trio

Unas horas antes de la desaparición de Lucía

Lucía se está pintando los labios de color rojo, ha terminado de calzarse los tacones. Se mira de reojo en el espejo de la entrada y da los últimos toques a su ajustado vestido. Coge su coche y se dirige por una carretera comarcal al lugar de la cita. Está bastante animada, hacía mucho tiempo que no quedaba con un grupo desconocido de WhatsApp. Quería salir de la rutina y experimentar otros mundos, en especial en el sexo. Esa noche prometía, así que conducía alegremente, cantando y acompasando con pequeños toques en el volante como si estuviera tocando la batería. Estaba bastante excitada, sabía que hoy no dormiría sola.
Después de media hora conduciendo, llegó al lugar de la cita. Aparcó su coche al lado de una furgoneta con los cristales tintados. Se mesó el pelo para colocar su melena y con paso firme se dirigió a la entrada. Se oía la música retumbar por las paredes antes de abrir la pesada puerta. Tiró con fuerza y se sumergió en la oscuridad. Una luz blanca e intermitente le hacía de guía, no se apreciaba mucho el color de las paredes, ni tampoco la profundidad de la sala. Tenía que acostumbrar los ojos a aquella oscuridad. Un hombre enorme salió de la nada y le pidió la invitación. Lucía sacó el móvil y le enseño el código QR. El fornido hombre lo escaneó y le dio paso. En la pantalla de su móvil, apareció un mensaje de bienvenida. Se quedó boquiabierta, era un mensaje de vídeo. Al pasar el lector de código QR se activó el Bluetooth y recibió el mensaje. Varias chicas se acercaron para saludarla, sabían por la foto de WhatsApp quién era.
La cogieron por la cintura y se dirigieron a la barra. Había buen ambiente, mucha gente guapa pasándolo bien. Lucía sabía muy bien que buscaba, le gustaban las mujeres y los hombres; esa noche quería experimentar sexo duro. De eso iba aquel encuentro, de sexo. Allí se pujaba por formar un grupo, una pareja para una noche. Se pagaba grandes cantidades de dinero en metálico, aquella puja estaba a punto de comenzar. A Lucía le parecía divertido, pero no quería pujar por el momento. Tenía asignado un número con el código de entrada. A través del WhatsApp recibiría otro, con ese código aparecería una foto, si le daba a aceptar tenía posibilidad de llevarse a su casa una mujer o un hombre, pero si quería a ambos tenía que esperar otra vez su turno. Así estuvo varias horas, hasta que, por fin, se decantó por una mujer de color y un rubio corpulento. Ahora llegaba el momento de conocerlos. Había mucha gente en el centro del local, pero muchos ya habían abandonado la sala en pareja o en grupo.
La zona central se fue despejando y quedaban unas diez personas. Reconoció a la pareja y ellos a Lucía. Se acercaron observándose, muriéndose de ganas por empezar a conocerse mejor.
El corpulento rubio pasó su mano por los glúteos de Lucía que comenzó a estremecerse. La mujer de color le rozó suavemente los pechos. Se sentaron en un apartado. Se miraban lascivamente, la necesidad de placer se leía en sus rostros. Lucía estaba entre los dos, la mujer besaba sus labios, el rubio le mordía el cuello. Necesitaba salir de allí, así que los invitó a su casa.

La aparición de pruebas

Lucas estaba sentado en una de las salas de interrogatorios, frente a él, una extraña joven de mirada profunda y aséptica, estaba concentrada mirándole a los ojos. Lucas la observo varios minutos antes de comenzar las preguntas.
– Te llamas Jessica, ¿verdad? – no apartaba la mirada e incluso Lucas llegó a pensar que no corría sangre por sus venas.
– Sí, me llamo Jessica.
– ¿Sabes por qué estás aquí? – la mirada de la joven cambió de inmediato. Comenzó a ponerse nerviosa, giraba la cabeza y miraba al techo desesperadamente. Lucas sabía que temía hablar, por eso miraba las cámaras de seguridad de la sala.
– ¿De quién tienes miedo? – Lucas se levantó y colocó el visor de las cámaras hacía el techo, necesitaba que se tranquilizara. Enmudeció de repente.
– No quieres hablar…, sabes que eres sospechosa de varios secuestros. – solo quiero hacerte unas preguntas, tan solo eso.
– Necesitamos que nos ayudes a encontrar a Lucía, la primera joven desaparecida. Sé que la noche de la desaparición la viste en el Pub de carretera. Fue una quedada en grupo, pero desconocemos el motivo de esa reunión. –No paraba de moverse en la silla, comenzaba a ponerse nerviosa de nuevo.
Martín estaba fuera de la sala, observando a través del cristal de seguridad. Le miraba de forma lasciva, recordaba lo bien que lo pasó aquella noche. Él estuvo allí, al final de la barra. Quería pujar por Lucía, pero alguien se adelantó. Aquel juego que “GHOST” puso en marcha para ocultar las desapariciones le había favorecido para cubrir sus oscuras necesidades sexuales. Recuerda cómo emborrachó a Jessica a base de mojitos. Las perturbadoras imágenes que ahora recordaba le excitaban. No podía apartarlas de su cabeza. La ayudó a levantarse del apartado, la llevó a rastras al WC de hombres. La golpeó violentamente hasta que perdió el conocimiento. Entonces se desabrochó el pantalón, la dejó caer sobre el lavabo y la penetró brutalmente. Mientras alcanzaba el orgasmo, lloraba de rabia contenida. Aquella noche iba a ser larga, así, que cuando acabó de satisfacer sus necesidades, que fueron varias, llevó a la joven Jessica a un lugar que no figuraba en el mapa. El lugar secreto de la organización “GHOST”.
Después de saborear de nuevo el orgasmo de aquella noche, Martín saca del bolsillo un pequeño dispositivo y pulsa el botón.
La joven Jessica cambia su comportamiento, comienza a gritar, se aprieta la cabeza con las manos y se golpea contra la mesa. Lucas se levanta de inmediato e intenta mantener su cabeza alejada de la mesa, pero solo lo consigue arrojándola al suelo. Allí comienzan violentas convulsiones, sus ojos se ponen en blanco mientras su cuerpo no para de arquearse. Tiene todos los músculos del cuerpo tensos. Lucas la observa mientras intenta amortiguar las sacudidas. No puede hacer más. En ese momento entra Martín con el móvil en la oreja. Está pidiendo una ambulancia. Minutos después Jessica muere de graves hemorragias internas.

