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Olivia despidió a sus alumnas que acababan de relajarse con una ducha caliente. Apagó las luces de la sala y se encaminó hacia los vestuarios de monitores. Las luces del pasillo temblaban cuando pasaba un vehículo en la superficie. Las bombillas iluminaban poco a consecuencia del polvo de varios años. Abrió la puerta basculante con las palmas de la mano. Escogió una de las duchas más separada de la puerta. Antes se desnudó delante del único espejo que había encastrado a la pared. Contempló su cuerpo desnudo y acarició sus pezones. El sujetador deportivo aplastaba los piercing. de aro que colgaba de ellos. Después del acostumbrado ritual. Comenzó a graduar la temperatura del agua de la alcachofa de la ducha. Intentaba recordar cuando fue la última vez que había tenido una cita. El ruidoso despertar de las viejas tuberías de plomo, el traqueteo a su paso por encima de su cabeza; le hizo pensar, sobre lo que hacía en aquel asqueroso antro. Llevaba muchos años conformándose con ese tipo de trabajos. Trabajos basura, como ella los denominaba.
Comenzó a recibir con una agradable sensación el tacto del agua en su piel. Frotaba la cabeza con un champú con olor a coco. Estaba concentrada en la ducha; quizá demasiado abstracta de la realidad. Abrió un poco los ojos después de aclararse y pudo distinguir una estrecha figura que se movía rápidamente por delante de ella. Procedió a frotarse los ojos de forma frenética. Intentaba aclararse de nuevo, pero el champú no dejaba de tirar espuma. Le escocían muchísimo los ojos y la boca. Cuando consiguió quitarse todo el jabón, pensó que lo que había visto era fruto de frotar con fuerza los ojos. Continuó relajada bajo la cascada de agua templada, apoyada con uno de los brazos en los grisáceos azulejos. Comenzó a tararear una canción de un anuncio televisivo, entre los ruidos del agua y su canturreo le llego un sonido que conocía perfectamente. Aguzó el oído y comenzó a desvanecerse su estado de relajación. Ella sabía con certeza que el móvil estaba apagado. Lo había apagado antes de comenzar la clase. Cerró el grifo y salió desnuda. Intentaba guardar el equilibrio a cada paso. Sus chanclas resbalaban en el suelo de terrazo, con una de sus manos agarró la toalla y se la puso alrededor de su cuerpo tapando su desnudez. Se dirigía despacio hacia donde procedía el sonido del móvil. Su taquilla estaba abierta, el móvil estaba encendido encima de uno de los bancos. Cuando fue a comprobar el mensaje se apagó. Justo en ese momento notó que alguien jadeaba muy cerca de su oreja. La delgada figura se mantenía a escasos centímetros de su nuca. Jadeaba. Le llegaba el olor de su aliento. Percibió por el rabillo del ojo un movimiento rápido. No consiguió verle con claridad. Su pulso se aceleraba, notaba una ligera presión en las sienes. Estaba asustada, respiraba con dificultad. Se agarró al lavabo y levantó la vista hacia el empañado espejo. Intentó mantener la calma, pero no lo consiguió. Cuando volvió a mirar su imagen, pudo leer en el espejo. –Mira hacia atrás.
Las letras se iban alargando por el cambio de temperatura. Algo tira de su toalla y cae al suelo. Entonces decide mirar atrás. Miró con estupor, al hombre siniestro que aparecía en el perfil del número desconocido. Era joven, su mirada derrotaba toda esperanza de salir con vida. Agarró a Olivia por los dilatadores de las orejas y le arrancó de cuajo el lóbulo. Ella miraba a ambos lados con los ojos muy abiertos, mientras intentaba controlar su hiperventilación que provocaba una presión a la altura del pecho. Las luces del vestuario parpadeaban. Aquel individuo seguía mirándola con una mirada imperturbable. Olivia presionó ambas orejas con las manos para parar la sangre que no dejara de brotar. Fue entonces cuando decidió moverse; comenzó a correr. Él la seguía de cerca. Ella pensaba que no se movía del sitio. Se desplazaba en eses por el sombrío pasillo. Su única intención es salir al exterior. Un poco antes de cruzar el umbral. Notó un fuerte golpe en la cabeza y perdió el conocimiento.
El autobús seguía su ruta, esa tarde había mucho tráfico, el conductor no tenía más remedio que alargar los minutos en las paradas, para recoger y soltar a toda la gente que esperaba impaciente. Olivia seguía sentada en el último asiento, alguien tocó el timbre en la última parada, su parada. Abrió los ojos, notaba un remanente dolor de cabeza, se mesó el pelo y descubrió una venda que le cubría los oídos. Tenía en la boca un ligero sabor metálico. Escrutó extrañada el autobús. El vehículo paró y vio salir a un tipo que le resultó familiar. Ella bajo despacio, estaba un poco aturdida. Aquel hombre se alejó por el callejón de enfrente, llevaba una capucha puesta. Sacó las llaves del portal y cuando ya estaba dentro. Sonó un mensaje de WhatsApp. Al abrirlo leyó;
– Mira hacia atrás.

©Julia OJidos Núñez
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