helicoptero

Olivia tiene claro donde ir, su padre tiene un taller de coches a dos calles de donde se encuentra. Hace mucho que no le visita y lo primero que hace después de atravesar el barrio chino, es llamarle;

– Papá, ¿cómo estás? – pone los ojos en blanco mientras espera que responda.
– Olivia, hija. Me tenías preocupado. He ido a visitarte al hospital y un agente me ha dicho que no puedes recibir visitas. ¿Has cambiado de teléfono?
– Escucha papá, necesito que escuches atentamente, de acuerdo. – después de unos segundos en silencio.
– ¿Qué pasa Olivia? ¿Te has metido en algún lío? – intenta controlar sus impulsos, coge aire y contesta.
– No precisamente un lío, pero necesito las llaves de tu taller. – su tono anodino, preocupa más al viejo.
– Olivia, tengo que sincerarme contigo, nunca pensé que te lo diría por teléfono, pero he sido un mal padre para ti. Quiero que me escuches…, sé que ahora no tienes tiempo de escuchar a un viejo que se muere. Necesito que sepas que siempre te he querido y que no he sabido tratarte como te mereces. Hija, tengo cáncer. – la joven escucha mientras se muerde el labio con rabia.
– No sé qué decir, lo siento…,
– Puedes recoger las llaves en el Bar Pustral. – terminó sus palabras de forma sibilante, casi sin fuerzas.
– Papá, tienes que comprender que mi vida corre peligro, necesito que no llames a la policía y no des datos sobre mí. De acuerdo. – espera impaciente la contestación.
– Lo sé hija, he visto las noticias. Confío en ti, prométeme que te cuidarás.
– Sí, papá, pero necesito que hagas una llamada al Bar Pustral, el viejo Pi Bull no tiene que saber que me llevo las llaves, entraré por la puerta de atrás y las cogeré. Solo espera a llamar unos quince minutos desde que corte la llamada. – antes de colgar…
– Ah, ¡Gracias, papá! Te quiero. – Se quedó mirando el auricular, algo disgustada por no saber que su padre padecía cáncer desde hace varios meses.

           Martín sube las escaleras de dos en dos, sabe que Julian al que llaman el viejo Pi Bull un exboxeador de los años 60, vive en el tercer piso de unos apartamentos cedidos por el estado. Es el único pariente cercano que tiene Olivia, es una información muy valiosa. Sabía que tarde o temprano necesitaría la ayuda del viejo. Por eso después de dejar a Valeria en la fábrica dentro de su coche. Caminó hasta el centro y se camufló en la red de metro con la intención de sonsacar información a Pi bull. Golpeó fuertemente la puerta. Se oyó desde fuera el chirriante sonido de unos ruedines sobre el parqu. Julián, miró por la mirilla y reconoció al policía. Fue la misma persona que le impidió ver a su hija en el hospital. Abrió despacio.
– En que le puedo ayudar, Agente. – le miraba de soslayo.
– ¿Puedo pasar? Me gustaría hacerle unas preguntas. – su voz plúmbea se distorsionaba en los oídos del viejo.

– Pase, está en su casa. – sus movimientos eran lánguidos y desgarbados. Avanzaba hacía el sillón mientras arrastraba su máquina de oxígeno.
Sabe que su hija ya no está ingresada, verdad…

– Si, lo sé. También sé por qué ha venido. Y la verdad le diré que malgasta su tiempo viniendo a molestarme. Si piensa que le voy a decir alguna cosa que pueda perjudicar a Olivia, lo tiene claro. Míreme Martín, estoy hecho un asco. No sé si mañana podré abrir los ojos. El cáncer está devorando mis huesos, y la verdad es que estoy preparado para morir. – Se gira lentamente y sonríe al inexpresivo Martín que le mira rabioso.

