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ADICTOS XX

Izan tenía un pie en el estribo del camión cuando de forma inmediata varios zombis treparon por la cápsula hacía la cabina. Su reacción fue rápida sacó su arma y comenzó a disparar contra aquellos individuos. Por la falta de iluminación solo pudo acertar de lleno a dos de ellos que estaban dispuestos a saltar sobre él desde el techo de la cabina. Izan nunca había vivido ninguna experiencia de aquel tipo. Varios proyectiles alcanzaron su objetivo. Cayeron desplomados, solo se mantuvieron inertes sobre el asfalto un par de segundos. Se incorporaron jadeando, chasqueando sus lenguas putrefactas. A uno de ellos le había alcanzado en el ojo derecho, su hemiatrofia facial acentuaba su macabro rostro. Su mirada afilada como el filo de una navaja, te ocasionaba una herida mortal. Intentó zafarse de un rápido golpe que le obligo a retroceder varios pasos. Esquivó con maestría los envites de aquellas bestias heridas y hambrientas. Lo vio claro por el rabillo del ojo, un grupo de zombis, iniciaron una pelea muy cerca del lugar dónde estaba. Intentaba salvar su cuerpo de ser mordido. Cómo agente de Policía, sabía cómo actuar. Su psicología de supervivencia se aferraba a su cuerpo con ahínco. Mientras esquivaba los golpes, intentaba encontrar la manera de evitar enfrentamientos directos, estudiaba su comportamiento a la vez que estaba alerta del grupo que tenía cerca.
Un movimiento rápido; en segundos, tenía a zombi arrancando la cabeza a uno de sus atacantes. Entonces le quedó claro que la única forma de neutralizarle era decapitándolo. Ahora volvían a ser dos. El recién llegado tenía desgarros en el dorso, el desorden de los tejidos de su cara y el vitíligo en varias zonas, realzaban un escalofriante contraste de colores y olores que se manifestaban en su aproximación.
Izan esperaba…, simpatizaba con su entorno, estaba concentrado para atacar primero. Necesitaba responder más rápido para evitar el ataque. Tomó una decisión, apartó de nuevo a uno de los atacantes y sorprendió al segundo con un duro golpe que le hizo caer de rodillas, sin esperar más, desnuca al individuo estrangulando y apalancando su cuello de forma que se separase del nervio medular, hasta conseguir separar la cabeza del tronco. Cuando terminó la alzó por encima de la cabeza. El cuerpo sin cabeza seguía arrastrándose por la calzada, ayudándose de los brazos.
Estaba acorralado, pero se le ocurrió lanzar lejos la cabeza. Esa acción fue un punto a su favor, los zombis corrieron tras ella con la intención de comérsela. Fue una magnífica oportunidad para pegar un salto y entrar en la cabina del camión. Puso el motor en marcha y no paro hasta llegar a la estación.

