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ADICTOS XV

Agentes especiales antidroga

(piso franco)

El protocolo de seguridad se ha iniciado, tienen que anular el dispositivo de localización que Izan mantiene en su cuello. Aunque está cifrado y es de última generación, siempre hay gente que consigue descifrar el sistema.

– Localizado, anulando el dispositivo. – el analista comprueba los datos del dispositivo después de anularlo.

– Izan ya está en el apartamento, esperamos la transmisión de datos.

Izan ha iniciado el nuevo servicio de seguridad, consiste en quitarse del cuello el dispositivo. Tiene que hacerse una incisión y extraerlo. Todo está dispuesto en la encimera del lavabo.

Coge el bisturí y comienza a abrir despacio el perímetro de piel donde una tenue luz roja parpadea, le indica el lugar exacto donde se encuentra el dispositivo. Coge las pinzas y tira con cuidado. Abre la taza del inodoro y lo arroja en su interior.

Limpia la zona con un antiséptico y cose con rapidez. Acto seguido se quita su disfraz; ahora necesita otra identidad, cuando descargue los datos y se compruebe la información, tiene que empezar a adaptarse a un nuevo personaje antes de salir a la calle.

Se quita los restos de látex que se quedan adheridos a ambos lados de la nariz. Se lava el pelo, lo deja secar al aire libre. Se dirige a la mesa del salón comedor y abre el portátil. El dispositivo táctil de seguridad escanea su dedo indice. El programa KR7 se abre en la pantalla; una voz le avisa de que el proceso de seguridad requiere un escaneo facial y de retina. Después de esto tiene que teclear la clave de entrada. En segundos…, su registro está activado, introduce el material del rubio y observa con atención. En la tarjeta de memoria aparecen muchas carpetas, Izan se toma su tiempo y comienza analizar y memorizar los lugares frecuentados por Toni y sus secuaces. El rubio ha hecho un buen trabajo. Documentación protegida, fotografías. También ha realizado un vídeo. Izan da un clic al reproductor de vídeo de su portátil.

Hola a todos, cómo veréis, después de más de ocho meses estudiando el terreno y recabando información al más alto nivel. He realizado varios trabajos para Toni; deciros que estoy dentro. Él confía en mí. He descubierto algo bastante importante. XPARIS una pequeña farmacéutica con base a las afueras de Moscú. Ha comenzado en pocos meses a despegar de forma espectacular en un crecimiento económico sin precedentes. Lo más chocante es que nuestro querido amigo Toni, llegó hace escasamente cuatros meses, contratado por la farmacéutica cómo jefe de seguridad y servicios. Esto está comenzando, pero creo que algo importante se empieza a notar en el ambiente. Mañana tendré el honor de conocer las instalaciones y mi nuevo trabajo. Estaré incomunicado, no puedo poner en peligro la misión. Así que a partir de este momento, los puntos de encuentro serán…

