Esa mirada tuya…


miradas

Esa faceta promiscua,
que contemplo en tu mirada.
Es la desazón turbia
que enreda tu pelo.
Es más que una caricia,
un vuelo rasante.
Una forma clara
de exigir el deseo.
Es más…, esa forma
vaporosa de hechizar
mis sentidos.
Que hasta el aliento
se escapa en cada latido.
Se acelera el pulso
y quedo suspendido
de un solo hilo,
que empiezas a quemar.
Es tu virginidad o la mía,
que susurra con decoro
por debajo de la ropa.
Es la pureza o tu mirada turbia.
Es el deseo o la desesperación.

Esa mirada tuya…,
que invade mi espacio,
que desala tu piel sin tocarla.
He sentido el calor de tu cuerpo
y el sabor de tus labios,
con esa mirada tuya.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
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¡Ay, corazón alado!


corazon-alado

El colapso de mentiras, ralentiza mi corazón alado.
Hurga sin piedad las dos partes de este armario.
Que bombea lentamente la muerte desde el otro lado.

¡Ay, corazón alado!
He visto crecer tus plumas.
Me he emocionado con tus vuelos.
Pero mírate ahora…,
deshojado, sin espíritu. Desolado.
Tus plumas cuelgan ajadas, sin color ni textura.
Alicaídas como tu entusiasmo,
como el tiempo en la tormenta,
como tu ánimo congelado.

¡Ay, corazón alado!
Si pudiera abrirte en canal,
para ver tu maquinaria.
Me sentiría aún más joven,
más viejo, más cercano.

¡Ay, corazón alado!
Si me dejaras pasar…,
el infierno se amansaría.
Tu rumor se convertiría
en gritos de alegría.

¡Ay, corazón alado!
Postrado fuera de ti
contemplado la ingravidez
de tus plumas.
Evocando y perfilando
lo que ha sido de ti.
Manifestando lo que significas,
para mí, para ti.
He decidido volver a abrir tus alas,
para admirar todo el esplendor
que custodia este armario.

¡Ay, corazón alado!
Quiero que me brindes tu
primer vuelo…,
quiero mullir tus plumas,
quiero recibir de nuevo,
ese cosquilleo que aletea
dentro de nuestro armario.

¡Ay, corazón alado…!

©Julia OJidos Núñez
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Solo para mi, solo para ti


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He cruzado con éxito todas tus fronteras.
He depositado caricias al viento,
intentado moldear tu figura.
He fraguado tu cuerpo con agua y arcilla,
sintiendo tu calidez en mis dedos.
He sido hechizado por el aroma de tu piel,
que se regocija custodiando mi olfato.
Me inunda el sabor húmedo de tus labios,
el rubor indefinido de tus mejillas,
el aliento que se escapa de mi ser.
Desciendo al infierno cada vez que
tu lujuriosa mirada, me observa,
me mima, me abraza…
El corazón rompe su ritmo,
mi locura se convierte en frenesí.
Abstracto de la vida, del presente
y los sueños.
Deseoso de enredar mis sentimientos
en tu cabello, para formar parte de ti.
Indiscreto y solitario, espero
tras el abismo de estos versos…,
tu mirada, tu cuerpo, tus labios…

ENCUENTRO ( I)


La noche más corta…

La noche más larga…

Suspiros apasionados,

que la hoguera apaga.

Danzas desnudas

que al compás

aguardan…

endulzando los labios

qué amargos estaban.

Sonrisas y llantos

despiertan al alba.

Con suave brisa

sus cuerpos abrazan,

ternura y deseo

alumbra con ganas;

de tocar las nubes

y luego mimarlas.

Dulces miradas

que el horizonte separa,

derrumbando fronteras,

llanuras soleadas.

Dando brillo a sus ojos

en la noche estrellada.

Paseando pasiones

que ninguno disfraza.

Volando sinceros,

sin ataduras, ni armas…

©Julia Ojidos Núñez

14/01/95

La historia de una cartera en guerra (mejorada)


