. El anciano no pudo reprimir un lamento. Su mirada se clavó en aquellos ojos sumergidos dentro del cráneo. Sus labios se descolgaban hasta la barbilla dejando al descubierto una lengua azulada.

Fue entonces cuando ocurrió, aquel ser comenzó a señalar el suelo, justo delante de él.

Hao conducía el camión a gran velocidad, el viaje se hizo interminable. Después de esquivar cuerpos y perros que desafiaban la muerte en la calzada. Llegó sano y salvo a su destino. El día estaba gris, a veces entre las nubes se despuntaba un color anaranjado manchando de matices las plantas altas de los edificios. No muy lejos de allí un grupo de zombis vigilaba la puerta principal de la facultad. Tenía que ser cauto y también silencioso. La entrada del sótano era estrecha y había poca luz. La tapaban con sacos de restos cadavéricos. Los mismos sacos que descubrió Víctor antes de salir de allí.

En el interior, Michael analizaba una muestra de tejido de Irina, usaba un método conocido.

Sumergió el tejido en solución KHON, quería determinar con exactitud que tipo de hongo descarnaba el cuerpo en pocas horas. Esperaba impaciente mientras calentaba la solución para acelerar la digestión de los tejidos, pero Michael tenía una ligera sospecha; no se trataba solamente de un hongo, sino de un proceso de bacteremia, después de varias conclusiones decidió realizar un hemocultivo.

Irina abrió los ojos, cada cinco horas Michael le suministraba el suero; variaba sus componentes, rectificaba las variables para poder encontrar el fluido perfecto que tolerara la sangre de Irina. La última inyección resultó ser la peor combinación de elementos. El cuerpo de Irina se arqueaba convulsionando, el tinte del globo ocular se oscureció de tal forma que Michael temió por su vida. Se estableció un coma transitorio. Motorizó por medio de electrodos su actividad cerebral. Allí observó, todo lo que necesitaba saber sobre cómo afectaba a su actividad neurológica. Era un dispositivo que había traído Hao. Se introducía en las cavidades auditivas, escaneaba las funciones cerebrales y en cuestión de segundos, recogía la información y transmitía por Bluetooth a un ordenador portátil.

Hao estaba sometido a mucho estrés, le parecería que las paredes de la gigantesca tubería se estrechaban al ritmo de sus latidos, estaba alejado de cualquier realidad. Mantenía su cuerpo en posición fetal, esperaba su castigo. No tenía esperanzas de salir con vida de aquel agujero, así que se fue abandonando. Lo que había visto en treinta y seis horas en aquel profundo y oscuro lugar, no las olvidaría nunca. Recordó con tristeza cada palabra que su abuelo dijo sobre aquel lugar maldito.

Entraron por una puerta de seguridad, giraron a la izquierda y se encontraron con otra puerta protegida por militares. Su nieto estaba a salvo. Corrió hacía el con lágrimas en los ojos. Hao levantó un poco la cara, pero estaba demasiado avergonzado para mirar a los ojos a su abuelo. Se arrodilló y pidió perdón besando sus pies descalzos.

Alguien se movió rápido por el altar. Lidia se quedó asombrada de la agilidad de sus movimientos. En pocos segundos cambiaba de posición, los acorralaba. Tenía hambre y ellos eran su presa. La dulce novia que vio entrar en la parroquia, se había convertido. Tenía su bonito vestido, desgarrado, manchado de salpicaduras rojas. Su rostro parecía envejecer por momentos, sus labios pintados de rojo se comenzaban a descolgar. Mantenía el brillo en su mirada, pero Lidia sabía que por poco tiempo. Comenzó a chasquear la lengua y acto seguido comenzó a emitir un leve alarido.

En ese momento la parroquia comenzó a llenarse de zombis, entraban por todas las puertas, menos por una de ellas. Se mantenía cerrada a cal y canto. Lidia y Éric pensaron lo mismo y se dirigieron a la puerta cerrada. Para su sorpresa estaba abierta, desde allí un largo pasillo lleno de ventanales les dirigía a un patio interior

Víctor abre los ojos, está adormecido. Le despierta una terrible sensación de hambre. Sabe que el efecto del suero ya no está en su cuerpo. Se intenta palpar en la oscuridad del estrecho armario. Percibe el tacto rugoso de la piel de sus brazos y entonces comienza a desesperar. El olor que hay a su lado le despierta esa terrorífica sed de matar. Desea comer carne humana, es una imperiosa necesidad. Ese pensamiento le persigue como una adición. Sabe de donde procede el olor y le está volviendo loco. Su compañero en la oscuridad se agita nervioso…, el pequeño está soñando. Víctor se abalanza sobre él.

Michael ha suministrado otro calmante a Irina. Comenta los avances con Hao, que se alimenta a base de café. Tiene los ojos hinchados y su aspecto es desastroso.

– Hao le recomiendo que duerma un rato. Irina está estable.

– No puedo dormir pensando que Irina corre peligro. – se mesa el pelo despacio.

– Necesito que este fuerte para luego. – Michael le mira para confirmar que le ha entendido.

– ¿Qué quiere que haga? – le pregunta Hao a punto de bostezar.

– Necesito  que vaya al Pub Rengato y localice al rubio.

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©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

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