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Han pasado cuatro horas, las jóvenes citadas en la sala de interrogatorios permanecen en silencio, apenas se miran. Esta es la tercera vez que van a declarar. Lucas se entera en ese momento que su querido compañero las interrogó el mismo día de la desaparición de Lucía. Las observa a través del cristal, está seleccionando, sabe más de ellas por su comportamiento, que leyendo el informe de la investigación. Lucas está creando un perfil de todas ellas, las escruta sin miedo a ser descubierto. Observa su forma de sentarse, de mirar, de vestirse. Cualquier cosa que hagan, le indicará si alguna de ellas tiene una conexión directa con las desapariciones.
Le llama la atención una de las jóvenes, permanece mirando al frente, con la mirada perdida en el ventanal desde donde él la observa. Su mirada es inquietante, quizá, demasiado fría y profunda. Tras varios minutos de mirada perdida, mira a un lado, su cabello se mueve hacia delante cayéndole sobre los pechos; Lucas lo tiene claro, es ella. Al mover la cabeza puede ver con claridad que esa parte de la cabeza, ha sido afeitada por la línea de la oreja, allí el pelo es más fino, como si le brotara pelo nuevo. Aquella joven seguramente había sido sometida a la misma intervención que Olivia, pero todo salió bien y desde luego hace su vida normal. Una de las jóvenes que estaba en pie, se desplaza hacia su dirección, le sonríe y se sienta a su lado. Lucas no espera más, se acerca al micro con las fotos de las jóvenes en la mano, nombra a dos de ellas.
Olivia está respondiendo bien a la medicación, las toxinas que mantiene en su cuerpo las está expulsando gracias a una combinación de fármacos que provocan una neuroregulación de las drogas Benzodiacepínicas. Le han despertado del coma inducido, su respiración es regular, pero permanece la mayor parte del día sedada. Tiene un perfecto control de su cerebro, aunque está completamente drogada su audición es perfecta. Oye los pasos de las enfermeras en el pasillo, los comentarios sobre su estado en el mostrador de planta. A su vez está intentado recordar donde estuvo después de que cayera desplomada en el pasillo del gimnasio. Su cabeza repasa los detalles, una y otra vez, sin descanso. En ese momento entra una enfermera, oye su respiración, aspira el aroma de su piel, sabe de quién se trata por su olor. Es inconfundible, el olor a jazmín se desplaza junto a ella por la habitación. Le gusta el olor. Nota la suave caricia en uno de sus brazos, le ajusta una goma plana. Olivia sabe que le van a extraer sangre. Fue entonces cuando la cortina oscura que cubría completamente sus recuerdos empieza a abrirse; el olor a óxido, la sangre…, un aluvión de recuerdos, de sensaciones, de dolor y caricias, aparecen.
Después de la incisión, Olivia despertó en un lugar oscuro, pequeño y con olor a óxido. Al estirar las piernas, rozó con algo. Estiró un poco más sus pies y la sensación que acababa de experimentar volvió a producirse. Allí había otra persona. El calor de la piel, le indicó que seguía viva. Intentó aproximarse, pero aquella superficie parecía inestable, se movía como si estuviera sentada en un columpio, logró acercarse más. Palpó la pequeña superficie hasta que rozó con los dedos la suave piel de Lucía.

                                                                           VARIOS MESES ANTES

Jack tenía alquilado un espacio de trabajo. Era una gran galería donde empresarios, emprendedores e incluso estudiantes, tenían a su disposición unos metros de oficina. Eran muchas las ventajas que prestaba aquellos espacios; disponían de línea fija, impresora, fotocopiadora, una pequeña cocina comunitaria y una sala de reuniones, además de una conexión a internet de alta velocidad.
– Jack, ¿todavía sigues aquí? –le mira Elvira preocupada. Elvira es una estudiante de arte, alquila ese espacio que comparte con su novio Cesar.
– Si, aquí estoy. No tardaré mucho en marcharme. – Elvira le obsequia con una sonrisa y se despide levantando la mano.