Hao llega a la universidad, le extraña que la entrada principal no esté vigilada. Así que decide entrar por allí. Un silencio sepulcral envuelve el vestíbulo. Los pasillos sumidos en una espesa oscuridad no permiten prever si alguien o algo está escondido entre las sombras. La luz natural penetra desde el exterior de forma perezosa, dividiendo los espacios de luces y sombras. El suelo está cubierto por ceniza. Ni siquiera se aprecia el color marmolado del suelo. Hao se cubre el rostro con una mascarilla. Comienza a avanzar, cuidadoso de no caer. Tiene que subir hasta la primera planta, continuar un largo pasillo que desemboca en otra planta inferior. Allí es donde se dirige, la parte más iluminada de aquella zona es el pasillo; largo e interminable. Es una decisión arriesgada, pero tiene que tantear el terreno. Quería saber ¿cuántos? ¿qué hacían en aquel lugar? No era normal que no se movieran. Quizá fuera el origen de todo o simplemente un refugio. Tenía que averiguar que les hacía permanecer allí. Según caminaba por aquel pasillo más densa era la capa de ceniza que cubría el suelo. El olor a añejo se marchaba con facilidad a cada paso. Aguzaba el oído a medida que avanzaba. El ruido de una puerta abatible, le puso el vello cómo escarpias. Su respiración comenzó a ser más agitada. No pudo evitar respirar por la boca. Estaba muerto de miedo. Puso su cuerpo en guardia; avanzaba pegado a la pared. Un sonido procedente del sótano le hace retroceder un par de pasos. Aquel sonido era conocido. Hao intentaba averiguar por qué aquel sonido no le gustaba. Entonces lo recordó. Era un ruido muy similar al que oyó cuando se quedó atrapado en el sumidero. Cuando su cuerpo no quiso luchar más por salvarse. Comenzaron sus recuerdos; pegado al suelo con los colgajos de su rostro atravesando la rejilla, su lengua chasqueaba de forma similar. Era su forma de comunicarse. El chasquido de su lengua. Esa extraña vibración que suena por todo el sótano. Se para y vuelve a sonar. Están ahí abajo. – Hao intenta organizar su miedo. El pánico que sufrió de pequeño resurgía desde su interior cómo nunca. Se quedó petrificado, aquel sonido era cada vez más claro. – se acercaban – El sudor comenzó a salir inundando su frente. El frio se apoderaba de él sin piedad. Notaba cada latido cómo si saliera fuera de su pecho. Tenía que moverse, pero no podía mover ni un solo dedo. Estaba totalmente agarrotado, aislado de la realidad. Ahora sus pensamientos estaban en lo alto de aquella montaña; en “ El jardín de las delicias”.

Faltaban pocos escalones que le separaba de su muerte inmediata, pero por algún motivo algo cambio sus planes. Oyó como se alejaban. Aquellas conversaciones irracionales se dispersaban como nubes de vapor. Quizá lo que había oído era el producto de su propio miedo. Hao comenzó a respirar.

Éric comenzó a encontrarse mal. Comenzaba a tener convulsiones. Lidia había decidido mantenerle sedado y suministrarle un antibiótico. Según sus cálculos la dosis que le había suministrado le había durado dos días. Ella ya había descansado; puesto que Éric no podía mantenerse en pie, decidió marcharse sola. No tenía otra alternativa. Necesitaba encontrar al rubio.

Salió a la calle, mantenía la mochila sobre su espalda. En el bolsillo de su pantalón había guardado una navaja. Tenía que atravesar varias calles hasta llegar a su destino. Después de varias horas andando en zigzag, sorteando edificio en llamas, evitando los callejones y entradas a garajes, se alejó de la zona conflictiva hasta alcanzar una zona de la ciudad que parecía tranquila. La gente caminaba por las calles con sus hijos y perros. Nada alarmante. En cada rincón había apostado un francotirador protegiendo aquellas familias. Los comercios permanecían abiertos. Durante ese recorrido a Lidia le llegó el olor a pan recién echo. Sus glándulas salivares festejaban con deleite la caricia de ese aroma. Decidió seguir la dirección por donde se escapaba el aroma. Aquel mapa invisible que había trazado en el aire la guiaba calle abajo hacía una pequeña tienda situada en esquina con un alto edificio.

Una pequeña y peculiar tienda con fachada Vintage de vivos colores se reclamaba autora de tan delicioso aroma. Se acercó guiada por su remanente dolor de estómago que protestaba por saborear aquella delicia. Le distrajo un poco el pequeño escaparate. Miró al interior a través del cristal y no vio a nadie. Sin embargo, las luces del horno estaban encendidas. Entro despacio. Al abrir la puerta el sonido de unas campanitas colocadas en la jamba le dieron la bienvenida. El olor era más intenso.

No se oía nada que no fuera el ligero rugir de las máquinas. Esperó varios minutos antes de hablar; una de las alarmas del horno comenzó a sonar. El sobresalto inesperado la hizo dar un pequeño salto hacía atrás. Esperó cortésmente a que alguien saliera a atenderla, pero al no ocurrir nada, decidió pasar a la trastienda. Allí se confundían los aromas. Vainilla, masa de pan, chocolate y otro olor que no le gustó nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo con cuidado la navaja. La puerta de atrás estaba entornada. Se acercó despacio y desde allí pudo ver con horror que un grupo de zombis se alimentaba del cuerpo del pobre panadero. No lo pensó dos veces, retrocedió con cuidado y después de coger un par de panecillos salió corriendo de aquel local.

