Solo unos minutos


 

deseo

 

Hoy he robado al tiempo unos minutos de reflexión, he acabado de leer el libro y he decidido descansar mis ojos. El vagón de metro está lleno de gente gris. No me gusta levantar la mirada, siempre me encuentro ojos somnolientos que miran incapaces de saber que estoy pensando. Me planteo cambiar, pero no puedo; quizá ese lado mío que me hace estremecer cuando estás cerca, se ha solapado a mi carácter. – ¡Qué frágil soy a veces! – ¿Por qué es tan difícil pasar página? El metraje no para de pasar en mi cabeza. Soy demasiado cobarde para sincerarme conmigo misma. Tú me haces daño, lo sé, aunque esté confundida entre el amor y el sexo, tengo claro que te has llevado una parte de mí que desconocía. Separados por una capa invisible nuestros cuerpos siempre terminan arropándose entre besos. El olor de tu piel, el sudor que impregna mi cuerpo cuando más te deseo. Me estremece las sacudidas en la espalda, tus labios húmedos y entreabiertos; arden, recogen sorbos de deseo. Aspiran incansables el jadeo de mis labios.  Tu cuerpo es una fina línea en la pared que se arquea y embiste, flaquea unos segundos hasta que penetra de nuevo. Mi visión se vuelve borrosa, dejo de oír, solo siento el roce de tu piel, tus jadeos. El calor asciende cada vez más, hasta que encuentro ese trozo de mí, que solo tú me sabes dar. Me aprietas con fuerza los glúteos, me azotas, haces que mis palabras se derritan en mi lengua. Me coges de las caderas, cierro los ojos, sé lo que llega ahora; levanto las caderas y te sumerges dentro de mis aguas, tu lengua perfecciona las sacudidas, hundes y rozas buscando el elixir. Hasta que termina otra vez. Bebes lo que mi fuente derrama, lames los restos en mi piel. Tu mirada en ese momento me embebe, me manipula, me castiga, me golpea, me desarma. Me coges por las muñecas y me penetras con suavidad hasta que mi montaña se cubra de nieve. Besas mi pubis, patinas con tu lengua por el surco de mi ombligo, me traicionas con un dulce cosquilleo en las costillas. Intento incorporarme, pero tu mirada me aplasta contra la almohada. Silenciosa y ambiciosa mi lengua abre tus labios y penetra firme en tu boca, dejando y arrastrando las súplicas que hacen eco en nuestros pensamientos. De tantas formas me tienes atrapada, que cuando te despediste de mí, sentí un terrible hueco, un vacío vertiginoso que se vaciaba dentro de mi ser. No puedo dormir sin pensar en cada minuto que disfrute a tu lado, pero ahora me doy cuenta de que solo fueron eso, minutos. Minutos robados de tu vida, porque la mía siempre es igual, contigo o sin ti.

 

©Julia OJidos Núñez
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Corazón de acero, corazón malvado


 

corazon

Tienes la capacidad de inventar tus propias mentiras, de crear un estado de ánimo. De sepultar la pureza que trajiste al nacer. Esquivas a la buena gente y arremetes con coraje contra ella; no sabes dónde está tu límite, tampoco lo buscas. Moldeas a gente pusilánime para que te ofrezca el poder que necesitas para vivir. Eres líder en tu pequeño mundo que proteges de mentiras y cosas materiales, pero en tu silencio, lloras de rabia y frustración. Te estremece no tener tentáculos para alcanzar lo que deseas y que nunca podrás tener. Eres anoréxica de palabras, de sentimientos; un esqueleto exangüe que vaporiza la realidad. Tu castillo de naipes se bambolea a cada momento. Te crees Blancanieves, pero eres la figura que se refleja al otro lado del espejo. Te gustaría ver lo invisible, pero solo alcanzas ver tu orgullo. Parcheas tu mundo inventado y construyes con ahínco tu poder. Tu fracaso es el apellido que robaste en el tiempo. Manipulas degradando y humillando incluso a las personas que quieres, solo así te sientes poderosa, viva. Cuando te sientes defraudada recurres al chantaje emocional, son pocos los que te siguen, pero desgraciadamente tus víctimas viven en estado amnésico. Nunca te llegas a caer, siempre encuentras un alma desconsolada que atrapas entre tus garras y estrujas hasta sacarle el jugo. Solo te lamentas si tus planes salen mal, te alegras por las derrotas de otros, te muestras indiferente a sentimientos pasados. Eres calculadora y fría, persigues la libertad de tus acciones, la codicia de tener más, cueste lo que cueste. Eres un alma desgraciada que solo cosecha victorias escondidas, sepultadas…, victorias que creas en ese mundo mágico lleno de odio y rabia. Donde no se contempla la verdadera esencia de la vida, la humildad, el amor y la amistad.

