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ADICTOS XVIII

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ADICTOS XVIII

 

Michael despierta de su ciclo de visiones estrambóticas, ha perdido totalmente el norte. Sólo recuerda la mirada del rubio cuando cerró la puerta de la caja de cerillas. Su vida trascurría sin esperanza; todos los días la misma miserable rutina.  Sus pesadillas eran cada vez más complejas tenían una respuesta emocional que despertaba su lado más turbio. La desesperanza y la cruel realidad comienzan  a hacer estragos en su inteligente cabeza. La soledad era lo único cuerdo en aquella habitación. Los recuerdos de la muerte de Olga se mostraban lejanos y a la vez latentes en sus pensamientos. Todos los días la misma figura de rostro inexpresivo se acercaba a él con sumo cuidado e inyectaba aquella extraña sustancia que hacía restablecer sus movimientos y ordenar las ideas en su cabeza, pero en pocas horas volvía a su estado inerte. Las palabras se estrechaban en su garganta atorando la posición de la lengua. Sus ojos se perdían en un estado sin retorno. De vez en cuando se atrevía a mirar sus manos. Las giraba lentamente e incluso las mordía.

El soldado del pueblo, hablaba amistosamente con Hao. Estaban haciendo el reconocimiento rutinario en la zona. La universidad estaba tomada por los militares y los equipos de apoyo ciudadano. Todos y cada uno de ellos tenían una misión. La universidad se había convertido en un centro de operaciones e investigación.

Las grandes salas donde se practicaban las autopsias se habían convertido en gigantescos laboratorios, todos organizados y supervisados por Michael. Él había conseguido restablecer los tejidos, gracias a tres componentes que se usan contra una de las enfermedades más despiadadas de la historia “la lepra”. Un fármaco múltiple, a base de rifampicina, clofazimina y dapsona. A la vez ha estudiado los cambios de la tirosina en el desarrollo de múltiples enfermedades generadas por la sustancia en algunos individuos. Dónde el proceso de las glándulas tiroideas se había desestabilizado. Había conseguido muchos avances. Estaba orgulloso de sus logros, pero seguía teniendo dudas sobre el periodo de estabilidad del tratamiento. Irina no ha podido recuperar la movilidad de uno de sus brazos. Sigue sometida a pruebas.

Irina despierta sobresaltada, las pesadillas le persiguen sin tregua desde que recuperó su estabilidad emocional. Se encuentra en una gran sala. Se sienta, apoya la cabeza en la pared. En ese momento se da cuenta de que vuelve a ser ella misma. Saborea sus labios y recuerda…

Levanta cuidadosamente los brazos hasta alcanzarse la cabeza. Mira distraídamente hacía delante y ve unos pequeños ojos que le observan en la oscuridad. Sabe de inmediato que aquellos dulces ojos pertenecen a Hao. Su rostro se desdibuja con el haz de luz que entra por la ventana. Sabe que ha estado con ella desde el comienzo. Aparta despacio la sábana que cubre parte de su cuerpo y se dirige hacia él. Comprueba lo satisfactorio que es sentirse; amada, querida…

Hao se levanta algo nervioso, las lágrimas afloran tímidamente resbalando por sus mejillas. Solo quedan un par de pasos para alcanzarle, cuando Irina desfallece en sus brazos.

Victor lleva a Lidia en brazos, está muy débil. Sabe que si no actúa rápido puede morir. Se desplaza cuidadosamente por los barrios ocupados por zombis. La ciudad está sumida en una tétrica oscuridad. Las calles están desiertas, los edificios abandonados. El olor de aquellas calles violenta cualquier olfato. La imaginación de Víctor y su capacidad de recrear las imágenes de lo ocurrido, comienzan a despertar su deseo de comer. Mira hacía un lado de la calle y ve como si de una película se tratara lo que ocurrió antes de la ocupación.

Un día tranquilo donde los vehículos se desplazan por la calzada cómo cualquier otro día. Estaba amaneciendo, se veían luces encendidas en los edificios de oficinas. La gente iba llegando a sus puestos de trabajo. Los autobuses paraban en las paradas. Los arboles mecían sus hojas recreando un refrescante sonido, sin alterar el tiempo, ni el espacio. Sin embargo, algo empieza a ocurrir. La pequeña brisa que despierta las hojas de los árboles sé para por completo. El aire se vuelve pesado haciendo presión sobre la cabeza, las imágenes se van perdiendo y comienzan a rebobinarse una y otra vez…

 Alguien emite un grito, el sonido disminuía hasta desaparecer por su garganta. Todo comienza en un aparcamiento cercano, al lado de la estación de trenes.  Después es muy confuso, la gente sale despavorida de los coches, con la mirada perdida. Queriendo alejarse de la jauría que empieza a formarse a la salida de la estación. Fue entonces cuando vio con claridad de que se trataba. Un grupo de gente avanzaba deprisa hacia los coches, escalan edificios…, comienzan a matar.

