SOLO UNOS MINUTOS

 

Hoy he robado al tiempo unos minutos de reflexión, he acabado de leer el libro y he decidido descansar mis ojos. El vagón de metro está lleno de gente gris. No me gusta levantar la mirada, siempre me encuentro ojos somnolientos que miran incapaces de saber que estoy pensando. Me planteo cambiar, pero no puedo; quizá ese lado mío que me hace estremecer cuando estás cerca, se ha solapado a mi carácter. – ¡Qué frágil soy a veces! – ¿Por qué es tan difícil pasar página? El metraje no para de pasar en mi cabeza. Soy demasiado cobarde para sincerarme conmigo misma. Tú me haces daño, lo sé, aunque esté confundida entre el amor y el sexo, tengo claro que te has llevado una parte de mí que desconocía. Separados por una capa invisible nuestros cuerpos siempre terminan arropándose entre besos. El olor de tu piel, el sudor que impregna mi cuerpo cuando más te deseo. Me estremece las sacudidas en la espalda, tus labios húmedos y entreabiertos; arden, recogen sorbos de deseo. Aspiran incansables el jadeo de mis labios.  Tu cuerpo es una fina línea en la pared que se arquea y embiste, flaquea unos segundos hasta que penetra de nuevo. Mi visión se vuelve borrosa, dejo de oír, solo siento el roce de tu piel, tus jadeos. El calor asciende cada vez más, hasta que encuentro ese trozo de mí, que solo tú me sabes dar. Me aprietas con fuerza los glúteos, me azotas, haces que mis palabras se derritan en mi lengua. Me coges de las caderas, cierro los ojos, sé lo que llega ahora; levanto las caderas y te sumerges dentro de mis aguas, tu lengua perfecciona las sacudidas, hundes y rozas buscando el elixir. Hasta que termina otra vez. Bebes lo que mi fuente derrama, lames los restos en mi piel. Tu mirada en ese momento me embebe, me manipula, me castiga, me golpea, me desarma. Me coges por las muñecas y me penetras con suavidad hasta que mi montaña se cubra de nieve. Besas mi pubis, patinas con tu lengua por el surco de mi ombligo, me traicionas con un dulce cosquilleo en las costillas. Intento incorporarme, pero tu mirada me aplasta contra la almohada. Silenciosa y ambiciosa mi lengua abre tus labios y penetra firme en tu boca, dejando y arrastrando las súplicas que hacen eco en nuestros pensamientos. De tantas formas me tienes atrapada, que cuando te despediste de mí, sentí un terrible hueco, un vacío vertiginoso que se vaciaba dentro de mi ser. No puedo dormir sin pensar en cada minuto que disfrute a tu lado, pero ahora me doy cuenta de que solo fueron eso, minutos. Minutos robados de tu vida, porque la mía siempre es igual, contigo o sin ti.

 

Comentarios en el siguiente link;

Solo unos minutos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CORAZÓN DE ACERO, CORAZÓN MALVADO

Tienes la capacidad de inventar tus propias mentiras, de crear un estado de ánimo. De sepultar la pureza que trajiste al nacer. Esquivas a la buena gente y arremetes con coraje contra ella; no sabes dónde está tu límite, tampoco lo buscas. Moldeas a gente pusilánime para que te ofrezca el poder que necesitas para vivir. Eres líder en tu pequeño mundo que proteges de mentiras y cosas materiales, pero en tu silencio, lloras de rabia y frustración. Te estremece no tener tentáculos para alcanzar lo que deseas y que nunca podrás tener. Eres anoréxica de palabras, de sentimientos; un esqueleto exangüe que vaporiza la realidad. Tu castillo de naipes se bambolea a cada momento. Te crees Blancanieves, pero eres la figura que se refleja al otro lado del espejo. Te gustaría ver lo invisible, pero solo alcanzas ver tu orgullo. Parcheas tu mundo inventado y construyes con ahínco tu poder. Tu fracaso es el apellido que robaste en el tiempo. Manipulas degradando y humillando incluso a las personas que quieres, solo así te sientes poderosa, viva. Cuando te sientes defraudada recurres al chantaje emocional, son pocos los que te siguen, pero desgraciadamente tus víctimas viven en estado amnésico. Nunca te llegas a caer, siempre encuentras un alma desconsolada que atrapas entre tus garras y estrujas hasta sacarle el jugo. Solo te lamentas si tus planes salen mal, te alegras por las derrotas de otros, te muestras indiferente a sentimientos pasados. Eres calculadora y fría, persigues la libertad de tus acciones, la codicia de tener más, cueste lo que cueste. Eres un alma desgraciada que solo cosecha victorias escondidas, sepultadas…, victorias que creas en ese mundo mágico lleno de odio y rabia. Donde no se contempla la verdadera esencia de la vida, la humildad, el amor y la amistad.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CUBO

 

Me despierta unos pasos sobre la tarima; tengo los ojos cerrados, no sé, si estoy soñando o simplemente estoy muerta. No siento dolor, ni pena, ni alegría. Parezco un vago recuerdo metido en una lata. Reúno todas mis fuerzas y consigo abrir los ojos. Una y otra vez abro y cierro. –  Todo está borroso. Solo distingo oscuridad y un pequeño haz de luz. Tengo la boca cerrada, pero el sabor a sangre me desconcierta. Muevo la lengua por dentro de mi boca y el sabor es rancio; es como si la hubiese tenido cerrada una eternidad, me doy cuenta de que no tengo dientes. Mi boca es una excavación profunda y cerrada. Me gustaría mover mis manos, para acariciar mi cara, pero creo que ya no forman parte de mi cuerpo. Empujo con la lengua los labios, pero mi boca no se abre. Comienzo a respirar de forma agitada, intento recordar… – Oigo los pasos muy cerca de mí, abro completamente los ojos. Una imagen difusa y oscura se dibuja en la retina. Es la galería…, comienzan los recuerdos.

La gente se agolpa alrededor de mi obra “El Cubo”, comentan entre risas y susurros. – No puedo moverme, un sudor frío envuelve mi rostro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y resbalan por mi cuerpo hasta colarse por los pequeños orificios del cubo de titanio. No tengo dolor, pero sé, que, para meterme en el cubo, han tenido que fracturarme las articulaciones, al igual que la columna para plegarme como un acordeón. Mi cabeza está colocada sobre la masa de carne y hueso rotos, dentro de una caja que drena mis fluidos al exterior por pequeños orificios. – No sé el tiempo que me queda, pero no será mucho. Han desconectado mi sistema nervioso y solo me queda esperar.

Marina es la primera en llegar a la cafetería, está algo nerviosa. Es la primera vez que expone sus obras en una importante galería de arte en Madrid. Consulta el reloj varias veces, pero no se fija en la hora que marca las agujas. No sabe quién es el marchante de arte, su contrato lo gestionó una sociedad de artistas; desconoce cómo se llama y que aspecto tiene el propietario de la siniestra sala de arte.

Su obra principal El Cubo había sido el reclamo para que el marchante se fijara en ella. Había publicado sus obras en un blog personal y la verdad, no sabía que podía tener tanto éxito. Su forma de ver el arte era bastante estrambótica, épica e incluso algo demencial.

Con los nervios a flor de piel, se cuelga su identificación en el cuello y decide ser la primera en pisar la sala. Antes de entrar, una limusina aparca frente la puerta principal; un hombre de aspecto siniestro sale del coche. Le observa por encima de sus gafas oscuras y se relame. Aquella muestra de deseo, hizo que el quebradizo cuerpo de Marina se encogiera a causa de un escalofrío que le recorrió la espalda.

Relato presentado al concurso Calabacines en el Ático ( Saco de Huesos, La Blibioteca Fosca)

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

El cubo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

( Este relato está basado en hechos reales, por desgracía “Las niñas de la naranjas” siguen existiendo en muchos países asiáticos, son secuestradas y vendidas, obligadas a prostituirse)

 

Descendí del avión con cierto temor. Baje las escaleras con las piernas temblorosas. Hacía más de veinte años que no sabía nada de ti y, sin embargo, a pesar de mi pánico al avión, vuelvo a pisar el suelo que me vio nacer.
Hace unos días recibí por correo ordinario una carta con sello de Vietnam. En cuanto toque con mis manos aquel trozo de papel, sabía quién era el remitente. Desde tu última carta ya hace más de cinco años…, no sabía si estabas vivo o muerto. Me acerqué la carta a la nariz, con la intención de evocar los recuerdos. Esos recuerdos que me marcaron para siempre, no solo psicológicamente; sino sobre mi piel

Vietnam, 12 de septiembre del 2000

El año que cumplí los diez años, fue el peor año de mi vida. La situación económica de mi familia iba de mal en peor. Aquel año sufrimos la peor catástrofe que puede sufrir un pueblo. El cielo comenzó a marchitarse, dejando pequeños trazos de nubes gaseosas alrededor del sol. Cuando se cubrió por completo, el ruido se apoderó de los campos. Jamás, en mi corta edad había visto gotas tan grandes de agua caer desde el cielo. Coloqué mi pequeña mano como visera sobre mi frente, intenté mirar al cielo, pero mi padre agarró mi mano y nos alejamos corriendo por la selva. El aire comenzó siendo un silbido que esparcía su aliento por las copas de los árboles, barriendo con furia sus grandes hojas. Cuando el aire fue bajando hacía el suelo, el agua tomó fuerza y bajó rápidamente por una pequeña ladera; nos cubrió por completo.

 

Barcelona, 3 de agosto del 2010

–    Josep, el quirófano está preparado. – Le mira enfundado en su atuendo de color azul.

–     Vamos allá. – Se coloca la mascarilla y los guantes; entra.

–     Loan, vamos a dejarte muy guapa. Confía en mí. – Cuenta despacio hacía atrás comenzando desde diez.

Allí sobre la mesa de operaciones, comprendí lo enamorada que estaba de Josep. Aquel joven me cambió la vida. Me alejo del miedo, de las calles…, me hizo sentir mujer. Una mujer libre y dueña de su propia vida.

 

Vietnam 19 de septiembre del 2000

Después de días de inundaciones por todo Vietnam, la caótica situación del país hizo que militares de otros países llegaran para ayudar a los pocos soldados que quedaron con vida. Murieron novecientas personas y más de cuatro millones se quedaron sin hogar. Yo fui una de ellas. Antes de que mi padre muriera delante de mí, tuvo la fuerza necesaria para colocarme en una improvisada embarcación, tenía los movimientos limitados, solo podía mover los brazos y con mucho esfuerzo girar la cintura. Tenía las piernas retorcidas a causa de las fracturas, la mitad de su cuerpo estaba encajado entre las raíces de un árbol. Me acarició la mejilla con su dedo índice, frio y delgado; empujó la embarcación y comencé a moverme. Aquella imagen la recuerdo como si todos los días viviera ese momento, aquellas sensaciones… Mis ojos se encharcaron de lágrimas, gritaba su nombre, una y otra vez; hasta que perdí la imagen de su rostro entre la maraña de árboles rotos y restos de animales.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi padre empujó la embarcación. Tenía mucha sed, pero sabía que no podía beber el agua de la riada. Olía de forma apestosa, los animales se descomponían rápidamente. El calor era insoportable. Me acurruqué sobre la plancha de madera y me dejé llevar.

 

Vietnam 21 de septiembre del 2000

 

El nivel de agua había bajado y con ello aquella masa incorpórea se estancaba. Me incorporé despacio, froté mis ojos. Vi el dantesco paisaje que se sembraba a mi alrededor. Los cuerpos de los campesinos flotaban por todas partes, las moscas anidaban sobre ellos. No me movía, el aire a podrido cubría toda la superficie del agua, haciendo que mis arcadas fueran continuas. Rompí un trozo de tela de mi camiseta, me cubrí la nariz y la boca. Las moscas me cubrían los ojos. Chupaban activamente el sudor de mi piel. Casi no podía pestañear. Aquella cortina espectral, sacada de una pesadilla, me trajo un sonido lejano. Agucé los oídos, intentaba no respirar para no distraer mi atención. Los zumbidos de las moscas impedían percibir con claridad de donde procedía. No podía hacer otra cosa que gritar. Grité con todas mis fuerzas pidiendo ayuda. Aquel sonido comenzó a ser más audible. Alguien estaba cerca, pero no conseguía abrir los ojos de par en par. Cada vez que los intentaba abrir, las moscas se metían dentro de los ojos. Las espantaba con las manos y entonces, conseguí ver una embarcación a motor que se aproximaba en mi dirección.

Varios hombres me arrastraron por el tablón hasta su embarcación. En ese momento tuve miedo; pensé que no eran forma de tratar a una niña perdida, asustada. Hablaban entre ellos, pero no lograba entender lo que decían, solo palabras sueltas. Hablaban Chan, un dialecto que conocía de mis abuelos. Fue entonces cuando uno de ellos me cubrió la cabeza con un saco, viró la embarcación y cogimos velocidad.

 

 

Vietnam 25 de septiembre del 2000

Había estado dormida durante días. Estaba en tierra firme, limpia y con ropa nueva. Al abrir los ojos me encontré con la mirada de varias niñas de mi edad que sonreían tapándose la boca. Cuchicheaban entre ellas. Intenté incorporarme, pero caí irremediablemente sobre el futón. Estaba hambrienta, una de ellas me ofreció un cuenco con sopa; me dijo que lo tomara despacio. La puerta del zulo se abrió, alguien bajó por la escalera con una pequeña cesta llena de naranjas. Un hombre de piel cetrina y mirada fúnebre llamó a una de las niñas. Le dio una naranja partida en dos mitades. Aquel gesto no me gustó nada, cuando vi a la pequeña subir por la escalera con los trozos de naranja, comencé a llorar. Las chicas querían impedir mi llanto y pellizcaban mis pies con fuerza, el siniestro hombre no apartaba la mirada de ellas. Acto seguido, una a una fueron saliendo con media naranja en cada mano. Sabía que pasaría después. Lo había visto muchas veces en la ciudad, en las calles donde frecuentaban los turistas; venían a países como este para satisfacer sus enfermizos deseos sexuales.

 

Estaba tan cansada, que no aguanté mucho tiempo con los ojos abiertos. Tuve sueños agitados, sudaba y gritaba. Me había subido la fiebre. Oía gente a mi alrededor, pero no lograba ver sus rostros. Una cortina rugosa me impedía ver con claridad. Al día siguiente me encontraba mejor, me atreví a levantarme y andar por aquel pequeño zulo oscuro y húmedo. No había nadie o eso me parecía. Al avanzar tropecé y caí al suelo. Allí muy cerca de donde había tropezado unos ojos llenos de terror me miraban sin pestañear. Tenía la cara magullada, mordiscos por el cuello, arañazos y le habían arrancado cabello. Aquella niña tenía diez años, llevaba allí metida mucho tiempo, su padre la vendió.

 

Barcelona, 5 de agosto del 2014

–    ¿Loan, como te encuentras?  –  Josep está bastante satisfecho con la segunda operación, han podido reconstruir el lado derecho de su rostro. – Loan algo dolorida le sonríe y le mira fijamente a los ojos. Josep, le acaricia la mano y besa sus nudillos.

 

–    Te quiero Loan. – una pequeña lágrima se resbala por la mejilla de la joven y Josep la recoge con el pulgar. Ella de momento no puede hablar, tiene vendada la cara, mantiene la mandíbula apretada con un artilugio metálico de sujeción.

 

Vietnam, 30 de octubre del 2000

 

Ya estaba recuperaba de mis heridas, llevaba sin ver la luz del sol más de un mes. Habían traído más chicas. Las ayudé en todo lo que pude, pero aquel día, el tipo de la cesta de naranjas bajó por la escalera y me señaló con el dedo. No dudé en acercarme deprisa, pues, sabía que si no lo hacía de inmediato me daría una paliza. Lo había visto otras veces… así que decidí mostrarme sumisa. Me acerqué e incliné la cabeza. No le quise mirar a la cara. Él tomó mi barbilla con sus vastas manos y me hizo mirarle a los ojos. En aquel momento comprendí que había llegado mi día. Sentí terror; un terror que hizo doblar mis delgadas piernas. Es como caer a un pozo profundo, donde el final nunca está cerca. Apreté los puños, tan fuerte, que clavé mis uñas en la palma de mis manos y brotó sangre. Subió detrás de mí; mientras subía las empinadas escaleras, él rozaba mis glúteos con la palma de su mano. Intentaba subir más deprisa, pero los peldaños eran tan altos que mis piernas no llegaban al siguiente.  Al salir al exterior, el sol emergió como una exhalación dentro de mi pupila, generando una fobia al espacio abierto. Los ruidos se acumulaban dentro de mis oídos, incapaces de descifrar de donde procedían.  Estaba desubicada, sospechaba que estaba muy lejos de mi hogar, miraba las calles con la esperanza de reconocer, algún letrero o bazar, pero aquel lugar era desconocido. Me agarró con fuerza de la mano y me condujo por un mercado muy concurrido. Giramos por un callejón a la derecha y nos paramos frente una puerta pintada de color azul. Entramos sin llamar, dentro estaba oscuro, pero se podía distinguir los escasos muebles que había cercanos a una ventana. El lugar estaba limpio y olía a flores. Subimos por una escalera de peldaños de madera. Entonces comencé a oír, gemidos y gritos ahogados. Algo familiar hizo que mis recuerdos se instalasen de nuevo en mi memoria. Fue la primera noche que espié a mis padres, me desperté; me acerqué despacio donde ellos dormían. Mi madre estaba completamente desnuda, estaba sentada sobre mi padre, su cabello le cubría los pechos. Tenía los labios entreabiertos y jadeaba.

Él hombre con mirada fúnebre, me hizo un gesto para que entrara por la primera puerta. Yo quise negarme retrocediendo hacía la pared. Él me cogió del pelo y me explicó que observara como tenía que complacer a los clientes. Qué aprendiera deprisa, porque en unos días yo ocuparía su lugar. Comencé a tiritar, mis músculos se tensaron; me puse a llorar. Aquel apestoso tipo volvió a tirarme con fuerza del pelo y no tuve otra opción que sujetar temerosa la manilla de la puerta; entrar en aquella habitación. Eran imágenes inconexas, desordenadas, llegaban a mi cerebro de forma borrosa. Un hombre desnudo estaba al borde de la cama, era occidental, rubio y de mediana edad. Agarraba su cosita entre sus manos y una niña mayor que yo bebía de él. Era algo repugnante, algo que no quería hacer. Salí de la habitación, llena de angustia. El hombre había desaparecido. Así que decidí salir de aquel edificio.

 

 

Barcelona, 29 de octubre del 2000

Josep mira el reloj varias veces, está sentado en la zona de embarque. Quedan pocos minutos para el primer aviso. Después de varios años ejerciendo como uno de los mejores cirujanos en su ciudad natal, decide ir donde verdaderamente le necesitan.  Aquellos acontecimientos iban a marcarle de por vida. Una nueva vida, que sin duda le causaria dolor, tristeza, pero también alegría.

El vuelo de dieciséis horas con una escala en Dubái, fue verdaderamente agotador. Tenía un ligero dolor de cabeza y al bajar del avión, noto como se le hinchaban las manos. No hacía mucho calor, esperaba algo más, pero la humedad era insoportable.

Según las guías turísticas era uno de los mejores meses para viajar a Vietnam; octubre, diciembre, marzo. Aquel año después de las devastadoras inundaciones, todo estaba patas arriba. Cogió su maleta e intentó, encontrar un taxi. Esperó durante más de quince minutos en la parada…, dispuesto a entrar de nuevo en la terminal. Un pequeño de no más de ocho años se le acercó con una sonrisa en los labios y con inglés chapurreado, le llevó hacía un vehículo aparcado al otro lado de la acera.

Aquel pequeño ayudaba a su padre a conseguir turistas despistados que necesitaban sus servicios. Era un taxi ilegal. Josep, lo meditó durante varios minutos, pero al final accedió. La circulación era lenta por las zonas más civilizadas. Los campos estaban completamente destruidos, la calle era una enorme piscina de lodo. Los militares, solo pudieron abrir al tráfico las arterias principales que llegaban a la capital. Todo lo demás estaba sumergido en un lodazal. Se desviaron por una zona rocosa, Josep temía que fuera engañado, así que pidió al conductor, sentarse como copiloto. El todoterreno avanzó por la zona sin ningún altercado.

Atravesaron la capital entrando por el oeste, una de las calles más concurridas era la del mercado de especies. El taxi se desplazaba a poca velocidad, intentando que la gente se apartara. Josep miraba por la ventana algo conmovido. Había muchas personas deambulando por la calle, con la mirada perdida y la ropa desgarrada. El chofer paró el vehículo, no podía avanzar más. Le indicó que a unos quinientos metros encontraría su hotel.

 

Josep descendió del coche, con la mirada perdida, buscaba un ápice de sosiego en una mirada, en un gesto, pero solo encontró desaliento. Caminó hasta una fachada pintada de verde, donde un cartel descolgado, anunciaba su hotel. En los escalones de la entrada, había una niña con piel de nácar y ojos verdes. Tenía los ojos muy abiertos, parecía perdida. Absorta de la realidad. Se acercó a ella. Acercó su mano para acariciarla, pero salió corriendo y se perdió entre la multitud

Josep todas las mañanas miraba por la ventana del hotel, esperanzado de encontrarse con aquella niña. Antes de bajarse del taxi, el chofer le entregó una tarjeta. Le dijo que si algún día necesitaba sus servicios llamara a ese número y en pocos minutos estaría en la puerta del hotel.

 

 

Vietnam, 3 de noviembre del 2000

Estoy tumbada en el futón, mantengo los ojos abiertos. Apenas duermo desde que visité la casa de citas. Recuerdo lo que me dijo con tono hosco mi raptor. – Tienes que aprender a complacer a los clientes, un día de estos serás tú la que esté en esta habitación. Una y otra vez las imágenes danzaban en mi cabeza. –  La desnudez de un cuerpo pequeño sobre la cama y un hombre de pie junto a aquella chica…

El portón se abrió de golpe, la luz entró a raudales inundando todo a su paso, un ligero olor a fruta se desvanecía en mi nariz. El hombre que entró, no era el de todos los días, tenía una voz diáfana y ronca. Se acercó al futón y me entregó ropa limpia.  Me dijo que me cambiara de inmediato, que hoy empezaría a trabajar en el mercado. Cogí tan deprisa como pude la ropa del suelo y me desnudé rápidamente.

Mi hora había llegado, estaba en un estado hipnótico, no tenía capacidad para pensar ni actuar. Paseaba arriba y abajo por el mercado. Con media naranja en cada mano, esperando que un cliente pagara mis servicios. La gente pasaba por mi lado y no me miraba, y si lo hacían era para darme un puntapié. Todos eran cómplices de lo que pasaba allí. Estaba muy asustada, quería que todo volviera a ser como antes; mi vida anterior, mi familia. Me puse a llorar.

Vietnam, 3 de noviembre del 2000

Josep coge su mochila y baja por las escaleras del pequeño hotel. Hoy comenzaría a trabajar en las zonas más afectadas, quería hacer un recorrido por los pequeños hospitales de campaña, afincados en zonas estratégicas. El mercado estaba muy concurrido, aunque la comida escaseaba siempre había gente para hacer intercambio. Estaba en el viejo todoterreno de Din, sentado en el asiento de copiloto. Mirando a través de la ventana. Observando toda la gente que movía el mercado principal de la ciudad. Era un día gris, repleto de nubes negras en el cielo y un aire espeso preñado de humedad. El coche se paró de golpe, miró de soslayo al conductor, había cambiado el rictus de sus labios. Al mirar al frente descubrió unos bonitos ojos verdes que le miraban desde la distancia. Era ella, la preciosa niña que esperaba en la escalera del hotel, vestida de blanco y con pequeñas flores en el pelo. En ese momento un hombre de mediana edad le asió con fuerza del brazo y la retiró de la calzada. Josep, miró perplejo la actuación de aquel hombre, bajó del vehículo.

–   Suelta a la niña. – le dijo en tono amenazante. Aquel hombre, le miró a los ojos y sonrió sin decir ni una sola palabra. Empujó a la niña varias veces, sin dejar de mirar a Josep. – Din está a su lado.

–    Señor, es mejor así, no la siga. – Josep giró la cabeza para mirar a su chofer, estaba sorprendido. Se metió en el coche y cerró la puerta de un portazo.

–     Señor, no puede actuar así. Aquí no es su país. Ese hombre no es su padre, es su dueño.

–     Aquí la supervivencia del que no tiene nada es muy difícil y ahora en la situación que se encuentra el país peor aún.

–     ¿Qué hacen con esas niñas? ¿Mendigan? ¿Qué significa lo de las naranjas?

–     Se les llama, las niñas de las naranjas, su dueño vende su virginidad. Las naranjas son una señal para el cliente. Las venden por dólares americanos.

–     No me puedo creer que el gobierno permita eso en sus calles, son muy pequeñas.

–     Muchos de ellos frecuentan esos lugares de citas. Si esa pequeña tiene suerte y algún militar o mandatario quiera tenerla en su casa, la cosa cambiaría.

–     ¿En qué cambiaría? – Josep tenía los ojos desorbitados, llenos de furia, mantenía los puños apretados. Comenzó a dar puñetazos al salpicadero del coche.

–    La respuesta es sencilla, la persona que se haga cargo de ella, pagaría una gran suma de dinero al proxeneta para que la entregue virgen. Todavía hay lugares en este país que existe la poligamia. Aunque ya no lo contemplan las leyes, muchos ricos siguen apostando por tener varias esposas. Digamos que es, uno de los indicadores de riqueza más conspicuos que puede exhibir un varón.

No intercambió ni una sola palabra más, estaba agotado. Apoyó la cabeza en el cristal de la ventana y se perdió en sus pensamientos. Josep era un brillante joven de buena familia, había dejado todos sus proyectos almacenados en un cajón del escritorio. Se sentía bastante vulnerable con aquel acontecimiento, lastimado y con una sola imagen en su cabeza. Aquellos preciosos ojos, pidiendo y suplicando ayuda.

Recorrieron varios campamentos, en cuanto Josep se bajó del coche, ayudó sin demora a los médicos y enfermeras desplegados en la zona como voluntarios. El primer día fue agotador, trabajó sin descanso durante dieciséis horas. Operó y amputó a cuatro mujeres, revisó varias intervenciones. Aquel día no regresó a su hotel, dormitó varias horas en una vieja silla.

 

Barcelona, 13 de septiembre del 2000

(Un día después de las inundaciones)

–   Hola, Josep, ¿qué tal la última intervención? – Josep sostenía una taza de café, había terminado una complicada operación.

–    Estoy satisfecho, la intervención ha sido un éxito.

–     Me alegra oír eso.

–     ¿Has hablado con ellos? – sopla de nuevo el café y da un pequeño sorbo.

–     Si, hace unos minutos. – Josep no estaba muy concentrado en las preguntas del jefe de cirugía, estaba leyendo la portada de una de las noticias destacadas. Observaba con atención la fotografía.

Grandes inundaciones asolan Vietnam

La foto de la portada era estremecedora, niños y adultos caminaban desnudos entre el barro. Algunos de aquellos niños carecían de alguno de sus miembros.

–    Una foto impactante, ¿verdad? – Josep se sobresalta, no sabía que María estaba a su lado.

–     Sí, la verdad es que resulta inquietante y demoledora.

–     ¿En qué piensas Josep? ¿qué tramas? Ya sabes que no puedes tener secretos para mí. – Josep levanta la mirada; sonríe a su amiga.

–     Me voy a Vietnam.

–     ¿Qué? – su amiga le mira de forma distante, no parece sorprendida. Le conoce perfectamente y sabe que tiene un arraigado carácter impulsivo.

 

Vietnam, 8 de noviembre del 2000

 

Aquel día llegué al zulo con los pies llenos de ampollas, había fracasado, ningún hombre contrató mis servicios. El trayecto hacía el pequeño y húmedo galpón, no fue precisamente un paseo de vuelta a casa. El individuo que ese día controlaba aquella parte del mercado, me llevó a empujones. No paraba de farfullar en Chan. Solo distinguí varias frases.

–     Si no tengo ingresos, tu no comes. – está frase la repitió varias veces.

Aunque me sentí aliviada en aquel momento, después de aterrizar en el viejo futón; comprendí que, si no conseguía un cliente pronto, me venderían o me matarían. – No podían permitirse tener más bocas que alimentar. En aquellas fechas, dormíamos afinadas en aquel andrajoso lugar, once muchachas.

El ambiente a veces era bastante tenso. Muchas de ellas presumían de su experiencia. La competencia se masticaba en aquel zulo con sabor agrio.

Desde que me metieron allí, sabía cuál sería mi destino. Antes de dormir, apretaba los ojos con fuerza hasta que los músculos de los mofletes me dolieran. Respiraba profundamente y pedía un deseo.

Quería ser transparente, esa tendencia a la invisibilidad me haría pasar inadvertida a los ojos de cualquier hombre.

Esa noche fue una de las más desdichadas de mi vida. Al entrar, todas y cada una de las menores, contemplaron con asco la media naranja que tenía en mis manos. Susurraban con lengua afilada, maldecían y escupían en el suelo.

Permanecieron hasta bien avanzada la noche, riendo y haciendo comentarios sobre el color de mis ojos. No retuve muchas de sus palabras, me daba la impresión que querían hacer más daño del que ellas recibían a diario. Por ese motivo, ignoré las palabras que brotaban de sus perfiladas lenguas. Apreté de nuevo los ojos y me volví invisible.

 

Apenas los había cerrado, cuando un ruido continuo se incorporó en la oscuridad. Imágenes fidedignas brotaban de la pared, recreando un teatro de sombras siniestras. La imagen más destacada era, la de un hombre con nariz fuerte, boca orgullosa y huesos largos. Se miraba las manos, y de ellas dejó caer un cuchillo. Sentí que me estremecía, un dolor profundo se resbaló por la comisura de mis labios y me hizo despertar.

Divagué entre mis pensamientos, para comprender, que había sido un sueño. Un sueño que dejó una inesperada sensación en mi interior. Una ligera percepción de lo que iba a ocurrir.

La mañana transcurrió tranquila, el mercado estaba casi vacío.  Una mujer me regaló una manzana que me comí en el callejón de la casa de citas. La saboree como si fuera la última pieza que existiese en el mundo. Cada bocado inundaba de sabor mis carrillos que se movían frenéticamente conjugando su sabor y textura. Al acabar el último bocado, el ruido de unos neumáticos a gran velocidad me alejo del exquisito sabor y de aquellos minutos de gloria. Mientras me acercaba de forma sigilosa para curiosear quien se aproximaba con tanta prisa, me relamía una y otra vez hasta borrar el color de mis labios. Tenía hambre, llevaba varios días sin probar bocado.

 

Intenté alejarme de aquel barullo, entre un montón de curiosos que miraban con admiración a un grupo de bellas mujeres, que acompañaban a uno de los militares. Desde aquel ángulo, veía claramente las sonrisas de aquellas muchachas. Con manos cuidadas y bien vestidas. Me asaltó tanta curiosidad que mentalmente me alejé del mercado. Miré con otra perspectiva mi situación. Parecía estar en una nebulosa que flotaba en aire hasta llegar a las puertas del hotel. Solo tenía ojos para aquellas mujeres. No podía oír, el ajetreo del mercado a mi espalda, estaba levitando sin percibir lo que ocurriría a continuación.

Los gritos se oían lejanos a mí, me encontraba tumbada sobre la calzada. Me dolía la cabeza. Desde mi posición solo podía ver pequeñas nubes en el cielo que se movían despacio. El cielo era azul claro, muy bonito. En ese preciso momento, volvió a mis oídos el claxon de los coches, el murmullo del mercado. Intenté levantarme, pero unas manos amables me sujetaban impidiendo que me incorporara. Un hombre joven y guapo, me sonreía. Saca algo de la mochila y me abre la camisa. Después supe que era médico y que estaba reconociéndome, me habían atropellado.

Estaba tan enfrascada en aquella imagen de chicas jóvenes, felices y sonrientes que no me di cuenta cuando crucé la gran avenida. Cuando el doctor vio oportuno que me incorporara, observe a mi alrededor. Varios militares miraban intrigados, insinuando una sonrisa en los labios. En mis manos, todavía permanecía, varios trozos de mi naranja. Las miré con lágrimas en los ojos, estaba muerta de miedo. Había llamado la atención de aquellos hombres, después de que me vieran tendida en el suelo, con parte de mi ropa subida hasta la cintura.

Mi cuerpo empezó agarrotarse, tenía un horrible dolor de cabeza ocasionado por el golpe, comencé andar como un esqueleto exangüe, sin aliento. Alguien me cogió del brazo e intentó decirme algo. Yo no entendía su idioma. Abrí los ojos todo lo que pude, para hacerle entender que no comprendía.

 

–     Tienes que descansar, el golpe ha sido fuerte. – habló despacio, intentaba vocalizar todo lo que podía. – Al ver la expresión de la joven, decidió sacar de la mochila un libro de autoayuda, aprender frases cortas en su idioma.

 

Alguien se aproximó por detrás del doctor, era mi carcelero. Su cara expresaba sorpresa. Creo que no sabía lo que había ocurrido.

–     Tu querer servicios. Tener que pagar por chica. ¿Cuánto tiempo quieres tener? – le dijo mirándole fijamente a los ojos.

–     Ella es virgen, va a costar mucho a visitante. Es la única que es virgen.

 

Le miré a los ojos, en ese momento comprendí que no quería mis servicios. Bajé la cabeza y me aparté de su lado. Había soñado durante milésimas de segundos; me había imaginado en los brazos de aquel joven que con tanto cariño curó las heridas de mi cabeza y mis brazos.

–     ¿Cuánto?

 

Alguien me agarro del brazo, giré mi cuerpo y el joven doctor me obsequio con una bonita sonrisa y una caricia en el rostro. Subimos a su habitación, él cogía mi mano. Estaba preparada para ofrecerme sin tapujos, ni condiciones. Sabía cómo hacerlo, lo había visto muchas veces. Él me ofreció un poco de té, lo tomé de pie. Sin parar de mirarle, estaba atenta a sus indicaciones. Al no entender su idioma, nuestro diálogo se limitaba a un movimiento de brazo o de cabeza. Josep se descalzó y tiro la mochila a un lado de la habitación. Se quitó la camisa y entró en el pequeño baño. Salió con el pelo mojado y el pantalón desabrochado. Me indicó que me acercara. Sabía que era el momento y por alguna extraña razón, ya no tenía miedo. Me temblaban un poco las manos y las posé sobre su bragueta. Estaba dispuesta a hacerle disfrutar, sin embargo, y para mi sorpresa, él cogió mis manos y las mantuvo largo rato entre las suyas. Me miró y me dijo en un chapurreado camboyano.

–   Yo no quiero sexo, he pagado a tu dueño para que descanses durante una semana. Necesitas descansar… – Josep le coge del mentón e intenta hacerse entender. – Ella ha entendido lo más importante, baja la mirada y comienza a llorar. – Los labios de Josep se arquean, simulan una sonrisa amarga. Sabe que aquella mujercita no había estado con ningún hombre, lo sabía porque su amigo el taxista le había comentado los rumores que corrían en el mercado.

Josep acomoda la cama, y por señas me indica que me acueste. Acomoda unos almohadones en el suelo y se acuesta. Yo me dirijo a la cama marital, sin ganas, con movimientos lánguidos y desgarbados.

 

 

Vietnam, 16 de noviembre del 2000

 

Creo que mi situación espiritual ha cambiado, ahora sé que mi futuro puede cambiar. Veo todos los días a Josep. Él paga a mi dueño para examinar mis heridas. Nadie sabe que todavía soy virgen. Es un secreto que guardamos los dos. Me está enseñando varias palabras y frases en inglés. – Él dice que aprendo rápido, que soy una chica lista y guapa. – ¡Estoy feliz!

La puerta del pequeño galpón se abre de forma brusca. Alguien acompaña a uno de los hombres del recinto. Un anciano bajito con cierto aire insomne, vestido con bata de color gris y un maletín, se aproxima hacía mí. Me obliga abrir las piernas, enciende una lamparita. Se remanga hasta los codos, introduce uno de sus dedos por mi vagina. – se miran y sonríen. Las carcajadas se oyen como martillazos dentro de mis oídos. Ya saben que sigo siendo virgen.

–    Lávate y ponte este vestido. Vas a salir. – no dudé ni un momento en hacer lo que me pedía. –  Voy a ver a Josep, pensé. Soy feliz.

 

Vietnam, 25 de diciembre del 2000

 

Todas las noches termino llorando, cierro los ojos y quiero desaparecer. Intentó serenarme para no hundirme en un pozo profundo; es entonces cuando le veo, entre las aguas sucias de la corriente. – mi padre está cerca, alentando mi vida, con sus palabras y caricias. Le noto cada noche, después de sentirme la chica más miserable del mundo; sobre las suaves sábanas de raso y con el cuerpo limpio y perfumado, espero al que ahora es dueño de mi cuerpo, pero no de mi corazón.

Aquella mañana cuando creía que Josep había pagado mis servicios, fui al mercado cómo todos los días, me extrañó que mi carcelero no pusiera en mis manos media naranja. Le seguí jubilosa, con ganas de ver al amor de mi vida. Cuando llegué a la gran explanada que servía de centro de intercambios, un hombre de unos sesenta años de mirada melosa y dientes dorados, esperaba apoyado en un coche. Atisbé como una figura oscura y corpulenta, bajaba el cristal de la ventanilla y observaba mi lánguido cuerpo que se encogía sobre sí mismo en cada pestañeo. Abrió la puerta de atrás y me invitó a subir. Con la cabeza gacha y con lágrimas en los ojos, puse el pie en el estribo del vehículo y me impulsé para caer al vacío. Me sentí como un paracaidista cuando se lanza desde más de 3000 pies, pero con un inconveniente, que, en la mochila, no guardaba el paracaídas, sino todos mis sueños.

 

 

Vietnam, 17 de noviembre del 2000

Josep miraba el reloj nervioso, paseaba de aquí para allá, miraba de forma furtiva el mercado, esperaba ver a Loan camuflarse entre la gente y llegar a su encuentro.  Había pagado varias semanas por adelantado, quería tenerla cerca, darle seguridad durante el tiempo que le permitiera la situación.

Aquella mañana regresó al campamento médico que había a las afueras de la ciudad, tenía muchos pacientes que atender. Entre ellos, muchas chicas de la edad de Loan. Necesitaban varias intervenciones para poder volver a caminar. Estuvo absorto en su trabajo varias horas. Tiempo que dedico en exclusiva a sus pacientes.

 

Vietnam, 30 de marzo del 2002

 

Hoy es la segunda vez que mi esposo me llevará al mercado. Quiere comprar telas para sus esposas, confía en mi buen gusto y me ha llevado con mis mejores galas. Mi vestido tiene un corte europeo de color gris plomo con pequeños detalles en verde botella, un escote de cuello a la caja. En el pelo varias flores naturales del jardín. Soy la única de sus esposas que no se maquilla, él dice que estoy preciosa sin maquillar. Mi mirada inocente le gusta y no quiere que la pierda. – cuando está sobrio es encantador e incluso afable, pero son pocas horas al día; momento que aprovecho para relajarme.

Había pasado poco tiempo desde que abandoné el centro de la ciudad, me acuerdo la mala impresión que me dio su rostro cuando bajó la ventanilla y me hizo subir al coche. Aquella mañana no paré de llorar, me despedí del mercado y de Josep en silencio, con nudo en la garganta y un único deseo – morirme.

La primera noche dormí de un tirón, mi cama era enorme…, tenía un colchón cómodo y sábanas de seda color crema. Dos mujeres me arreglaron el pelo y me bañaron. En el gran baño tenía todo lo que una joven campesina podía necesitar. Perfume, maquillaje, jabón de colores. Una de las mujeres que me acomodó la cama, me dijo que había tenido suerte de caer en aquella casa.

Me sentí feliz y protegida, en ese momento comprendí que tampoco había sido tan malo. Por fin mi destino había cambiado y había tenido suerte de que aquel alto cargo del ejército se enamorara de mis ojos.

Desperté sobresaltada, alguien rozaba mi espalda. Era él, estaba desnudo y me observaba mientras dormía. Le miré a los ojos, me beso la frente y luego los labios. – se marchó.

 

Estaba asustada, mi corazón se movía velozmente dentro de mi pecho, lo notaba fuera de mí…, casi lo podía agarrar con la mano. Ese primer encuentro me inundó de malos pensamientos y recordaba, una y otra vez, el sueño que tuve en el zulo.

 

Al entrar a la ciudad el vehículo que conducía mi esposo, aminoró la marcha. La entrada a la calle principal en día de mercado era bastante complicada. Como era un coche oficial la gente se apartaba deprisa. Aparcó a las puertas del hotel. Al bajar del coche mis pensamientos se inundaron de buenos recuerdos; ardía en deseos de encontrarme con Josep. Seguía pensando en él cada noche, me imaginaba que era él quien tomaba mi cuerpo cada madrugada. Tenía ganas que viera mi aspecto; no se notaba los moratones de mi cara y el ojo ya no lo tenía hinchado.

 

 

 

Vietnam, 30 de marzo del 2002

Josep había bajado al mercado, necesitaba llenar la pequeña nevera del hotel con fruta fresca, tenía una semana de descanso y aprovechaba para dormir y pasear. Aquella mañana regresó antes de lo esperado a la pequeña habitación. Llevaba la mochila llena de fruta, un coche pasó bastante rápido por su lado. Tuvo que saltar a uno de los pasillos que había entre los puestos; cuando recobró el equilibrio y levantó la mirada. La vio a las puertas del hotel. – estaba preciosa. Había cogido algo de peso y ya era toda una mujer. Llevaba un vestido precioso y unas sandalias con hebilla. Josep contuvo por unos segundos la respiración y soltó el aire con media sonrisa. Todos sus temores se fueron disipando hasta que un hombre alto y fuerte, coge bruscamente del brazo y le obliga a seguirle. Josep nota como le hierve la sangre y se acumula en la sien. Avanza con paso firme atravesando la ancha calzada, antes de que pudiera reprimir a ese gilipollas, unos preciosos ojos se encontraron con los suyos por encima del hombro de aquel militar. Ella hizo un movimiento negativo y él paro en seco. Se quedó observándola, con la boca abierta. Fueron varios segundos, pero suficientes para descifrar lo que ella sentía por Josep.

 

Vietnam, 12 de septiembre del 2003

Cada vez viene menos a mi alcoba, dice que soy un dique seco y que no le puedo dar más hijos. – más hijos. – tiene trece hijos con todas sus esposas. Está obsesionado, quiere un hijo con mis ojos y hay días que está toda la noche intentando montarme, pero está tan borracho que se duerme sobre mí. Tengo que ingeniármelas para quitármelo de encima, le empujo y aprovecho para darle patadas y escupirle. – le odio. Y estoy haciendo lo necesario para no quedarme embarazada.  Desde que tiene esa obsesión conmigo, apenas acude al ministerio. Se pasa durmiendo la borrachera en mi habitación. Aprovecho para vestirme de campesina y bajar al mercado. Necesito verle de lejos, solo en ese momento soy feliz.

Todas las mañanas sale comiendo una manzana, tiene el pelo mojado y se ha dejado una tupida barba que le da un aspecto muy interesante. Le observo en la distancia, aspirando el aroma de su champú que viaja a mí a través de la suave brisa matutina. Solo puedo observar, no quiero que me vea, no quiero estropear la única cosa que me mantiene viva, mi amor por Josep.

Din, le espera en su viejo taxi, pero me di cuenta, que llevaba más maletas que de costumbre. – Se marcha y no le volveré a ver más. Fue un impulso no meditado, salí a la calzada y grité su nombre.

–     Josep. – el mundo se paró en ese mismo instante. Me temblaban las piernas y el miedo se apoderó de mi cuerpo como el aire que entraba en mis pulmones.

Dejó caer la mochila al suelo; me cogió en brazos y besó mi frente.

–    Loan, ¿estás bien? – me miraba de arriba  abajo, palpa mis hombros nerviosamente.

–     Si, Josep, estoy bien. ¿Te marchas?

–      ¡Madre mía! Hablas inglés mejor que yo. – aspiraba el aroma de su piel, su colonia me traía buenos recuerdos de aquellas semanas que dormí en su cama, mientras él dormía en el suelo.  Su perfecta dentadura y su sonrisa me volvían loca.

–     Din, espera cinco minutos ahora vuelvo. – me indicó que le siguiera hasta la parte de atrás del hotel. Un pequeño callejón, lleno de camiones aparcados.

–     ¿Qué haces aquí Loan? – bajé la cabeza y reprimí las lágrimas. Me cogió del mentón y acarició mi rostro.

–     Me escapo todos los días, para verte salir del hotel. Mi antiguo dueño me vendió al hombre que viste en el mercado. Al principio era cariñoso y atento, pero ahora está obsesionado, quiere un hijo.

–     Lo peor, es cuando viene borracho, se vuelve violento. Me viola varias veces y cuando acaba me pega una paliza.

–    No lo voy a permitir, me oyes. – se mesa nerviosamente el pelo, da varios pasos en el callejón y termina frente a mí. Una y otra vez. Está pensando.

–    Ven conmigo a España. Treinta niñas de las naranjas viajan hoy en el mismo vuelo. Mi país ha creado una plataforma, para adoptar a esas niñas. Intentaré colarte en el avión.

–     No puedo Josep. – la rabia salía por mis poros en forma de pequeñas y estrepitosas gotas que mojaban mi blusón. No lo entiendes, te matará. Es un hombre con mucho poder. Cuando se dé cuenta de que no estoy, lo primero que hará será, cerrar carreteras y el aeropuerto. Este es mi destino Josep.

 

En ese momento una figura alta y delgada, esperada en la entrada del callejón. Era el lugarteniente de mi marido. Un hombre siniestro, con cara desfigurada y ojos de ardilla; me miraba sin pestañear. En ese momento salí corriendo. Apenas pude despedirme de Josep. Me metí en el coche y no me atreví a mirar atrás.

Antes de llegar a casa, en una parte de la carretera donde todavía había barro y grandes árboles rotos, Sang, paró el coche. Comenzó a reír.

–     Quieres que tu marido se entere, que sales todos los días, para ver al médico. – sabía lo que aquel apestoso ser, quería, lo sabía por la miraba lasciva, por los gestos obscenos que me hacía en las esquinas de la casa cuando mi marido no miraba. Intenté salir del vehículo, pero no fui demasiado rápida, ni fuerte. Sus garras se hundieron en mi pecho, me obligó a desnudarme y meterme en la parte de atrás del todoterreno.

