ADICTOS2

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adictos XIII

ADICTOS XIII

Lidia agarraba fuertemente la mano de Éric, miraba a ambos lados, respiraban con dificultad. La tensión seguía presente en sus cuerpos, estaban muy cansados. Seguían en el interior de la parroquia. Atravesaron el pequeño jardín que había en el patio. No se oía nada, cosa que le extrañaba a Lidia. No atendía a otra cosa que no fueran los ruidos, aquellos sonidos característicos; quería acostumbrar su olfato al aire puro. Señaló una antigua puerta de madera situada al final del muro. Se dirigieron hacía ella; era una puerta de más de cien años, estaba bien cuidada, las marcas del tiempo parecían formar lineas verticales con el suelo, sus remaches oxidados decoraban de forma rústica los diferentes tonos de forja.

Si su sentido de la orientación no se equivocaba esa puerta abriría hacía una de las calles circundantes.

Cerca del altar mirando una de las figuras religiosas se encontraba el líder de aquel regimiento de muertos vivientes. Miraba detenidamente la escultura, intentado recabar los sentimientos que sentía al mirarla. En ese mismo momento se percató de que una de las puertas cercanas a la sacristía se movía levemente. Se acercó cauteloso y miró al interior. Fue entonces cuando se dio cuenta de que habían escapado por la puerta de atrás.

Corrían a toda velocidad por la calzada, evitando la entrada de tiendas y portales. Según avanzaban, se percataron que los zombis habían avanzado mucho, desde que salieron de la parroquia. Los veían trepar sin esfuerzo las fachadas de los pisos más bajos. El ruido de los cristales y los gritos les hacían correr más deprisa. No miraban atrás; parecían animales despavoridos en busca de un lugar donde esconderse y así evitar ser sorprendidos por un depredador. Un ruido les hizo parar. El ejército avanzaba con sus tropas intentando restringir la entradas a otras calles no profanadas.

Los tanques emitían un ruido pesado que revotaba en las paredes haciendo eco en toda la ciudad. De repente el silencio derrumbó el ruido ambiental. No se oían gritos, ni cristales, los tanques no se movían. Lidia cogió aire y paseo la mirada por lo alto de los edificios. Intentaba averiguar que iba a ocurrir. Todo estaba en pausa; solo se movía la mirada de Lidia y Éric, buscado indicios de lo que estaba por llegar. Un ruido lejano comenzó a despertar. Venía hacía ellos.

– Escucha…, lo oyes. Es como si golpearán el suelo.

– Si, lo estoy oyendo. – el poco vello que Éric mantenía en sus brazos comenzó a erizarse.

– ¿Qué es eso? – preguntó preocupada Lidia.

– No lo sé, pero tenemos que movernos de aquí ¡ya…! – Éric coge del brazo a Lidia y se dirigen a toda velocidad hacía donde están posicionado los tanques.

Un hombre armado con una ametralladora les apunta Les niega el paso.

– ¿Dónde cojones creen que van? – les pregunta sin dejar de apuntarles.

– Necesitamos protección. Sabemos que los zombis se pueden curar y necesitamos encontrar una persona que nos puede ayudar. Por favor, déjenos pasar.

– ¡Te crees que estoy loco! Tu amigo está infectado. – le miraba de forma burlona.

– Por favor, necesito que nos ayude a pasar a ese lado. Este hombre de aquí es indefenso. Hace tan solo unas horas, se estaba recuperando gracias a un suero que regenera de forma temporal los tejidos dañados. Debe de creerme. – en ese momento otro militar se acerca a comprobar que sucede.

Entonces…, comienza el caos en aquellas calles. El silencio se rompe con la caída de cuerpos al vacío. Los chasquidos de los huesos rotos proliferan a lo largo de la calle. Cuando los cuerpos se revientan contra el suelo. Una jauría de zombis hambrientos aparece por todos los rincones y se abalanzan sobre los cuerpos.

