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ADICTOS XIX

Irina se ha levantado al alba. La universidad sigue inmersa en sombras, los ruidos cercanos se cruzan con las voces de los militares; se desplazan de aquí para ya por la explanada principal. La noche ha sido muy larga para la joven. Su cuerpo le exige poner un pie en el exterior, necesita recuperar aire limpio; el aire viciado del interior le martillea sutilmente su estado anímico. En la entrada principal un par de soldados la miran apretando los labios con expresión de terquedad. Inclinan la cabeza y la dejan salir al exterior. Las grandes puertas de cristal se abren automáticamente cuando da su primer paso.
La suave brisa hace que su cabello se levante ligeramente de los hombros. Se estremece al sentir la delicada caricia en su nueva piel. Los poros de su cuerpo se trasforman en piel de gallina. Intenta abrazarse con sus propios brazos, pero solo consigue perder el equilibrio. Se apoya contra una de las columnas de granito que sujeta el dintel de la puerta. En esos momentos se deja llevar por extrañas sensaciones que la persiguen desde que su cuerpo comenzó a desquebrajarse. Situó su mirada en el centro de la gran explanada y sus sentimientos y sensaciones le mostraron unas claras imágenes de lo que iba a ocurrir.
Solo pasan unos minutos cuando los soldados comienzan a ocupar sus posiciones. Detrás de la arboleda un grupo de zombis, estaban trepando sin éxito la alambrada electrificada. Intentaban invadir aquella área, con un único propósito. Llegar hasta Michael.
Lidia camina por la calle sin rumbo fijo. Intenta no ser vista, pero el agudo dolor que tiene en el vientre le hace parar a cada paso. Se para, intenta recuperar el aliento antes de que el dolor punzante que le recorre el abdomen vuelva a aparecer. Tiene la ropa desgarrada, el sudor ha dejado pegado su pelo en la nuca y en su rostro. Está muy pálida a causa de las pérdidas que ha tenido las cuatro últimas horas. Necesita alcanzar su casa. Allí dejó a Éric, necesita decirle que está embarazada. Que tienen que intentar sobrevivir. Que su futuro no puede ser truncado por aquel desafortunado episodio de contagios. Solo quiere dormir a su lado y sentirse protegida. El tapa cubos de un coche se deslizan chirriando por la calzada en cuesta, aquella pendiente hacía que sus gemelos se tensaran y la falta de azúcar en la sangre le ocasionaba un dolor lejano, pero intermitente. Apenas podía coger aire; cuando en un último intento por llegar a la cima, una cálida mano le sujeta por los hombros. Cuando entorna los ojos para tener mayor visibilidad, ve la sonrisa del rubio, su salvador. Junto a él, un hombre corpulento con los brazos tatuados, sin mediar palabra, la cogió en brazos. El rubio miraba a ambos lados de la calzada, Lidia se dio cuenta de que no eran los únicos que sabían dónde estaba. Los dos hombres llevaban colgados fusiles de asalto, se cubrían con chalecos antibalas. En sus cinturones colgaban machetes y más artilugios para combatir. No paraban de mirar por todos los lados. Lidia notaba la ansiedad que se instalaba en el pecho de aquel extraño que portaba su desvalido cuerpo. En pocos segundos un chasquido que Lidia conocía, comenzó a oírse por toda la calle.

Hoy era el día señalado. Izan había descubierto que aquellas grandes cápsulas partirían llenas de la sustancia nitrogenada con destino España, haciendo parada en varios países. La forma de mover aquellas enormes moles plateadas en forma de supositorio era por tren. Todo estaba previsto para que esa misma noche, la flota de camiones pusiera rumbo a la vieja estación. Esa misma mañana recibió una llamada para que realizara un trabajo de carga y descarga para la farmacéutica XPARIS. La empresa de servicios para la que trabajaba le había comunicado que viajaría en tren custodiando la mercancía. Su cliente en este caso la farmacéutica necesitaba gente de confianza. La farmacéutica desconocía que la mayoría de la sustancia que transportaban era pura, sin adulterar. Era la única manera que tenía Toni para asegurarse triplicar su valor.

