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ADICTOS XVII

ADICTOS XVII

Lidia levanta la mirada asustada, está desconcertada. Descubre con horror una mirada que conoce perfectamente. Su amigo Víctor está frente a ella. Es difícil averiguar qué esconde detrás de aquel cuerpo. Comienza a estremecerse, desconoce el alcance del cambio. Su dorso está al descubierto, los pectorales segregan una sustancia grumosa de color verde. Le mira con atención a los ojos y entonces, se da cuenta con certeza que su viejo amigo sigue debajo de aquella coraza. Él se acerca despacio, intenta comunicarse, pero ya no puede hablar. Sufre un desgaste muscular en todo su cuerpo, se ha acentuado en sus cuerdas vocales, la atrofia muscular genera una parálisis en sus cuerdas. El aparato fonador ha dejado de emitir palabras. Solo pequeños gemidos guturales producidos con su lengua.
Ella le abraza con fuerza, él rechaza lentamente el abrazo. La mirada triste de Víctor la conmueve. Entonces se acuerda del pequeño Mateo y le pregunta.
– Víctor, ¿dónde está Mateo? – su mirada lo dice todo – Lidia sonríe.
– Gracias, amigo.
Michael ésta mañana se ha levantado más vigoroso que nunca, está lleno de energía. Ha tenido un sueño fantástico. Un desconocido entra en la cueva y le inyecta una solución por vía. El resultado es magnífico, el inhibidor de enzima; un agente químico capaz de catalizar los sustratos naturales invadiendo la toxina y reconstruyendo los cambios proteínicos causados por la sustancia. Se queda sentado en el borde del colchón, acariciando su cuero cabelludo. Intentando recordar el sueño. Recapacita sobre él y entonces cae en la cuenta que no era un espejismo, ni fruto de su mente somnolienta. Aquello había ocurrido en realidad. Sus preguntas le aturdían. No comprendía el juego que tenía la farmacéutica, le meten allí cómo a un indeseable. Le deshonran anulando; su integridad física y psicológica. Lo peor de todo es…, tener que enfrentarse al circo y a sus fieras.
Se levanta despacio, no sabe qué hora es. La pequeña ventana pegada al techo solo ilumina de forma precaria la pequeña habitación. Se lava la cara en el lavabo. Apoya sus manos sobre el seno y comienza a llorar. Las lágrimas inician una carrera sin rumbo, se pierden por el desagüe. Se derrumba…, sabe que está jodido y no confía en que pueda aguantar mucho más.
Después de invadirle la tristeza y la impotencia de estar en aquella guarida sin poder salir. Comienza a oír el mismo susurro de todos los días. Olga recita la melodía de su nana en cuando abre los ojos. Es un pequeño taladro percutor en el cerebro de Michael. Se sienta en el suelo y desaparece de aquel lugar. Canaliza todos los sentidos y despega hacía ese mundo sin tormentos, donde el sol se eclipsa y solo recibe el aliento de la oscuridad.
Éric despierta de su estado REM, en ese momento no se acuerda de que tiene la cabeza sobre el volante de un viejo coche aparcado en un lúgubre aparcamiento. Su cerebro empieza a recobrar la energía necesaria para iniciar los movimientos eléctricos que hacen mover sus piernas. Antes de ponerse en pie, le llega a los oídos un ligero sonido que le resulta familiar. Distingue en que lenguas emiten ese mensaje. Se incorpora; está decidido a comer. Él tiene claro que matará zombis, no humanos. Se esconde detrás de una columna y observa con atención. Se oye el sonido chirriante de una puerta al abrirse, pasos que se arrastran ligeramente por la superficie de cemento. Oye el goteo del agua en el sumidero, puede distinguir el fluido verde dentro de su cuerpo y el sonido latente del cerebro de otro zombi a mucha distancia. Los ve con claridad, van en grupo. Están desordenados, se da cuenta de que no cuentan con un líder. Aprovecha la oportunidad y sale de su escondite. En su mano intacta, sujeta un hacha afilada. Comienza a chasquear la lengua. Los seres putrefactos se desplazan hacia él seguidos por el reclamo. Los ve avanzar…, y decide quién va a ser su desayuno. Su decisión es acertada; el más viejo. Es incapaz de andar un paso sin caer al suelo. Comienza a correr hacía su dirección, sin importarle el peligro. Con un solo hachado hace que su cabeza se desprenda del cuerpo. La silueta de aquel viejo continúa andando en la misma dirección. Mientras que su cabeza, rueda por los aires eligiendo el sitio para estrellarse.