Me puso unas esposas en las muñecas, me colocó bocabajo, me separó las piernas. Primero introdujo sus sucios dedos. Le oía lo excitado que estaba. Jadeaba, sin parar. Notaba como le caía la baba sobre mi espalda. Apreté los ojos y los mantuve cerrados. No sé, en qué momento me penetró, lo hizo varias veces, vaginal y analmente. No oía nada, estaba sumergida en una profunda oscuridad, sin ruidos, sin olores, sin vida…

La temperatura bajó de golpe, las nubes se apoderaron del cielo, formando trizas de color gris oscuro. Comenzó a llover. El agua golpeaba sobre el capó del coche, martilleaba gota a gota esparciendo el aroma a tierra mojada. Me incorporé; estaba completamente sola. Llevaba las manos esposadas, desnuda. Sobre mi piel había restos de semen y sangre. La sangre era mía. Me brotaba de la parte de atrás. Me palpe los glúteos, sabía que tenía un desgarro. Salí del coche y agradecí las gotas de aguas que comenzaron a lavar mi cuerpo, grité y lloré con furia hasta que caí sobre el barro.

 

Al abrir los ojos, me encontré sobre las sábanas de seda. Tenía dolor por todas las partes de mi cuerpo. No sé cómo llegué allí, hasta que Josep entró por la puerta.

Mi marido estaba de viaje, aquella mañana se duchó y se marchó sin percatarse de que yo no estaba en la casa. Por eso, el lugarteniente ocupó su puesto desde primera hora de la mañana, me vio salir por la puerta de servicio y me siguió.

 

Vietnam, 12 de septiembre del 2003

 

–     Din, sigue a ese todoterreno. No te acerques mucho. Necesito saber dónde va.

–     Josep, va a perder el vuelo. – no escuchaba las palabras de Din

 

El taxista le siguió con prudencia, a aquella hora de la mañana los camiones cargados de trabajadores recorrían las carreteras. A tan solo dos coches de distancia, estaba el todoterreno. Parecía tener mucha prisa en llegar a su destino, no paraba de adelantar imprudentemente por la derecha. Se distanciaba cada vez más. Casi lo perdieron varias veces, en una de las salidas giró a la derecha. Era un terreno escarpado, lleno de lodo y ramas viejas. Era la vieja carretera que llegaba al rio, la zona estaba llena de lujosas casas. Después de las devastadoras inundaciones, apenas se utilizaba. Usaban la autopista. Perdió de vista al todoterreno una hora aproximadamente, un camión se cruzó en aquel recorrido y le costó retirarlo del barro.

No tuvieron más remedio que dejar el coche a un lado y bajar andando. Hacía mucho calor. La camiseta estaba repleta de sudor pegajoso. Se limpiaba la frente con un pañuelo. Anduvieron más de media hora hasta que vieron el coche en medio de la calzada. Se acercaron lentamente, se asomó por el cristal. La vio allí tendida, desnuda y sangrando. Sobre ella estaba el militar, Josep abrió la puerta y al comprobar que no se movía, mantuvo los dedos en el cuello para comprobar que tenía pulso. Estaba muerto. Le arrastro afuera del vehículo por los pies. Todavía tenía su miembro erecto. Hacía pocos minutos de su muerte y Josep le intentó reanimar sin éxito. A lo lejos las fuertes sacudidas de los truenos anunciaban la entrada de una estrepitosa tormenta.

–    Din, está muerto. Necesito que me ayudes a deshacerme del cuerpo.

–     Con mucho gusto, este indeseable quiso violar a mi hija, hace unos años. Tiene enemigos en cada rincón. Su mujer se alegrará cuando no vuelva a pegarla nunca más.

Arrastraron el cuerpo, ladera abajo y lo dejaron caer al río. Cuando volvieron al todoterreno, Loan estaba tumbada sobre el barro.

 

–     Kim, abre la puerta. – Din sabía que podía confiar en el ama de llaves. La conocía desde que era pequeño. Pertenecían a la misma aldea.

–    ¿Qué le ha pasado? – le miro nerviosa.

–     La hemos encontrado en el rio, me supongo que estaba dándose un baño y la corriente la arrastró hasta la orilla.

 

Mientras las mujeres le lavaban y le ponían el blusón, Josep preparaba un antibiótico y un calmante; tuvo que darle tres puntos en el ano. – Por suerte el marido de Loan no se enteró de lo ocurrido. Tres meses más tarde, en unos arrozales cerca de La Bahía de Halong, encontraron el cuerpo y el vehículo de Sang. Las fuertes lluvias de los últimos meses habían arrastrado su cuerpo más de noventa kilómetros.

 

Barcelona, 12 de septiembre del 2005

Josep acaba la reunión con la plataforma “El derecho de las niñas vietnamitas” desde el 2001 ha participado de forma altruista en beneficio de la misma. Lleva tan solo un año fuera de allí y por una parte se siente aliviado, pero su nostalgia va más allá de su fe.

Hace varios años que no sabe nada de Loan. Recuerda con cierta congoja, el día que tuvo que ponerle puntos. Nunca había experimentado nada igual. No imaginaba cuanto poder tenía aquella muchacha de ojos rasgados y piel melocotón. Cuando la cosía, sentía un dolor interno que desgarraba poco a poco su alma. Fue entonces cuando comprendió, que un hilo los había unido para siempre.

 

Vietnam, 22 de julio del 2010

Josep llega a Vietnam después de varios años sin pisar aquella tierra, va acompañado por familias españolas que decidieron adoptar a las niñas de las naranjas. Su incansable trabajo como médico y su dedicación plena para aquella causa, le convirtieron en un personaje importante en la vida social de Vietnam. Por eso estaba allí, para inaugurar un nuevo hospital construido en una de las zonas más devastadas.

Rechazó la posibilidad de hospedarse en uno de los hoteles más lujosos de la capital. Quiso descansar antes de la inauguración en el único lugar donde se había sentido más cerca de Loan. Tumbado sobre la cama, recordó con una sonrisa en los labios aquellos días que cuidó de ella.

 

Después de la inauguración se celebró una cena, acudieron representantes del gobierno e importantes empresarios. Josep dialoga con un pequeño grupo compuesto por médicos y ciudadanos importantes. Absorto en la conversación no se percató de quien entraba a la sala en aquel momento. Bebió de su copa y levantó los ojos. Sus miradas se cruzaron. Por alguna razón dejó aquel lugar por unos segundos y se refugió en aquella mirada. La mirada más profunda que había visto jamás. Era Loan, llevaba un vestido ceñido de color escarlata, un escote pronunciado en forma de V. El pelo suelto y largo, peinado hacía un lado.

Su marido se acercó al grupo, saludó, con una inclinación de cabeza y se alejó; dejando a Loan al lado de Josep. Todos los presentes intercambiaron presentaciones y saludos, hasta que le tocó el turno a Josep. No sabía cómo actuar, así que, discurriendo una estrategia se presentó como si no la conociera.

–   Soy Josep, mucho gusto. – le cogió la mano y la besó. – Ella sonrió e inclinó la cabeza a la vez que retiraba su mano.

–   Mucho gusto, me llamo Loan. – aquella preciosa niña, ya era una mujer. Una mujer con veinte años que hablaba perfectamente inglés.

 

No pudieron estar mucho tiempo juntos aquella noche, tenían compromisos que atender. El marido de Loan no paraba de presentarles a influyentes empresarios que la miraban con ojos lascivos. Ella no quería pensar en nada más que no fuera en Josep. Pensaba en él cada noche. Se imaginaba que yacía junto a ella en la cama marital. Dibujaba sus labios en la almohada, esperando la humedad de su aliento.

Loan no sabía que aquella noche, sería una de las peores de su vida. Su marido estaba negociando ciertos asuntos turbios, uno de su trato, era Loan. Por eso había permitido que le acompañara a aquel evento. Le faltaban varios acuerdos y sabía que si veían a su bella mujer cerrarían el trato. Se trataba de un empresario que actuaba por encima de la ley, se decía que además de la exportación e importación hacía trabajos sucios para el gobierno. Aquella noche aquel individuo quedó prendado por Loan.

–    Cerramos el trato con dos condiciones; la primera que tu gente escolte la mercancía hasta la montaña. La segunda que tu mujer venga a mi casa cuando se le diga.

–    Quiero hablar de mis porcentajes. – le dijo mientras daba un sorbo de vino.

–   Te ofrezco un 5 % al mes. No te puedo ofrecer más. – no tardó muchos segundos en asentir.

 

 

Vietnam, 2 de agosto del 2010

Josep después de ver a Loan la noche de la inauguración, anuló el vuelo de vuelta a Barcelona. Creía que tendría más posibilidades de volverla a ver, así que, decidió apuntarse como médico colaborador en el nuevo hospital. No sabía para cuanto tiempo, pero tenía que intentarlo, era la única forma que tenía de espantar a su conciencia. Una conciencia que le hablaba a gritos, suplicando que volviera a por ella.

 

 

Vietnam, 1 de agosto del 2010

 

Soy la mujer más feliz del universo, mi sueño se está transformando en una realidad. Josep está aquí. Adoro su presencia; adoro el montículo de su nariz, la expresión de sus ojos. Me gustaría deshacerme en sus labios, percibir el tacto de sus palabras en ellos. Él me quiere, me lo dijo con la mirada. Esa mirada gris, que me persigue cada noche y que acalora mis sábanas. Tengo que verle, necesito verle.

El teléfono del despacho comenzó a sonar, mi marido leía en la sala de lectura. Se levantó y descolgó el teléfono; me miró desde lejos. Aquella inyección de alegría y esperanza se fue disipando cuando oí la conversación. Aquella noche tenía que cumplir con mi obligación, acudir a una fiesta privada.

Mi marido no me acompañó, dijo al chofer donde me tenía que llevar. Estaba nerviosa, no sabía que tenía que hacer, ni a donde me dirigía. No paraba de dar vueltas a una pregunta. – ¿por qué yo? – tiene seis mujeres más.

El coche aparcó frente al hotel más lujoso de la ciudad, alguien vestido con un traje tradicional me acompañó a la suite presidencial que ocupaba la planta del ático. Un equipo de seguridad me cacheó y después abrió la puerta. La sala estaba llena de hombres con uniforme, muchos eran de aquí, pero otros eran norteamericanos. Había muchas chicas sentadas en grandes y confortables sillones. Mujer como yo, esposas, hermanas de personas influyentes. Un camarero me ofreció una copa, pero la rechacé. Alguien a quién había visto en la fiesta de inauguración se acercó y me dijo que le acompañara. Pasamos varias estancias hasta llegar a una de las habitaciones. – Entré temerosa, no sabía lo que me espera al otro lado. Vi a varios hombres desnudos y a tres mujeres sobre la cama, lo hacían entre ellas mientras los hombres observaban masturbándose. Eso era el valor que tenía para un hombre vietnamita, en concreto para mi esposo. Me quede allí parada, sin saber qué hacer, un individuo con batín de seda, me dijo que me desnudara. Las mujeres de la cama dejaron de comerse a besos y abandonaron la habitación. El hombre que realizó la negociación con mi marido salió del aseo, se tocaba ligeramente la nariz, ordenó que salieran todos los hombres menos el más joven de ellos. Un chico afeminado, pero con buen aspecto, que miraba con ojos suplicantes al amo. – Sí, así era, había comprado sus servicios como a mí y tenía derecho a obligarme hacer lo que le diera la gana. Jamás había estado con dos hombres a la vez, no sabía que querían de mí. – qué debía hacer. Me senté a los pies de la cama y esperé indicaciones. El hombre del batín se acercó a mí, saco de uno de sus bolsillos un pequeño botecito, color dorado. Me lo acercó a la nariz. – inhala. – apresuró a decirme.

Aquella sustancia penetró por el tabique nasal como un polvorín. En pocos minutos estaba sobre la cama, la mano del amo tocaba mi clítoris, mientras el afeminado joven le introducía el pene en la boca. Aquella sustancia hizo que me soltara, mi cuerpo sucumbió a un placer indescriptible, un placer impuesto a base de heroína, un mecanismo aéreo que controlaba mi cuerpo y mi alma. Sentía latigazos de placer mientras cambiamos de postura, ahora el afeminado me penetraba, mientras el amo le penetraba a él.

No sé en qué momento me quedé dormida, sentí la boca amarga, me incorporé despacio. Estaba completamente bloqueada por dos cuerpos, una mujer y otro hombre que no había visto en mi vida.

Alguien entró por la puerta, era mi marido. Tenía la cara descompuesta, se dirigió hacía mi como un depredador a punto de saltar sobre su presa. Las dos personas que tenía sobre mis piernas se apartaron de forma apresurada. Me senté encima de la almohada y encogí las rodillas. Me tapé la cabeza con las manos, pero no sirvió de nada. La fuerte mano de mi esposo se posó sobre mi pelo y me hizo levantar la cabeza. En cuestión de segundos, hundía una pequeña daga en la comisura de mis labios, rajando la boca. Sentí un fuerte hormigueo y acto seguido un fuerte dolor que se extendía hasta mi oído. La sangre brotó con fuerza, bañándome por completo. Me levanté con una de mis manos apretando mi cara. Tambaleándome inicie una lenta huida por el pasillo del hotel, hasta alcanzar la calle. Me desplomé en la calzada, desnuda, con el rostro desfigurado y un corazón que no dejó de latir.

 

Din estaba haciendo un servicio por la zona centro de la capital. Sabía que en menos de media hora tenía que pasar a recoger a Josep. El tráfico era bastante denso y su cliente decidió bajar del taxi y seguir a pie. Fue en ese momento cuando vio cómo se desplomaba Loan. La cogió en brazos y la metió en el taxi.

Los servicios de urgencias del hospital comenzaron a atender a Loan. Josep estaba en el hotel, recibió la llamada de Din y no tardó en salir disparado hacía el centro hospitalario. Le estaban realizando una intervención para cortar la hemorragia, al limpiar la sangre de su rostro, el cirujano descubre que es una herida dislacerante, profunda.

Josep entra en la zona blanca, desde allí puede ver perfectamente la intervención a través de la cristalera. Está bastante nervioso. No quiere perderla. Solo piensa en sacarla del país, solo así podrá salvarla. Se le ocurre una idea y sube hablar con el director del hospital y jefe de cirugía.

–     Pasa Josep, me he enterado que ha entrado en quirófano, una vieja amiga.

–      ¿Cómo va la operación? – el director, le observa con atención.

–     Le están reconstruyendo la cara. – no consiguió reprimir las lágrimas.

–     Siéntate, tenemos que hablar. – se acarició el mentón. Se dirigió hacia la cafetera y comenzó a preparar café.

–     ¿Qué necesitas Josep?

–    Tú y yo hemos trabajado juntos por este país. Sabemos que muchas cosas no las podemos cambiar. Las costumbres están desgraciadamente, muy arraigadas en su forma de vida. – el director acaba de hablar y le ofrece una taza de café.

–     Necesito sacarla del país. Necesito que firmes su defunción. Loan tiene que desaparecer, no quiero que le pase ninguna cosa más. Su marido no parará hasta matarla.

–     ¿Cómo piensas sacarla del país? – le mira distante.

–     La ONG española está recogiendo el hospital de campaña. Se trasladará a Barcelona en dos días. Con ellos viajarán varios pacientes que necesitan un tratamiento específico. Solo necesito que firmes la defunción.

–    ¿Qué cuerpo, entregarás a su esposo?

–     Ese cretino tiene seis esposas más, su cara está desfigurada, seguro que en la morgue hay otra mujer en la misma situación que Loan. – el cuerpo del director se destensó. Volvió la cabeza para asentir su propuesta.

–     Es mejor que lo prepares esta noche Josep, puedes trasladar a Loan en helicóptero al campamento de la ONG, cuando salga del postoperatorio.

–     Gracias. – se levantó y abrazo fuertemente a su amigo.

 

Barcelona, 3 de agosto del 2010

–     Josep, el quirófano está preparado. – Le mira enfundado en su atuendo de color azul.

–     Vamos allá. – Se coloca la mascarilla y los guantes; entra.

–     Loan, vamos a dejarte muy guapa. Confía en mí. – Cuenta despacio hacía atrás comenzando desde diez.

Allí sobre la mesa de operaciones, comprendí lo enamorada que estaba de Josep. Aquel hombre cambió mi vida. Me alejo del miedo, de las calles…, me hizo sentir mujer. Una mujer libre y dueña de su propia vida.

–     Despierta dormilona. – Josep le acariciaba los brazos. – La operación había sido un éxito, Loan era una mujer fuerte.

–    ¿Dónde estoy? – dijo con voz entumecida.

–    Estás en Barcelona, a salvo. – los ojos de Loan comenzaron a brillar inundando de humedad sus pestañas. Tenía tapada la parte izquierda de la cara.

–     Me duele la boca. – apenas vocalizaba, el rictus izquierdo de la boca se inclinaba hacia un lado.

–     Te he reconstruido el lado izquierdo de la cara, músculos y tejidos que se desgarraron a causa de la fuerza e inclinación del navajazo. Necesitaras varias operaciones para que tu cara pueda ser como la de antes.

–    Ahora descansa, en unas semanas vendrás a mi casa y terminaras de recuperarte.

–    A partir de ahora yo cuidaré de ti. – se acercó a sus labios y le dio un delicado beso.

 

 

Barcelona, 10 de febrero del 2012

 

Todas las tardes paseo por el jardín, tengo una gran cicatriz en la cara, pero no me importa. Todas las heridas se cicatrizan y los dolores callados acaban por diluirse. No sé quién me puso en este camino. La verdad, es que mi fe fue desapareciendo cuando mi padre empujó la balsa. He vuelto a nacer, soy un bebé que abre los ojos por primera vez. Qué inspira y llena los pulmones de una nueva vida, vida que comienza con Josep. Se cruzó en mi camino una mañana en el mercado, yo tenía tan solo diez años, pero nuestras vidas en aquel momento se fusionaron en una sola alma; fue el destino, la casualidad o quizá; alguien que vela por nosotros desde el más allá. Miro el cielo y me recreo en el vuelo de los pájaros. Me siento en el porche y oigo la puerta a mi espalda. El aire me transporta su fragancia, no me muevo, quiero recrearme, una pequeña corriente me trae su olor. Josep se aproxima lentamente hacia mí. Se inclina abrazándome por la espalda, el roce de su piel me estremece. Se coloca frente a mí y me besa en los labios. Me coge en brazos. Nuestras cómplices miradas seducen la situación. – es tan hermoso. Acaricio su rostro, recojo con avidez el amor que desprende su mirada. Me ha cuidado durante estos dos años, como ninguna mujer puede imaginar. Josep pidió dos años de excedencia para cuidarme y mimarme. Entregó su vida a mis cuidados. Tengo tantas cosas que agradecerle que al principio me causó un miedo terrible. No quería defraudarle, me ofrecía cada noche, pero él me rechazaba. Me decía una y otra vez que no tenía que ofrecerme para agradecer sus cuidados. Él esperó paciente sin importarle su deseo por tenerme. Hace unas semanas, él me hizo el amor. Fue una noche romántica, donde no faltaron las velas y una copa de vino. Dormíamos en habitaciones separadas, él no quería de ningún modo dormir conmigo hasta que no estuviera preparada. Aquella noche me colé en su habitación, desde el quicio de la puerta vi cómo se preparaba para darse un baño, me acerqué sigilosamente y comencé a observarle. Tenía el torso al descubierto, los pantalones desabrochados. Había encendido velas y en el suelo había una copa de vino. Cuando se desnudó para meterse en la bañera mi corazón comenzó a latir con fuerza. Le deseaba, nunca había tenido la necesidad imperiosa del deseo. Lo necesitaba dentro de mí. Me quité el blusón y me acerque lentamente hacía él. Antes de que posara un pie dentro de la bañera, le abracé por detrás. Le acaricié las caderas y deslicé mi mano hacía su miembro. Me cogió en brazos y me metió en la bañera. Fue cuidadoso y detallista en las caricias, sus expertas manos conocedoras del cuerpo, se deslizaban despacio, prestando delicada atención en las zonas sombrías. Comenzaba a estar lista, la humedad de mi sexo se confundía con el agua. Me subí sobre él y comencé a moverme. Quería retener ese momento, era tan feliz…, que el orgasmo me llegó demasiado rápido. Me cogió de las caderas y aceleró el ritmo, hasta que llegamos a un intenso orgasmo que nos arropó en su agua templada.

 

Barcelona, 10 de febrero del 2014

Vivir con un médico no es sencillo. Sus turnos y viajes hacen muy difícil la convivencia. En todo este tiempo, he aprendido las costumbres y el idioma. Hablo a la perfección el español, el inglés. Soy colaboradora en una ONG que protege los derechos de las mujeres en Asia. Sigo luchando por lo que creo que es posible con buenos propósitos.  Dentro de un par de días, Josep regresa de la India, han inaugurado un hospital.

 

Su trabajo en España y el voluntariado en varias organizaciones médicas hacen que sus viajes se prolonguen en el tiempo. Al principio me llamaba todos los días a cobro revertido, pero las llamadas fueron bajando de intensidad. Nuestro amor ha dejado de ser carnal, para convertirse en algo astral, propio de las almas. Mi amor por él es infinito, imposible de medir. Sus caricias son recordadas por mi piel, deleitándome con un placer incontrolable, pero a la vez efímero. Estoy en manos del destino, ese destino que empezó en aquella balsa improvisada.

Estoy un poco nerviosa, la segunda intervención será la última. Mi cara volverá a ser bella. El equipo médico está preparando el quirófano, estoy tumbada en la camilla. Josep entra en la sala. Me guiña un ojo.

–     ¿Loan, como te encuentras?  –  Josep está bastante satisfecho con la segunda operación, han podido reconstruir el lado derecho de su rostro. – Loan algo dolorida le sonríe y le mira fijamente a los ojos. Josep, le acaricia la mano y besa sus nudillos.

 

–     Te quiero Loan. – una pequeña lágrima se resbala por la mejilla de la joven y Josep la recoge con el pulgar. Ella de momento no puede hablar, tiene vendada la cara, mantiene la mandíbula apretada con un artilugio metálico de sujeción.

 

Después de la operación Josep me volvió a cuidar como la primera vez. Estábamos más distantes. Aunque en nuestras miradas solo había un amor eterno. Nuestros cuerpos no se atraían como imanes, era un poder caprichoso que nos obligaba a ansiar nuestros deseos con una mirada, pero la lujuria era algo lejano, terrenal. En ese periodo de tiempo solo hicimos el amor un par de veces. Nos sentíamos huérfanos del mundo. Incapaces de movernos al terminar. Satisfechos por ese momento que nos hacía seguir viviendo. – Era tan hermoso estar a su lado, que sobraban las palabras. No hubo despedidas, ni lágrimas. Abrió la puerta, me dedicó una bonita sonrisa y se marchó.

 

Varios años después…

No le puedo reprochar nada, porque todavía le amo. En todos estos años he salido con hombres, pero no han sabido llenar ese trozo de mí, que él se llevó en su maleta.  Mi vida era bastante ajetreada, mi trabajo me ocupaba muchas horas. Cuando volvía a casa era bastante tarde. Aquella mañana al abrir el buzón, toque con la yema de mis dedos aquel sobre rugoso de papel de arroz y sin saber de dónde provenía, sabía que era suya. Apenas podía creer lo que leía, era una invitación de boda. Josep se casaba, yo soy la afortunada. Quería casarse conmigo en Vietnam.

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Piel de naranja (Primera parte)

Piel de naranja (segunda parte)

¿QUIÉN TE ESPERA AL OTRO LADO?

Tengo los ojos cerrados por alguna razón que no logro comprender. Mi conciencia empieza a castigarme con una vigilia ordinaria que provoca, una estrecha relación con mis sentidos. Algo ocurre en mi cerebro que no puedo controlar. Las sensaciones comienzan aparecer por mi cuerpo, quizá, alguien enciende el interruptor y mi cerebro realiza su chequeo inicial; mis ojos dejan de moverse, las ondas cerebrales impulsan con entusiasmo al sistema nervioso…, los espasmos se ceban de forma caprichosa con las extremidades. Ahora es el momento en el que mis neuronas actúan de forma involuntaria para estimular mis sentidos.

A través de mis párpados una cálida luz difumina mi oscuridad; mi oído percibe con precisión sonidos lejanos, pero inconfundibles. No me atrevo a abrir los ojos, creo que resbalaré o me ocasionará un desmayo por falta de equilibrio. Mi piel se va acostumbrando a las cálidas sacudidas de la brisa marina que llegan a mí, de forma irregular. Percibo el gratificante olor salobre, pero no recuerdo donde estoy. He recuperado totalmente el control de mi cuerpo y me apresuro a abrir mis pesados párpados. El miedo se instala en mi pecho como si fuera un marcapasos. Los músculos se tensan y mi boca percibe el sabor amargo a hiel.
La luz del sol hace que parpadee sin evitar que me duelan los ojos; mi encuentro con la realidad es un duro golpe a la razón. Dejo a un lado ese tic nervioso que produce el parpadeo, por el exceso de luz y comienzo a enfocar la visión; nublada y liquida como si abriera los ojos bajo el agua. La distorsión del paisaje me hace estremecer, mi cabeza no logra asociar el tapiz de vivos colores y formas. Recupero el movimiento de mi cuerpo y decido mover la cabeza hacía un lado. La amalgama de sentimientos invade todos los rincones. Me doy cuenta de que estoy sentada en la marquesina de una parada de autobuses. Escruto cada centímetro del paseo con la esperanza de reconocer aquel lugar, para mí desconocido. Sincronizo mis movimientos y decido ponerme en pie.
El aire está preñado de humedad, se mueve con tanta rapidez que mi pelo provoca un ligero cosquilleo sobre mi cara. Giro sobre mí misma y comienzo a ver los detalles de aquel paisaje impuesto, quizá, secuestrado de mis recuerdos o de mi simple imaginación.

La gente habla en otro idioma, camina alegremente por la calle; les miro y parecen sonreír. Su indumentaria es precaria, pero destaca la caída de la tela sobre su cuerpo y el blanco luminoso. Los recuerdos comienzan a invadir la intimidad de mi ser. Una turbia agonía despierta al otro lado de mis sentimientos. Lo veo claramente, algo simpatiza de forma delicada con mi ánimo…, es una sonrisa conocida. Un niño de ojos claros y cara pecosa me mira con complicidad. Algo muy dentro de mí, me dice que forma parte de un recuerdo.
Intento doblegar los malos augurios, cierro los ojos y aprieto los párpados. Suplico para que la nube tóxica que cubre mis recuerdos se evapore. El olor del aire martillea una y otra vez los recuerdos, pero no hay forma de llenar esa laguna, serena y turbia.
Estoy al borde de la locura, la sien me palpita y el esfuerzo por recordar me fatiga. Aquel niño con piel de melocotón grita desde el otro extremo de la avenida. Son palabras vaporosas perdidas en el viento, pero que traen a mis oídos una tierna caricia.
– Mamá…

La sutileza del sonido, vibra en mi interior causando un torbellino de intensas sensaciones que dispersan la espesa nube que cubre mis recuerdos. Tengo los labios lapidados, postrados, sin poder despegarlos por falta de estímulos. Mi corazón grita desconsoladas palabras que solo mi cerebro puede oír.
– ¡Hijo…!

A partir de ahí, un aluvión de imágenes, sonidos y sabores, rompe las losas que cubren mi pensamiento. Aprieto los puños y noto como se agarrotan mis tendones. El luminoso paisaje lleno de palmeras, gaviotas surcando los cielos y el aire con sabor a sal, se va trasformando.

Ahora solo son miradas de extraños que se agrupan a mi alrededor. Parecen despegar los labios; están hablando, pero no logro identificar sus palabras. Solo son labios que interactúan con ellos mismos. En ese momento percibo una fuerte sacudida que hace temblar mis piernas, casi caigo sobre ellas. Alguien que no conozco me agarra con fuerza de la mano y tira de mí. Tengo la sensación de que caigo a un profundo pozo; la luz se va alejando a medida que desciendo. Mi corazón apenas emite sonido alguno. – creo estar muerta.
La enfermera dice a los parientes de Marina que salgan de la habitación. Sus pulsaciones han bajado a casi cero, confían en que su cerebro envíe una respuesta rápida, necesita un choque eléctrico que le haga salir de aquella situación. Desde la puerta un chico de siete años, observa con lágrimas en los ojos a su madre, mantiene la esperanza de abrazarla de nuevo. Sabe que luchará con ahínco para estar con él. Por eso todas las noches cuando duerme la busca entre los sueños; aquella noche la vio. Esperaba un autobús, iba vestida de blanco y tenía la piel bronceada. Recuerda que la gritó desde el otro lado de la avenida, pero ella parecía no oírle.
Las enfermeras se movían con rapidez, intentando recuperar el cuerpo de Marina. Las fuertes sacudidas hacían que se levantara varios centímetros de la cama, volviendo a caer sobre ella.
Bajar tan deprisa, me produce vértigo. He chocado contra el suelo y mi cuerpo se ha estremecido por completo; extrañas descargas que recibo con alivio despiertan mis músculos. Noto que mi corazón vuelve a latir. Necesito aire, me incorporo, abro la boca y los ojos. – ¡Estoy viva!

El monitor muestra el ritmo cardiaco, los registros de actividad neuronal son normales, Marina ha despertado del coma. Las enfermeras le hablan despacio mientras acomodan su cuerpo de nuevo en la cama, le ponen oxígeno. Escucha con atención, pero es demasiada información para su cerebro. En ese momento se aísla de todo y mira al frente, ve cerca de la puerta una pequeña figura que se frota los ojos con la manga de la camiseta. Sonríe mientras deja escapar varias lágrimas, se quita torpemente la máscara que le cubre la boca y pronuncia otra vez.

– ¡Hijo…! – aquella sensación no la olvidará jamás. Todos sus temores se disiparon al pronunciar aquella palabra. – Aquella palabra le trajo de vuelta.

Marina tuvo un accidente de tráfico que le causó un coma irreversible, pero sin embargo no había llegado su hora. Ella contó con todo detalle a sus familiares lo que había visto en el otro lado y que a partir de ese momento no tendría miedo a la muerte.

 

Presentado al concurso de RTVE de relatos cortos

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

¿Quién te espera al otro lado?


 

ENCUENTRO CELESTE

La fría madrugada dejó un rastro en el aire, el sol adormecido, empieza a caldear el horizonte. El cielo serpentea entre sustancias gaseosas que marcan de color la bóveda celeste. El rumor de la tierra es solo una advertencia para el centurión que espera la señal. Una nube espumosa fresca e inocua espera copular con el aliento frío de la noche. Fue entonces cuando se pudo ver, sin ningún tipo de intrusión. El movimiento del cuerpo celeste, araña con cálidas manos las cumbres más altas, que repara en despertar las crías de sus nidos y también a la penumbra; que despierta bajo un árbol, bosteza y emboza un estallido de perfiles oscuros en la montaña. El centurión agarra con fuerza la línea oscura que se escurre entre sus dedos intentando que la luz llegue con todo su esplendor. La espumosa nube que cubre los prados se empieza evaporar, se desvanece con su último aliento rociando de lágrimas la hierba. Aquel manto templado codicia con ahínco brindar al mundo su luz, se mueve sigiloso y sin mirar hacia atrás. Cierra el paso a las sombras que se esconden en los rincones más recónditos de su manto. Enloquecido, se cierne en cultivar vida bajo sus pasos, acelerar la belleza natural; cada día, cada hora, cada minuto, hasta que vuelve a desvanecer. El centurión recoge el cálido manto, espera contemplando el horizonte hasta que se ciega el último suspiro de luz.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Encuentro celeste


FRENTE AL ESPEJO

Hace algunos años que no me miro en ese trozo de sustrato de cristal. Esa plana superficie que se obceca en plasmar el tiempo. Solo sabe secuestrar mi imagen y distorsionarla. Cada mañana levanto mis manos y toco mi rostro. Es increíble sentir la pureza de los surcos, el pequeño espacio de mis ojos y la pronunciada nariz que se aleja de mi cara.

Cierro los ojos y empiezo a imaginar; la tersa imagen que reflejaba hace tiempo. Ese reflejo que madura como el fruto, que labra la comisura de los labios hasta convertirla en una fina línea con pequeños cauces en la piel, sometidos para unirse.

¡Qué disparatada escena! es terrible para algunas personas encontrarse con uno mismo. Asimilar que el cuerpo va venciendo al espíritu, que la voz que brota de la garganta se vuelve áspera y silenciosa. Es tan difícil asumir que te estás consumiendo…

He decidido darme una oportunidad, creo que será la última. He silenciado los susurros que me avisan del peligro.

Aquella escondida voz que me ayudaba a tomar decisiones se ha evaporado. Ahora solo hago caso a mis impulsos. Permanezco con los ojos cerrados, aprieto con fuerza los párpados. Sé, que solo puedo mantener la mirada unos segundos.

Quiero que esa imagen, no se altere con el tiempo. – ¡Quiero volver a creer en mí!

Al abrir los ojos, un remolino de emociones entra enfriando mis poros y erizando mi vello. La piel cetrina, recobra un color fúlgido. Mis labios se llenan de vida coloreando el tapiz de mi cara. La sonrisa lobuna aparece como un tic nervioso.

Quiero que se pare el tiempo, que no avance ni retroceda. Quiero apartar de mi mente el reflejo del pasado. La encarnizada forma de quererme se ha vuelto sutil y poderosa.

Ya he aprendido a envejecer.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Frente al espejo


APRENDE A ESQUIVAR LAS GOTAS DE LLUVIA

La vida es un trasiego de vivencias que se enlazan con nosotros mismos. Algunas de estas se evaporan al respirar, pero otras se clavan con desdén dentro de nuestra alma. Petrifica de forma rápida nuestros sueños, nuestro día a día. Un día te despiertas y tienes una extraña sensación que se recoge caprichosa dentro de tu ser. Sabes que algo va a ocurrir, pero tienes la cabeza en otra parte, sintetizas tu trajín diario sin prestar atención a los pequeños detalles que se han producido al abrir los ojos. Un descomunal error de principiante. -Escucha lo que tu cuerpo quiere decirte. -Sin lugar a dudas somos una maquinaria imperfecta que lucha por conseguir la perfección. Esa parte de ti que guardas por comodidad y que se despierta cuando abres los ojos, es tu carnet de identidad. Es una gota de lluvia que cae al suelo entre miles de ellas, parecen todas perfectas, en tamaño y color, pero si te fijas bien, solo es un compuesto que varía físicamente cuando cambia su entorno. De eso se trata, de sentir, de saborear, de tener la tierra bajo los pies y la cabeza cerca de las nubes. Es un verdadero capricho ser uno mismo, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Ese lado oculto, que no queremos mostrar por vergüenza, que nos obliga a ser otra persona y vivir otra vida que nos han elegido, es una pequeña daga que se clava y destruye nuestra identidad. La sensación inocua que viaja con pesar dentro de nosotros hace mella en nuestra vida. Es nuestro lado oscuro, ese lado que aparcamos y cada vez se hace mayor hasta que castiga imperiosamente el cuerpo. La forma de derrotar al dragón que guardamos en nuestra mazmorra, es aprender a esquivar las gotas de lluvia.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Aprende a esquivar las gotas de lluvia


 

SUEÑOS

 

Me levanto con el pelo pegado a la cara a causa del sudor que se escapa de mis poros. Las noches son terribles, no soy capaz de recuperar el aliento. No puedo abrir los ojos, porque mi imagen aparece en la pared de enfrente. Tengo ardor en el estómago y los labios secos a causa de la sed. Los medicamentos ya no me quitan el dolor punzante que taladra mis ilusiones. Estoy preso en un abismo oscuro donde la muerte se disfraza con mi piel. – ¡No quiero morir, no estoy preparado!

Cada noche cuando apago la luz, comienza el teatro de títeres, aparecen pequeñas sombras que entran por la ventana, acompañadas por una suave brisa que arrastra olores extraños. Mantengo los ojos cerrados y me arropó por encima de la nariz. Mi cuerpo forma un ovillo por debajo de la manta. Un ligero cosquilleo aparece en mis pies, se desliza sigiloso por mis piernas hasta alcanzar el centro de la espalda, donde una pequeña descarga me hace estremecer. Leves sacudidas hacen que castañean los dientes y me obliga a abrir los ojos; entumecidos, pero completamente abiertos miro con horror las escenas que se desencadenan en la pared.

Mi cuerpo tiembla, mientras mis ojos mueren, contemplando con angustia como va a ser mi muerte. Las imágenes comienzan a dibujar objetos de esta habitación. Dando forma, sin lugar a dudas al momento exacto, miro el reloj de mi mesilla y hasta la hora coincide. ¡No puede ser hoy! – pienso mientras me cubro la cabeza. Temo seguir mirando la pared, no quiero descubrir que ya estoy muerto, que el momento ha llegado y no he podido saborear las pequeñas cosas de la vida. Con manos temblorosas y los ojos llorosos despego de mi cara la sabana, mi barrera para los miedos; abro lentamente los ojos, mientras comienzo a pestañear. La pared muestra una imagen espejo de la habitación, me incorporo lentamente, permanezco sentado frente a la imagen, mantengo mi brazo cubriendo la cara; lo bajo hasta mi regazo y me veo allí sentado en la misma posición, aunque con el cuerpo desgarbado y viejo. Es la primera vez que un sueño me muestra mi destino y no es precisamente la muerte. Ahora más tranquilo y con la seguridad de que no ha llegado mi hora. Mi sabio cuerpo comienza a calentar las sabanas, dejo de temblar y me entrego al sueño profundo.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Sueños


BROTES VERDES

El hastío embriaga la sangre de mis venas, es como un sedante antes de alcanzar la locura. He intentado mediar con los sentimientos, pero me he encontrado atado de pies y manos con el cordón umbilical que envuelve el mundo. Estoy maltratando mi espíritu despiadadamente, he deshojado mi vida sin sentido alguno. He perdido la valentía que me hacía cruzar fronteras.

Me encuentro en una prisión invisible donde el espejo solo refleja las barbaries humanas. ¿Qué hago ahora? -Ya no hay agua para calmar mi sed, ni sustento para el alma. He desechado los principios y la moralidad que recibí cuando era niño. He sido derrotado por la codicia, esa codicia que hace pisarnos unos a los otros.

Avanzo sin rumbo, sin expectativas…, colmado, quizá, de sueños interrumpidos, de amores rotos. Quiero acabar con esta pandemia que se alimenta del aliento del que sufre; del que menos tiene y al que más golpean. Quiero convertir mi alma en un refugio para los débiles. Quiero depositar en sus manos un pequeño brote verde que anunciara su futuro, quiero tantas cosas…, que necesitaría un ejército para calmar la sed del mundo y mi propia sed.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Brotes verdes

 


Sé donde encontrarte

 

He perdido la noción del tiempo. Noto en mi piel el delicado roce de tus labios. Paso mi mano por aquellos lugares que recuerdo y con el simple roce de las yemas de mis dedos, veo como se eleva el bello de los brazos y un escalofrío recorre libremente mi espalda. Siempre ocurre al anochecer, cuando poso mi frágil cuerpo sobre el colchón. Miro por la ventana y dibujo tu silueta acostada junto a la mía. Solo es un recuerdo, un recuerdo imborrable; ese recuerdo que me persigue enloquecido, pero que desgraciadamente se va marchitando. Ha pasado mucho tiempo que mi cuerpo ya no es el de antes, mi cara ajada ha recorrido mundo, se ha convertido en migajas del pasado, pequeños surcos de sabiduría que descifran los anhelos. Aquí estoy yo, esperando mi futuro, solapando el presente para que no ocupe espacio. Recuerdo nuestro diálogo de sonrisas nocturnas, esa boca tuya que me vuelve loco. Ese sabor dulce que dispara mi melancolía. Creo que ya estoy preparado para recibir tu visita. Soy viejo y ya he visto lo que me propuse ver, solo deseo que mi alma descanse junto a la tuya. Por eso vida mía, espero impaciente mi último aliento, que sé, que posaré en tus bonitos labios…, otra vez llenos de vida.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Sé donde encontrarte


 

CIERRO LO OJOS

He mirado de nuevo por la ventana, esa ventana que vio pasar mi niñez y que ahora asoma arrogante con sus bonitos paisajes. Paisajes eternos llenos de diferentes y cálidos aromas, que hacen volver al pasado. Hace tiempo que estoy perdido en un biorritmo patentado por la cadencia de motores que hacen girar mi vida. Ahora me doy cuenta de que he perdido el tiempo. Que los años han pasado, sin apreciar, ni saborear lo más importante de la vida; los pequeños detalles que no alcanzamos a ver, por lo obcecados que estamos en nosotros mismos. Miro con tristeza esa ventana al mundo, como si la viera por primera vez. Cierro los ojos y aguzo el oído para viajar en compañía de las cigarras; la vibración del sonido se pierde en mi cabeza trazando imágenes reales de un posible encuentro con el pasado. Aprieto fuerte los ojos y esa sensación viajan untuosa por mi cabeza, despejando la nube vaporosa que cubre insensible mi mente. Estoy tumbado sobre la fresca hierba del prado, aspiro su eterna fragancia que se cruza con el aroma de lavanda y el tomillo. El regocijo va cayendo en picado hacía mi cuerpo que se mantiene inerte sobre la alfombra verde. Humedezco los labios y el sabor del rocío refresca otra vez todos mis sentidos, llenándolos de paz. Respiro de nuevo y abro los ojos, las pequeñas nubes se deslizan despacio por encima de mi cabeza, dando forma gaseosa y materializándose con formas abstractas simulando una cabeza de león, un elefante…
Toco suavemente el manto verde que cubre el suelo, acaricio a la vez que su dulce aroma me embriaga. Ahora es hora de empezar un duelo de sentimientos, un duelo que se va adhiriendo a mi piel, para formar el paso del tiempo. Sigo frente a mi ventana sin dejar de experimentar los frutos de la vida. Reflexionando sobre mi estancía pasajera en este mundo, deseoso de volver a caer en la espesa manta verde que te embauca, te persigue; que traza una línea donde se separan los sentimientos. Araño con fuerza el sabor del rocío en mi boca, desesperado por no volver a sentirlo. Abro los ojos y mi corazón comienza a latir de nuevo, con más fuerza que antes. He despejado mis dudas y ahora sé como encauzar mi vida, de sentir como antaño, de no fingir la felicidad, simplemente vivir…

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Cierro los ojos


RECUERDOS

Tengo ese sabor salobre en los labios, la mirada viaja sin esfuerzo sobre la pequeña línea plateada que cruza el mar. Calma y a la vez desasosiego traza en mí, un ligero cosquilleo de tristeza. La calima inunda el ambiente y protege como coraza el deseo de tenerte cerca.
Mi deseo va creciendo…, la necesidad de oler y seguir la línea de tu cuerpo con los dedos me desorienta y ahoga mis suspiros. El sol abrasa mi cuerpo, dibujo en la arena una extraña silueta que recuerda tu tesoro escondido.
Me viene a la memoria; la brisa en nuestros cuerpos, el alma saliendo de ellos sin recuperar el aliento que se desvanece con la marea. Cubiertos de arena, gozan de las salpicaduras de pequeñas burbujas que traen las olas. Dos cuerpos sepultados por el deseo, nadando confiados en ese mar encontrado. Con caricias y olor a sirena, donde cada patrón vira su barco por la tempestad hacia la calma.
Ahora solo son recuerdos…, me doy cuenta de que estoy solo sentado en la orilla, percibiendo olores del pasado, virando los recuerdos hasta hacerlos perfectos, imborrables. Allí permanecí varias horas, abrazando el aire. Confiado de que en algún momento aparecerías por la orilla; con tu pelo al viento,  el deseo en tus labios y el amor en tus ojos.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Recuerdos


HISTORIAS DE WHATSAPP

 

Capítulo I ( primera parte)

Un nuevo contacto

El autobús aquella tarde tardaba en llegar. Olivia espera en la marquesina de su parada, entre sus manos su Smartphone que no para de emitir leves timbrazos de mensajes. Sonríe mientras contesta a los mensajes de forma rápida. Se da cuenta de que se ha quedado sola en la parada. Son las seis de la tarde, pero la oscuridad cierne bajo el cielo gris negruzco. La llovizna otoñal ha refrescado el ambiente, la humedad viaja ciega por las calles huérfanas de gente. Mira de forma distraída hacia ambos lados. Se moja los labios con la punta de la lengua y sigue leyendo los mensajes. Todos los jueves trabaja como monitora de yoga en un gimnasio en el barrio chino. La línea del autobús cruza parte de la ciudad, pero aquella tarde se retrasaba.
Consulta su reloj y levanta la cabeza, observa que hay un callejón en la acera de enfrente. Solo logra distinguir la bajada de una escalera de incendios y junto a ella varios cubos de basura. Se levanta un poco inquieta y estira las piernas. Le llama la atención una sombra que aparece en el comienzo del callejón. Una alargada figura bien definida asoma por la esquina. Aquella imagen inquieta más a la joven y la embriaga un temeroso presentimiento. Vuelve a mirar la pantalla de su móvil y ve cómo el sistema se reinicia. En ese momento distingue a lo lejos los faros del autobús que avanza con precaución de no pasarse la parada. Las puertas se abren emitiendo un leve chirrido. Se quita la capucha de su abrigo y deja al descubierto su corta melena negra, se coloca el flequillo; de manera que queda oculto uno de sus ojos. Saluda al conductor; él responde con inclinación de cabeza y arranca el vehículo. Olivia se siente más relajada, camina hacia la parte trasera donde se sienta. No hay mucha gente, pero reconoce a varias personas que a veces coincide en ese viaje. El sonido de otro mensaje le hace embozar una pequeña sonrisa. Hace un par de semanas apareció el número de una persona que había añadido a Facebook, no le conocía. Desde aquel día su número aparece en la agenda del teléfono. El mensaje provenía de ese número. Aquel mensaje decía;
–  Mira hacia atrás. – Giró lentamente la cabeza y vio la figura de un hombre delgado.
–  ¿Quién eres? –  Le preguntó arqueando las cejas, se movían frunciendo el ceño. Arrugando la zona donde se ubicaba el piercing.
–  Ya lo descubrirás.

Se sentó de lado, no paraba de mirar la extraña figura que se desdibujaba a medida que el autobús avanzaba. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Apoyo la cabeza en el cristal de la ventana y comenzó a contemplar la oscuridad que envolvía las calles. Pronto comenzó a divisar el arco de dragones donde comenzaba el barrio chino. Los faroles rojos, alegraban de forma violenta los trazos de las calles empedradas. Las prostitutas se alojaban en los quicios de las puertas ofreciendo elegantemente su cuerpo semidesnudo. Algunas estaban ataviadas con el traje típico, para el reclamo de los nostálgicos. El olor a opio disparaba los registros de aire saludable.