Michael sabía que no tenía mucho tiempo, antes de ser descubierto. Tenía la tarjeta identificativa del tipo que sirvió de alimento aquella mañana a un grupo de zombis. Intentaba no ser visto, así que dormía en la caja de cerillas; gracias a la tarjeta y al disfraz amarillo tenía más posibilidades de moverse. Lo planeaba todo, desplazaba el colchón dónde dormía y anotaba cuidadosamente todas las fórmulas que podrían resultar idóneas para determinar qué tipo de enzima, podría ser la causante de aquella anomalía en el cuerpo humano. Anotaba el material y todos los artilugios que necesitaría. Antes de dormir, repasaba concienzudamente todas y cada una de las palabras que labraba en el cemento.
Al día siguiente alguien entró en la caja de cerillas, no sabía muy bien quien era. Cuando abrió los ojos, intentó enfocar la vista, calibrar la figura que se acercaba despacio. Enseguida detecto unos labios conocidos que sonreían amablemente.
– Hola, ¿cómo te encuentras? – aquella trémula fonía; grave y seca hacía que Michael se concentrara en la respuesta.
– Necesito salir de aquí…, – arrastraba las palabras, tardaba en conjugar de forma correcta los verbos. Había dormido muy poco y su cerebro comenzaba a ralentizar sus pensamientos.

Permanecía con los ojos perdidos, parecía que la actividad cerebral estaba en pausa. El rubio siguió hablando, pero Michael no atendía a sus palabras. Fue entonces cuando decidió actuar. Sacó la sustancia enzimática y se la inyectó en el cuello. Comenzaron los calambres en las extremidades ocasionada por los impulsos nerviosos. Las sacudidas eran violentas, pero al alcanzar los dos minutos, el cuerpo de Michael dejó de votar sobre el colchón. Acto seguido, el rubio refrescó con una gasa la frente y esperó impaciente a que despertara.

Izan había llegado a la farmacéutica un par de horas antes. Pasó el control de seguridad de la entrada. El gigantesco escáner, cómo los que suele haber en los muelles de carga en los puertos, escaneaba el camión que conducía. Cuando le dieron luz verde para mover el vehículo, respiró profundamente. Llevaba un arma camuflada en el alerón de la cabina.

Éric estaba buscando la manera de cruzar la alambrada que le separaba de su objetivo. Sabía que tenía que encontrar una entrada sin ser visto. Estuvo varios días estudiando los movimientos de los militares en la explanada delantera de la facultad. Hasta que decidió meterse por el conducto de ventilación del metro, le separaba escasos medio kilómetro de la estación Ciudad Universitaria.
Víctor regresó a la farmacia en busca de Lidia, había conseguido provisiones. Al entrar en la farmacia se encontró con los escasos restos de carne pegado en el suelo. Estaba claro que aquel manjar fue devorado por un grupo de salvajes zombis. Temía que parte de la sangre encontrada en la trastienda y los restos de una mano derecha, no fueran de Lidia. Cogió una bolsa y depositó en ella medicamentos, gasas, morfina y codeína. Realizó una inspección ocular y se marchó intentando seguir el rastro que Lidia había dejado.

Michael salió al patio, de alguna manera se había ganado la confianza del cabecilla del grupo. Todos los días y gracias a él rubio, les entregaban restos de animales que desechaban en el laboratorio. Los mantenía ocupados mientras en jefe y él conversaba sobre los adelantos en la fabricación del suero. La capacidad regenerativa de los músculos era bastante significativa.
– Necesito probarlo, ¿cuándo estará? – siseaba al hablar y dejaba escapar varios esputos que le brotaban entre los dientes.
–  Ya queda poco, tiempo. Sabes que la primera dosis que aguante unas cuatro horas será para ti. –  intentaba colocarse hacía un lado, para que no le volviera a salpicar.
– Tienes solo dos días, es el tiempo máximo. – para decir estas palabras se tomó su tiempo.
–  ¿Solo dos días? –  le preguntó disgustado. No volvió abrir la boca, solo hizo un gesto que Michael comprendió de inmediato.

