Echar de menos, echar de más


Proyecto mandarina

Allí se encontraba ella, delante de su puerta, sobre esos zapatos con los que no sabía andar y que siempre se quitaba cuando él menos se lo esperaba. Llevaba el vestido negro atado al cuello del que tanto habían hablado, pero que nunca se había puesto y los labios rojos, como las demás veces que había quedado con él. Temblaba de frío, nervios y dudas.

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RELATO


algodon

Más allá de los campos de algodón

No sabría cómo comenzar está historia, si por el final o simplemente por un principio contado. Era época de hambre y después de que el tornado se llevara gran parte de las cosechas de algodón, la mamá de Ofelia se dedicó a limpiar los establos, poner a punto la casa de verano de sus señores, siempre claro está con la supervisión de Harold un viejo negro que renunciaba a serlo. Cascarrabias desde que piso la tierra, pasaba su guante blanco para ver que todo estaba perfecto.

Ofelia seguía a su madre y aprendía los trabajos de la casa, solo a ella la dejaban pasear por los largos pasillos mientras su madre barría, ahuecaba los colchones y pelaba patatas en la cocina.

Los señores casi nunca estaban en casa, viajaban buscando comerciantes que vendieran sus telas en otros estados. No tenían familia, la señora según la madre Ofelia era como un pantano lleno de caimanes, por eso nunca podía quedarse en cinta. Lo decía siempre riendo, aunque Ofelia solo contaba con seis años de edad, creía que sabía lo que su madre quería decir con aquellos comentarios, pero estaba equivocada, su madre le advertía de que las cosas de la casa no se comparten, que no tenía que contarlo con ningún negro de la plantación, solo podía conseguir que los señores le dieran unos cuantos latigazos.

Ofelia era una niña soñadora y con una imaginación desbordante, acompañaba a su madre todos los días a los campos de trabajo desde que salía el sol, hasta que anochecía. Impaciente por caminar junto la valla que la separaba del otro estado.

Era época de cambios y la gente de color iba adquiriendo privilegios en algunos estados cercanos, unos de ellos era pasando aquella valla, donde muchos de ellos murieron por encontrar la libertad.

Por esos su madre siempre le hablaba de que tras esa valla podrían ser libres. Le hablo de un montón de negros que murieron en manos del capataz y sus empleados. Les ahorcaban junto los establos, permanecían allí colgados durante varios días, para dar ejemplo, después los enterraban en una fosa común cerca del río.

A Ofelia siempre le gustaba oír los cuchicheos de las sirvientas de la casa, el problema era que entendía lo que quería. Ese era su gran problema, no sabía leer ni escribir como la mayoría de gente de color que trabajaba en la plantación, no había vivido más allá de los campos de algodón, su vida era aquella pequeña ciudad, con sucios barracones que para ella era su dulce hogar.

Una tarde de verano cuando Ofelia tenía ocho años, paseaba pegada a la valla cantando canciones de campo, las que había oído desde muy pequeña mientras recogían el algodón, está canción era triste, hablaba de sueños y de futuro. Distraída movía los brazos tocando ligeramente la valla cuando sin darse cuenta al otro lado le miraba atentamente un niño blanco, el niño más feo que había visto nunca.

Ofelia abrió los ojos como si le fueran a salir disparados, es tal la cara que puso, que el niño blanco soltó una carcajada, que contagió el ánimo a la pobre chica. Su madre le decía que los niños blancos los engendraba el diablo, que no los mirara a la cara porque su piel se cambiaría de color. Ofelia se puso muy nerviosa y miraba sus manos, esperando que su color se tornara como el algodón. Ese fue su primer día, pero le siguieron muchos más junto a la valla.

Su madre no la dejaba hablar con los niños de otras plantaciones, ni siquiera con los que compartía el barracón para niños de su edad. Tenía distinciones entre los negros que trabajaban día a día en la plantación y los que trabajaban en la casa grande. Todo lo que conocía en su corta vida era, trabajo, trabajo y más trabajo, solo una distracción, la lineal y áspera vaya de madera que la separaba de sus sueños.