El autobús paró. Olivia Se volvió a colocar la capucha antes de bajar. Sus ojos negros brillaban bajo la luz de los faroles,   su rostro porcelana le daba un toque vampírico. Su ropa negra y gris se camuflaba entre aquellas calles. Su lugar de trabajo estaba a pocos metros de allí. Bajó el corto tramo de escaleras metálicas que la separaba de la superficie. Encendió la luz del portal y la música comenzó a llegarle discretamente a los oídos.
Allí la esperaban cuatro alumnas, tumbadas en sus colchonetas, esperaban impacientes su llegada. Antes de apagar el móvil vio el icono de nuevo mensaje de WhatsApp; solo aparece el número; una extraña imagen en el perfil. El rostro de un hombre, su cabeza está cubierta por una capucha. Era tenebroso, pero a la vez excitante.

 

 

Capítulo I ( segunda parte)

Olivia despidió a sus alumnas que acababan de relajarse con una ducha caliente. Apagó las luces de la sala y se encaminó hacia los vestuarios de monitores. Las luces del pasillo temblaban cuando pasaba un vehículo en la superficie. Las bombillas iluminaban poco a consecuencia del polvo de varios años. Abrió la puerta basculante con las palmas de las manos. Escogió una de las duchas más separada de la puerta. Antes se desnudó delante del único espejo que había encastrado a la pared. Contempló su cuerpo desnudo y acarició sus pezones. El sujetador deportivo aplastaba los piercing de aro que colgaban de ellos. Después del acostumbrado ritual. Comenzó a graduar la temperatura del agua en la alcachofa de la ducha. Intentaba recordar cuando fue la última vez que había tenido una cita. El ruidoso despertar de las viejas tuberías de plomo, el traqueteo a su paso por encima de su cabeza; le hizo pensar, sobre lo que hacía en aquel asqueroso antro. Llevaba muchos años conformándose con ese tipo de trabajos. Trabajos basura, como ella los denominaba.

Comenzó a recibir con una agradable sensación el tacto del agua en su piel. Frotaba la cabeza con champú, con olor a coco. Estaba concentrada en la ducha; quizá demasiado abstracta de la realidad. Abrió un poco los ojos después de aclararse y pudo distinguir una estrecha figura que se movía rápidamente por delante de ella. Procedió a frotarse los ojos de forma frenética. Intentaba aclararse de nuevo, pero el champú no dejaba de tirar espuma. Le escocían muchísimo los ojos y la boca. Cuando consiguió quitarse todo el jabón, pensó que lo que había visto era fruto de frotar con fuerza sus ojos. Continuó relajada bajo la cascada de agua templada, apoyada con uno de los brazos en los grisáceos azulejos. Comenzó a tararear una canción de un anuncio televisivo, entre los ruidos del agua y su canturreo le llegó un sonido que conocía perfectamente. Aguzó el oído y comenzó a desvanecerse su estado de relajación. Ella sabía con certeza que el móvil estaba apagado. Lo había apagado antes de comenzar la clase. Cerró el grifo y salió desnuda. Intentaba guardar el equilibrio a cada paso. Sus chanclas resbalaban en el suelo de terrazo, con una de sus manos agarró la toalla y se la puso alrededor de su cuerpo tapando su desnudez. Se dirigió despacio hacia donde procedía el sonido del móvil. Su taquilla estaba abierta, el móvil estaba encendido encima de uno de los bancos. Cuando fue a comprobar el mensaje, se apagó. Justo en ese momento notó que alguien jadeaba muy cerca de su oreja. La delgada figura se mantenía a escasos centímetros de su nuca. Jadeaba. Le llegaba el olor de su aliento. Percibió por el rabillo del ojo un movimiento rápido. No consiguió verle con claridad. Su pulso se aceleraba, notaba una ligera presión en las sienes. Estaba asustada, respiraba con dificultad. Se agarró al lavabo y levantó la vista hacia el empañado espejo. Intentó mantener la calma, pero no lo consiguió. Cuando volvió a mirar su imagen, pudo leer en el espejo. –Mira hacia atrás.

Las letras se iban alargando por el cambio de temperatura. Algo tira de su toalla y cae al suelo. Entonces decide mirar atrás. Miró con estupor al hombre siniestro que aparecía en el perfil del número desconocido. Era joven, su mirada derrotaba toda esperanza de salir con vida. Agarró a Olivia por los dilatadores de las orejas y le arrancó de cuajo el lóbulo. Ella miraba a ambos lados con los ojos muy abiertos, mientras intentaba controlar su hiperventilación que provocaba una presión a la altura del pecho. Las luces del vestuario parpadeaban. Aquel individuo seguía mirándola con una mirada imperturbable. Olivia presionó ambas orejas con las manos para parar la sangre que no dejaba de brotar. Fue entonces cuando decidió moverse; comenzó a correr. Él la seguía de cerca. Ella pensaba que no se movía del sitio. Se desplazaba en eses por el sombrío pasillo. Su única intención es salir al exterior. Un poco antes de cruzar el umbral. Notó un fuerte golpe en la cabeza y perdió el conocimiento.

El autobús seguía su ruta, esa tarde había mucho tráfico, el conductor no tenía más remedio que alargar los minutos en las paradas, para recoger y soltar a toda la gente que esperaba impaciente. Olivia seguía sentada en el último asiento, alguien tocó el timbre en la última parada, su parada. Abrió los ojos, notaba un remanente dolor de cabeza, se mesó el pelo y descubrió una venda que le cubría los oídos. Tenía en la boca un ligero sabor metálico. Escrutó extrañada el autobús. El vehículo paró y vio salir a un tipo que le resultó familiar. Ella bajó despacio, estaba un poco aturdida. Aquel hombre se alejó por el callejón de enfrente, llevaba una capucha puesta.

Sacó las llaves del portal y cuando ya estaba dentro. Sonó un mensaje de WhatsApp. Al abrirlo leyó;

– Mira hacia atrás.

Capítulo II ( primera parte)

La última voluntad

El sol ilumina con gracia una mañana de abril; sus delicados rayos proyectan un haz de colores en el centro de la iglesia. Los bancos de madera de castaño, guardan la penitencia en el mismo sitio durante décadas, el vetusto grabado de la cruz cristiana se mantiene tostado en el lateral derecho. Allí, todos los familiares escuchan con atención las últimas palabras dedicadas al joven bróker. Su reciente muerte ha sido un verdadero enigma para compañeros, amigos y familiares. Las autopsias no revelaron con claridad su forma de morir. Su esposa vestida rigurosamente de negro, con gafas de sol cubriéndole los ojos, no derramaba ni una sola lágrima. Solo permanecía quieta, ajena a las palabras del orador que en estos momentos elogiaba la vida y trabajo de un brillante hombre y un buen ser humano.
Las palabras se escapaban en el aire sintonizando, quizá, con los agudos sollozos de la madre que miraba de soslayo a su nuera. Después de aquellas breves palabras, la joven viuda se levantó y subió al altar. Antes de comenzar a hablar, saco un pañuelo, se levantó las gafas de sol y las mantuvo sujetas como diadema; se secó las supuestas lágrimas y comenzó a hablar.
Su voz no era nada musical, no se podía contrastar en absoluto con la belleza de su rostro. Hablaba despacio, oyéndose, intentando sedar los nervios que la iban matando y debilitando por dentro.

– Hoy es un día triste, Jack nos ha dejado… – Intenta continuar, su expresión de dolor le marca prematuras arrugas en la frente y hace tensar los tendones de su alargado y fino cuello. – Como ya ha dicho Óscar, todos y cada uno de vosotros se han llevado parte de él. Le recordaremos como era, jovial, sincero, un verdadero crack de las operaciones financieras. Un Dios para sus jefes y un buen marido. Él me comentó su última voluntad; quería pasar al otro barrio con una de sus herramientas de trabajo. Su apreciado Smarphone. Así que sigo al pie de la letra su última voluntad.
Se acercó tímidamente hacía la ataúd, su madera impecablemente reluciente reflejaba los primeros bancos. La tapa estaba dividida en dos, la parte más pequeña se desplegaba dejando ver el rostro pétreo del joven Jack. Sus parpados estaban pegados al igual que sus labios, había desaparecido el color violáceo que secundaba su rostro. El maquillaje había conseguido su propósito, aliviar las horas de sufrimiento antes de su muerte. Intentó poner el teléfono bajo sus manos, pero apenas podía moverlas, la rigidez era acusada. Decidió colocarlo cerca de su corazón.
Terminaron la oración; se dieron el pésame y comenzaron a salir de la pequeña iglesia. El sol comenzó a ablandar los sufridos corazones que salían lentamente por la puerta de madera. La luz inundaba el interior, un diminuto halo de luz cruzó la planta principal hasta rozar sus últimos esfuerzos en tocar la pantalla del móvil.
Serpenteaban por las calles de la ciudad siguiendo al coche fúnebre. Una gran fila de vehículos se unía al último viaje de Jack. Las puertas del cementerio antiguo estaban recientemente pintadas. Los cipreses recibían majestuosos la entrada del duelo. Uno a uno fueron pasando; aparcaron los coches cerca del panteón familiar. Las coronas de flores salpicaban la entrada al sepulcro, derramando color a la piedra gris. El entierro fue bastante rápido. Aunque en aquellos momentos parecía eterno.
Tres horas más tarde, Elena, la mujer de Jack decidió llamar al mejor amigo de su marido. Sus palabras al teléfono habían sido bastante escuetas, parecía hablar en clave.

– ¿Tienes todo hecho? – Lo dijo mientras se mordía el labio inferior.
– Si, ya está todo. – Eso fue todo. Óscar colgó.

Elena estaba cansada, llevaba varios días sin dormir. Necesitaba echar una cabeza hasta que viniera Óscar. Se acostó desnuda, boca abajo, con los brazos ligeramente por encima de la cabeza, sobre la almohada.
Oyó como vibraba el móvil sobre la mesilla de noche, creía que lo oía en sueños. Estaba tan cansada que no hizo caso a su insistencia. No se movió, pero solo pasaron varios minutos cuando volvió a sonar. Fue reptando hacía el otro lado de la cama, con los ojos cerrados. Su pelo era una extraña maraña. Cogió el teléfono y comenzó a temblar cuando leyó el nombre de Jack en un mensaje de WhatsApp.

 

Capítulo II ( segunda parte)

Óscar escuchaba música en su cuarto mientras se vestía. Acababa de hablar con Elena y ha decidido ir a su casa. Estaba algo nervioso, se había cortado varias veces el rostro con la cuchilla de afeitar. Desfilaba por la casa con pequeños trozos de papel pegados a la cara. Ultimaba todo lo acordado con Elena. Estaba dispuesto a marcharse, cuando por debajo de la puerta del baño empezó a salir vaho. Se rascó la cabeza y se dirigió pensando que había cerrado los grifos cuando salió de la bañera. Iba descalzo, cruzó el pasillo y noto algo húmedo bajo sus pies. Intentó abrir la puerta, giraba el pomo y apoyaba el hombro contra ella para ejercer más fuerza, pero no se movía. El agua había dilatado la madera y le era imposible desplazarla. Estuvo empujando con fuerza sobre la pesada puerta, pero no halló la manera de abrirla. Se puso a pasear por el pasillo, mesando nervioso su pelo, intentando comprender que estaba sucediendo. Decidió frenar el flujo del agua que salía incansable bajo la puerta; se le ocurrió coger una toalla de la bolsa de deporte de Jack que estaba en la entrada, se puso de rodillas y las colocó para impedir que el agua se desparramara hacía el parqué del pasillo.

En ese momento suena su móvil. El Smartphone de última generación emite una luz violeta iluminando todo el perfil de su pantalla de 6”. Se desplaza hacía la mesa auxiliar, en ese momento nota un movimiento en el salón. Una sensación extraña empieza a invadir su cabeza. Se siente observado. Por alguna razón sabe que no está solo. Las palpitaciones cerca de la sien se hacían insoportables, sentía que le ardía el pecho. Comenzó a sudar, pequeñas gotas perlaban su nuca. Fue entonces cuando comenzó a sentir un ligero e imperceptible jadeo cerca de su oído. Volvió la cabeza y solo vio los muebles y cuadros distorsionados. Era incapaz de enfocar la visión. Cerca de la puerta había un oscuro bulto que se desplazaba de forma silenciosa hacía el teléfono.

Consiguió cogerlo a duras penas, sus manos parecían agrandarse, no tenía sensibilidad en los dedos, las falanges parecían derretirse al contacto con el teléfono, se estaba deshaciendo. Notaba que el corazón se le salía por la boca acompasando el jadeo que cada vez se oía más fuerte haciendo eco en la habitación. Miró hacia el pasillo, vio como se abría la puerta del baño, bajó su mirada hacía el suelo y vio la toalla empapada en sangre. Entre la ensoñación y el miedo miró la pantalla del móvil, donde seguía sonando el aviso de llamada perdida de Elena. Se desplomó en el suelo del salón, la expresión de sus ojos era dantesca. La palidez que envolvía su piel era atípica. Murió después de que su cuerpo comenzara a sufrir violentas convulsiones, los ojos se le pusieron en blanco. Se elevó varios centímetros del suelo y al caer se fracturó la espina dorsal.
Elena respiraba con dificultad, estaba hiperventilando. Se desplazó hacía el cuarto de baño en busca de un calmante. Los tenía en un armario sobre el lavabo. Se apoyó en él, no podía mantenerse en pie. Le temblaba todo el cuerpo. Intentó controlar la respiración. Levantó lentamente la cabeza y vio un frasco de color azul en la repisa superior. Le extraño verlo allí. Es el frasco que dio a Óscar. ¿Cuándo lo trajo? – Lo cogió con cuidado. Estaba vacío.
Cuando ya pudo serenarse, se vistió. Había decidido acercarse a casa de Óscar, estaba preocupada por él. Hacía varios años que mantenían una relación muy estrecha, por eso tuvieron que poner una solución al problema. No cogía las llamadas, el localizador de su teléfono le situaba en su domicilio. Él siempre contestaba, así que cogió un taxi y desapareció por las calles de la ciudad.
Durante el viaje, volvió a llamar a Óscar, le enviaba mensajes de texto. Quería preguntarle si había clonado la tarjeta del teléfono de Jack. Le inquietaba mucho el mensaje de texto que se supone que Jack le había enviado cinco horas después de morir. Tenía que hablar con él. Óscar le dijo que el veneno no dejaba pruebas en el cuerpo tras la autopsia, le garantizaron que el cuerpo quedaba limpio tras la muerte. Ni hemorragias, ni destrucción en los tejidos, ninguna pista; no dejaría en las células ninguna huella después de consumirlo.
El taxi paró en la puerta del mejor edificio de la ciudad, el portero le saludó amablemente. Decidió subir por las escaleras. Solo eran dos pisos, no tenía tiempo para esperar al ascensor. Abrió el apartamento con su propia llave. Un leve olor a quemado le inundó la nariz. Estaba a oscuras, palpo la pared hasta dar con la llave de luz. Todo estaba en orden. Recorrió el pequeño apartamento y no halló nada fuera de lugar. Decidió bajar y preguntar al portero, antes de abrir la puerta vio la bolsa de deporte de Jack en el suelo. Era la bolsa que se supone que Óscar tenía que llevar a su casa. La levantó y le extrañó su peso.
–  Siento la muerte de Jack, Elena. – Le dijo cabizbajo el portero.
–  Gracias, Pablo. – Le miró a los ojos.
–  Pablo, ¿te puedo hacer una pregunta? – No apartaba la mirada de la pesada bolsa.
–  Claro que sí.
–  ¿Ha recibido Óscar alguna visita hoy? – Elena cruzaba los dedos por detrás. Mientras fruncía el ceño, esperanzada de que la respuesta fuera negativa.
– No. Además, hoy no ha salido desde que regresó del entierro. Debe de estar destrozado. – Elena comenzó a pestañear nerviosamente.
– ¿Le ocurre algo Elena?
– No, solo quiero llegar a mi casa, estoy cansada. – Cruzó la puerta y llamó un taxi.

Le sudaban las manos, estaba sentada en el suelo del baño, con las piernas abiertas. En medio, la bolsa de deporte de Jack. Cerraba ligeramente los puños y los abría de forma intermitente. Notaba el frio suelo bajo los glúteos. Decidió abrir la bolsa, lo hizo despacio mientras mantenía los ojos cerrados apretándolos con fuerza. Sabía que algo malo había en su interior. La bolsa que tenía que traer Óscar eran documentos del despacho de Jack y restos de la ropa del día de su muerte. Cuando abrió los ojos, comenzó a gritar. Se separó de la bolsa arrastrando su cuerpo y pegándolo contra la pared. Lo que había en su interior, no se lo esperaba. Era la cabeza de Óscar, había sido decapitada. Sus ojos abiertos reflejaban el horror, la comisura de sus labios estaba rajada hasta los oídos. Se levantó de un salto y marcó el teléfono de la policía con manos temblorosas.

La Policía científica acompañó al comisario al piso de Elena. Una vecina estaba con ella preparándole una taza de té. Tenía profundas ojeras que enmarcaban sus bonitos ojos verdes. Sus gruesas pestañas se movían como pequeños abanicos a la vez que daba un pequeño sorbo de té. Estaba hipnotizada, perdida en un mundo abstracto que no le dejaba pensar con claridad. A veces, le volvía la cordura y oía los detalles que describía el agente especial de la Policía científica cuando grababa en vídeo sus primeras conclusiones del hallazgo. – En la bolsa de deporte aparecen restos de pintura de color verde. – Su cabeza empieza a repasar de manera conexa todos y cada uno de los detalles de como decidieron acabar con la vida de Jack. Recorrió con imágenes todos los detalles hasta que llegó el día del entierro. Lloraba en silencio mientras entraba dentro del cementerio en el vehículo que seguía al féretro. Miraba por la ventana, vio como unos obreros pintaban la verja del recinto. Se acordó del color…, era verde.
Dejó la taza en el fregadero, uno de los agentes la observaba desde la distancia, tenía su móvil en la mano. Estaba comprobando todas las llamadas, no aparecía ninguna de Óscar, como había testificado Elena. Un policía sacó del cuarto de baño, un pequeño recipiente de color azul, lo introdujo en una pequeña bolsa de plástico. Elena observaba los avances de toda la investigación con los ojos muy abiertos. Comprendiendo que algo se estaba vengando de ella, que quizá el veneno que suministraron a Jack no era lo bastante potente para acabar con su vida. El agente que mantenía el teléfono de Elena en la mano, se sobresaltó al ver un mensaje de WhatsApp, el mensaje lo habían enviado desde el número de Jack. Se lo comentó al comisario.
– Intenta localizar su ubicación. – El agente conectó el teléfono al portátil, abrió la aplicación y en cuestión de segundos, un icono rojo se situó fijo en la pantalla. – el agente abrió mucho los ojos antes de hablar. No se creía que la señal procediera del cementerio.
–  Ya está localizado señor, es en el cementerio. – El comisario cogió su cazadora e indico a un par de agente que le acompañara. Antes de salir le dio indicaciones de que llevaran a Elena a comisaria y que pidieran una orden urgente al Juez para poder abrir el sepulcro de Jack.

Las nubes se fueron agrupando en el cielo de la ciudad, su color grisáceo preveía posibles lluvias. Un ligero viento movía las copas de los cipreses, alguien les esperaba en la entrada. El Juez había sido rápido. Una bella mujer de unos cuarenta años, esbelta y con una agradable sonrisa esperaba con una carpeta en la mano. Los documentos estaban en regla, solo faltaba la firma del Juez, que estaba a escasos metros. Los sepultureros estaban listos para abrir el féretro. La madera había sufrido mucho, cosa que le extraño profundamente al comisario. Parecía que habían pasado años y la carcoma había hecho estragos en la madera reluciente. Cuando registraron la casa de Óscar, no habían encontrado ninguna prueba que determinara que había muerto allí. Cuando abrieron con cuidado la pequeña tapa que dejaba al descubierto el cuerpo, vieron un espacio vacío, el cadáver que había enterrado allí estaba decapitado. El comisario pensó deprisa, ordenó que abrirán la otra parte de féretro. Allí estaba el resto del cuerpo de Óscar; en  su camisa había restos de pintura verde,  al lado de la cintura, junto una de sus manos había un móvil. El comisario se saca un pañuelo y recoge el móvil con cuidado. No puede despegarlo de los dedos deformados de Óscar. En ese momento, se enciende. Salta un mensaje de WhatsApp. Procede del teléfono de Jack. El comisario consigue leer.
– No estoy muerto.

Capítulo III ( primera parte)

LA NUEVA APLICACIÓN AZUL DE WHATSAPP

Tengo que salir de aquí, pensaba Lucía mientras golpeaba el aire. No sabía dónde se encontraba, apenas recordaba como había llegado a aquel lugar. El olor a gasolina le recordó que la noche anterior había cogido su coche para ir a una cita. Es lo único que recuerda. Tenía un ligero sabor metálico en el labio, la sangre le brotaba desde la frente, las gotas de sangre resbalaban hasta deslizarse por su cara; parecía estar seca. Se palpa con miedo la cabeza, descubre que tiene una gran brecha y que la herida se está cerrando. Sus dedos exploran temblorosos la incisión y detecta presión intracraneal. Se pone a temblar, tiene una postura extraña e intenta colocarse mejor, pero el reducido espacio y el movimiento de la plataforma le obligan a quedarse como esta. La oscuridad es infinita, intenta escuchar algún ruido del exterior, pero solo logra distinguir el aullido de un lobo y pequeños crujidos metálicos. Lo único que puede averiguar es que es de noche.

A solo tres horas de aquel lugar, el cuerpo de Policía de homicidios y desaparecidos, sigue el rastro de un posible secuestro. Una joven de treinta años, de raza blanca, delgada, ojos negros, había desaparecido. La vieron por última vez con un grupo de amigas. Según las declaraciones de aquellas jóvenes habían quedado por un grupo de WhatsApp con gente desconocida. El lugar del encuentro era un Pub de carretera.
Los analistas están rastreando los móviles de aquellas chicas, todas tenían en común una app que se añadía en el WhatsApp. Aquella aplicación había sido creada por una sociedad de internautas que la policía seguía el rastro. Se hacen llamar “Ghost”; el delincuente obtiene el control del teléfono, es minucioso, no deja rastro en las redes. A este grupo se le atribuyen un montón de delitos como  extorsión, secuestros, robos y otros muchos, pero esta vez han llegado demasiado lejos.

Dos días antes

Sonia le pasa el enlace de una app a Lucía. Está tumbada sobre la cama, hoy disfruta de su día libre. Acepta el link de descarga y mientras se ducha, la aplicación se descarga e instala en su teléfono. Sale del baño desnuda, camina hacía su habitación poniéndose una toalla sobre la cabeza. Hace calor, así, que no seca su cuerpo y se lanza de un salto sobre la cama. Coge de nuevo el móvil, pero sucede algo extraño, comprueba que la aplicación se ha instalado, pero le pide que reinicie el teléfono. Así que vuelve a ponerse en pie y comienza a vestirse. El teléfono emite un leve pitido y reinicia el sistema. En la pantalla principal ya no aparece su foto como fondo de pantalla, se ha cambiado sola. En su lugar aparece la palabra GHOST en rojo con un halo de luz blanca alrededor. No le da importancia, abre la aplicación de mensajería gratuita y por arte de magia está dentro de un grupo de muchas personas, aquel grupo se llama Ghost y contaba con cien miembros, hombre y mujeres de una edad aproximada a la suya. Parecían felices, las fotos de perfil definían a los individuos. Estaba contenta, se había pasado su día libre hablando por el grupo. Era divertido, se intercambiaban fotos, vídeos y no paraban de reírse. Cuando Lucía se da cuenta, ya despuntaba el alba. Tenía los ojos cansados, así que decidió ir a dormir. Apagó el teléfono y se quedó profundamente dormida.

 

En comisaría

–  Lucas, tenemos otra desaparecida. – Estaba analizando fluidos corporales; encontrados en la habitación de Lucía. Lucas se levanta las gafas de protección, deja el cuentagotas en la mesa, se quita los guantes. Habla con dos de sus compañeros de laboratorio y sale de la sala de pruebas.

En el pasillo le esperan dos agentes con una carpeta en la mano. Lucas les acompaña hasta la sala número uno. Observa con atención el grupo de trabajo; aquellas personas se mueven incesantemente por la sala, aportando información sobre las desapariciones. Han abierto un equipo de colaboración con otros grupos de Seguridad Nacional. Según la experiencia en homicidios y desparecidos, Lucas sabe con certeza que se trata de una operación delicada y que habrá más secuestros. Tienen que ser minuciosos en encontrar pruebas. Desde la denuncia del caso de Lucía, en horas posteriores se han encontrado indicios de que dos mujeres más, han desaparecido de la misma manera

Capítulo III (segunda parte)

– ¿Qué tenemos? –pregunta Lucas con cara inexpresiva.
– Han denunciado dos desapariciones en las cinco últimas horas. Estas son las fotos de las jóvenes desaparecidas. – Lucas coge las fotos y las observa con atención. Su compañero sigue hablando, pero él ha desaparecido de la sala, está abstraído, busca algún tipo de señal; algún indicio que le haga descifrar las miradas de aquellas estatuas en color.
Después de varios minutos de autismo, se mesa el pelo con la mano y deja las fotografías sobre la mesa. Sin mediar palabra se levanta y comienza a mirar con detenimiento el panel que ocupa la pared. En una zona aparece el mapa de la ciudad, está comprobando las distancias que separa una desaparición de otra. Clava tres chinchetas sobre el punto exacto. Con un rotulador de color rojo, dibuja un círculo a su alrededor.

En ese momento uno de sus compañeros se aproxima, le entrega documentación que le puede ser útil; son más pruebas de la casa de Lucía. Se acomoda en una zona tranquila de la sala y esparce sobre la mesa las pruebas obtenidas de la vivienda. -¿a ver que tenemos aquí? – abre la carpeta y coloca varias fotografías que Lucía guardaba en un cajón. Son bastantes comprometidas, la joven posa de forma obscena sobre la cama. Las fotografías parecen haber sido tomadas por ella misma, aunque no se descarta que fueran tomadas por otra persona. En el registro de la vivienda no se encontró ninguna cámara de fotos o vídeo, así, que sospecha que fueron realizadas con el móvil;  no lo han encontrado. Una de las fotos es curiosa, está tumbada boca abajo, vestida con lencería de encaje color negro. Por lo que se ve a través del espejo de su armario la joven tiene varios tatuajes en los glúteos y uno en el tobillo. Necesitará ampliar la fotografía para poder apreciar los símbolos y el dibujo en sí. Alrededor del cuello tiene una gruesa cadena que la mantiene sujeta. –Le gusta el rollo sado. – piensa Lucas mientras mantiene la mirada en la fotografía.
Escruta por toda la sala e intenta localizar a Martín, cuando logra localizar a su compañero le hace un gesto para que se acerque.
– Estuviste inspeccionando la vivienda, ¿verdad? – le miró a los ojos.
– Si, así es, que necesitas saber, dispara. – Le miraba con admiración. Martín no sabía como lo hacía, pero confiaba en la aguda intuición de su compañero. Sabía que estaba dibujando el perfil del secuestrador, algo verdaderamente asombroso, a pesar de las pocas pruebas encontradas.
– En el registro, encontraste algún portátil. – le miró con expresión laxa.
– No, en la casa no había portátil, pero averiguamos que tenía conexión a internet y además compró un portátil a la empresa que le suministra la fibra.
– Bueno, con eso por ahora me basta. Quiero que comprobéis las facturas. Los registros del número de teléfono fijo y móvil. También quiero que localicéis si dispone de un espacio virtual en la nube. Quiero toda la documentación sobre ella. ¿Está claro?
– Sí. Tengo que darte los resultados de las sustancias que encontramos en los desagües del baño. Además, en la pared donde está el cabecero de la cama encontramos restos de hueso humano y más restos orgánicos.

 

Cinco horas antes

Patricia sube las escaleras de su dúplex, está bastante contenta, ha obtenido buenos resultados en su carrera matinal. Está bastante cansada, no pierde más tiempo y se mete bajo la cascada de agua templada. Se ducha apoyando ambas manos en la pared, mientras el chorro de agua se dispersa por su espalda, permanece varios minutos allí. Se ha llevado el móvil al baño, está sobre el mueble del lavado, ha conectado la radio y la música se oye por toda la casa. Le llama la atención una noticia. El periodista da la noticia con pocas esperanzas. Una mujer ha desaparecido en la zona de Pub de carretera. Patricia apaga el grifo para escuchar mejor, sale de la ducha.
– No se han encontrado muchas pruebas que determinen si ha desaparecido por voluntad propia o ha sido un secuestro. La Policía está barajando varias posibilidades. En cuanto tengamos más datos sobre la desaparición les mantendremos informados.

Patricia baja al salón y enciende el televisor. Cambia los canales, busca información sobre la desaparecida. En uno de los nuevos canales están dando noticias, se sienta en el sillón. Mientras espera que emitan la noticia que le interesa, comprueba los mensajes en el móvil. Tiene un montón de mensajes en el WhatsApp, todos proceden del grupo abierto “Ghost”, pasa con el dedo la pantalla para leer los mensajes. El grupo está hablando de la noticia. Son más de cien personas, Patricia no da abasto para leerlos todos. Le llama la atención la foto de perfil de una de las participantes del grupo, aparece un hombre de aspecto enjuto y con la capucha puesta, casi no se le ve el rostro.
– ¡Por Dios! – es el teléfono de Lucía. – Le tiemblan las manos, levanta la vista y ve que están dando la noticia.
El nombre de la joven desaparecida es Lucia Campiño. La vieron por última vez anoche en el Pub Nube.

No quería oír más, subió de nuevo las escaleras y se vistió. Se sentó en la cama. En ese momento recibió un mensaje en WhatsApp, era un mensaje fuera del grupo, procedía del número de Lucía.
– Está noche a las 12:00h, esquina Cafetería Riax. Te espero, no faltes 😉

Olivia ha logrado escaparse del hombre encapuchado que le ha seguido hasta el portal. Se ha escapado por la puerta trasera del patio de luces, lleva consigo su mochila de deporte. Sigue mareada e intenta recordar su clase de hoy, pero apenas le llegan resquicios de imágenes que se vierten poco a poco en su cabeza. Logra saltar la valla que separa su edificio de una zona de aparcamiento. Mira nerviosa a ambos lados y decide ir a comisaria.
La noche es fría, nota como sale vaho caliente de su boca. Se toca a menudo la venda que le cubre los oídos. Está asustada, mira hacia atrás para comprobar que aquel individuo no la sigue.
Cruzó la avenida, antes de hacerlo miró a ambos lados. Algunos coches pasaban a gran velocidad. Se cercioró de que le daba tiempo a cruzar y apresuró su marcha

Capítulo III ( tercera parte)

El otoño había llegado frío, las alcantarillas respiraban y expulsaban vaho con olor a cloaca sobre el asfalto. Olivia seguía de pie frente la comisaria. Tenía un fuerte dolor de cabeza, mantenía la capucha puesta, pero la presión era insoportable. Trastabilló mientras daba varios pasos. La sensación de vértigo le acompañaba desde que bajó del autobús. Intenta mantener la calma; con sus manos coloca la venda que mantiene tapados sus oídos. Al palpar, nota un abultamiento extraño detrás de ellos, pasa el pulgar y el dolor se agudiza cuando ejerce presión sobre el. Comienza a tener un brote de pánico, mira al frente y la silueta de varios coches de policía aparcados en doble fila, se desfigura; el baile de luces comienza a distorsionarse. En ese momento, sufre un colapso respiratorio y cae al suelo. Detrás de ella a pocos metros, alguien enciende un cigarrillo. Guarda un extraño dispositivo en el bolsillo y se pierde entre las sombras.
La ambulancia tarda escasos minutos en alcázar el punto exacto dónde Olivia se había desplomado. Un joven policía contemplaba la escena desde uno de los vehículos aparcados enfrente. Mantenía un vaso de café en las manos, cuando se fijó en el aspecto de la joven, la reconoció de inmediato. Abrió el terminal del vehículo y comprobó la fotografía; quería asegurarse de que era ella. Estuvo escrutando la foto con detenimiento, le daba la impresión que después de una semana, su aspecto había cambiado mucho, al igual que su peso. Cuando se desplomó, bajó del coche y cruzo la avenida. Avisó rápidamente a una ambulancia; mientras esperaba, colocó su antebrazo bajo su nuca para que mantuviera la cabeza elevada, en ese preciso momento el cuerpo se arqueó por una sacudida y abrió los ojos; estaban llenos de terror. El policía comenzó a ponerse nervioso, intentaba sujetar la cabeza para que no se golpeara contra el suelo. Sus ojos estaban cubiertos por una película del color del ónix. El policía cogió una pequeña linterna, intento averiguar porque tenía ese color el globo ocular. Al acercar el diminuto punto de luz, comprobó que le habían tatuado toda la superficie.

Lucas baja corriendo las escaleras, coge su coche y sigue la ambulancia. Habla por radio con el policía que había presenciado su desvanecimiento, está con ella. Las luces de la ambulancia revotan en la pared de hormigón del túnel de emergencias del hospital. Dos enfermeras y un médico esperan en la entrada del recinto hospitalario. Le han suministrado un calmante, pero no es suficiente. Algo en su organismo impide que sus pulsaciones bajen a un ritmo normal. Es imposible controlar su presión arterial.

Lucas y su equipo esperan impacientes los informes médicos; las pruebas de tejidos y restos que han encontrado. Están sentados en una pequeña sala de espera al final de los quirófanos, muy cerca del box especializado y herméticamente cerrado donde mantienen a Olivia fuera de peligro. A través del cristal blindado, el cuerpo de la joven va recuperando su bonito color de piel. Lucas la observa un poco abatido. -Su trabajo es muy duro, por eso decidió hace mucho tiempo que era incompatible tener vida familiar; le absorbía, requería todo su tiempo.
Aunque su estado era grave, sabía que se salvaría. -Aquella era una de las razones por la que se dedicaba a su trabajo en cuerpo y alma.
Se oye un leve dialogó detrás de las puertas de quirófano y alguien sale de allí. Lucas reconoce el rostro de su gran amigo Gerard, uno de los mejores médicos de la ciudad, se levanta y extiende su mano para agradecer su colaboración en el caso. La expresión de su rostro no le gusta.
– Podemos hablar en privado. –Gerard posa la mano en el hombro de Lucas y le invita a entrar a su despacho.
– Lucas, llevo más de treinta años ejerciendo medicina forense. No he visto nunca nada parecido. Se sentó en la silla de su escritorio y extendió el informe de pruebas sobre la mesa.
– Quiero que leas el informe y veas las fotos. –Su cara era inexpresiva, pero Lucas sabía que tenía miedo.

Lucía había descubierto algo, en ese espacio reducido que había palpado milímetro a milímetro había encontrado unos viejos agujeros en el lateral de aquella superficie rugosa y acolchada; por allí entraba aire y también pequeños trazos de luz vespertina. Permanecía pocas horas despierta, no tenía agua y tampoco comida, así, que la mayor parte del tiempo estaba quieta para ahorrar energía. Con la poca luz que entraba por aquellos agujeros podía ver parte de aquel lugar. Sabía que estaba en el maletero de un coche, a veces basculaba de un lado a otro. Ese movimiento se percibía durante la noche, después del crujido metálico que invadía aquel reducido espacio. Los agujeros eran minúsculos, los tocaba con los dedos y se los llevaba a la nariz, quería obtener pistas sobre el lugar donde se encontraba.
Además del olor a óxido y el ligero tinte marrón en sus dedos, olía a resina de pinos, el fresco y trasparente olor de un rio cercano. Aspiraba con entusiasmo, convencida de que buscaría alguna manera de salir de su prisión.

Olivia está en un coma inducido, necesitan estudiar su estado cerebral, las pruebas son verdaderamente un puzle médico. Las imágenes se despiertan en su cerebro; de alguna forma ella misma busca información sobre aquel hombre que vio por primera vez en la esquina del oscuro callejón cuando esperaba el autobús. Su subconsciente trabajaba a gran velocidad. Las nítidas imágenes se mantienen intactas en su memoria, pero inconexas. Sabía lo que le había ocurrido, lo mismo que a la primera joven, pero ella pudo escapar por los pelos, aunque le había dejado una huella imborrable en su primer encuentro. Retomó hábilmente las últimas imágenes, aquellas donde corría por el pasillo del gimnasio con las manos presionando los oídos. Aquella figura encapuchada la agarra firmemente, tiene un extraño objeto en la mano y en la otra una jeringa.
Siente un pinchazo y se desvanece. Abre los ojos de manera intermitente, ve una luz cegadora en el techo, pestañea para aclarar la visión. Está atada de pies y manos sobre la camilla de masajes. Oye cerca de ella un ruido que reconoce de inmediato, es parecido al sonido del instrumental de un dentista. Percibe a varias personas a su alrededor, llevan mascarilla. Ve aproximar una mano hacía su oreja, nota una leve incisión detrás de él, pero no le produce dolor. Cierra los ojos y se queda dormida. Cuando despierta está en la última fila del autobús, con la cabeza vendada. Lo que no sabía en ese momento es que desde la primera imagen hasta ese momento había pasado una semana.

Capítulo III ( cuarta parte)

Lucas está tumbado en el sofá de su despacho, se está despertando. Solo ha podido dormir tres horas, después de cuarenta y ocho revisando pruebas con Gerard. En esas horas de sueño ha tenido terribles pesadillas, todo, a consecuencia de las fotografías tomadas al cuerpo de Olivia. Abre despacio los ojos y se encuentra con el doble techo amarillento que cubre su despacho y las luces apagadas. Las persianas están medio subidas y comienza a entrar claridad. Se sienta, mueve el cuello de un lado a otro, está fatigado y su cuerpo sigue tenso. Hacía muchos años que no tenía un caso tan difícil. Bosteza y estira los brazos hacía el cielo. Se levanta entumecido y agotado. Lo primero que hace es encenderse un cigarrillo y pulsar el botón de la cafetera. Abre el último cajón de su escritorio, saca una vieja toalla, gel de baño y una muda limpia. Da un par de caladas a su cigarro y se marcha a los vestuarios de la planta baja. En el mostrador de la entrada se encuentra atendiendo el teléfono, Adriana, una nueva agente que lleva pocos meses atendiendo la locura de la centralita. Es una joven resuelta y llena de recursos, además de ser preciosa. – Piensa Lucas, mientras le mira de reojo al pasar por su lado. – Ella se da cuenta y se sonroja.

Martín ha encontrado algunas pruebas que abren otra vía de investigación. Es algo bastante singular, se trata de la muerte de un joven bróker. Después de la investigación preliminar, detuvieron a su mujer como presunta autora del asesinato, junto a su amante tramaron su muerte para cobrar un millonario seguro de vida. A Óscar le encontraron sepultado en el panteón de Jack, en un estado lamentable; le decapitaron. Pues bien, escarbando minuciosamente en la vida de aquel brillante joven, encontraron que trabajaba para una empresa fantasma que cotizaba en bolsa. Ahora los técnicos y analistas intentan averiguar de quien se trata.

Martín espera impaciente la llegada de Lucas, ha cogido las pruebas médicas que Gerard les proporcionó la noche que ingresaron a Olivia. Aparta hacía un lado la pequeña manta que estaba sobre el sofá y se sienta a estudiar el informe forense y las pruebas de toxicología.
Le llama la atención el punto dónde explica la incisión que tiene Olivia detrás de una de sus orejas. Es semicircular, se puede ver claramente que envuelve la zona trasera del pabellón auditivo. Encuentran un dispositivo conectado al nervio y de ahí al cerebro. Lo más espantoso y escalofriante del caso, es que no pueden retirar ese extraño artilugio porque parte de su cóclea es inexistente. Digamos que sustituye muchas partes de la estructura interna del oído. El dispositivo se ha fusionado perfectamente con el cuerpo. En la tomografía realizada se ve su interior; en las imágenes en tres dimensiones se aprecia una tecnología muy avanzada. Tiene varios procesadores que realizan tareas independientes al cerebro, pero según la opinión de Gerard, está inacabado o es un prototipo. Al pasar las fotografías, ve con claridad la cantidad de golpes e incisiones que tiene la cabeza de Olivia y también parte de su cuerpo.
Las dudas divagan en la cabeza de Martín, hasta que se topa con la mirada amable de Lucas, que le mira expectante con una taza de café en la mano.
– ¿Has dormido, Martín? –pestañea varias veces y le sonríe.
-Tú, por lo que veo no mucho. – Lucas le ofrece un café. Que acepta sin pensar.
– He leído el informe forense. –Mira la carpeta mientras la deja cuidadosamente sobre el escritorio.
– Yo también y varias veces. –Lucas da un leve sorbo de café y se sienta en la silla que está detrás de su escritorio.
– ¿Tienes ya un perfil? –Martín le mira con entusiasmo, deseoso de que su compañero comenzara a hablar. –Lucas apura su café, se enciende otro cigarro y se apoya en la jamba de la ventana.
– Venga dispara, eres el mejor perfilista y psicólogo criminal del mundo. Eres un puto mago.
– Anoche, después de pasarme más de veinticuatro horas, analizando pruebas con Gerard. Me duché en el hospital y me fui al cementerio en compañía del Juez. Volví a abrir el panteón del difunto Jack, mi intención era recoger pruebas. Alguien, pensó lo mismo que yo. Así, que cambie de táctica, me acordé de que en la casa de Elena, la presunta asesina, habían encontrado restos de pintura de color verde; provienen de la reja recién pintada del cementerio.
– Me estás diciendo ¿Qué alguien conoce nuestros movimientos? –Le mira sorprendido.
– Efectivamente, alguien tiene las mismas ocurrencias o trabaja desde dentro. –La mirada laxa de Lucas se intensifica al observar a Martín.
– Sospechas de alguien, ¿no? -Se mesa el pelo y vuelve a mirar por la ventana.
– Sencillamente, he abierto un grupo de investigación interna. Tú no formas parte de él, porque te quiero a mi lado. – Después de varios minutos en silencio. Lucas decidió hablar.
– Martín, quiero que reúnas a todas las chicas que pertenecen al grupo de WhatsApp de Lucía. Las quiero a todas en la sala de interrogatorios, en cuatro horas.

Cuando sale Martín de su despacho, Lucas se pone unos guantes de látex y coge con cuidado la taza donde ha bebido Martín. Le introduce en una bolsa y etiqueta. Espera varios minutos y sale directo al laboratorio.

Patricia mira el reloj, quedan varios minutos para alcanzar las 12:00 h, comprueba que no pasa ningún coche y cruza para situarse en el sitio citado. La cafetería está cerrada, pero puede ver como varios empleados limpian las mesas y el suelo. Ya es la hora, lo vuelve a comprobar en el reloj. Los empleados de la cafetería salen por la puerta de atrás, dejan bolsas de basura en el contenedor y se marchan. Ahora Patricia comienza a sentir miedo. No hay gente por la calle, solo queda iluminada la zona comercial. Pasan varios minutos de la hora y nada, no hay ni un alma. Oye el motor de un coche, pero no logra verle. Le da la impresión que ya está cerca la persona que le ha citado en aquel lugar. Escucha unos pasos firmes que retumban en el asfalto, la oscuridad es absoluta en el otro lado de la calle. Decide salir corriendo, tiene la impresión de que algo malo va a suceder. Ella misma se sorprende de su coraje. -no tengo que estar aquí. –Piensa mientras no deja de correr hacía la parada de taxis.

Capítulo III (quinta parte)

Han pasado cuatro horas, las jóvenes citadas en la sala de interrogatorios permanecen en silencio, apenas se miran. Esta es la tercera vez que van a declarar. Lucas se entera en ese momento que su querido compañero las interrogó el mismo día de la desaparición de Lucía. Las observa a través del cristal, está seleccionando, sabe más de ellas por su comportamiento, que leyendo el informe de la investigación. Lucas está creando un perfil de todas ellas, las escruta sin miedo a ser descubierto. Observa su forma de sentarse, de mirar, de vestirse. Cualquier cosa que hagan, le indicará si alguna de ellas tiene una conexión directa con las desapariciones.
Le llama la atención una de las jóvenes, permanece mirando al frente, con la mirada perdida en el ventanal desde donde él la observa. Su mirada es inquietante, quizá, demasiado fría y profunda. Tras varios minutos de mirada perdida, mira a un lado, su cabello se mueve hacia delante cayéndole sobre los pechos; Lucas lo tiene claro, es ella. Al mover la cabeza puede ver con claridad que esa parte de la cabeza, ha sido afeitada por la línea de la oreja, allí el pelo es más fino, como si le brotara pelo nuevo. Aquella joven seguramente había sido sometida a la misma intervención que Olivia, pero todo salió bien y desde luego hace su vida normal. Una de las jóvenes que estaba en pie, se desplaza hacia su dirección, le sonríe y se sienta a su lado. Lucas no espera más, se acerca al micro con las fotos de las jóvenes en la mano, nombra a dos de ellas.
Olivia está respondiendo bien a la medicación, las toxinas que mantiene en su cuerpo las está expulsando gracias a una combinación de fármacos que provocan una neuroregulación de las drogas Benzodiacepínicas. Le han despertado del coma inducido, su respiración es regular, pero permanece la mayor parte del día sedada. Tiene un perfecto control de su cerebro, aunque está completamente drogada su audición es perfecta. Oye los pasos de las enfermeras en el pasillo, los comentarios sobre su estado en el mostrador de planta. A su vez está intentado recordar donde estuvo después de que cayera desplomada en el pasillo del gimnasio. Su cabeza repasa los detalles, una y otra vez, sin descanso. En ese momento entra una enfermera, oye su respiración, aspira el aroma de su piel, sabe de quién se trata por su olor. Es inconfundible, el olor a jazmín se desplaza junto a ella por la habitación. Le gusta el olor. Nota la suave caricia en uno de sus brazos, le ajusta una goma plana. Olivia sabe que le van a extraer sangre. Fue entonces cuando la cortina oscura que cubría completamente sus recuerdos empieza a abrirse; el olor a óxido, la sangre…, un aluvión de recuerdos, de sensaciones, de dolor y caricias, aparecen.
Después de la incisión, Olivia despertó en un lugar oscuro, pequeño y con olor a óxido. Al estirar las piernas, rozó con algo. Estiró un poco más sus pies y la sensación que acababa de experimentar volvió a producirse. Allí había otra persona. El calor de la piel, le indicó que seguía viva. Intentó aproximarse, pero aquella superficie parecía inestable, se movía como si estuviera sentada en un columpio, logró acercarse más. Palpó la pequeña superficie hasta que rozó con los dedos la suave piel de Lucía.