Mientras intentaba llegar al Pub Rengato, algo la hizo reflexionar. Sus recuerdos de aquella noche se amontonaban en su cabeza evitando pensar con claridad. Allí ya había zombis. Recordó a aquel ser que esperaba apoyado en la puerta. El colapso de su cara, la mirada. Toda su vida cambió a partir de ese momento. Las fiestas nocturnas eran un reclamo para jóvenes, aquel putrefacto lugar producía morbo.

Quedaban escasos metros para alcanzar la puerta metálica del Pub, cuando alguien desde dentro la abre. Se sitúa justo detrás de ella; la gran puerta abre hacia fuera, su cuerpo queda camuflado por una de las hojas. Espera impaciente con el corazón en la garganta, solo ve salir a un par de individuos completamente normales, ataviados con armas semiautomáticas. Parecían hablar en ruso.

Se mantuvo quieta varios minutos hasta que vio que aquellos hombres se alejaban calle abajo. Salió con cautela de su escondite y cruzó el umbral de la puerta.

Michael permaneció más de cinco horas sentado al lado del lavabo. Tenía la mirada perdida. Llevaba oyendo el inquietante cántico susurrado, durante mucho tiempo. Intentaba no llegar a la locura, por eso había conseguido evadirse de su propio cuerpo. Entrar en un espacio espiritual hermético donde nada ni nadie podía penetrar. Ese aislamiento le arrastraba poco a poco a un pozo muy profundo, donde no llegan los sonidos, los olores y mucho menos las imágenes.

El rubio deja una nota sobre el mostrador de recepción. Es una cita para Katia. Necesita hablar con ella. La mira a los ojos y dirige su mirada hacía el cuarto del café. Ambos saben de que se trata.

El rubio se ha asegurado que hoy había una reunión con los gerentes y que Toni no iba a estar cerca, así que se aproximó a la cafetera y decidió tomarse un café largo con un chorro de vodka.

– Buenos días. ¿Cómo estás Katia? – la saludó manteniendo la mirada fija en su café.

– Buenas…, quieres que te sirva algo de comer. – le dijo Katia amablemente.

– No gracias. Ven, siéntate. El otro día no terminaste de contarme tu preocupación por Michael. – se acercó despacio y aproximó la silla a su lado con la intención de hablar con intimidad.

– Quiero que esto no salga de aquí, por favor. – le dijo Katia cerca de su oído.

– Tienes mi palabra. – levantó cómicamente su mano para prometer en el aire.

– Bueno el último día que le vi…, – paró de hablar para mirarle a los ojos – unos segundos después continuó hablando, parecía tener congoja mientras hablaba –

– Continua, te escucho.

– Le hice un pequeño favor. Se había dejado su tarjeta de entrada en casa y no le apetecía volver a cambiarse e ir a por ella. Así que le presté la mía. Estuvimos hablando de quedar esa noche y tomar una copa en su apartamento. Termine mi jornada, me fui a casa. Me duché tranquilamente y me arregle para dirigirme a su apartamento. Llamé varias veces y nadie contestó. Así que le llamé al móvil y no lo cogía. Eso es todo. No sé que le ha ocurrido, pero tengo miedo. Saben que la tarjeta es mía y localizan las entradas de personal en todos los sitios.

– Katia escucha, tienes que avisar a Toni la perdida de esa tarjeta. Sé que  te dijo que le contarás los movimientos de Michael. Sigue haciendo lo que te sugiere, el resto déjamelo a mí. ¿Lo has entendido?

– Por favor, encuéntralo. – se alejó hacia su puesto de trabajo. El rubio se sirvió otra taza de café con otro chorrito de vodka.

