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( Este relato está basado en hechos reales, por desgracia “Las niñas de las naranjas” siguen existiendo en muchos países asiáticos, son secuestradas y vendidas, obligadas a prostituirse)

 

PIEL DE NARANJA

 

(Primera parte)

 

Descendí del avión con cierto temor. Baje las escaleras con las piernas temblorosas. Hacía más de veinte años que no sabía nada de ti y, sin embargo, a pesar de mi pánico al avión, vuelvo a pisar el suelo que me vio nacer.
Hace unos días recibí por correo ordinario una carta con sello de Vietnam. En cuanto toque con mis manos aquel trozo de papel, sabía quién era el remitente. Desde tu última carta ya hace más de cinco años…, no sabía si estabas vivo o muerto. Me acerqué la carta a la nariz, con la intención de evocar los recuerdos. Esos recuerdos que me marcaron para siempre, no solo psicológicamente; sino sobre mi piel

Vietnam, 12 de septiembre del 2000

El año que cumplí los diez años, fue el peor año de mi vida. La situación económica de mi familia iba de mal en peor. Aquel año sufrimos la peor catástrofe que puede sufrir un pueblo. El cielo comenzó a marchitarse, dejando pequeños trazos de nubes gaseosas alrededor del sol. Cuando se cubrió por completo, el ruido se apoderó de los campos. Jamás, en mi corta edad había visto gotas tan grandes de agua caer desde el cielo. Coloqué mi pequeña mano como visera sobre mi frente, intenté mirar al cielo, pero mi padre agarró mi mano y nos alejamos corriendo por la selva. El aire comenzó siendo un silbido que esparcía su aliento por las copas de los árboles, barriendo con furia sus grandes hojas. Cuando el aire fue bajando hacía el suelo, el agua tomó fuerza y bajó rápidamente por una pequeña ladera; nos cubrió por completo.

 

Barcelona, 3 de agosto del 2010

-Josep, el quirófano está preparado. – Le mira enfundado en su atuendo de color azul.

– Vamos allá. – Se coloca la mascarilla y los guantes; entra.

– Loan, vamos a dejarte muy guapa. Confía en mí. – Cuenta despacio hacía atrás comenzando desde diez.

Allí sobre la mesa de operaciones, comprendí lo enamorada que estaba de Josep. Aquel joven me cambió la vida. Me alejo del miedo, de las calles…, me hizo sentir mujer. Una mujer libre y dueña de su propia vida.

 

Vietnam 19 de septiembre del 2000

Después de días de inundaciones por todo Vietnam, la caótica situación del país hizo que militares de otros países llegaran para ayudar a los pocos soldados que quedaron con vida. Murieron novecientas personas y más de cuatro millones se quedaron sin hogar. Yo fui una de ellas. Antes de que mi padre muriera delante de mí, tuvo la fuerza necesaria para colocarme en una improvisada embarcación, tenía los movimientos limitados, solo podía mover los brazos y con mucho esfuerzo girar la cintura. Tenía las piernas retorcidas a causa de las fracturas, la mitad de su cuerpo estaba encajado entre las raíces de un árbol. Me acarició la mejilla con su dedo índice, frio y delgado; empujó la embarcación y comencé a moverme. Aquella imagen la recuerdo como si todos los días viviera ese momento, aquellas sensaciones… Mis ojos se encharcaron de lágrimas, gritaba su nombre, una y otra vez; hasta que perdí la imagen de su rostro entre la maraña de árboles rotos y restos de animales.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi padre empujó la embarcación. Tenía mucha sed, pero sabía que no podía beber el agua de la riada. Olía de forma apestosa, los animales se descomponían rápidamente. El calor era insoportable. Me acurruqué sobre la plancha de madera y me dejé llevar.