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Se oían las bombas en la lejanía, el olor a muerte se traslada cuando cambia el aire, están avanzando hacia el oeste. Ha comenzado el otoño y el frío derrumba con fuerza los calurosos rayos de sol.
La ven deslizarse por las trincheras enemigas como una serpiente, se ha cortado su bonita trenza y cubre su cara con un pañuelo negro. Se viste como un joven y calza unas botas militares tres números más grandes. El eco de las bombas cercanas despierta su estado de alerta, pero sigue en su mundo; los fantasmas de su pasado recorren su memoria, profundizando más su herida; la herida que le causo esa mañana de primavera, cuando iba caminando hacía el colegio cogida de la mano de la pequeña Rosan. Era un día hermoso, los campos recogían infinidad de colores gracias a las primeras flores silvestres que anunciaban la primavera. La familia de Alice había nacido en Austria, pero su tatarabuelo tenía procedencia judía, para ser exacta hebrea. Era la única de la familia que tenía un sedoso pelo dorado y unos grandes ojos azules, es una bonita niña austriaca.
El prado estaba en calma, se podían ver las montañas desde el viejo camino. Tenía que cruzar el puente donde el río arrojaba con más furia sus aguas, trasportando un agua fría y cristalina a la pequeña aldea. Su padre un humilde cartero repartía cartas en toda la comarca. Cuando acababa su jornada laboral, recogía a sus hijas todos los días.
Aquel día le esperaron mucho tiempo en las escaleras del viejo colegio. Alice pensaba que su padre era el amor de su vida, le adoraba, era un hombre generoso y honesto; pasaba las tardes jugando con sus hijas, mostrándolas el camino de la vida con dulzura y paciencia. Alice disfrutaba con sus juegos y hermosas historias. Esa tarde tardó mucho en ir a buscarlas.
Una espesa cortina de polvo se movía hacia su dirección. Alice colocó la mano en forma de visera para poder ver lo que se acercaba a gran velocidad. Descubrió un gran camión con una vieja lona roída por techo. Paró bruscamente, salpicando pequeñas piedras que se clavaban como puñales en las piernas de Alice. Alguien bajo del camión. El polvo del camino levitaba a la altura de sus ojos, no pudo reconocer quién se aproximaba hacía ella. Hasta que después de una caricia, descubrió que era su padre. Con el dedo índice indicó silencio, marcharon cabizbajos, con la mirada perdida en los prados. Aquel hermoso espacio donde reinaba la calma, donde veías las abejas en las colmenas, donde se confundían los aromas de las flores, se entristeció según pasaban las horas.
De regreso a la aldea se cruzaron con enormes camiones y tanques, cargados de militares y enfermeras; Alice no pudo evitar su miedo y apretó fuerte la mano de su padre, sabía que algo malo iba a suceder y el terror se adueñó de su frágil cuerpo.
Los sacos de arena cubrían las aceras, los soldados se desplegaban por los tejados, una tienda de campaña ocupaba la mayor parte de la plaza principal; de ella entraban y salían altos mandos dando instrucciones, se oía música a lo lejos.
Alice soltó la mano de su padre, entró corriendo a la casa y se refugió en los brazos de su madre que les esperaba preocupada. Fue un abrazo intenso, Alice no quería dejar de sentir ese cálido abrazo, que le envolvía y la hacía desaparecer, estuvo abrazada a ella con la esperanza que cuando dejara de hacerlo todo volviera a su estado original.
Aquella acogedora y tranquila aldea se convirtió en un centro de comunicaciones, su situación geográfica la convertía en un búnker natural. Se agruparon en la pequeña habitación que su padre construyó bajo la escalera del sótano, necesitaban hablar de lo que estaba pasando; la primera en preguntar fue Alice;
– Papá ¿qué está pasando? ¿Por qué tardaste tanto en recogernos? – Los ojos llorosos de Alice causaban en su padre un enorme desconsuelo. No sabía cómo empezar a contar lo que estaba a punto de ocurrir a escala mundial. Apretó mucho las manos de sus hijas y comenzó a hablar.
– Alice, no tengo mucha información, solo me han pedido que colabore con los alemanes, tengo que llevar unas cartas al otro bando. Las órdenes han sido claras, tengo que rodear la frontera, portando una documentación muy valiosa. Me han dado mapas y pases para que no tenga problemas a la hora de entrar en zonas peligrosas.
– Pero papá, ¡tú no eres un soldado!, ¡no estás preparado para este trabajo! Me niego a que arriesgues tu vida.
– Alice, tengo que hacerlo no me puedo negar, ellos conocen mis antepasados judíos, si no lo hago me matarán,- se miraban unos a otros confundidos, intentaban convencerse de que no estaban metidos en el mismo sueño; vivían en un bonito lugar, tenían tierras que cultivar, el prestigioso trabajo de cartero, dos niñas preciosas…, eran privilegiados.
Alice no podía entender que su pequeño y pacifico mundo, el lugar donde había nacido se fuese a derrumbar por una guerra, no quería creerlo.
Durante las siguientes semanas la aldea continuaba teniendo sus actividades cotidianas, lo único que cambiaba era que Alice y su hermana no iban a la escuela. Ayudaban a su madre a recoger los tubérculos de la huerta, hacer pan, envasar mermelada, a desalar pescado.
Así pasaron unos meses, en espera…, en una desesperante espera. Las calles seguían tomadas por soldados relajados, jugando al ajedrez, se veía abiertamente el coqueteo de las enfermeras con los oficiales.