VARIOS MESES ANTES

Jack tenía alquilado un espacio de trabajo. Era una gran galería donde empresarios, emprendedores e incluso estudiantes, tenían a su disposición unos metros de oficina. Eran muchas las ventajas que prestaba aquellos espacios; disponían de línea fija, impresora, fotocopiadora, una pequeña cocina comunitaria y una sala de reuniones, además de una conexión a internet de alta velocidad.
– Jack, ¿todavía sigues aquí? –le mira Elvira preocupada. Elvira es una estudiante de arte, alquila ese espacio que comparte con su novio Cesar.
– Si, aquí estoy. No tardaré mucho en marcharme. – Elvira le obsequia con una sonrisa y se despide levantando la mano.

Jack tenía cargando su móvil, se levantó y fue a prepararse una taza de té. Apenas quedaba gente en la galería. Con la taza en la mano pasó por los grandes ventanales de la sala de reuniones y oyó a varias personas discutir sobre un proyecto. Lo interpretó como una conversación bastante cómica desde ahí fuera. Se sentó de nuevo en su escritorio. Desde el gran ventanal se podía ver toda la ciudad. Los rascacielos comenzaban a despegar del suelo como una sombra alargada que penetraba en el cielo. Comenzó a relajarse, sabía que las acciones de varias empresas habían tenido un extraordinario despegue en la bolsa esa semana y que su comisión seria cuantiosa. Comprobó su móvil, tenía una llamada perdida de un número desconocido. Al coger el móvil de la mesa, se le cayó su pluma que guardaba en el bolsillo. Cuando recuperó la postura, miró al exterior. Descubrió el reflejo de un hombre delgado con una capucha puesta  en el ventanal. Giro su cuerpo sobre la silla de escritorio, quería cerciorarse de que había sido una ilusión óptica a causa del cansancio. Le temblaban las manos, tuvo que dejar el té sobre la mesa. Con una sola mano aflojó el nudo de la corbata y se subió los puños de su camisa hasta el codo. Notaba un sudor frio que perlaba su frente. Estaba seguro de lo que había visto. Se levantó, miro a ambos lados. Solo había encendidas varias lámparas de lecturas, los ordenadores apagados. Las luces de emergencia en el pasillo dibujaban pequeñas sombras en la pared. En ese momento suena su móvil.
– ¡Joder! – dio un respingo que le hizo dar un salto hacia atrás. Se acercó despacio, tenía un extraño sabor en los labios. La garganta seca. Desbloqueó el teléfono y vio un mensaje de texto.

Hola, cariño, cuando vas a venir a casa. Te recuerdo que es el cumpleaños de Óscar y nos invita a cenar. 😉

– ¡No me acordaba! – se había olvidado del cumpleaños de su mejor amigo. Se rasca la cabeza y vuelve a sentarse. Contempla las luces encendidas del edificio de enfrente. Está distraído con las bonitas vistas; en ese momento el sonido de un mensaje de WhatsApp interrumpe sus pensamientos. Le envían un vídeo desde un número desconocido. Lo abre, al principio no se ve muy nítido, cree que es uno de esos vídeos virales que suben a YouTube, pero cuando alguien enciende la lámpara de la mesilla. Reconoce de inmediato su dormitorio. Elena está sobre la cama, con un picardías negro, lleva un látigo en la mano. Alguien está con ella. Su acompañante se acerca a la cama, está completamente desnudo. Ella le espera de rodillas sobre la colcha, cuando se sienta sobre la cama, le reconoce. Es su amigo Óscar. Jack comienza a estar incómodo viendo el vídeo, siente asco. Un terrible odio se apodera de sus pensamientos. Nunca había podido imaginar que su mejor amigo, tuviese una aventura con su mujer. Le palpitaba la cabeza, siente un vértigo que le oprime el pecho. Coge su maletín y se va como si fuera un autómata en busca del ascensor. Pulsa el motón con la mirada perdida. Se abren las puertas del ascensor, la luz del interior está apagada. No se da cuenta de que alguien viaja con él, hasta que la luz Led del techo empieza a parpadear. Se ve como una secuencia de imágenes, él reflejado en las puertas y detrás un hombre alto y delgado con una capucha puesta. Su cabeza está levitando en otro asunto, nota como el individuo le coge por el hombro y le entrega un pendrive.
– Dentro de dos semanas, recibirás una gran suma de dinero en tu cuenta. Tienes que comprar acciones virtuales de la empresa que aparece en los datos del pendrive. Cuando recibas el dinero por la venta de acciones tienes que vincularlo a cuentas de bancos virtuales. Toda la documentación está ahí. Solo tienes dos semanas.
El ascensor emite un leve pitido y las puertas se abren, Jack sale despacio. Está anonadado, respira con dificultad, agarra con fuerza el maletín y se guarda el pendrive en el bolsillo de su pantalón.

Elena sale de su habitación, ha quedado con Jack y Óscar en el restaurante de siempre. Lleva el regalo de Óscar metido en el bolso. En la otra parte de la ciudad; Óscar antes de acudir a celebrar su cumpleaños, se acerca al barrio chino. Quiere recoger la ropa sucia del gimnasio y llevarla a la lavandería. Deja el coche aparcado a doscientos metros del lugar. Antes de alcanzar la puerta, ve una furgoneta aparcada justo en la puerta del gimnasio con las luces de emergencia encendidas. En el asiento de copiloto está la profesora de yoga, parece dormida. Tiene la cabeza vendada y ligeramente apoyada en el cristal. No le da importancia y entra al local. Se cruza con un par de hombres con la cabeza cubierta por la capucha de su sudadera, avanzan a buen paso por el pasillo. Nunca los ha visto por allí. En el mostrador de recepción no hay nadie, solo se oye la televisión que tiene la señora Lin. Óscar avanza hacia los vestuarios, entra abriendo despacio la puerta basculante. En el interior le asalta un ligero olor a azufre y plástico quemado. Se oye el goteo de un grifo mal cerrado. El ruido de las cañerías se despierta cuando algún vecino de la planta superior tira de la cisterna. Todo como siempre, piensa óscar, todo menos que su taquilla y la de Jack están abiertas.
– ¡Mierda! – masculla entre dientes. Coge su bolsa de deporte la pone sobre el banco e inspecciona los bolsillos interiores.
– ¡Uf! Se siente aliviado al rozar con sus dedos la ampolla de cristal que contiene el veneno. Decide coger su bolsa y la de Jack. -No la va a necesitar, piensa mientras sonríe.

Capítulo III (sexta parte)

Unas horas antes de la desaparición de Lucía

Lucía se está pintando los labios de color rojo, ha terminado de calzarse los tacones. Se mira de reojo en el espejo de la entrada y da los últimos toques a su ajustado vestido. Coge su coche y se dirige por una carretera comarcal al lugar de la cita. Está bastante animada, hacía mucho tiempo que no quedaba con un grupo desconocido de WhatsApp. Quería salir de la rutina y experimentar otros mundos, en especial en el sexo. Esa noche prometía, así que conducía alegremente, cantando y acompasando con pequeños toques en el volante como si estuviera tocando la batería. Estaba bastante excitada, sabía que hoy no dormiría sola.
Después de media hora conduciendo, llegó al lugar de la cita. Aparcó su coche al lado de una furgoneta con los cristales tintados. Se mesó el pelo para colocar su melena y con paso firme se dirigió a la entrada. Se oía la música retumbar por las paredes antes de abrir la pesada puerta. Tiró con fuerza y se sumergió en la oscuridad. Una luz blanca e intermitente le hacía de guía, no se apreciaba mucho el color de las paredes, ni tampoco la profundidad de la sala. Tenía que acostumbrar los ojos a aquella oscuridad. Un hombre enorme salió de la nada y le pidió la invitación. Lucía sacó el móvil y le enseño el código QR. El fornido hombre lo escaneó y le dio paso. En la pantalla de su móvil, apareció un mensaje de bienvenida. Se quedó boquiabierta, era un mensaje de vídeo. Al pasar el lector de código QR se activó el Bluetooth y recibió el mensaje. Varias chicas se acercaron para saludarla, sabían por la foto de WhatsApp quién era.
La cogieron por la cintura y se dirigieron a la barra. Había buen ambiente, mucha gente guapa pasándolo bien. Lucía sabía muy bien que buscaba, le gustaban las mujeres y los hombres; esa noche quería experimentar sexo duro. De eso iba aquel encuentro, de sexo. Allí se pujaba por formar un grupo, una pareja para una noche. Se pagaba grandes cantidades de dinero en metálico, aquella puja estaba a punto de comenzar. A Lucía le parecía divertido, pero no quería pujar por el momento. Tenía asignado un número con el código de entrada. A través del WhatsApp recibiría otro, con ese código aparecería una foto, si le daba a aceptar tenía posibilidad de llevarse a su casa una mujer o un hombre, pero si quería a ambos tenía que esperar otra vez su turno. Así estuvo varias horas, hasta que, por fin, se decantó por una mujer de color y un rubio corpulento. Ahora llegaba el momento de conocerlos. Había mucha gente en el centro del local, pero muchos ya habían abandonado la sala en pareja o en grupo.
La zona central se fue despejando y quedaban unas diez personas. Reconoció a la pareja y ellos a Lucía. Se acercaron observándose, muriéndose de ganas por empezar a conocerse mejor.
El corpulento rubio pasó su mano por los glúteos de Lucía que comenzó a estremecerse. La mujer de color le rozó suavemente los pechos. Se sentaron en un apartado. Se miraban lascivamente, la necesidad de placer se leía en sus rostros. Lucía estaba entre los dos, la mujer besaba sus labios, el rubio le mordía el cuello. Necesitaba salir de allí, así que los invitó a su casa.

La aparición de pruebas

Lucas estaba sentado en una de las salas de interrogatorios, frente a él, una extraña joven de mirada profunda y aséptica, estaba concentrada mirándole a los ojos. Lucas la observo varios minutos antes de comenzar las preguntas.
– Te llamas Jessica, ¿verdad? – no apartaba la mirada e incluso Lucas llegó a pensar que no corría sangre por sus venas.
– Sí, me llamo Jessica.
– ¿Sabes por qué estás aquí? – la mirada de la joven cambió de inmediato. Comenzó a ponerse nerviosa, giraba la cabeza y miraba al techo desesperadamente. Lucas sabía que temía hablar, por eso miraba las cámaras de seguridad de la sala.
– ¿De quién tienes miedo? – Lucas se levantó y colocó el visor de las cámaras hacía el techo, necesitaba que se tranquilizara. Enmudeció de repente.
– No quieres hablar…, sabes que eres sospechosa de varios secuestros. – solo quiero hacerte unas preguntas, tan solo eso.
– Necesitamos que nos ayudes a encontrar a Lucía, la primera joven desaparecida. Sé que la noche de la desaparición la viste en el Pub de carretera. Fue una quedada en grupo, pero desconocemos el motivo de esa reunión. –No paraba de moverse en la silla, comenzaba a ponerse nerviosa de nuevo.
Martín estaba fuera de la sala, observando a través del cristal de seguridad. Le miraba de forma lasciva, recordaba lo bien que lo pasó aquella noche. Él estuvo allí, al final de la barra. Quería pujar por Lucía, pero alguien se adelantó. Aquel juego que “GHOST” puso en marcha para ocultar las desapariciones le había favorecido para cubrir sus oscuras necesidades sexuales. Recuerda cómo emborrachó a Jessica a base de mojitos. Las perturbadoras imágenes que ahora recordaba le excitaban. No podía apartarlas de su cabeza. La ayudó a levantarse del apartado, la llevó a rastras al WC de hombres. La golpeó violentamente hasta que perdió el conocimiento. Entonces se desabrochó el pantalón, la dejó caer sobre el lavabo y la penetró brutalmente. Mientras alcanzaba el orgasmo, lloraba de rabia contenida. Aquella noche iba a ser larga, así, que cuando acabó de satisfacer sus necesidades, que fueron varias, llevó a la joven Jessica a un lugar que no figuraba en el mapa. El lugar secreto de la organización “GHOST”.
Después de saborear de nuevo el orgasmo de aquella noche, Martín saca del bolsillo un pequeño dispositivo y pulsa el botón.
La joven Jessica cambia su comportamiento, comienza a gritar, se aprieta la cabeza con las manos y se golpea contra la mesa. Lucas se levanta de inmediato e intenta mantener su cabeza alejada de la mesa, pero solo lo consigue arrojándola al suelo. Allí comienzan violentas convulsiones, sus ojos se ponen en blanco mientras su cuerpo no para de arquearse. Tiene todos los músculos del cuerpo tensos. Lucas la observa mientras intenta amortiguar las sacudidas. No puede hacer más. En ese momento entra Martín con el móvil en la oreja. Está pidiendo una ambulancia. Minutos después Jessica muere de graves hemorragias internas.

Lucas está a punto de entrar en casa de Jessica, tiene una orden del Juez para entrar y registrar palmo a palmo la vivienda. Es una casa unifamiliar de dos plantas y sótano. Su equipo ya está en marcha, en el jardín montan el campamento de análisis y laboratorio. El primero en entrar es Lucas. Se ha puesto unos patucos, lleva una mascarilla en el cuello por si le hace falta. Las manos enfundadas con unos guantes de látex. Le acompaña un fotógrafo. Le llama la atención el olor a rancio que envuelve la estancia. La pequeña casa está limpia y recogida. Las paredes tienen papel pintado de rayas, los muebles son antiguos. Se acerca a una pequeña mesa auxiliar donde descansan unas revistas de moda. Las coge para ojear las páginas, hasta que algo le llama la atención en las últimas páginas. Una columna de contactos, en ella subrayado con bolígrafo negro. Un extraño anuncio.

¿No sabes que preferencias sexuales tienes?
Nosotros te lo ponemos fácil.
Manda un WhatsApp a este número.
Sé tú mismo y disfruta del sexo.

Coge la revista y la mete en una bolsa que etiqueta él mismo. Sigue buscando pruebas, sube a la planta de arriba. Allí se pueden ver tres puertas. Están cerradas con llave. – ¿Qué raro? – piensa Lucas. Da una patada en una de ellas y se abre de milagro. La jamba sale por los aires. Las persianas están bajadas, el olor a rancio es casi masticable en aquel lugar. Palpa la pared para encender la luz. Solo existe el hueco del interruptor, los cables están expuestos. Saca el móvil y activa la linterna. Las paredes están cubiertas por plástico, el suelo también. Entra despacio esparciendo el pequeño haz de luz que proyecta su móvil, ve varias manchas en el suelo. Al enfocar la zona, distingue un fluido rojizo…, sangre. La toca con los dedos y se los acerca a la nariz. Avisa al equipo de laboratorio, colocan un foco en el pasillo orientando la luz al interior de la habitación. Los técnicos de pruebas están enfundados en sus trajes de protección. Lucas sigue inspeccionando la casa, el baño está siendo analizado por otro grupo. Están desarmando los desagües del lavabo y el plato de ducha. Intenta encontrar más pruebas para orientarles en la investigación. Lucas abandona la primera planta y decide bajar al sótano. La entrada está camuflada en el hueco de escalera, delante de la vieja puerta pintada del mismo color que la pared, hay un perchero con peana cargado de abrigos y un par de bolsos. Antes de apartarlo, inspecciona los bolsillos. Encuentra una llave en el bolsillo interior de una chaqueta masculina. Coge aquella prenda y la mete en una bolsa de basura, se la entrega a un compañero. Es el momento de entrar en el sótano.

Lucas lleva trabajando muchos años, investigando infinidad de casos. Perfilando conductas físicas y psicológicas, si alguien entiende como funciona el interior del ser humano es él. Por eso le llega esa extraña sensación, que le aparta de todo lo terrenal, son los sentidos que se concentran con un solo objetivo, incrementar su estado de concentración, generando diversas hipótesis con solo una mirada; es lo que se podría definir como la intuición del cazador. Su agudeza para determinar los detalles de un crimen se debe sin lugar a dudas a su forma de pensar, meticulosa y extraña. Con la capacidad de meterse en la piel del asesino y saber que le deleita a la hora de actuar.

Enciende la luz y unos fluorescentes despiertan con un débil parpadeo marcando perfectamente los escalones de bajada. El olor a podrido se escapa por la puerta, el aire viciado empieza a recibir oleadas de aire limpio. Lucas empieza a toser, decide colocarse la mascarilla. El pasillo de descenso está cubierto por desgastados ladrillos de varios colores, sé cascarillan cuando apoya las manos. La humedad es otra extravagante variante para su olfato.
Solo se ven trastos viejos por todos los lados, pero Lucas sabe que hay algo más detrás o debajo de aquellas paredes cubiertas de humedad. Realiza una inspección ocular, descartando posibilidades, se fija detenidamente en el suelo, justo delante de una vitrina vieja y sin cristales. Un pequeño surco se dibuja en el cemento; le indica que aquella antigualla había sido movida hace poco. Se aproxima escrutando con atención. Decide moverla en dirección a la marca. Abre bien los ojos, desde aquel ángulo solo se ve una mancha profunda y oscura que se extiende por la pared. Avanza unos pasos y percibe un olor inconfundible dentro de aquella oscuridad.
Se comunica a través de la emisora con los compañeros que trabajan en el jardín.

– Quiero aquí abajo un equipo forense, ¡ya!

Capítulo III (séptima parte)

Una nueva dirección

Patricia estaba bastante temerosa, quería coger un taxi y desaparecer de allí. Las calles estaban vacías, el frio calaba los huesos. Las pisadas habían dejado de ser audibles. Inhaló aire frio y se dirigió a la calle principal. Frente a ella un taxi con las luces apagadas. La silueta del conductor se veía por la luna trasera. Se acercó a la parada con cierto alivio. Dio pequeños toques en el cristal del conductor. Un hombre de mediana edad con una sonrisa en los labios, bajó la ventanilla.
– ¿En que la puedo ayudar señorita? – en ningún momento apartó la mirada de su cuerpo. –Comenzó a sentirse incomoda.
–  Necesito que me lleve a esta dirección. –le entregó un trozo de papel con una calle escrita.

Lleva quince minutos sentada en el asiento trasero del taxi, comenzó a relajarse. Había entrado en calor y le venció el sueño. El taxista comprobó por el retrovisor que su cliente estaba dormida y cambió de ruta. Después de media hora de trayecto, Patricia se despertó. Se estiró levemente, parpadeó varias veces para acoplar su visión a la oscuridad. Miró por la ventanilla y no reconoció aquel lugar. El coche se había detenido, no había mucha iluminación. A la izquierda la oscuridad se perdía en un descampado. A la derecha una hilera de pequeñas casas unifamiliares. Está intentado comprender que hace allí. El taxista sin mediar palabra se apea del vehículo y abre la puerta trasera. Se abalanza sobre ella brutalmente. Patricia le araña el cuello, intenta zafarse del agresor, pero no consigue su propósito. La golpea hasta que pierde el conocimiento. La arrastra por los pies, hasta que su trasero quedó al borde del asiento. Se inclina para cargársela al hombro. En uno de los laterales de la casa hay una trampilla que desciende al sótano. Tenía todo preparado detrás de la vieja vitrina. Según descendía una sonrisa malvada se dibujaba en su rostro. Sabía que aquella noche había tenido mucha suerte, Patricia fue una de las chicas que más le gustó después de Lucía. Todas tenían algo en común, se habían registrado en la nueva aplicación de Whattsapp. Todas bajo el mismo reclamo, conocer a gente y disfrutar del sexo.
Encendió una linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Dejó el cuerpo de Patricia sobre el sucio suelo del sótano. Jadeaba excitado, incluso llegaba a salivar de forma exagerada. Su sexo le dolía irremediablemente. Tenía que poseerla en ese momento. No podía aguantar más. Después de mover la vitrina dejó la linterna a la altura de la cara de Patricia, quería que despertara, pero sería demasiado peligroso que le viera la cara, otra vez. Así que la puso bocabajo. Bajó sus pantalones, deslizó sus dedos por el interior de sus muslos. Acaricio sus glúteos, separo despacio sus piernas. Con manos torpes se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y embistió como si fuera la última vez que pudiera saborear ese exquisito trofeo.
Cuando acabó se limpió con el pantalón de la joven. Desapareció en la oscuridad de la pared. Unos minutos después tenía a Patricia sobre una robusta mesa de madera, por encima de ella, metidos en una red, varios cráneos colgaban del techo.

LA NOCHE DE LAS PUJAS

Jessica lleva varias horas esperando ser elegida, pero no le gusta ninguno de los que pujan por ella. Cuando comienza a despejarse la sala, ve a un hombre de mediana edad que se acerca a ella. Se inclina y le dice algo al oído. Ella comienza a ruborizarse y asiente con la cabeza. El atento hombre le coge la mano y la llevan a la parte trasera del local. El pasillo es muy estrecho, casi no cogen uno al lado del otro. Ella está contenta de que por fin alguien se fijara en ella. Siente sus manos en la cintura, se estremece de excitación. Es un espacio estrecho y solitario, apenas se alcanza a oír el ruido del interior. Ella se acerca excitada y empieza a morderle los labios, los pequeños pellizcos hacen que su erección comience a rozarle el pubis. La joven da un pequeño salto y se cuelga de su cuello, manteniendo la espalda apoyada en la pared. Él pellizca sus glúteos desnudos, ella gime de placer. Con su mano libre aprieta con fuerza su cuello mientras la penetra. Deja escapar largos gemidos que se pierden en sus oídos, mientras que ella, abandona lentamente la conciencia. Después de permanecer dentro de ella varios minutos, no aguanta su peso por más tiempo y la deja caer al suelo. Después de recuperar la cordura, llama a una ambulancia.
La ambulancia aparece por el callejón con las luces apagadas y disminuyendo la velocidad. Desde la puerta trasera del Pub solo se aprecian dos ocupantes en la parte delantera. Un aviso de WhatsApp le informa que la zona está despejada. Los dos ocupantes del vehículo salen con la cara y la cabeza cubierta por completo. Abren la puerta de atrás y sacan una camilla.
– Trabajo hecho. Dame mi pasta. – solo puede ver sus ojos hundidos. -Después de acomodar a la joven en la ambulancia, el copiloto le entrega una bolsa de deporte.

Elena y Óscar están esperando a Jack en la puerta del restaurante, están hablando en clave. Saben que dentro de unos días todo habrá acabado, serán libres y ricos.
Jack llega en un taxi, su aspecto es lamentable.
– Hola, Jack, que aspecto más horrible tienes. –Le dice su amigo mientras mantiene la mano sobre su hombro.
– No me encuentro bien, eso es todo. Creo que es porque tengo hambre.
– Entonces vamos a entrar. Que hoy invito yo.

Elena estaba radiante, Jack es la primera vez que se fijaba en las miradas entre ellos dos. Recuerda con estupor el vídeo que le mandaron hace unas horas y un punzante dolor atenaza cerca de su pecho. La velada fue bastante agradable, aunque un poco forzada por su parte. Cuando acabaron el postre, Jack recibió un mensaje en su móvil. Lo sacó, no sin antes disculparse en la mesa. Mantuvo el teléfono por debajo de su pecho, para que nadie pudiera leerlo.

– Lo siento, debo hacer una llamada. Se levantó, dejó su servilleta sobre el mantel y se alejó hacia el aseo.
No había nadie en los baños, se dirigió al lavabo, frotó con jabón sus manos, las mantuvo debajo del agua templada. Estaba pensativo, mirando de frente al espejo. Intentando guardar la compostura, mientras secaba sus manos. Alguien entró en uno de los habitáculos. No sabía si era el que esperaba. Solo le llevó varios minutos para averiguarlo. Esperó a que saliera. Entonces descubrió que era el contacto. Sobre el retrete había una bolsa. Jack la abrió con manos temblorosas, en su interior había mucho dinero y un portátil. En el momento que vuelve a cerrar la bolsa, recibe otro mensaje.

– Espera instrucciones.

Sale mareado de los lavabos, comienza a tambalearse. Intenta serenarse y dirigirse a la mesa de la forma más discreta posible. Ha guardado la bolsa en un cubo de basura en el exterior del restaurante. Regresará más tarde para recogerlo. Sabe que la recogida de basuras es por la mañana.

Olivia ha recuperado la conciencia, está bastante animada. Apenas tiene lagunas, aunque todavía tiene fuertes dolores de cabeza, recuerda con claridad como ha llegado hasta allí. Sonríe a las enfermeras mientras terminan de hacerle las pruebas diarias. Sabe que su vida corre peligro, así, que intenta no decir la verdad. Todos los días Martín le interroga sin autorización. Él quiere saber si se acuerda de su cara y si podría ser una amenaza. Por seguridad, mientras Olivia responde a las preguntas de Martín, la enfermera y un oficial de policía tienen que estar presentes en la interrogación.

Lucía está muy débil sabe que alguien ha estado con ella varios días, pero deliraba y no podía ni hablar. Su muerte se aproxima, apenas puede mover las manos. Respira con dificultad. Mantiene los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Nota un ligero movimiento que le produce vértigo. Oye fuertes ruidos de máquinas, mucha gente hablando. Ya no tiene fuerzas para gritar. Intenta coger aire y lazar un fuerte grito, pero apenas brota en sus labios. Su corazón bombea despacio, la falta de oxígeno hace que reciba pequeñas sacudidas. Su cuerpo está cubierto por pequeñas venas azules que se dilatan por falta de impulso sanguíneo. Comienza a tener frio, mucho frío. La luz de sus ojos desaparece, una extraña capa grisácea se adueña de su iris. Ya no tiene movimiento en su abdomen, su corazón ha dejado de latir. Su oído sigue unos minutos funcionando, oye con claridad donde está. – Desguaces Cintrón, al sur de la ciudad.

–  Ese coche lleva mucho tiempo en la grúa. Le tenemos que empacar. – el operario de la grúa mueve el coche suspendido y lo suelta en la trituradora.

Lucas está haciendo una inspección ocular antes de que su equipo baje al sótano. Intenta cubrirse la nariz con la manga de su cazadora, pero el hedor es tan fuerte que le produce mal cuerpo. Las luces de allí abajo son testigos de las atrocidades que habían sido practicadas en aquel lugar. La mesa de madera, estaba cubierta por una lona de color oscuro. Debajo de esta se encontraba el cuerpo de una mujer joven. A simple vista Lucas sabe que es una de las desaparecidas, la reconoce por uno de sus tatuajes. Muy similar al que tiene Lucía en los glúteos. No se puede reconocer su rostro. Le han quemado la cara con ácido. Por ahora no quiere seguir examinado el cuerpo hasta que no baje el forense. Se recrea en las paredes y en una vieja estantería donde el asesino guarda en tarros sus trofeos. Se fija en la cantidad de cráneos que hay colgados del techo, metidos en una red.

Capítulo III (octava parte)

El día del interrogatorio

Jessica yacía en el suelo, después de convulsionar; aunque Lucas le sujetaba la cabeza, la rigidez de su espalda y el golpe contra el suelo le fracturó las cervicales. Él se encontraba en medio de aquel extraño episodio de colapso cerebral. Seguía manteniendo la cabeza de la joven, esperaba la ambulancia. A su lado, de pie y con una mirada que pudo reconocer como lasciva, estaba Martín. Hablaba a través del móvil.

– Martín al habla, necesito una ambulancia urgente. –Lucas pudo oír claramente lo que decía e incluso pudo leer sus labios.

En pocos minutos, los técnicos sanitarios entran en la sala, estaban desorientados. Lucas había presenciado miles de veces el protocolo sanitario para un caso como el de Jessica. Observó que aquellos tipos estaban descoordinados. Fue todo muy rápido, las constantes de Jessica iban bajando de forma progresiva. Respiraba con dificultad. Un fluido negruzco le salía en forma de cascada desde el interior de su oído. Lucas se incorpora y escruta a Martín que mantiene la mirada perdida en el cuerpo de la joven. Antes de atravesar la puerta de salida, Lucas se informa de dónde será el ingreso hospitalario.

La bolsa de deporte de Óscar

Aquella tarde cuando Óscar decidió pasar por el gimnasio, para recoger la ropa deportiva y la bolsa de su gran amigo Jack. Antes de que viera a la profesora de yoga subida en aquella furgoneta, sucedieron varios acontecimientos que marcaron el destino del joven bróker.

El otoño entró de lleno en la ciudad, las frías y vacías calles mostraban las luces cálidas de los edificios, la gente volvía a sus casas después de una jornada laboral. Muchos bajaban a sus mascotas, otros se disponían a hacer running o se dirigían a impartir clases de yoga en el barrio chino. Ese fue el caso de Olivia. Una joven solitaria que vivía en un pequeño apartamento en el sur de la ciudad. Tenía una peculiar afición hacía lo desconocido; mantenía relaciones sexuales con extraños que conocía a través de la nueva aplicación de WhatsApp. Su primera vez fue en un restaurante cerca de donde vivía. Al parecer era alguien conocido, no le pudo ver la cara. Mantenía una careta sobre su rostro. Era empleado del restaurante, o eso creía Olivia. Aquella noche había quedado con él dentro del local.

Salió de su apartamento, bastante eufórica, había bebido un poco antes de salir. Cruzó la avenida y se dirigió a buen paso por el callejón. Las indicaciones para entrar estaban bastantes claras en el mensaje. Quiso consultar con exactitud el número de la puerta, pero una vez que WhatsApp te marcaba como mensaje leído, la nueva aplicación borraba de forma automática el mensaje. Desaparecía, aquel mensaje no se podía recuperar de ninguna manera.

El gimnasio estaba repleto de gente. Las calles de barrio chino estaban desiertas, los farolillos rojos marcaban el paso del dragón, la criatura mágica recorría las calles adoquinadas, practicando la danza para anunciar el nuevo año. Varios niños corren detrás de él simulando sus pasos y ofreciendo a los transeúntes una divertida sonrisa. Después del paso del dragón, el tramo de la calle que se dirige al gimnasio sucumbe a un solitario silencio. Una furgoneta con cristales tintados aparca frente a la puerta. Dos hombres encapuchados entran en el local portando varias bolsas de deportes. Pasan por el mostrador de recepción haciendo caso omiso a las palabras de advertencia de la señora Lin. Se oye su aflautada voz por encima del sonido del televisor. Uno de los intrusos salta por la ventanilla de recepción y golpea brutalmente la cabeza de la señora Lin que muere en el acto. Entre los dos se hacen cargo del frágil cuerpo de la anciana y los ocultan en la furgoneta. Acto seguido suben el volumen del televisor. Esperan entre las sombras, hasta que la sesión de esa hora acabe. Tienen solo un par de horas para preparar el quirófano, antes de que Olivia comience su clase.

Aquellos individuos tienen una trama muy bien estudiada, les ha venido de perlas, encontrar una candidata para el implante, reúne todas las condiciones para obtener el éxito. Además, matarán dos pájaros de un tiro. Han seguido de cerca a Óscar y a Elena. Saben que quieren acabar con la vida de Jack, cosa que no se pueden permitir, ya que el joven bróker tiene su entrada en ese juego, próximamente.

Cesar uno de los miembros de Ghost es el que dirige a sus hombres sobre el terreno. Aquella tarde abrió las dos taquillas y reemplazó la sustancia venenosa que Óscar quería suministrar a Jack para acabar con su vida. La nueva sustancia no dejaría huellas de ningún tipo en el organismo, es más, recobraría la vida en 48 h aproximadamente. Simularían su muerte para que Jack desapareciera del mapa.

Lucas está en el laboratorio, tiene una pequeña llave en su mano enguantada, la gira y mira detenidamente su estructura. Al parecer es una llave única, fabricada a mano, es imperfecta. Parece la llave que abre unos grilletes rudimentarios, en la parte baja se aprecia restos de óxido, pero no pertenecen a la composición metálica de la llave. La chaqueta está sobre la mesa del laboratorio, extraen tejido de diferentes partes. Lucas ha dado indicaciones para que encuentren restos orgánicos o tejidos adheridos a su tela. Cortan patrones en diferentes zonas cómo la axilar, cuello, mangas y lumbar. Tienen que analizar los tejidos con varios compuestos, para determinar donde ha podido estar y con quien.

Lucas está concentrado, no se percata de que al otro lado del ventanal que da al pasillo está uno de sus compañeros del servicio interno. Para llamar su atención, da pequeños golpes al cristal. Lucas levanta la vista, deposita la llave en la caja de seguridad de pruebas y sale al pasillo. Le mira a los ojos y ve preocupación en ellos.

– Sígueme. – le indica mientras se dirige hacia las escaleras de incendios.
– Lucas, no te vas a creer lo que ha pasado – cambia el rictus de sus labios, ahora los arruga y los tensa nerviosamente.
– Jessica no ha entrado en urgencias de ningún hospital. Al parecer el número de ambulancia que vino a recogerla no está registrada en ninguna empresa pública ni privada. Se ha esfumado. – Lucas comienza a pensar que hay alguien más metido en el caso, alguien con mucho poder dentro de la policía.
– Tenías razón, Martín está metido hasta el cuello, pero ¿Cuándo lo hace?
– Por ahora no puede sospechar que lo seguimos, tenemos que seguir en la línea de investigación abierta con su equipo. Tú ya sabes los que tienes que hacer. Necesito que busques información sobre propiedades, fuera de la ciudad que pertenezcan a familiares de Martín. Necesitamos saber donde cometes los crímenes.

En la casa de Jessica siguen las investigaciones, el equipo forense que está acampado en el jardín, analiza los restos de los tarros que encontraron en las estanterías del sótano. Han identificado a la joven que yacía en la mesa de madera. Es la última desaparecida, su nombre es Patricia. No se ha encontrado su móvil. Aunque por suerte, su última ubicación fue grabada en los servicios de seguridad ciudadana, había activado su teléfono esa misma noche. Aquella señal dejó de emitir las coordenadas en la parada de taxis.

Lucas está en la sala con los analistas. En la pantalla principal, aparecen los datos y fotos de las jóvenes. Intentan buscar un mismo patrón en todas las desapariciones. Han podido recabar información, sobre sus hábitos diarios. Lucas ha realizado un perfil común de ellas.
Sabe que no son elegidas por su físico, algo que sin duda un depredador sexual tiene muy en cuenta, pero hay algo que no le cuadra. Por una parte, tiene a una de las desaparecidas, Olivia, esta joven sobrevive a varias operaciones y es golpeada para someterla. Sin embargo, a Jessica le intervienen, le implantan un dispositivo craneal auditivo y la sueltan. Por otra parte, está Patricia y Lucía; Patricia no tienen intención de operarla, a no ser que la persona que facilita la localización de las chicas sea otro asesino que opera a espaldas de la organización. Aunque es más fácil realizar un perfil de un psicópata sexual, Lucas no duda que son dos perfiles diferentes. Su preocupación es encontrar con vida a Lucía.

Regresa a su apartamento después de varios días sin pisarlo. Camina toda la calle admirando el color de las hojas en otoño, el aroma a tierra mojada disfraza el olor del café recién hecho en el bar de la esquina. Antes de subir, pasa por el autoservicio de la familia Zhou, llevan en el barrio más de tres décadas. Le gusta el pan chino que hacen allí mismo. Compra algo de verdura y fruta, además de comida preparada para llevar. Cuando se dispone a pagar.

– Señor Zhou, puede subir el volumen del televisor. – mira de forma aséptica la noticia que están emitiendo en directo.
“Han encontrado los restos de la señora Lin, propietaria del conocido gimnasio ubicado en el barrio chino. Tiene la cara desfigurada, le ha amputado las manos”

Lucas paga su cuenta y sale del autoservicio con el móvil en la mano.

–  Valeria, soy Lucas, estoy con un caso complicado y necesito tu ayuda. Llámame.
Pasó por al lado de una papelera, abrió la tapa trasera de su móvil, quito la tarjeta y tiró el dispositivo. Medio metro más adelante y en la acera de enfrente tiró la tarjeta SIM.

Capítulo III (novena parte)

CABOS SIN ATAR

Lucas se despierta sobresaltado, se ha quedado dormido en el sofá. Comprueba la hora en su reloj de muñeca, se frota los ojos con los dedos. Comienza a despegar los ojos hinchados y pegajosos. Se mesa el pelo; se da cuenta de que necesita un buen corte. Su flequillo le llega a la punta de la nariz, es casi imposible ver entre esa maraña de cabello despeinado. Está en ese estado abstracto por falta de descanso, mira distraído su entorno hasta que se fija en la mesa auxiliar. Se levanta despacio y comienza a leer, las pruebas encontradas en la casa de Jessica son abundantes, tienen huellas completas, pertenecientes a más de cien personas de ambos sexos, además de otras cuantas parciales. Junto a el recopilatorio de huellas hay un pequeño croquis de la casa. Allí aparecen varios iconos donde indica el lugar que se encontraron. La mayoría se hallaron en el sótano. Se encontraba bastante adormilado así que se preparó un café y prosiguió con la lectura. Bebía pequeños sorbos de café, mientras devoraba las pruebas periciales encontradas hasta ahora. Una de las huellas parciales coincidía con las de Martín. Se levantó agarrando la taza de café, se la acercaba a la nariz intentando evocar el pasado; los primeros años de Martín en la comisaría.

– Lucas, te presento a tu nuevo compañero, Martín. – dejó lo que estaba haciendo, se levantó de la silla y apretó con fuerza su mano.
– Bienvenido. –le dijo mirándole a los ojos. Te acompaño a tu despacho.

Desde aquel momento hasta el día de hoy, no había sospechado de su conducta. Ahora le seguía de cerca, cuatro agentes le tenían vigilando. Necesitaba confiar en alguien fuera de la comisaria, así que recurrió a Valeria. Una vieja compañera, la mejor agente de campo del país.
Se dio una larga ducha, el agua salía hirviendo, no tardó mucho en empañarse el espejo que había colgado encima del lavabo. Mantenía la cabeza bajo el agua mientras aclaraba su pelo. Su cuerpo tenía las huellas del pasado, profundas cicatrices dibujaban un pequeño mapa de torturas en su dorso. Después de vestirse, comprobó su arma y cogió las llaves del coche.
Tardó pocos minutos en ponerse en marcha. Había cogido todo lo necesario y se dirigió de nuevo a la casa de Jessica. Ordeno a todos los agentes que abandonaran la casa, necesitaba estar solo. Abrió su viejo maletín y colocó las pruebas obtenidas en aquel lugar. Decidió explorar desde fuera hacia dentro. Cogió su móvil, lo conectó a unos auriculares con micrófono y comenzó a narrar.
Soy Lucas Garrian, Agente Especial en Psicología Criminal y Perfilista. Estoy con el “Caso Nube”. Me encuentro en la vivienda de Jessica Olgar, es una vivienda unifamiliar está registrada al nombre de una empresa Tecnológica, llamada TRIVIAL. Según la información obtenida por el grupo de analistas, es una empresa ficticia que ha cotizado en bolsa y que ahora mismo desconocemos a quien pertenece. Los movimientos de dinero en estos últimos meses han ido en aumento. Han cambiado de nombre varias veces y sus registros desaparecen en internet sin dejar huella. Solo sabemos que cotizan en bolsa y se valen del chantaje para que gente desde fuera les mueva el dinero. Me encuentro en la zona de aparcamiento. La noche en la que desapareció Patricia; perdimos su rastro en una parada de taxis, las coordenadas de su móvil me llevaron a la Avda. del Mar. Imagino que llegó hasta aquí en uno de ellos.
Observó detenidamente el aparcamiento. La estrecha calle mostraba una pequeña carretera de una dirección. Al otro lado una gran extensión de terreno que se perdía en el horizonte.

Estoy en el salón comedor, aquí se encontraron cuarenta huellas totales y las parciales de Martín y otras dos sin identificar. Estamos trabajando para poder identificarlas, el material donde se encontraron es muy inestable y podrían destruirse si no se analizan con cuidado.

Lucas baja las escaleras del sótano, enciende los focos que han dispuesto el equipo forense. La vieja vitrina está completamente separada de la pared. Antes de pasar a aquella zona se cubre los pies con unos patucos y se pone guantes. Las estanterías siguen repletas de órganos humanos y trozos de piel. Los trozos de piel corresponden a zonas que han ocupado un tatuaje. Todos los tarros ya están analizados y tienen una nota roja que verifica las pruebas de ADN y su contenido. El asesino no muestra ningún apego a la vida. No repite ni una sola vez la zona del cuerpo que extirpa. No sigue un patrón. – piensa mientras sostiene uno de los tarros en la mano. Le llama la atención el trozo de piel que flota sobre el líquido amarillento, lee la etiqueta en voz alta.
– ADN- 13245. Mujer. Zona axila. – coge su móvil y realiza una llamada.

Noche de pujas

Lucía conducía a toda velocidad, necesitaba llegar a casa cuanto antes, le esperaba una larga noche de lujuria. En el asiento de atrás follaban como locos los escogidos en la puja. Ella estaba deseosa de participar. Los miraba lascivamente a través del retrovisor. Oía sus gemidos de placer, los embistes del musculito hacían mover el coche de forma brusca. Lucía apagó el motor, su morbo iba en aumento, estaba muy excitada y miraba entre los dos asientos. El joven la miró a los ojos y la dijo que se pasara a la parte de atrás. Lucía bajó el respaldo del asiento del copiloto, trepo por el, a la parte trasera. Enseguida sintió dos pares de brazos que le quitaban la ropa. Se sentó sobre su regazo, pero dándole la espalda. El la ayudó a levantarse un poco para poder introducirle el pene. La chica de color exploraba su sexo y comenzaba a masturbarla. Ella comenzó a moverse lentamente, mientras el placer se iba acercando de forma acalorada a su rostro. Sus labios comenzaban a dilatarse por la fricción de los dedos que exploraban su sexo. La joven se agachó y comenzó a lamer su clítoris. Lucía se movía más deprisa, estaba a punto de alcanzar un profundo orgasmo. Sus gemidos se convirtieron en un grito que se desgarraba de placer, su cuerpo se estremeció y comenzó a respirar con normalidad. El sudor perlaba todo su cuerpo, tenía la entrepierna completamente mojada. El chico la levantó despacio, Lucía se sentó entre los dos. Los miró con una sonrisa y los invitó a subir a tomar una copa.

– ¿Qué queréis tomar? – les pregunta Lucía desde la cocina.
– Yo, Whisky, por favor. – le responde el joven.
La mujer se acerca a la cocina y la coge por la cintura mientras prepara la bebida.
– Yo quiero lo que tú me des. – la coge la cabeza con ambas manos y la besa los labios.

Lucía puso música en su equipo; mientras tomaban la bebida charlaron sobre el acontecimiento de la noche.
– ¿Lleváis mucho tiempo en el Pub Nube, acudiendo a las pujas? – se miraron los dos.
– Más o menos un año. – hablaron a la vez.
– ¿Y tu Lucía? – pega un sorbo largo a su Wiski.
– Dos meses.
– ¿A qué os dedicáis?
– Yo soy enfermera.
– Yo ingeniero informático.
– Y tu Lucía ¿Cuál es tu trabajo?
– Soy azafata de congresos. – apuro su copa y volvió a llenarla.

Pasaron media hora riendo y hablando de sus gustos sexuales. Lucía se dirigió a su habitación. Mientras tanto la pareja por la que había pujado, se preparaba para otra sesión de sexo. La mujer extrajo de su bolso una jeringuilla que lleno de un líquido transparente procedente de una ampolla. El hombre comenzó a desnudarse y besar el cuello de la muchacha. En ese momento Lucía irrumpió en el salón vestida con un picardías de cuero y encaje; en su mano una fusta. Al levantar el brazo que sostenía aquel instrumento se vio claramente el dragón tatuado en su axila. El hombre se acercó a ella, pero Lucía no le dejó dar un paso. Le ordenó que se acercarán los dos gateando. Los llevo detrás de ella en esa postura hasta que alcanzaron la habitación. Allí todo giró y cambiaron los papeles, las dos mujeres tomaron el papel de sumisa, mientras que el joven agitaba la fusta en el aire.
Después de mantener relaciones durante más de cuatro horas, quedaron exhaustos sobre la cama. Desnudos y completamente dormidos. La mujer de color se despertó intento moverse, pero el amasijo de brazos y piernas le impedía incorporarse, así que no había otra que despertarlos. Aparto la pierna de su compañero y el brazo de Lucía que descansaba sobre su pecho.
– No te vayas. – le dice Lucía medio dormida.
– No me voy, solo voy al baño.
– Buena chica. – le dice mientras cambia de postura para encontrarse con los ojos de su compañero de cama.
– ¡Uff! Vaya noche. – le dice el joven mientras acaricia su rostro.
– Si, aunque se puede mejorar. – Lucía comienza a deslizar los dedos por debajo de las sabanas hasta que alcanza el miembro que empieza a despertar.
– Ven aquí. – le dice mientras pasa su mano por la cintura de Lucía y comienza a darle mordiscos en sus pezones.
Lucía le acaricia la cara, pasa sus dedos por las orejas, nota un abultamiento detrás de una de ellas que le hace parar. Su mirada es ahora interrogante. En ese momento entra la chica con una jeringa en la mano. Los ojos de Lucía viajan entre ella y el apuesto hombre que permanece desnudo sobre la cama. Como un gato da un salto hacia atrás e intenta salir de la habitación. Antes de alcanzar la puerta, recibe un fuerte golpe en la cabeza. La mujer de color recoge el móvil y el portátil en una bolsa, El hombre se ocupa de Lucía. Al dejarla sobre la cama la golpea nuevamente con el cabecero, marcando la pared con sangre y una esquirla de hueso.

Mientras tanto a pocos metros de allí, en una furgoneta aparcada enfrente del portal, Martín espera la señal.

 

Capítulo III ( décima parte)

“INFILTRADA EN EL PUB NUBE”
En busca del asesino

Son las 00:14 h, Valeria se coloca los tirantes de su vestido negro, se perfila los labios frente al espejo. Es muy exigente a la hora de trabajar, su aspecto tiene que estar acorde con la situación. Sabe que este tipo de casos son arriesgados y no quiere decepcionar a su gran amigo Lucas. Después de varias semanas siguiendo pistas; todas ellas apuntan el Pub Nube.
Unas semanas antes, recibió la llamada de Lucas. Hacía mucho tiempo que no trabajaban juntos en un caso. Aquella tarde, salió de su casa a toda prisa. Sabía que Lucas se dirigía al garaje clandestino, donde su equipo trabajaba. Estaba situado al sur de la ciudad muy cerca del barrio chino. La zona estaba llena de indeseables, las calles estaban sucias y oscuras. Era el mejor sitio para ocultarse. Valeria baja por la interminable rampa a pie. Necesita información fresca sobre el caso. Llega al nivel -2 del parking y se desvía a la derecha. Ya comienza a percibir el olor a humedad, el goteo del agua. Apenas ve tres palmos, pero eso no la impide seguir avanzando. Un viejo bidón de aceite le avisa de que está cerca. Tiene que saltar al foso de un viejo montacargas y desde allí a solo unos metros se ven la pequeña puerta de entrada. Introduce la mano por una rejilla y activa una palanca. La puerta se abre despacio. Al entrar saluda a Iván que custodia la puerta armado hasta los dientes.
– ¿Ya ha llegado? – pregunta Valeria sin dejar de andar.
– Así es. Está en tu despacho. – le contesta sin apartar la mirada de la puerta.

