ADICTOS2

Descargar en PDF

adictos xvI

ADICTOS XVI

El rubio apura su café, espera varios minutos antes de dirigirse al apartamento de Michael. Estaba preocupado, la misión se estaba complicando. La curiosidad de Michael por averiguar la muerte de Franchesca no tenía límites. Entró mirando a ambos lados del pasillo. El silencio reinaba en aquella zona repleta de pequeños apartamentos. Realizó una inspección ocular. Todo parecía en orden, todo, menos un ligero olor a podrido. Entró en la habitación, observó con atención la cama, la ventana…, permaneció en silencio; sus ojos buscaban alguna pista, dirigió su mirada hacía el bosque de abedul, aquellas magníficas vistas le reconfortaba. Intentaba unir las piezas de aquel desordenado puzle. Pasó al cuarto de baño. Allí delante de sus narices en el espejo encima del lavabo había una frase escrita en ruso, habían utilizado un rotulador permanente de color rojo. – estás muerto – se podía leer con claridad. No sabía cómo interpretar aquella frase. Así que salió de allí hacía el cuarto de cámaras de seguridad, quería descubrir el autor de aquella amenaza.

El móvil comienza a sonar, no se plantea dejarlo sonar, así que despliega la solapa de su funda y abre la llamada. Alguien en el otro lado le da una dirección, acto seguido cuelga. La cara del rubio comienza a labrar una de sus mejores sonrisas, por fin algo comenzaba a salir bien. Una de sus fuentes ha localizado el paradero de la mujer que robó el alijo. Según su fuente está en el aeropuerto, dispuesta a coger un vuelo destino a Budapest.

El problema de todo esto es que la misma fuente también había informado a Toni. Tiene que darse prisa para poder salvar una vida. Conducía a mucha velocidad por la autopista en dirección al aeropuerto, sabe de primera mano cómo las gastan los aliados de Toni; les hace una sola pregunta y si le agrada la respuesta, posiblemente solo te desfigure la cara, pero si la respuesta que quiere oír no es aceptable, prepárate para saber lo que es morir poco a poco. Ni siquiera aparcó el vehículo, salió de él como una exhalación. Con paso firme se dirigió a la zona de embarque, le faltaban escasos metros para alcanzar a Olga, cuando uno de los corruptos amigos de Toni la agarró por el brazo y la obligó a salir del recinto. El rubio no pudo hacer más, únicamente fotografío la matrícula de la furgoneta azul eléctrico que se marchaba a gran velocidad.

Había estado muy cerca, tenía los labios secos. Estaba malhumorado, necesitaba calmar su adrenalina, así que abrió la guantera de su coche extrajo la vieja petaca y pegó un trago de vodka

La llevaron directamente al sótano de la farmacéutica, había avisado de que llevaba un regalo; el quirófano estaba listo. Aquella mujer se había jugado todo. Portaba en su cuerpo más de dos kilos de aquella sustancia bajo su piel. Habían ingeniado un sistema muy seguro. Capsulas, pequeñas y herméticas, resistentes e invisibles de ver mediante cualquier artilugio.

Desnudaron a Olga sobre la mesa de cirugía, tenía los ojos abiertos, claramente estaba sedada. Toni la contemplaba divertido desde el ventanal de la otra sala. Se rascaba la barbilla, maravillado por las bonitas curvas de aquella mujer de mediana edad. Cómo el material estaba bajo la piel y no tenían el dispositivo apropiado para localizar las capsulas, dibujaron en su cuerpo un mapa que se cubriría de cicatrices. El carnicero miró asintiendo con la cabeza a través del cristal y comenzó a realizar incisiones. Toni intentó localizar al rubio. Agarraba fuertemente el teléfono, mantenía la mirada en la sala de operaciones. Toni era un tipo morboso y carroñero, disfrutaba con la sangre. Después de varios tonos de llamada, localizó al rubio.

– Rubio, ¿dónde coño estás? – esperaba impaciente la respuesta.

– Toni, no me toques los cojones…, estoy en el aeropuerto, me imagino que te han avisado igual que a mí. – estaba atravesando la puerta del terminal, cuando vio con claridad cómo Toni amenazaba a Olga para que entrara en un vehículo. Después de ver aquello el rubio maldijo su suerte.

– ¿Dónde estas? – arqueó las cejas esperando que le dijera la dirección.

– No seas gilipollas, sabes de sobra donde llevamos a las mulas. – cortó de mala leche y dejó al rubio con cara de póker. – mierda, – esto es una puta mierda –

No paraba de lamentarse, sabía que aquella mujer iba a morir y no podía evitarlo. Antes de ir al sótano donde sacrificaban las mulas, decidió hacer una visita de cortesía a su fuente.