Irina se ha incorporado y permanece sentada en el borde de la camilla. Está aturdida y no recuerda muchas cosas. Los huesos expuestos de la cadera están recubiertos por tejido blando. Tiene mejor aspecto que la última vez que comprobó su estado. Sigue monitorizada. Mantiene su temperatura y el nivel de glóbulos blancos en sangre es estable. Michael se acerca hacía ella, necesita comprobar ciertos valores. Así, que intenta hacer una exploración en la piel de su cara y hombros. Después del proceso de regeneración ha encontrado otro problema que tiene que solventar; comienza a evolucionar un enfisema cutáneo, las burbujas de aire subcutáneo aparecen esparcidas por todo el tórax, la cara y brazos a causa de la regeneración precoz de los tejidos. Tiene que evitar que las burbujas de aire se acumulen en zonas torácicas, en otras partes del cuerpo menos importantes realizará un drenaje subcutáneo.

Se pasaban varios minutos sin hablarse, solo mantenían su mirada. Por alguna razón; algo fuera de su alcance les conectaba. No sabían que les estaba ocurriendo, pero era algo verdaderamente especial. A Michael, le bastaba un roce con su piel para estremecerse. Una de las veces que comprobó su temperatura, Irina abrió los ojos y le acaricio la cara dulcemente.

Un grupo bien organizado

Desde que llegó a Madrid, solo tiene un propósito; matar a Michael, pero antes tiene de asegurarse de que le dé la fórmula del suero. El líder de los zombis tiene claro que necesita un ejército para llegar hasta donde se esconde Michael. Le considera un hombre astuto que pudo escapar de la muerte en Moscú gracias a su coraje y sus conocimientos de química. Aprovechó el momento justo para saltar al tren. Le observó desde que entró a trabajar en la farmacéutica. Desde la penumbra del patio, todas las noches saltaba la valla para observar sus movimientos. Él supuestamente era quien le iba a salvar de una muerte putrefacta. Fue un trato que hizo con él después de varios meses cautivo en la caja de cerillas. Michael le hizo una promesa que recordaba todos los días. – si me ayudas a escapar de aquí, te ayudaré a recuperar tu vida anterior. – eso fue el trato. El líder avisó al rubio para que intentara sacarle de la cloaca y eso fue todo. Michael se olvidó de su promesa…

El grupo de zombis se movía rápido a las ordenes de Iván, se esparcían por el mapa de Madrid a toda velocidad. Seguían rastros, hasta que uno de ellos les llevó al apartamento de Irina.

Éric, mantiene los ojos abiertos, está en estado REM. Su cuerpo había cambiado de nuevo, la tonalidad de su piel es azulada. Se han paralizado las convulsiones y su ritmo cardíaco es demasiado lento. No pestañea, el ojo permanece seco, una pequeña membrana similar a la de los reptiles le cubren los globos oculares. Están hundidos. Su boca permanece abierta, en uno de sus lados se descuelga una azulada lengua que parece podrida. Tiene una vía colocada en la zona de la muñeca con antibiótico. De alguna manera retiene la infección y el proceso de putrefacción va más lento.

Iván sube los escalones de dos en dos, su cara desfigurada por el avanzado estado de descomposición simula una terrorífica sonrisa. Cree haber encontrado a Michael. La puerta impecablemente blanca está atrancada. Comienza a chasquear la lengua; necesita ayuda para abrirla En pocos minutos más de treinta cuerpos hambrientos aparecen en el rellano esperando su premio.

Consiguen derribar la puerta. Allí dentro no hay nadie. Solo restos de goma y bolsas de antibióticos.

Recorre con la mirada toda la estancia en busca de algún indicio, pero no haya nada concurrente.

Solo un ligero olor humano que se cuela en su sentido del olfato. Ese olor le envenena, le quema por dentro. Realza su odio contra Michael, sabe que él ha estado allí, pero también sabe que la dueña de la casa está con él. Mira desesperado por la ventana y ve un zombi saltar por los tejados alejándose del lugar. En ese momento un grito aterrador sale por su boca. La tensión vibra como el sonido chocando por los tejados. La figura que se aleja le mira desafiante, sin miedo. Permanecen así varios minutos. Hasta que decide seguir su camino.

©Julia OJidos Núñez

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