 

Víctor sigue avanzando, recorre con la mirada cada rincón de la calle. Está buscando desesperadamente de donde procede un leve chasquido que emite una lengua desgarrada. Sabe con certeza que le observan; que le siguen…

El olor metálico de la sangre de Lidia despierta su lado animal, la sed se convierte en algo insoportable; sus ganas de comer se mezclan con pequeños calambres en su abdomen. El hambre real es superado por el sencillo deseo de satisfacer el lado psicológico, quizá por la angustia de salvar a Lidia o simplemente matarla con sus propias manos. Se despierta una ansiedad creciente, inducida por los sonidos cada vez más audibles y cercanos.

El rostro de Lidia se convierte en una delicada pieza de porcelana blanca, las venas del cuello están inflamadas. Sus piernas están cubiertas por finos hilos de sangre. Víctor sabe que tiene que encontrar un sitio seguro, un lugar dónde pueda descansar y ocuparse de Lidia.

Intenta avanzar por la calle con cuidado, la calzada está cubierta por muebles, restos de cuerpos y retazos de edificios. Cada vez están más cerca; observando desde algún lugar cercano. Nota su mirada, incluso sabe lo que piensan. Está agotado y desesperado, apenas tiene fuerza para sostenerse en pie. Necesita comer. Tiene que ahorrar energía para poder alimentarse. Así que decide entrar en una pequeña farmacia. En la trastienda; deja el cuerpo de Lidia sobre una silla. Entra en el pequeño baño y descuelga la toalla. Agrupa unas grandes cajas repletas de productos y las cubre con un plástico. Levanta a Lidia y la coloca sobre ellas. A continuación le rompe las bragas, lava cuidadosamente su zona íntima; quiere saber a qué se debe tanta sangre. Ve con claridad su abdomen abultado y se da cuenta de que está embarazada.  Cruza las piernas de Lidia y la mantiene en posición de costado. No puede esperar más y permanece escondido en la entrada de la tienda. Sabe que el olor irresistible de Lidia, acercará a algún zombi hasta su ubicación. Entonces llegará el momento de comer.

Han pasado varias semanas desde que Michael comenzó el tratamiento. Su estado ha mejorado notablemente. Las visitas del extraño personaje que parece levitar con su traje amarillo, empiezan a ser agradables. Permanece más tiempo cuerdo. Lee atentamente las anotaciones que había realizado en la pared meses atrás. Incluso tararea canciones que recuerda. Está en un proceso evolutivo. Desde que le comenzaron a inyectar la enzima, no le han permitido salir al patio. Esa misma mañana, cuando el extraño hombre disfrazado cruza el dintel de la puerta. Se desplaza con rapidez para recibirle.

– Me llamo Michael, sabes… – lo dice cómo si fuera la primera vez que pronuncia su nombre. La inseguridad de sus palabras hace que el extraño le mire de forma divertida.

– Yo me llamo Iván. Michael, necesito que te tumbes en la cama. ¾ en esos momentos Michael se quedó paralizado. Su cuerpo no respondía.

– ¡Michael! me estás escuchando…, – no esperó su reacción. Michael, le golpeó varias veces contra la pared, con una furia incontrolada. Quería salir de allí, como sea. Le mantuvo presionando la garganta a través de la máscara, hasta que pudo comprobar que lo había matado.

Jadeaba cansado, después de su hazaña. Era la única forma de salir de allí. Se agachó, registró sus bolsillos; en uno de ellos, se mantenía intacta la dosis de la enzima. No espero mucho más para inyectársela. Le desnudó y ocupo su lugar. Se desplazó por los pasillos con cuidado. Tenía que llegar al vestuario e intentar salir al patio. En todo este tiempo, había pensado en un abanico de posibilidades, que fueran viables para salir de allí ileso.

No muy lejos de allí, el rubio no paraba de insistir a Toni que dejara libre a Michael. Intentaba convencerle.  Nunca pudo sospechar lo que ocurriría después.

– Es la única forma de mantener el control. – arqueó despacio las cejas mientras se le escapaba una malvada sonrisa.

– Queda poco tiempo, para desaparecer. No es necesario tratarle así. Es uno de los mejores químicos que conozco. Si sigues suministrándole la droga, acabarás con él y tu puto negocio se irá por el retrete. ¾ estaba lleno de furia, mantenía el puño sobre la mesa. Cada vez lo presionaba con más fuerza hasta que los nudillos se blanquean.

– No te preocupes tanto, dentro de dos noches. Ya no estaremos aquí, tu querido Michael tendrá que demostrar lo mejor de él, para que no acabe en el retrete.