 

Vietnam 21 de septiembre del 2000

 

El nivel de agua había bajado y con ello aquella masa incorpórea se estancaba. Me incorporé despacio, froté mis ojos. Vi el dantesco paisaje que se sembraba a mi alrededor. Los cuerpos de los campesinos flotaban por todas partes, las moscas anidaban sobre ellos. No me movía, el aire a podrido cubría toda la superficie del agua, haciendo que mis arcadas fueran continuas. Rompí un trozo de tela de mi camiseta, me cubrí la nariz y la boca. Las moscas me cubrían los ojos. Chupaban activamente el sudor de mi piel. Casi no podía pestañear. Aquella cortina espectral, sacada de una pesadilla, me trajo un sonido lejano. Agucé los oídos, intentaba no respirar para no distraer mi atención. Los zumbidos de las moscas impedían percibir con claridad de donde procedía. No podía hacer otra cosa que gritar. Grité con todas mis fuerzas pidiendo ayuda. Aquel sonido comenzó a ser más audible. Alguien estaba cerca, pero no conseguía abrir los ojos de par en par. Cada vez que los intentaba abrir, las moscas se metían dentro de los ojos. Las espantaba con las manos y entonces, conseguí ver una embarcación a motor que se aproximaba en mi dirección.

Varios hombres me arrastraron por el tablón hasta su embarcación. En ese momento tuve miedo; pensé que no eran forma de tratar a una niña perdida, asustada. Hablaban entre ellos, pero no lograba entender lo que decían, solo palabras sueltas. Hablaban Chan, un dialecto que conocía de mis abuelos. Fue entonces cuando uno de ellos me cubrió la cabeza con un saco, viró la embarcación y cogimos velocidad.

 

Vietnam 25 de septiembre del 2000

Había estado dormida durante días. Estaba en tierra firme, limpia y con ropa nueva. Al abrir los ojos me encontré con la mirada de varias niñas de mi edad que sonreían tapándose la boca. Cuchicheaban entre ellas. Intenté incorporarme, pero caí irremediablemente sobre el futón. Estaba hambrienta, una de ellas me ofreció un cuenco con sopa; me dijo que lo tomara despacio. La puerta del zulo se abrió, alguien bajó por la escalera con una pequeña cesta llena de naranjas. Un hombre de piel cetrina y mirada fúnebre llamó a una de las niñas. Le dio una naranja partida en dos mitades. Aquel gesto no me gustó nada, cuando vi a la pequeña subir por la escalera con los trozos de naranja, comencé a llorar. Las chicas querían impedir mi llanto y pellizcaban mis pies con fuerza, el siniestro hombre no apartaba la mirada de ellas. Acto seguido, una a una fueron saliendo con media naranja en cada mano. Sabía que pasaría después. Lo había visto muchas veces en la ciudad, en las calles donde frecuentaban los turistas; venían a países como este para satisfacer sus enfermizos deseos sexuales.

 

Estaba tan cansada, que no aguanté mucho tiempo con los ojos abiertos. Tuve sueños agitados, sudaba y gritaba. Me había subido la fiebre. Oía gente a mi alrededor, pero no lograba ver sus rostros. Una cortina rugosa me impedía ver con claridad. Al día siguiente me encontraba mejor, me atreví a levantarme y andar por aquel pequeño zulo oscuro y húmedo. No había nadie o eso me parecía. Al avanzar tropecé y caí al suelo. Allí muy cerca de donde había tropezado unos ojos llenos de terror me miraban sin pestañear. Tenía la cara magullada, mordiscos por el cuello, arañazos y le habían arrancado cabello. Aquella niña tenía diez años, llevaba allí metida mucho tiempo, su padre la vendió.

 

Barcelona, 5 de agosto del 2014

-¿Loan, como te encuentras? –  Josep está bastante satisfecho con la segunda operación, han podido reconstruir el lado derecho de su rostro. – Loan algo dolorida le sonríe y le mira fijamente a los ojos. Josep, le acaricia la mano y besa sus nudillos.

 

– Te quiero Loan. – una pequeña lágrima se resbala por la mejilla de la joven y Josep la recoge con el pulgar. Ella de momento no puede hablar, tiene vendada la cara, mantiene la mandíbula apretada con un artilugio metálico de sujeción.