Alice salía a correr por la plaza con sus amigos. Un día escuchó algo que incomodó su tarde de risas, dentro de la gran tienda oyó que alguien le daba instrucciones a su padre. Asomó su pequeña carita en la entrada, preocupada de ser descubierta, se agachó. Su padre estaba sentado, nunca le había visto así, miraba hacía el suelo, escuchaba atentamente. La persona que le daba las ordenes era un joven de no más de veintiséis años, tenía rasgos arios, aunque la forma de su nariz y el color de su piel parecía de procedencia judía.
– Josep, tienes que llegar Oswiecim (Polonia), hacer entrega de unos planos muy importantes. No puedes leer la documentación ni ver los planos. Te daremos unas indicaciones que tendrás que memorizar, nadie puede saber dónde vas y quien te lo ha dado. Estamos en contra de esta guerra y de lo que está por venir. Necesitamos hacer todo lo posible para que las tropas alemanas no avancen a tierras austriacas.
A partir de ahora aprenderás a usar un arma, a memorizar y hablar perfectamente como un soldado alemán, distinguir cada artefacto, material militar que existe y cuando estés preparado, cuando el zeppelin nos de la señal, partirás a Polonia.
Alice no podía creer lo que estaba oyendo, se levantó rápido y corrió hacía su casa buscando el consuelo entre los brazos de su madre.
Su madre y Rosan no estaban en casa, Alice recordó que se fueron a visitar a su tía que vivía en un pueblo cercano, a tres kilómetros que los separa de Alemania.
Pasaron muchas horas, mientras Alices esperaba impaciente la llegada de su madre y hermana, no apartaba su carita de aquella dirección.
Vislumbró el sombrero de su madre a lo lejos; se dibujó en su rostro una infantil sonrisa que animó por unos momentos aquella tarde plomiza. Cuando estaban cerca de la casa, Alice corrió hacían ellas y se unieron en un largo abrazo.
– Alice, ¿dónde está tu padre? – No sabía cómo empezar a contar todo lo que aquella tarde escucho a escondidas en la entrada de la tienda. Sabía que su madre le regañaría por fisgonear tan cerca de los militares.
Se armó de valor y relató con todo detalle la misión que habían encomendado a su padre.
En ese momento Josep entraba por la puerta, estaba abatido, preocupado por su familia. Pensaba que si él faltaba y la guerra llegaba hasta allí, no podría ayudar a su familia. No dijo ni una sola palabra, se quedó mirando a los ojos de sus hijas y bajó al sótano.
Las lágrimas brotaron como cascadas en los pequeños ojos de Alice, sabía que ya había comenzado. Últimamente pasaba muchísimos aviones sobrevolando la aldea, se habían incrementado los efectivos en el pequeño cuartel de campaña, no paraban de venir camiones repletos de armas.
A la mañana siguiente cuando apenas había amanecido, alguien llamó a la puerta, su padre ya estaba vestido, llevaba un macuto consigo, acariciaba el rostro de su madre que lloraba desconsolada; Rosan la agarraba fuertemente de la pierna. Alice estaba momificada, recogiendo cada instante en su retina, aparcó sus miedos, se adelantó a abrazar a su padre. Se miraron, Alice le prometió que cuidaría de su hermana pequeña y de su madre.
Él se marchó a principios del otoño, le llevaron a un campo de entrenamiento. Nunca supieron dónde estaba ubicado. No recibían noticias de su estado, ni una sola carta.
Había pasado tres meses desde que el padre de Alice se marchó montado en un gran camión. Esa tarde jugaba con otros niños en la plaza. Cuando un tanque entró por el camino en dirección a la aldea, los soldados que custodiaban la entrada, separaron la alambrada para permitir la entrada a la mole metálica que dejaba tras de sí, un ruido estridente cuando sus grandes suelas rozaban los adoquines de la calzada. Alice se quedó boquiabierta, nunca había visto de cerca ese impresionante vehículo. Estaba tan abobada que no se dio cuenta de que de su interior descendió un soldado y después otro. Se percató que alguien decía su nombre, el soldado que se acercaba quitándose el casco, era su padre. Corrió a sus brazos llorando desconsolada, reprimiendo el dolor que le punzaba el corazón desde su marcha. Su adorado padre estaba allí, con ella, en sus brazos, acariciando sus cabellos y sonriendo. Ese feliz momento, Alice lo guardo con llave en un pequeño rincón donde tenía sus más bonitos recuerdos.
Josep se pasó todo el día contando historias a sus hijas, sin parar de sonreír, estaba feliz de verlas sanas y bien alimentadas. Lo que había visto en Alemania no le gustaba nada, se llevaban a los judíos a un campo de trabajo en una zona de Alemania y Polonia, allí es donde tendría que ir él. No les dijo nada, solo les comentó que estaba de paso, que en unos días se volvería a marchar.
Alice sabía que pronto su padre se marcharía y miraba el cielo con la esperanza que el llamado Zeppelin no cruzara la frontera.
Esa noche Alice estaba inquieta, sus temores la desbordan, sentía una constante angustia que la presionaba el pecho. Se oía un estruendo lejano, como el eco de un sonido sordo que se perdía en la noche, salió al porche descalza y miro en dirección a Alemania. Unas pequeñas luces iluminaban el cielo y en cuestión de segundos el ruido rompía una y otra vez el silencio. Corrió hacia la plaza, los soldados estaban en movimiento en la gran tienda, no paraban de recibir mensajes, los soldados austriacos preparaban la munición, las enfermeras hacían acopio de medicinas y gasas, las metían en los camiones. Se estaban preparando.