Otro sonido se aproxima con una fuerza voraz. Un montón de hombre y mujeres encapuchados, portando en sus manos todo tipo de varas de madera se abalanzan contra los despreocupados zombis que se alimentan sin perder tiempo. Aquellas imágenes espeluznantes dejaron a Lidia trastocada durante unos minutos. Éric no perdía ningún detalle de aquel campo de batalla. Los jóvenes subían encima de los coches y golpeaban con brutalidad la cabeza de aquellos seres que despiezaban a sus vecinos. Las imágenes eran apabullantes y Éric no lo pudo soportar por más tiempo.

– Necesito que me prometas una cosa, Lidia. – le miró a los ojos. Lidia levantó su mano y con mucha ternura acarició lentamente el rostro de Éric.

– Necesito que me prometas que si no llegó a pasar este periodo y recuperarme; si ves algún síntoma de depredador que ponga en peligro tu vida. Necesito que acabes conmigo. – Lidia comienza a sollozar, asustada y perdida. – con lo que acabo de ver, sé que pronto presentaré esa conducta. Tienes que arrancarme la cabeza, es la única forma de acabar con esta pesadilla. – Lidia mantuvo entre sus manos la cara de Éric y le besó repetidas veces para silenciar sus palabras.

– Tenemos que seguir Éric, no quiero escuchar más tonterías. Necesitamos encontrar al rubio. ¿Me has entendido?

Aprovecharon el desconcierto y junto al avance de los militares, lograron colarse al otro lado de la calle. Permanecieron bajo un camión militar, hasta que dejaron de ver soldados en la zona.

Michael introdujo la tarjeta magnética de Katia, la puerta de la zona restringida se abrió por completo. Un sistema de seguridad avanzado, escaneó su cuerpo. Calculó su peso, altura y verificó que no estaba enfermo. A Michael le extrañó la ligereza del traje de seguridad. El material con el que estaba hecho era verdaderamente una incógnita. Nunca había utilizado un material de ese tipo. Al entrar por otro arco de seguridad pudo ver con claridad la alta tecnología que disponía aquel apartado. La iluminación era excelente, los puestos de trabajo se acomodaban al usuario de forma funcional. Allí se cotejaban cultivos, tejidos y ADN, para intentar conseguir respuestas a la gran pregunta.

Michael siempre pensó que la ingeniería humana tenía que venir con un manual de instrucciones. Todos los detalles de nuestro cuerpo se basaban en reacciones químicas de varios componentes que actuaban por libre o en grupo, determinando sin lugar a dudas el estado de nuestras células. Se acercó despacio al primer grupo, estuvo varios minutos observando la pantalla del microscopio digital. Examinó detenidamente. Enseguida comprendió de qué se trataba. Una bacteria muy singular;  Bacillus anthracis, la causante de una de las enfermedades más peligrosas y contagiosas; la que conocemos por Ántrax. Su contagio suele manifestarse entre animales infectados, pero había casos muy específicos en el que esa bacteria pasaba al hombre.

Seguían investigando aquella bacteria, para entender el funcionamiento de otras similares, que afectaba a los humanos.

Observó durante varias horas el trabajo de aquellas personas. Disfrutando de aquella innovadora tecnología. Le llamó la atención que al final de la sala había una especie de pasillo que permanecía en la oscuridad. Se percató que varias personas ataviadas con sus respectivos trajes, se perdían en las sombras. Necesitaba pasar desapercibido, así que se acercó a la mesa más cercana a la galería. Movió varios archivadores hasta que decidió coger un bloc de notas. Tomó prestado un bolígrafo y se dirigió hacía aquel espacio en negro. Pequeñas luces de emergencia situadas a ras de suelo se activaban a su paso. La larga y oscura pared se iba estrechando, hasta que aquella perfilada oscuridad se disipó de golpe. A solo varios centímetros de su cara, una cámara de seguridad escaneaba su rostro. La jamba de la puerta comenzó a iluminarse, parecía una atracción de feria. Los colores intermitentes obligaron a Michael a pestañear varias veces. El baile de luces era molesto. Esperó varios segundos hasta que aquella puerta se abrió con un ruido de descompresión. Una pequeña nube de vapor salió al exterior y le llegó un ligero olor a podrido. En ese momento desde la parte alta de las paredes unos aspersores derramaban un líquido incoloro que limpiaba aquel olor putrefacto.