Éric emite una especie de rugido, áspero y profundo. Les está diciendo que es su presa; que él comerá primero. Los zombis se alejan varios pasos, pero uno de ellos se arroja al cuerpo que yace en el suelo y le comienza a devorar. Éric levanta lentamente su brazo ejecutor y deja caer el hacha sobre la cabeza del hambriento zombi. El perfilado filo del hacha ha caído a plomo. Su trayectoria ha sido contundente. Ha formado un profundo corte horizontal, formando una muesca oblicua; originando pérdida de sustancia en el hueso, quebrando esquirlas a su paso y vaciando parte de la materia blanda.
Levanta el hacha por encima de su cabeza, amedrenta a los zombis que miran curiosos la reacción. Fue entonces cuando se sintió poderoso. Metió el puño dentro del putrefacto cráneo, una vez dentro, escarbó sin cuidado la materia gris e introdujo su puño colmado de sesos en su quebradiza boca.
Izan conduce el camión que abastece de productos químicos la farmacéutica. Sobre el asiento del copiloto tiene la hoja de registro de entrada. Descubre su nuevo personaje desde el espejo retrovisor. Su transformación es asombrosa, el pelo amarillo canario, una nariz ancha que le llega hasta los duros pómulos, lentillas azules. Un rudo mentón. Sus labios disfrazan su verdadera identidad. Hoy es el gran día y entraría dentro de XPARIS.
El rubio se salta los protocolos de seguridad y desciende al laboratorio secreto. Está enfundado en el traje protector. El laboratorio donde se cocina la sustancia es grandioso. Siempre que entra en aquella zona se queda maravillado de la tecnología. Se desliza por el estrecho pasillo hasta alcanzar la puerta de luces en la jamba. Teclea el número identificativo y la puerta se abre. El jodido olor le llega explorando la nariz a través del casco.
Una vez dentro observa con atención las diez y seis mesas de autopsias que se perfilan en línea hacia el exterior del patio. Allí trabajan sin descanso. Recorre cada una de ellas intentando identificar a su amigo Michael. Ni rastro de su joven cuerpo.
Decide tomar otro camino, quiere ir a ver a Olga. Tuerce el segundo pasillo a la derecha y llega a la puerta donde cuelga la grafía del número tres. Introduce la clave de seguridad y entra en la caja. Apenas puede ver un palmo, pero avanza un poco hasta llegar a la cama. Olga se levanta y le mira de forma curiosa. Fue entonces cuando empezó a susurrar la misma nana. Aquella melodía descompasada, acompañada por trazos de voz inaudibles de pequeños ronquidos que emitía su garganta. Al rubio le invadió la compasión. Ella notó que sacaba algo del mono de seguridad. -Ella se tiró al suelo, la melodía fue más agitada, mientras no paraba de mirar al intruso; descolgó la rejilla que le separaba del habitáculo de Michael.
Michael notó la inseguridad de aquel canto; era cómo el tañido de un piano cuando las patas de un gato caen sobre él. Se tiró cómo pudo al suelo, separó la rejilla, pero fue demasiado tarde. Alguien le inyectó en el cuello una solución que le produjo convulsiones hasta ocasionarle la muerte. El grito ahogado de Michael se oyó por todo el patio. El rubio se asomó a través de aquel caprichoso agujero.
– Michael, ¿eres tú? –le dijo mientras mantenía su mirada a través de la máscara.