Josep ya estaba vestido de soldado y se metía en esa máquina de guerra, tenían que estar en la frontera con Alemania.
Alice se percató que a esa distancia vivía su tía y fue a llamar a su madre.
– Madre, despierte. – Ya vienen a Austria, ¡mamá la tía está en peligro! Las tropas alemanas se acercan.
-¿Qué pasa Alice?
– Mamá tiene que traer a la tía a casa, por favor.
La madre a Alice se vistió, cogió su documentación y dijo a sus hijas;
– Alice, tienes que ser valiente y cuidar de tu hermana, yo no tardaré mucho en venir. Espera a tu padre, pronto regresará. Si tardo, no te preocupes, ya te he explicado lo que tienes que hacer si nos ocurriera algo. – La cogió de los hombros y le zarandeo suavemente para que escuchara con atención.
– Hija, ¿lo has entendido? – Alice cayó en la cuenta que toda la responsabilidad caía sobre ella como una jarra de agua helada.
– Si…, mamá. – Agarró la manita de su hermana Rosan, la apretó con fuerza y acompañaron a su madre hasta la entrada. No pudo oír nada por la cantidad de ruidos que había en movimiento. Solo vio la mirada de su madre y un soldado que custodia la salida, era una mirada de despedida. El soldado asintió con la cabeza y se marchó sin mirar atrás.
Alice bajó al sótano con su hermana, se encerraron en la pequeña habitación que su padre había preparado bajo la escalera, estuvieron llorando durante horas, hasta que la pequeña Rosan se quedó dormida, la arropó y buscó entre las cajas que se agrupaban en una esquina. Había botas, ropa y mucha comida envasada. Decidió vestirse con pantalones negros y un enorme jersey del mismo color. Se puso también unos gruesos calcetines. Se recogió el pelo con una trenza. Se quedó adormilada y en su cabeza desfilaban las imágenes de los bonitos prados en primavera, los nidos de los pájaros en los árboles, la suave brisa cerca del río.
Se quedó profundamente dormida, disfrutando de esa bonita estampa que recordaba con felicidad.
Le sobresaltó una explosión cercana, el movimiento de la tierra la puso en guardia. La sirena antiaérea no paraba de sonar el ruido que emitía era ensordecedor. Rosan lloraba llamando a su madre, miraba a su hermana asustada. La cogió de la mano y subieron al piso de arriba, en ese momento el soldado que despidió a su madre entró por la puerta de la cocina. Las buscaba, las cogió de la mano y se dirigieron al refugio. Allí se encontraron con sus amigos y vecinos.
Alice no sabe cuánto tiempo trascurrió desde que empezaron las bombas, se oían cada vez más cerca, ella solo tenía pensamientos para sus padres. No quería llorar delante de su hermana, les había hecho una promesa a sus padres, permanecería firme y alerta, para que a su hermana no le ocurriera nada.
Trascurrió varios días hasta que pudieron salir del refugió. Las bombas de los últimos días destrozaron la frontera con Alemania y según se oía, los alemanes empezaban a ocupar zonas de austriacas. En muchas zonas había simpatizantes del dictador, pero en otras los austriacos se enfrentaban a las tropas alemanas.
Trascurrieron días de calma, Alice y su hermana se pasaban las horas en el sótano, salían poco, no querían estar muy separadas de la casa, por si sus padres regresaban. La que solía salir era Alice, había descubierto el trueque y cambiaba algo de ropa por velas y carbón.
Unas de las mañanas que regresaba a casa con tabaco y alguna revista. Vio entrar el tanque que conducía su padre, le siguió todo el camino hasta la zona de vehículos. No podía creer lo que veía sus ojos, de la enorme mole y con el casco en la mano, con una sonrisa de oreja a oreja, bajaba de un salto Josep, que solo tenía ojos para su querida Alice.
La cogió en brazos y la abrazó con fuerza. Alice empezó a llorar desconsolada, había ahogado durante mucho tiempo las lágrimas, para que su hermana no se apenara. Lloró sin parar abrazar a su padre, los dos se dieron ánimo y ese cálido y fuerte abrazo les colmó de felicidad. Su padre secó sus lágrimas a besos.
Pasaron los días juntos, riendo…, hasta que llegó la temida pregunta de Alice.
– Papá, ¿Dónde está mamá? – Los ojos tristes de Josep, preocuparon a Alice.
-Alice, los alemanes la han llevado a los campos de trabajo junto con tu tía y primos, cerca de Polonia.
– Papá, he oído a los soldados lo que hacen en los campos de trabajo, allí no les dan de comer y van desnudos. Tenemos que ir a buscar a mamá.
– Alice, no podemos, hay zonas devastada por las bombas, he visto que matan a gente por las calles a diestro y siniestro. Es un largo camino hasta Polonia y no se puede atravesar Alemania.
– Papá, ¿si lo bordeamos?, seguimos la frontera por la montaña, hasta llegar a Polonia. Después, pasamos a algún país que no esté en guerra.
Josep estaba asombrado de la madurez que había adquirido su hija en poco tiempo, se expresaba como si verdaderamente conociera el paso fronterizo y el mapa de Alemania al dedillo. Cogió del suelo una revista que editaban los rebeldes austriacos en distintos puntos del país.
– Alice, ¿De dónde has sacado esto?
– Hago intercambio con algunos militares. Me informo de como va la guerra, a cambio de unos cigarrillos.
– ¿Cigarrillos?, de donde las sacas.
– Bueno, cada mes cambio alguna herramienta de tu pequeño taller… la suelo cambiar por comida, ropa.
Josep acaricia la pequeña cabeza de Rosan que coge su brazo con fuerza, se percata de que está más caliente de lo normal y le mira preocupado. La coge en brazos y se dirige al pequeño hospital de campaña que hay instalado junto la plaza.
Una hermosa enfermera con sus labios pintados de rojo y cara sonriente, acaricia a la pequeña que comienza a toser bruscamente.
Mira a Josep preocupada, de la boquita de Rosan brotan unos pequeños hilos de sangre.
– Josep, tiene mucha fiebre, sus pulmones están prácticamente cerrados. – Los ojos de Josep se inundan de lágrimas, besa la cabeza de su hija, la pequeña le mira serena, con una mirada tierna; sabiendo que le quedan poco tiempo de vida.