 

Vietnam, 30 de octubre del 2000

 

Ya estaba recuperaba de mis heridas, llevaba sin ver la luz del sol más de un mes. Habían traído más chicas. Las ayudé en todo lo que pude, pero aquel día, el tipo de la cesta de naranjas bajó por la escalera y me señaló con el dedo. No dudé en acercarme deprisa, pues, sabía que si no lo hacía de inmediato me daría una paliza. Lo había visto otras veces… así que decidí mostrarme sumisa. Me acerqué e incliné la cabeza. No le quise mirar a la cara. Él tomó mi barbilla con sus vastas manos y me hizo mirarle a los ojos. En aquel momento comprendí que había llegado mi día. Sentí terror; un terror que hizo doblar mis delgadas piernas. Es como caer a un pozo profundo, donde el final nunca está cerca. Apreté los puños, tan fuerte, que clavé mis uñas en la palma de mis manos y brotó sangre. Subió detrás de mí; mientras subía las empinadas escaleras, él rozaba mis glúteos con la palma de su mano. Intentaba subir más deprisa, pero los peldaños eran tan altos que mis piernas no llegaban al siguiente.  Al salir al exterior, el sol emergió como una exhalación dentro de mi pupila, generando una fobia al espacio abierto. Los ruidos se acumulaban dentro de mis oídos, incapaces de descifrar de donde procedían.  Estaba desubicada, sospechaba que estaba muy lejos de mi hogar, miraba las calles con la esperanza de reconocer, algún letrero o bazar, pero aquel lugar era desconocido. Me agarró con fuerza de la mano y me condujo por un mercado muy concurrido. Giramos por un callejón a la derecha y nos paramos frente una puerta pintada de color azul. Entramos sin llamar, dentro estaba oscuro, pero se podía distinguir los escasos muebles que había cercanos a una ventana. El lugar estaba limpio y olía a flores. Subimos por una escalera de peldaños de madera. Entonces comencé a oír, gemidos y gritos ahogados. Algo familiar hizo que mis recuerdos se instalasen de nuevo en mi memoria. Fue la primera noche que espié a mis padres, me desperté; me acerqué despacio donde ellos dormían. Mi madre estaba completamente desnuda, estaba sentada sobre mi padre, su cabello le cubría los pechos. Tenía los labios entreabiertos y jadeaba.

Él hombre con mirada fúnebre, me hizo un gesto para que entrara por la primera puerta. Yo quise negarme retrocediendo hacía la pared. Él me cogió del pelo y me explicó que observara como tenía que complacer a los clientes. Qué aprendiera deprisa, porque en unos días yo ocuparía su lugar. Comencé a tiritar, mis músculos se tensaron; me puse a llorar. Aquel apestoso tipo volvió a tirarme con fuerza del pelo y no tuve otra opción que sujetar temerosa la manilla de la puerta; entrar en aquella habitación. Eran imágenes inconexas, desordenadas, llegaban a mi cerebro de forma borrosa. Un hombre desnudo estaba al borde de la cama, era occidental, rubio y de mediana edad. Agarraba su cosita entre sus manos y una niña mayor que yo bebía de él. Era algo repugnante, algo que no quería hacer. Salí de la habitación, llena de angustia. El hombre había desaparecido. Así que decidí salir de aquel edificio.

 

 

Barcelona, 29 de octubre del 2000

Josep mira el reloj varias veces, está sentado en la zona de embarque. Quedan pocos minutos para el primer aviso. Después de varios años ejerciendo como uno de los mejores cirujanos en su ciudad natal, decide ir donde verdaderamente le necesitan.  Aquellos acontecimientos iban a marcarle de por vida. Una nueva vida, que sin duda le causaria dolor, tristeza, pero también alegría.

El vuelo de dieciséis horas con una escala en Dubái, fue verdaderamente agotador. Tenía un ligero dolor de cabeza y al bajar del avión, noto como se le hinchaban las manos. No hacía mucho calor, esperaba algo más, pero la humedad era insoportable.

Según las guías turísticas era uno de los mejores meses para viajar a Vietnam; octubre, diciembre, marzo. Aquel año después de las devastadoras inundaciones, todo estaba patas arriba. Cogió su maleta e intentó, encontrar un taxi. Esperó durante más de quince minutos en la parada…, dispuesto a entrar de nuevo en la terminal. Un pequeño de no más de ocho años se le acercó con una sonrisa en los labios y con inglés chapurreado, le llevó hacía un vehículo aparcado al otro lado de la acera.

