QUIEN TE ESPERA AL OTRO LADO
Tengo los ojos cerrados por alguna razón que no logro comprender. Mi conciencia empieza a castigarme con una vigilia ordinaria que provoca, una estrecha relación con mis sentidos. Algo ocurre en mi cerebro que no puedo controlar. Las sensaciones comienzan a aparecer por mi cuerpo, quizá, alguien enciende el interruptor y mi cerebro realiza su chequeo inicial; mis ojos dejan de moverse, las ondas cerebrales impulsan con entusiasmo al sistema nervioso…, los espasmos se ceban de forma caprichosa con las extremidades. Ahora es el momento en el que mis neuronas actúan de forma involuntaria para estimular mis sentidos.
A través de mis párpados una cálida luz difumina mi oscuridad; mi oído percibe con precisión sonidos lejanos, pero inconfundibles. No me atrevo a abrir los ojos, creo que resbalaré o me ocasionará un desmayo por falta de equilibrio. Mi piel se va acostumbrando a las cálidas sacudidas de la brisa marina que llegan a mí, de forma irregular. Percibo el gratificante olor salobre, pero no recuerdo donde estoy. He recuperado totalmente el control de mi cuerpo y me apresuro a abrir mis pesados párpados. El miedo se instala en mi pecho como si fuera un marcapasos. Los músculos se tensan y mi boca percibe el sabor amargo a hiel.
La luz del sol hace que parpadee sin evitar que me duelan los ojos; mi encuentro con la realidad es un duro golpe a la razón. Dejo a un lado ese tic nervioso que produce el parpadeo, por el exceso de luz y comienzo a enfocar la visión; nublada y liquida como si abriera los ojos bajo el agua. La distorsión del paisaje me hace estremecer, mi cabeza no logra asociar el tapiz de vivos colores y formas. Recupero el movimiento de mi cuerpo y decido mover la cabeza hacía un lado. La amalgama de sentimientos invade todos los rincones. Me doy cuenta de que estoy sentada en la marquesina de una parada de autobuses. Escruto cada centímetro del paseo con la esperanza de reconocer aquel lugar, para mí desconocido. Sincronizo mis movimientos y decido ponerme en pie.
El aire está preñado de humedad, se mueve con tanta rapidez que mi pelo provoca un ligero cosquilleo sobre mi cara. Giro sobre mí misma y comienzo a ver los detalles de aquel paisaje impuesto, quizá, secuestrado de mis recuerdos o de mi simple imaginación.
La gente habla en otro idioma, camina alegremente por la calle; les miro y parecen sonreír. Su indumentaria es precaria, pero destaca la caída de la tela sobre su cuerpo y el blanco luminoso. Los recuerdos comienzan a invadir la intimidad de mi ser. Una turbia agonía despierta al otro lado de mis sentimientos. Lo veo claramente, algo simpatiza de forma delicada con mi ánimo…, es una sonrisa conocida. Un niño de ojos claros y cara pecosa me mira con complicidad. Algo muy dentro de mí, me dice que forma parte de un recuerdo.
Intento doblegar los malos augurios, cierro los ojos y aprieto los párpados. Suplico para que la nube tóxica que cubre mis recuerdos se evapore. El olor del aire martillea una y otra vez los recuerdos, pero no hay forma de llenar esa laguna, serena y turbia.
Estoy al borde de la locura, la sien me palpita y el esfuerzo por recordar me fatiga. Aquel niño con piel de melocotón grita desde el otro extremo de la avenida. Son palabras vaporosas perdidas en el viento, pero que traen a mis oídos una tierna caricia.
– Mamá…

La sutileza del sonido, vibra en mi interior causando un torbellino de intensas sensaciones que dispersan la espesa nube que cubre mis recuerdos. Tengo los labios lapidados, postrados, sin poder despegarlos por falta de estímulos. Mi corazón grita desconsoladas palabras que solo mi cerebro puede oír.
– ¡Hijo…!
A partir de ahí, un aluvión de imágenes, sonidos y sabores, rompe las losas que cubren mi pensamiento. Aprieto los puños y noto como se agarrotan mis tendones. El luminoso paisaje lleno de palmeras, gaviotas surcando los cielos y el aire con sabor a sal, se va trasformando.
Ahora solo son miradas de extraños que se agrupan a mi alrededor. Parecen despegar los labios; están hablando, pero no logro identificar sus palabras. Solo son labios que interactúan con ellos mismos. En ese momento percibo una fuerte sacudida que hace temblar mis piernas, casi caigo sobre ellas. Alguien que no conozco me agarra con fuerza de la mano y tira de mí. Tengo la sensación de que caigo a un profundo pozo; la luz se va alejando a medida que desciendo. Mi corazón apenas emite sonido alguno. – creo estar muerta.
La enfermera dice a los parientes de Marina que salgan de la habitación. Sus pulsaciones han bajado a casi cero, confían en que su cerebro envíe una respuesta rápida, necesita un choque eléctrico que le haga salir de aquella situación. Desde la puerta un chico de siete años, observa con lágrimas en los ojos a su madre, mantiene la esperanza de abrazarla de nuevo. Sabe que luchará con ahínco para estar con él. Por eso todas las noches cuando duerme la busca entre los sueños; aquella noche la vio. Esperaba un autobús, iba vestida de blanco y tenía la piel bronceada. Recuerda que la gritó desde el otro lado de la avenida, pero ella parecía no oírle.
Las enfermeras se movían con rapidez, intentando recuperar el cuerpo de Marina. Las fuertes sacudidas hacían que se levantara varios centímetros de la cama, volviendo a caer sobre ella.
Bajar tan deprisa, me produce vértigo. He chocado contra el suelo y mi cuerpo se ha estremecido por completo; extrañas descargas que recibo con alivio despiertan mis músculos. Noto que mi corazón vuelve a latir. Necesito aire, me incorporo, abro la boca y los ojos. – ¡Estoy viva!
El monitor muestra el ritmo cardiaco, los registros de actividad neuronal son normales, Marina ha despertado del coma. Las enfermeras le hablan despacio mientras acomodan su cuerpo de nuevo en la cama, le ponen oxígeno. Escucha con atención, pero es demasiada información para su cerebro. En ese momento se aísla de todo y mira al frente, ve cerca de la puerta una pequeña figura que se frota los ojos con la manga de la camiseta. Sonríe mientras deja escapar varias lágrimas, se quita torpemente la máscara que le cubre la boca y pronuncia otra vez.
– ¡Hijo…! – aquella sensación no la olvidará jamás. Todos sus temores se disiparon al pronunciar aquella palabra. – Aquella palabra le trajo de vuelta.
Marina tuvo un accidente de tráfico que le causó un coma irreversible, pero sin embargo no había llegado su hora. Ella contó con todo detalle a sus familiares lo que había visto en el otro lado y que a partir de ese momento no tendría miedo a la muerte.

 

Presentado al concurso de RTVE de relatos cortos

©Julia OJidos Núñez
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