Josep no pudo mantener la mirada por más tiempo y salió corriendo a la calle llorando desconsolado, mirando el cielo en busca de un ápice de esperanza, de una señal divina, algo que borrara las imágenes y el sufrimiento que se respiraba en cada rincón desde que empezó la guerra.
La pobre Rosan no duró más que dos días, la fiebre y su avanzada infección pulmonar hicieron el resto.
La enterraron en la huerta, junto a su inseparable muñeca de trapo.
Desde aquel día que la luz de Rosan se apagó, Alice se sumergió en un mundo de sombras, solo lloraba y dormía, apenas comía. Su padre la daba de comer, sopas de agua y pan. Su cuerpo debilitado no toleraba el alimento sólido. Josep no quería que Alice se rindiera, se dejara llevar.
La acurrucó en su regazo y empezó a hablar;
– Alice, ¿me escuchas?
– Creo que tienes razón, debemos ir a buscar a mamá. Pronto tendré que ir a varios puntos de Alemania tengo que recoger fragmentos de un plano. El último plano es cerca de Polonia, he pensado que vengas conmigo.
El cuerpo inerte de Alice comenzó a despertar de ese estado hipnótico que la alejaba de la realidad. Josep notó que el cuerpo de la niña se tensaba y empezaba a estimularse. De un brinco abrazó a su padre y le dio las gracias.
Los dos meses siguientes antes de partir, Josep hizo memorizar a su hija el recorrido, los nombres de las personas y lugares seguros para refugiarse, le enseñó a usar la navaja como defensa, a camuflarse y a esconderse; a descifrar códigos…
Amaneció un día frío, Alice recogía leña para la chimenea. Cuando oyó un ruido que procedía del cielo, le sorprendió un enorme melón flotando en el aire, desde allí abajo se veía impresionante, se movía despacio, Alice tenía la sensación de que no se movía, andaba más deprisa que aquella extraña máquina que surcaba los cielos. Entonces se dio cuenta de que eso era a lo que llamaban Zeppelin, era la señal, era el día señalado. Dejó caer al suelo lo que llevaba en las manos y corrió a buscar a su padre.
Tardaron un par de horas en prepararse, un camión los recogió y los dejó cerca de la frontera con Alemania, el resto del viaje lo tenían que hacer a pie o en tren hasta su primer punto de encuentro. Caminaban de noche les parecía más seguro, seguían la línea fronteriza, dormían en el suelo en cualquier lugar. Josep y Alice formaban un gran equipo, Alice absorbía las explicaciones de su padre, las memorizaba y preguntaba dudas que le surgían.
Una de las noches que decidieron para a descansar, Alice le hizo una pregunta muy comprometida a su querido padre.
– Papá, ¿Por qué no te interesa saber que contiene los mapas?
– Alice ya te lo he explicado mil veces, no podemos saber el contenido del paquete.
– Pero papá, ¿Aquí solo estoy yo?, nadie se puede enterar, si lo abres.
– Papá, imagínate que es algo tan importante que puede salvar tu vida, si sabes su contenido.
Josep se rascaba su barba, la escuchaba atentamente, la mirada de su hija había cambiado, la madurez de sus ojos y la forma de explicarse rozaba la adolescencia. En ese momento se da cuenta de lo mucho que ha crecido, que su cuerpo empieza a tener forma de mujer. Rompe a llorar, se había prometido ser fuerte y luchar por salvar a la única persona que le hacía levantarse cada mañana. Perdió la noción del tiempo, se dio cuenta de que habían pasado dos años desde que se presentaron los soldados a su bonita aldea. Su estado anímico en ese momento rozaba la más profunda locura, un delirio que trasmitía en sus ojos y quería alejar con un movimiento de cabeza.
Decidió hacer lo que Alice le propuso, el plano iba guardado en el doble fondo de una cantimplora de agua.
Parecía papel de arroz, en él se dibujaban unas líneas de acotación, al desplegarlo por completo, se veían unas anotaciones a lápiz, era el código que enseñó a Alice. Ella las leyó en voz baja.
– Papá, parecen indicaciones para construir algo.
– Alice, tienes razón, parece una construcción. Me imagino que en la próxima entrega aparecerá más claramente el lugar, nos desvelará que es lo que traman.
Se aproximaban al último punto de recogida, donde le darían las últimas indicaciones. Antes de llegar al punto en concreto, les sorprendió una brigada de paracaidistas que hacían entrenamientos en un viejo hangar. Josep se dio cuenta y dio a Alice el paquete, la dijo que pase lo que pase no se moviera de allí, que siguiera la misión hacía el oeste, desde allí se tenía que desviar quinientos metros hacia el norte y llegaría al punto de encuentro.
Josep vestido de soldado alemán, se acercó hacía el hangar, los muchachos reían hablando de hermosas mujeres y del tiempo que hacía que no tenían a una en su bragueta. Las risas bobaliconas se extinguieron cuando vieron aparecer a un soldado raso, en la puerta del hangar.
– ¿Quién es el oficial al mando? – Pregunto Josep fuerte y claro. Le empezaron a temblar las piernas cuando un robusto muchacho se le acerco con mirada desafiante.
– ¿Quién quiere saberlo? – Josep, se cuadró e hizo el saludo pertinente a un oficial de mayor grado.
– Señor, mi nombre es Thomas Finkel. Escuadrón de avance, de línea 305, señor
– Ese escuadrón tenía que pasar por aquí mañana. Señor Finkel.
– Mi superior me ha ordenado que les avise, rebeldes austriacos avanzan por la montaña hacia este punto, ellos han desviado la ruta más hacía el sur, a zona segura.
– Peter, comunica por radio y comprueba que es real los cambios de planes. Mañana tenemos que partir hacía Viena, las tropas austriacas nos esperan.