Ve que su grupo está relajado en la sala de escuchas y seguridad. Saluda con la mano y va directa a su despacho. Lucas está de pie, observando el corcho que está colgado en una de las paredes. No la oye entrar; ella se mueve con sigilo y coloca las manos calientes alrededor de los ojos.
–  Hola, Valeria, menos mal que estoy en tu despacho, si eso me lo hubieras hecho en la calle, creo que no habría sido igual. – se gira despacio y la besa en los labios.
–  Cuanto tiempo…, Lucas. Ya no me acuerdo cuando fue la última vez. Me tienes muy intrigada con el caso. He seguido las noticias y ya conoces mi afición a tu trabajo. Todo lo que ves en el corcho, es la información que he podido recabar sin tu ayuda.
– Es asombroso, pero, ¿estas fotos en el cementerio? – vuelve a mirar el corcho.
– Bueno, ya sabes que me gusta ser retorcida y cuando me obceco en una cosa, me lanzo y comienzo a investigar. ¿Qué te preocupa del caso?
– Me he puesto en contacto contigo, porque creo que no quieren que lo investigue. El equipo que dirige Martín, ha destruido pruebas o simplemente ha alterado la escena del crimen.
– ¿Crees que es uno de los implicados? – le mira a los ojos, sus ojos brillan incandescentes.
– Creo que es un punto clave en las desapariciones, es más, creo que es uno de los asesinos.
– Estás seguro de ello. – se quedan en silencio, solo les bastó una mirada, para confirmarlo.
– Por eso tengo que ir con cautela, creo que sabe que voy tras él.
– ¿Cómo se han tomado la baja voluntaria? – Lucas sonríe y baja la cabeza.
– He tenido que recurrir a un viejo amigo con mano en la central. Ha enviado un informe psicológico que confirma que estoy bajo los efectos de una depresión y por eso me retiran temporalmente del caso. Eso me da carta blanca para entrar y salir a comisaria, para recabar la información que necesitamos para la investigación fuera de allí.
– Bueno, pues comencemos. ¿Quieres un café? Yo necesito uno doble. – Lucas asiente con la cabeza.

Lucas coge su taza de café y los dos se dirigen a la sala de operaciones. Allí el equipo espera las órdenes de búsqueda. El primero en hablar es Lucas. Se coloca frente la pantalla principal mirando a los interlocutores que esperan instrucciones.
– Cómo ya os habrá comentado Valeria, estamos con un caso con muchos cabos sueltos. Necesitamos ser escrupulosos en las búsquedas. Vamos a establecer varios equipos. –mira a Valeria.
– Lorena, Marcos, David, vuestro grupo se encargará en buscar información y contrastar datos de todas las mujeres interrogadas, datos desde que nacieron, todos los datos que podáis recabar son cruciales para la investigación.
– Toni, Zacarías y Albert vosotros controlareis comunicaciones, red, y sobre todo los metrajes de las cámaras de seguridad de todos los puntos por donde normalmente pasan las mujeres desde que salen de sus casas hasta que llegan al Pub.
– Equipo de campo. – guarda silencio unos minutos hasta que el grupo de más de diez personas se colocan en las primeras filas y se sientan a escuchar.
– Vosotros os organizáis para seguir las pistas antiguas, necesito establecer conexiones. Si para ello tenéis que formar parte de la ropa íntima de cada una de ellas, os doy permiso. Necesito que uno de vosotros se infiltre como camarero del Pub durante varios días. Ese tipo de sitios suele cambiar de personal muy a menudo.
– Usareis móviles desechables, si os encontráis en riesgo de ser descubiertos o comprometidos, abortar la operación y establecer plan B.
– En estos momentos comienza la investigación. Lucas os va a entregar los datos que tenemos hasta ahora. Nosotros vamos a hablar con el supuesto forense que firmó la defunción de Jack.

Valeria y Lucas llegan en un taxi al Hospital comarcal, allí llevaron a Jack el día de su muerte, se aproximaron a recepción.
– Por favor, necesitamos hablar con Silvio Rodríguez. – la recepcionista, teclea rápidamente el nombre.
– ¿En qué habitación está ingresado? por el nombre no me sale nada. – se quedan estupefactos.
– Estamos buscando al forense de urgencias Silvio Rodríguez. – Lucas comienza a ponerse nervioso.
– Siento decirles que nunca ha trabajado con nosotros ningún tipo con ese con ese nombre. – en ese momento Lucas le enseña la placa y pide hablar con su superior.

En pocos minutos un hombre alto y de mediana edad vestido con bata blanca y un poco encorvado se dirige a ellos extendiendo la mano.
– ¿En qué puedo ayudarles?
– Necesitamos ver los registros de entrada de ambulancias de hace tres semanas.
– Acompáñenme a mi despacho. – se levantaron y siguieron al jefe de urgencias.

En los registros no había ninguna entrada perteneciente a ese día de un varón llamado Jack. Lucas, entonces recordó, lo que había pasado con Jessica el día que la interrogaron. Recordó como los técnicos de ambulancia se desenvolvían torpemente, en el manejo de la situación.
Después de salir del hospital contractaron varias ideas y fueron a casa de Jack. Elena iba a salir cuando se cruzó con Lucas en el pasillo del portal.
– Buenas tardes Elena, disculpe por no avisar. Necesitamos hablar con usted.
– Pero es imposible, tengo que marcharme. – le empezaron a temblar las piernas.
– Creemos que su marido no murió por causa natural, fue asesinado. – el silencio irrumpió en el pasillo devorando el aire que respiraba Elena.
– ¿Está bien? – le pregunta mientras le sujeta por el codo.
– Sí, estoy bien.

Una vez dentro del apartamento, Elena deja el móvil sobre la mesa, se quita el abrigo y se disculpa antes de entrar al baño. Valeria ojea el salón- comedor. Mira todas las fotos y se da cuenta que no hay ninguna del difunto. Sólo un selfie de dos hombres y una mujer. Se acerca para apreciar los detalles de la foto. Están disfrazados, ahora ve con claridad de quien se trata, Jack es el que está a la derecha, Elena está en el centro; todos miran al frente menos Óscar que mira de forma enamorada a la mujer. La aguda intuición femenina de Valeria le hace recapacitar sobre la supuesta muerte de Jack. Suena el teléfono de Elena, ella parece no oírlo y Lucas se acerca para cotillear quien le llama. Es un mensaje de WhatsApp. Abre con cuidado el mensaje. Es una foto, ella está desnuda encima de Óscar. El contacto es oculto.
Lucas mira a Valeria, tienen la misma mirada, está llena de sospechas. Cómo tarda mucho en salir, golpea con los nudillos en la puerta.
– Elena ¿está bien? – no contesta nadie al otro lado, intenta abrir la puerta, pero está cerrada desde el interior. Le da una patada y consigue abrirla. En esos momentos Valeria está a su lado. Elena yace en el suelo, degollada.

El equipo de Valeria espera su llegada, tienen muchos datos que incriminan a Óscar y a Elena con la muerte de Jack. Entran como una exhalación directos a la sala de información.
– Venga chicos escupir. Qué tenemos sobre la muerte y desaparición del cuerpo de Jack.
– Tenemos una fuente que confirma que una pareja les compro una sustancia nociva. Lo curioso es que la descripción de la pareja coincide con la de Óscar y Elena. Pagaron muy bien el encargo. Coincide con los días que murió Jack. – Lucas mira con cara inexpresiva a Valeria.
– Espera un momento, la copia de la supuesta autopsia revela una extraña coagulación cerca del ventrículo izquierdo. Que puede ser producida por un inhibidor de otra sustancia. He leído sobre una nueva fórmula que produce una muerte temporal. La composición es muy antigua, pero verificada hace que un cuerpo no tenga latido hasta en dos días. Después le inyectan una mezcla de Epinefrina y trazos de glucosa. En muchos casos es imposible, pero en otros y depende del individuo puede ser efectivo.
– Necesito que busquéis los últimos informes médicos de Jack. – Lucas se sienta a escuchar más información.
– Tenemos una coincidencia con los casos, es un gimnasio en el centro del barrio chino. Hemos averiguado que Jack, Lucas y Olivia frecuentaban el lugar. En el caso de Olivia, impartía clases, dato que ya sabíamos. También tenemos la muerte de la señora Lin. – Valeria está pensando golpea la mesa con un bolígrafo, mientras aclara sus ideas.
– Necesito metraje de video de aquella zona.
– Valeria, ¿desde cuándo?
– Establece el seguimiento…, dos semanas antes de que Olivia callera desplomada frente la comisaría.

Martín pasa por el despacho de Lucas, lo ve ordenado y sin indicios de que estuviera cerca. Entra y cierra la puerta. Lleva las manos enguantadas, empieza a examinar los objetos que hay sobre el escritorio. Se sienta en la silla y revisa los cajones. No encuentra nada. Enciende el portátil.
– Lucas, alguien ha entrado en tu cuenta, a través del portátil de tu despacho. – se levanta como un resorte y camina hacia el analista. Se pone detrás de él para ver mejor la pantalla.
– Muy bien, activa la cámara web de mi portátil. Necesito saber quién es. – en ese momento Martín se levanta, solo puede ver un cinturón. La hebilla está partida, le falta un trozo.
– Espera un momento, esa hebilla…
– Necesito que me pongas en pantalla las fotos del sótano de Jessica. Creo a ver visto algo parecido en las pruebas recogidas allí.

Aparecen varias fotografías en la pantalla, Lucas elige una de ellas;
– Amplía el número siete.
– ¡Bingo! – inspecciona detenidamente la foto.
– Es el trozo que falta…, es un dragón ¿verdad?
– Parece que así es.
– Tenemos resultados del tejido de la chaqueta colgada en el perchero.
– Sí, pero los datos no son concluyentes. Ha sido recientemente lavada, alguien la desestimó como prueba. Solo se encontró un cabello, que siguen analizando.
– Joder…, me imagino de quien se trata.

Pascual suelta a sus perros, lleva muchos años como encargado del desguace, sabe que a veces se cuelan críos a robar chatarra, por eso suelta a sus mascotas. Aquella tarde fue diferente, dio una ronda con ellos atados, pero algo les llamó la atención y los soltó. Todos se fueron hacía la misma dirección. Parecían a ver encontrado un tesoro, porque lo que Pascual vio aquella tarde le heló la sangre. Llamó con un par de silbidos a sus canes, que le ignoraron por completo. Extrañado se dirigió hacia ellos. Dispuesto a castigarles; al acercarse pudo ver el brazo de una mujer en el suelo, muy cerca de un panel de chatarra. Uno de sus perros había mordido el brazo y lo saboreaba con gusto. Los fue atando como pudo y se los llevó a su jaula.
Estaba asustado por lo que había visto, se aproximó con cuidado y con un trozo de palo examinó el brazo mordido, sucio y desgarrado. Encendió una linterna e inspeccionó el amasijo compacto de uno de los últimos coches triturados. El olor y el color rojizo de varias partes le hizo vomitar. Regresó corriendo a la garita y telefoneó a la policía.

En ese momento en la sala de analistas salto un mensaje de alarma. Uno de ellos se levanta y va a buscar a Lucas que descansaba en una de las salas.
– Lucas tenemos un aviso, de la policía local. Han encontrado el miembro superior de una mujer en el desguace del sur. Llamó el encargado un tal Pascual. Según la información estaba muy nervioso y cree que alguien a triturado el cuerpo entre los restos de un coche.
– De acuerdo, desactiva la alerta para que el equipo de Martín no se adelante. Avisa que va un equipo para el lugar. Yo me encargo de todo.

Capítulo IV

Cuarenta y ocho horas después de la muerte de Jack

Todo estaba completamente a oscuras, respiraba el aire viciado dentro del ataúd. Jack volvió a la vida después de sentir que su cuerpo se desplomaba en el comienzo de un pequeño túnel. Una luz cegadora le guiaba hacía el exterior, allí, varias sombras movían despacio su cuerpo. La paz interior comenzó a despertar. Algo tiraba con fuerza de él y entonces se dio cuenta de que acababa de nacer. Sintió como se estremecía su cuerpo a causa de un frío polar, olía su propio aliento. No podía moverse, pero por alguna extraña razón sabía cómo intentarlo. No entendía que hacía allí, tumbado bocarriba con el cuerpo rígido, entumecido. Sentía su piel fría y sin vida, pero no tenía miedo. Estaba en el más absoluto silencio, la respiración comenzó a ser más agitada. Su cuerpo comenzaba a despertar. Pequeños y dolorosos estímulos viajaban por los músculos de su cuerpo haciendo castañear los dientes. El ruido que producía su boca le distrajo varios segundos de otro sonido que le llegaba desde el exterior.
Alguien estaba hablando o eso le parecía al joven Jack que también lograba percibir como arrastraban la lápida por encima de su cabeza. En esos momentos su respiración se vuelve más agitada, intenta gritar, pero solo consigue que varios gusanos se le metieran en la boca. Ahora, tenía claro donde estaba, los escupió y volvió a coger una bocanada de aire templado.
Al otro lado y con una palanca en la mano, Martín ejercía fuerza para que la tapa saltara por los aires. Apenas había luz, pero la suficiente para ver los ojos abiertos de Jack, que miraba enloquecido hacía el exterior. No le dio tiempo a pestañear, cuando dos enormes hombres le sacaron de tan angustiosa prisión. Le elevaron por encima de la caja y le depositaron en una camilla. Con la misma asombrosa precisión pusieron dentro del ataúd, a su querido amigo Óscar. Todo fue demasiado rápido, en cuestión de minutos el cuerpo aletargado de Jack solo percibía los pequeños pinchazos de las agujas en su brazo. Sus pensamientos estaban inertes, viajaban fuera de allí.

Después de varias horas dentro de la ambulancia, Martín sacó su móvil desechable, mandó un mensaje a un número oculto. El mensaje decía;
– “Mi sobrina ya ha nacido, espero que vengas a verla” – en segundos recibió la respuesta.
– Por supuesto que iremos a verla.

El terreno estaba fangoso por las últimas lluvias, el cielo seguía cubierto por nubes que impedían que luciera el sol. El olor a tierra mojada se impregnaba de forma deliciosa en el bosque de pinos. Lucas miraba los alrededores, intentando visualizar que había ocurrido en aquel escarpado terreno, cercano al desguace. Había establecido un perímetro de seguridad y estudiaban el terreno colindante.

Valeria miraba atenta dentro de los contenedores de basura del viejo desguace. Varios agentes de su equipo estaban interrogando a los trabajadores del lugar. El equipo forense había establecido un pequeño laboratorio de campaña para agilizar los análisis de las muestras. El brazo era uno de los restos que estaba en mejor estado, a pesar del bocado del perro, se mantenía entero.
Lucas ya estaba en el lugar donde se encontraron los restos, observaba con atención. Hizo un recorrido con la mirada e imaginó como había ocurrido la escena. Comenzó a oír sus fuertes latidos, notaba una ligera presión en la sien. Su mirada se volvió inocua, en ese momento vio a una mujer dentro del coche, mal herida. Apenas se mueve. El coche permanece colgado de una grúa pluma, el coche se tambalea. Lucas avanza varios pasos y se sitúa cerca de la trituradora, en estos momentos está parada, pero él la ve funcionando en su cabeza. La grúa avanza varios metros y suelta el vehículo a las fauces metálicas que ahogan los gritos de la mujer, con sus horribles chirridos.
– ¿Qué te parece Lucas? – le mira atentamente.
– Los restos son de Lucía, sin lugar a dudas.
– ¿Cómo has determinado eso? Las pruebas no están analizadas.
– Creo que aquí está jugando mucha gente al mismo juego. Tengo una corazonada.
– Cuéntamelo…, no seas tímido. – le propone Valeria con una impaciente sonrisa.
– Está bien, ven conmigo. -Se acercan a uno de los coches del equipo y la invita a entrar.
– Creo que hay dos asesinos implicados, completamente opuestos en sus perfiles. El problema de esto, es como vincularlos. No estoy seguro, pero creo que por alguna razón la organización quiere un determinado perfil de sus víctimas, pero alguien se adelanta y somete primero a la víctima a una serie de juegos. Si es adecuada para el implante, continúan con el método, cómo fue el caso de Olivia, Jessica. – Valeria le mira a los ojos y comienza a sopesar la información que acaba de darle Lucas.
– Quieres decir que el primer filtro lo hace un individuo, que a su vez interpreta las ordenes de sus superiores, como le da la gana. Hablo del caso de Patricia, esa mujer fue violada antes y después de su muerte. Las torturas más horribles y dolorosas se las hicieron en vida, le arrancaban trozos de piel, de todo su cuerpo en especial sus tatuajes y le quemaron la cara con ácido.
– A ese punto quiero llegar, en el sótano de Jessica, encontramos miles de tarros repletos de restos humanos. Entre todos, uno de ellos me llamo la atención. Un tarro que contenía piel tatuada de la parte de una axila. El tatuaje es de un dragón chino. – se produjo un incómodo silencio. – Valeria abre la consola del vehículo, teclea su código de seguridad.
– Ya sé, hacía donde me quieres llevar…, Lucía tenía un tatuaje en su axila. ¿Verdad?
La consola se abrió dando paso a un vídeo sadomasoquista que Lucía grababa en sus misteriosas citas. En una de las imágenes donde ella permanecía atada al cabecero de la cama, se ve con claridad el perfil de un dragón chino, tatuado en su axila.
– Entonces podemos determinar que el asesino de Patricia es el mismo que el de Lucía. En el caso de que sea ella, la que está en el amasijo metálico.

– Pero Lucas, hay varias cosas que no terminan por cuadrarme. – Valeria dirige la mirada hacia la consola.
– ¿Por qué de todas las chicas que les gusta ese rollo, eligieron a Sandra y a Lucía?
– Esa es la gran pregunta Valeria, todos los indicios se pierden en el Pub Nube. Es la pieza principal del rompecabezas. Por eso quiero que este fin de semana te hagas pasar por una necesitada del sexo Sado. El primer paso es preparar tu trayectoria en las redes y tus gustos por los perfiles de citas. Además de establecer contacto con otras chicas en la nueva aplicación de Whatsapp. – Valeria le mira con cara traviesa. Una expresión que Lucas conocía de sobra.

Tres horas después de recorrer y recoger pruebas en el desguace, Valeria va al estudio de un viejo amigo. Un investigador experto en fotografía y redes que siempre está disponible para Valeria. El propósito de la atractiva Agente es que su querido amigo pose con ella en la cama, rollo Sado y suba las fotos comprometidas a un perfil creado para ese propósito.
El equipo de fotografía y vídeo está preparado, el loft donde vive y trabaja es el escenario morboso de aquel álbum fotográfico.
– Valeria, ¿estás preparada?
– Sí. – coge aire y enmaraña con los dedos su cabello.

Una cama redonda vestida con una manta de pelo blanco, brilla con los focos. Valeria lleva una máscara de gata sobre su cara, solo se le ven sus carnosos labios pintados de rojo y el brillo de su mirada. Sus pechos están al descubierto, en sus pezones cuelgan dos grandes aros adornados con varias tiras de cuero, por debajo de su pecho se ajusta un corsé color vino. A partir de ahí solo se cubre por unas medias hasta el muslo, sujetas con un liguero de encaje. Se tumba y entre sus piernas, coloca de forma sensual una fusta de piel de camello.
Ahora toca la sesión de fotos con su querido amigo. El joven, tiene la cabeza cubierta por un buzo con cremallera plateada. Solo se le pueden ver los ojos, la nariz y la boca permanecen ocultos. Está completamente desnudo, solo tiene un pequeño taparrabos. Lleva un collar de perro en el cuello y ella tira de el con fuerza, agitando en el aire la fusta, le golpea los glúteos y le somete. Cuando ya ha controlado al sumiso, orina sobre su espalda. Ella le ordena que se masturbe y acabe dentro de su vagina.

Valeria se acaba de duchar, aquella sesión de fotos la ha agotado. Menos mal que había contratado a unos dobles para hacer los vídeos, la sesión de posado la ha realizado ella y su amigo, pero el vídeo porno Sado, no era posible…, aunque ella pensaba que…, si hubiera sido Lucas, no se hubiera negado.
– Valeria, ya tienes preparado tu perfil con las fotos y los vídeos porno. Ven a verlo. – Valeria se acerca mientras coloca su arma en la funda y abrocha la cremallera de su cazadora.
– Tiene muy buena pinta, ¿verdad? – alborota el pelo a su viejo amigo que permanece sentado delante del ordenador.
– Está perfecto, espero que en pocas horas reciba notificaciones de amistad en las redes. Mándame una copia de todos los mensajes a mi servidor.
– Cada vez que miro tus fotos, me doy cuenta de que eres una autentica pantera. Devora hombres. Ya sabes que conmigo estas a salvo, gatita.
– Ya lo sé, mi querido amigo. Tus gustos tienen menos curvas.
– No seas malvada, curvas tienen en la entrepierna. Ja, ja, ja. – una risa contagiosa hizo desaparecer la tensión de la sesión de fotos.

Olivia abre los ojos, está algo mareada. Ya no está monitorizada, así que nada le impide moverse de la cama. Solo conserva en su mano una pequeña vía. Tiene los labios secos y la garganta le abrasa. Se sienta en el borde de la cama. En su mesilla hay un vaso vacío. Lo coge y se lo acerca a la nariz. Distingue el olor del zumo de mandarina. Gira lentamente la cabeza hacía un lado y hacía el otro. Decide levantarse lentamente, pone los pies desnudos sobre el frio suelo y le produce alivio. Mueve los pies arrastrándolos, no tiene suficiente control de su cuerpo como para levantar la pierna y dar pasos. Abre la puerta del baño y la cierra a su espalda. Coge aire y entorna los ojos. No quiere asustarse de lo que la imagen del espejo le va a mostrar. Tiene miedo de no ser ella misma. Ha sufrido mucho. Recuerda todo perfectamente. El secuestro, la operación, el abuso frecuente de Martín en su casa. El control que ejercía sobre ella cuando estaba drogada. Le odiaba con todas sus fuerzas y quería verle muerto. A él y a los psicópatas que experimentaban con mujeres con antecedentes familiares de cáncer cerebral. La puja y toda aquella pantomima era una tapadera para todo aquello.
Su mirada está perdida, las lágrimas empiezan a viajar sin control por sus mejillas. Se acuerda de aquella manera. Su imagen no ha sufrido cambio. Solo se ven los pequeños orificios donde hace unos días tenía los pendientes. El alivio inunda de nuevo sus ojos que riegan incansables sus mejillas. Está viva y sabe que corre peligro. Tiene que establecer un plan, sabe en quien confiar, solo en una persona. Una persona que le habló dulcemente en la ambulancia cámino del hospital.

Valeria está preparada, sale de su casa. Abre las puertas del coche con el mando, se sienta al volante, suspira y conecta la radio. Intenta parecer tranquila, así que para tranquilizarse enciende un cigarrillo. Desde el día que realizó la sesión de fotos e instaló la nueva aplicación de Whatsapp ha recibido más de mil notificaciones de amistad. Su equipo está analizando cada perfil que se ha añadido en su teléfono y en las redes. El depredador está entre ellos y tienen que desenmascararle.
El recorrido hasta el Pub Nube transcurre sin ningún incidente, antes de aparcar y salir del coche conecta los dispositivos de vídeo en el vehículo, al igual que los que tiene adheridos a su cuerpo. Ya está preparada. Según se va acercando al recinto se oye más nítida la música.
– Estoy preparada. Voy a entrar. Necesito confirmación de dentro.
– Adelante Valeria, tenemos a nuestro camarero en posición. Buena caza.

Valeria atravesó la oscura y gran puerta. La luz blanca intermitente le hacía pestañear. Su vista y sus oídos se fueron acostumbrando paulatinamente a los ruidos que se mezclaban azotando su cabeza. Su cuerpo retumbaba a golpe de estridentes acordes de guitarra eléctrica. La música estaba demasiado alta. Un hombre fornido se acercó pidiéndole que acercara su móvil al lector. Después de que la luz verde del lector se apago le entregó el teléfono. El enorme y seductor hombre acercó sus labios al oído de Valeria.
– ¿Es tu primera noche?, gatita. – le dijo con voz cazallera. – Valeria asintió tímidamente.
– ¿Ves aquella puerta?, es otra sala, allí estarás como en tu casa. – le dijo manteniendo el perfil de su barbilla entre sus dedos.

Sin más preámbulos Valeria dirigió su extraordinario cuerpo, hacia la puerta que le había indicado el fortachón.

Capítulo V

– ¿Qué tenemos aquí? – pregunta con tono lacónico a uno de los analistas. – tenía barba de varios días, el pelo enmarañado. Los ojos muy abiertos y pequeñas venas rojas que destacaban en el globo ocular. El exceso de café y las pocas horas de sueño marcaban el cansancio en su rostro.
– Es el metraje de vídeo en la oficina de Jack, dos días antes de su asesinato. – el analista pasaba las imágenes a cámara lenta, para que Lucas apreciara mejor la imagen.
– Para ahí, ese tipo con capucha…, ¿Quién es?
– No tengo ni idea, pero podemos comprobarlo en la base de datos. El programa analizará su estructura ósea y calculará el peso. Sacará varios perfiles, si ese tipo está fichado o aparece en cualquier metraje de la ciudad, daremos con él.
– Buen trabajo. Quiero ver las imágenes desde que Jack aparca su coche en la plaza de aparcamiento. – El analista deja su asiento a Lucas y va a buscar una taza de café.
Lucas miraba la pantalla, sabía que cualquier detalle podría ser de gran ayuda. Tenía su móvil cerca del ordenador, de vez en cuando miraba, por si había alguna novedad sobre la infiltrada, Valeria. Paró la reproducción en el mismo momento que Jack dirige la mirada al ventanal. Un sombrío reflejo hizo que Lucas, ampliara esa zona de la imagen. Un hombre delgado y alto con una capucha puesta se reflejaba en el cristal de la ventana. Sus facciones le parecían familiares. Mandó la fotografía a analizar y siguió con el metraje de la cinta.

Olivia se ha vuelto a tumbar, la enfermera le había pelado una pieza de fruta. Un aviso en la megafonía le hizo abandonar la habitación. Olivia miró la puerta por el rabillo del ojo y con una de sus manos cogió el cuchillo que la enfermera había depositado encima de la mesilla. Le escondió debajo de la almohada, se incorporó y comenzó a comerse la fruta.
La oscura cortina que separaba la estancia con el pasillo cubría parcialmente la ventana, dejaba una franja descubierta, así, Olivia podía ver con claridad quién iba a entrar en su habitación. El cuarto de baño quedaba al otro lado de la cama, oculto si se miraba desde el exterior. Cuando terminó de comer la fruta. Decidió coger el cuchillo y dirigió su encorvada figura hacía el baño. Fue entonces cuando oyó hablar a Martín, también reconoció la voz del escolta. Aguzo el oído para seguir la conversación.

– ¿Está despierta? – preguntó Martín a su compañero.
– Acaba de salir la enfermera, creo que la estaban preparando para merendar.
– ¿Se puede mover? – el escolta le miró detenidamente, le extraño el tono de la pregunta.
– Pues no, por eso le pelan la fruta. – transcurre solo unos segundos.
– Bueno, hoy no hace falta que entres conmigo. Solo voy a comprobar que está bien. No voy a hacerle preguntas.
Martín entra con la mano en el bolsillo, su idea es bloquear su sistema nervioso a través del neutralizador de corriente, un dispositivo que reduce las descargas eléctricas en el cerebro y ocasiona el coma o la muerte. No quiere que Olivia le recuerde.
Olivia está forzando la puerta de emergencia que disponen todos los baños para abrirse por el pasillo. Manipula la cerradura con la ayuda del cuchillo y una vieja horquilla oxidada que había en el estante del baño. Intenta no hacer mucho ruido.
– Espere un momento agente, el jefe de enfermeras quiere hablar con usted. – escucha atentamente a la enfermera que está situada detrás de él, mientras mantiene la puerta entornada para entrar.
– Si, cómo no. Voy ahora mismo. – el escolta vio el mohín de su rostro y arqueó las cejas.

Fue el momento perfecto para que Olivia pudiera escapar de allí. Se metió en una de las salas de enfermería. Abrió una taquilla y cogió un pantalón, una camiseta y un pase del parquin subterráneo del hospital. Bajo por las escaleras hasta el aparcamiento, subió la rampa hacía la calle. A pocos metros había un quiosco de prensa, en uno de los lados una máquina expendedora de móviles de tarjeta. Comprobó los bolsillos del pantalón por si la dueña de aquella prenda no usaba monedero. Tuvo suerte, tenía dinero suficiente para comprar un móvil y algo para comer.
Caminó media hora para alejarse del hospital, giro a la derecha y entró a un callejón sin salida. Se situó en medio de la calle, divisó un cartel de color dorado con letras desiguales donde se podía leer “Cafetería”. Estaba situada en el sótano del edificio, según se aproximaba pudo ver el ventanal por donde se veía el interior. Había varias personas sentadas en los taburetes de la barra, tomando café y leyendo el periódico. Decidió bajar los cuatro escalones que le separaba de la calle y entrar. Necesitaba comer algo, estaba mareada y extenuada.

El fuerte olor a café inundaba las paredes de aquel local decorado como los 80, el ruido del molinillo ahogaba la voz de la periodista que hablaba por televisión. Olivia se sentó en un cómodo sillón color oscuro, frente al televisor. No podía oír nada, pero seguía atentamente las imágenes. La fotografía de una mujer joven, rubia y ojos claros, llamó su atención. Nadie prestaba atención a la caja tonta. Los titulares se referían a otro secuestro.
Lucas está con la cabeza entre los brazos, ha estado revisando el metraje más de cuatro horas seguidas, sus hombros no sujetaban su cabeza y se ha derrumbado sobre el escritorio. La luz de la lámpara calienta su cogote, pero está profundamente dormido y no nota el calor. Su móvil empieza a vibrar, la aplicación de seguimiento le avisa, que el dispositivo de Valeria se aleja del pub.

Martín regresa del despacho del jefe de enfermeras y entra a la habitación de Olivia, ha transcurrido una hora desde que intentó entrar la primera vez. La habitación estaba a oscuras, desde la puerta solo se veía un extraño haz de luz que entraba por el ventanal. La silueta de Olivia estaba oculta por la manta. Martín se acercó más y comprobó que allí no había nadie. Observó la habitación, su ropa seguía estando en el armario, encendió la luz del baño y se dio cuenta enseguida por donde se había escapado. Regresó al lado de la cama y puso la almohada simulando el cuerpo de la joven. Salió y cerró despacio la habitación.
– Martín, ¿cómo está la enferma? – le preguntó el escolta.
– Está dormida profundamente. – le respondió pensativo.

¿Dónde está Valeria?

Valeria abrió la segunda puerta que aislaba el sonido de la zona de baile del Pub Nube. Andaba con naturalidad, no sabía muy bien donde estaba situado su equipo de apoyo dentro del local. Así que cogió aire y entro contoneándose en la otra sala. Era bastante espaciosa, pero estaba llena de humo de cigarrillo, le picaban los ojos. Inspeccionó el terreno con la mirada y dirigió su equipo de grabación panorámica. Observó que toda la gente que se reunía en torno a pequeñas mesas la miraban atentamente. Embozó una amplia sonrisa y alguien en el fondo de la sala le indicó que se acercara a tomar asiento. Era un hombre delgado, con mandíbula ancha y ojos pequeños.

– ¿Es tu primera vez? – su voz plúmbea le hizo estremecer.
– Sí. – bajó los ojos como muestra de timidez. – el hombre hizo un gesto con la cabeza para que uno de los camareros se acercara.
– ¿Qué vas a tomar? – le mira a los ojos de forma lasciva.
– Eierlikör, por favor. – le mira sorprendido.
– Magnífico póngame otro para mí. Hacía mucho que nadie pedía ese licor. Si me permite preguntarle señorita.
– ¿De dónde es usted? – sus ojos leoninos miraban sin reparos.
– Creo que eso ahora no importa, ¿no cree? – Valeria se mete en su papel; abre un poco los labios y saca la punta de la lengua. Coge su copa y lame el borde de forma sensual.
– Uff, bastante sugerente, querida.

Después de tres horas bebiendo y bailando, era hora de comunicarse con el equipo. Coge su bolso de mano, pero antes de despegar su culo del asiento coloca un micro debajo de la mesa. Sabe que en pocos minutos comenzará la puja. Se disculpa y va hacía el baño. Allí logra ver a Martín al final del pasillo, habla con alguien que no para de mover los brazos.
Le manda un mensaje codificado a Lucas. Espera varios minutos hasta que la respuesta aparece en la pantalla. Consulta los usuarios que han seleccionado en la central como posibles sospechosos, pasa las imágenes una a una.
– ¡Bingo! – aparece ante sus ojos el mismo individuo de la mesa. – teclea lo más deprisa que puede;
– ¿Quién es? – espera impaciente.
– Sin identificar, pero se han encontrado imágenes que le sitúan en varios puntos cercanos a las desapariciones.
– Ten cuidado Valeria.

Estaba claro que aquel hombre de edad incalculable era el mentor de las pujas. Su forma de comportarse le hacía sospechoso.
El tono de mensaje del Whatsapp en el móvil de Valeria comienza a sonar. Ha comenzado la puja. Sale del baño y el entorno de la sala ha cambiado. La gente permanece en pie. El camarero ha repartido las máscaras. Se acerca a ella y le entrega la suya, asiente con la cabeza y se desplaza hasta la zona central.
Los mensajes no paran de sonar. Hombres y mujeres quieren pujar por estar una noche con ella, mira atentamente los perfiles y encuentra la mejor puja. En la pantalla aparece su compañero de mesa y uno de los suyos. Acepta a los dos. En ese momento termina la puja, se apagan todas las luces. Valeria nota un aliento cálido detrás de su nuca. Alguien la empieza a apretar con fuerza los glúteos. Se gira lentamente y le tranquiliza saber que se trata de uno de sus agentes.
El hombre misterioso de la mesa la coge por el brazo y la lleva a un reservado, seguidos por el policía.
Martín los ve entrar, mira extrañado al hombre corpulento que parece seguir a la pareja. Antes de que pudiera entrar en el reservado, Martín levanta su mano y golpea la nuca del policía hasta dejarlo inconsciente. Después de hacerse cargo del cuerpo, decide pasar un buen rato y se camufla discretamente dentro de la habitación, su objetivo es observar y por qué no, si la rubia no cumplía los requisitos se la llevaría a casa.

Olivia se acerca a la barra, necesita oír la noticia y pide que, por favor, dejen de moler café. Le ofrecen el mando a distancia y sube el volumen. Las personas que estaban adormiladas, disfrutando del café matinal, se muestran algo alarmados con la noticia.
– Todavía no tenemos los datos contrastados, pero se desconoce el paradero de esta joven fotógrafa que anoche fue vista por última vez a las puertas del conocido Pub Nube.
La noticia decía que acudió a una quedada de jóvenes solteras, a un Pub donde se rumorea que se realizan prácticas sexuales muy subidas de tono. Según las investigaciones de varios periodistas, se sospecha que fue el punto de encuentro de las otras desaparecidas.

Martín quería ganar tiempo, tenía que comunicárselo a su jefe. Así que fue a la planta número doce de comisaria y entró sin llamar.
– Olivia se ha escapado. – un hombre de mediana edad atendía una llamada telefónica. Le miraba con cierta desconfianza mientras tapaba con una de sus manos el auricular del teléfono.
– ¡Te quieres callar! – Replicó con tono brusco. En segundos colgó el teléfono.
– Quiero que la encuentres, ella es la clave. Entiendes. Creo que es el único sujeto que ha superado con creces todas las pruebas.
– El alcalde me pide resultados y ella es la prueba. Si me fallas sufrirás las consecuencias.
– Señor, ¿qué dice Jack sobre la inversión?
– Tu no necesitas saber nada más, solo quiero que lleves a la chica a la fábrica.
– Me dejas jugar con ella un poco…
– El doctor no quiere que la toques. ¿Me has entendido?
El analista se levanta, golpea fuertemente la jamba de la puerta y despierta a Lucas.
– Lucas, tenemos algo. – Lucas hace estiramientos musculares antes de levantarse de la silla.
– Hemos podido conectar nuestros servidores a las cámaras de comisaría. Sabes que después de un año las imágenes grabadas se borran. Pues bien, mira quien hace visitas fuera de su área. – Lucas se frota los ojos, parpadea varias veces y mira la pantalla.
– ¡Será cabrón! ósea que el comisario forma parte de esta mierda. – me llevó varias semanas colocar los micrófonos y las cámaras extras, pero ya obtengo resultados.
– Tengo también varias llamadas a un número oculto. No las he podido rastrear, necesito saber qué compañía tiene el repetidor más cercano y con la ayuda de nuestro amigo el juez, seguramente pueda localizar las llamadas.

Olivia sabe que su edificio está vigilado. Así que atraviesa la ciudad hasta el barrio chino. Necesita llegar al gimnasio, allí tiene ropa limpia y algunas cosas que le vendrán de maravilla. Sabe que a esa hora los monitores están ocupados, así que baja las escaleras hacía los vestuarios. La tenue luz la aturde un poco, recuerda cuando le implantaron el dispositivo en la cabeza, su traslado a casa, la visita de Martín. Todavía recuerda el olor de su apestoso aliento mientras la violaba. Tenía que asegurar cada paso que daba, no podía permitir que nadie volviera a hacerla daño.
Se sentó en uno de los bancos, colocó la tarjeta SIM en el teléfono. Apalancó la puerta de la taquilla y con un ruido metálico se abrió sin dificultad. Se cambió de ropa, metió en su pantalón un pequeño monedero repleto de monedas que guardaba para la máquinas expendedoras. Antes de salir se coló en la recepción, la hermana de la señora Lin dormitaba frente al televisor. En el mismo cenicero, las mismas llaves. A su lado una tarjeta de visita. “Lucas…, agente de policía”. Ahora sabía con certeza el nombre de quien podía confiar. El misterioso policía que le hablaba por la emisora mientras la trasladaba en ambulancia.

Capítulo VI

Valeria entra en la habitación, deposita el bolso de mano sobre una anticuada cómoda de color rojizo, en su base de madera maciza se puede distinguir marcas circulares ocasionadas por vasos de bebida fría. Cerca de donde colocó su bolso había un cenicero repleto de colillas. Tras una raída cortina, la luz de una lámpara de mesa alumbra una curiosa camilla. Valeria la observa mientras el anfitrión de la fiesta comenzaba a quitarse la ropa.
No muy lejos de donde estaba, una estantería repleta de cajas de condones y otros artilugios para el sexo. Tenía el cuerpo tenso, se dirigió hacía el anfitrión, le agarró fuertemente del pelo de la nuca e hizo que se tumbara en la camilla.
Era la única manera de tomar el mando, Valeria pensaba que aquel tipo enjuto, de cara sonriente y mirada obscena no se negaría a ser sumiso. La exuberante rubia, comenzó a morder con fuerza los pezones, ató sus brazos y pies y comenzó a gemir sin control. Valeria le pegaba con la fusta, se quitó la ropa; se encaramó sobre él y mordió fuertemente su cuello, su mandíbula. Ella creía que detrás de la cortina, uno de sus compañeros esperaba entrar en escena, pero estaba equivocada. Desde las sombras la figura imperfecta de Martín se tocaba hábilmente su miembro, casi sin aliento llegó al orgasmo entre grandes sacudidas que le hicieron agarrarse de la cortina y caer sobre Valeria. Aquella situación que no fue preparada, arruinó la noche del anfitrión. Valeria intentó incorporarse, pero la pesada figura la mantenía sobre el cuerpo del sumiso sin poder moverse. Martín sonreía, le resultaba cómica aquella situación. Estaba tan cerca de su nuca que mantuvo los ojos cerrados y comenzó a inspirar el aroma de su piel, de su cabello. Su miembro comenzaba a responder de nuevo, agarró el cabello de Valeria, tiró de el con fuerza e intentó penetrarla. Ella giró su cuerpo de forma asombrosa, cambió su postura, ahora la cara de Martín estaba frente la suya. El anfitrión estaba mucho más excitado que al principio, comenzó a gemir y eyaculó sobre los glúteos de Valeria que no paraba de moverse; intentaba que Martín no la inmovilizara. Con todas sus fuerzas, empujó al policía, por suerte cayó de la camilla. Fue el momento perfecto para que Valeria que miraba a ambos lados, intentara localizar a su compañero. De forma instintiva se llevó la mano detrás de la oreja y presionó el dispositivo de rastreo. Era la única forma de avisar al otro camarero que esperaba en el local. Martín cogió la lámpara y en un descuido de la joven después del forcejeó, le propinó tal golpe que cayó sobre la estantería.

– Ahora eres solo para mí, preciosidad. – estaba tan excitado que no quiso perder más tiempo. La colocó bocabajo y la penetró con furia.
– Martín, desátame, quiero participar. Déjame que me la folle. Por favor. – sus palabras eran como quejidos.
– Te quieres callar. – le dijo jadeando.

Cuando volvió a eyacular dentro de Valeria, arrancó como pudo la mugrienta cortina y envolvió su cuerpo con la intención de llevársela.
El camarero cruza la sala, alcanza el pasillo. Coge su arma que tiene camuflada en una caja de botellines de cerveza. Abre una de las puertas y ve a su compañero tendido en el suelo, tiene un fuerte golpe en la cara y ha perdido el conocimiento, se aproxima para comprobar si tiene pulso.
– Ahora vengo a por ti, compañero. Valeria me necesita. – empuñando su arma, caminó por el pasillo hasta encontrar una puerta entornada. La puerta de emergencia también estaba abierta.
Con el arma en las manos, mira de forma rápida por el perfil de la puerta, desde allí veía una figura sobre la camilla, parecía dormida o muerta. Volvió a asomarse, para intentar ver mejor el interior. La lámpara seguía balanceándose en el suelo, su haz de luz mostraba de forma inequívoca el desorden típico de un forcejeo. Decide entrar, mirando a ambos lados, con la respiración entrecortada y sujetando firmemente la pistola. Avanza hacia el cuerpo y ve que tiene golpes sobre el rostro, le toma el pulso y comprueba que su corazón sigue latiendo. Se agacha y examina la ropa que hay por el suelo. Valeria no está.
Cuando sale de la habitación, se da cuenta de que el bolso de Valeria sigue sobre la cómoda, lo coge y sale del recinto cagando leches.

En el centro de investigación, los analistas contrastan identidades, los metrajes han sido inspeccionados por varios del equipo. El individuo que entra en el edificio donde Jack tiene su oficina, se le ha visto entrar en el Pub Nube esa misma noche. El dispositivo de seguimiento está activado. Aunque dentro de la base de datos se le denomina Ghost su imagen se recoge en varios sitios de la ciudad.

– Lucas, tenemos algo. – el analista llamó su atención con la imagen del individuo entrando en el Pub cuatro horas antes de que Valeria entrara en la puja.
– ¿Ha venido a pie? o en automóvil.
– En una ambulancia. – el analista mira la cara sorprendida de Lucas y asiente con la cabeza.
– Necesito imagen de la ambulancia, el número de la matrícula. – realizan una captura de pantalla y proyectan la imagen en la pantalla central.
– Lucas, seguramente sea una matrícula robada.
– Ya lo sé, cuento con ello, pero algo tenemos que buscar. ¿no?

Otro de los analistas le informa de que el coche de Valeria está entrando en el garaje. Lucas se teme lo peor. Ve salir a dos de los hombres infiltrados en el Pub, pero ninguna señal de Valeria.
– Lucas, se la han llevado. Creemos que ha sido Martín.

Lucas está furioso, golpea fuertemente la mesa del analista, levanta los brazos y los mantiene sobre la cabeza. Da una vuelta sobre sí mismo, fija la mirada en la pantalla.
– Toma el bolso de Valeria, seguro que la cámara oculta, nos muestra pistas sobre su captor. He cerrado el Pub y he mandado nuestro equipo forense.
– ¡Bien hecho!, a ver lo que tenemos en la cámara del bolso.

La imagen se ve con nitidez; todas las escenas desde que Valeria entra en el antro. Reconocen al fantasma, es el mismo individuo que aparece en la oficina de Jack. Sin lugar a dudas se trata de la misma persona. Después de un rato la imagen se distorsiona, se pierde parcialmente. Alguien en algún lugar cercano está utilizando un inhibidor de señal. Por eso el móvil de Valeria no recibió los últimos mensajes de Whatsapp.
El vídeo da un pequeño salto, ahora se aprecia como el fantasma se desnuda en la habitación de la camilla. Apenas se oye lo que hablan. Valeria está metida completamente en su papel. Lucas está algo disgustado. Ella tenía que haber evitado de alguna manera aquel encuentro. No podía soportar verla en aquella situación…, tan vulnerable. En pocos minutos alguien bloquea la imagen con su silueta. Se coloca delante de la cámara y solo se pueden oír los gemidos.

Los analistas están estupefactos, observan a Lucas por el rabillo del ojo. Se sienten angustiados, saben que la unión de Lucas y aquella mujer superaba lo terrenal.
Lucas intenta calmarse, no quita la mirada de la pantalla, en menos de dos minutos, la cámara vuelve a enfocar. La luz aparece por la habitación, aportando más pistas a aquellas imágenes.
Identifican a la sombra que se desploma sobre la mujer.
– Es Martín, será hijo de puta. –Lucas enmudece, ve como golpea a Valeria y cae al suelo. Lo siguiente no lo puede soportar y se separa del equipo, frustrado y con muy mal humor.