Lidia estaba dentro, la oscuridad era absoluta. Percibía frías corrientes de aire en la cara. Palpaba las paredes para poder guiarse. Tubo la sensación de que algo se movía muy cerca de ella. Algo la observaba desde otro ángulo, pero no se detuvo, caminó hasta la sala; la primera y pequeña sala dónde estaba el ropero. El olor a incienso era cada vez más profundo. Se encaminó a unos de los pasillos que llegaban a la pista de baile. La mirada de Lidia permaneció dormida, le sedujo el rítmico baile de una vela que luchaba por no apagarse. Se oían ruidos lejanos, cómo si alguien golpeara una puerta. Notó una ligera caricia en el hombro. Al girarse vio con horror de quien se trataba.

Víctor seguía las pistas que Lidia iba dejando en su trayectos, había conseguido esquivar a los militares. Sabía de sobra que habían estado bajo un camión militar. Se sentía invencible. Su capacidad de razonamiento aumentaba cada minuto, controlaba perfectamente su cuerpo. No sentía dolor y apenas tenía hambre. Aguzó su olfato, sabía que muchos humanos se acercaban. No quería enfrentarse a nadie, así que decidió huir. Su decisión fue bastante lenta. Los tanques se posicionaban en las calles próximas, algo iba a ocurrir. Estaba acorralado. Se le ocurrió una forma de distraer a los militares. Escaló hasta la primera planta del edificio más cercano y comenzó a chasquear con fuerza la lengua. El sonido de sus labios era cómo el tañido de un instrumento mal afinado. Los militares miraban en todas las direcciones, sus caras reflejaban un pavoroso miedo que se acentuaba cuando veían acercarse grandes grupos de zombis; el sonido era misterioso e insondable. La marabunta comenzaba a llegar, salían atravesando los cristales de los edificios, ascendían de los sótanos y garajes atendiendo la llamada. Parecía que abrían las puertas del infierno.

Los jóvenes encapuchados dejaron de sacudir el suelo con los bates. Se miraron unos a otros con expresión perpleja. Aquella llamada no les paró, pero sí se plantearon retroceder. Sabían que aquella figura que se descolgaba de la fachada seguía la pista de Lidia, lo mismo que ellos. Horas antes Mateo les narró en la base secreta, el proyecto que tenía Lidia entre manos. Sabía lo tozuda que era y desde luego confiaba en su fortaleza, pero el pequeño Mateo después de vivir aquellos acontecimientos, dio la dirección que Lidia había tomado.

Irina sufría grandes cambios en su rostro unos días mantenía su belleza natural, pero otros amanecía con un prognatismo del extremo inferior de su cara. Michael apenas dormía. No comprendía aquellos cambios tan bruscos en el interior del cuerpo de Irina, esos cambios se reflejaban más abiertamente en el exterior. Verla así le martirizaba, consumía poco a poco su paciencia. Sabía que estaba cerca, pero algo se le estaba escapando. Se aferraba a la nueva fórmula, pero tenía que encontrar una variante a la penicilina que no causara ninguna alergia a Irina.

El rubio aparcó el coche con cuidado, lo dejó a dos manzanas de la galería. Sabía que su fuente a esa hora estaría trabajando. Era temprano así que se guardó el arma en su funda y caminó por la gran avenida. No podía dejar cabos sueltos ya no confiaba en su fuente. Esperó en la acera de enfrente hasta que vio salir al último cliente de la barbería, cómo sabía que había cámaras en la zona, se colocó una gorra y se enrolló una bufanda hasta los ojos. Su fuente estaba barriendo su negocio, el rubio se aproximó hasta él y sin mediar palabra le disparó en la cabeza. El proyectil de la nueve milímetros le produjo una laceración, entrando por la frente y saliendo por la nuca. La bala gira en su entrada escavando y agrandando el diámetro del proyectil; en su viaje destroza el bulbo raquídeo ocasionando una muerte instantánea. Las imágenes desde la parte alta de la barbería después de que el rubio se marchara, era una tétrica secuencia. Las paredes enteladas se cubrían de pequeños restos de cráneo diseminados hasta el otro extremo de la estancia. Una pieza de Jazz seguía atormentando el oído del abatido, hasta que el pájaro voló lejos. Fueron apenas unos segundos después de caer contra el suelo, cuando aquellos golpes de saxofón agonizaban su muerte. No tardó ni dos minutos en salir de allí, camino arbitrariamente por las calles hasta llegar a su coche, antes de llegar tiró en un contenedor su gorra y cazadora. Para asegurarse de que había muerto, hizo el mismo recorrido con su vehículo. A escasos metros se veía gente amontonada alrededor de la entrada; con las manos sobre la cara, agitando disgustada la cabeza hacía ambos lados. No muy lejos de allí se oía la sirena de una ambulancia que se acercaba a gran velocidad.

