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La última voluntad

El sol ilumina con gracia una mañana de abril; sus delicados rayos proyectan un haz de colores en el centro de la iglesia. Los bancos de madera de castaño, guardan la penitencia en el mismo sitio durante décadas, el vetusto grabado de la cruz cristiana se mantiene tostado en el lateral derecho. Allí, todos los familiares escuchan con atención las últimas palabras dedicadas al joven bróker. Su reciente muerte ha sido un verdadero enigma para compañeros, amigos y familiares. Las autopsias no revelaron con claridad su forma de morir. Su esposa vestida rigurosamente de negro, con gafas de sol cubriéndole los ojos, no derramaba ni una sola lágrima. Solo permanecía quieta, ajena a las palabras del orador que en estos momentos elogiaba la vida y trabajo de un brillante hombre y un buen ser humano.
Las palabras se escapaban en el aire sintonizando, quizá, con los agudos sollozos de la madre que miraba de soslayo a su nuera. Después de aquellas breves palabras, la joven viuda se levantó y subió al altar. Antes de comenzar a hablar, saco un pañuelo, se levantó las gafas de sol y las mantuvo sujetas como diadema; se secó las supuestas lágrimas y comenzó a hablar.
Su voz no era nada musical, no se podía contrastar en absoluto con la belleza de su rostro. Hablaba despacio, oyéndose, intentando sedar los nervios que la iban matando y debilitando por dentro.

– Hoy es un día triste, Jack nos ha dejado… – Intenta continuar, su expresión de dolor le marca prematuras arrugas en la frente y hace tensar los tendones de su alargado y fino cuello. – Como ya ha dicho Óscar, todos y cada uno de vosotros se han llevado parte de él. Le recordaremos como era, jovial, sincero, un verdadero crack de las operaciones financieras. Un Dios para sus jefes y un buen marido. Él me comentó su última voluntad; quería pasar al otro barrio con una de sus herramientas de trabajo. Su apreciado Smarphone. Así que sigo al pie de la letra su última voluntad.
Se acercó tímidamente hacía la ataúd, su madera impecablemente reluciente reflejaba los primeros bancos. La tapa estaba dividida en dos, la parte más pequeña se desplegaba dejando ver el rostro pétreo del joven Jack. Sus parpados estaban pegados al igual que sus labios, había desaparecido el color violáceo que secundaba su rostro. El maquillaje había conseguido su propósito, aliviar las horas de sufrimiento antes de su muerte. Intentó poner el teléfono bajo sus manos, pero apenas podía moverlas, la rigidez era acusada. Decidió colocarlo cerca de su corazón.
Terminaron la oración; se dieron el pésame y comenzaron a salir de la pequeña iglesia. El sol comenzó a ablandar los sufridos corazones que salían lentamente por la puerta de madera. La luz inundaba el interior, un diminuto halo de luz cruzó la planta principal hasta rozar sus últimos esfuerzos en tocar la pantalla del móvil.
Serpenteaban por las calles de la ciudad siguiendo al coche fúnebre. Una gran fila de vehículos se unía al último viaje de Jack. Las puertas del cementerio antiguo estaban recientemente pintadas. Los cipreses recibían majestuosos la entrada del duelo. Uno a uno fueron pasando; aparcaron los coches cerca del panteón familiar. Las coronas de flores salpicaban la entrada al sepulcro, derramando color a la piedra gris. El entierro fue bastante rápido. Aunque en aquellos momentos parecía eterno.
Tres horas más tarde, Elena, la mujer de Jack decidió llamar al mejor amigo de su marido. Sus palabras al teléfono habían sido bastante escuetas, parecía hablar en clave.

– ¿Tienes todo hecho? – Lo dijo mientras se mordía el labio inferior.
– Si, ya está todo. – Eso fue todo. Óscar colgó.

Elena estaba cansada, llevaba varios días sin dormir. Necesitaba echar una cabeza hasta que viniera Óscar. Se acostó desnuda, boca abajo, con los brazos ligeramente por encima de la cabeza, sobre la almohada.
Oyó como vibraba el móvil sobre la mesilla de noche, creía que lo oía en sueños. Estaba tan cansada que no hizo caso a su insistencia. No se movió, pero solo pasaron varios minutos cuando volvió a sonar. Fue reptando hacía el otro lado de la cama, con los ojos cerrados. Su pelo era una extraña maraña. Cogió el teléfono y comenzó a temblar cuando leyó el nombre de Jack en un mensaje de WhatsApp.
Continuará………

©Julia OJidos Núñez
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