Intenta ser práctico y ordenar sus sentimientos. No quiere dejar de pensar como un policía. Cualquier despiste puede influir en el caso y lo que no quiere es otra muerte bajo su responsabilidad.
Entra en el baño y se observa en el espejo, calibra cada surco de su rostro en busca de respuestas. Nunca se había atrevido a pedir a Valeria que vivieran juntos. Les parecía que su relación iba a ser efímera y a la vez destructiva, pero no fue así. Todo se fue al garete cuando Valeria decidió irse a su país.
– Lucas, tenemos un registro de la matrícula de la ambulancia, al parecer pertenecía a un coche robado. Al contrastarlo con los datos de tráfico, era un coche que antes de ser robado lo dieron de baja. Acabo de hablar con los antiguos dueños. Estaba esperando que una grúa viniera a por él.
– ¿Y? – escuchaba expectante.
– Según los registros, una grúa del desguacé sur, llevó el vehículo a su recinto. Con la intención de procesarlo.
– El coche es el que trituraron con los restos de Lucía. – Lucas estaba perplejo.
– Necesito que realices un seguimiento al dueño del coche. ¿Cuándo? ¿cómo y por qué? quiso dar de baja el vehículo. Su nombre y el nombre de familiares y amigos, lo quiero saber todo sobre él.
Valeria comienza a despertar, está en posición fetal. Abre los ojos, pero solo aprecia oscuridad. Coge aire por la nariz e intenta identificar los olores. Le duele la cabeza, apenas puede mover las manos. Tiene el cuerpo enroscado en una manta o sábana. Se mueve para poder sacar las manos de esa vaina que la oprime el cuerpo. Lentamente consigue sacar un brazo por encima de la tela que le cubre la cabeza. Palpa despacio, es una superficie fría, parece metálica. Intenta recordar lo que ha pasado. Oye ruido de máquinas no muy lejanas. Se da cuenta de que está dentro del maletero de un coche, pero no es el suyo.
Lucas entra en el Pub Nube, saluda a uno de sus agentes que vigila la entrada. Los analistas abren sus equipos y enchufan los ordenadores encontrados en la trastienda. En una de las mesas un tipo delgado enciende un cigarrillo. Está cubierto por una manta, al parecer tiene el cuerpo desnudo. Lucas se acerca a él y sin mediar palabra le sacude un puñetazo en la boca del estómago. El individuo se arquea dejando caer la manta al suelo. Intenta proteger sus partes íntimas con los puños, pero es demasiado lento. No puede evitar el rodillazo. Le falta el aire y cae al suelo de rodillas. Lucas le coge del pelo y hace que se levante. Recoge la manta y se la tira a la cara.

– Siéntate. – le dice Lucas en tono lacónico.
– Dime tu nombre.
– No tengo nombre. Soy un fantasma. No encontraras ningún dato sobre mí. – se limpia la boca y sonríe.
– Si no quieres hablar ahora, me da igual. Hablarás más adelante. No tengo prisa. – miente Lucas.
– Llevarle donde le encontrasteis. Atarlo y dentro de un rato le haré una visita.

Lucas inspeccionó todas las habitaciones, su experiencia le hizo pensar en algún lugar donde preparaba a las mujeres antes de su traslado. Antes de dejarlas ir a casa. Ese momento hasta que salían de la puja, seguía siendo un misterio. Sabían que les inyectaban una solución, pero desconocían si aquel era el lugar donde la intervenían.
Entra en el almacén, algunas bombillas están fundidas, así, que decide encender la linterna del móvil. En una primera inspección no ve nada anormal. Cajas de galletas, bebida, detergente.
Una de las cajas está abierta. La inspecciona, le sorprende encontrar una caja más pequeña. A su lado documentación necesaria para la instalación. Abre la caja pequeña y ve un dispositivo con unas letras grabadas. Ahora lo recuerda, es el mismo artilugio que Olivia tiene implantado en su cabeza. Mira el exterior de la caja, todas supuestamente son de detergente. Las abre una a una y todas contienen lo mismo.
Alguien se acerca, le toca en el hombro.
– Lucas, hemos encontrado un servidor del grupo GHOST. Aunque parecía imposible había un host abierto desde uno de estos ordenadores. En ese momento desviaba datos al servidor.
– Cuanto tiempo tenéis, para localizar donde está.
– No sabría decirte. – le dice mientras se sienta a teclear en su equipo.
– He encontrado algo, necesito que investiguen sobre fábricas cercanas que distribuyan artículos de limpieza.

Después de pasar toda la noche dentro del Pub, Lucas seguía hiperactivo. No paraba de tomar café y de fumarse cigarrillos. Ofrece uno al agente que custodiaba la puerta. Estaba saboreando el humo entre los dientes, cuando su móvil comenzó a sonar.

– Lucas, Olivia se ha escapado del hospital.
– ¿Qué? – presionaba su otro oído para intentar oír con más claridad.

Caso cerrado

Olivia tiene claro donde ir, su padre tiene un taller de coches a dos calles de donde se encuentra. Hace mucho que no le visita y lo primero que hace después de atravesar el barrio chino, es llamarle;

– Papá, ¿cómo estás? – pone los ojos en blanco mientras espera que responda.
– Olivia, hija. Me tenías preocupado. He ido a visitarte al hospital y un agente me ha dicho que no puedes recibir visitas. ¿Has cambiado de teléfono?
– Escucha papá, necesito que escuches atentamente, de acuerdo. – después de unos segundos en silencio.
– ¿Qué pasa Olivia? ¿Te has metido en algún lío? – intenta controlar sus impulsos, coge aire y contesta.
– No precisamente un lío, pero necesito las llaves de tu taller. – su tono anodino, preocupa más al viejo.
– Olivia, tengo que sincerarme contigo, nunca pensé que te lo diría por teléfono, pero he sido un mal padre para ti. Quiero que me escuches…, sé que ahora no tienes tiempo de escuchar a un viejo que se muere. Necesito que sepas que siempre te he querido y que no he sabido tratarte como te mereces. Hija, tengo cáncer. – la joven escucha mientras se muerde el labio con rabia.
– No sé qué decir, lo siento…,
– Puedes recoger las llaves en el Bar Pustral. – terminó sus palabras de forma sibilante, casi sin fuerzas.
– Papá, tienes que comprender que mi vida corre peligro, necesito que no llames a la policía y no des datos sobre mí. De acuerdo. – espera impaciente la contestación.
– Lo sé hija, he visto las noticias. Confío en ti, prométeme que te cuidarás.
– Sí, papá, pero necesito que hagas una llamada al Bar Pustral, el viejo Pi Bull no tiene que saber que me llevo las llaves, entraré por la puerta de atrás y las cogeré. Solo espera a llamar unos quince minutos desde que corte la llamada. – antes de colgar…
– Ah, ¡Gracias, papá! Te quiero. – Se quedó mirando el auricular, algo disgustada por no saber que su padre padecía cáncer desde hace varios meses.

Martín sube las escaleras de dos en dos, sabe que Julian al que llaman el viejo Pi Bull un exboxeador de los años 60, vive en el tercer piso de unos apartamentos cedidos por el estado. Es el único pariente cercano que tiene Olivia, es una información muy valiosa. Sabía que tarde o temprano necesitaría la ayuda del viejo. Por eso después de dejar a Valeria en la fábrica dentro de su coche. Caminó hasta el centro y se camufló en la red de metro con la intención de sonsacar información a Pi bull. Golpeó fuertemente la puerta. Se oyó desde fuera el chirriante sonido de unos ruedines sobre el parqu. Julián, miró por la mirilla y reconoció al policía. Fue la misma persona que le impidió ver a su hija en el hospital. Abrió despacio.
– En que le puedo ayudar, Agente. – le miraba de soslayo.
– ¿Puedo pasar? Me gustaría hacerle unas preguntas. – su voz plúmbea se distorsionaba en los oídos del viejo.

– Pase, está en su casa. – sus movimientos eran lánguidos y desgarbados. Avanzaba hacía el sillón mientras arrastraba su máquina de oxígeno.
Sabe que su hija ya no está ingresada, verdad…

– Si, lo sé. También sé por qué ha venido. Y la verdad le diré que malgasta su tiempo viniendo a molestarme. Si piensa que le voy a decir alguna cosa que pueda perjudicar a Olivia, lo tiene claro. Míreme Martín, estoy hecho un asco. No sé si mañana podré abrir los ojos. El cáncer está devorando mis huesos, y la verdad es que estoy preparado para morir. – Se gira lentamente y sonríe al inexpresivo Martín que le mira rabioso.

– Bueno eso lo veremos, señor boxeador. Le traigo un regalito que nos mantendrá entretenidos unos minutos. – Martín no preguntó nada sobre Olivia, se abalanzó sobre el viejo, le quitó la mascarilla. Le redujo de un puñetazo; le hizo caer al sillón. Allí comenzó su juego. Arranco su nariz, vació la cuenca de sus ojos, le cortó la lengua y las orejas. – el viejo se dejó hacer, la sumisión fue la bendición que él necesitaba para morir. – antes de marcharse, lavó sus manos y buscó una caja para guardar sus trofeos. Encontró lo que estaba buscando, una caja metálica, colmada de fotografías. Las sacó para meter sus tesoros y le distrajo una foto en blanco y negro. Pit Bull vestido con un mono de mecánico trabajando en un garaje, junto a él su viejo amigo; el dueño del Bar Pustral.

Después de salir realizó una llamada. El comisario descuelga el teléfono. Tiene la mesa cubierta de los tabloides informativos. Arquea de forma exagera las cejas y presiona sus finos labios antes de hablar.
– ¿Qué coño quiere otra vez? – le pregunta de forma hosca y neutral.
– Creo que tengo algo. – necesito información de una propiedad del padre de Olivia, en los 60 fue un gimnasio clandestino, donde el gran Pi Bull, realizaba combates mañados.

Después de su lesión se asoció con el dueño del Bar Pustral y convirtieron el antro en un taller de coches. Necesito que averigüe, quien es el propietario y que firme una autorización para entrar en el recinto.

– ¡Estás loco! Sabes que estamos en una situación delicada, los de investigación interna me están vigilando. Creo que llevó un micrófono en mi puto culo, ¿sabes? Haz lo que tengas que hacer y por el amor de Dios, no me llames más. Yo me pondré en contacto contigo. – colgó justo antes de que un inspector de la secreta entrara por la puerta.

Olivia esperaba en la acera de enfrente, estaba situada detrás de una cabina telefónica, a través del cristal pudo ver al viejo cascarrabias limpiando la barra. Esperó varios minutos y decidió llamar de nuevo a su padre. Desde el primer momento que introdujo la moneda una mala sensación se apoderó de ella. Marcó el número y espero hasta que el teléfono dejó de emitir la señal de llamada. Colgó de mala gana, pensando lo peor. Cruzó la calle con la capucha puesta, no quería que el viejo la conociera a través del ventanal. Pasó al callejón asegurándose de que nadie la seguía. Fue en el último momento cuando giro medio cuerpo y vio que paraba un coche de policía en la puerta del local. Comenzó a correr hacía la puerta de atrás, entró a la galería, bajo varios peldaños y con alivio descubrió que las llaves estaban donde siempre. Fue entonces cuando decidió colarse por el pasadizo que comunicaba los locales y se perdió entre las sombras. Martín no consiguió una mierda de aquel viejo sordo, pero las fotos colgadas en la pared le desvelaron muchas cosas sobre el local donde posteriormente se dirigiría.

Valería consigue quitarse completamente la cortina de su cuerpo. Tiene que moverse e intentar escapar. Hábilmente despega de entre los dedos de sus pies un artilugio que se monta con facilidad, era un rudimentario punzón. Con paciencia pudo abrir la puerta del maletero y salir al exterior. Tiene el cuerpo entumecido y mucho frio, lo primero que se le ocurre es buscar algo para cubrirse. Ese es su primero objetivo. Mira alrededor y se da cuenta de que está en una fábrica. El olor a detergente le hace recordar las fábricas a las afueras de la ciudad. Como ha permanecido inconsciente en el traslado no ha podido calcular la distancia.

Se movió lo más rápido que pudo entre las cintas que recorrían aquel lado de fábrica. Se ocultaba tras los bidones de grasa animal. Necesitaba encontrar los vestuarios del personal. Giró hacia la derecha por un estrecho pasillo con escasa luz. Sin lugar a dudas Valeria sabía que iba directamente al taller de reparación. Descendió por un tramo de escaleras metálicas que le recordó las escaleras de un buque. La decoración industrial de las tuberías vistas y vigas de acero despejaban el suelo de máquinas. Fue entonces, cuando encontró un mono azul, colgado de la pared. No lo pensó mucho tiempo, tiró de él para descolgarlo y se lo puso, antes de hacerlo se llevó la prenda a la nariz.

– ¡Uff! – farfulló entre dientes. – se puso el mono y continuó andando.

Varios metros más adelante una puerta metálica que ocupa parcialmente la pared permanecía entornada. Allí al panorama es completamente distinto, – se camufla entre unos bidones y observa distraídamente. Había varias mujeres en una especie de cilindro, hombres con una máscara sobre la cara y con indumentaria medica; anotaban cosas en un cuaderno. Estaba bastante abstraída cuando notó el cañón de una pistola sobre la sien. Estaba ardiendo, habían disparado con ella hacía pocos minutos. Le abrasaba. Intentó moverse, pero su adversaria no dejaba de presionar la pistola sobre su cabeza.

Olivia llegó al taller de su padre, antes de nada, sacó la tarjeta que había cogido en el gimnasio y marcó el número de Lucas.

– Lucas al teléfono. – esperaba ensimismado.
– Lucas soy Olivia, no sé si tengo mucho tiempo, pero necesito que me ayudes. Martín me está siguiendo. Estoy en el antiguo gimnasio Neprom. Creo que pronto llegará. Sé dónde intervienen a las mujeres, cuando terminé aquí voy para allá. No recuerdo el nombre de la fábrica, pero sé que está muy cerca del desguace. Por favor, manda una patrulla… – la comunicación quedó en silencio.
– Olivia, ¿estás ahí? – Olivia arrojó el teléfono al inodoro, alguien había entrado en el recinto. Sabía que hacer, detrás de una taquilla su padre escondía dinero y armas. También las llaves de una vieja camioneta. Saltó por una de las ventanas traseras y se alejó corriendo por una de las calles colindantes.
El garaje estaba a oscuras, no quería dar la luz. Sabía perfectamente donde estaba aparcada la vieja chatarra. Antes de que diera un paso, las luces se encendieron; Martín estaba de pie junto al vehículo.

– Hola, gatita, eres una chica, mala, mala, mala. – Sacó una navaja de su bolsillo y vació el aire de los neumáticos delanteros.
– Sé, que estás en alguna parte. Déjate ver, para que vuelva admirar tu cuerpo. Venga Olivia no seas tímida…
Olivia salió de las sombras, levanto el arma y se acercó unos metros hacia donde se encontraba Martín.
– ¡Qué interesante! – sabes usar un arma. ¡Si señor! Eres el tipo de mujer que me gusta, peligrosa y extremadamente sensual, pero llegaste tarde al gimnasio. El arma no está cargada. Siento decirte que vacié el cargador, antes de que llegaras. Así que te recomiendo que lo dejes despacio sobre el coche de tu derecha y te arrodilles con las manos por encima de tu cabeza.
– Te crees que soy tonta, esta arma está cargada. Te lo voy a demostrar. – apuntó a la cabeza del policía, pero le resultaba demasiado fácil acabar con su vida de un disparo, así que decidió virar unos centímetros el cañón de su arma y disparar al pavimento de hormigón. El estruendoso ruido hizo que un pitido se alojara en sus oídos, el olor a pólvora envenenaba el ambiente, haciéndole más sórdido. – Martín fue rápido y se tiró sobre el capó de la furgoneta, rodó y salió corriendo para cubrirse entre los coches cercanos. Olivia estaba decidida a acabar con su vida.

Lucas se puso en marcha, las últimas coordenadas que emitió el teléfono fueron en el baño del taller. Los metrajes de la zona vieron como Olivia entraba por la puerta trasera y también a Martin varios minutos después. Le vio salir, pero Olivia no apareció en la imagen. Lucas pensaba que la había matado, pero después de registrar el perímetro, dedujo que había podido escapar. Las paredes que cubrían el despacho del taller estaban prácticamente forradas por viejas fotografías. El padre de Olivia cuando boxeaba, foto de familia…, pero le llamó la atención una fotografía sacada muy cerca de allí, Olivia y su padre posaban delante de una furgoneta en la puerta de los aparcamientos públicos. Sin mediar palabra, salió por la puerta y sus hombres le siguieron.

El garaje volvió a quedarse a oscuras, las carcajadas de Martín se oían por todos los sitios. Olivia mantenía los ojos muy abiertos, no quería ser cazada por aquel violador y asesino. Le temblaban las manos, el odio le recorría el cuerpo, quería vengarse de las vejaciones sufridas por aquel monstruo. Mantenía empuñando su arma, cuando las luces volvieron a encenderse. Se ocultó tras una de las columnas centrales y esperó a reconocer algún sonido. Aguza el oído y cierra los ojos. Solo se podía oír el repiqueteo del agua que caía por el sumidero. Su leve jadeo y el frio que le helaba la sangre. Alguien entró por la puerta, el ruido metálico al cerrase la hizo sujetar más fuerte el arma. Distinguió dos sombras desde su posición, luego entraron cuatro más. Vio cómo se movían alrededor del perímetro y decidió marcharse por las alcantarillas. Antes de que pudiera cerrar la tapa vio con claridad como Martín salió de su escondite.
– Lucas, menos mal que has venido. El asesino se ha escapado. Lo tenía acorralado. Pero un descuido…,
– Martín tira tu arma. Se te acusa de cinco violaciones y tres asesinatos. – hizo amago de tirar su arma al suelo, pero apuntó hacía Lucas, tubo los suficientes reflejos de esquivar la bala. Desde su posición Lucas apretó el gatillo y le disparó en la cabeza. Martín cayó desplomado sobre el cemento.

Lucas llamó a la ambulancia y pidió por radio un helicóptero, su propósito era llegar lo antes posible a la zona sur. No quería hacerlo en coche porque en hora punta, tardaría tres horas en llegar. Sabía que Olivia se dirigía hacia allí.

Valeria miró por el rabillo del ojo y distinguió la silueta de una joven que no pudo reconocer en su primera observación. Olivia seguía apuntándola con el arma. Ahora no la presionaba con el cañón en la sien. La laceración ocasionada por la quemadura le escocía mucho. Estaba oculta en un pequeño almacén. Olivia no sabía quién era la mujer que apuntaba, pero tenía claro que no trabajaba en la fábrica. Pudo mover la cabeza y le miró a los ojos.
– Olivia, te llamas así, verdad. Mi nombre es Valeria, soy Agente Especial. He llegado cómo tú llegaste la primera vez. Inconsciente, desnuda, en el maletero del coche de un policía corrupto. Llamado Martín. Necesito que dejes de apuntarme con esa arma. ¡De acuerdo! – Olivia la mira en silencio y después de unos minutos asiente con la cabeza. Le entrega el arma a Valeria.

Lucas recibe una llamada de su equipo de analistas, han descifrado el servidor del Pub Nube, allí, hay datos suficientes para implicar al comisario, a Martín y al alcalde entre otros muchos. Según los datos Jack está en algún lugar secreto. Lucas cree que forma parte de aquel enjambre corrupto, pero tendría que analizar todos los datos para asegurarse que es uno de los miembros de GHOST.
Sube al helicóptero y da instrucciones precisas para que a su orden y mediante las pruebas periciales que han enviado al Juez; arresten a los involucrados. Sobrevuela la ciudad rumbo al sur. Tiene una necesidad imperiosa de saber que habrá sido de Valeria…, tiene remordimientos por infiltrarla en aquel antro. Si le pasase algo…, no se lo perdonaría nunca.

El piloto le indica que hay cuatro fábricas en un perímetro cercano al desguace. Lucas intenta concentrarse, mientras sobrevuelan la zona. Intenta recordar si en las cajas de detergente halladas en la trastienda del Pub aparecía algún logotipo significativo que las distinga de otros fabricantes, pero aquellas cajas no estaban marcadas.
Le indica al piloto con un giro de su dedo índice en el aire, que vuelva a dar la vuelta. Tienen que encontrar una pista, que les haga pensar de que fábrica se trata. En pocos minutos y después de haber sobrevolado en círculo varios kilómetros. Ven una ambulancia, que se dirige a la zona de aparcamiento de una de las fábricas.
– ¡Bingo! – Lucas se comunica por radio con sus analistas. – tenemos alguna noticia que destacar.
– Si, el caso es que sí. Ayer por la noche desapareció una joven de 17 años, cuando volvía del instituto. La Policía Local nos ha informado que encontraron su móvil, entre unos arbustos a la salida de la A-3 dirección sur, les he pedido que me lo envíen, para analizarlo.
– ¿Y? – Lucas espera impaciente.
– Según la investigación de la Policía, ayer por la noche mandó un mensaje de Whatsapp a una amiga. Tenían una fiesta con varios adultos que se unieron a la nueva aplicación. Uno de los teléfonos del registro de contactos es de Martín y el otro es el de Jack. – estaba intentando asimilar lo que oía.
– Vale, en cuanto tengas más información no dudes en llamarme. – colgó antes de bajarse del helicóptero.

Valeria mantenía a Olivia detrás de ella mientras avanzaban, tenía que asegurase de que aquel era el sitio donde la empresa de tecnología implantaba los dispositivos en las mujeres. Olivia cogió una barra hierro y antes de que Valeria se diera cuenta le golpeó en la cabeza y le dejo inconsciente. Retiró el arma de sus manos y la arrastró para que nadie que pasara por allí la descubriera. Avanzó despacio hasta el umbral de la puerta metálica e inspeccionó de forma intermitente asomando la cabeza. El equipo médico en esos momentos no estaba. Así que le pareció el momento perfecto para intervenir. Se plantó a un lado de la sala, donde una capsula hermética mantenía con vida a una mujer más joven que ella. Le acababan de realizar la intervención, pero desgraciadamente no había superado la prueba. Estaba en estado vegetativo. La utilizarían para estudiar posibles secuelas. Arrastraba los pies al desplazarse. Quería ver cara a cara al miserable que la violó antes de operarla. Quería acabar con él. Una cristalera hasta el suelo, separaba aquella sala de un taller, donde se realizaban los ajustes del dispositivo en el cerebro. No había nadie por ningún sitio.
Valeria empezó a mover ligeramente la cabeza, el golpe le había ocasionado un agudo dolor en su lado izquierdo. Palpo con cuidado y se estremeció de dolor, intentó incorporarse, pero no tenía suficiente fuerza para aguantar su peso, así que decidió desplazarse reptando.

Lucas entra en la galería, detrás de él el piloto empuñando un arma. El olor a detergente cada vez era más pesado. Le picaba la garganta y los ojos. Descendieron varios pisos y vieron cómo la entrada de vehículos estaba abierta. La rampa estaba despejada, pero la ambulancia continuaba fuera. No había entrado. Se ocultaron y esperaron varios minutos. Alguien descendió por la rampa empujando una camilla, sobre ella había una joven que parecía dormida. Giraron a la izquierda y se metieron en el montacargas. Salieron de su escondite y bajaron por las escaleras al sótano, allí estaba el coche de Martín, con la puerta del maletero abierta y una raída cortina en el suelo. Se acercó a inspeccionar el vehículo. No había ni rastro de Valeria, no tardó mucho en deducir que habría hecho ella, así que se dirigió hacía la zona de taller.

A Valeria le pareció oír pasos, se agazapó detrás de un registro de agua. Vio dos siluetas que empuñaban un arma. Pasaron por su lado sin percatarse de que estaba allí. No descubrió que se trataba de Lucas hasta que no se aproximó a una zona iluminada. Entonces intentó ir tras él, pero no podía guardar el equilibrio si corría. Así que lo hizo lo más rápido que pudo. Lucas había cruzado la zona médica. El piloto comprobó en los monitores los cuerpos de las jóvenes metidas en las capsulas. Una de ellas estaba viva, permanecía con los ojos abierto. Al ver al hombre, le sonrió. Él golpeó la pantalla protectora y le habló.

– Pronto te sacaré de aquí. – le dijo mientras le guiñaba un ojo.

Olivia seguía adelante, oyó ruido en uno de los despachos, entró y se colocó detrás de un armario lleno de archivadores. Un joven de aspecto enjuto y de pelo engominado miraba distraído unos papeles. A Olivia le recordaba a alguien, pero no sabía bien que papel representaba en esta mierda. Le había visto en algún sitio, pero en esos momentos por más que intentaba recordar no lograba ubicar su cara.
Jack estaba destruyendo todos los documentos que le involucraban en el negocio tecnológico. Por eso había creado la empresa GHOST, para lucrarse de los beneficios que le ofrecía el alcalde y el comisario a cambio de que permaneciera con la boca cerrada. Él era una pieza clave en el rompecabezas. Su vida dinámica como Agente, el entendimiento de la economía y los procesos de comprar acciones, pero sobre todo de mover grandes sumas de dinero. Su socio no le iba a defraudar, el fantasma estaba en prisión. Jack solo tenía que parecer una víctima en vez de uno de los creadores de la empresa. El rechazo del gobierno para sacar al mercado un dispositivo que era efectivo un 30 % en la prevención de cáncer en el cerebro. Le hizo ver una oportunidad de oro. Con la ayuda del alcalde y el comisario tuvieron esa oportunidad, pero aquello no era posible. El 30 % no era real, después de más de cien intentos solo uno de ellos había salido con éxito, Olivia. Jack sabía que el tiempo se agotaba y tenía que desaparecer.

– Pon las manos por encima de tu cabeza. – le dice Olivia mientras le apunta con el arma.
– ¿Sabía que vendrías? – le dijo con media sonrisa.
– Ya…, ahora siéntate. – Olivia no percibe un ligero movimiento que hace Jack.
– Sube las manos hacia arriba.
– No te pongas nerviosa. – en ese momento aprieta el botón de un dispositivo y Olivia suelta el arma y presiona fuertemente sus oídos, pocos segundos después cae al suelo y se queda en un estado hipnótico, mientras que de sus oídos brota un hilo de sangre.

Valeria entra en aquella zona y ve a Olivia tendida en el suelo, se acerca hacía ella e intenta que salga de su estado, la zarandea por los hombros e incluso le propina un par de bofetadas. Olivia vuelve en sí, quejándose de dolor y mesando su cabeza. Intenta que aquel dolor se vaya con unas palmadas sobre el pelo.

El piloto se abalanza sobre Jack y le reduce en pocos minutos. Realiza una llamada al equipo de rescate, para que entren en la nave. Los equipos de asalto, entran de tres en tres. Detienen a treinta personas, entre ellas varias personas de alto cargo en el gobierno. Lucas vio que Valeria tenía cubierta de sangre la cabeza. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza.

– No me hagas esto nunca más. ¿Te queda claro? – ella se separó de él unos centímetros, le miró a los ojos y besó sus labios.

Lucas estaba junto a la cama de Valeria en el hospital central, tiene el móvil en silencio. Se queda medio dormido leyendo el periódico. Nota que el bolsillo le vibra. Desbloquea el teléfono y sale al pasillo.

– Sí señor, el caso está cerrado. Tendrá el informe en su mesa en menos de 24 horas.
– Lucas, buen trabajo. – Pese a las muestras visibles de cansancio, Lucas sonrió.

Permaneció unos minutos con la espalda apoyada en la pared, mirando hacia el techo. Un grupo de médicos pasó por su lado, hablando de la última intervención quirúrgica. Hablaban de un nuevo dispositivo que se implantaba en el cerebro; emitía descargas eléctricas a zonas que habían perdido actividad de choque. – Lucas no daba crédito a lo que estaba oyendo, se acercó con paso ligero hacía el grupo. – el dispositivo no era otro que un implante coclear, nada tenía que ver con el caso cerrado. – Después del susto entró en el lavabo, se aflojó la corbata y se lavó la cara con agua fría. Su teléfono volvió a sonar, está vez era un mensaje de texto.

– Tenemos otro caso.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

http://www.falsaria.com/?s=HISTORIAS+DE+WHATSAPP


 

 

LA HISTORIA DE UNA CARTERA EN GUERRA

 

Se oían las bombas en la lejanía, el olor a muerte se traslada cuando cambia el aire, están avanzando hacia el oeste. Ha comenzado el otoño y el frío derrumba con fuerza los calurosos rayos de sol.
La ven deslizarse por las trincheras enemigas como una serpiente, se ha cortado su bonita trenza y cubre su cara con un pañuelo negro. Se viste como un joven y calza unas botas militares tres números más grandes. El eco de las bombas cercanas despierta su estado de alerta, pero sigue en su mundo; los fantasmas de su pasado recorren su memoria, profundizando más su herida; la herida que le causo esa mañana de primavera, cuando iba caminando hacía el colegio cogida de la mano de la pequeña Rosan. Era un día hermoso, los campos recogían infinidad de colores gracias a las primeras flores silvestres que anunciaban la primavera. La familia de Alice había nacido en Austria, pero su tatarabuelo tenía procedencia judía, para ser exacta hebrea. Era la única de la familia que tenía un sedoso pelo dorado y unos grandes ojos azules, es una bonita niña austriaca.
El prado estaba en calma, se podían ver las montañas desde el viejo camino. Tenía que cruzar el puente donde el río arrojaba con más furia sus aguas, trasportando un agua fría y cristalina a la pequeña aldea. Su padre un humilde cartero repartía cartas en toda la comarca. Cuando acababa su jornada laboral, recogía a sus hijas todos los días.
Aquel día le esperaron mucho tiempo en las escaleras del viejo colegio. Alice pensaba que su padre era el amor de su vida, le adoraba, era un hombre generoso y honesto; pasaba las tardes jugando con sus hijas, mostrándolas el camino de la vida con dulzura y paciencia. Alice disfrutaba con sus juegos y hermosas historias. Esa tarde tardó mucho en ir a buscarlas.
Una espesa cortina de polvo se movía hacia su dirección. Alice colocó la mano en forma de visera para poder ver lo que se acercaba a gran velocidad. Descubrió un gran camión con una vieja lona roída por techo. Paró bruscamente, salpicando pequeñas piedras que se clavaban como puñales en las piernas de Alice. Alguien bajo del camión. El polvo del camino levitaba a la altura de sus ojos, no pudo reconocer quién se aproximaba hacía ella. Hasta que después de una caricia, descubrió que era su padre. Con el dedo índice indicó silencio, marcharon cabizbajos, con la mirada perdida en los prados. Aquel hermoso espacio donde reinaba la calma, donde veías las abejas en las colmenas, donde se confundían los aromas de las flores, se entristeció según pasaban las horas.
De regreso a la aldea se cruzaron con enormes camiones y tanques, cargados de militares y enfermeras; Alice no pudo evitar su miedo y apretó fuerte la mano de su padre, sabía que algo malo iba a suceder y el terror se adueñó de su frágil cuerpo.
Los sacos de arena cubrían las aceras, los soldados se desplegaban por los tejados, una tienda de campaña ocupaba la mayor parte de la plaza principal; de ella entraban y salían altos mandos dando instrucciones, se oía música a lo lejos.
Alice soltó la mano de su padre, entró corriendo a la casa y se refugió en los brazos de su madre que les esperaba preocupada. Fue un abrazo intenso, Alice no quería dejar de sentir ese cálido abrazo, que le envolvía y la hacía desaparecer, estuvo abrazada a ella con la esperanza que cuando dejara de hacerlo todo volviera a su estado original.
Aquella acogedora y tranquila aldea se convirtió en un centro de comunicaciones, su situación geográfica la convertía en un búnker natural. Se agruparon en la pequeña habitación que su padre construyó bajo la escalera del sótano, necesitaban hablar de lo que estaba pasando; la primera en preguntar fue Alice;

– Papá ¿qué está pasando? ¿Por qué tardaste tanto en recogernos? – Los ojos llorosos de Alice causaban en su padre un enorme desconsuelo. No sabía cómo empezar a contar lo que estaba a punto de ocurrir a escala mundial. Apretó mucho las manos de sus hijas y comenzó a hablar.
– Alice, no tengo mucha información, solo me han pedido que colabore con los alemanes, tengo que llevar unas cartas al otro bando. Las órdenes han sido claras, tengo que rodear la frontera, portando una documentación muy valiosa. Me han dado mapas y pases para que no tenga problemas a la hora de entrar en zonas peligrosas.
– Pero papá, ¡tú no eres un soldado!, ¡no estás preparado para este trabajo! Me niego a que arriesgues tu vida.
– Alice, tengo que hacerlo no me puedo negar, ellos conocen mis antepasados judíos, si no lo hago me matarán,- se miraban unos a otros confundidos, intentaban convencerse de que no estaban metidos en el mismo sueño; vivían en un bonito lugar, tenían tierras que cultivar, el prestigioso trabajo de cartero, dos niñas preciosas…, eran privilegiados.
Alice no podía entender que su pequeño y pacifico mundo, el lugar donde había nacido se fuese a derrumbar por una guerra, no quería creerlo.
Durante las siguientes semanas la aldea continuaba teniendo sus actividades cotidianas, lo único que cambiaba era que Alice y su hermana no iban a la escuela. Ayudaban a su madre a recoger los tubérculos de la huerta, hacer pan, envasar mermelada, a desalar pescado.
Así pasaron unos meses, en espera…, en una desesperante espera. Las calles seguían tomadas por soldados relajados, jugando al ajedrez, se veía abiertamente el coqueteo de las enfermeras con los oficiales.
Alice salía a correr por la plaza con sus amigos. Un día escuchó algo que incomodó su tarde de risas, dentro de la gran tienda oyó que alguien le daba instrucciones a su padre. Asomó su pequeña carita en la entrada, preocupada de ser descubierta, se agachó. Su padre estaba sentado, nunca le había visto así, miraba hacía el suelo, escuchaba atentamente. La persona que le daba las ordenes era un joven de no más de veintiséis años, tenía rasgos arios, aunque la forma de su nariz y el color de su piel parecía de procedencia judía.

– Josep, tienes que llegar Oswiecim (Polonia), hacer entrega de unos planos muy importantes. No puedes leer la documentación ni ver los planos. Te daremos unas indicaciones que tendrás que memorizar, nadie puede saber dónde vas y quien te lo ha dado. Estamos en contra de esta guerra y de lo que está por venir. Necesitamos hacer todo lo posible para que las tropas alemanas no avancen a tierras austriacas.
A partir de ahora aprenderás a usar un arma, a memorizar y hablar perfectamente como un soldado alemán, distinguir cada artefacto, material militar que existe y cuando estés preparado, cuando el zeppelin nos de la señal, partirás a Polonia.
Alice no podía creer lo que estaba oyendo, se levantó rápido y corrió hacía su casa buscando el consuelo entre los brazos de su madre.
Su madre y Rosan no estaban en casa, Alice recordó que se fueron a visitar a su tía que vivía en un pueblo cercano, a tres kilómetros que los separa de Alemania.
Pasaron muchas horas, mientras Alices esperaba impaciente la llegada de su madre y hermana, no apartaba su carita de aquella dirección.
Vislumbró el sombrero de su madre a lo lejos; se dibujó en su rostro una infantil sonrisa que animó por unos momentos aquella tarde plomiza. Cuando estaban cerca de la casa, Alice corrió hacían ellas y se unieron en un largo abrazo.
– Alice, ¿dónde está tu padre? – No sabía cómo empezar a contar todo lo que aquella tarde escucho a escondidas en la entrada de la tienda. Sabía que su madre le regañaría por fisgonear tan cerca de los militares.
Se armó de valor y relató con todo detalle la misión que habían encomendado a su padre.
En ese momento Josep entraba por la puerta, estaba abatido, preocupado por su familia. Pensaba que si él faltaba y la guerra llegaba hasta allí, no podría ayudar a su familia. No dijo ni una sola palabra, se quedó mirando a los ojos de sus hijas y bajó al sótano.
Las lágrimas brotaron como cascadas en los pequeños ojos de Alice, sabía que ya había comenzado. Últimamente pasaba muchísimos aviones sobrevolando la aldea, se habían incrementado los efectivos en el pequeño cuartel de campaña, no paraban de venir camiones repletos de armas.
A la mañana siguiente cuando apenas había amanecido, alguien llamó a la puerta, su padre ya estaba vestido, llevaba un macuto consigo, acariciaba el rostro de su madre que lloraba desconsolada; Rosan le agarraba fuertemente de la pierna. Alice estaba momificada, recogiendo cada instante en su retina, aparcó sus miedos, se adelantó a abrazar a su padre. Se miraron, Alice le prometió que cuidaría de su hermana pequeña y de su madre.
Él se marchó a principios del otoño, le llevaron a un campo de entrenamiento. Nunca supieron dónde estaba ubicado. No recibían noticias de su estado, ni una sola carta.
Había pasado tres meses desde que el padre de Alice se marchó montado en un gran camión. Esa tarde jugaba con otros niños en la plaza. Cuando un tanque entró por el camino en dirección a la aldea, los soldados que custodiaban la entrada, separaron la alambrada para permitir la entrada a la mole metálica que dejaba tras de sí, un ruido estridente cuando sus grandes suelas rozaban los adoquines de la calzada. Alice se quedó boquiabierta, nunca había visto de cerca ese impresionante vehículo. Estaba tan abobada que no se dio cuenta de que de su interior descendió un soldado y después otro. Se percató que alguien decía su nombre, el soldado que se acercaba quitándose el casco, era su padre. Corrió a sus brazos llorando desconsolada, reprimiendo el dolor que le punzaba el corazón desde su marcha. Su adorado padre estaba allí, con ella, en sus brazos, acariciando sus cabellos y sonriendo. Ese feliz momento, Alice lo guardo con llave en un pequeño rincón donde tenía sus más bonitos recuerdos.
Josep se pasó todo el día contando historias a sus hijas, sin parar de sonreír, estaba feliz de verlas sanas y bien alimentadas. Lo que había visto en Alemania no le gustaba nada, se llevaban a los judíos a un campo de trabajo en una zona de Alemania y Polonia, allí es donde tendría que ir él. No les dijo nada, solo les comentó que estaba de paso, que en unos días se volvería a marchar.
Alice sabía que pronto su padre se marcharía y miraba el cielo con la esperanza de que el llamado Zeppelin no cruzara la frontera.
Esa noche Alice estaba inquieta, sus temores la desbordan, sentía una constante angustia que la presionaba el pecho. Se oía un estruendo lejano, como el eco de un sonido sordo que se perdía en la noche, salió al porche descalza y miro en dirección a Alemania. Unas pequeñas luces iluminaban el cielo y en cuestión de segundos el ruido rompía una y otra vez el silencio. Corrió hacia la plaza, los soldados estaban en movimiento en la gran tienda, no paraban de recibir mensajes, los soldados austriacos preparaban la munición, las enfermeras hacían acopio de medicinas y gasas, las metían en los camiones. Se estaban preparando.

Josep ya estaba vestido de soldado y se metía en esa máquina de guerra, tenían que estar en la frontera con Alemania.
Alice se percató que a esa distancia vivía su tía y fue a llamar a su madre.
– Madre, despierte. – Ya vienen a Austria, ¡mamá la tía está en peligro! Las tropas alemanas se acercan.
-¿Qué pasa Alice?
– Mamá, tiene que traer a la tía a casa, por favor.
La madre de Alice se vistió, cogió su documentación y dijo a sus hijas;
– Alice, tienes que ser valiente y cuidar de tu hermana, yo no tardaré mucho en venir. Espera a tu padre, pronto regresará. Si tardo, no te preocupes, ya te he explicado lo que tienes que hacer si nos ocurriera algo. – La cogió de los hombros y le zarandeo suavemente para que escuchara con atención.
– Hija, ¿lo has entendido? – Alice cayó en la cuenta que toda la responsabilidad caía sobre ella como una jarra de agua helada.
– Si…, mamá. – Agarró la manita de su hermana Rosan, la apretó con fuerza y acompañaron a su madre hasta la entrada. No pudo oír nada por la cantidad de ruidos que había en movimiento. Solo vio la mirada de su madre y un soldado que custodia la salida, era una mirada de despedida. El soldado asintió con la cabeza y se marchó sin mirar atrás.
Alice bajó al sótano con su hermana, se encerraron en la pequeña habitación que su padre había preparado bajo la escalera, estuvieron llorando durante horas, hasta que la pequeña Rosan se quedó dormida, la arropó y buscó entre las cajas que se agrupaban en una esquina. Había botas, ropa y mucha comida envasada. Decidió vestirse con pantalones negros y un enorme jersey del mismo color. Se puso también unos gruesos calcetines. Se recogió el pelo con una trenza. Se quedó adormilada y en su cabeza desfilaban las imágenes de los bonitos prados en primavera, los nidos de los pájaros en los árboles, la suave brisa cerca del río.
Se quedó profundamente dormida, disfrutando de esa bonita estampa que recordaba con felicidad.
Le sobresaltó una explosión cercana, el movimiento de la tierra la puso en guardia. La sirena antiaérea no paraba de sonar el ruido que emitía era ensordecedor. Rosan lloraba llamando a su madre, miraba a su hermana asustada. La cogió de la mano y subieron al piso de arriba, en ese momento el soldado que despidió a su madre entró por la puerta de la cocina. Las buscaba, las cogió de la mano y se dirigieron al refugio. Allí se encontraron con sus amigos y vecinos.
Alice no sabe cuánto tiempo trascurrió desde que empezaron las bombas, se oían cada vez más cerca, ella solo tenía pensamientos para sus padres. No quería llorar delante de su hermana, les había hecho una promesa a sus padres, permanecería firme y alerta, para que a su hermana no le ocurriera nada.
Trascurrió varios días hasta que pudieron salir del refugió. Las bombas de los últimos días destrozaron la frontera con Alemania y según se oía, los alemanes empezaban a ocupar zonas austriacas. En muchas zonas había simpatizantes del dictador, pero en otras los austriacos se enfrentaban a las tropas alemanas.
Trascurrieron días de calma, Alice y su hermana se pasaban las horas en el sótano, salían poco, no querían estar muy separadas de la casa, por si sus padres regresaban. La que solía salir era Alice, había descubierto el trueque y cambiaba algo de ropa por velas y carbón.
Unas de las mañanas que regresaba a casa con tabaco y alguna revista. Vio entrar el tanque que conducía su padre, le siguió todo el camino hasta la zona de vehículos. No podía creer lo que veía sus ojos, de la enorme mole y con el casco en la mano, con una sonrisa de oreja a oreja, bajaba de un salto Josep, que solo tenía ojos para su querida Alice.
La cogió en brazos y la abrazó con fuerza. Alice empezó a llorar desconsolada, había ahogado durante mucho tiempo las lágrimas, para que su hermana no se apenara. Lloró sin parar de abrazar a su padre, los dos se dieron ánimo y ese cálido y fuerte abrazo les colmó de felicidad. Su padre secó sus lágrimas a besos.
Pasaron los días juntos, riendo…, hasta que llegó la temida pregunta de Alice.
– Papá, ¿Dónde está mamá? – Los ojos tristes de Josep, preocuparon a Alice.
-Alice, los alemanes la han llevado a los campos de trabajo junto con tu tía y primos, cerca de Polonia.
– Papá, he oído a los soldados lo que hacen en los campos de trabajo, allí no les dan de comer y van desnudos. Tenemos que ir a buscar a mamá.
– Alice, no podemos, hay zonas devastadas por las bombas, he visto que matan a gente por las calles a diestro y siniestro. Es un largo camino hasta Polonia y no se puede atravesar Alemania.
– Papá, ¿si lo bordeamos?, seguimos la frontera por la montaña, hasta llegar a Polonia. Después, pasamos a algún país que no esté en guerra.
Josep estaba asombrado de la madurez que había adquirido su hija en poco tiempo, se expresaba como si verdaderamente conociera el paso fronterizo y el mapa de Alemania al dedillo. Cogió del suelo una revista que editaban los rebeldes austriacos en distintos puntos del país.
– Alice, ¿De dónde has sacado esto?
– Hago intercambio con algunos militares. Me informo de como va la guerra, a cambio de unos cigarrillos.
– ¿Cigarrillos?, de donde las sacas.
– Bueno, cada mes cambio alguna herramienta de tu pequeño taller… la suelo cambiar por comida, ropa.
Josep acaricia la pequeña cabeza de Rosan que coge su brazo con fuerza, se percata de que está más caliente de lo normal y le mira preocupado. La coge en brazos y se dirige al pequeño hospital de campaña que hay instalado junto la plaza.
Una hermosa enfermera con sus labios pintados de rojo y cara sonriente, acaricia a la pequeña que comienza a toser bruscamente.
Mira a Josep preocupada, de la boquita de Rosan brotan unos pequeños hilos de sangre.
– Josep, tiene mucha fiebre, sus pulmones están prácticamente cerrados. – Los ojos de Josep se inundan de lágrimas, besa la cabeza de su hija, la pequeña le mira serena, con una mirada tierna; sabiendo que le quedan poco tiempo de vida.
Josep no pudo mantener la mirada por más tiempo y salió corriendo a la calle llorando desconsolado, mirando el cielo en busca de un ápice de esperanza, de una señal divina, algo que borrara las imágenes y el sufrimiento que se respiraba en cada rincón desde que empezó la guerra.
La pobre Rosan no duró más que dos días, la fiebre y su avanzada infección pulmonar hicieron el resto.
La enterraron en la huerta, junto a su inseparable muñeca de trapo.
Desde aquel día que la luz de Rosan se apagó, Alice se sumergió en un mundo de sombras, solo lloraba y dormía, apenas comía. Su padre la daba de comer, sopas de agua y pan. Su cuerpo debilitado no toleraba el alimento sólido. Josep no quería que Alice se rindiera, se dejara llevar.
La acurrucó en su regazo y empezó a hablar;
– Alice, ¿me escuchas?
– Creo que tienes razón, debemos ir a buscar a mamá. Pronto tendré que ir a varios puntos de Alemania tengo que recoger fragmentos de un plano. El último plano es cerca de Polonia, he pensado que vengas conmigo.
El cuerpo inerte de Alice comenzó a despertar de ese estado hipnótico que la alejaba de la realidad. Josep notó que el cuerpo de la niña se tensaba y empezaba a estimularse. De un brinco abrazó a su padre y le dio las gracias.

