fusta

CABOS SIN ATAR

Lucas se despierta sobresaltado, se ha quedado dormido en el sofá. Comprueba la hora en su reloj de muñeca, se frota los ojos con los dedos. Comienza a despegar los ojos hinchados y pegajosos. Se mesa el pelo; se da cuenta de que necesita un buen corte. Su flequillo le llega a la punta de la nariz, es casi imposible ver entre esa maraña de cabello despeinado. Está en ese estado abstracto por falta de descanso, mira distraído su entorno hasta que se fija en la mesa auxiliar. Se levanta despacio y comienza a leer, las pruebas encontradas en la casa de Jessica son abundantes, tienen huellas completas, pertenecientes a más de cien personas de ambos sexos, además de otras cuantas parciales. Junto a el recopilatorio de huellas hay un pequeño croquis de la casa. Allí aparecen varios iconos donde indica el lugar que se encontraron. La mayoría se hallaron en el sótano. Se encontraba bastante adormilado así que se preparó un café y prosiguió con la lectura. Bebía pequeños sorbos de café, mientras devoraba las pruebas periciales encontradas hasta ahora. Una de las huellas parciales coincidía con las de Martín. Se levantó agarrando la taza de café, se la acercaba a la nariz intentando evocar el pasado; los primeros años de Martín en la comisaría.

– Lucas, te presento a tu nuevo compañero, Martín. – dejó lo que estaba haciendo, se levantó de la silla y apretó con fuerza su mano.
– Bienvenido. –le dijo mirándole a los ojos. Te acompaño a tu despacho.

Desde aquel momento hasta el día de hoy, no había sospechado de su conducta. Ahora le seguía de cerca, cuatro agentes le tenían vigilando. Necesitaba confiar en alguien fuera de la comisaria, así que recurrió a Valeria. Una vieja compañera, la mejor agente de campo del país.
Se dio una larga ducha, el agua salía hirviendo, no tardó mucho en empañarse el espejo que había colgado encima del lavabo. Mantenía la cabeza bajo el agua mientras aclaraba su pelo. Su cuerpo tenía las huellas del pasado, profundas cicatrices dibujaban un pequeño mapa de torturas en su dorso. Después de vestirse, comprobó su arma y cogió las llaves del coche.
Tardó pocos minutos en ponerse en marcha. Había cogido todo lo necesario y se dirigió de nuevo a la casa de Jessica. Ordeno a todos los agentes que abandonaran la casa, necesitaba estar solo. Abrió su viejo maletín y colocó las pruebas obtenidas en aquel lugar. Decidió explorar desde fuera hacia dentro. Cogió su móvil, lo conectó a unos auriculares con micrófono y comenzó a narrar.
Soy Lucas Garrian, Agente Especial en Psicología Criminal y Perfilista. Estoy con el “Caso Nube”. Me encuentro en la vivienda de Jessica Olgar, es una vivienda unifamiliar está registrada al nombre de una empresa Tecnológica, llamada TRIVIAL. Según la información obtenida por el grupo de analistas, es una empresa ficticia que ha cotizado en bolsa y que ahora mismo desconocemos a quien pertenece. Los movimientos de dinero en estos últimos meses han ido en aumento. Han cambiado de nombre varias veces y sus registros desaparecen en internet sin dejar huella. Solo sabemos que cotizan en bolsa y se valen del chantaje para que gente desde fuera les mueva el dinero. Me encuentro en la zona de aparcamiento. La noche en la que desapareció Patricia; perdimos su rastro en una parada de taxis, las coordenadas de su móvil me llevaron a la Avda. del Mar. Imagino que llegó hasta aquí en uno de ellos.
Observó detenidamente el aparcamiento. La estrecha calle mostraba una pequeña carretera de una dirección. Al otro lado una gran extensión de terreno que se perdía en el horizonte.

Estoy en el salón comedor, aquí se encontraron cuarenta huellas totales y las parciales de Martín y otras dos sin identificar. Estamos trabajando para poder identificarlas, el material donde se encontraron es muy inestable y podrían destruirse si no se analizan con cuidado.

Lucas baja las escaleras del sótano, enciende los focos que han dispuesto el equipo forense. La vieja vitrina está completamente separada de la pared. Antes de pasar a aquella zona se cubre los pies con unos patucos y se pone guantes. Las estanterías siguen repletas de órganos humanos y trozos de piel. Los trozos de piel corresponden a zonas que han ocupado un tatuaje. Todos los tarros ya están analizados y tienen una nota roja que verifica las pruebas de ADN y su contenido. El asesino no muestra ningún apego a la vida. No repite ni una sola vez la zona del cuerpo que extirpa. No sigue un patrón. – piensa mientras sostiene uno de los tarros en la mano. Le llama la atención el trozo de piel que flota sobre el líquido amarillento, lee la etiqueta en voz alta.
– ADN- 13245. Mujer. Zona axila. – coge su móvil y realiza una llamada.