Irina abre los ojos, llevaba varios días en coma inducido. La última fórmula le ocasionaba colapsos respiratorios y arritmias incontroladas. Volvía a tener sed, Michael estaba a su lado. Se había quedado dormido a un lado de la cama. Irina le recordaba con menos pelo. Para su asombro el pelo le había crecido fuerte y sano por toda la cabeza. En ese momento, ella levanta los brazos y empieza a acariciar su espesa melena. Una sonrisa se dibuja en su rostro, está recuperando el cabello. Un ligero movimiento hace despertar al agotado Michael. Él pestañea ligeramente y estira los brazos por encima de sus hombros. Irina lo recordó cómo aquella mañana en el metro. Su cara no presentaba secuelas de los colapsos faciales. Tenía su tez tersa e hidratada. No pudo resistirse acariciarle la cara. Michael cogió suavemente su mano y la besó con ternura. Eran cómplices de un triunfo, pero lo bueno se iba a acabar pronto.
Hao respiraba con dificultad, delante de él un ser encapuchado le miraba fijamente. La danza de las brillantes e intermitentes llamas que emitían los quemadores, impedían ver con claridad el rostro que se situaba delante de él.
Una sonrisa taimada se despierta con recelo en sus labios. Mira a Hao de forma divertida, sabe el miedo que se desprende de sus poros y disfruta saboreando ese momento.
Los latidos de Hao se van pausando, intentando guardar un equilibrio con su respiración. En aquel oscuro agujero el calor es insoportable, nota sobre sus labios el sabor salado del sudor.
Aquella recortada silueta se quita la capucha y Hao comienza a respirar. Una sonrisa nerviosa empieza asomar en sus labios.
En pocos minutos Hao estaba rodeado de varios jóvenes que empuñan varios artilugios metálicos.
– Me llamo Hao. ¿Dónde están los zombis? – sin mediar palabra el joven que mantenía su mirada movió la cabeza en dirección a las máquinas que funcionaban sin descanso.
– Este lugar no les pertenece, estamos recuperando varios puntos estratégicos. Este era uno de los más importantes.
El joven que daba instrucciones y mantenía en orden aquel dispositivo era un gran soldado. El soldado del pueblo, así le llamaban.
Recorrieron juntos cada rincón de la Universidad, encontraron varios zombis en estado REM cerca de la capilla. No se enteraron de nada. Se abalanzaron sobre ellos y les arrancaron la cabeza. Los quemaron junto a los restos donados a la ciencia.
Las palabras del rubio resonaban en su cabeza. Michael estaba fuera de sí. No podía soportar estar más tiempo en aquel agujero. El rubio abrió despacio la puerta de aquel maldito lugar. Le sorprendió el estado de su joven amigo. Su pelo ralo se desprendía al mover la cabeza. Sus ojos ya no derrochaban inteligencia; mantenía la mirada perdida. Estaba sumido en un profundo abismo, donde las serpientes esperaban hambrientas.
El rubio se acercó despacio, con la mano extendida se fue aproximando dónde estaba Michael. Se agachó para intentar calmar su estado. Lloraba como un niño, su cuerpo permanecía tirado en el suelo, formando un pequeño ovillo. Le agarró con fuerza de la mano y le trasmitió tranquilidad. Fue entonces cuando regresó. Notó que alguien le llamaba. Fue aflojando la tensión, el miedo fue desapareciendo. Le inyectó un sedante, antes de hacerlo le habló despacio para que le comprendiera.
– Tío, te voy a sacar de aquí. Vendré todos los días. Te prometo que pronto estarás fuera. – le colocó sobre el colchón y se marchó.