Alices desde lo alto de un árbol y gracias a unos prismáticos anota las rutinas que veía de las guardias que custodiaban el hangar. No había rastro de su padre. Permaneció acomodada en la gran rama del árbol durante tres días. Hasta que los aviones del bando contrario empezaron a bombardear el hangar. Los gritos de Alice se confundían con el viento que causaba la onda expansiva, un fogonazo acabó devorando por completo los aviones que estaban camuflados cerca de allí; cuando solo quedaban unas pequeñas llamas que humeaban, Alice descendió del árbol, buscaba entre el amasijo de hierro y lo que quedaba, el rostro familiar de su padre. El olor le produjo arcadas y se marchó siguiendo las indicaciones que le dio Josep.
Pasaron cinco días hasta que Alice encontró el punto de encuentro, era un solitario pajar, cercano a una gran ciudad. Tenía heridas en los pies, estaba hambrienta. Alguien estaba en la entrada, era una mujer delgada, se cubría la cabeza con un pañuelo negro. Oyó que se acercaba y la miro interrogante, Alice como si de una profesional se tratara le enseño disimuladamente la cantimplora. La delgada mujer asintió, Alice dejó caer su cuerpo sobre la paja.
– Pequeña, ¿cuántos años tienes? – la preguntó dulcemente.
– Doce años señora. – la mujer la miraba con admiración.
El valor de aquella muchacha la sobrecogía, le ofreció queso de cabra y un trozo de pan. La quitó las botas y vio con horror las heridas que se extendían por ambos pies. Comenzó a curarlas.
Le ayudó a incorporarse, y la trasladó a un sótano que había bajo el pequeño corral de cabras.
La desvistió, lavó y puso ropa limpia, la dejó dormir durante días antes de explicarla su misión. Se recuperó rápido, ¡aquella adolescente tenía una voluntad de hierro!
Alice no contó nada a aquella mujer. Solo escuchó y memorizo los lugares y sitios seguros hasta la entrega final.
Algo falló en las indicaciones de aquella mujer, según se acercaba al punto de encuentro, se oía con claridad como silbaban las balas. El olor a muerte se mascaba en el aire.
Estaba muerta de miedo, le picaba la cabeza, le picaba todo el cuerpo, pasó cerca de un arroyo, sacó su navaja y cortó su trenza. Se metió en el agua fría, froto con fuerza, vio caer al agua infinidad de piojos. Entonces se le ocurrió afeitarse la cabeza. Extendió un poco jabón sobre ella y con el filo de su navaja afeitó como pudo su corto cabello. Se lavó y cambio de ropa. Era su última muda, la que acababa de quitarse repleta de parásitos la enterró junto a su trenza y siguió su camino.
Decidió dormir toda la tarde, quería cruzar la frontera con Polonia por la noche, sabía que era el punto más peligroso, tenía que atravesar la línea enemiga. Trataba de pensar como podría salvar el muro de espinos metálicos sin salir herida, se le ocurrió una gran idea, escogió dos gruesas ramas en forma de Y afiló uno de su extremo, se embadurnó todo el cuerpo de barro, solo se le verían los ojos. Cruzaría la línea enemiga reptando, para pasar por debajo de los alambres de espino utilizaría los artilugios en forma de Y que iría clavando en la tierra según avanzaba.
Tomó como aviso de salida el canto de una lechuza, la frontera con Polonia estaba a unos tres kilómetros, la línea enemiga estaba a un kilómetro y medio. Jugaba con la ventaja que en esa zona por las noches cesaban los enfrentamientos, pero tenía que ir con ojo avizor si quería llegar viva a entregar el mapa.
Escurría su cuerpo como las serpientes por debajo de las espinosas ramas de alambre, pinchando sus improvisadas herramientas para elevar medio metro esa tortuosa muralla que la separaba de una muerte lenta y dolorosa.
Casi llega a su destino cuando su cuerpo cayó en una trinchera enemiga al lado de un soldado que hacía su guardia adormilado, en estos momentos el joven veía alucinaciones, o eso creía, las drogas que consumía para mantenerse despierto le provocaba una distorsión de la realidad. Se miraron a los ojos, permanecieron unos segundos. Alice le indicó silencio con el dedo índice, y volvió a subir a la cima de la trinchera, con el corazón latiéndole en la boca.
El soldado no reaccionó, se quedó atontado mirando el mismo lugar donde unos ojos azules le observaban en la noche. Solo le separaba del infierno cien metros, una luz se encendió en su dirección, ella levantó las dos manos, en ese momento la tensión se apoderó de la joven, notó unas fuertes manos que la arrastraban hacia otra trinchera. Había llegado a Polonia, entera, esa parte de la frontera se resistía a los alemanes. Era el punto de entrega. El capitán al mando se dirigió a ella, la llamó por el nombre de su padre. No tenía fuerzas para hablar, solo bebía agua de su vieja cantimplora. Pedía ver al arquitecto, tenía un mensaje para él.
Varios años después de que acabara la guerra, Alice y su hija visitaron las obras que ella portaba, los planos de un túnel subterráneo que supuestamente tenían que construir en la parte que pertenecía a Polonia del campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, donde el ejército de liberación iba a sacar a miles de personas a través de esos túneles.
Alice volvió a su aldea, regresó a la vieja casa de sus padres. Sabía que su enfermedad no la dejaría vivir mucho tiempo más. Una mañana de primavera salió a dar su rutinario paseo cerca del rio. Caminó por el prado contemplando la amalgama de naranjas y lilas que cubría el suelo, los diferentes aromas que arrastraba la brisa. Entonces recordó a su pequeña hermana Rosan e incluso pudo sentir su pequeña mano agarrada a la suya. Llevaba puesto su mejor vestido, le sonreía. De la mano caminaron hacia la casa; allí en el porche apoyado en una de las vigas de madera les esperaba con la pipa en la mano, Josep, a su lado estaba su madre. Cruzó el umbral de la casa, llena de felicidad, con una sonrisa en los labios. Se sentó en el viejo sillón de su padre. Cogió su diario y escribió sus últimas palabras. Sintió que su corazón comenzaba a pararse, respiraba despacio, mantenía la mirada muy cerca de ella, su hermana Rosan se subía a su regazo. Sintió un tierno abrazo que le llenaba de calidez y reconfortaba su alma. Fue entonces cuando cerró los ojos.