Esa misma tarde, recibió la visita del rubio en la caja de cerillas. Tenía ganas de comunicarle que pronto saldría de allí. Estaba previsto que en un par de días, un convoy con destino a Europa partiera de la vieja estación de Moscú, subiría como pasajero. Su aspecto había cambiado mucho. Gracias a su traje amarillo y la tarjeta de seguridad pudo visitar durante muchas horas el laboratorio. Allí era dónde daba forma y sintetizaba la fórmula enzimática. Se la inyectaba el mismo todos los días. Aprovechaba para colarse en el recinto, cuando el último de los técnicos del laboratorio terminaba su jornada. Era muy precavido y entraba desde los vestuarios, una zona dónde no pasaban controles de seguridad.

Lidia estaba asustada, tenía un remanente dolor de cabeza, notaba que le palpitaban las sienes. Estaba muy cansada. Sentía náuseas y el dolor abdominal seguía. No podía ver con claridad, las imágenes solo eran vanos reflejos de luz. Se sentía sola y abandonada.
No recordaba donde estaba y cómo había llegado hasta allí.
Víctor sube las escaleras lo más deprisa que puede, las pistas de Lidia desaparecen en la avenida. Está desesperado, su amiga no se merece una muerte tan horrible. Necesita dar con ella. Protegerla. Se siente decepcionado por su falta de delicadeza, se culpa de haberla dejado sola. No pudo controlar sus impulsos de depredador. Entró por la destrozada puerta, miró con cautela por si alguien se escondía en aquel apartamento. Sabía perfectamente quién había pasado por allí. Muchos de ellos ya estarían muertos, pero el aroma de Éric permanecía inalterable.

Irina permanece sentada en el borde de la cama, Hao se ha quedado dormido en el sillón. Recuerda las palabras de Hao con cierto temor. – Pronto nos marcharemos a casa, dicen que en la costa ya se ha frenado el contagio, la fórmula que ha ideado Michael funciona un 90 % en las personas infectadas. –  Aquellas palabras le producían dolor de cabeza, sabía que cuando se recuperara, Hao la pediría que se fuese a vivir con él. Ella no estaba tan segura. Estaba tan inmersa en sus pensamientos que no oyó entrar a Michael.
–  ¿Cómo te encuentras Irina? –  su mirada cristalina atravesó de un flechazo su ser.
–  Estoy bastante bien, gracias. – Michael levantó su mano y le tocó la frente.
–  Llevamos más de una semana sin fiebre, eso está muy bien Irina. –  ella se ruborizó.

A continuación, Michael comenzó a realizar un examen neurológico. Las drogas dejaban graves secuelas en el cerebro, el reconocimiento era comprobar los avances neurológicos. En primer lugar, mediante una linterna, estudió la reacción de la pupila y el reflejo ocular. Comprobó su audición empleando un diapasón. Con un martillo de goma golpeó sus rodillas para comprobar sus reflejos. Estas y otras muchas pruebas se comprobaban por la mañana y por la tarde, un día cada semana.
Las gráficas eran alentadoras, habían mejorado su capacidad motora. Todos los días Irina realizaba una serie de ejercicios físicos y psicológicos.
Izan había entrado con el camión a la zona de carga. Con una enorme grúa desplazaba sin dificultad los grandes contenedores y depositan en el remolque del camión. Antes de abandonar la fábrica a través del móvil envía un mensaje codificado al piso franco. El contenido de ese mensaje era muy preciso. Los números de las matrículas de todos los camiones y los números de serie de todos los contenedores. Antes de salir hacía la estación, recoge su arma que guarda en el alerón frontal del camión. Comprueba que está cargada y se lo guarda en la parte trasera de su vaquero.
No llevaba más de quinientos metros, cuando un bullicio comenzó a alarmarle. Paró el camión en la cuneta, se bajó de el. A lo lejos vio cómo se aproximaba una jauría de bestias, arremetiendo contra los vehículos a su paso. Era una imagen indescriptible. Nunca había visto nada igual. Parecían lobos hambrientos, con una fuerza descomunal. Saltaban sobre los árboles escalaban las rocas sin necesidad de apoyar las extremidades superiores. Se quedó unos segundos paralizado. Cuando quiso reaccionar, fue demasiado tarde.