– Bueno eso lo veremos, señor boxeador. Le traigo un regalito que nos mantendrá entretenidos unos minutos. – Martín no preguntó nada sobre Olivia, se abalanzó sobre el viejo, le quitó la mascarilla. Le redujo de un puñetazo; le hizo caer al sillón. Allí comenzó su juego. Arranco su nariz, vació la cuenca de sus ojos, le cortó la lengua y las orejas. – el viejo se dejó hacer, la sumisión fue la bendición que él necesitaba para morir. – antes de marcharse, lavó sus manos y buscó una caja para guardar sus trofeos. Encontró lo que estaba buscando, una caja metálica, colmada de fotografías. Las sacó para meter sus tesoros y le distrajo una foto en blanco y negro. Pit Bull vestido con un mono de mecánico trabajando en un garaje, junto a él su viejo amigo; el dueño del Bar Pustral.

Después de salir realizó una llamada. El comisario descuelga el teléfono. Tiene la mesa cubierta de los tabloides informativos. Arquea de forma exagera las cejas y presiona sus finos labios antes de hablar.
– ¿Qué coño quiere otra vez? – le pregunta de forma hosca y neutral.
– Creo que tengo algo. – necesito información de una propiedad del padre de Olivia, en los 60 fue un gimnasio clandestino, donde el gran Pi Bull, realizaba combates mañados.

Después de su lesión se asoció con el dueño del Bar Pustral y convirtieron el antro en un taller de coches. Necesito que averigüe, quien es el propietario y que firme una autorización para entrar en el recinto.
– ¡Estás loco! Sabes que estamos en una situación delicada, los de investigación interna me están vigilando. Creo que llevó un micrófono en mi puto culo, ¿sabes? Haz lo que tengas que hacer y por el amor de Dios, no me llames más. Yo me pondré en contacto contigo. – colgó justo antes de que un inspector de la secreta entrara por la puerta.
Olivia esperaba en la acera de enfrente, estaba situada detrás de una cabina telefónica, a través del cristal pudo ver al viejo cascarrabias limpiando la barra. Esperó varios minutos y decidió llamar de nuevo a su padre. Desde el primer momento que introdujo la moneda una mala sensación se apoderó de ella. Marcó el número y espero hasta que el teléfono dejó de emitir la señal de llamada. Colgó de mala gana, pensando lo peor. Cruzó la calle con la capucha puesta, no quería que el viejo la conociera a través del ventanal. Pasó al callejón asegurándose de que nadie la seguía. Fue en el último momento cuando giro medio cuerpo y vio que paraba un coche de policía en la puerta del local. Comenzó a correr hacía la puerta de atrás, entró a la galería, bajo varios peldaños y con alivio descubrió que las llaves estaban donde siempre. Fue entonces cuando decidió colarse por el pasadizo que comunicaba los locales y se perdió entre las sombras. Martín no consiguió una mierda de aquel viejo sordo, pero las fotos colgadas en la pared le desvelaron muchas cosas sobre el local donde posteriormente se dirigiría.

Valería consigue quitarse completamente la cortina de su cuerpo. Tiene que moverse e intentar escapar. Hábilmente despega de entre los dedos de sus pies un artilugio que se monta con facilidad, era un rudimentario punzón. Con paciencia pudo abrir la puerta del maletero y salir al exterior. Tiene el cuerpo entumecido y mucho frio, lo primero que se le ocurre es buscar algo para cubrirse. Ese es su primero objetivo. Mira alrededor y se da cuenta de que está en una fábrica. El olor a detergente le hace recordar las fábricas a las afueras de la ciudad. Como ha permanecido inconsciente en el traslado no ha podido calcular la distancia.
Se movió lo más rápido que pudo entre las cintas que recorrían aquel lado de fábrica. Se ocultaba tras los bidones de grasa animal. Necesitaba encontrar los vestuarios del personal. Giró hacia la derecha por un estrecho pasillo con escasa luz. Sin lugar a dudas Valeria sabía que iba directamente al taller de reparación. Descendió por un tramo de escaleras metálicas que le recordó las escaleras de un buque. La decoración industrial de las tuberías vistas y vigas de acero despejaban el suelo de máquinas. Fue entonces, cuando encontró un mono azul, colgado de la pared. No lo pensó mucho tiempo, tiró de él para descolgarlo y se lo puso, antes de hacerlo se llevó la prenda a la nariz.
– ¡Uff! – farfulló entre dientes. – se puso el mono y continuó andando.
Varios metros más adelante una puerta metálica que ocupa parcialmente la pared permanecía entornada. Allí al panorama es completamente distinto, – se camufla entre unos bidones y observa distraídamente. Había varias mujeres en una especie de cilindro, hombres con una máscara sobre la cara y con indumentaria medica; anotaban cosas en un cuaderno. Estaba bastante abstraída cuando notó el cañón de una pistola sobre la sien. Estaba ardiendo, habían disparado con ella hacía pocos minutos. Le abrasaba. Intentó moverse, pero su adversaria no dejaba de presionar la pistola sobre su cabeza.