Aquel pequeño ayudaba a su padre a conseguir turistas despistados que necesitaban sus servicios. Era un taxi ilegal. Josep, lo meditó durante varios minutos, pero al final accedió. La circulación era lenta por las zonas más civilizadas. Los campos estaban completamente destruidos, la calle era una enorme piscina de lodo. Los militares, solo pudieron abrir al tráfico las arterias principales que llegaban a la capital. Todo lo demás estaba sumergido en un lodazal. Se desviaron por una zona rocosa, Josep temía que fuera engañado, así que pidió al conductor, sentarse como copiloto. El todoterreno avanzó por la zona sin ningún altercado.

Atravesaron la capital entrando por el oeste, una de las calles más concurridas era la del mercado de especies. El taxi se desplazaba a poca velocidad, intentando que la gente se apartara. Josep miraba por la ventana algo conmovido. Había muchas personas deambulando por la calle, con la mirada perdida y la ropa desgarrada. El chofer paró el vehículo, no podía avanzar más. Le indicó que a unos quinientos metros encontraría su hotel.

 

Josep descendió del coche, con la mirada perdida, buscaba un ápice de sosiego en una mirada, en un gesto, pero solo encontró desaliento. Caminó hasta una fachada pintada de verde, donde un cartel descolgado, anunciaba su hotel. En los escalones de la entrada, había una niña con piel de nácar y ojos verdes. Tenía los ojos muy abiertos, parecía perdida. Absorta de la realidad. Se acercó a ella. Acercó su mano para acariciarla, pero salió corriendo y se perdió entre la multitud

Josep todas las mañanas miraba por la ventana del hotel, esperanzado de encontrarse con aquella niña. Antes de bajarse del taxi, el chofer le entregó una tarjeta. Le dijo que si algún día necesitaba sus servicios llamara a ese número y en pocos minutos estaría en la puerta del hotel.

 

Vietnam, 3 de noviembre del 2000

Estoy tumbada en el futón, mantengo los ojos abiertos. Apenas duermo desde que visité la casa de citas. Recuerdo lo que me dijo con tono hosco mi raptor. – Tienes que aprender a complacer a los clientes, un día de estos serás tú la que esté en esta habitación. Una y otra vez las imágenes danzaban en mi cabeza. –  La desnudez de un cuerpo pequeño sobre la cama y un hombre de pie junto a aquella chica…

El portón se abrió de golpe, la luz entró a raudales inundando todo a su paso, un ligero olor a fruta se desvanecía en mi nariz. El hombre que entró, no era el de todos los días, tenía una voz diáfana y ronca. Se acercó al futón y me entregó ropa limpia.  Me dijo que me cambiara de inmediato, que hoy empezaría a trabajar en el mercado. Cogí tan deprisa como pude la ropa del suelo y me desnudé rápidamente.

Mi hora había llegado, estaba en un estado hipnótico, no tenía capacidad para pensar ni actuar. Paseaba arriba y abajo por el mercado. Con media naranja en cada mano, esperando que un cliente pagara mis servicios. La gente pasaba por mi lado y no me miraba, y si lo hacían era para darme un puntapié. Todos eran cómplices de lo que pasaba allí. Estaba muy asustada, quería que todo volviera a ser como antes; mi vida anterior, mi familia. Me puse a llorar.

Vietnam, 3 de noviembre del 2000

Josep coge su mochila y baja por las escaleras del pequeño hotel. Hoy comenzaría a trabajar en las zonas más afectadas, quería hacer un recorrido por los pequeños hospitales de campaña, afincados en zonas estratégicas. El mercado estaba muy concurrido, aunque la comida escaseaba siempre había gente para hacer intercambio. Estaba en el viejo todoterreno de Din, sentado en el asiento de copiloto. Mirando a través de la ventana. Observando toda la gente que movía el mercado principal de la ciudad. Era un día gris, repleto de nubes negras en el cielo y un aire espeso preñado de humedad. El coche se paró de golpe, miró de soslayo al conductor, había cambiado el rictus de sus labios. Al mirar al frente descubrió unos bonitos ojos verdes que le miraban desde la distancia. Era ella, la preciosa niña que esperaba en la escalera del hotel, vestida de blanco y con pequeñas flores en el pelo. En ese momento un hombre de mediana edad le asió con fuerza del brazo y la retiró de la calzada. Josep, miró perplejo la actuación de aquel hombre, bajó del vehículo.