Los termos ya estaban listos para volverlos a cargar en los camiones. Izan había conseguido que le contrataran como conductor de uno de ellos. Llevaba varias días sin salir del piso franco. Se mantenía en contacto con su equipo. Analizaban e intentaban averiguar que podía contener aquellas gigantescas cápsulas. El rubio seguía sin poder comunicarse. Sabían lo vigilado que estaba. No podían arriesgar la misión. Solo tocaba esperar…

La zona de la complutense estaba acordonada por militares, se veían en lo alto de los edificios. Desde el cielo se podía diferenciar las tiendas de campañas donde guardaban el armamento y los víveres.  El área estaba protegida por vallas electrificadas, había cámaras de seguridad por todos los lados. Sin embargo, habían descuidado la entrada del metro. Un lugar de lo más apetitoso para un puñado de zombis hambrientos.

Michael estaba observando las imágenes que proyectaba el microscopio digital. Las pruebas de piel de varios individuos, le alarmaban. Había descubierto otro problema degenerativo causado por la melanina y una espora desconocida, con un histórico muy parecido a la “Tinea Capilis”. Ha realizado pruebas a tejidos de personas supuestamente sanas y contrastado con el estado de la melanina en la piel escamada de varios zombis, ese cruce de información le llena de dudas. Las pruebas no son nada concluyentes y aparecen otra vez ciertas dudas sobre la forma del contagio.

Irina sale al exterior, respira el aire primaveral que se confunde con el verano. El sol brilla, apenas hay nubes en el cielo. Mira su entorno y suspira. Llena otra vez sus pulmones de aire y se pierde en el paisaje que está delante de sus ojos. Los pájaros intentan hacerse oír entre los ruidos de compresores y motores de camión estacionados cerca de la entrada.  El ajetreo la distrae, mantiene su mirada fija en un grupo de militares que aguarda instrucciones de su capitán. Una mesa parecida a la que usan los sastres está dispuesta bajo un frondoso árbol. Allí un par de militares mantiene desplegado un plano. Conversan animadamente. Irina se gira sobre sus talones, necesita observar la cara de Hao que la mira sin perder detalles de sus acciones. Bastante embelesado, coge su cara entre las manos, se aproxima lentamente y deposita un dulce beso en los agrietados labios. Irina cruza sus piernas para intentar no caerse. Le tiembla todo el cuerpo, siente algo muy fuerte por Hao, pero verdaderamente está enamorada de Michael.

No muy lejos de dónde están ubicados, desde la copa de un árbol. Un hombre encapuchado los observa desde la distancia. Se baja de un salto y comprueba si su séquito sigue cerca de él.  Éric está pletórico, sabe dónde está Irina, ha reconocido su olor, tiene la esperanza de que Lidia pronto estará con ella. Tiene que ser cuidadoso; parece que la sustancia en su cuerpo permanece anquilosada, apenas se aprecian otros cambios.

Solo tiene que permanecer en la sombra, sin hacer demasiado ruido, sabe que pronto Lidia estará junto a él.

El edificio está rodeado, no saben cómo escapar. El rubio lleva a rastras a Toni, ha perdido mucha sangre de su destrozada pierna. Sabe que no durara mucho en convertirse, tiene que intentar llevarle a la universidad, sabe que los militares y el equipo de seguridad internacional acampan bajo el mismo cielo. Les sorprendieron en el Pub Rengato, fue un momento crítico, en poco tiempo Toni había perdido a sus hombres.

Michael estaba intentando desconectar una alarma de la salida de emergencia, todavía permanecía con el traje amarillo. Intentaba no ser reconocido, ni siquiera por las cámaras de seguridad. Caminaba vacilante, sin saber muy bien adonde dirigirse. Calculó mentalmente su recorrido y salió al exterior. Los sonidos de una alarma se mezclaban con los ensordecedores sonidos de miles de lenguas al chasquear. Era un sonido que se pegaba violentamente en los oídos; le quitaba la cordura de golpe y simplemente te hacía saltar al vacío sin conocer el final del viaje. Aquella imagen fue sobrecogedora, miles de personas medio desnudas se acercaban hacía su dirección, tambaleándose, haciendo chasquear sus lenguas putrefactas. El inconfundible olor acechaba su olfato con brusquedad. Se sentía acorralado. Desde el interior de aquella masa humana llena de lenguas demembradas sujetas por pequeños jirones, emitían un grito desgarrador. Apareció una figura oscura, temerosa por los que le rodeaban. Alzó su mirada y se dirigió a Michael con una insólita pero familiar conducta. Se paró en seco, se colocó a escasos centímetros de su cara. Los desgarros de su rostro vibraban al chasquear la lengua. Un sonido gutural, salía de su interior como un trueno dentro de una cueva. La textura de aquel sonido puso rígido a Michael que retrocedió varios pasos hacia atrás.