Éric estaba algo confuso, la necesidad de comer se aproximaba violentamente a sus labios, dejándole un sabor amargo en ellos. Veía como su tropa embestía contra los militares de la plaza, levantó la vista, le reconoció de inmediato; dentro de aquella área había otro grupo de zombis trepando la valla. Sabía que aquel encapuchado le había seguido, sin lugar a dudas era un miembro con mucho poder entre los suyos. Por unos instantes le había despistado, pero se trataba del mismo individuo que despidió desde la azotea de la casa de Lidia. En ese momento se dio cuenta de que sus planes tenían que cambiar. Ahora su peor enemigo es aquel que le contemplaba no muy lejos de la alambrada. Se puso en altura y comenzó a chasquear la lengua. Un silencio oscuro conquistó la plaza, durante unos minutos cada uno de aquellos zombis giró la cabeza para atender las indicaciones de su líder. En un santiamén la leve brisa que barría la parte alta de las tiendas se evaporó, los pájaros ajenos al peligro sobrevolaban la explanada sin rumbo fijo.
Éric solo dio una orden que todos siguieron a unísono, todos, menos el grupo que comenzaba a llegar. Ahora estaba claro, muchos militares se retiraban como podían, ellos sabían lo que se preparaba en ese momento. Una guerra entre Titanes. La astucia de Éric tenía que ser mayor a la de su adversario, así que fue conciso en sus actos, desde lo alto iba chasqueando en susurro a pequeños grupos, indicándoles cuál era su estrategia.
Irina estaba asustaba, había subido a la segunda planta para poder ver los acontecimientos que estaban llegando al umbral de su puerta. Miraba con horror como desnucaban, disparaban y atropellaban a los militares que estaban allí para protegerla. Al observar aquellas acciones se dio cuenta de que aquellos seres habían dejado de actuar como mediocres depredadores. Estaban preparados para todo, no tenían nada que perder, si no conseguían la vacuna estaban muertos, así que lo que pretendían además de defenderse era contagiar a los militares y tenerlos en su bando. De eso se trataba el juego. Les contagiaban para ser más a la hora de luchar con el otro grupo recién llegado. Miró detalladamente la entrada del metro y entonces reconoció a Éric.
Michael estaba en el sótano ayudando a sacar pruebas a un zombi, mientras le realizaban la autopsia. Se oyeron varios disparos y entonces decidieron subir a la primera planta. En el camino se encontró con Hao que corría por el pasillo alarmado, no lograba localizar a Irina. Michael le ayudó a buscarla. Hao decidió salir al exterior, no pensaba con claridad estaba realmente preocupado por Irina. Solo puso alcanzar el primer puesto de mando, cuando el primer zombi que saltó la valla, terminó con él con un solo golpe.
Irina lo vio con sus propios ojos desde la ventana del segundo piso. Abrió la ventana y comenzó a gritar.
–  No…, – las palabras le atravesaban la garganta cómo puñales ardiendo.
– No, Hao no…, – lloraba mientras intentaba ahogar sus gritos. – fue entonces cuando Éric la vio desde su posición.

Se dio cuenta de lo que había ocurrido, cogió una barra de acero y se dirigió hacía el grupo de zombis que había realizado la hazaña. A diestro y siniestro fue bateando cabezas sin preguntarles el nombre. Reventó el cráneo con fuerza a todos ellos. Muchos de los zombis que saltaron la valla se agrupaban alrededor de los cuerpos esperando su botín. Fue una buena fórmula, darles su merecido, pero cada vez eran más los que no paraban de trepar por la valla.

Irina bajó rápido las escaleras, en el hall de entrada se encontró con Michael.
– Irina, por fin te encuentro, ¿dónde está Hao? – le preguntó nervioso. – el gesto triste de Irina, le hizo pensar lo peor.
– Vamos a la morgue, aquí no estamos seguros. En pocos minutos estaremos invadidos por los zombis. – en ese momento Éric entra por la puerta, en su mano mantiene firme la barra de acero, impregnada de restos de sesos y sangre. – Michael se pone en guardia e indica a Irina que se oculte tras él.

Fue un momento tenso, Michael sacó su arma del bolsillo, le apuntaba. Irina se colocó cerca de él y con sus manos sujetó el cañón del arma.
– Está infectado, pero le conozco. No le mates. – en ese momento Éric suelta la barra y se acerca a abrazar a Irina.

En pocos minutos más de cincuenta militares invaden el vestíbulo, unos de los oficiales de mayor rango se acerca a Michael.
– Michael es un zombi, no puede estar aquí.
– Yo también lo era, pero gracias a Michael he recuperado mi vida.
– Vendrá con nosotros, capitán. – Michael seguía teniendo dudas sobre Éric, pero aprobó que le acompañaran.
– Antes de irnos, tengo que sacarte sangre e inyectarte la enzima. Cuanto antes empieces el tratamiento mejor. – Éric le dedica una sonrisa torcida por causa de su colapso facial.
Por la parte de atrás del edificio, se oían llegar grandes camiones y tanques para prestarles apoyo. Después de cargar hasta la última caja de suero y equipo de laboratorio se subieron al camión. El capitán les había explicado que la única forma de erradicar de aquella zona a los zombis era quemando el edificio y las inmediaciones.
Colocaron explosivos en los bajos del edificio, en los túneles del metro. El camión ya estaba en marcha, se alejaban a gran velocidad hacía el interior de la ciudad. Irina coge entre sus manos las manos de Éric.