Olivia llegó al taller de su padre, antes de nada, sacó la tarjeta que había cogido en el gimnasio y marcó el número de Lucas.

– Lucas al teléfono. – esperaba ensimismado.
– Lucas soy Olivia, no sé si tengo mucho tiempo, pero necesito que me ayudes. Martín me está siguiendo. Estoy en el antiguo gimnasio Neprom. Creo que pronto llegará. Sé dónde intervienen a las mujeres, cuando terminé aquí voy para allá. No recuerdo el nombre de la fábrica, pero sé que está muy cerca del desguace. Por favor, manda una patrulla… – la comunicación quedó en silencio.
– Olivia, ¿estás ahí? – Olivia arrojó el teléfono al inodoro, alguien había entrado en el recinto. Sabía que hacer, detrás de una taquilla su padre escondía dinero y armas. También las llaves de una vieja camioneta. Saltó por una de las ventanas traseras y se alejó corriendo por una de las calles colindantes.
El garaje estaba a oscuras, no quería dar la luz. Sabía perfectamente donde estaba aparcada la vieja chatarra. Antes de que diera un paso, las luces se encendieron; Martín estaba de pie junto al vehículo.
– Hola, gatita, eres una chica, mala, mala, mala. – Sacó una navaja de su bolsillo y vació el aire de los neumáticos delanteros.
– Sé, que estás en alguna parte. Déjate ver, para que vuelva admirar tu cuerpo. Venga Olivia no seas tímida…
Olivia salió de las sombras, levanto el arma y se acercó unos metros hacia donde se encontraba Martín.
– ¡Qué interesante! – sabes usar un arma. ¡Si señor! Eres el tipo de mujer que me gusta, peligrosa y extremadamente sensual, pero llegaste tarde al gimnasio. El arma no está cargada. Siento decirte que vacié el cargador, antes de que llegaras. Así que te recomiendo que lo dejes despacio sobre el coche de tu derecha y te arrodilles con las manos por encima de tu cabeza.
– Te crees que soy tonta, esta arma está cargada. Te lo voy a demostrar. – apuntó a la cabeza del policía, pero le resultaba demasiado fácil acabar con su vida de un disparo, así que decidió virar unos centímetros el cañón de su arma y disparar al pavimento de hormigón. El estruendoso ruido hizo que un pitido se alojara en sus oídos, el olor a pólvora envenenaba el ambiente, haciéndole más sórdido. – Martín fue rápido y se tiró sobre el capó de la furgoneta, rodó y salió corriendo para cubrirse entre los coches cercanos. Olivia estaba decidida a acabar con su vida.
Lucas se puso en marcha, las últimas coordenadas que emitió el teléfono fueron en el baño del taller. Los metrajes de la zona vieron como Olivia entraba por la puerta trasera y también a Martin varios minutos después. Le vio salir, pero Olivia no apareció en la imagen. Lucas pensaba que la había matado, pero después de registrar el perímetro, dedujo que había podido escapar. Las paredes que cubrían el despacho del taller estaban prácticamente forradas por viejas fotografías. El padre de Olivia cuando boxeaba, foto de familia…, pero le llamó la atención una fotografía sacada muy cerca de allí, Olivia y su padre posaban delante de una furgoneta en la puerta de los aparcamientos públicos. Sin mediar palabra, salió por la puerta y sus hombres le siguieron.