Un día caluroso la madre de Ofelia cayó enferma y ella tuvo que encargarse de abrillantar los suelos de la casa, según se agachó, notó un horrible pinchazo debajo del vientre, la hizo caer al suelo. El miedo a morirse sin saber que se siente al ser libre se apoderó de sus pensamientos. El señor cascarrabias al verla en el suelo retorciéndose de dolor se acercó y la ayudó a incorporarse. Fue en ese momento cuando una cascada de sangre caía por sus delgadas piernas. Creía que iba a morir desangrada, no paraba de llorar y de pronunciar oraciones para salvar su alma. En ese momento apareció la señora que alarmada por los sollozos de la joven dejó su costura para averiguar que ocurría.

La abrazó con ternura y la indicó que la acompañara. La señora era buena con Ofelia, su madre se ganó su confianza y tras años de trabajo demostró que no la traicionaría como hizo su padre. El padre de Ofelia los abandonó, trabaja justo detrás de la valla en aquella plantación que se ve a lo lejos, pero como hombre libre, con casa y un escaso salario, pero jodidamente libre. Creo que así comenzó todo el lio de probar a tener hijos libres.

No se oía otra cosa, la verdad es que no sé quién lo inventó, pero se convirtió en leyenda, las mujeres de la casa mientras limpiaban las gallinas y cocían patatas, hablaban que si dabas a luz con las piernas bajo la valla tu hijo nacería en el estado libre. La verdad es que Ofelia esa historia la había oído desde que empezó a andar, nadie se atrevió a hacerlo nunca, la valla estaba custodiada por un montón de hombres que seguían al capataz, entre ellos el negro más rastrero del estado, el miserable Arnold. Nadie le ve, pero serpentea su cuerpo cerca de la valla y huele la traición a leguas. Es el que limpia el culo al capataz incluso dicen que a veces hace de mujer para él. Su cara llena de cicatrices y su ancha nariz, perfila un rostro despiadado, y para rematar el ojo de cristal que ensucia su mirada.

La señora le contó que ahora no mirase a los hombres a los ojos hasta que encontrase marido, que era muy peligroso, que se acordara que todos los meses después de aquel horrible dolor, la sangre brotaría de nuevo. Ese día la señora la dejó descansar y con las piernas todavía cubiertas de sangre se abandonó en el catre y durmió hasta el amanecer.

Habían pasado casi cinco años desde aquel encuentro con el chico blanco de la valla. Ofelia había aprendido a leer y escribir, la señora también la enseño a coser.  Era una bonita joven de ébano que conquistaba los corazones de los jóvenes negros de la plantación, pero ella solo tenía ojos para su fiel amigo blanco, que todos los días acariciaba tras la valla.

En todo ese tiempo su mejor amigo, la esperaba con unos deliciosos terrones de azúcar. Se pasaban el tiempo subidos a un árbol, hablando de un futuro juntos, arreglando un presente que se acercaba confuso y lleno de contrariedades.

Esos fueron los más bonitos recuerdos que Ofelia compartía en su corazón. Pero un día a principios de septiembre, estalló una tormenta cuando abandonó el árbol que compartía con Óscar, después de haber hecho el amor, ocurrió algo que entristeció aquel encuentro.

Lo que Ofelia no sabía es que Arnold estaba enamorado de ella, la seguía cauteloso, con el único consuelo de ver su cuerpo desnudo en el agua del río junto a Óscar. Esa tarde la rabia y la frustración le perseguían, necesitaba que Ofelia fuera suya, después de saltar la valla era presa del indeseable lame culos del capataz.

Ofelia era una mujer alta y fuerte pudo zafarse en dos ocasiones, pero la agarró por el cuello, la tiró contra el suelo y la violó repetidas veces. Ella se resistía, solo tenía pensamientos para su amado, pensaba que era una mujer impura y que ya no la querría. Arnold ajustó los tirantes de sus pantalones y la amenazó si se lo contaba alguien. La dijo que la quería allí todos los días, si no le contaría a la señora que copulaba con un blanco, el capataz la colgaría sin pensarlo.

Ofelia se sentía sucia, todas sus ilusiones se habían roto, ella no sabía que dentro de su ser crecía un bonito niño blanco con ojos azules que le ayudaría a cambiar su vida y obtener su libertad.