No lo pensó dos veces, agarró con fuerza el bloc y se adentró en aquella cavidad. En ese momento Michael comenzó a temer por su vida. Las preguntas desfilaban en su cabeza. No sabía que hacía allí; quizá, hizo caso a los pensamientos más oscuros que tenía en su cabeza después de la muerte de Francesa. Estuvo varios minutos parado con el bloc entre sus manos enguantadas, esperando que su cerebro le diera una respuesta correcta. Bajó la mirada y descubre que en la primera página del bloc, hay unas anotaciones de las que no se había percatado. Son palabras sueltas, esparcidas en la primera hoja, “codeína, mezclado con gasolina, disolvente, ácido clorhídrico, yodo y fósforo rojo”

– Joder, joder, joder…, ¿qué coño están haciendo? – comenzó a acelerarse su ritmo cardíaco. Permanecía en un espacio circular, parecido a una sala de espera. En ese momento una señal visual aparece por la pared circular; pequeñas luces rojas comenzaron a encenderse a su alrededor. – tenía que controlarse. Presentía que aquel dispositivo de seguridad captaba su ritmo cardíaco. – respiró abdominalmente varias veces hasta que el oxígeno regó de forma adecuada su sangre y comenzó a caminar.

Frente a él, había un tramo de anchas escaleras metálicas que descendía varios pisos. Estaba muy nervioso, las pequeñas luces rojas le seguían amenazantes en su camino. Le temblaban las piernas y notó en la frente sudor frio que se precipitaba por el interior de la máscara.

Cuando puso el pie en el último escalón, lamentó haber llegado hasta allí. Varios hombres realizaban autopsias a individuos descarnados. Muchos de sus miembros estaban con los huesos expuestos. El color de su piel se tornaba verdosa y con solo tocar partes de su cara se desprendía con facilidad. Los gases acumulados bajo la piel despiden el olor putrefacto.

Un movimiento al final de la sala llamó su atención; una mujer joven acostada sobre una mesa de autopsia convulsionaba de forma violenta, varios hombres la sujetaron las piernas, la ataron a la mesa.

Fue entonces cuando las arcadas de Michael le delataron. Todos dejaron lo que estaban haciendo, – le miraban sorprendidos.

– No puede estar aquí. ¿cómo ha entrado? – unas potentes luces blancas enfocaban su cara. –

alguien le golpeó y perdió el conocimiento.

Irina consigue abrir despacio los ojos, el suero suministrado por vena a través de una vía la mantiene estable. Le sorprende ver que la sala está limpia y bien iluminada. El olor a desinfectante le abrasa la garganta. Está conectada a varios monitores. Gira despacio la cabeza y no puede evitar unas furtivas lágrimas. Tiene los labios secos y agrietados, intenta mojárselos con la punta de la lengua. Sabe por qué está ahí. Su adicción a las drogas le ha hecho vulnerable, frágil.

Mira uno de sus brazos y ve cómo se recubre parte del hueso que horas antes estaba expuesto.

La variedad de colores que contrastan en su brazo la hace estremecer. Michael se da cuenta de que tiene los ojos abiertos y se acerca despacio.

– Hola, Irina, ¿cómo estas? – le pregunta preocupado.

– Pues, no sé qué decirte. – hablaba arrastrando despacio las palabras. Intentando pensar en lo que decir. – cierra por un momento los ojos. – al abrirlos continua hablando.

– No puedo mover las piernas, es decir; no las siento. – con mucho valor Irina levantó la sábana que la cubría y descubrió con horror su estado.