El rubio ya estaba dentro del recinto, sabía que le esperaban. Se tenía que preparar para lo peor. Extraerían del cuerpo de Olga toda la sustancia. Eso era lo menos invasivo. A partir de ese momento, la torturarían, la borrarían sus recuerdos y la abandonarían a su suerte en la caja de cerillas.

Toni le esperaba en la sala, observaba a través del cristal cómo le extraían las capsulas de su cuerpo. Las limpiaban y depositaban en un peso. El peor castigo para el rubio fue ver cómo realizaban la craneotomia. El cirujano crea un agujero en el cráneo y extrae un colgajo óseo. La intención es colocar un novedoso dispositivo en el hipocampo. Este implante disminuye la proteína por distintas zonas, logrando que aquella zona de conexión neuronal establezca una nueva ruta de comunicación, cancelando la memoria a largo plazo.

Toni se acerca hacía el rubio y le dice cerca del oído;

– Han matado a la fuente. – se dirigió a la puerta y antes de salir le dice.

– Me ha entrado hambre, te invito a comer. Te espero en el coche. – no dijo nada más y se marchó. – el rubio permaneció varios minutos contemplando el cuerpo desnudo de Olga. Estaba deformado lleno de cicatrices, inerte en la mesa de quirófano. Sabía que su sufrimiento solo había comenzado.

Hao decide bajar al sótano, ha superado sus miedos y se dirige con paso firme al crematorio. Los quemadores están funcionado. El sonido de las máquinas cubre todo el pasillo. Pasa por delante de la pequeña oficina de Víctor. Ni siquiera se percata de las fotografías colgadas en la pared. Continua andando, antes de descender al laboratorio clandestino, necesita ver con sus propios ojos que es lo que ocurre. Se asoma por el perfil de la puerta, la luz está apagada, solo ve el brillo que despide los quemadores dentro de las máquinas; por la pequeña ventana puede ver restos humanos quemándose. Parece que no hay nadie allí. Su ingenuidad hace aproximarse demasiado. Una sombra enorme aparece frente a él. El calor ahoga sus orientales venas, limitando la entrada de oxígeno. El miedo le deja agarrotado. Aquel hombre le mira fijamente.

Éric sigue avanzando, arrastra los pies ligeramente. Poco a poco la piel y tejidos de una de sus manos se desprenden. Está pensando seriamente la posibilidad de empezar a comer. Necesita nutrientes humanos para mantener viva la sustancia verde que recorre su cuerpo. Si agota todas las posibilidades de alimentarse, sabe con certeza que morirá en pocas horas. Por eso se alimentan, para seguir viviendo muertos. Por eso luchan y avanzan por la ciudad en busca de presas frescas. Tiene que encontrar un sitio para reponerse. Decide bajar a una zona de aparcamiento. Baja la rampa tambaleándose. Apenas puede mantenerse en pie. Se agarra a la pared de hormigón donde está colocado el dispensador de luces. Las activa con uno de los dedos. Una luz electrizante cruza parpadeando el techo del aparcamiento. Algunas paredes vestían, aterciopelados trajes de moho. El olor húmedo, hacía que Éric dejara escapar restos de sustancia verde por sus orificios nasales.

Necesita recuperar fuerzas, anclada a la pared de la zona naranja, ve un armario de emergencia. Rompe el cristal con la cabeza y extrae un hacha con grueso filo, se dirige sin miramientos a la luna delantera del primer vehículo aparcado y revienta el cristal. Se deja caer en el interior, consigue meter la cabeza, pero el resto de su cuerpo descansa sobre el capó.

Olga lleva varios días en la caja de cerillas, sabe que un visitante nuevo está en la otra habitación. Tiene muchas lesiones neuronales, pero todavía se acuerda de la música. Susurra la misma melodía una y otra vez. No tiene recuerdos, ni tampoco los quiere. Esa será su nueva vida hasta que acaben con ella. Todos los días sale de aquella habitación y vuelve a ser intervenida. Es una cobaya para investigar sobre el alzhéimer.

Michael está dormido, le suministran todos los días la droga Zombi. La mala alimentación y la falta de luz solar durante demasiado tiempo hace que las primeras capas de su piel se descamen. Todavía conserva todas sus facultades, pero su cuerpo no para de enfrentarse a un nuevo tejido y la transformación física sigue imparable; por mucho que quiera resistirse sigue cambiando.

Se despierta con remanente dolor de cabeza, la boca seca y ganas de vomitar. Intenta calcular los días que lleva en aquel agujero. Aunque ahora tiene todas sus facultades, teme que un día despierte y su memoria sea un folio en blanco.