El garaje volvió a quedarse a oscuras, las carcajadas de Martín se oían por todos los sitios. Olivia mantenía los ojos muy abiertos, no quería ser cazada por aquel violador y asesino. Le temblaban las manos, el odio le recorría el cuerpo, quería vengarse de las vejaciones sufridas por aquel monstruo. Mantenía empuñando su arma, cuando las luces volvieron a encenderse. Se ocultó tras una de las columnas centrales y esperó a reconocer algún sonido. Aguza el oído y cierra los ojos. Solo se podía oír el repiqueteo del agua que caía por el sumidero. Su leve jadeo y el frio que le helaba la sangre. Alguien entró por la puerta, el ruido metálico al cerrase la hizo sujetar más fuerte el arma. Distinguió dos sombras desde su posición, luego entraron cuatro más. Vio cómo se movían alrededor del perímetro y decidió marcharse por las alcantarillas. Antes de que pudiera cerrar la tapa vio con claridad como Martín salió de su escondite.
– Lucas, menos mal que has venido. El asesino se ha escapado. Lo tenía acorralado. Pero un descuido…,
– Martín tira tu arma. Se te acusa de cinco violaciones y tres asesinatos. – hizo amago de tirar su arma al suelo, pero apuntó hacía Lucas, tubo los suficientes reflejos de esquivar la bala. Desde su posición Lucas apretó el gatillo y le disparó en la cabeza. Martín cayó desplomado sobre el cemento.
Lucas llamó a la ambulancia y pidió por radio un helicóptero, su propósito era llegar lo antes posible a la zona sur. No quería hacerlo en coche porque en hora punta, tardaría tres horas en llegar. Sabía que Olivia se dirigía hacia allí.

