DESGUACe
El otoño había llegado frío, las alcantarillas respiraban y expulsaban vaho con olor a cloaca sobre el asfalto. Olivia seguía de pie frente a la comisaria. Tenía un fuerte dolor de cabeza, mantenía la capucha puesta, pero la presión era insoportable. Trastabilló mientras daba varios pasos. La sensación de vértigo le acompañaba desde que bajó del autobús. Intenta mantener la calma; con sus manos coloca la venda que mantiene tapados los oídos. Al palpar, nota un abultamiento extraño detrás de ellos, pasa el pulgar y el dolor se agudiza cuando ejerce presión sobre el. Comienza a tener un brote de pánico, mira al frente y la silueta de varios coches de policía aparcados en doble fila, se desfigura; el baile de luces comienza a distorsionarse. En ese momento, sufre un colapso respiratorio y cae al suelo. Detrás de ella a pocos metros, alguien enciende un cigarrillo. Guarda un extraño dispositivo en el bolsillo y se pierde entre las sombras.
La ambulancia tarda escasos minutos en alcázar el punto exacto dónde Olivia se había desplomado. Un joven policía contemplaba la escena desde uno de los vehículos aparcados enfrente. Mantenía un vaso de café en las manos, cuando se fijó en el aspecto de la joven, la reconoció de inmediato. Abrió el terminal del vehículo y comprobó la fotografía; quería asegurarse de que era ella. Estuvo escrutando la foto con detenimiento, le daba la impresión que después de una semana, su aspecto había cambiado mucho, al igual que su peso. Cuando se desplomó, bajó del coche y cruzo la avenida. Avisó rápidamente a una ambulancia; mientras esperaba, colocó su antebrazo bajo su nuca para que mantuviera la cabeza elevada, en ese preciso momento el cuerpo se arqueó por una sacudida y abrió los ojos; estaban llenos de terror. El policía comenzó a ponerse nervioso, intentaba sujetar la cabeza para que no se golpeara contra el suelo. Sus ojos estaban cubiertos por una película del color del ónix. El policía cogió una pequeña linterna, intento averiguar porque tenía ese color el globo ocular. Al acercar el diminuto punto de luz, comprobó que le habían tatuado toda la superficie.

Lucas baja corriendo las escaleras, coge su coche y sigue la ambulancia. Habla por radio con el policía que había presenciado su desvanecimiento, está con ella. Las luces de la ambulancia revotan en la pared de hormigón del túnel de emergencias del hospital. Dos enfermeras y un médico esperan en la entrada del recinto hospitalario. Le han suministrado un calmante, pero no es suficiente. Algo en su organismo impide que sus pulsaciones bajen a un ritmo normal. Es imposible controlar su presión arterial.

Lucas y su equipo esperan impacientes los informes médicos; las pruebas de tejidos y restos que han encontrado. Están sentados en una pequeña sala de espera al final de los quirófanos, muy cerca del box especializado y herméticamente cerrado donde mantienen a Olivia fuera de peligro. A través del cristal blindado, el cuerpo de la joven va recuperando su bonito color de piel. Lucas la observa un poco abatido. -Su trabajo es muy duro, por eso decidió hace mucho tiempo que era incompatible tener vida familiar; le absorbía, requería todo su tiempo.
Aunque su estado era grave, sabía que se salvaría. -Aquella era una de las razones por la que se dedicaba a su trabajo en cuerpo y alma.
Se oye un leve dialogó detrás de las puertas de quirófano y alguien sale de allí. Lucas reconoce el rostro de su gran amigo Gerard, uno de los mejores médicos de la ciudad, se levanta y extiende su mano para agradecer su colaboración en el caso. La expresión de su rostro no le gusta.
– Podemos hablar en privado. –Gerard posa la mano en el hombro de Lucas y le invita a entrar a su despacho.
– Lucas, llevo más de treinta años ejerciendo medicina forense. No he visto nunca nada parecido. Se sentó en la silla de su escritorio y extendió el informe de pruebas sobre la mesa.
– Quiero que leas el informe y veas las fotos. –Su cara era inexpresiva, pero Lucas sabía que tenía miedo.

Lucía había descubierto algo, en ese espacio reducido que había palpado milímetro a milímetro había encontrado unos viejos agujeros en el lateral de aquella superficie rugosa y acolchada; por allí entraba aire y también pequeños trazos de luz vespertina. Permanecía pocas horas despierta, no tenía agua y tampoco comida, así, que la mayor parte del tiempo estaba quieta para ahorrar energía. Con la poca luz que entraba por aquellos agujeros podía ver parte de aquel lugar. Sabía que estaba en el maletero de un coche, a veces basculaba de un lado a otro. Ese movimiento se percibía durante la noche, después del crujido metálico que invadía aquel reducido espacio. Los agujeros eran minúsculos, los tocaba con los dedos y se los llevaba a la nariz, quería obtener pistas sobre el lugar donde se encontraba.
Además del olor a óxido y el ligero tinte marrón en sus dedos, olía a resina de pinos, el fresco y trasparente olor de un rio cercano. Aspiraba con entusiasmo, convencida de que buscaría alguna manera de salir de su prisión.
Olivia está en un coma inducido, necesitan estudiar su estado cerebral, las pruebas son verdaderamente un puzle médico. Las imágenes se despiertan en su cerebro; de alguna forma ella misma busca información sobre aquel hombre que vio por primera vez en la esquina del oscuro callejón cuando esperaba el autobús. Su subconsciente trabajaba a gran velocidad. Las nítidas imágenes se mantienen intactas en su memoria, pero inconexas. Sabía lo que le había ocurrido, lo mismo que a la primera joven, pero ella pudo escapar por los pelos, aunque le había dejado una huella imborrable en su primer encuentro. Retomó hábilmente las últimas imágenes, aquellas donde corría por el pasillo del gimnasio con las manos presionando los oídos. Aquella figura encapuchada la agarra firmemente, tiene un extraño objeto en la mano y en la otra una jeringa.
Siente un pinchazo y se desvanece. Abre los ojos de manera intermitente, ve una luz cegadora en el techo, pestañea para aclarar la visión. Está atada de pies y manos sobre la camilla de masajes. Oye cerca de ella un ruido que reconoce de inmediato, es parecido al sonido del instrumental de un dentista. Percibe a varias personas a su alrededor, llevan mascarilla. Ve aproximar una mano hacía su oreja, nota una leve incisión detrás de él, pero no le produce dolor. Cierra los ojos y se queda dormida. Cuando despierta está en la última fila del autobús, con la cabeza vendada. Lo que no sabía en ese momento es que desde la primera imagen hasta ese momento había pasado una semana.

©Julia OJidos Núñez
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