Los dos meses siguientes antes de partir, Josep hizo memorizar a su hija el recorrido, los nombres de las personas y lugares seguros para refugiarse, le enseñó a usar la navaja como defensa, a camuflarse y a esconderse; a descifrar códigos…
Amaneció un día frío, Alice recogía leña para la chimenea. Cuando oyó un ruido que procedía del cielo, le sorprendió un enorme melón flotando en el aire, desde allí abajo se veía impresionante, se movía despacio, Alice tenía la sensación de que no se movía, andaba más deprisa que aquella extraña máquina que surcaba los cielos. Entonces se dio cuenta de que eso era a lo que llamaban Zeppelin, era la señal, era el día señalado. Dejó caer al suelo lo que llevaba en las manos y corrió a buscar a su padre.
Tardaron un par de horas en prepararse, un camión los recogió y los dejó cerca de la frontera con Alemania, el resto del viaje lo tenían que hacer a pie o en tren hasta su primer punto de encuentro. Caminaban de noche les parecía más seguro, seguían la línea fronteriza, dormían en el suelo en cualquier lugar. Josep y Alice formaban un gran equipo, Alice absorbía las explicaciones de su padre, las memorizaba y preguntaba dudas que le surgían.
Una de las noches que decidieron para a descansar, Alice le hizo una pregunta muy comprometida a su querido padre.
– Papá, ¿Por qué no te interesa saber que contiene los mapas?
– Alice ya te lo he explicado mil veces, no podemos saber el contenido del paquete.
– Pero papá, ¿Aquí solo estoy yo?, nadie se puede enterar, si lo abres.
– Papá, imagínate que es algo tan importante que puede salvar tu vida, si sabes su contenido.
Josep se rascaba su barba, la escuchaba atentamente, la mirada de su hija había cambiado, la madurez de sus ojos y la forma de explicarse rozaba la adolescencia. En ese momento se da cuenta de lo mucho que ha crecido, que su cuerpo empieza a tener forma de mujer. Rompe a llorar, se había prometido ser fuerte y luchar por salvar a la única persona que le hacía levantarse cada mañana. Perdió la noción del tiempo, se dio cuenta de que habían pasado dos años desde que se presentaron los soldados a su bonita aldea. Su estado anímico en ese momento rozaba la más profunda locura, un delirio que trasmitía en sus ojos y quería alejar con un movimiento de cabeza.
Decidió hacer lo que Alice le propuso, el plano iba guardado en el doble fondo de una cantimplora de agua.
Parecía papel de arroz, en él se dibujaban unas líneas de acotación, al desplegarlo por completo, se veían unas anotaciones a lápiz, era el código que enseñó a Alice. Ella las leyó en voz baja.
– Papá, parecen indicaciones para construir algo.
– Alice, tienes razón, parece una construcción. Me imagino que en la próxima entrega aparecerá más claramente el lugar, nos desvelará que es lo que traman.
Se aproximaban al último punto de recogida, donde le darían las últimas indicaciones. Antes de llegar al punto en concreto, les sorprendió una brigada de paracaidistas que hacían entrenamientos en un viejo hangar. Josep se dio cuenta y dio a Alice el paquete, la dijo que pase lo que pase no se moviera de allí, que siguiera la misión hacía el oeste, desde allí se tenía que desviar quinientos metros hacia el norte y llegaría al punto de encuentro.
Josep vestido de soldado alemán, se acercó hacia el hangar, los muchachos reían hablando de hermosas mujeres y del tiempo que hacia que no tenían a una en su bragueta. Las risas bobaliconas se extinguieron cuando vieron aparecer a un soldado raso, en la puerta del hangar.
– ¿Quién es el oficial al mando? – Pregunto Josep fuerte y claro. Le empezaron a temblar las piernas cuando un robusto muchacho se le acerco con mirada desafiante.
– ¿Quién quiere saberlo? – Josep, se cuadró e hizo el saludo pertinente a un oficial de mayor grado.
– Señor, mi nombre es Thomas Finkel. Escuadrón de avance, de línea 305, señor
– Ese escuadrón tenía que pasar por aquí mañana. Señor Finkel.
– Mi superior me ha ordenado que les avise, rebeldes austriacos avanzan por la montaña hacia este punto, ellos han desviado la ruta más hacía el sur, a zona segura.
– Peter, comunica por radio y comprueba que es real los cambios de planes. Mañana tenemos que partir hacía Viena, las tropas austriacas nos esperan.

Alice desde lo alto de un árbol y gracias a unos prismáticos anota las rutinas que veía de las guardias que custodiaban el hangar. No había rastro de su padre. Permaneció acomodada en la gran rama del árbol durante tres días. Hasta que los aviones del bando contrario empezaron a bombardear el hangar. Los gritos de Alice se confundían con el viento que causaba la onda expansiva, un fogonazo acabó devorando por completo los aviones que estaban camuflados cerca de allí; cuando solo quedaban unas pequeñas llamas que humeaban, Alice descendió del árbol, buscaba entre el amasijo de hierro y lo que quedaba, el rostro familiar de su padre. El olor le produjo arcadas y se marchó siguiendo las indicaciones que le dio Josep.
Pasaron cinco días hasta que Alice encontró el punto de encuentro, era un solitario pajar, cercano a una gran ciudad. Tenía heridas en los pies, estaba hambrienta. Alguien estaba en la entrada, era una mujer delgada, se cubría la cabeza con un pañuelo negro. Oyó que se acercaba y la miro interrogante, Alice como si de una profesional se tratara le enseño disimuladamente la cantimplora. La delgada mujer asintió, Alice dejó caer su cuerpo sobre la paja.
– Pequeña, ¿cuántos años tienes? – la preguntó dulcemente.
– Doce años señora. – la mujer la miraba con admiración.

El valor de aquella muchacha la sobrecogía, le ofreció queso de cabra y un trozo de pan. La quitó las botas y vio con horror las heridas que se extendían por ambos pies. Comenzó a curarlas.
Le ayudó a incorporarse, y la trasladó a un sótano que había bajo el pequeño corral de cabras.
La desvistió, lavó y puso ropa limpia, la dejó dormir durante días antes de explicarla su misión. Se recuperó rápido, ¡aquella adolescente tenía una voluntad de hierro!
Alice no contó nada a aquella mujer. Solo escuchó y memorizo los lugares y sitios seguros hasta la entrega final.
Algo falló en las indicaciones de aquella mujer, según se acercaba al punto de encuentro, se oía con claridad como silbaban las balas. El olor a muerte se mascaba en el aire.

Estaba muerta de miedo, le picaba la cabeza, le picaba todo el cuerpo, pasó cerca de un arroyo, sacó su navaja y cortó su trenza. Se metió en el agua fría, froto con fuerza, vio caer al agua infinidad de piojos. Entonces se le ocurrió afeitarse la cabeza. Extendió un poco jabón sobre ella y con el filo de su navaja afeitó como pudo su corto cabello. Se lavó y cambio de ropa. Era su última muda, la que acababa de quitarse repleta de parásitos la enterró junto a su trenza y siguió su camino.
Decidió dormir toda la tarde, quería cruzar la frontera con Polonia por la noche, sabía que era el punto más peligroso, tenía que atravesar la línea enemiga. Trataba de pensar como podría salvar el muro de espinos metálicos sin salir herida, se le ocurrió una gran idea, escogió dos gruesas ramas en forma de Y afiló uno de su extremo, se embadurnó todo el cuerpo de barro, solo se le verían los ojos. Cruzaría la línea enemiga reptando, para pasar por debajo de los alambres de espino utilizaría los artilugios en forma de Y que iría clavando en la tierra según avanzaba.
Tomó como aviso de salida el canto de una lechuza, la frontera con Polonia estaba a unos tres kilómetros, la línea enemiga estaba a un kilómetro y medio. Jugaba con la ventaja que en esa zona por las noches cesaban los enfrentamientos, pero tenía que ir con ojo avizor si quería llegar viva a entregar el mapa.
Escurría su cuerpo como las serpientes por debajo de las espinosas ramas de alambre, pinchando sus improvisadas herramientas para elevar medio metro esa tortuosa muralla que la separaba de una muerte lenta y dolorosa.
Casi llega a su destino cuando su cuerpo cayó en una trinchera enemiga al lado de un soldado que hacía su guardia adormilado, en estos momentos el joven veía alucinaciones, o eso creía, las drogas que consumía para mantenerse despierto le provocaba una distorsión de la realidad. Se miraron a los ojos, permanecieron unos segundos. Alice le indicó silencio con el dedo índice, y volvió a subir a la cima de la trinchera, con el corazón latiéndole en la boca.
El soldado no reaccionó, se quedó atontado mirando el mismo lugar donde unos ojos azules le observaban en la noche. Solo le separaba del infierno cien metros, una luz se encendió en su dirección, ella levantó las dos manos, en ese momento la tensión se apoderó de la joven, notó unas fuertes manos que la arrastraban hacia otra trinchera. Había llegado a Polonia, entera, esa parte de la frontera se resistía a los alemanes. Era el punto de entrega. El capitán al mando se dirigió a ella, la llamó por el nombre de su padre. No tenía fuerzas para hablar, solo bebía agua de su vieja cantimplora. Pedía ver al arquitecto, tenía un mensaje para él.

Varios años después de que acabara la guerra, Alice y su hija visitaron las obras que ella portaba, los planos de un túnel subterráneo que supuestamente tenían que construir en la parte que pertenecía a Polonia del campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, donde el ejército de liberación iba a sacar a miles de personas a través de esos túneles.

Alice volvió a su aldea, regresó a la vieja casa de sus padres. Sabía que su enfermedad no la dejaría vivir mucho más tiempo. Una mañana de primavera salió a dar su rutinario paseo cerca del rio. Caminó por el prado contemplando la amalgama de naranjas y lilas que cubría el suelo, los diferentes aromas que arrastraba la brisa. Entonces recordó a su pequeña hermana Rosan e incluso pudo sentir su pequeña mano agarrada a la suya. Llevaba puesto su mejor vestido, le sonreía. De la mano caminaron hacia la casa; allí en el porche apoyado en una de las vigas de madera les esperaba con la pipa en la mano, Josep, a su lado estaba su madre. Cruzó el umbral de la casa llena de felicidad, con una sonrisa en los labios. Se sentó en el viejo sillón de su padre. Cogió su diario y escribió sus últimas palabras. Sintió que su corazón comenzaba a pararse, respiraba despacio, mantenía la mirada muy cerca de ella, su hermana Rosan se subía a su regazo. Sintió un tierno abrazo

VOLVER A EMPEZAR

He guardado unas lágrimas en el mismo cajón donde mi reloj se ha parado. Después de ese momento una extraña luz me ha cegado. He sentido un ligero soplo de aire fresco y me he visto a mi mismo sobre el colchón. He sentido un extraño cosquilleo antes de alcanzar el techo. Allí he contemplado el tapiz de mi rostro, las tristes arrugas que me dio el tiempo. Solo oí el último pitido de vida, mientras mi corazón dejaba de latir. Ahora desde esta extraña experiencia, con el carisma rodeado de luces, persigo con anhelo los sitios de mi niñez.

He vagado tímidamente por las calles con olor a leña de chimeneas humeantes que impregnan el aire con el olor de los recuerdos. He encontrado infinidad de rincones que no recordaba. Después, he subido por un sendero que recorría de niño y allí los dientes de león me daban cordialmente la bienvenida; ondeaba su estrecha figura una brisa débil, calurosa y estival. Fue entonces cuando lo vi con claridad; el viejo molino ¡ya funciona…!

Erguido, seguro de sí mismo como tantas veces en el pasado. Vi girar sus grandes aspas acariciando el aire. Sentí que me iba desvaneciendo, que caía poco a poco a la tierra justamente a los pies de tan preciado monumento. Fue allí donde depositaron mis cenizas, dónde algún día volveré a echar raíces.

 

En recuerdo a un ser querido, Marcelino Carrasco.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Volver a empezar…


 

 

SOLO UNA VEZ MÁS…

Todos los días en el mismo lugar, esperando verte otra vez. Aparecías todas las mañanas en la vieja cafetería de la esquina, impecablemente vestida con el cabello suelto o recogido. A mí me daba igual, ¡eres mi diva! mi verdadera inspiración, esa que hace que abras los ojos por la mañana y sonrías al espejo. Siempre la misma rutina, un buen afeitado poniendo cara de tonto frente al espejo mientras ensayo el modo de decirte que me gustas. Interpreto mi absurdo monólogo que no logro pronunciar cuando te veo. Coloco mi inseparable reloj en la muñeca. Compruebo mis uñas, me hidrato los labios y salgo como un relámpago intentando no defraudar a mi corazón. Entro en la pequeña cafetería, donde el olor amargo del café te despeja mientras lo inhalas, miras de reojo para comprobar que las mismas personas de todos los días ocupan su puesto. Los viejos carteles rezan las mesas que ven pasar el tiempo. El poco barniz deja ver sin esfuerzo los nombres del amor principiante.
Llevo más de un año con esta jodida rutina que me está volviendo loco. Consulto mi reloj. – ¡el hipócrita se ha parado! me desmorono por dentro. Mi reloj dejó de marcar las horas. Tiene que ser una señal. En ese momento entras tú; deslumbrante como siempre, con un bonito color en tus mejillas. Me recreo en el color de tus labios y de lejos llego a saborear tu carmín. Esta imagen secuestra los segundos, haciendo pasar tu cuerpo a cámara lenta por mi lado. Me adelanté al playback, estaba pronunciando en voz baja lo que ibas a pedir, cuando sin darme cuenta estabas agachada a mi lado, recogiendo un bonito collar que se había divorciado de tu esbelto cuello, para caer al lado de mis pies. Fue entonces cuando una marea de aromas inundó mi alma. Estaba frente a ti, sin querer, había cogido tu mano, esa linda mano que sostenía tu collar. Tus ojos frente a los míos…, – que estúpido soy; intenté mover mis labios, pero mis nervios me cerraron la boca. He fracasado de nuevo, me quedé como un tonto mirando cómo bailaba tu bonito vestido al moverte. Contemplé tus caderas y la fina curva que marcaba tu cintura. Creo que no existe un hombre más tonto que yo, arrojo mi mano al olfato, para ver si tu olor permanecía en mí. He fracasado en estos momentos…, he desahuciado a mi corazón para que salga de su caja. Sigo siendo un hombre tímido, errante de espíritu, que atormentado pierde el valor en la vida.
Estaba sentado en la silla junto a la barra. Me avergonzaba levantar la vista y volverte a mirar. Entonces se obró el milagro, el aroma de tu piel circuló cerca. Mi estado anímico comenzó a galopar descuidado. Me aparté el flequillo de la cara para ver mejor. Ahí estaba yo, sentado frente a ti. Intentando descifrar cada gesto, cada sonrisa y como no, tu dulce mirada color miel. No sabía si reír o llorar, si gemir o aullar, mis hormonas incrédulas se balanceaban en mi pantalón, me sonrojo. Comienzo a hablar…, un nudo en la garganta me hace tartamudear, casi sin voz, intento que sea un leve susurro. Así pronuncie mi nombre. Entonces tú, entraste como un huracán de sonrisas, haciendo levitar de alegría mi espíritu. Te presentaste como Valeria.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Solo una vez más…


 

EL SABOR SE ESCAPA DE MIS LABIOS

La música comenzó a sonar, sostenía una copa de vino en mis manos. Me gusta que el pequeño sorbo se deslice por mi lengua para poder masticar ese sabor que despiertan los taninos y aspirar por los labios entreabiertos. Descubrí un extraño sabor en aquella copa. Desorientada con aquel sentimiento que despertaba mi memoria, me senté en el viejo banco de madera. Me aleje de todo lo banal y seguí contemplando el horizonte. Fue entonces cuando detrás de aquellos bonitos años encerrados, vi tu cuerpo desnudo sobre la alfombra. Te arqueabas hacía delante, tus ojos cubiertos por un pañuelo blanco…, una fusta rozando tu sexo que tamizaba los placeres de aquella noche. Se oía lejano el sonido de un reloj, era el que nos alejaba de la noche y el día, nos marcaba las pautas para seguir o parar. Solo son visiones de un apasionado encuentro. Pequeños trazos de lujuriosos momentos de placer. Todavía tengo el sabor en mi boca; gota a gota tu elixir dominó aquel rítmico momento con sabor a jade y plata. Tu pecho perlado secaba sus lágrimas entre pequeños gemidos. Mis glúteos sufrían jadeantes, los embistes de tu triunfo. Esperaba recordar cada momento mientras que mi paladar se distrae con el fluido afrutado que burbujea entre las encías. Tirabas de mi cabello y hacías que mordiera rabiosamente tu mano. Mecía mi lengua entre los surcos más escondidos de tu piel, buscando todo los secretos que ocultabas. Exploraba con los dedos el fruto que me diste de comer, cautivando poco a poco el espíritu que se balancea intentando alcanzar la explosión de los sentidos. Ahora mientras humedezco mis labios, ajena a las caricias que me ofrecías hace tiempo, sigo con la necesidad de mantener ese sabor en mis labios, de sentir cada minuto y de reconciliar los malos espíritus que hicieron alejar nuestra pasión.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

El sabor se escapa de mis labios


 

 

LA ÚLTIMA PIEZA DEL PUZLE

 

He pronunciado tu nombre en la oscuridad, quería comprobar si por alguna razón algo podía cambiar. Después de varios minutos susurrando tu nombre, me he dado cuenta de que aunque lo pronuncio con diferentes entonaciones, nada será igual que antes. Quiero abstraerme de este silencio interior que absorbe mi alma. – Lloro por dentro, es tan dolorosa tu pérdida que mi cabeza no se mantiene sobre los hombros. El sinsabor recorre mis labios ahogando mis suspiros. Esta eterna oscuridad me acecha de día y de noche, rebuscando en mi interior como una guadaña en manos del cazador de almas. He descubierto que me falta el aire, que los ojos se inundan de lágrimas que vierten la derrota sobre mi rostro. He sentenciado mi vida a morir de amor. ¿Qué es lo que me pasa? – La locura ha tomado  forma apasionada en el interior de mi pecho. – ¡Me ahoga tanto!…, que  respirar me sabe a tí. Quiero encontrar un lugar en mi cuerpo que no contenga el aroma de tu piel…

Mi corazón está cerrado con una llave hueca que muestra el interior. Puedes mirarlo a través de ella, todavía sigue latiendo, está latiendo por ti. Quiero que recojas los pedazos de este complicado puzle al que tú y yo estamos jugando, únicamente te diré que ahora es tu turno y que la última pieza está en tu mano.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

La última pieza del puzle


 

 

 

ROZANDO LOS SUEÑOS

He sucumbido a los sueños. La nostalgia se arrastra por ellos sin ningún apego. La vida ha hecho de mí, un pobre diablo, me desplazo por las sombras sin saber que dirección tomar. Todas las noches una voraz tentación se aproxima con sigilo tocando mi alma con los dedos. Por el día no recuerdo su nombre, pero por las noches su fragancia me embriaga, poniendo color a mi vida. Siempre está allí, sumergida en el suero transparente que recorre sus venas. La veo aproximarse, insinuando su cuerpo en una danza que estimula los sentidos. Despierta en mí, una necesidad imperiosa de tomar el elixir que me ofrece. – ¡tentador! – Si la hablo no escucha mis promesas.

– ¡Te necesito! – Eres un reclamo a mi vida, quiero secuestrar tu último aliento para disiparlo en mis labios. Sentir el aroma de tu pelo en mi almohada. Si me dejaras estar cerca de ti, oirías como murmura mi corazón, como enloquece con tu risa. Esa risa bien perfilada, que humedeces mientras hablas; ¿me dejarías explorar el rincón donde guardas tu sabor?

Intento adueñarme de la noche, convertirla en mi día, pero no lo he conseguido. Al despertar solo recuerdo una sensación placentera que hace que el día sea más ameno. Apenas te conozco, pero sé que algún día mis sueños se cumplirán.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Rozando los sueños


 

 

EN ALGÚN LUGAR

Allí estaba yo, sumergida en mi mundo. Me dolía la palma de las manos de tanto remar. Quería estar sola, en aquella burbuja de silencio. Acompañada por mi viejo paraguas y un libro. Solo quería oír mi voz en aquel silente lugar; donde las gotas de lluvía formaba ondas cristalinas sobreel agua. Fue allí donde mi voz aterciopelada, acariciaba mi garganta. Donde pudepronunciar su nombre sin ningún pudor. Donde, solo pequeñas almas despertaban con el dulce sonido de mis palabras. Este lugar era el lugar elegido. Es el lugar qué marcóla última estrella. Es donde los personajes empezaron a cobrar vida, ellos me
indicaron la entrada. Le vi acercarse, extender su mano y desaparecí..

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

En algún lugar


 

 

SOMBRAS

Corta es la distancia que nos separa del entusiasmo, subimos a lo más alto de nuestra ingenua necedad, derrumbando fronteras con los puños, robando el aire que respira uno mismo, dejando el entusiasmo a un lado, levantando y derribando muros, una y otra vez. Deseando lo imposible, lo ajeno, así somos todos, sombras…
Nos descubrimos, reinventamos, caemos y nos levantamos, pero no dejamos de ser sombras.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Sombras


 

 

JAULA DE CRISTAL

 

Mi eterno espacio donde los días son noches y las noches son días. En está jaula imaginaria que construí con mimo, pero con cierto recelo después de tu marcha. Si, sigo aquí, sumergida en mis miedos desde que te fuiste, abandonada del mundo por mi propio pie. En esta jaula de cristal que no me atrevo a romper. Donde suena la dulce melodía que escuchábamos juntos.

Cuantas cosas buenas guardo en el corazón, tantos recuerdos…
Afrontar la vida hace que mis problemas se resbalen por los ojos. Estoy dentro de mi locura donde despertarme ya es un triunfo, donde cada día es más largo que el anterior. Donde veo las mismas cosas, la misma gente y mi reducido espacio. Los barrotes de mi jaula siguen dibujándose más perfilados y brillantes, la puerta está abierta, pero nunca me atrevo a cruzarla.
No sé cuánto tiempo me queda para que la puerta se cierre, pero necesito y quiero salir, simplemente no sé cómo hacerlo. Alguien me puso una esperanza en la mano y no sé cómo utilizarla. Perdona si te ofendo, pero romper la jaula no es tan fácil, he sido abducida por un miedo interior que no se va ni con agua hirviendo. Sé que tú siempre estás ahí desde que te fuiste, que de algún modo sufres mi estado, sé que con el tiempo saldré de esta bonita jaula que construí cuando marchaste, dame tiempo, necesito la madurez necesaria para dar el último paso, el que me devolverá las ganas de vivir.

 

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Jaula de cristal


NO DEJES DE SOÑAR

Era ya tarde, la casa del embarcadero casi no se ve, en el horizonte la luz del sol marca una línea rosácea posada en las aguas. Desde allí se ve un pequeño punto de luz que parpadeaba y se mueve.

El otoño se acercó pronto a este lugar, los hayedos tiñen de diversos colores el paisaje ahora atrapado por el atardecer, las piedras coloreadas por el musgo dan frescura al entorno. La hojarasca hace su trabajo, el largo paseo acolchado cambia de color con el paso del tiempo.

Aquel lugar era mágico, las luces del atardecer se mezclan con el reflejo del agua, en pocos minutos la estampa de color se volvía brillante y melancólica con la luz de la luna. Ella siempre está allí, con sus pequeñas manos acaricia el aire, como si pudiera atrapar los bonitos colores que guarda en su retina. Imagina que es el país de los sueños, que si conseguía atrapar los colores del atardecer, encontraría las llaves de un mundo mágico. Verdaderamente lo cree, todas las noches se abriga a conciencia deja un pequeño farol en el porche, contempla la llegada de la noche queriendo atrapar los colores con sus manos, atrapar fuerte sus sueños.

Después de un tiempo aquella niña que con ilusión dejaba el farol encendido en aquel porche, dejó de ver aquel mágico lugar, donde las hadas se esconden, donde los duendes susurran maravillosas historias, donde no pasa el tiempo, donde las luces dan calor a las orillas del lago. Donde el simple movimiento de una vela, parece una bonita danza.

Ahora mira este lugar sin saber que puede seguir atrapando los colores, como cuando era niña, que el tiempo ha pasado, pero que los sueños siempre siguen ahí, guardados en su retina.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

No dejes de soñar

 


TE MARCHASTE

Mi corazón se ha parado, no se molesta en latir, se paró cuando te fuiste. Ahogado por la estela de melancolía que cubre mi habitación. Sus paredes en blanco y negro han perdido tu sonrisa. ¡Te he perdido!, ¿no sé por qué?, ha pasado una hora desde que me abandonaste, todavía oigo tu risa en mi cabeza. Me aflige pensar que ya no puedo acariciar tu pelo sedoso, acariciarlo y sentirlo con la yemas de mis dedos. El movimiento de tu pelo siempre insinuante, como las curvas de tu cuerpo.

No puedo hablar, mis palabras se derriten en mi lengua y solo permiten pronunciar tu nombre, en un susurro ahogado…, en silencio, un dolor punzante me atraviesa el alma. El dolor es tan profundo que desgrana los sonidos, haciéndolos sordos.

El sonido de la lluvia enmudece mis pensamientos. Ahora aturdido por la extraña figura que veo tras la ventana, se aleja sin mirar atrás, recibiendo la lluvia como un baño de llanto que disimula su rostro. Las gotas de lluvia adornan como farolillos la ventana, impidiendo ver como se aleja la esencia de mi vida.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Te marchaste


EN EL ARROYO

El trino de las golondrinas hacía eco en aquella habitación donde todos los días el sol alumbraba la pared. El rocío trasportaba el dulce aroma a tomillo y hierbabuena que había plantados cerca del arroyo. Aquella triste mañana Isidoro rompió con su vida, solo quedó de él una habitación llena de recuerdos. Fue justo cuando un rayo de sol dibujaba en la pared una bonita mañana de primavera.

Su huesuda mano rozaba los dedos de María, su fiel compañera, con la quién compartió una vida llena de alegrías. Desde que se conocieron hará más de 40 años; en el solitario banco junto a el arroyo. María dejó atrás el mejor compinche y amigo que había tenido nunca, sus lágrimas caían con desconsuelo en la bonita colcha que tejió de joven. Las campanas de la iglesia llamaban a sus feligreses al culto. Su conocido replíqueo se extendía por cada rincón del pueblo, llegando como otra melodía más al alféizar de la ventana.

María peinaba los cabellos de Isidoro cada mañana, le hablaba bajito para que despertara, besaba sus labios ahora fríos y quebradizos. Esos labios que le robaron su primer beso.  – Dicen que cuando se muere, el órgano de los sentidos que permanece activo unos minutos después de fallecer es el oído. María narró su feliz vida, mientras a lo lejos se oía cantar un gallo y el rumor del agua en el arroyo. Eso fue lo último que Isidoro se llevó, la dulce voz de María con la música de fondo que escuchó desde niño.

A partir de ese día, María baja todas las tardes al viejo banco testigo de su amor; eran solo unos chiquillos, pero su atracción supero todas las barreras. Tocaba con sus torpes manos las letras grabadas en la madera. Ella quería acabar sus días en aquel hermoso lugar, donde veía el agua del arroyo y escuchaba sus secretos. Pasaron un par de años desde que Isidoro abandonara este mundo y María desde entonces acompañada de su gastado bastón bajaba todas las tardes aquel banco solitario.

El otoño llegó frío y María se encontraba mejor que nunca, se sentía joven y fuerte. Estaba convencida que hoy iba a ver a su querido Isidoro. Acompañó a su castigado cuerpo hacía el banco de madera, las hojas salpicaban el camino dando a el recorrido un color cobrizo que endulzaba la vista, se sentó despacio.

Sus manos acariciaron por última vez aquellas eternas iniciales. Fijó su mirada en el arroyo y marchó, justo en el momento que la luz del sol se fundía en la montaña. Se fue agarrada a ese chico moreno que declaró su amor, una tarde como aquella.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

En el arroyo


ADARA2

 

EL LIBRO ENAMORADO DE ADARA

¡Me ha vuelto a pasar!, nunca escarmiento con los hombres. Me he pasado llorando todo el fin de semana, viendo sin ver las películas de la triste y deprimida Bridget Jones. Intentando arrancar una sonrisa de mis labios. Estoy hecha un desastre, me miro al espejo y no me reconozco. Las ojeras sobresalen de la cara como grandes gominolas, mis ojos repletos de finas venitas rojas, asocian mi estado anímico con una mirada repleta de desánimo. Hoy como otros muchos, es el peor momento de mi vida. Pero tengo que hacerlo, tengo que continuar. Intento no pensar en lo ocurrido y me distraigo mientras disimulo mis profundas e hinchadas ojeras con corrector y maquillaje. Mi corazón seguirá herido durante mucho tiempo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que la felicidad inundaba este cuarto. En estos momentos y delante del espejo donde reflejo cada día mi vida, me hago una promesa, nunca más me voy a enamorar. Aunque recuerdo que es la misma frase que utilicé la última vez. Embriagada en mi fracaso, disimulo con esmero el triste y lloroso tapiz de mi rostro.

Pongo rumbo a la jauría diaria, donde la misma gente de todos los días te juzga sin conocerte. Mi cabeza forma parte de una silueta bien definida, donde los pensamientos son ajenos al cuerpo y el alma. Aquí estoy yo, dentro del vagón de metro, mirando a la misma gente de todos los días; recibiendo su incesante vaivén que adormece despierto. Con los ojos abiertos mirándome a través del reflejo de la ventana, descubro una mirada; un atractivo joven me observa con media sonrisa. Cierro los ojos y no quiero pensar. Me quedo adormilada, con una sensación plenamente placentera. Percibo una caricia en mi hombro, abro los ojos. El vagón está completamente vacío. Sus puertas se abren y me muestran el cartel de mi parada. Recojo mi cuerpo abatido, pero antes de salir, en el asiento donde estaba sentado aquel atractivo joven, casi a punto de caer había un libro. Al agacharme para cogerlo pude leer en letras doradas “No soy un amor prohibido” sin pensarlo dos veces, cojo aquel ejemplar y lo guardo disimuladamente en mi bolso.

El roce de aquella portada con las yemas de mis dedos, el olor a libro antiguo que se filtraba con apariencia arrogante entre la cremallera entreabierta de mi bolso; la delicada grafía de la portada, inundó mi cuerpo de entusiasmo. Arrinconé a un lado mis pensamientos tristes del fin de semana, recuperando el color en mi rostro y el brillo en los ojos, puse un pie en la oficina.

Hoy tengo mucho trabajo, llevo la sección de Recursos Humanos, ha empezado la selección de aspirantes para el castin de una nueva novela. Cuando me siento en mi despacho me olvido de mis penurias, me dedico en cuerpo y alma a desempeñar mi papel.

Me sirvo un café de máquina en la sala de descanso y presencio el tumulto de gente que espera ansiosa la entrevista. Hombres, mujeres de todas las edades y nacionalidades, intercambian sus miradas y contemplan nerviosos el número de su turno en el luminoso de recepción.

Han pasado cuatro horas desde que acaricie aquel libro, no he dejado de pensar en su título “No soy un amor prohibido”. – Romántica hasta la médula, donde la poesía me alimenta cada día. Quizá por eso me pasan esas cosas, por qué me enamoro en mi primer encuentro de cualquier hombre que me roba un beso. Mi torpeza eligiendo el amor y mi dedicación pasional a mi pareja, me hace una presa fácil, donde el hombre hipnotiza mis sentidos, secuestra mi cuerpo que cautivo desea el amor entre sábanas.

Esa es sencillamente la hipotenusa de mi vida. Me encuentro otra vez con mi mirada en el espejo, he notado en pocas horas que mi espíritu ha recobrado vida. ¡Ya soy persona!, las ojeras se han disipado, dejando el contorno natural de mis ojos verdes. He traído mi bolso con la intención de retocar mi maquillaje, pero no ha sido necesario. El libro asoma insinuante, entre el neceser y mi móvil.

La atracción es tan poderosa que no puedo controlar el impulso de empezar a leer. Miro todas las cabinas del baño,- no hay nadie,- decido entrar y cerrar con llave. Acaricio su portada, leo en voz baja el título. Otra vez me inunda ese agradable olor a libro viejo, me traslada a otro tiempo,- comienzo a leer.

Te has castigado mucho el fin de semana, tus lágrimas no calman mi sed, me preocupa tu estado. Eres una de las pocas personas que he conocido que se refugia en su jaula contemplando asustada los leones que están al otro lado.

Intento dar sentido a lo que estoy leyendo, cierro el libro y observo la encuadernación, es un libro antiguo, está correctamente encuadernado, sus hojas del color pergamino me desorientan, el vocabulario es actual. ¿Cómo es posible?,- continuo leyendo.

Estar enamorada no es malo, es un estado prodigioso que nos cautiva a diario. El amor incondicional se asoma a tu vida de vez en cuando, el problema es que el amor llama a tu puerta y tú inocentemente le dejas entrar sin preguntar. ¿Qué hueco siempre tienes vacío?, ¿qué buscas en el amor?, solo unas dulces palabras, un beso furtivo, ¿sexo descontrolado? Solo te hago una pregunta ¿Crees que soy un amor prohibido?

El sonido del móvil me despierta de ese paradigma literario que sostengo entre mis manos con pocas páginas escritas. Pero con una asombrosa firma en griego “Eρως” que reconozco de inmediato.

Me levanto cabreada, esto es una broma pesada de mí exnovio Octavio, sabe mi pasión por la cultura clásica y además de dejarme, se mofa en mi propia cara. Meto de nuevo el libro en mi bolso y decido ir a su casa a pedirle explicaciones. La rabia que contengo se empieza a dulcificar cuando levanto la vista y el próximo al que tengo que entrevistar es el atractivo joven que me miraba en el metro. Me quedo sin respiración, emerge por la puerta con una seductora sonrisa y perfecta dentadura; su pelo despeinado y su mirada seductora, consigue que me remueva en mi silla. Me entrega su currículum, lo dejo sobre la mesa. Me sudaban las manos, le invite a que se sentará, intenté no ruborizarme, pero creo que fue un intento fallido, porque él mantenía mi mirada. Su mirada me ofrecía una calidez sin límites, traspasando mi barrera helada. Era una sensación extraña, cercana y familiar.

El tiempo pasaba despacio, le hice un montón de preguntas, me pareció un candidato perfecto para ser el protagonista que buscaba la cadena de televisión. Le dije que si resultaba elegido le llamaríamos al teléfono que figuraba en sus datos personales. Le di las gracias por venir y le estreché mi mano. Fue entonces cuando el dulce sabor a miel brotó en mis labios, un calor sofocante inundó mi cuerpo, un orgasmo ofensivo alarmó la intimidad de mi cuerpo. Cuando solté su mano, un adiós jadeante se escapó de mis labios. Intenté ahogar el profundo jadeo cerrando mi boca; fue cuando él depositó un suave beso en mi mano. Se marchó como vino, con una sonrisa que cautivó el más preciado rincón de mi cuerpo. Me deje caer sobre la silla, contemplé su currículum. Me quede sin habla, sin respirar, sin vida… Intentaba aclarar mis pensamientos, necesitaba saber si estaba despierta o continuaba llorando abrazada a los cojines del sofá y viendo la televisión.

Era la hora de regresar a casa, hoy había sido un día verdaderamente extraño. Mucho trabajo, pero lo más curioso de todo era aquella magnífica sensación que había sentido y que no había dejado de sentir. Anote su teléfono y su dirección en mi agenda. Esos sentimientos que se cruzaban eléctricamente durante unos minutos agarrando su mano, no quería olvidarlo, necesitaba sentirlas de nuevo.

Me quedé dormida en el sillón, comencé a soñar;

     Telas blancas colgaban del techo, las paredes pintadas de azul marcaban un recorrido. Mi cuerpo desnudo recorría aquellas habitaciones, repletas de bandejas llenas de frutas y dulces, almohadones de colores difuminaban el suelo; una gran cama insinuaba el descanso. El olor a champán inunda cada rincón aportando al aire un delicioso manjar de burbujas. Acaricio las telas, envuelvo mi cuerpo en una de ellas y se perfila mi figura que desvela sensualidad, calidez y deseo. Una figura masculina apoyada en una columna me llama por mi nombre. Las telas que cuelgan desde el techo me prohíben ver con nitidez su rostro. Su voz hipnótica me va seduciendo. Me acerco apartando las suaves telas que me acarician mientras paso. En ese momento me despierto.

– ¡No me lo puedo creer!- en el mejor momento del sueño, ¡se cierra el telón!

Intento no moverme, cierro los ojos de nuevo; les aprieto intentando evocar de nuevo el sueño, ¡no hay forma! Estoy muy cabreada, el sueño prometía; sentir un orgasmo mientras duermes es una de las cosas que siempre me gusta que ocurra. – Me despejo como puedo, me duele todo el cuerpo por la postura que tengo mientras dormía. Recuerdo las últimas palabras del libro y lo saco de mi bolso. Asombrosamente las páginas escritas se han multiplicado; quedan muchas páginas en blanco.

Estoy volviéndome loca; me meto en la ducha con la esperanza de limpiar mi alma de emociones y vanos sueños. Estoy sumergida en el agua caliente, esperando respuestas de algo que ocurren con escaso sentido. Intentar poner mi cabeza en orden es bastante complicado, siempre engancho un caos emocional tras otro.

Ya, totalmente despierta con una taza de café en la mano, intento de nuevo descifrar aquel enigmático libro. – continuo.

Te llamo desde el umbral, deslizas tu cuerpo con garbo hacía mí. Tu bonito pelo azabache alcanza tus voluptuosos pechos, jugando con tus azorados pezones que buscan espacio en mi boca. Allí estas con la plenitud sexual de tu cuerpo colmado de juventud y madurez; desafiando el silencio en este espacio vacío. Mantengo tu mirada, acaricio tu cuello con mis manos, veo que tu cuerpo se estremece, se mueve abarcando el aire y convirtiéndolo en fuego. Tu suave y sensual aliento cubre mi rostro convencido en sumergirse como una lengua en mi boca. Esto no es un secreto a voces, tu presencia perfuma el aire de mis pulmones. Eres mi refugio divino, eres mi diosa. He esperado mucho tiempo, pero al final has despertado…

No puedo seguir leyendo, mi corazón se derrite con el ritmo de las palabras. Rompo con la soledad de este ambiente mezquino que tritura mis días sin piedad, dejándome cada año más vieja y más débil para el amor. ¿Qué me está pasando? Ya no distingo mi propia realidad.

Despierto. Ya es la hora de viajar en metro y renunciar a los placeres de la lectura y los sueños. Otro día más sin verte en aquel vagón. – No quiero quedarme dormida.

Llegó el día de decidir quién ocupará el papel de protagonista en la nueva serie de televisión. Entre los elegidos está él; misterioso y cautivador, derrumbando con tan solo una mirada. No recuerdo como se llama y busco en el cajón su carpeta. Se llama Eros, un dios seductor, uno de sus placeres es embriagarte con una infinita sensualidad. Intento introducir un poco de coherencia en mis pensamientos y le confirmo a mis compañeros mi decisión. Marco su número de teléfono mientras las imágenes de mi sueño tiemblan a cada tono de llamada. – No lo coge nadie, salta un contestador automático. – Le dejo un mensaje.

Pasan tres días y Eros no da señales de vida. Aunque parezca una locura, cojo el libro con la esperanza que me mostrara instrucciones de que hacer y de donde buscarle. Las mismas páginas leídas, las mismas palabras descubiertas. Lo acerco a mi nariz para iniciarme en ese mundo sugestivo, que te hace volar en los sueños. No percibo nada de nada. Recuerdo en ese momento que apunté su dirección en la agenda. Decido acercarme a su casa, pensaba que a lo mejor estaba enfermo, por eso no contestaba a mis llamadas.

Era un edificio antiguo del centro de Barcelona, no disponía de ascensor. Comprobé el piso y el número que tenía anotado. Llegué a la cuarta planta. Era la única puerta pintada de un blanco inmaculado, sobre ella dormía el número siete y a su lado un post-it que me invitaba a entrar. No estaba cerrada, pasé al hall despacio, casi arrastrando los pies, un ligero escalofrío se inició desde mi nuca hasta el pequeño dedo de mi pie.

Había estado allí, la confianza de la imagen que mis ojos veían era misteriosa, pero a la vez divina. Las paredes pintadas de azul, el olor inconfundible a velas encendidas. Seguí por el pasillo de grandes ventanales, donde cuadros de otra época adornaban las paredes. Mis ojos descubrieron a continuación lo que vi en mi sueño. Del techo colgaban telas blancas de fina seda, adornando un gran espacio, donde las ventanas y los almohadones que se veían en el suelo te invitaban al descanso. Alguien pronuncia mi nombre. Él está allí, apoyado en una columna. Persigo aquella voz que me llama hasta que solo quedan unos pasos para caer y despertar.

– Hola, Adara. Tenía muchas ganas de verte. – contemplo su cuerpo como si se dibujara en la pared ¡pura magia!

– Hola, Eros, te he dejado numerosos mensajes y no has contestado.

– Vengo para comunicarte que te han elegido para ser el protagonista de la serie televisiva.

Es entonces cuando siento su profunda mirada y enloquezco. Me está devorando, me arrastra. No puedo dejar de mirarle. – Intento no perder la compostura, pero solo consigo ponerme muy nerviosa. – Su voz entorpece mis pensamientos;

– Adara, ponte cómoda, ¿te apetece tomar una copa?

Mis labios estaban sellados, sus ojos me han engatusado. – actuó sin pensar.

– Si por favor. – ¿Te apetece una copa de Champán? – En ese momento recuerdo el olor agridulce del Champán; incluso siento el vapor burbujeante en mis labios. – asiento con la cabeza.

Me siento entre los inmensos cojines de vivos colores, donde sus telas desprenden un intenso olor a incienso. Caigo en un estado de relajación muy impropio en mí. Me dejo llevar.

– Verás, es muy difícil de explicar, no deseo asustarte. No sé si recuerdas que hace un par de meses perdiste un libro. ¿Lo recuerdas?

– Si, no sé dónde lo perdí, lo estuve buscando toda la tarde. Creo que lo deje olvidado en el mismo vagón en el que encontré el tuyo.

– Levántate y mira en el cajón de mi escritorio. – Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, mi libro preferido yacía en el cajón de un desconocido. Mi tarjeta estaba donde la deje por última vez, ¡qué ingenua soy!, separe las páginas con mi tarjeta de visita. Me entró el pánico, las preguntas botaban en mi cabeza ¿y si es un pervertido sexual? Estoy en casa de un tipo que tiene en su poder mi libro olvidado, sabe mi dirección y seguramente no quiere trabajar en televisión.

Me tiemblan las piernas, estoy tan alejada de la realidad que me asusto al oír su voz cerca de mis oídos.

– Adara, no te asustes solo quiero conocerte. – Me ofrece el Champán con una sonrisa deslumbrante y caigo desde lo más alto.

– No tendría que estar aquí, lo siento, solo estaba haciendo mi trabajo. Tengo que marcharme.

– Lo siento, no pretendía asustarte. – su mirada dulce me convenció, le dediqué unos minutos de atención.

– Llevamos viajando en el mismo vagón durante años, siempre a la misma hora. Tú nunca te has fijado en mí, pero yo no he podido resistirme a tus encantos. – me costaba creer lo que me estaba diciendo, di un pequeño sorbo al Champán. – me considero una chica normalita, que adora la literatura, soñadora y un poco despreocupada por su aspecto, adicta a caer en manos de terroristas del amor que agujerean sin escrúpulos mis sentimientos.

Estoy convencida de que esto es una broma de mal gusto.

– Bueno, entonces explícame lo del libro que dejaste olvidado en el asiento del tren. – saqué mi libro del bolso y hojee sus páginas, estaba todas y cada una de ellas en blanco.

– Esto es una broma de mal gusto o eres un increíble mago. – estaba dispuesta a marcharme cuando en menos de un microsegundo me sostenía la barbilla con sus manos.

El espacio y el tiempo quedaron suspendidos en aquella habitación donde las telas que colgaban del techo se movían causando un ambiente inolvidable; yo diría mágico. Su mirada penetró tímida en aquel caparazón con el que había protegido mi cuerpo desde que entre en aquel lugar misterioso; mi tensión le hizo retroceder, me observaba, casi no llegaba a rozarme con las manos. Fue entonces cuando comprendí que el magnetismo que nos unía era infinito. Que si yo respiraba él también lo haría. Somos como un viejo reloj, una maquinaria perfecta, él marca los minutos y yo los segundos.

Me acarició lentamente, le miré convencida, derrotada, con un ligero recelo de caer en mi propia trampa. Acerqué mis labios a los suyos y se produjo el milagro. En ese momento mi espíritu y el suyo subieron al compás por una interminable escalera de caracol, sin prisas; saboreando aquellos gruesos labios que devoraban mi sed de amor. Un beso cargado de energía que mi cuerpo no pudo rechazar, caí lentamente en los cojines del suelo mientras mis manos ansiosas acariciaban su magnífico cuerpo. Se separó unos centímetros de mí, sin dejar de mirarme me desabrochó la camisa, cuando quise darme cuenta, estaba sumergida en una deliciosa caricia que despertaba la diosa que llevo dentro. Le descubrí mirándome otra vez, su mirada no era normal, nunca me había sentido de aquella manera, era sincera, seductora y leal. Era increíblemente dulce, estaba enamorado de mí. He pasado por muchas relaciones fugaces en mi vida y esa mirada sincera no la había sentido jamás y mucho menos en un estado previo al orgasmo. Separó mis piernas que acariciaba mientras besaba mi cuerpo, me miraba sin ningún tipo de expresión, estaba concentrado en sentir. Desde aquella postura tenía unas vistas maravillosas, su cuerpo perfectamente esculpido, bronceado e hidratado se trasformaba cada vez más. Empecé a jadear, el calor se iba apoderando de mí, sin prisas… lentamente le lamia su cuerpo, saboreando cada centímetro. Su olor y su sabor hacen que mis pensamientos se queden en el aire. Solo tengo una cálida cosa en la cabeza, el placer jamás descubierto hasta ahora, infinito, delicioso y húmedo; cabalga sin compasión haciendo que explote una y otra vez, sin control… exhausta de ese placer que me ha brindado esta mañana, me quedé dormida en sus brazos.

Abrí los ojos, la luz se había marchado. En ese momento no sabía dónde estaba. Acaricié el otro lado de la cama y él no estaba, se había marchado. Me levante, me vestí y me marché. No me dejó ninguna nota, solo una bonita rosa roja al lado de la puerta. Acaricie sus pétalos, aspire su aroma y sonreí.

Me dirijo a casa, no me di cuenta de que me había dejado el libro, hasta que no saqué las llaves para abrir la puerta. Decidí llamarle por la mañana para saber si quería volver a verme. Necesitaba oír su voz, sentirme cerca de él. Me he vuelto a enamorar, pero esta vez creo que es la definitiva. ¡Estaba feliz! en la oficina no paraba de sonreír, recordé que Eros había sido elegido y que hoy sin duda volvería a verle.

No fue así, las esperanzas de trabajar cerca de él me hacía subir la temperatura. Cumplí con la jornada laboral y me acerqué a su casa. Subí las cuatro plantas del edificio, para mi sorpresa la puerta de color blanco no existía, ni el número siete, estaban marcadas con letras. Me senté en los escalones y me puse a llorar. No podía creer que lo que ocurrió ayer por la mañana fuera un sueño. Me niego a creerlo. Esto es una historia sin explicación, pero estoy segura de que ha ocurrido. Entro en el metro, estoy tan cansada que me quedo dormida. Noto que algo se cae de mis manos, al mirar hacia el suelo, veo el libro de Eros abierto. – consigo leer.

No te desesperes, no he desaparecido, solo te estoy preparando una sorpresa.

Me levanto de un salto, escruto el vagón con la esperanza de verle. ¡No está aquí! – continuo leyendo.

Adara te quiero, te espero en casa, no tardes.