– Suelta a la niña. – le dijo en tono amenazante. Aquel hombre, le miró a los ojos y sonrió sin decir ni una sola palabra. Empujó a la niña varias veces, sin dejar de mirar a Josep. – Din está a su lado.

– Señor, es mejor así, no la siga. – Josep giró la cabeza para mirar a su chofer, estaba sorprendido. Se metió en el coche y cerró la puerta de un portazo.

– Señor, no puede actuar así. Aquí no es su país. Ese hombre no es su padre, es su dueño.

– Aquí la supervivencia del que no tiene nada es muy difícil y ahora en la situación que se encuentra el país peor aún.-

– ¿Qué hacen con esas niñas? ¿Mendigan? ¿Qué significa lo de las naranjas?

– Se les llama, las niñas de las naranjas, su dueño vende su virginidad. Las naranjas son una señal para el cliente. Las venden por dólares americanos.

– No me puedo creer que el gobierno permita eso en sus calles, son muy pequeñas.

– Muchos de ellos frecuentan esos lugares de citas. Si esa pequeña tiene suerte y algún militar o mandatario quiera tenerla en su casa, la cosa cambiaría.

– ¿En qué cambiaría? – Josep tenía los ojos desorbitados, llenos de furia, mantenía los puños apretados. Comenzó a dar puñetazos al salpicadero del coche.

– La respuesta es sencilla, la persona que se haga cargo de ella pagaría una gran suma de dinero al proxeneta para que la entregue virgen. Todavía hay lugares en este país que existe la poligamia. Aunque ya no lo contemplan las leyes, muchos ricos siguen apostando por tener varias esposas. Digamos que es, uno de los indicadores de riqueza más conspicuos que puede exhibir un varón.

No intercambió ni una sola palabra más, estaba agotado. Apoyó la cabeza en el cristal de la ventana y se perdió en sus pensamientos. Josep era un brillante joven de buena familia, había dejado todos sus proyectos almacenados en un cajón del escritorio. Se sentía bastante vulnerable con aquel acontecimiento, lastimado y con una sola imagen en su cabeza. Aquellos preciosos ojos, pidiendo y suplicando ayuda.

Recorrieron varios campamentos, en cuanto Josep se bajó del coche, ayudó sin demora a los médicos y enfermeras desplegados en la zona como voluntarios. El primer día fue agotador, trabajó sin descanso durante dieciséis horas. Operó y amputó a cuatro mujeres, revisó varias intervenciones. Aquel día no regresó a su hotel, dormitó varias horas en una vieja silla.

Barcelona, 13 de septiembre del 2000

(Un día después de las inundaciones)

– Hola, Josep, ¿qué tal la última intervención? – Josep sostenía una taza de café, había terminado una complicada operación.

– Estoy satisfecho, la intervención ha sido un éxito.

– Me alegra oír eso.

– ¿Has hablado con ellos? – sopla de nuevo el café y da un pequeño sorbo.

– Si, hace unos minutos. – Josep no estaba muy concentrado en las preguntas del jefe de cirugía, estaba leyendo la portada de una de las noticias destacadas. Observaba con atención la fotografía.

Grandes inundaciones asolan Vietnam

La foto de la portada era estremecedora, niños y adultos caminaban desnudos entre el barro. Algunos de aquellos niños carecían de alguno de sus miembros.

– Una foto impactante, ¿verdad? – Josep se sobresalta, no sabía que María estaba a su lado.

– Sí, la verdad es que resulta inquietante y demoledora.

– ¿En qué piensas Josep? ¿qué tramas? Ya sabes que no puedes tener secretos para mí. – Josep levanta la mirada; sonríe a su amiga.

– Me voy a Vietnam.

– ¿Qué? – su amiga le mira de forma distante, no parece sorprendida. Le conoce perfectamente y sabe que tiene un arraigado carácter impulsivo.

 

 ©Julia OJidos Núñez
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