Lidia mantenía su cuerpo de costado sobre la cama. Tenía una máscara de oxígeno. El ruido ronco de la máquina la despertó. Abrió poco a poco los ojos. Tenía un ligero picor alrededor de las pestañas. Mantuvo su mano sobre el abultado abdomen y acarició dulcemente. El dolor en aquella zona había desaparecido. En el lado derecho de la cama un monitor mostraba la frecuencia cardiaca del feto. Notó un ligero movimiento en la habitación. Miró en aquella dirección.
–  ¿Cómo te encuentras?-  le preguntó una enfermera.
–  Cansada.-  le dijo lamiéndose los labios.
–  Necesitas beber algo, espera, enseguida te traigo un zumo.

Izan entró en la habitación, sabía que Lidia había despertado. No estaba muy seguro de que fuera a sobrevivir. No sabía cómo iniciar una conversación. Así que comenzó a hablar.

–  ¿Qué cree que será? ¿niño o niña? –  giro la cabeza para verle mejor.
– Creo que es un niño.-  permaneció en silencio mirándole a los ojos.
–  Ha tenido suerte de que pasáramos por allí, estamos buscando a Michael y a Irina. Creemos que el objetivo de los zombis es saldar una deuda con Michael. Su líder quiere la fórmula que ralentiza el avance de la sustancia.
–  ¿Irina?, ¿está viva? – los ojos de Lidia se llenaron de lágrimas.
–  Sí, eso es. Creemos que está en zona segura dentro de la facultad de medicina. No hemos podido establecer contacto con el equipo militar desplegado en la zona. Necesitamos asegurar las comunicaciones. Creemos que el líder del grupo tiene intactas sus capacidades cognitivas y no ha desarrollado ningún episodio de epilepsia o inflamación cerebral tras el contagio. Parece que por algún motivo su cuerpo rechaza la toxina, solo degenera parte de su musculatura o piel, pero nada más.
–  Saben algo del paradero de Éric. –  su voz denota preocupación y miedo a la respuesta.
–  Lo siento, no sabemos dónde está.
Es el día señalado el rubio no tardará en ir a buscarle, está sentado junto la puerta, esperando…
Desde allí oye la llegada de los camiones, se impacienta y decide salir al exterior. El patio está colmado de figuras impacientes bajo las sombras. Esperan una señal. Las garitas están vacías – qué extraño- piensa Michael mientras avanza. Los grandes focos están apagados, solo se filtra la luz de los faros de los camiones más próximos. Entonces después de que el último camión sale del recinto. El grupo de figuras siniestras comienzan a trepar por la valla sin ningún esfuerzo. Se queda paralizado, no sabe qué hacer. Tiene que decidirse con rapidez. Decide seguir a los individuos que poco a poco se pierden en la noche.
Éric y su grupo están preparados, se cuelan por la rejilla de ventilación del metro. El aire infecto les avisa de las ratas muertas por docenas que se encontraran por el camino. El deterioro de Éric es cada día más pronunciado. Camina despacio, intenta orientarse mientras chasquea la lengua para dar órdenes.

Piensa que es demasiado fácil pasar por allí, decide no lanzarse antes de asegurar la salida. Varios del grupo se quedan fuera, observando. Se oye ruido en el exterior, alcanzan la estación. Nadie vigila el interior. A Éric le sorprende que aquella zona no esté vigilada. Él da su última orden.
El grupo de más de trescientos zombis salen al exterior de forma apresurada. No disponen de armas, pero su fuerza hace temblar el suelo.

©Julia OJidos Núñez
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