Se dibuja una amplia sonrisa en mi rostro, subo las escaleras de dos en dos, tengo ganas de besar sus labios. Alcanzo la cuarta planta y mi puerta está pintada de blanco y el número siete duerme pegado a ella.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

El libro enamorado de Adara


 

 

https://juliaojidos.files.wordpress.com/2014/03/club-de-libros-perdidos1.jpg?w=736

 

LABIOS ROJOS CARMESÍ

 

Casi era la hora de cerrar, pero allí estaba su vieja bicicleta, la cargaba de libros cada semana. Recuerdo el primer día que la vi llegar, su vestido floreado hacía visible su bonita figura, su melena se movía por la brisa del mar, a un lado de su cabeza una pequeña flor de almendro adornaba sus cabellos que caían prodigiosos sobre sus pechos. Nunca me atreví a saludarla, pensé que ella nunca se fijaría en un joven como yo, un aprendiz de librero, con unas pocas monedas en el bolsillo, pero con ganas de describir con palabras y papel a aquella muchacha que un día se arrojó a mis brazos. Si, así es mi bonita historia, pero demasiado corta. Don Luis me pagaba poco, pero en los tiempos que corrían tenía que coger lo que me ofrecía.

Me pagaba los jueves, después de entregar los pedidos a domicilio. Ella llegaba sobre las ocho de la tarde, casi a punto de cerrar, siempre con preciosos vestidos de colores alegres, que la hacían aun más bonita. Sus labios de un rojo carmesí, realzaban su sensual boca, mis ojos solo eran para ella.

Allí estaba yo abobado con esa criatura que enviaba el diablo cada semana, sembrando en mí un deseo incalculable que se extendía desde mi nuca hasta la curiosidad de mi bragueta.

Cada tarde después de mis quehaceres diarios, cerraba la tienda, corría hacia la playa con recortes de papel de estraza en el bolsillo, con la triste compañía de un velero en el horizonte y el sol despidiéndose del mar. Era mi momento, donde mis sentimientos más profundos se dibujaban en forma de letras en aquel trozo de papel, donde mi pequeño mundo se convertía en reino. Donde mi hermosa princesa, montada en su precioso caballo cabalgaba junto a mí, en aquella solitaria playa.

Era el mundo real que yo quería creer, donde se formaba una bonita conjunción de palabras y sentimientos. Cuando el sol quedaba atrapado en las aguas, me marchaba, con una única ilusión, ¡quedaba un día menos para verla…!

En la pequeña habitación del hostal, colgué en la pared aquel trozo de mi bonita historia, de mi amor platónico, un amor inalcanzable para un triste aprendiz de librero.

Trascurrían los meses y nunca me atreví ni siquiera a saludarla, el corazón me latía con fuerza cuando descubría mi mirada perturbando sus pensamientos. Yo la obsequiaba con una pequeña y vergonzosa sonrisa que no llegaba a cruzar ni medio rostro, eso sí, el color de mis pómulos formaba un destelló rojo que resaltaba entre las estanterías llenas de libros.

Ahora acostado sobre mi cama y contemplando mis pequeños recuerdos pinchados en la pared, dibujando en el aire un corazón con los dedos, percibí el ligero aroma de la almendra y recordé la flor que guarde de ese día, el último día que la vi.

Ya habíamos cerrado y miraba nervioso el reloj, desde lo más alto de la calle, a esa hora la veía aparecer, pero ese día presentía que algo iba a ocurrir. El trasiego de coches y camiones me hizo pensar lo peor, oí el ligero sonido de un timbre, miré hacía aquella dirección y descubrí con alegría que era ella.

Como siempre radiante, su pelo alborotado flotaba en el aire, sus labios rojos anunciaban un beso ardiente, pasó rápido por mi lado y frenó con tanta brusquedad que la hizo caer.

Me coloqué a su lado y cayó en mis brazos, sostuve su mirada en un largo espacio de tiempo, me inspiraba frescura, el rico aroma a primavera. Sus labios entreabiertos, me insinuaban la sed de un beso. Y así fue o creo que fue, posé un tímido beso en sus labios.

Las mariposas que cultivaba en mi estómago salieron volando, formando una nube de colores al paso del viento. Del pelo calló esa pequeña y rosácea flor, que aún guardo con cariño. Esa fue la última vez que la vi, entre mis brazos.

Después de aquel encuentro, sobraron los sueños e ilusiones que plasmaba en el papel. Se casó con don Luis, mi querido y viejo jefe. Lo bueno de todo esto es que después de todo este tiempo, he conseguido ser escritor y volver a aquella librería que me dio trabajo. Aquel lugar que me hablaba de ella, con imágenes y con palabras. Donde en cada rincón se ve su mirada felina y se dibuja una sonrisa de rojo carmesí.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Labios rojos carmesí


 

OLOR A TIERRA MOJADA

Desde mi ventana vi caer la última hoja, perdida y desconsolada, se precipitó al vacío. Seguí la trayectoria de su baile hasta qué rozó el suelo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; a lo lejos un horizonte nuboso se desató con furia; un látigo de luz comenzó a castigar la tierra. Impaciente…, agucé el oído para percibir aquel enfado ruidoso que hacía estremecer el suelo; ¡es la inquietud del cielo! el mazo que despierta a los mortales. El aviso de la naturaleza que comunica que está despierta – no oí nada, solo percibí un cosquilleo débil que masajeó mis pies, agarré con fuerza mi taza de café. El humeante aroma tranquilizó mis sentidos; el olor invadió aquella habitación que esperaba impaciente la fragancia de la tierra mojada. La ventana estaba abierta, quería sentir el delicado aroma de la lluvia sobre mi cuerpo. Ese olor tan especial que embriaga los sentidos…, que transporta los recuerdos. Recuerdos de cuando era niña. Aquellas tardes grises, pisando los charcos con las pequeñas botas de agua, corriendo entre las hojas secas del suelo. Ese olor a tierra mojada; no ha cambiado…, ese olor trufado sigue en el olfato de mi memoria, impasible al tiempo. Derrochando buenos recuerdos que ahora vienen a mí como burbujas del pasado…, entrando por mi ventana.

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Olor a tierra mojada

 


 


MAS ALLA

MÁS ALLÁ DE LOS CAMPOS DE ALGODÓN

No sabría cómo comenzar está historia, si por el final o simplemente por un principio contado. Era época de hambre y después de que el tornado se llevara gran parte de las cosechas de algodón, la mamá de Ofelia se dedicó a limpiar los establos, poner a punto la casa de verano de sus señores, siempre claro está con la supervisión de Harold un viejo negro que renunciaba a serlo. Cascarrabias desde que piso la tierra, pasaba su guante blanco para ver que todo estaba perfecto.

Ofelia seguía a su madre y aprendía los trabajos de la casa, solo a ella la dejaban pasear por los largos pasillos mientras su madre barría, ahuecaba los colchones y pelaba patatas en la cocina.

Los señores casi nunca estaban en casa, viajaban buscando comerciantes que vendieran sus telas en otros estados. No tenían familia, la señora según la madre Ofelia era como un pantano lleno de caimanes, por eso nunca podía quedarse en cinta. Lo decía siempre riendo, aunque Ofelia solo contaba con seis años de edad, creía que sabía lo que su madre quería decir con aquellos comentarios, pero estaba equivocada, su madre le advertía de que las cosas de la casa no se comparten, que no tenía que contarlo con ningún negro de la plantación, solo podía conseguir que los señores le dieran unos cuantos latigazos.

Ofelia era una niña soñadora y con una imaginación desbordante, acompañaba a su madre todos los días a los campos de trabajo desde que salía el sol, hasta que anochecía. Impaciente por caminar junto la valla que la separaba del otro estado.

Era época de cambios y la gente de color iba adquiriendo privilegios en algunos estados cercanos, unos de ellos era pasando aquella valla, donde muchos de ellos murieron por encontrar la libertad.

Por esos su madre siempre le hablaba de que tras esa valla podrían ser libres. Le hablo de un montón de negros que murieron en manos del capataz y sus empleados. Les ahorcaban junto los establos, permanecían allí colgados durante varios días, para dar ejemplo, después los enterraban en una fosa común cerca del río.

A Ofelia siempre le gustaba oír los cuchicheos de las sirvientas de la casa, el problema era que entendía lo que quería. Ese era su gran problema, no sabía leer ni escribir como la mayoría de gente de color que trabajaba en la plantación, no había vivido más allá de los campos de algodón, su vida era aquella pequeña ciudad, con sucios barracones que para ella era su dulce hogar.

Una tarde de verano cuando Ofelia tenía ocho años, paseaba pegada a la valla cantando canciones de campo, las que había oído desde muy pequeña mientras recogían el algodón, está canción era triste, hablaba de sueños y de futuro. Distraída movía los brazos tocando ligeramente la valla cuando sin darse cuenta al otro lado le miraba atentamente un niño blanco, el niño más feo que había visto nunca.

Ofelia abrió los ojos como si le fueran a salir disparados, es tal la cara que puso, que el niño blanco soltó una carcajada, que contagió el ánimo a la pobre chica. Su madre le decía que los niños blancos los engendraba el diablo, que no los mirara a la cara porque su piel se cambiaría de color. Ofelia se puso muy nerviosa y miraba sus manos, esperando que su color se tornara como el algodón. Ese fue su primer día, pero le siguieron muchos más junto a la valla.

Su madre no la dejaba hablar con los niños de otras plantaciones, ni siquiera con los que compartía el barracón para niños de su edad. Tenía distinciones entre los negros que trabajaban día a día en la plantación y los que trabajaban en la casa grande. Todo lo que conocía en su corta vida era, trabajo, trabajo y más trabajo, solo una distracción, la lineal y áspera vaya de madera que la separaba de sus sueños.

Un día caluroso la madre de Ofelia cayó enferma y ella tuvo que encargarse de abrillantar los suelos de la casa, según se agachó, notó un horrible pinchazo debajo del vientre, la hizo caer al suelo. El miedo a morirse sin saber que se siente al ser libre se apoderó de sus pensamientos. El señor cascarrabias al verla en el suelo retorciéndose de dolor se acercó y la ayudó a incorporarse. Fue en ese momento cuando una cascada de sangre caía por sus delgadas piernas. Creía que iba a morir desangrada, no paraba de llorar y de pronunciar oraciones para salvar su alma. En ese momento apareció la señora que alarmada por los sollozos de la joven dejó su costura para averiguar que ocurría.

La abrazó con ternura y la indicó que la acompañara. La señora era buena con Ofelia, su madre se ganó su confianza y tras años de trabajo demostró que no la traicionaría como hizo su padre. El padre de Ofelia los abandonó, trabaja justo detrás de la valla en aquella plantación que se ve a lo lejos, pero como hombre libre, con casa y un escaso salario, pero jodidamente libre. Creo que así comenzó todo el lio de probar a tener hijos libres.

No se oía otra cosa, la verdad es que no sé quién lo inventó, pero se convirtió en leyenda, las mujeres de la casa mientras limpiaban las gallinas y cocían patatas, hablaban que si dabas a luz con las piernas bajo la valla tu hijo nacería en el estado libre. La verdad es que Ofelia esa historia la había oído desde que empezó a andar, nadie se atrevió a hacerlo nunca, la valla estaba custodiada por un montón de hombres que seguían al capataz, entre ellos el negro más rastrero del estado, el miserable Arnold. Nadie le ve, pero serpentea su cuerpo cerca de la valla y huele la traición a leguas. Es el que limpia el culo al capataz incluso dicen que a veces hace de mujer para él. Su cara llena de cicatrices y su ancha nariz, perfila un rostro despiadado, y para rematar el ojo de cristal que ensucia su mirada.

La señora le contó que ahora no mirase a los hombres a los ojos hasta que encontrase marido, que era muy peligroso, que se acordara que todos los meses después de aquel horrible dolor, la sangre brotaría de nuevo. Ese día la señora la dejó descansar y con las piernas todavía cubiertas de sangre se abandonó en el catre y durmió hasta el amanecer.

Habían pasado casi cinco años desde aquel encuentro con el chico blanco de la valla. Ofelia había aprendido a leer y escribir, la señora también la enseño a coser.  Era una bonita joven de ébano que conquistaba los corazones de los jóvenes negros de la plantación, pero ella solo tenía ojos para su fiel amigo blanco, que todos los días acariciaba tras la valla.

En todo ese tiempo su mejor amigo, la esperaba con unos deliciosos terrones de azúcar. Se pasaban el tiempo subidos a un árbol, hablando de un futuro juntos, arreglando un presente que se acercaba confuso y lleno de contrariedades.

Esos fueron los más bonitos recuerdos que Ofelia compartía en su corazón. Pero un día a principios de septiembre, estalló una tormenta cuando abandonó el árbol que compartía con Óscar, después de haber hecho el amor, ocurrió algo que entristeció aquel encuentro.

Lo que Ofelia no sabía es que Arnold estaba enamorado de ella, la seguía cauteloso, con el único consuelo de ver su cuerpo desnudo en el agua del río junto a Óscar. Esa tarde la rabia y la frustración le perseguían, necesitaba que Ofelia fuera suya, después de saltar la valla era presa del indeseable lame culos del capataz.

Ofelia era una mujer alta y fuerte pudo zafarse en dos ocasiones, pero la agarró por el cuello, la tiró contra el suelo y la violó repetidas veces. Ella se resistía, solo tenía pensamientos para su amado, pensaba que era una mujer impura y que ya no la querría. Arnold ajustó los tirantes de sus pantalones y la amenazó si se lo contaba alguien. La dijo que la quería allí todos los días, si no le contaría a la señora que copulaba con un blanco, el capataz la colgaría sin pensarlo.

Ofelia se sentía sucia, todas sus ilusiones se habían roto, ella no sabía que dentro de su ser crecía un bonito niño blanco con ojos azules que le ayudaría a cambiar su vida y obtener su libertad.

La señora la estuvo observando y la hizo llamar, había cogido peso y como todos los días tenía que estar cerca de la valla para que Arnold disfrutara de su cuerpo, se notaba más cansada, pero ella creía que era por lidiar con una manada de búfalos, era como llamaba a Arnorl. Ofelia no se acordaba que había tenido dos faltas, cayó en la cuenta cuando la señora se lo preguntó. Le temblaban las piernas y casi cae al suelo, no podía soportar tener un hijo del apestoso búfalo. La señora le preguntó quién era el padre de la criatura que guardaba en el vientre. Bajó su mirada y no supo que contestar, la señora le preguntó si era consentido o si alguien la había violado. La explicó que sabía que Arnold estaba tras ella, que la miraba obscenamente y babeaba cada vez que la miraba. Ella no sabía que decir, si confirmaba los hechos seguramente sería ahorcada por amar a Óscar. A sí que negó con la cabeza y se marchó a su barracón mientras las miradas de las mujeres insultaban su cuerpo.

Dejó de ir a la valla durante los siguientes meses. Óscar desde el otro lado estaba preocupado, se oían rumores, pero él confiaba en que el niño que llevaba en su vientre era suyo. Desesperado comento a su padre lo ocurrido y decidió ir a comprar la libertad de Ofelia.

La señora como no había tenido hijos le hacía ilusión ayudar a cuidar a Ofelia de su bastardo. Había cambiado su forma de pensar, algo estaba pasando en la sociedad y poco a poco se iba labrando un futuro en aquel estado. Donde los negros no podían hablar sin permiso ni mear en el campo, solo en zonas autorizadas por el capataz, ni bañarse en el río, tantas y tantas cosas que se podrían leer en un libro como la Biblia

Ofelia tenía una gran barriga que le impedía hacer muchas labores en la casa, así que solo se limitaba a ayudar en la cocina con las pequeñas tareas.

La señora le regaló, paños de algodón para poner en sus pechos cuando le subiera la leche, la cambió el catre por uno más cómodo hasta que naciera el niño. Todo era atenciones, hasta que un buen día cuando Óscar decidió hablar con la señora, Ofelia se acercó al cobertizo a coger hierbas aromáticas para el asado, cuando tuvo una visita inesperada.

Detrás de ella apareció el apestoso búfalo, mascando tabaco y deslizando los dedos por los tirantes del pantalón. Se acercó a Ofelia, le susurraba que estaba muy bonita preñada de un bastardo blanco, que se acordaba de su cuerpo desnudo en el río. La tocó los pechos con fuerza notó que un líquido cálido salía de ellos, la arrancó el vestido, succionó sus pechos robando la leche a su hijo, ella no paraba de gritar y defenderse como podía, no quería que su hijo sufriera ningún daño. Consiguió tumbarla sobre la paja y la volvió a violar. Arnold oyó que alguien llamaba a Ofelia salió corriendo por la parte de atrás.

Empezaron las contracciones, un líquido tibio rodeó sus piernas, los dolores eran tan fuertes que hacían inclinarse hacia delante, produciendo un chasquido en la espalda.

Entonces recordó lo que le dijo su madre. Ofelia si algún día quieres tener un hijo libre, solo tienes que dar a luz entre las vallas.

Se levantó como pudo y cruzó la puerta del cobertizo, apoyándose en cada palo de la vieja valla, con la esperanza de alcanzar el árbol que contempló su amor por Óscar todas esas tardes.

Allí dejo caer su pesado cuerpo, dolorido y magullado. Empezó a empujar, su mente cabalgaba con las imágenes de su vida, con la esperanza de ver a su hijo crecer en libertad, junto a su amor, un chico blanco con ojos azules que cruzó su mirada un día en ese mismo lugar, que no le importo quien era y como era. Solo cogía su mano y la contaba historias de presidentes y de gente negra que se casaba con blancos. Todas esas cosas que aquí en este pequeño espacio parecían palabras dichas por el diablo, donde la doctrina era el trabajo, la esclavitud, sin vida, sin libertad…

A Ofelia solo le apetecía correr por el prado que veía detrás de la valla, respirar aire limpio, todo junto a Óscar.

Alguien llora cerca de mí, ahora sí que estoy en el cielo, a mi lado está Óscar me está ayudando a vaciar mi vientre del fruto del amor por él, bajo el árbol que vio crecer algo hermoso, su piel es blanca y al abrir los ojos, el azul del mar deslumbra un bonito amanecer, el amanecer del comienzo, el de los cambios. Un nuevo día hacía el presente.

 

 ©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Más allá de los campos de algodón

 


 

SUSURRO2

 

SUSURRO

 

Regresé después de doce años a aquella casa donde escondía mis juegos de niña, nunca me imaginé que la encontraría tan abandonada, mis abuelos murieron allí, en la casa que los vio nacer. Mis padres me la dejaron antes de irse del país. Aquí estoy yo, psicóloga de profesión, intentando poner un poco de orden a mi vida; dejo la ciudad y me instalo en está pequeña aldea.

Mis padres con el problema de sus viajes, todos los veranos me dejaban aquí con mis queridos abuelos, la casa es enorme y me perdía por la habitaciones. Corría por los pasillos, subía y bajaba al desván. Para mí, un palacio de princesas, hasta que cumplí los catorce años. Las cosas cambiaron. Me daba miedo subir al desván, dormía con tapones de silicona para no oír los ruidos que se despertaban en la noche. Me acuerdo que unos años después de que mis abuelos murieran, paso algo extraño en la habitación que ocupaba mi tío Alberto.

Ese verano se apuntaron a venir unos amigos, Jorge se fue al día siguiente porque no se acostumbraba a los ruidos nocturnos, se fue muerto de miedo. De echo desde aquel día no se nada de él.

El segundo que se marchó fue Lucas. Quiso demostrar a todos lo valiente que era y se fue a los cuatro días con fracturas por todo el cuerpo. Prefiero no recordar lo que ocurrió esa noche, yo lo achaco todo al exceso de alcohol y las drogas que algunos de ellos consumieron. Yo me pasé toda la noche practicando sexo con mi antigua pareja; no oí nada de nada.

La casa sigue igual que cuando la dejé la última vez, mañana vendrán a reparar el tejado, poner a punto la caldera y cómo no, ayudarme a limpiar. Hoy me toca adecentar un poco la sala de lectura para poder dormir allí.

Quite las sábanas que cubría el viejo escritorio de mi abuelo, la madera caoba refleja la luz de aquellos años. No muy lejos del escritorio se encontraba el diván, donde me acurrucaba en sus brazos hasta caer dormida, seguía allí con su tela desgastada, insinuando solo parte de las flores que se dibujaban. Los recuerdos afloran con retardos puntuales, muchos de ellos sin imágenes solo sensaciones; olores, sonidos que todavía hoy no puedo describir. Después de aquella noche, caí en un profundo brote psicótico que me envolvió en una tela de fina maraña. Atrapada en un espacio vacío, sin luz, sin recuerdos, solo un recurrente miedo.

Todos estos años no he pensado mucho en las malas sensaciones que tuve aquella noche, mi trabajo me ocupaba mucho tiempo, trabajar en un psiquiátrico con más de sesenta pacientes, no te deja espacio para los recuerdos.

He dejado las maletas en la entrada, las pocas pertenecías que poseo las trae mañana el camión de la mudanza. En la cocina perdura aún el aroma a café, un sutil recuerdo aparece en mi cabeza; es mi abuela, siempre sonriendo, preparaba el desayuno tarareando una canción, su sonrisa era impresionante, dejaba al descubierto una pequeña arruga en la comisura de sus labios que la hacía más juvenil. Recuerdos relámpagos…, intento prepararme un café, pero un chasquido me devuelve a la realidad.

Es curioso como el cuerpo reacciona a lo inesperado, son milésimas de segundo, pero noto como el vello de todo mi cuerpo se pone de punta, en alerta. He logrado poner el café en la vieja cafetera, la despensa de esta casa es enorme, siguen colgados los machetes que usaba mi abuelo cuando iba de caza; esa parte no me gusta recordarla. Su recuerdo me produce angustia, el mero hecho de recordarle con un delantal, quitando la piel a un conejo me produce asco, creo que fue el causante de que me volviera vegetariana.

Estoy algo cansada, el sol inicia su puesta; entran por la ventana pequeños y ralos rayos de luz que manifiestan su despedida. El vapor de la cafetera interrumpe la fotografía que se ve tras la ventana. Me siento cerca de ella con la taza en mis manos, casi no hay luz en el exterior, los arbustos del patio se empiezan a mover.

Recuerdo que un pequeño lechón se escapó de la granja de un vecino y buscó fortuna en la huerta de mi abuelo, ese día fue de risa, ver a mis abuelos corriendo detrás de aquel avispado animal que rozaba su vientre contra el suelo, esquivando los brazos y las manos de mis pobres abuelos que caían al suelo sin poder atraparlo.

¡Qué lugar lleno de recuerdos!, pongo la radio en la sala de lectura, sacó del armario un par de mantas y me regocijo en el diván con un buen libro. Estoy profundamente dormida, tengo un sueño ligero, la fina y blanca arena de la playa me deslumbra, noto como mi piel se tuesta con el sol, me siento sobre ella, empiezo a dibujar con los dedos.

La calidez de la arena me reconforta, sumerjo mi mano, la temperatura desciende, una ligera presión me oprime la mano, me persigue, se va deslizando por el brazo, sigue sumergida bajo la arena, intento sacarla, pero algo me agarra desde abajo. La presión sigue subiendo, a su vez la arena empieza a cubrir cada poro de mi cuerpo, arañando mi piel, saciando su sed con mis fluidos, la arena alcanza la altura del cuello, no me deja respirar.

Me estoy ahogando, casi no puedo coger aire, mi cavidad torácica no puede ejercer su trabajo con el peso de la arena. Estoy mirando al cenit, mis ojos solo ven la luz cegadora del sol. Me quedo sin aire unos segundos, despierto…, tengo los ojos abiertos, distingo el techo de la sala de lectura, pero sigo sin poder moverme.

Solo puedo mover el cuello, en mis labios tengo arena, intento incorporarme y descubro con horror que hay un agujero en el techo, la arena brota como el agua; cubre más de un metro, la puerta esta cerrada, recuerdo que la deje abierta. Sigue saliendo deprisa, está empezando a cubrir la parte alta del escritorio, empieza a taparme la barbilla.

¡Tengo que salir de aquí! basculo mi cuerpo para intentar mover la arena que me oprime, parece que se va moviendo. Ya es de día y la luz de la mañana empieza a entrar por la ventana, oigo el camión de la mudanza, comienzo a gritar. El ataque de ansiedad me revuelve las tripas y me produce arcadas, no las puedo controlar, el miedo a la muerte me invade y sigo gritando con fuerza.

Alcanzo ver una sombra que irrumpe en la ventana, sigo gritando, cristales rotos, alguien me pregunta

– ¿Está bien? Margot, Margot.- Noto que me zarandean, pero sigo inerte.

Miro alrededor y descubro con espanto que no hay arena sobre el suelo y que el agujero del techo no existe. Estoy tumbada en el diván, con las mantas sobre mi cabeza.

Después de unos minutos recupero la cordura, me levanto aturdida e investigo con la mirada intentando encontrar un solo grano de arena. No lo entiendo, estaba despierta…

El equipo de limpieza está poniendo a punto las ocho habitaciones del piso superior, yo me encargo de la parte de abajo, se oyen golpes de martillo de los obreros que reparan el tejado. Es una jauría de ruidos, se mezclan con los olores añejos que desprenden las cortinas que estoy quitando para lavar. Sigo dándole vueltas a lo ocurrido esta mañana, me doy cuenta de que estaba leyendo un libro cuando me acosté. Regresé a la sala de lectura, miré por todos los lados, el libro que traje en mi bolso, no apareció por ningún lugar.

Salí al porche a comerme un bocadillo, estoy cansada y los trabajadores se han ido marchando, la parte de abajo ya está lista para vivir. La única habitación que está lista al cien por cien es la de mi tío Alberto, las demás tienen problemas de goteras, colchones insufribles, en fin, solo queda esa habitación.

Desde que llegué no he subido a la parte de arriba. Era el momento de subir mis maletas y colocar la ropa en los armarios. Las escaleras de madera crujían incansables al paso de nuestro peso, es un ruido seco que se para al momento, se vuelve a activar cuando pones el pie en el siguiente peldaño. La puerta de la habitación tiene un color amarillento, como la nicotina deja los dedos a los fumadores. Se diferencia del resto de puertas, ha adquirido un color bastante feo, tendré que lijar y barnizar de nuevo.

No recordaba que pesara tanto la maleta, no la podía levantar y ponerla sobre la cama, abrí el armario y la metí dentro. La pequeña la dejé sobre la cama y empecé a colocar en el baño las cosas que traía de mi antigua casa.

Después de una cena ligera y una taza de té, subí las escaleras con los pies a rastras, sin fuerzas ni siguiera para mantener los ojos abiertos. Me tumbé sobre el edredón y caí en un profundo sueño. El sonido de un teléfono me asusta, pero no despierto, estoy viajando por las penumbras de un sueño pesado, noto un frío devorador.

Estoy en la misma habitación, las paredes de madera dibujan sombras chinescas, las mismas que mi abuelo dibujaba en la pared del patio; dibujo una sonrisa y me reconforta. Las sombras se mueven divertidas por todas las paredes del cuarto, hasta que llegan al armario, su puerta está entre abierta. El tiempo en ese momento se para, el reloj de la mesilla deja de marcar la hora, el silencio es absoluto, mis oídos aguzan con una inquietud creciente, el susurro que comienzo a escuchar salen del armario.

La puerta se abre lentamente, de su interior una sombra sin rostro se aproxima hacía mí. El olor a azufre y huevo podrido inunda el espacio, causándome un horror incontrolado. La habitación empieza a girar, el frío traspasa el límite de la congelación. Los dedos de mis pies empiezan a ponerse morados, me duelen las uñas, las rodillas empiezan a quebrarse hacía un lado, mi cuerpo se descompone, se vuelve quebradizo.

El frío acaba de alcanzar mi vientre, veo que los músculos se van descomponiendo, se empiezan a ver los tejidos internos, hasta que dejan al descubierto los intestinos. De repente la habitación recupera su estado normal, el susurro se oye dentro del armario, se alejan…, ahora estoy otra vez en un placentero sueño, relajada.

Mi cuerpo está sumergido en la bañera, las velas iluminan el baño, tengo una copa de vino en la mano, alguien está allí. Es Alex mi antiguo novio, está completamente desnudo, recuerdo esa noche; hacemos el amor, el olor es agradable, la espuma envuelve nuestros cuerpos.

Me costó abrir los ojos, me dolía la cabeza y tenía un punzante dolor en el dedo del pie, cuando me calcé, descubrí que no tenía uña en el dedo gordo, levante el edredón, la busque, pero no apareció. Al andar me dolía bastante, intenté curarme el dedo y le puse una pequeña gasa para evitar el roce con la zapatilla. Bajé cojeando, tenía el cuerpo molido, al coger una taza del armario, descubrí que mi antebrazo tenía un gran hematoma, me levanté la patera del pantalón y tenía llagas en las piernas.

Me puse a temblar, me castañeteaban los dientes, me dolía la mandíbula. La luz del contestador parpadeaba, era una amenaza para mi estado. Todavía no tenía dada de alta la línea telefónica, torpemente apreté el botón para escuchar los mensajes, la voz de mi padre radiaba por la habitación chocando con los armarios de la cocina.

– ¿Margot? ¿Ya estás instalada?

– Hija, coge el teléfono, ha pasado dos semanas y no sabemos nada de ti.

No podía creer lo que estaba ocurriendo, encendí el móvil y efectivamente habían pasado dos semanas desde que llegué. Tiene que ser un error, es imposible, ayer estaban reparando la casa y limpiando. Hoy tienen que seguir con el tejado y la caldera…

Un ruido que provenía del sótano me sobresaltó, era un ruido metálico, como si alguien arrastrara una pala por el asfalto. Me armé de valor y baje las escaleras, se veía muy poco, bajaba agarrándome a la pared, la bombilla estaba fundida, solo disponía de la luz que proyectaba el móvil. Mi respiración se aceleraba, me costaba coger aire. El olor azufre y putrefacción se desperezan lentamente hasta convertirse en una nube con forma, aproximandose  a mi olfato. La puerta se cierra tras de mí, las lágrimas caen impasibles sobre mi rostro, me ahogo en mi llanto. Golpeo la puerta y solo oigo de nuevo los susurros. Otro nuevo ruido entra sin piedad en mis oídos, el agua brota por la paredes inundando el sótano, rompe los escalones a su paso, la legua de agua me empieza comer los pies. Solo consigo hacer una llamada, mi padre coge el teléfono.

– Sí.

– Papá. Ayúdame.

– ¿Margot, Margot?.- Oía la voz de mi madre, gritando;

– ¡Jhon!, Margot está muerta, nuestra hija está muerta, lleva doce años muerta.- El llanto de mis padres terminó la llamada, solo noté que el agua me cubría la cara y deje de respirar.

 

 ©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Susurro


fotografo de almas1

 

EL FOTÓGRAFO DE ALMAS

Todo comenzó con un sueño, no era un sueño de sus vivencias, era una señal; castigado por esa locura que le persigue, intenta canalizar ese sueño que le trae de cabeza. Andreu un joven ingenioso, un extraordinario inventor. En su viejo taller deposita su sabiduría, noche tras noche, sin descanso. Está convencido que ese invento será algo mágico y grandioso, le dará un poder que pocos pueden alcanzar. Hace unos años experimentaba con sales de plata, con grandísima fortuna por cierto, descubrió las altas propiedades fotosensibles. Pero no quedó ahí, en sus manos cayó el manuscrito de un apasionado alumno de Leonardo da Vinci que plasmó en papel, sus grandes inquietudes en un pequeño boceto; donde una caja cuadrada proyectaba un haz de luz en una mesa. El sueño del joven inventor era idear una maquina que proyectara imágenes de personas en tiempo real. Una luz tenue se veía aquella noche en el taller, una gran cantidad de velas, velaban los sueños locos de Andreu, solo quedaban unas pocas sin consumirse; el olor a cera y el humo negro que lanzaban al aire, proyectaba unas tétricas sombras en la pared. Lucía una barba de varios meses, desaliñada y cubierta de polvo de la madera que lijaba con sus manos. La caja estaba casi lista, el orificio en uno de sus lados deja ver una especie de lente. Tras el fracaso de sus otros experimentos, materializaba una felicidad creciente convencido de que ese sería el último de ellos. Estaba orgulloso de su trabajo, ajustó la correa de cuero a ambos lados de la caja para poder trasportarla y apagó la última vela sin consumir.

Esa noche cesaron los sueños, pero algo le despertó violentamente. Se incorporó en su catre, aguzo el oído. El sonido que escucho a continuación hizo que su cuerpo se pusiera en alerta, una extraña sensación se aproximaba a él, le hizo saltar de la cama. Algo sin color ni forma empezó a subirle por los pies, una humedad fría se arrastraba por su piel, dando paso a un miedo incontrolable. Su agonía ascendía como aquella sensación que se amarraba a su cuerpo sin pedir permiso. De repente el lejano aullido de un lobo, hizo que aquel ser que se escondía en la penumbra desapareciera de inmediato de aquel lugar.

Amaneció soleado, la niebla se disipó al alcanzar el día. El joven inventor, estaba pletórico, hoy era el día que presentaba su proyecto en la escuela de inventores de Londres. Parecía otra persona, se había recortado su barba, lucía sus mejores galas, le acompañaba su recién barnizado bastón de castaño. Consulto su reloj que guardaba con cariño en el bolsillo de su chaleco, antes de poner el pie en el primer escalón de la sala de inventores; regresó a él aquella sensación que le dejó sin aliento la noche anterior. Su cuerpo se tensó, cogió una bocanada de aire e intento entrar en la sala con una sonrisa.

Todos esperaban impacientes su llegada, confiaban en las ideas y proyectos de aquel apuesto joven que dedicaba sus días al estudio, y las noches a completar con prácticas aquellas ideas locas.

El presidente de la congregación se levantó consultando su reloj;

– Un joven puntual, Andreu.

– A la hora del primer té de la mañana, sin duda.

La mesa central estaba preparada, para que Andreu mostrara su artilugio.

– Bueno, comencemos-. Andreu colocó el pesado artilugio sobre la mesa, junto con otros aparatos que los demás miraban con asombro.

Comenzó a hablar, al principio sus inseguras palabras causaban impertinentes miradas y leves bostezos en la sala. Hasta que alguien desde el otro lado de la estancia le preguntó;

– ¿Dices, que ese aparato puede captar cualquier imagen y dibujarla en papel?

– Si, eso es…

– Demuéstralo, ¿cómo llamas a ese proceso tuyo de inmortalizar una imagen?, ¿Por qué de eso se trata, querido Andreu?

– Señor, la magia que usted está a punto de presenciar se llama daguerrotipo.

– Las risas sarcásticas, movilizaron la sala-. Todas las miradas se dirigieron al delgado hombre que pronunció su voz al otro extremo.

-Interesante concepto, puede usted dedicarme una descripción del proceso.

Los ojos abiertos de todos los asistentes, mientras Andreu preparaba el aparato para realizar la prueba, le hizo perder el miedo y explicaba con esmero desde la combinación exacta de los vapores de yodo y la lámina de cobre plateada, pasando por el negativo y el positivo, este último sobre papel. Llegó el momento de la prueba, el primero en pasar por ella fue el osado y meticuloso hombre que irrumpió en los pensamientos del joven inventor.

– Señor, ¿dónde quiere usted posar?, le recomiendo al lado de la ventana.- Andreu corrió hacia un lado los cortinajes y la luz entro a raudales por la ventana.

El pose majestuoso del caballero, dejó a todos con una sonrisa en los labios.

Andreu se colgó en el cuello la cinta que unía al aparato y tapó su cabeza con un largo trapo negro, apunto en dirección al participante, después de un chasquido, volvió a colocar la maquina sobre la mesa e inicio el proceso que duraría aproximadamente una media hora, para conseguir su objetivo.Diseñó una gran caja de madera para que los vapores se acumularan e impidiera que los negativos cogieran la luz del exterior.

En la sala se oían los murmullos de los grupos que se habían establecido esa tarde, algunos en contra y otros a favor del proyecto. El ambiente era selecto, los trajes de estilo Eduardino de aquellos hombres valían una fortuna, sus peinados bigotes, cortados con esmero según anunciaba la moda. Todos ansiosos consultaban su reloj.

Andreu seguro de sí mismo, se quedó mirando por la ventana abstraído de lo que hablaban en la sala, solo tenía pensamientos hacía aquella extraña sensación que le perseguía desde anoche.

Llego la hora y Andreu consultó por última vez su reloj, después del proceso de las láminas de cobre, fue plasmar en papel aquella imagen cerca de la ventana.

El primero que tomó aquel papel en las manos, se quedó pensativo mirando su imagen reflejada, con la misma postura y gesto.

– Asombroso Andreu, enhorabuena muchacho-. Uno a uno el papel fue cuidadosamente desfilando por las manos de los asistentes.

Se rompió el silencio y la sala se llenó de aplausos, de vítores que anunciaban el gran invento de Andreu el que mantenía es su castigadas manos.

– Señores, hay que celebrarlo.

– Brindemos por este joven inventor lleno de sorpresas.

Las risas y los encargos dejaron agotado al joven Andreu, que marchó a su taller con el mayor tesoro construido hasta ahora.

Limpió su obra para poder utilizarla al día siguiente; de la vieja cartera de piel que llevaba consigo, cayó su primera imagen. No le había dado tiempo a verla con atención, un escalofrío le recorrió el cuerpo; apoyado al lado de su particular modelo, una sombra traslucida, golpeaba la visión del inventor. Con la ayuda de una lupa, descubre que la imagen que aparece ante sus ojos, es una forma demoniaca, que parece abrazar el hombro del delgado hombre. En ese momento, el eco de un ruido ensordecedor se apodera del taller, alguien o algo golpea la puerta. Al acercarse, un inmenso frío se cuela por debajo de esta, descompuesto y con manos temblorosas, acompañado de un farol; abre la puerta. La sensación que descubre después, es como caer por un precipicio. Una fría lengua lame su cuerpo dejándolo sin fuerzas para avanzar, el farol que lleva en las manos cae al suelo, pero antes de que se golpee contra él, lo ve levitando a la altura de sus ojos. Entonces puede apreciar esa fantasmagórica figura que le atrapa y no le suelta.

Esa figura acarreó su cuerpo al interior del taller y lo deposita en el catre. Se acercó a su rostro y sopló la llama del farol.

El canto de los pájaros anunciaba el nuevo día, Andreu se levantó con un ligero dolor de cabeza. Encendió la chimenea y puso agua a calentar. Dirigió su mirada a la gran mesa donde ayer después del agotador día limpiaba su caja oscura. Para su sorpresa, al lado de la imagen en papel que efectuó en el club, una imagen que no recordaba posaba sobre otro papel. Era el mismo, la imagen la había visto en algún sitio, estaba junto a la puerta de su taller, en la mano derecha sujetaba un pequeño farol, cogió de nuevo la lupa y detrás de él una imagen pétrea se colaba en la habitación, abría su boca, emitiendo un sonido sordo.

Consultó su agenda y uno de los fundadores del club, le pidió que fuera a su casa para sacar una imagen de su familia. Andreu dispuso todo lo necesario para realizar esa operación. Aunque estaba asustado con los nuevos descubrimientos, se fue caminando por las calles de Londres hasta llegar al domicilio de su compañero y amigo Frank.

Todo estaba dispuesto, la habitación elegida es una gran biblioteca, la familia de Frank estaba dispuesta en varios asientos mirando atentamente las indicaciones de Andreu.

Hizo varias, para poder elegirlas, pero se temía lo peor. Un miedo imparable le marcaba el ritmo del día, sin darse cuenta que lo que había descubierto era un logro que traspasaba lo natural.

Las risas y agradables comentarios de elogios inundaban la sala de té, Andreu miraba fijamente a la joven hija de su amigo, que conversaba atentamente con los hombres de la casa. Andreu consultó de nuevo su reloj, la impaciencia le invadía, quería contemplar la imagen que había tragado su caja oscura, quería visualizar en papel. En aquel preciso momento, el mayordomo de Frank irrumpe en la sala con una nota. Después de que Frank levantase la mirada se la ofreció a Andreu. Mantuvo la nota en sus manos sin querer creérselo, el hombre delgado y vanidoso que posó para él, había fallecido, se había suicidado, le encontraron en sus aposentos con una soga al cuello.

Las inquietantes palabras que Andreu leyó en aquella nota, dejó en el olvido la imagen realiza aquella mañana. Al día siguiente mientras tomaba una taza de té en su viejo taller alguien introdujo un sobre por la ranura de la puerta. Tardó varios minutos en reaccionar, estaba conmocionado por la desgraciada muerte y empezó a dar forma a una idea que no se quitaba de la cabeza. Pensaba que su caja oscura plasmaba la imagen de almas en pena, que se llevan a su mundo a determinadas personas, por otra parte, declinaba esa idea, pensaba que su forma de pensar rozaba la locura.

Abrió la carta, en ella su amigo Frank le comunicaba que una de sus hijas se había puesto muy enferma. El devastador mensaje, hizo que Andreu tirara su taza al suelo. Corrió hacía la caja oscura, a su lado estaba las imágenes de la casa de Frank, todo estaba en orden, pero solo transcurrieron unos segundos, cuando empezó a formarse detrás de una de las hijas de su amigo, la extraña figura desdibujada, posando una extensión de su cuerpo en el hombro de Anet. Un profundo terror se apoderó de Andreu, cogió su caja la colgó del cuello y pasó toda la mañana tomando imágenes de gente paseando por las calles de Londres. Quería desmostrar a sí mismo que su invento no estaba poseído por el mismo diablo. Entraba y salía del taller mirando las imágenes que había tomado, las calles se mostraban limpias, sin almas, pero en las fotos de algunas personas, le acompañaba la imperturbable forma que se colaba segundos después en cada imagen. Le llamó la atención la imagen de un perro, en uno de los callejones, ladraba asustado en todas las direcciones, la silueta no estaba a su lado, parecía que se movía sobre él. En aquel tenebroso callejón, aparecieron más formas, con siluetas diferentes. Incluso se podría decir que con aspecto más humano.

Andreu formó una larga fila en la mesa con la primera y última imagen, pasó la lupa por toda ellas y fue dibujando en un papel el proceso de esa demoniaca figura que alteraba sus pensamientos. En efecto, de alguna forma esa primera y vaporosa figura empezaba a coger cuerpo, según pasaba el tiempo a cada trazado de la imagen.

La sonrisa de Andreu le impresionó a él mismo, llevaba mucho tiempo sin dormir ni comer, solo oía los susurros más cercanos cada noche. Se había convertido en un ermitaño, su caja le dio a conocer por todo Londres como el fotógrafo de almas, le llamaban de todos los puntos de Inglaterra, cada vez que alguien influyente caía enfermo, querían sacarle una imagen para saber si iban a ser pronto herederos, la imagen mostraba si el enfermo iba a morir o no.Solo tenían que esperar unas horas.

Durante muchos años Andreu se dedicó a perfeccionar su caja oscura, se hizo con una gran fortuna sacando imágenes de gente. Pero se volvió un hombre ruin, solitario, su única obsesión era esa caja demoniaca que inventó con ilusión cuando era joven.

Estaba enfermo y ya no podía trabajar en su taller, una de las noches que disfrutaba de una taza de caldo, se le ocurrió una idea. Colocó un gran espejo frente a su catre, permaneció recostado, quería saber si su final estaba cerca, se colgó la caja y tomó su propia imagen reflejada en el espejo. No tuvo que tardar mucho en ver con sus propios ojos que su final estaba cerca. Sobre la mesa quedó reflejada en papel, su cuerpo envuelto en llamas y una figura con ojos rojos y forma totalmente humana que devorada su alma.

  ©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

El fotógrafo de almas

 


ENTRE TIENIEBLAS

 

ENTRE TINIEBLAS

 

Salí de clase y quedé con un par de compañeras para ver una película. Perdí el autobús, así que me aventuré a cruzar el parque que unía el cementerio con la gran avenida. Haciendo eso llegaba a mi apartamento media hora antes. Era principios de verano, hacía calor, pero allí rodeada de los robustos árboles descendía la temperatura unos grados. Olía a tierra mojada, la fragancia profunda a almizcle dejaba el rastro a lo largo del camino. La luna proyectaba su silueta sobre el agua de estanque, su movimiento vibrante hacía que bailara un elegante Vals.
No me fijé que la puerta del cementerio estaba abierta, miraba al frente, era tarde y el parque estaba vacío, solo se oían los insectos nocturnos que acompañaban a los ladridos de los perros que se oían en la lejanía. Nunca me ha dado miedo caminar de noche por aquel parque, pero hoy tenía una gran inquietud, presentía algo, caminaba deprisa, incluso notaba mi respiración agitada. Tenía miedo, eso era, el corazón me bombeaba rápido, dejando al descubierto un sudor frío que se desataba por mi cuerpo.
Los perros dejaron de ladrar, los zumbidos de los insectos se hicieron sordos. Pasé unos segundos parada en medio de la noche, intentando aguzar el oído. Parecía que el tiempo había parado, el agua del estanque paró de moverse, una extraña nube de polvo se formó delante de mí. Mi garganta se secó; no podía tragar, el olor que desprende esa nube ensucia mis pensamientos, mis orificios nasales retienen durante demasiado tiempo un olor que identifico como el metal oxidado.
Solo pestañee una vez y la nube desapareció ante mis ojos, algo se movió rápido. Mi retina no pudo poner forma a lo que se desplazaba a gran velocidad. La puerta del cementerio se cerró de golpe, los perros empezaron a aullar, la luna dejó de mirarse al espejo, y una extraña nube tapa su rostro.
Estaba agarrotada, pero arrastre mi cuerpo hasta la luz que salia del gran panteón. Crucé el arco de piedra que guardaba entre susurro la vida y la muerte de los que allí habitaban. Las velas del panteón iluminaban vacilantes el gran espacio. El frío se apoderaba de mi cuerpo, mi aliento se congelaba a cada paso, una pequeña nube de vaho se formaba cerca de mis labios. Mis pupilas se dilatan, intento escuchar un leve sonido que no logro identificar.
Cerca de la vidriera se despliega una escalera, bajo temblorosa, me agarro a las bastas pareces que recubren el descenso. Una silueta negra espera de espaldas mi llegada, suspira, se gira y descubro su rostro. Mi cuerpo se tambalea, sus ojos miel se dulcifican como su color, no recuerdo como me llamo. Ejerce sobre mí un estado hipnótico que me arroja a sus brazos, sus jadeos ahora son más profundos, acaricia mis cabellos lentamente con sus manos. Sus ojos me enamoran, me hechizan, estoy viendo mi futuro a cámara lenta, dibujando nuestro cuerpo sumergido en unas sábanas de seda. Sin dejar de mirarme me atrae hacia su irresistible cuerpo; de manera que su olor inunda mi piel, el olor a sangre entra en mi cuerpo como sus dientes en mi cuello. Un orgasmo inexplicable envuelve mi alma, desmorona cada parte de mi cuerpo, ya no tengo identidad, mis recuerdos se confunden con mi futuro. Mi cuerpo empieza a rozar la rigidez. Sus labios rozan despiadados los míos deseosos de formar parte de una sola persona. Un lujurioso deseo de sed me invade violentamente y salgo del húmedo panteón en busca de mi presa.

 

 

  ©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

 Comentarios y reseñas en el siguiente link;

Entre tinieblas