– Lidia está bien, está mañana el servicio de Seguridad Internacional se ha comunicado con nosotros. Está estable. Nos dirigimos hacia allí.

Michael continuaba corriendo, siguiendo los zombis que desaparecían entre las sombras, se dio cuenta de que estaban cerca de la antigua estación de Moscú. Allí el jefe de las sombras daba instrucciones para camuflarse en los vagones de carga. Tenían que salir del puto Moscú, su propósito era quedarse con el monopolio que su socio Toni que le había quitado. Fue todo una trampa por parte de Toni, habían planeado esto juntos, para joder a XPARIS. Pero después de aquella cena, Toni le infectó y le dejo a su suerte rodeado de gente moribunda con la que hacían ensayos clínicos. Se encontraron frente a frente;
– ¿Tienes lo mío? – Michael recuerda que tiene cuatro frascos en los bolsillos, saca dos de ellos y se los entrega a él.

El sonido de una gran máquina rompe el silencio en la oscuridad, el ruido del motor diésel y eléctrico de la locomotora hace su entrada en el muelle de carga. El compresor del freno se va ahogando según disminuye la velocidad. Comienzan a enganchar los vagones al cuello de la locomotora. Lo realizan rápido sin tiempo que perder, se alternan los vagones de XPARIS con vagones vacíos para cargar en las paradas establecidas.
En uno de ellos viajarán ellos. Eso era el plan, pero el jefe de las sombras no había concretado con sus sequitos que aquel viaje lo haría él solo. Izan junto con el rubio subirían a la locomotora. La cabina tiene capacidad para cinco personas. Ya era la hora, Michael se temía lo peor, sabía claramente las intenciones de su enemigo. Así que se alejó despacio. Vio que el rubio subió a la máquina. Se acercó con cautela y subió a uno de los vagones próximos a la locomotora.
Michael sabía que su estado comenzaría a deteriorarse en pocas horas ya que había compartido la dosis con el zombi. Su aspecto era prácticamente normal.
El tren comenzó su viaje con destino París. Un viaje de más de tres mil kilómetros haciendo parada en Polonia, Alemania y Francia.

La explosión hizo vibrar el suelo. Victor estaba llegando a la facultad había seguido a un grupo de zombis, no conseguía descifrar dónde podía estar Lidia. Lo que se encontró no le gustó nada, aquella zona estaba devastada por las llamas. El olor a quemado era sólido, dejaba un rastro que se podía ver en el aire. Se desplazó a la parte de atrás y vio cómo un zombi se levantaba de entre los escombros, tenía parte de su cuerpo en llamas, pero mantenía la capucha puesta. Aquel individuo comenzó a desplazarse velozmente hasta alcanzar la carretera, Victor le seguía de cerca.

El camión giro en una de las calles principales y de repente paro. Éric fue el primero en bajar, una camilla le esperaba a las puertas de un hospital improvisado. Después bajó Michael, Irina fue la última en apearse de camión. Lo primero que hizo Éric al acostarse en la camilla fue, preguntar por Lidia.
– ¿Lidia está aquí?
– Si, está descansando. Necesita recuperarse. – en ese momento se dejó llevar. Le llevaron a una habitación donde el equipo de Michael le realizaría más pruebas.