La señora la estuvo observando y la hizo llamar, había cogido peso y como todos los días tenía que estar cerca de la valla para que Arnold disfrutara de su cuerpo, se notaba más cansada, pero ella creía que era por lidiar con una manada de búfalos, era como llamaba a Arnorl. Ofelia no se acordaba que había tenido dos faltas, cayó en la cuenta cuando la señora se lo preguntó. Le temblaban las piernas y casi cae al suelo, no podía soportar tener un hijo del apestoso búfalo. La señora le preguntó quién era el padre de la criatura que guardaba en el vientre. Bajó su mirada y no supo que contestar, la señora le preguntó si era consentido o si alguien la había violado. La explicó que sabía que Arnold estaba tras ella, que la miraba obscenamente y babeaba cada vez que la miraba. Ella no sabía que decir, si confirmaba los hechos seguramente sería ahorcada por amar a Óscar. A sí que negó con la cabeza y se marchó a su barracón mientras las miradas de las mujeres insultaban su cuerpo.

Dejó de ir a la valla durante los siguientes meses. Óscar desde el otro lado estaba preocupado, se oían rumores, pero él confiaba en que el niño que llevaba en su vientre era suyo. Desesperado comento a su padre lo ocurrido y decidió ir a comprar la libertad de Ofelia.

La señora como no había tenido hijos le hacía ilusión ayudar a cuidar a Ofelia de su bastardo. Había cambiado su forma de pensar, algo estaba pasando en la sociedad y poco a poco se iba labrando un futuro en aquel estado. Donde los negros no podían hablar sin permiso ni mear en el campo, solo en zonas autorizadas por el capataz, ni bañarse en el río, tantas y tantas cosas que se podrían leer en un libro como la Biblia

Ofelia tenía una gran barriga que le impedía hacer muchas labores en la casa, así que solo se limitaba a ayudar en la cocina con las pequeñas tareas.

La señora le regaló, paños de algodón para poner en sus pechos cuando le subiera la leche, la cambió el catre por uno más cómodo hasta que naciera el niño. Todo era atenciones, hasta que un buen día cuando Óscar decidió hablar con la señora, Ofelia se acercó al cobertizo a coger hierbas aromáticas para el asado, cuando tuvo una visita inesperada.

Detrás de ella apareció el apestoso búfalo, mascando tabaco y deslizando los dedos por los tirantes del pantalón. Se acercó a Ofelia, le susurraba que estaba muy bonita preñada de un bastardo blanco, que se acordaba de su cuerpo desnudo en el río. La tocó los pechos con fuerza notó que un líquido cálido salía de ellos, la arrancó el vestido, succionó sus pechos robando la leche a su hijo, ella no paraba de gritar y defenderse como podía, no quería que su hijo sufriera ningún daño. Consiguió tumbarla sobre la paja y la volvió a violar. Arnold oyó que alguien llamaba a Ofelia salió corriendo por la parte de atrás.

Empezaron las contracciones, un líquido tibio rodeó sus piernas, los dolores eran tan fuertes que hacían inclinarse hacia delante, produciendo un chasquido en la espalda.

Entonces recordó lo que le dijo su madre. Ofelia si algún día quieres tener un hijo libre, solo tienes que dar a luz entre las vallas.

Se levantó como pudo y cruzó la puerta del cobertizo, apoyándose en cada palo de la vieja valla, con la esperanza de alcanzar el árbol que contempló su amor por Óscar todas esas tardes.

Allí dejo caer su pesado cuerpo, dolorido y magullado. Empezó a empujar, su mente cabalgaba con las imágenes de su vida, con la esperanza de ver a su hijo crecer en libertad, junto a su amor, un chico blanco con ojos azules que cruzó su mirada un día en ese mismo lugar, que no le importo quien era y como era. Solo cogía su mano y la contaba historias de presidentes y de gente negra que se casaba con blancos. Todas esas cosas que aquí en este pequeño espacio parecían palabras dichas por el diablo, donde la doctrina era el trabajo, la esclavitud, sin vida, sin libertad…

A Ofelia solo le apetecía correr por el prado que veía detrás de la valla, respirar aire limpio, todo junto a Óscar.

Alguien llora cerca de mí, ahora sí que estoy en el cielo, a mi lado está Óscar me está ayudando a vaciar mi vientre del fruto del amor por él, bajo el árbol que vio crecer algo hermoso, su piel es blanca y al abrir los ojos, el azul del mar deslumbra un bonito amanecer, el amanecer del comienzo, el de los cambios. Un nuevo día hacía el presente.

Julia Ojidos Núñez.

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