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Todos los días en el mismo lugar, esperando verte otra vez. Aparecías todas las mañanas en la vieja cafetería de la esquina, impecablemente vestida con el cabello suelto o recogido. A mí me daba igual, ¡eres mi diva! mi verdadera inspiración, esa que hace que abras los ojos por la mañana y sonrías al espejo. Siempre la misma rutina, un buen afeitado poniendo cara de tonto frente al espejo mientras ensayo el modo de decirte que me gustas. Interpreto mi absurdo monólogo que no logo pronunciar cuando te veo. Coloco mi inseparable reloj en la muñeca. Compruebo mis uñas, me hidrato los labios y salgo como un relámpago intentando no defraudar a mi corazón. Entro en la pequeña cafetería, donde el olor amargo del café te despeja mientras lo inhalas, miras de reojo para comprobar que las mismas personas de todos los días ocupan su puesto. Los viejos carteles rezan las mesas que ven pasar el tiempo. El poco barniz deja ver sin esfuerzo los nombres del amor principiante.
Llevo más de un año con esta jodida rutina que me está volviendo loco. Consulto mi reloj. – ¡el hipócrita se ha parado! me desmorono por dentro. Mi reloj dejó de marcar las horas. Tiene que ser una señal. En ese momento entras tú; deslumbrante como siempre, con un bonito color en tus mejillas. Me recreo en el color de tus labios y de lejos llego a saborear tu carmín. Esta imagen secuestra los segundos, haciendo pasar tu cuerpo a cámara lenta por mi lado. Me adelanté al playback, estaba pronunciando en voz baja lo que ibas a pedir, cuando sin darme cuenta estabas agachada a mi lado, recogiendo un bonito collar que se había divorciado de tu esbelto cuello para caer al lado de mis pies. Fue entonces cuando una marea de aromas inundó mi alma. Estaba frente a ti, sin querer había cogido tu mano, esa linda mano que sostenía tu collar. Tus ojos frente a los míos…, – que estúpido soy; intenté mover mis labios, pero mis nervios me cerraron la boca. He fracasado de nuevo, me quedé como un tonto mirando cómo bailaba tu bonito vestido al moverte. Contemplé tus caderas y la fina curva que marcaba tu cintura. Creo que no existe un hombre más tonto que yo, arrojo mi mano al olfato, para ver si tu olor permanecía en mí. He fracasado en estos momentos…, he desahuciado a mi corazón para que salga de su caja. Sigo siendo un tímido hombre, errante de espíritu, que atormentado pierde el valor en la vida.
Estaba sentado en la silla junto a la barra. Me avergonzaba levantar la vista y volverte a mirar. Entonces se obró el milagro, el aroma de tu piel circuló cerca. Mi estado anímico comenzó a galopar descuidado. Me aparté el flequillo de la cara para ver mejor. Ahí estaba yo, sentado frente a ti. Intentando descifrar cada gesto, cada sonrisa y como no tu dulce mirada color miel. No sabía si reír o llorar, si gemir o aullar, mis hormonas incrédulas se balanceaban en mi pantalón, me sonrojo. Comienzo a hablar…, un nudo en la garganta me hace tartamudear, casi sin voz, intento que sea un leve susurro. Así pronuncie mi nombre. Entonces tú, entraste como un huracán de sonrisas, haciendo levitar de alegría mi espíritu. Te presentaste como Valeria.

©Julia Ojidos Núñez

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