Jack tenía cargando su móvil, se levantó y fue a prepararse una taza de té. Apenas quedaba gente en la galería. Con la taza en la mano pasó por los grandes ventanales de la sala de reuniones y oyó a varias personas discutir sobre un proyecto. Lo interpretó como una conversación bastante cómica desde ahí fuera. Se sentó de nuevo en su escritorio. Desde el gran ventanal se podía ver toda la ciudad. Los rascacielos comenzaban a despegar del suelo como una sombra alargada que penetraba en el cielo. Comenzó a relajarse, sabía que las acciones de varias empresas habían tenido un extraordinario despegue en la bolsa esa semana y que su comisión seria cuantiosa. Comprobó su móvil y tenía una llamada perdida de un número desconocido. Al coger el móvil de la mesa, se le cayó su pluma que guardaba en el bolsillo. Cuando recuperó la postura, miró al exterior. Descubrió el reflejo de un hombre delgado con una capucha puesta, en el ventanal. Giro su cuerpo sobre la silla de escritorio, quería cerciorarse de que había sido una ilusión óptica a causa del cansancio. Le temblaban las manos, tuvo que dejar el té sobre la mesa. Con una sola mano aflojó el nudo de la corbata y se subió los puños de su camisa hasta el codo. Notaba un sudor frio que perlaba su frente. Estaba seguro de lo que había visto. Se levantó, miro a ambos lados. Solo había encendidas varias lámparas de lecturas, los ordenadores apagados. Las luces de emergencia en el pasillo dibujaban pequeñas sombras en la pared. En ese momento suena su móvil.
– ¡Joder! – dio un respingo que le hizo dar un salto hacia atrás. Se acercó despacio, tenía un extraño sabor en los labios. La garganta seca. Desbloqueó el teléfono y vio un mensaje de texto.
Hola, cariño, cuando vas a venir a casa. Te recuerdo que es el cumpleaños de Óscar y nos invita a cenar. 😉

– ¡No me acordaba! – se había olvidado del cumpleaños de su mejor amigo. Se rasca la cabeza y vuelve a sentarse. Contempla las luces encendidas del edificio de enfrente. Está distraído con las bonitas vistas; en ese momento el sonido de un mensaje de WhatsApp interrumpe sus pensamientos. Le envían un vídeo desde un número desconocido. Lo abre, al principio no se ve muy nítido, cree que es uno de esos vídeos virales que suben a YouTube, pero cuando alguien enciende la lámpara de la mesilla. Reconoce de inmediato su dormitorio. Elena está sobre la cama, con un picardías negro, lleva un látigo en la mano. Alguien está con ella. Su acompañante se acerca a la cama, está completamente desnudo. Ella le espera de rodillas sobre la colcha, cuando se sienta sobre la cama, le reconoce. Es su amigo Óscar. Jack comienza a estar incomodo viendo el vídeo, siente asco. Un terrible odio se apodera de sus pensamientos. Nunca había podido imaginar que su mejor amigo, tuviese una aventura con su mujer. Le palpitaba la cabeza, siente un vértigo que le oprime el pecho. Coge su maletín y se va como si fuera un autómata en busca del ascensor. Pulsa el motón con la mirada perdida. Se abren las puertas del ascensor, la luz del interior está apagada. No se da cuenta de que alguien viaja con él, hasta que la luz Led del techo empieza a parpadear. Se ve como una secuencia de imágenes, él reflejado en las puertas y detrás un hombre alto y delgado con una capucha puesta. Su cabeza está levitando en otro asunto, nota como el individuo le coge por el hombro y le entrega un pendrive.
– Dentro de dos semanas, recibirás una gran suma de dinero en tu cuenta. Tienes que comprar acciones virtuales de la empresa que aparece en los datos del pendrive. Cuando recibas el dinero por la venta de acciones tienes que vincularlo a cuentas de bancos virtuales. Toda la documentación está ahí. Solo tienes dos semanas.
El ascensor emite un leve pitido y las puertas se abren, Jack sale despacio. Está anonadado, respira con dificultad, agarra con fuerza el maletín y se guarda el pendrive en el bolsillo de su pantalón.

Elena sale de su habitación, ha quedado con Jack y Óscar en el restaurante de siempre. Lleva el regalo de Óscar metido en el bolso. En la otra parte de la ciudad; Óscar antes de acudir a celebrar su cumpleaños, se acerca al barrio chino. Quiere recoger la ropa sucia del gimnasio y llevarla a la lavandería. Deja el coche aparcado a doscientos metros del lugar. Antes de alcanzar la puerta, ve una furgoneta aparcada justo en la puerta del gimnasio con las luces de emergencia encendidas. En el asiento de copiloto está la profesora de yoga, parece dormida. Tiene la cabeza vendada y ligeramente apoyada en el cristal. No le da importancia y entra al local. Se cruza con un par de hombres con la cabeza cubierta por la capucha de su sudadera, avanzan a buen paso por el pasillo. Nunca los ha visto por allí. En el mostrador de recepción no hay nadie, solo se oye la televisión que tiene la señora Lin. Óscar avanza hacia los vestuarios, entra abriendo despacio la puerta basculante. En el interior le asalta un ligero olor a azufre y plástico quemado. Se oye el goteo de un grifo mal cerrado. El ruido de las cañerías se despierta cuando algún vecino de la planta superior tira de la cisterna. Todo como siempre, piensa óscar, todo menos que su taquilla y la de Jack están abiertas.
– ¡Mierda! – masculla entre dientes. Coge su bolsa de deporte la pone sobre el banco e inspecciona los bolsillos interiores.
– ¡Uf! Se siente aliviado al rozar con sus dedos la ampolla de cristal que contiene el veneno. Decide coger su bolsa y la de Jack. -No la va a necesitar, piensa mientras sonríe.

©Julia OJidos Núñez
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