                                                                                                                          ©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
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¡ Qué difícil es quererte!


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Que difícil es quererte, me tienes prisionera de tus ojos, de tus caricias, de tus besos, pero esa mirada tuya se pierde, se desvanece…

El tacto de tu piel, el aroma de tu cuerpo me derrumba; me hace caer al vacío donde verdaderamente está mi alma.

Tu susurro breve y a la vez cálido dejan prolongadas caricias de deseo.

Derrumbas mi espacio, mi cuerpo.

Me dejas sola delante de esos ojos negros, que custodian mi amor.

Enredas mi corazón apasionado de la forma más misteriosa posible, siempre con tu mirada.

Esa mirada enigmática que habla por sí sola,

que se emociona,

que siente,

que sufre.

Que ama…

 

                               Julia OJidos Núñez

 

LO NUESTRO FUE UN FLECHAZO


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Recuerdo aquel día como si fuera ayer…

Era fin de semana, no me apetecía salir, luchaba con el calor de Madrid y un pequeño ventilador que se alojaba en mi cuarto. Una amiga me animó, me convenció en ir a tomar algo…, al final sucumbí en su alocada insistencia y me precipité a una tarde de risas y baile.

La reina de la pista movía su trasero desprovista de vergüenza, enseñado sus encantos y cautivando a los chicos que merodeaban por la pista con cara de cordero, pero con dientes de lobo.

Estaba sentada, sostenía un vaso en mi mano, creo que era un gintonic, me movía al ritmo de una canción conocida, tenía ganas de dejarme llevar por la música; sin pensarlo, me bebí medio vaso de un trago, me levanté, me desplacé como si llevara patines, casi levitando; movía las caderas al ritmo de la música, mi cabello se enredaba en los aros de mis pendientes. ¡Poseída!, esa es la mejor descripción, poseída por la música que en esos momentos sonaba a todo volumen en un baile de luces y cuerpos robotizados por el ritmo. ¿Qué curiosa tarde?, ¡me la quería perder…! Desde mi posición y con la luz negra, solo me dejo ver un pantalón blanco apoyado en una de las columnas que custodiaban la pista. Las luces volvieron a cambiar al igual que el tema que eligieron pinchar. En ese momento mi mundo se detuvo, a cámara lenta dibuje tu silueta hasta llegar a tu cara, el hechizo de tus ojos hizo el resto.