Noche de pujas

Lucía conducía a toda velocidad, necesitaba llegar a casa cuanto antes, le esperaba una larga noche de lujuria. En el asiento de atrás follaban como locos los escogidos en la puja. Ella estaba deseosa de participar. Los miraba lascivamente a través del retrovisor. Oía sus gemidos de placer, los embistes del musculito hacían mover el coche de forma brusca. Lucía apagó el motor, su morbo iba en aumento, estaba muy excitada y miraba entre los dos asientos. El joven la miró a los ojos y la dijo que se pasara a la parte de atrás. Lucía bajó el respaldo del asiento del copiloto, trepo por el, a la parte trasera. Enseguida sintió dos pares de brazos que le quitaban la ropa. Se sentó sobre su regazo, pero dándole la espalda. El la ayudó a levantarse un poco para poder introducirle el pene. La chica de color exploraba su sexo y comenzaba a masturbarla. Ella comenzó a moverse lentamente, mientras el placer se iba acercando de forma acalorada a su rostro. Sus labios comenzaban a dilatarse por la fricción de los dedos que exploraban su sexo. La joven se agachó y comenzó a lamer su clítoris. Lucía se movía más deprisa, estaba a punto de alcanzar un profundo orgasmo. Sus gemidos se convirtieron en un grito que se desgarraba de placer, su cuerpo se estremeció y comenzó a respirar con normalidad. El sudor perlaba todo su cuerpo, tenía la entrepierna completamente mojada. El chico la levantó despacio, Lucía se sentó entre los dos. Los miró con una sonrisa y los invitó a subir a tomar una copa.

– ¿Qué queréis tomar? – les pregunta Lucía desde la cocina.
– Yo, Whisky, por favor. – le responde el joven.
La mujer se acerca a la cocina y la coge por la cintura mientras prepara la bebida.
– Yo quiero lo que tú me des. – la coge la cabeza con ambas manos y la besa los labios.

Lucía puso música en su equipo; mientras tomaban la bebida charlaron sobre el acontecimiento de la noche.
– ¿Lleváis mucho tiempo en el Pub Nube, acudiendo a las pujas? – se miraron los dos.
– Más o menos un año. – hablaron a la vez.
– ¿Y tu Lucía? – pega un sorbo largo a su Wiski.
– Dos meses.
– ¿A qué os dedicáis?
– Yo soy enfermera.
– Yo ingeniero informático.
– Y tu Lucía ¿Cuál es tu trabajo?
– Soy azafata de congresos. – apuro su copa y volvió a llenarla.

Pasaron media hora riendo y hablando de sus gustos sexuales. Lucía se dirigió a su habitación. Mientras tanto la pareja por la que había pujado, se preparaba para otra sesión de sexo. La mujer extrajo de su bolso una jeringuilla que lleno de un líquido transparente procedente de una ampolla. El hombre comenzó a desnudarse y besar el cuello de la muchacha. En ese momento Lucía irrumpió en el salón vestida con un picardías de cuero y encaje; en su mano una fusta. Al levantar el brazo que sostenía aquel instrumento se vio claramente el dragón tatuado en su axila. El hombre se acercó a ella, pero Lucía no le dejó dar un paso. Le ordenó que se acercarán los dos gateando. Los llevo detrás de ella en esa postura hasta que alcanzaron la habitación. Allí todo giró y cambiaron los papeles, las dos mujeres tomaron el papel de sumisa, mientras que el joven agitaba la fusta en el aire.
Después de mantener relaciones durante más de cuatro horas, quedaron exhaustos sobre la cama. Desnudos y completamente dormidos. La mujer de color se despertó intento moverse, pero el amasijo de brazos y piernas le impedía incorporarse, así que no había otra que despertarlos. Aparto la pierna de su compañero y el brazo de Lucía que descansaba sobre su pecho.
– No te vayas. – le dice Lucía medio dormida.
– No me voy, solo voy al baño.
– Buena chica. – le dice mientras cambia de postura para encontrarse con los ojos de su compañero de cama.
– ¡Uff! Vaya noche. – le dice el joven mientras acaricia su rostro.
– Si, aunque se puede mejorar. – Lucía comienza a deslizar los dedos por debajo de las sabanas hasta que alcanza el miembro que empieza a despertar.
– Ven aquí. – le dice mientras pasa su mano por la cintura de Lucía y comienza a darle mordiscos en sus pezones.
Lucía le acaricia la cara, pasa sus dedos por las orejas, nota un abultamiento detrás de una de ellas que le hace parar. Su mirada es ahora interrogante. En ese momento entra la chica con una jeringa en la mano. Los ojos de Lucía viajan entre ella y el apuesto hombre que permanece desnudo sobre la cama. Como un gato da un salto hacia atrás e intenta salir de la habitación. Antes de alcanzar la puerta, recibe un fuerte golpe en la cabeza. La mujer de color recoge el móvil y el portátil en una bolsa, El hombre se ocupa de Lucía. Al dejarla sobre la cama la golpea nuevamente con el cabecero, marcando la pared con sangre y una esquirla de hueso.

Mientras tanto a pocos metros de allí, en una furgoneta aparcada enfrente del portal, Martín espera la señal.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
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