Lidia estaba convencida de que el rubio estaba cerca. Así que con Víctor protegiéndola se encaminó hacia la parte trasera del Pub. Aquella zona apestaba. El despacho de Toni, estaba cerrado con llave. Quería entrar dentro. Empujó violentamente con su hombro, pero solo consiguió un fuerte dolor que le subía hasta la nuca.
Intentó empujar de nuevo, sin resultados. Se sentía algo mareada. El estómago revuelto. No pudo mantener el equilibrio y se desmayó. Fue entonces cuando Víctor de una patada, derrumbó la puerta. Conocía perfectamente aquella estancia. Sabía que en una de aquellas puertas había una cómoda cama, repleta de bonitos cojines. La cogió en brazos y posó cuidadosamente su cuerpo en una de ellas.

Izan ya estaba dentro. Su trabajo era intentar sacar información sobre cuando y donde iban a desplazar la mercancía al centro de Europa. Bajó del camión y entrego la hoja de ruta a los militares para que la sellarán. Con un fluido ruso, preguntó por el lavabo; la caseta estaba a escasos metros del camión. Gracias al volumen de mercancías los militares apostados en la entrada tenían limitada la visibilidad. Entraban y salían camiones con productos o desechos del laboratorio las veinte y cuatro horas del día.
– Este es mi turno. – se dijo mientras se secaba las manos con un trozo de papel.
Salió del lavabo fotografiando con una cámara oculta todas las entradas y matrículas de los camiones. Una grúa descargaba grandes contenedores, rotulados con letras gigantescas el nombre de la farmacéutica “XPARIS”.
A Izan le inquietaba aquellos voluminosos y metálicos contenedores. Disimuladamente se desplazó hacía uno de los primeros. No había visto ningún contenedor de aquel tamaño y forma. Fotografío desde varios ángulos. Eran capsulas de color brillante, con varias válvulas en los extremos y un par de compresores. Parecían vagones de tren modificados. Un pequeño termómetro en el exterior marcaba la temperatura. Estaba intentando descubrir para que querían aquellos artilugios…, cuando alguien le puso una mano sobre el hombro. En perfecto ruso, comenzó a reír y hablar al mismo tiempo.
– Tiene gracia amigo, estaba pensando que este puto trasto, parece el supositorio rectal que me he puesto esta mañana. Soy de intestinos agarrados, seco. Ya sabes…, – se puso rojo cómo un tomate. – El militar se rascó la espesa barba y agarro con fuerza su arma. En ese momento Izan sale corriendo en dirección al retrete, con la mano apretando su culo.
El militar se quedó con la boca abierta, contemplando el panorama…, estalló en una carcajada hueca, producida por su falta de diversión. No paraba de reír, doblaba su cuerpo hacía delante intentando evitar el dolor vertiginoso que asomaba en su abdomen.
Izan mantenía la calma, estaba claro que ese momento le serviría para poder ordenar sus actuaciones antes de salir de allí. Así que decidió extraer la tarjeta micro SD de la cámara espía. La depositó en una pequeña bolsa y a continuación se la introdujo por el recto. La pequeña cámara acabó en el retrete.
El cielo se empezó a cubrir por unas gigantescas nubes que amenazaban lluvia, a lo lejos se veía el pequeño centelleo de los rayos antes de caer al suelo. El olor limpio a tierra mojada inundó por un instante su olfato.
Salió despacio, con la esperanza de que el militar hubiera regresado a su puesto. Volvió a mirar hacia donde seguían depositando las cápsulas gigantes y se dirigió hacia su camión.
Lidia despertó después de cuatro horas inconsciente, le dolía mucho el abdomen, intentó levantarse de la cama, pero no pudo. Víctor no estaba en aquella habitación. Ella miraba distraída los detalles de aquel lugar. El olor la confundía. La extraña mezcla del incienso y los retazos de otros desagradables olores…, la levantaron de nuevo el estómago. Su cuerpo cansado se arrastraba despacio por el colchón. Necesitaba salir de allí. Se sentó en el borde de la cama e intento con un pequeño impulso ponerse de pie. Notó un ligero escalofrió al descubrir que una silenciosa humedad inundaba su ropa interior. Horrorizada recordó que había tenido dos faltas en su periodo. Intentaba recordar cuándo. El agotamiento de los últimos días, la necesidad de encontrar al rubio. Todo aquello había ocupado sus pensamientos durante aquellos últimos meses.

Éric ha controlado perfectamente la situación, sale del aparcamiento con un solo deseo. Encontrar a Lidia. Comienza a chasquear la lengua y varios individuos le siguen. Ha seguido su rastro. Ha encontrado pruebas que demuestran que ha estado en aquella habitación, sobre la cama. Ha podido identificar el olor íntimo que conocía muy bien. La intensidad de su aroma se ha mantenido intacto sobre la cama. Acerca su nariz aguzando su olfato; entonces descubre otro olor desconocido; un olor añejo. Es diferente, pero sin duda pertenece a Lidia. Le recuerda el olor a la levadura, la acidez de ese aroma le confunde. Cómo médico sabe que se trata de que algo está ocurriendo dentro de Lidia.
Permanece sentado sobre la cama, con los pensamientos viajando en el pasado, intentando recordar la última vez que hicieron el amor.

También disponible en Wattpad

http://www.wattpad.com/124351196-adictos-i-julia-ojidos-parte-17/page/5

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

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