Valeria miró por el rabillo del ojo y distinguió la silueta de una joven que no pudo reconocer en su primera observación. Olivia seguía apuntándola con el arma. Ahora no la presionaba con el cañón en la sien. La laceración ocasionada por la quemadura le escocía mucho. Estaba oculta en un pequeño almacén. Olivia no sabía quién era la mujer que apuntaba, pero tenía claro que no trabajaba en la fábrica. Pudo mover la cabeza y le miró a los ojos.
– Olivia, te llamas así, verdad. Mi nombre es Valeria, soy Agente Especial. He llegado cómo tú llegaste la primera vez. Inconsciente, desnuda, en el maletero del coche de un policía corrupto. Llamado Martín. Necesito que dejes de apuntarme con esa arma. ¡De acuerdo! – Olivia la mira en silencio y después de unos minutos asiente con la cabeza. Le entrega el arma a Valeria.
Lucas recibe una llamada de su equipo de analistas, han descifrado el servidor del Pub Nube, allí, hay datos suficientes para implicar al comisario, a Martín y al alcalde entre otros muchos. Según los datos Jack está en algún lugar secreto. Lucas cree que forma parte de aquel enjambre corrupto, pero tendría que analizar todos los datos para asegurarse que es uno de los miembros de GHOST.
Sube al helicóptero y da instrucciones precisas para que a su orden y mediante las pruebas periciales que han enviado al Juez; arresten a los involucrados. Sobrevuela la ciudad rumbo al sur. Tiene una necesidad imperiosa de saber que habrá sido de Valeria…, tiene remordimientos por infiltrarla en aquel antro. Si le pasase algo…, no se lo perdonaría nunca.
El piloto le indica que hay cuatro fábricas en un perímetro cercano al desguace. Lucas intenta concentrarse, mientras sobrevuelan la zona. Intenta recordar si en las cajas de detergente halladas en la trastienda del Pub aparecía algún logotipo significativo que las distinga de otros fabricantes, pero aquellas cajas no estaban marcadas.
Le indica al piloto con un giro de su dedo índice en el aire, que vuelva a dar la vuelta. Tienen que encontrar una pista, que les haga pensar de que fábrica se trata. En pocos minutos y después de haber sobrevolado en círculo varios kilómetros. Ven una ambulancia, que se dirige a la zona de aparcamiento de una de las fábricas.
– ¡Bingo! – Lucas se comunica por radio con sus analistas. – tenemos alguna noticia que destacar.
– Si, el caso es que sí. Ayer por la noche desapareció una joven de 17 años, cuando volvía del instituto. La Policía Local nos ha informado que encontraron su móvil, entre unos arbustos a la salida de la A-3 dirección sur, les he pedido que me lo envíen, para analizarlo.
– ¿Y? – Lucas espera impaciente.
– Según la investigación de la Policía, ayer por la noche mandó un mensaje de Whatsapp a una amiga. Tenían una fiesta con varios adultos que se unieron a la nueva aplicación. Uno de los teléfonos del registro de contactos es de Martín y el otro es el de Jack. – estaba intentando asimilar lo que oía.
– Vale, en cuanto tengas más información no dudes en llamarme. – colgó antes de bajarse del helicóptero.
Valeria mantenía a Olivia detrás de ella mientras avanzaban, tenía que asegurase de que aquel era el sitio donde la empresa de tecnología implantaba los dispositivos en las mujeres. Olivia cogió una barra hierro y antes de que Valeria se diera cuenta le golpeó en la cabeza y le dejo inconsciente. Retiró el arma de sus manos y la arrastró para que nadie que pasara por allí la descubriera. Avanzó despacio hasta el umbral de la puerta metálica e inspeccionó de forma intermitente asomando la cabeza. El equipo médico en esos momentos no estaba. Así que le pareció el momento perfecto para intervenir. Se plantó a un lado de la sala, donde una capsula hermética mantenía con vida a una mujer más joven que ella. Le acababan de realizar la intervención, pero desgraciadamente no había superado la prueba. Estaba en estado vegetativo. La utilizarían para estudiar posibles secuelas. Arrastraba los pies al desplazarse. Quería ver cara a cara al miserable que la violó antes de operarla. Quería acabar con él. Una cristalera hasta el suelo, separaba aquella sala de un taller, donde se realizaban los ajustes del dispositivo en el cerebro. No había nadie por ningún sitio.
Valeria empezó a mover ligeramente la cabeza, el golpe le había ocasionado un agudo dolor en su lado izquierdo. Palpo con cuidado y se estremeció de dolor, intentó incorporarse, pero no tenía suficiente fuerza para aguantar su peso, así que decidió desplazarse reptando.

Lucas entra en la galería, detrás de él el piloto empuñando un arma. El olor a detergente cada vez era más pesado. Le picaba la garganta y los ojos. Descendieron varios pisos y vieron cómo la entrada de vehículos estaba abierta. La rampa estaba despejada, pero la ambulancia continuaba fuera. No había entrado. Se ocultaron y esperaron varios minutos. Alguien descendió por la rampa empujando una camilla, sobre ella había una joven que parecía dormida. Giraron a la izquierda y se metieron en el montacargas. Salieron de su escondite y bajaron por las escaleras al sótano, allí estaba el coche de Martín, con la puerta del maletero abierta y una raída cortina en el suelo. Se acercó a inspeccionar el vehículo. No había ni rastro de Valeria, no tardó mucho en deducir que habría hecho ella, así que se dirigió hacía la zona de taller.
A Valeria le pareció oír pasos, se agazapó detrás de un registro de agua. Vio dos siluetas que empuñaban un arma. Pasaron por su lado sin percatarse de que estaba allí. No descubrió que se trataba de Lucas hasta que no se aproximó a una zona iluminada. Entonces intentó ir tras él, pero no podía guardar el equilibrio si corría. Así que lo hizo lo más rápido que pudo. Lucas había cruzado la zona médica. El piloto comprobó en los monitores los cuerpos de las jóvenes metidas en las capsulas. Una de ellas estaba viva, permanecía con los ojos abierto. Al ver al hombre, le sonrió. Él golpeó la pantalla protectora y le habló.
– Pronto te sacaré de aquí. – le dijo mientras le guiñaba un ojo.

