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Óscar escuchaba música en su cuarto mientras se vestía. Acababa de hablar con Elena y ha decidido ir a su casa. Estaba algo nervioso, se había cortado varias veces el rostro con la cuchilla de afeitar. Desfilaba por la casa con pequeños trozos de papel pegados a la cara. Ultimaba todo lo acordado con Elena. Estaba dispuesto a marcharse, cuando por debajo de la puerta del baño empezó a salir vaho. Se rascó la cabeza y se dirigió pensando que había cerrado los grifos cuando salió de la bañera. Iba descalzo, cruzó el pasillo y noto algo húmedo bajo sus pies. Intentó abrir la puerta, giraba el pomo y apoyaba el hombro contra ella para ejercer más fuerza, pero no se movía. El agua había dilatado la madera y le era imposible desplazarla. Estuvo empujando con fuerza sobre la pesada puerta, pero no halló la manera de abrirla. Se puso a pasear por el pasillo, mesando nervioso su pelo, intentando comprender que estaba sucediendo. Decidió frenar el flujo del agua que salía incansable bajo la puerta; se le ocurrió coger una toalla de la bolsa de deporte de Jack que estaba en la entrada, se puso de rodillas y las colocó para impedir que el agua se desparramara hacía el parqué del pasillo.

En ese momento suena su móvil. El Smartphone de última generación emite una luz violeta iluminando todo el perfil de su pantalla de 6”. Se desplaza hacía la mesa auxiliar, en ese momento nota un movimiento en el salón. Una sensación extraña empieza a invadir su cabeza. Se siente observado. Por alguna razón sabe que no está solo. Las palpitaciones cerca de la sien se hacían insoportables, sentía que le ardía el pecho. Comenzó a sudar, pequeñas gotas perlaban su nuca. Fue entonces cuando comenzó a sentir un ligero e imperceptible jadeo cerca de su oído. Volvió la cabeza y solo vio los muebles y cuadros distorsionados. Era incapaz de enfocar la visión. Cerca de la puerta había un oscuro bulto que se desplazaba de forma silenciosa hacía el teléfono.

Consiguió cogerlo a duras penas, sus manos parecían agrandarse, no tenía sensibilidad en los dedos, las falanges parecían derretirse al contacto con el teléfono, se estaba deshaciendo. Notaba que el corazón se le salía por la boca acompasando el jadeo que cada vez se oía más fuerte haciendo eco en la habitación. Miró hacia el pasillo, vio como se abría la puerta del baño, bajó su mirada hacía el suelo y vio la toalla empapada en sangre. Entre la ensoñación y el miedo miró la pantalla del móvil, donde seguía sonando el aviso de llamada perdida de Elena. Se desplomó en el suelo del salón, la expresión de sus ojos era dantesca. La palidez que envolvía su piel era atípica. Murió después de que su cuerpo comenzara a sufrir violentas convulsiones, los ojos se le pusieron en blanco. Se elevó varios centímetros del suelo y al caer se fracturó la espina dorsal.
Elena respiraba con dificultad, estaba hiperventilando. Se desplazó hacía el cuarto de baño en busca de un calmante. Los tenía en un armario sobre el lavabo. Se apoyó en él, no podía mantenerse en pie. Le temblaba todo el cuerpo. Intentó controlar la respiración. Levantó lentamente la cabeza y vio un frasco de color azul en la repisa superior. Le extraño verlo allí. Es el frasco que dio a Óscar. ¿Cuándo lo trajo? – Lo cogió con cuidado. Estaba vacío.
Cuando ya pudo serenarse, se vistió. Había decidido acercarse a casa de Óscar, estaba preocupada por él. Hacía varios años que mantenían una relación muy estrecha, por eso tuvieron que poner una solución al problema. No cogía las llamadas, el localizador de su teléfono le situaba en su domicilio. Él siempre contestaba, así que cogió un taxi y desapareció por las calles de la ciudad.
Durante el viaje, volvió a llamar a Óscar, le enviaba mensajes de texto. Quería preguntarle si había clonado la tarjeta del teléfono de Jack. Le inquietaba mucho el mensaje de texto que se supone que Jack le había enviado cinco horas después de morir. Tenía que hablar con él. Óscar le dijo que el veneno no dejaba pruebas en el cuerpo tras la autopsia, le garantizaron que el cuerpo quedaba limpio tras la muerte. Ni hemorragias, ni destrucción en los tejidos, ninguna pista; no dejaría en las células ninguna huella después de consumirlo.
El taxi paró en la puerta del mejor edificio de la ciudad, el portero le saludó amablemente. Decidió subir por las escaleras. Solo eran dos pisos, no tenía tiempo para esperar al ascensor. Abrió el apartamento con su propia llave. Un leve olor a quemado le inundó la nariz. Estaba a oscuras, palpo la pared hasta dar con la llave de luz. Todo estaba en orden. Recorrió el pequeño apartamento y no halló nada fuera de lugar. Decidió bajar y preguntar al portero, antes de abrir la puerta vio la bolsa de deporte de Jack en el suelo. Era la bolsa que se supone que Óscar tenía que llevar a su casa. La levantó y le extrañó su peso.
–  Siento la muerte de Jack, Elena. – Le dijo cabizbajo el portero.
–  Gracias, Pablo. – Le miró a los ojos.
–  Pablo, ¿te puedo hacer una pregunta? – No apartaba la mirada de la pesada bolsa.
–  Claro que sí.
–  ¿Ha recibido Óscar alguna visita hoy? – Elena cruzaba los dedos por detrás. Mientras fruncía el ceño, esperanzada de que la respuesta fuera negativa.
– No. Además, hoy no ha salido desde que regresó del entierro. Debe de estar destrozado. – Elena comenzó a pestañear nerviosamente.
– ¿Le ocurre algo Elena?
– No, solo quiero llegar a mi casa, estoy cansada. – Cruzó la puerta y llamó un taxi.