– Aunque la imagen es bastante escandalosa, no es del todo grave. Esos tejidos los recuperaremos, no te preocupes. Mi prioridad es mantener el suero en tu sangre más tiempo, hasta que consiga un medicamento definitivo. Por eso es necesario suministrar la dosis constantemente. – se miraron a los ojos. – entonces Irina le reconoció.

– Eres tú. Tu aspecto ha mejorado. Has recuperado casi todos los tejidos de la cara. Eres el que me daba el suero en polvo, en el sótano de mi edificio. ¿cómo? ¿por qué? ¿Sabes lo que ocurre? Cuéntamelo.

– Es largo de explicar, pero te diré una cosa. Te conozco de mucho antes. Intenta recordar. Una estación de metro…, te suena de algo. – se produjo un largo silencio, la mirada distraída de Irina hizo pensar a Michael el sobreesfuerzo que había hecho para recordar.

Parte de sus funciones cerebrales estaban expuestas a la sustancia. Las neuronas envejecían rápido y morían. El suero mantenía estable el número de neuronas, pero por poco tiempo.

Hao recoge documentación que había recabado durante años sobre los experimentos realizados en la base militar cerca de su aldea. Necesitaba respuestas a las miles de muertes que se produjeron en aquella zona. Por alguna razón sabía que tenía algún tipo de conexión con lo que ocurría en varias partes del mundo. Al intentar meter los documentos en la cartera, una carpeta de color naranja calló cerca de sus pies. Arqueó las cejas en una expresión de perplejidad. No recordaba aquellos documentos. Se sentó en la silla de su escritorio y la abrió sin demora. La carpeta contenía un montón de fotos en blanco y negro. Fotos antiguas. Las contemplo sin dejar escapar ningún detalle. Las miraba intentando descifrar su significado. ¿De quién eran aquellas fotos? ¿por qué estaban allí?

Pasó mucho tiempo desmenuzando en su memoria recuerdos olvidados, hasta que llegaron las últimas fotos. Eran impactantes, sobrecogedoras, intentaba contener las lágrimas, pero le fue imposible. Apilados en el barro cerca de una vivienda, yacían sus padres. Él no lo recordaba de aquella manera. Había pasado muchos años. Las imágenes de aquel día estaban difuminadas y esparcidas por el hipocampo de su cerebro; incautadas por el olvido. Fue un fuerte golpe para sus sentimientos, pero se armó de valor y volvió a examinar la foto. Los recuerdos fugaces se disparaban como flashes en su cabeza.

Fue un día de tormenta, Hao venía de la escuela. Sus padres llevaban varios días sin ir a los campos. Estaban enfermos, les subía y les bajaba la fiebre de forma natural. El médico de la zona no sabía de qué se trataba. En varios meses su piel adquiría un color azul negruzco, pero eso solo fue el comienzo.

Varios médicos fueron a reconocerlos, decían que parecía una variante de la gangrena o la lepra. Todos sabían que no se trataba de una enfermedad vascular. Los padres de Hao eran jóvenes y fuertes. Lo que más les asombro fue el deterioro físico que se manifestaba cada día. Se desgranaban en vida. El olor que producía su cuerpo era putrefacto. Las heridas no se podían curar de forma tradicional, los tejidos se desprendían nada más tocarlos.

Todo se fue deteriorando, sin embargo, Hao se libró del contagio. Le hicieron acostarse fuera de la casa, alejado de sus padres moribundos. Esperó durante meses a sus tíos; no acudieron, no querían contagiarse. Así que fue acogido en una especie de orfanato, donde le realizaron varias pruebas antes de trasladarse a vivir con otros familiares.

Él se fue horas antes de que hicieran la foto. Sacaron los cuerpos de todos los que murieron por el contagio y los quemaron en la plaza central de la aldea.

Cayó la noche. Éric estaba cansado. Actuaba de forma rara. Casi no hablaba. Arrastraba cada vez más los pies para andar. Estaba al límite. Lidia le miraba con tristeza. Tenía la esperanza de encontrar un buen lugar para descansar. Se le ocurrió una idea. La casa de su querida amiga Irina estaba cerca. Tenían que tener cuidado.