No oía nada, solo sentía tu mirada, la sed de tus labios. Recuerdo que sostenías un vaso en las manos, me mirabas, sin verme. Cuando te diste cuenta, giraste tu cara hacía atrás; extrañado que mi mirada se dirigiera a tus ojos, a tus gruesos labios. Ahora que te conozco, el siguiente paso que diste, me asombra al recordarlo. Dentro de tu timidez algo te impulso hacía mí, moviste tu cuerpo sin para de bailar, observaba cada paso que dabas, mientras mi cuerpo se iba derritiendo, como el chocolate en la lengua; explotaba de júbilo como las burbujas del champán. Todavía distingo el olor de tu cuerpo cuando te acercaste; me temblaban las rodillas, las oleadas de tu fragancia aturdían mi espacio. Te acercaste tanto que casi caí al vacío. Recuerdo tus palabras como un eco en mi corazón; las arrastrabas nervioso, pero convencido de que para ti era algo especial. Solo tenía diez míseros minutos para presentarme y despedirme, llegaba mi hora cenicienta y tenía que marcharme.

Me acerqué a tu oído deseosa que escucharas mi nombre, – me llamo Julia.- te dije, te vi que apuntabas algo en un papel y me lo entregaste. Lo leí mientras subía las escaleras hacía la salida. Todavía conservo ese trozo de papel, donde escribiste; para Julia de José y tu número de teléfono.

Han pasado veinticinco años desde aquel día…, y cada vez que me miras, veo aquel apuesto y tímido chico que me robó el corazón. 

   Julia Ojidos Núñez

Entre tinieblas


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Salí de clase y quedé con un par de compañeras para ver una película. Perdí el autobús, a sí que me aventuré a cruzar el parque que unía el cementerio con la gran avenida. Haciendo eso llegaba a mi apartamento media hora antes. Era principios de verano, hacía calor, pero allí rodeada de los robustos árboles descendía la temperatura unos grados. Olía a tierra mojada, la fragancia profunda a almizcle dejaba el rastro a lo largo del camino. La luna proyectaba su silueta sobre el agua de estanque, su movimiento vibrante hacía que bailara un elegante Vals.
No me fijé que la puerta del cementerio estaba abierta, miraba hacía el frente, era tarde y el parque estaba vacío, solo se oían los insectos nocturnos que acompañaban a los ladridos de los perros que se oían en la lejanía. Nunca me ha dado miedo caminar de noche por aquel parque, pero hoy tenía una gran inquietud, presentía algo, caminaba deprisa, incluso notaba mi respiración agitada. Tenía miedo, eso era, el corazón me bombeaba rápido, dejando al descubierto un sudor frío que se desataba por mi cuerpo.
Los perros dejaron de ladrar, los zumbidos de los insectos se hicieron sordos. Pasé unos segundos parada en medio de la noche, intentando aguzar el oído. Parecía que el tiempo había parado, el agua del estanque paró de moverse, una extraña nube de polvo se formó delante de mí. Mi garganta se secó, no podía tragar, el olor que desprende esa nube ensucia mis pensamientos, mis orificios nasales retienen durante demasiado tiempo un olor que identifico como el metal oxidado.
Solo pestañee una vez y la nube desapareció ante mis ojos, algo se movió rápido. Mi retina no pudo poner forma a lo que se desplazaba a gran velocidad. La puerta del cementerio se cerró de golpe, los perros empezaron a aullar, la luna dejó de mirarse al espejo, y una extraña nube tapaba su rostro.
Estaba agarrotada, pero arrastre mi cuerpo hasta la luz que salia del gran panteón. Crucé el arco de piedra que guardaba entre susurro la vida y la muerte de los que allí habitaban. Las velas del panteón iluminaban vacilantes el gran espacio. El frío se apoderaba de mi cuerpo, mi aliento se congelaba a cada paso, una pequeña nube de vaho se formaba cerca de mis labios. Mis pupilas se dilatan, intento escuchar un leve sonido que no logro identificar.
Cerca de la vidriera se despliega una escalera, bajo temblorosa, me agarro a las bastas pareces que recubren el descenso. Una silueta negra espera de espaldas mi llegada, suspira, se gira y descubro su rostro. Mi cuerpo se tambalea, sus ojos miel se dulcifica como su color, no recuerdo como me llamo. Ejerce sobre mí un estado hipnótico que me arroja a sus brazos, sus jadeos ahora son más profundos, acaricia mis cabellos lentamente con sus manos. Sus ojos me enamoran, me hechizan, estoy viendo mi futuro a cámara lenta, dibujando nuestro cuerpo sumergido en unas sábanas de seda. Sin dejar de mirarme me atrae hacia su irresistible cuerpo; de manera que su olor inunda mi piel, el olor a sangre entra en mi cuerpo como sus dientes en mi cuello. Un orgasmo inexplicable envuelve mi alma, desmorona cada parte de mi cuerpo, ya no tengo identidad, mis recuerdos se confunden con mi futuro. Mi cuerpo empieza a rozar la rigidez. Sus labios rozan despiadados los míos deseosos de formar parte de una sola persona. Un lujurioso deseo de sed me invade violentamente y salgo del húmedo panteón en busca de mi presa.

  Julia Ojidos Núñez

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