ELCUBO

 

En primer lugar, quiero pedir disculpas por mi ausencia. La falta de tiempo me ha obligado  aparcar una temporada mi gran pasión; escribir y compartir mis historias. Intentaré ponerme al día en vuestros espacios. Muchas gracias por estar ahí. Un fuerte abrazo. 😉

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Me despierta unos pasos sobre la tarima; tengo los ojos cerrados, no sé, si estoy soñando o simplemente estoy muerta. No siento dolor, ni pena, ni alegría. Parezco un vago recuerdo metido en una lata. Reúno todas mis fuerzas y consigo abrir los ojos. Una y otra vez abro y cierro. –  Todo está borroso. Solo distingo oscuridad y un pequeño haz de luz. Tengo la boca cerrada, pero el sabor a sangre me desconcierta. Muevo la lengua por dentro de mi boca y el sabor es rancio; es como si la hubiese tenido cerrada una eternidad, me doy cuenta de que no tengo dientes. Mi boca es una excavación profunda y cerrada. Me gustaría mover mis manos, para acariciar mi cara, pero creo que ya no forman parte de mi cuerpo. Empujo con la lengua los labios, pero mi boca no se abre. Comienzo a respirar de forma agitada, intento recordar… – Oigo los pasos muy cerca de mí, abro completamente los ojos. Una imagen difusa y oscura se dibuja en la retina. Es la galería…, comienzan los recuerdos.

La gente se agolpa alrededor de mi obra “El Cubo”, comentan entre risas y susurros. – No puedo moverme, un sudor frío envuelve mi rostro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y resbalan por mi cuerpo hasta colarse por los pequeños orificios del cubo de titanio. No tengo dolor, pero sé, que, para meterme en el cubo, han tenido que fracturarme las articulaciones, al igual que la columna para plegarme como un acordeón. Mi cabeza está colocada sobre la masa de carne y hueso rotos, dentro de una caja que drena mis fluidos al exterior por pequeños orificios. – No sé el tiempo que me queda, pero no será mucho. Han desconectado mi sistema nervioso y solo me queda esperar.

Marina es la primera en llegar a la cafetería, está algo nerviosa. Es la primera vez que expone sus obras en una importante galería de arte en Madrid. Consulta el reloj varias veces, pero no se fija en la hora que marca las agujas. No sabe quién es el marchante de arte, su contrato lo gestionó una sociedad de artistas; desconoce cómo se llama y que aspecto tiene el propietario de la siniestra sala de arte.

Su obra principal “El Cubo” había sido el reclamo para que el marchante se fijara en ella. Había publicado sus obras en un blog personal y la verdad, no sabía que podía tener tanto éxito. Su forma de ver el arte era bastante estrambótica, épica e incluso algo demencial.

Con los nervios a flor de piel, se cuelga su identificación en el cuello y decide ser la primera en pisar la sala. Antes de entrar, una limusina aparca frente la puerta principal; un hombre de aspecto siniestro sale del coche. Le observa por encima de sus gafas oscuras y se relame. Aquella muestra de deseo, hizo que el quebradizo cuerpo de Marina se encogiera a causa de un escalofrío que le recorrió la espalda.

 

 

Relato presentado al concurso Calabacines en el Ático ( Saco de Huesos, La Blibioteca Fosca)

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

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