 

©Julia OJidos Núñez
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EL CUBO


 

ELCUBO

 

En primer lugar, quiero pedir disculpas por mi ausencia. La falta de tiempo me ha obligado  aparcar una temporada mi gran pasión; escribir y compartir mis historias. Intentaré ponerme al día en vuestros espacios. Muchas gracias por estar ahí. Un fuerte abrazo. 😉

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Me despierta unos pasos sobre la tarima; tengo los ojos cerrados, no sé, si estoy soñando o simplemente estoy muerta. No siento dolor, ni pena, ni alegría. Parezco un vago recuerdo metido en una lata. Reúno todas mis fuerzas y consigo abrir los ojos. Una y otra vez abro y cierro. –  Todo está borroso. Solo distingo oscuridad y un pequeño haz de luz. Tengo la boca cerrada, pero el sabor a sangre me desconcierta. Muevo la lengua por dentro de mi boca y el sabor es rancio; es como si la hubiese tenido cerrada una eternidad, me doy cuenta de que no tengo dientes. Mi boca es una excavación profunda y cerrada. Me gustaría mover mis manos, para acariciar mi cara, pero creo que ya no forman parte de mi cuerpo. Empujo con la lengua los labios, pero mi boca no se abre. Comienzo a respirar de forma agitada, intento recordar… – Oigo los pasos muy cerca de mí, abro completamente los ojos. Una imagen difusa y oscura se dibuja en la retina. Es la galería…, comienzan los recuerdos.

La gente se agolpa alrededor de mi obra “El Cubo”, comentan entre risas y susurros. – No puedo moverme, un sudor frío envuelve mi rostro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y resbalan por mi cuerpo hasta colarse por los pequeños orificios del cubo de titanio. No tengo dolor, pero sé, que, para meterme en el cubo, han tenido que fracturarme las articulaciones, al igual que la columna para plegarme como un acordeón. Mi cabeza está colocada sobre la masa de carne y hueso rotos, dentro de una caja que drena mis fluidos al exterior por pequeños orificios. – No sé el tiempo que me queda, pero no será mucho. Han desconectado mi sistema nervioso y solo me queda esperar.

Marina es la primera en llegar a la cafetería, está algo nerviosa. Es la primera vez que expone sus obras en una importante galería de arte en Madrid. Consulta el reloj varias veces, pero no se fija en la hora que marca las agujas. No sabe quién es el marchante de arte, su contrato lo gestionó una sociedad de artistas; desconoce cómo se llama y que aspecto tiene el propietario de la siniestra sala de arte.

Su obra principal “El Cubo” había sido el reclamo para que el marchante se fijara en ella. Había publicado sus obras en un blog personal y la verdad, no sabía que podía tener tanto éxito. Su forma de ver el arte era bastante estrambótica, épica e incluso algo demencial.

Con los nervios a flor de piel, se cuelga su identificación en el cuello y decide ser la primera en pisar la sala. Antes de entrar, una limusina aparca frente la puerta principal; un hombre de aspecto siniestro sale del coche. Le observa por encima de sus gafas oscuras y se relame. Aquella muestra de deseo, hizo que el quebradizo cuerpo de Marina se encogiera a causa de un escalofrío que le recorrió la espalda.