Le sudaban las manos, estaba sentada en el suelo del baño, con las piernas abiertas. En medio, la bolsa de deporte de Jack. Cerraba ligeramente los puños y los abría de forma intermitente. Notaba el frio suelo bajo los glúteos. Decidió abrir la bolsa, lo hizo despacio mientras mantenía los ojos cerrados apretándolos con fuerza. Sabía que algo malo había en su interior. La bolsa que tenía que traer Óscar eran documentos del despacho de Jack y restos de la ropa del día de su muerte. Cuando abrió los ojos, comenzó a gritar. Se separó de la bolsa arrastrando su cuerpo y pegándolo contra la pared. Lo que había en su interior, no se lo esperaba. Era la cabeza de Óscar, había sido decapitada. Sus ojos abiertos reflejaban el horror, la comisura de sus labios estaba rajada hasta los oídos. Se levantó de un salto y marcó el teléfono de la policía con manos temblorosas.

La Policía científica acompañó al comisario al piso de Elena. Una vecina estaba con ella preparándole una taza de té. Tenía profundas ojeras que enmarcaban sus bonitos ojos verdes. Sus gruesas pestañas se movían como pequeños abanicos a la vez que daba un pequeño sorbo de té. Estaba hipnotizada, perdida en un mundo abstracto que no le dejaba pensar con claridad. A veces, le volvía la cordura y oía los detalles que describía el agente especial de la Policía científica cuando grababa en vídeo sus primeras conclusiones del hallazgo. – En la bolsa de deporte aparecen restos de pintura de color verde. – Su cabeza empieza a repasar de manera conexa todos y cada uno de los detalles de como decidieron acabar con la vida de Jack. Recorrió con imágenes todos los detalles hasta que llegó el día del entierro. Lloraba en silencio mientras entraba dentro del cementerio en el vehículo que seguía al féretro. Miraba por la ventana, vio como unos obreros pintaban la verja del recinto. Se acordó del color…, era verde.
Dejó la taza en el fregadero, uno de los agentes la observaba desde la distancia, tenía su móvil en la mano. Estaba comprobando todas las llamadas, no aparecía ninguna de Óscar, como había testificado Elena. Un policía sacó del cuarto de baño, un pequeño recipiente de color azul, lo introdujo en una pequeña bolsa de plástico. Elena observaba los avances de toda la investigación con los ojos muy abiertos. Comprendiendo que algo se estaba vengando de ella, que quizá el veneno que suministraron a Jack no era lo bastante potente para acabar con su vida. El agente que mantenía el teléfono de Elena en la mano, se sobresaltó al ver un mensaje de WhatsApp, el mensaje lo habían enviado desde el número de Jack. Se lo comentó al comisario.
– Intenta localizar su ubicación. – El agente conectó el teléfono al portátil, abrió la aplicación y en cuestión de segundos, un icono rojo se situó fijo en la pantalla. – el agente abrió mucho los ojos antes de hablar. No se creía que la señal procediera del cementerio.
–  Ya está localizado señor, es en el cementerio. – El comisario cogió su cazadora e indico a un par de agente que le acompañara. Antes de salir le dio indicaciones de que llevaran a Elena a comisaria y que pidieran una orden urgente al Juez para poder abrir el sepulcro de Jack.

Las nubes se fueron agrupando en el cielo de la ciudad, su color grisáceo preveía posibles lluvias. Un ligero viento movía las copas de los cipreses, alguien les esperaba en la entrada. El Juez había sido rápido. Una bella mujer de unos cuarenta años, esbelta y con una agradable sonrisa esperaba con una carpeta en la mano. Los documentos estaban en regla, solo faltaba la firma del Juez, que estaba a escasos metros. Los sepultureros estaban listos para abrir el féretro. La madera había sufrido mucho, cosa que le extraño profundamente al comisario. Parecía que habían pasado años y la carcoma había hecho estragos en la madera reluciente. Cuando registraron la casa de Óscar, no habían encontrado ninguna prueba que determinara que había muerto allí. Cuando abrieron con cuidado la pequeña tapa que dejaba al descubierto el cuerpo, vieron un espacio vacío, el cadáver que había enterrado allí estaba decapitado. El comisario pensó deprisa, ordenó que abrirán la otra parte de féretro. Allí estaba el resto del cuerpo de Óscar; en  su camisa había restos de pintura verde,  al lado de la cintura, junto una de sus manos había un móvil. El comisario se saca un pañuelo y recoge el móvil con cuidado. No puede despegarlo de los dedos deformados de Óscar. En ese momento, se enciende. Salta un mensaje de WhatsApp. Procede del teléfono de Jack. El comisario consigue leer.
– No estoy muerto.

FIN……..

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

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