amanecer-en-la-montana

La fría madrugada dejó un rastro en el aire, el sol adormecido, empieza a caldear el horizonte. El cielo serpentea entre sustancias gaseosas que marcan de color la bóveda celeste.
El rumor de la tierra es solo una advertencia para el centurión que espera la señal. Una nube espumosa fresca e inocua espera copular con el aliento frío de la noche. Fue entonces cuando se pudo ver, sin ningún tipo de intrusión. El movimiento del cuerpo celeste, araña con cálidas manos las cumbres más altas, que repara en despertar las crías de sus nidos y también a la penumbra; que despierta bajo un árbol, bosteza y emboza un estallido de perfiles oscuros en la montaña. El centurión agarra con fuerza la línea oscura que se escurre entre sus dedos intentando que la luz llegue con todo su esplendor. La espumosa nube que cubre los prados se empieza evaporar, se desvanece con su último aliento rociando de lágrimas la hierba. Aquel manto templado codicia con ahínco brindar al mundo su luz, se mueve sigiloso y sin mirar hacia atrás. Cierra el paso a las sombras que se esconden en los rincones más recónditos de su manto. Enloquecido, se cierne en cultivar vida bajo sus pasos, acelerar la belleza natural; cada día, cada hora, cada minuto, hasta que vuelve a desvanecer. El centurión recoge el cálido manto, espera contemplando el horizonte hasta que se ciega el último suspiro de luz.

©Julia OJidos Núñez
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