Irina abrazó a Michael, él besó dulcemente sus labios Entraron agarrados de la mano hacía el hospital.
Permanecieron sentados en confortables sillones en una sala de espera. Las enfermeras habían preparado café. Observaban con detalle las últimas noticias que emitían por la única cadena televisiva que transmitía. La noticia era alentadora. Prácticamente se había erradicado los contagios. El suero enzimático y la vacuna recuperaban al 90 % de los infectados. Los militares y los grupos ciudadanos ocupaban las calles intentando capturar zombis para realizarles un estudio y ponerle la vacuna.

Lidia estaba consciente de forma intermitente, la sala donde estaba era de alta seguridad. Cómo los periodos de consciencia no eran muy habituales, los médicos no sabían si el feto podía estar infectado. Así que las precauciones a la hora de entrar y salir de allí eran altamente estrictas.
El tren hace su primera parada. El maquinista se baja acompañado de Izan. Inspeccionan la carga de XPARIS. Un ruido entre uno de los vagones de la compañía les alarma, saben que tienen mucho en juego. Así que llaman al servicio de seguridad de la estación y abren uno de los vagones que supuestamente esta vació. Un grupo de más de diez zombis estaban afinados en la parte final del vagón, no querían salir, pero tampoco tenían intención de moverse. En un descuido del equipo de seguridad, abren otro vagón donde los zombis salen despavoridos, hambrientos. El equipo de seguridad no puede controlar la avalancha y los zombis salen corriendo hacía la ciudad. El rubio volvió a mirar uno de los vagones donde se habían encontrado los zombis, se aproximó hacía el lugar donde los había descubierto y vio una delgada silueta.
– ¿Michael eres tú? – se estrecharon la mano. – Él rubio le dijo que aguantara, que él le sacaría de allí.

No pueden retrasar más el viaje, no comprueban los demás vagones; el tren sigue su curso, parando en las estaciones establecidas, hasta llegar a su destino, París. En las siguientes paradas más zombis salen de los vagones, viajan en metro y contagian a su paso. Parte de esa mercancía tiene que llegar desde París a Madrid en avión.

Tres meses después Toni forma su imperio en la ciudad de Madrid, compra el Pub Rengato; establece su punto de comunicación y venta. Es muy conocido en la noche madrileña. Capta a los jóvenes en las universidades e institutos, la nueva droga es más activa que la heroína y mucho más económica. Para que Toni creyera que Michael había desaparecido el rubio gestionó un plan, tenía que ocultar a Michael en un lugar seguro, para que investigara el suero.

La tripa de Lidia está cada día más abultada sus ocho meses de gestación son difíciles de ocultar. Sigue en observación en un gran hospital. Éric está completamente recuperado. Pasa mucho tiempo junto a ella. Tras el traje amarillo puede contemplar sus lágrimas. Quiere que todo aquello acabe pronto. Necesita recuperar su vida. Hoy le han hecho las últimas pruebas, el tocólogo y el ginecólogo le comunican que tiene que provocar el parto. Las pruebas han dado positivas en un valor anómalo en el flujo del tapón uterino. Los médicos se preparan para intervenir. Éric está a su lado, comienza la cuenta atrás. Le realizan un corte de piel transversal en el borde superior del vello púbico, separan la grasa para proceder a otra incisión transversal, apreciando la gruesa capa que sujeta los músculos abdominales, estos se separan dejando paso al peritoneo que se desgarra suavemente con los dedos. Se hace otra incisión para llegar al útero y entonces comienzan a sacar al bebé. Les llama la atención la posición que tiene el bebé, al igual que su rostro. El color de la piel demuestra que está contagiado. Cuando consiguen sacar el cuerpecillo, se dan cuenta de que carece de uñas. Los ojos están demasiado hundidos. La enfermera corta el cordón, con tal mala fortuna que desgarra completamente su guante, se clava el instrumento que ha empleado para cortar el cordón.
La enfermera cae desplomada en el suelo de la sala de partos. Lidia recupera a su hijo antes de que caiga al suelo. Éric se quita la máscara y besa a su hijo.

FIN

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

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