urda

He guardado unas lágrimas en el mismo cajón donde mi reloj se ha parado. Después de ese momento una extraña luz me ha cegado. He sentido un ligero soplo de aire fresco y me he visto a mi mismo sobre el colchón. He sentido un extraño cosquilleo antes de alcanzar el techo. Allí he contemplado el tapiz de mi rostro, las tristes arrugas que me dio el tiempo. Solo oí el último pitido de vida, mientras mi corazón dejaba de latir. Ahora desde esta extraña experiencia con el carisma rodeado de luces, persigo con anhelo los sitios de mi niñez.
He vagado tímidamente por las calles con olor a leña de chimeneas humeantes que impregnan el aire con el olor de los recuerdos. He encontrado infinidad de rincones que no recordaba. Después, he subido por un sendero que recorría de niño y allí los dientes de león me daban cordialmente la bienvenida; ondeaba su estrecha figura una brisa débil, calurosa y estival. Fue entonces cuando lo vi con claridad; el viejo molino ¡ya funciona…!
Erguido, seguro de sí mismo como tantas veces en el pasado. Vi girar sus grandes aspas, acariciando el aire. Sentí que me iba desvaneciendo, que caía poco a poco a la tierra justamente a los pies de tan preciado monumento. Fue allí donde depositaron mis cenizas, dónde algún día volveré a echar raíces.

En recuerdo a Marcelino Carrasco

© Julia Ojidos Núñez

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