– Si me ayudas a salir de aquí, podrás recuperarte. Vivir la vida que siempre has querido. ¾ su mirada era tensa y fría detrás de aquellos ojos hundidos y secos se posaban con frialdad sobre los de Michael.

– Sé que eres químico, pero no llego a entender porque estás aquí. – la dislalia se acentuaba en cada palabra. La manera de reproducir los sonidos hizo que Michael diera un respingo.

Estaba muerto de miedo, pero aguantó la mirada de aquel hombre corpulento y deshilachado que controlaba su reino con tan solo chasquear la lengua. Se produjo un frio silencio y el escuadrón de grotescos muertos vivientes comenzó a moverse. Se desplazaban arrastrando los pies hacía el final del patio; hacía las sombras. Fue entonces cuando Michael habló de su propuesta. Fue un trato justo. El jefe de las sombras le ayudaría a escapar a cambio del elixir de enzimas. La sustancia que le ayudaría a recobrar su vida anterior o eso creía.

Alguien se acercaba bastante rápido; desde la puerta podía ver con claridad quien era. Victor aguantaba cómo podía, agachado y muerto de hambre, esperaba el momento de actuar. Lidia estaba atontada, la pérdida de sangre y la bajada de tensión la hacían vulnerable a cualquier contratiempo. Tenía frío, desde aquella posición, encima de la improvisada cama, veía claramente la postura de un depredador al acecho de su presa. Aguantó como pudo la mirada, no quería perderse lo que venía a continuación. Los ojos le escocían, notaba que comenzaba a marearse, pero aun así, continuó mirando. Alguien saltó sobre Víctor, los gemidos se oían por todos los rincones, uno de ellos estaba herido. El chasqueo intermitente de sus lenguas, le hizo pensar lo peor. Cerraba de vez en cuando los ojos, temerosa de ser descubierta por aquel hombre que no paraba de morder a Víctor en el brazo. Un seco sonido de la rotura de un hueso, hizo que Lidia volviera a abrir los ojos. Sus labios secos y agrietados le escocían. Tenía una extraña sensación. Cuando miró en dirección a Víctor, solo pudo ver restos de un cuerpo. En ese momento no supo identificar de quien se trataba. Estaba hecho pedazos. Las paredes repletas de salpicones de sangre. Y no había nadie vivo. Intentó levantarse con cuidado, pero no tenía fuerzas. Se mantuvo varios minutos sentada. Avanzó para cerciorarse de que Víctor estaba vivo. Se levantó y fue apoyándose por las paredes. La víctima que apareció en el suelo, no era él. Tenía parte de los intestinos, estrujados y fuera de su cavidad. Le faltaban varios órganos. Entonces se dio cuenta de que tenía que salir de allí, el aire transportaría el olor de aquellas vísceras y si no actuaba estaba perdida.

Michael estaba planeando volver a bajar a la caja de cerillas para poder deshacerse del cuerpo, aunque no sabía cómo hacerlo. Se le ocurrieron varias alternativas. Estaba convencido de que había hecho un buen trato, pero tenía que seguir jugando su papel. Así que ofreció carne fresca a los muertos vivientes que se agolpaban en la sombra, esperaban ser cazados o simplemente jugar a ser depredador.

Se adentró de nuevo en el laberinto de puertas y pequeños habitáculos, dónde el calor y el olor a sangre no pasaban desapercibido. Entro con cuidado, intentando hacer el menos ruido posible. Se estremeció cuando vio la postura del cadáver que horas antes había dejado sobre el colchón. Al parecer seguía vivo cuando él se marchó. Su cara estaba repleta de venas azuladas, los ojos casi saliéndose de sus orbitas. La boca entreabierta dejaba escapar un pequeño hilo de sangre. Estaba a medio camino de la puerta y el colchón. No espero más tiempo, corto primero sus miembros inferiores; así hasta que acabo siendo un rompecabezas del cuerpo humano. Lo puso sobre la manta y salió con los restos al exterior.

Ya había anochecido, el frío dejaba su mensaje dentro del vaho que salía por su boca. Estaba angustiado, nunca pudo imaginar que le tocaría hacer una cosa así, matar y descuartizar a un hombre. El hombre que le inyectaba la sustancia salvadora, la que hacia recuperarse cada día.

El rubio estaba harto de las impertinencias de Toni. Decidió bajar otra vez a ver a Michael. Estaba ideando un plan para sacarle de allí. Solo faltaban unos pasos para llegar a su puerta, cuando descubrió un reguero de sangre en el suelo, se abría paso hacía una puerta  trasera. Sin pensarlo dos veces se dirigió hacia la salida que daba al patio. Vio cómo devoraban los restos de una persona, entre empujones y peleas. Retrocedió rápidamente, tenía miedo de que aquella jauría se abalanzará sobre él.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

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