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La música comenzó a sonar, sostenía una copa de vino en mis manos. Me gusta que el pequeño sorbo se deslice por mi lengua para poder masticar ese sabor que despiertan los taninos y aspirar por los labios entreabiertos. Descubrí un extraño sabor en aquella copa. Desorientada con aquel sentimiento que despertaba mi memoria, me senté en el viejo banco de madera. Me aleje de todo lo banal y seguí contemplando el horizonte. Fue entonces cuando detrás de aquellos bonitos años encerrados, vi tu cuerpo desnudo sobre la alfombra. Te arqueabas hacía delante, tus ojos cubiertos por un pañuelo blanco…, una fusta rozando tu sexo que tamizaba los placeres de aquella noche. Se oía lejano el sonido de un reloj, era el que nos alejaba de la noche y el día, nos marcaba las pautas para seguir o parar. Solo son visiones de un apasionado encuentro. Pequeños trazos de lujuriosos momentos de placer. Todavía tengo el sabor en mi boca; gota a gota tu elixir dominó aquel rítmico momento con sabor a jade y plata. Tu pecho perlado secaba sus lágrimas entre pequeños gemidos. Mis glúteos sufrían jadeantes, los embistes de tu triunfo. Esperaba recordar cada momento mientras que mi paladar se distrae con el fluido afrutado que burbujea entre las encías. Tirabas de mi cabello y hacías que mordiera rabiosamente tu mano. Mecía mi lengua entre los surcos más escondidos de tu piel, buscando todo los secretos que ocultabas. Exploraba con los dedos el fruto que me diste de comer, cautivando poco a poco el espíritu que se balancea intentando alcanzar la explosión de los sentidos. Ahora mientras humedezco mis labios, ajena a las caricias que me ofrecías hace tiempo, sigo con la necesidad de mantener ese sabor en mis labios, de sentir cada minuto y de reconciliar los malos espíritus que hicieron alejar nuestra pasión.

©Julia OJidos Núñez

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