Se oía la melodía de una emisora de radio. La calle estaba parcialmente a oscuras. Las sombras viajaban a sus anchas por las estrechas callejuelas. Lidia pasó el brazo de Éric por encima de su hombro para ayudarle a caminar. No le quedaban fuerzas. El daño cerebral estaba anunciado. Necesitaba una dosis del polvo blanco.

Les costo mucho llegar al apartamento de Irina. Tenían que esquivar los cuerpos y muebles que había esparcidos por la escalera.

La puerta estaba abierta. Entraron cautelosos. Se aproximaron hacía el sillón donde Lidia acomodó a Éric. Estaba adormilado, movía ligeramente los labios. Se le escapaban frases y palabras inconexas, comenzaba a tener enajenación mental transitoria.

SFA (Servicio Federal Antidroga )

Moscú

Izan está en el baño de una habitación de hotel, se observa en el espejo. Sabe lo peligroso que son estos casos. Se coloca una prótesis en la nariz, peina su pelo largo y se lo recoge con una coleta. Lleva barba de varios meses y ha cambiado sus lentillas por unas de color verde. Le gusta su forma de camuflarse, dedica muchas horas hasta encontrar la perfección. El motivo de esta perfección es intentar encontrar el cocinero y distribuidor de la droga zombi. Una droga que solo se consumía en Rusia, pero que en pocos meses se había convertido en un gran reclamo en toda Europa. Querían evitar que aquella droga llegara a España. Hoy como todos los días hacía el mismo ritual. Tenía que establecer contacto con el rubio, por eso visitaba la Catedral de Basilio todos los días. Su personaje tenía un guion bajo el brazo, su trabajo consistía en hacer fotografías a los turistas dentro de la Catedral.

Se desplazaba por la ciudad en trasporte público. Admiraba las líneas de metro de Moscú, sus espacios altos y luminosos. Los suelos de mármol que parecen tocar el cielo con sus impresionantes columnas. Era realmente asombroso. Parecía un museo en vez de una red de metro por donde se mueven más de nueve millones de personas al día.

Había llegado a su parada Ploshcad Rvolyutsii, la más cercana a la Plaza Roja. La catedral abría sus puertas en el horario de invierno a las 11h de la mañana, mantenían ese horario hasta alcanzar el verano. Izan lleva insertado bajo su piel un dispositivo de rastreo. Desde el piso franco su equipo visualiza su localización.

Cómo cualquier otro día, entra en la Catedral, saluda al personal de seguridad y comienza a montar su equipo de fotografía. Sabe que la situación del rubio es delicada. Intenta encontrar trabajo como matón dentro de un grupo liderado por un tal Toni, una tarea complicada que no puede tener ningún fallo.

Muchos turistas se agrupan en filas para hacerse su fotografía. Izan no para de tomar los datos de los fotografiados para después mandarles por mail su foto. Cuando cree que casi ha terminado. Un hombre corpulento con pelo corto, acompañado de una mujer delgada con piel plomiza, se acerca despacio hacía donde está él.

– Disculpe, nos puede sacar una fotografía a mi mujer y a mí. – se miraron a los ojos, se estableció el contacto.

– Si claro, espere un momento. – transcurren unos segundos. – póngase ahí, muy bien. Sonrían. – al terminar, el rubio le dio su dirección de mail.

– Muchas gracias por todo. – en ese momento se estrecharon la mano y el rubio deslizó una tarjeta de memoria en la mano de Izan.

El primer paso de la operación se había cumplido. Ahora tocaba volver al hotel y descargar la información cifrada que contenía el dispositivo de memoria. Izan estaba distraído, había bajado la guardia. Andaba en dirección a la estación de metro, notó que alguien le seguía. Disimuladamente sacó su móvil y puso la cámara a modo vídeo. Mantuvo el teléfono entre sus manos de forma que veía quien le seguía.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

Depósito Legal: Safe Creative

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