Lucas está a punto de entrar en casa de Jessica, tiene una orden del Juez para entrar y registrar palmo a palmo la vivienda. Es una casa unifamiliar de dos plantas y sótano. Su equipo ya está en marcha, en el jardín montan el campamento de análisis y laboratorio. El primero en entrar es Lucas. Se ha puesto unos patucos, lleva una mascarilla en el cuello por si le hace falta. Las manos enfundadas con unos guantes de látex. Le acompaña un fotógrafo. Le llama la atención el olor a rancio que envuelve la estancia. La pequeña casa está limpia y recogida. Las paredes tienen papel pintado de rayas, los muebles son antiguos. Se acerca a una pequeña mesa auxiliar donde descansan unas revistas de moda. Las coge para ojear las páginas, hasta que algo le llama la atención en las últimas páginas. Una columna de contactos, en ella subrayado con bolígrafo negro. Un extraño anuncio.
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Coge la revista y la mete en una bolsa que etiqueta él mismo. Sigue buscando pruebas, sube a la planta de arriba. Allí se pueden ver tres puertas. Están cerradas con llave. – ¿Qué raro? – piensa Lucas. Da una patada en una de ellas y se abre de milagro. La jamba sale por los aires. Las persianas están bajadas, el olor a rancio es casi masticable en aquel lugar. Palpa la pared para encender la luz. Solo existe el hueco del interruptor, los cables están expuestos. Saca el móvil y activa la linterna. Las paredes están cubiertas por plástico, el suelo también. Entra despacio esparciendo el pequeño haz de luz que proyecta su móvil, ve varias manchas en el suelo. Al enfocar la zona, distingue un fluido rojizo…, sangre. La toca con los dedos y se los acerca a la nariz. Avisa al equipo de laboratorio, colocan un foco en el pasillo orientando la luz al interior de la habitación. Los técnicos de pruebas están enfundados en sus trajes de protección. Lucas sigue inspeccionando la casa, el baño está siendo analizado por otro grupo. Están desarmando los desagües del lavabo y el plato de ducha. Intenta encontrar más pruebas para orientarles en la investigación. Lucas abandona la primera planta y decide bajar al sótano. La entrada está camuflada en el hueco de escalera, delante de la vieja puerta pintada del mismo color que la pared,  hay un perchero con peana cargado de abrigos y un par de bolsos. Antes de apartarlo, inspecciona los bolsillos. Encuentra una llave en el bolsillo interior de una chaqueta masculina. Coge aquella prenda y la mete en una bolsa de basura, se la entrega a un compañero. Es el momento de entrar en el sótano.

Lucas lleva trabajando muchos años, investigando infinidad de casos. Perfilando conductas físicas y psicológicas, si alguien entiende como funciona el interior del ser humano es él. Por eso le llega esa extraña sensación, que le aparta de todo lo terrenal, son los sentidos que se concentran con un solo objetivo, incrementar su estado de concentración, generando diversas hipótesis con solo una mirada; es lo que se podría definir como la intuición del cazador. Su agudeza para determinar los detalles de un crimen se debe sin lugar a dudas a su forma de pensar meticulosa y extraña. Con la capacidad de meterse en la piel del asesino y saber que le deleita a la hora de actuar.
Enciende la luz y unos fluorescentes despiertan con un débil parpadeo marcando perfectamente los escalones de bajada. El olor a podrido se escapa por la puerta, el aire viciado empieza a recibir oleadas de aire limpio. Lucas empieza a toser, decide colocarse la mascarilla. El pasillo de descenso está cubierto por desgastados ladrillos de varios colores, sé cascarilla cuando apoya las manos. La humedad es otra extravagante variante para su olfato.
Solo se ven trastos viejos por todos los lados, pero Lucas sabe que hay algo más detrás o debajo de aquellas paredes cubiertas de humedad. Realiza una inspección ocular, descartando posibilidades, se fija detenidamente en el suelo, justo delante de una vitrina vieja y sin cristales. Un pequeño surco se dibuja en el cemento, le indica que aquella antigualla había sido movida hace poco. Se aproxima escrutando con atención. Decide moverla en dirección a la marca. Abre bien los ojos, desde aquel ángulo solo se ve una mancha profunda y oscura que se extiende  por la pared. Avanza unos pasos y percibe un olor inconfundible dentro de aquella oscuridad.
Se comunica a través de la emisora con los compañeros que trabajan en el jardín.

– Quiero aquí abajo un equipo forense, ¡ya!

©Julia OJidos Núñez
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