Se levanta despacio del mugriento colchón y calcula los pasos para llegar al lavabo sin caer. Mira hacía abajo y ve como caen mechones de pelo de su cabeza. Grandes y castaños mechones de su corta melena.

Necesita anotar los días; así que araña con fuerza su muslo hasta conseguir que la sangre brote. Con su dedo tembloroso, comenzó a escribir una pequeña biografía en la pared. Necesitaba leerla todos los días, para cuando perdiera la memoria.

Después de varios meses de extrañas pruebas, le dieron permiso para visitar el patio. Estaba algo más animado, saldría al exterior, respiraría aire puro. Alejaría de su jodida nariz aquel olor viciado, especiado con aromas de ultratumba.

La luz del sol le causó ceguera pasajera. La poca iluminación de aquella celda le había producido una fotosensibilidad a cualquier tipo de luz. Los ojos le escocían, no paraban de rociar su rostro de una sustancia pegajosa. Sabía que en aquel espacio al aire libre no estaba solo. Se oían los chasquidos intermitentes de aquellos seres, desnutridos y putrefactos. La cortina luminosa que cubría sus ojos solo le dejaba distinguir altas y oscuras siluetas que se aproximaban hacía él. Alguien le empujó con fuerza hacía una zona sombría. Pestañeo varias veces para adaptarse al cambio de luz. Frente a él un hombre alto y corpulento con una capucha que cubría casi todo su rostro le miraba interrogante. – le conocía – era aquel extraño tipo que saltaba la valla, para seguir sus movimientos todas las noches. Fue el primero que comenzó a hablar.

– ¿Qué tal con tu nueva vida? – le miró sin reprimir un amago de sonrisa.

– ¿Qué coño es esto? – respondió Michael cabreado.

– ¿Qué hacéis aquí? – los tendones expuestos de su rostro comenzaron a tensarse, provocando un colapso en la mandíbula.

No recordó más, le golpearon en la cabeza y amaneció sobre su colchón. Alguien entró en la caja de cerillas cuando Michael estaba dormido. La silueta de color amarillo cubría su cara con una mascara, se acercó para ver si respiraba. De un maletín plateado, extrajo un pequeño bote con una sustancia blanquecina; aquel producto era un inhibidor que neutraliza la enzimas y retrasa el proceso de putrefacción.

El rubio está preocupado, llega cansado después de cobrar los pagos. Tiene una comida con Toni. No sabe cómo iniciar la conversación, pero tiene que preguntarle si sabe dónde está Michael.

Siempre come en un viejo restaurante en el centro de Moscú. En la puerta puede distinguir a dos de sus compañeros, ataviados con impecables trajes negros, gafas de sol y su inseparable pinganillo. Les saluda inclinando la cabeza y entra sin más. El restaurante permanece vació cuando queda reservado por el matón. Una ancha camarera le rellena su copa de vino tinto. Toni siempre hace el mismo gesto, desliza su mano entre las piernas de la rolliza mujer, hasta llegarle a tocar la vagina. Después huele con deleite su dedo indice. – este puto tío me saca de mis casillas. – piensa el rubio casi en gritos dentro de su cabeza.

– Siéntate, querido rubiales. – le mira celebrando un triunfo con su mirada. – el rubio le mira desconcertado.

– Te has quedado sin novia. – la mirada perpleja del corpulento rubio le parecía una tira de humor que imprimen en los periódicos; su cara y las arrugas en su frente parecían dibujadas sobre el papel.

Una risa socarrona se desprendió repiqueando entre los dientes de Toni. Entonces el rubio dedujo de que se trataba.

– Quiero anunciarte que me voy a casar en España con Katia, dentro de tres meses. Estás invitado a la boda.

Después de tan suculenta celebración y de aguantar sus impertinencias, el rubio realizó la pregunta;

– Veras Toni, quiero comentarte algo. No sé si tú lo sabrás, pero Michael ha desaparecido.

– Ja, ja, ja…, esto sí que es bueno. Claro que sé que Michael ha desaparecido, pero no es del todo cierto.

– Creo que me merezco una explicación. – le dijo el rubio con tono de amenaza.

– Ese jodido químico es mi gallina de huevos de oro. La estoy protegiendo, lo entiendes. Necesito que cocine para mí. Estoy cansado de la puta XPARIS, quiero abrir otro laboratorio, pero solamente mío. Y necesito que me ayudes a lograrlo. Esta droga se vende sola.

©Julia OJidos Núñez ©Blog:

https://juliaojidos.wordpress.com/ Depósito Legal: Safe Creative

65647_TWD_1

Anuncios