Olivia seguía adelante, oyó ruido en uno de los despachos, entró y se colocó detrás de un armario lleno de archivadores. Un joven de aspecto enjuto y de pelo engominado miraba distraído unos papeles. A Olivia le recordaba a alguien, pero no sabía bien que papel representaba en esta mierda. Le había visto en algún sitio, pero en esos momentos por más que intentaba recordar no lograba ubicar su cara.
Jack estaba destruyendo todos los documentos que le involucraban en el negocio tecnológico. Por eso había creado la empresa GHOST, para lucrarse de los beneficios que le ofrecía el alcalde y el comisario a cambio de que permaneciera con la boca cerrada. Él era una pieza clave en el rompecabezas. Su vida dinámica como Agente, el entendimiento de la economía y los procesos de comprar acciones, pero sobre todo de mover grandes sumas de dinero. Su socio no le iba a defraudar, el fantasma estaba en prisión. Jack solo tenía que parecer una víctima en vez de uno de los creadores de la empresa. El rechazo del gobierno para sacar al mercado un dispositivo que era efectivo un 30 % en la prevención de cáncer en el cerebro. Le hizo ver una oportunidad de oro. Con la ayuda del alcalde y el comisario tuvieron esa oportunidad, pero aquello no era posible. El 30 % no era real, después de más de cien intentos solo uno de ellos había salido con éxito, Olivia. Jack sabía que el tiempo se agotaba y tenía que desaparecer.

– Pon las manos por encima de tu cabeza. – le dice Olivia mientras le apunta con el arma.
– ¿Sabía que vendrías? – le dijo con media sonrisa.
– Ya…, ahora siéntate. – Olivia no percibe un ligero movimiento que hace Jack.
– Sube las manos hacia arriba.
– No te pongas nerviosa. – en ese momento aprieta el botón de un dispositivo y Olivia suelta el arma y presiona fuertemente sus oídos, pocos segundos después cae al suelo y se queda en un estado hipnótico, mientras que de sus oídos brota un hilo de sangre.

Valeria entra en aquella zona y ve a Olivia tendida en el suelo, se acerca hacía ella e intenta que salga de su estado, la zarandea por los hombros e incluso le propina un par de bofetadas. Olivia vuelve en sí, quejándose de dolor y mesando su cabeza. Intenta que aquel dolor se vaya con unas palmadas sobre el pelo.

El piloto se abalanza sobre Jack y le reduce en pocos minutos. Realiza una llamada al equipo de rescate, para que entren en la nave. Los equipos de asalto, entran de tres en tres. Detienen a treinta personas, entre ellas varias personas de alto cargo en el gobierno. Lucas vio que Valeria tenía cubierta de sangre la cabeza. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
– No me hagas esto nunca más. ¿Te queda claro? – ella se separó de él unos centímetros, le miró a los ojos y besó sus labios.

Lucas estaba junto a la cama de Valeria en el hospital central, tiene el móvil en silencio. Se queda medio dormido leyendo el periódico. Nota que el bolsillo le vibra. Desbloquea el teléfono y sale al pasillo.

– Sí señor, el caso está cerrado. Tendrá el informe en su mesa en menos de 24 horas.
– Lucas, buen trabajo. – Pese a las muestras visibles de cansancio, Lucas sonrió.

Permaneció unos minutos con la espalda apoyada en la pared, mirando hacia el techo. Un grupo de médicos pasó por su lado, hablando de la última intervención quirúrgica. Hablaban de un nuevo dispositivo que se implantaba en el cerebro; emitía descargas eléctricas a zonas que habían perdido actividad de choque. – Lucas no daba crédito a lo que estaba oyendo, se acercó con paso ligero hacía el grupo. – el dispositivo no era otro que un implante coclear, nada tenía que ver con el caso cerrado. – Después del susto entró en el lavabo, se aflojó la corbata y se lavó la cara con agua fría. Su teléfono volvió a sonar, está vez era un mensaje de texto.

– Tenemos otro caso.

©Julia OJidos Núñez
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