 

 

Relato presentado al concurso Calabacines en el Ático ( Saco de Huesos, La Blibioteca Fosca)

 

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HISTORIAS DE WHATSAPP (CASO CERRADO)


helicoptero

Olivia tiene claro donde ir, su padre tiene un taller de coches a dos calles de donde se encuentra. Hace mucho que no le visita y lo primero que hace después de atravesar el barrio chino, es llamarle;

– Papá, ¿cómo estás? – pone los ojos en blanco mientras espera que responda.
– Olivia, hija. Me tenías preocupado. He ido a visitarte al hospital y un agente me ha dicho que no puedes recibir visitas. ¿Has cambiado de teléfono?
– Escucha papá, necesito que escuches atentamente, de acuerdo. – después de unos segundos en silencio.
– ¿Qué pasa Olivia? ¿Te has metido en algún lío? – intenta controlar sus impulsos, coge aire y contesta.
– No precisamente un lío, pero necesito las llaves de tu taller. – su tono anodino, preocupa más al viejo.
– Olivia, tengo que sincerarme contigo, nunca pensé que te lo diría por teléfono, pero he sido un mal padre para ti. Quiero que me escuches…, sé que ahora no tienes tiempo de escuchar a un viejo que se muere. Necesito que sepas que siempre te he querido y que no he sabido tratarte como te mereces. Hija, tengo cáncer. – la joven escucha mientras se muerde el labio con rabia.
– No sé qué decir, lo siento…,
– Puedes recoger las llaves en el Bar Pustral. – terminó sus palabras de forma sibilante, casi sin fuerzas.
– Papá, tienes que comprender que mi vida corre peligro, necesito que no llames a la policía y no des datos sobre mí. De acuerdo. – espera impaciente la contestación.
– Lo sé hija, he visto las noticias. Confío en ti, prométeme que te cuidarás.
– Sí, papá, pero necesito que hagas una llamada al Bar Pustral, el viejo Pi Bull no tiene que saber que me llevo las llaves, entraré por la puerta de atrás y las cogeré. Solo espera a llamar unos quince minutos desde que corte la llamada. – antes de colgar…
– Ah, ¡Gracias, papá! Te quiero. – Se quedó mirando el auricular, algo disgustada por no saber que su padre padecía cáncer desde hace varios meses.

           Martín sube las escaleras de dos en dos, sabe que Julian al que llaman el viejo Pi Bull un exboxeador de los años 60, vive en el tercer piso de unos apartamentos cedidos por el estado. Es el único pariente cercano que tiene Olivia, es una información muy valiosa. Sabía que tarde o temprano necesitaría la ayuda del viejo. Por eso después de dejar a Valeria en la fábrica dentro de su coche. Caminó hasta el centro y se camufló en la red de metro con la intención de sonsacar información a Pi bull. Golpeó fuertemente la puerta. Se oyó desde fuera el chirriante sonido de unos ruedines sobre el parqu. Julián, miró por la mirilla y reconoció al policía. Fue la misma persona que le impidió ver a su hija en el hospital. Abrió despacio.
– En que le puedo ayudar, Agente. – le miraba de soslayo.
– ¿Puedo pasar? Me gustaría hacerle unas preguntas. – su voz plúmbea se distorsionaba en los oídos del viejo.

– Pase, está en su casa. – sus movimientos eran lánguidos y desgarbados. Avanzaba hacía el sillón mientras arrastraba su máquina de oxígeno.
Sabe que su hija ya no está ingresada, verdad…

– Si, lo sé. También sé por qué ha venido. Y la verdad le diré que malgasta su tiempo viniendo a molestarme. Si piensa que le voy a decir alguna cosa que pueda perjudicar a Olivia, lo tiene claro. Míreme Martín, estoy hecho un asco. No sé si mañana podré abrir los ojos. El cáncer está devorando mis huesos, y la verdad es que estoy preparado para morir. – Se gira lentamente y sonríe al inexpresivo Martín que le mira rabioso.

– Bueno eso lo veremos, señor boxeador. Le traigo un regalito que nos mantendrá entretenidos unos minutos. – Martín no preguntó nada sobre Olivia, se abalanzó sobre el viejo, le quitó la mascarilla. Le redujo de un puñetazo; le hizo caer al sillón. Allí comenzó su juego. Arranco su nariz, vació la cuenca de sus ojos, le cortó la lengua y las orejas. – el viejo se dejó hacer, la sumisión fue la bendición que él necesitaba para morir. – antes de marcharse, lavó sus manos y buscó una caja para guardar sus trofeos. Encontró lo que estaba buscando, una caja metálica, colmada de fotografías. Las sacó para meter sus tesoros y le distrajo una foto en blanco y negro. Pit Bull vestido con un mono de mecánico trabajando en un garaje, junto a él su viejo amigo; el dueño del Bar Pustral.

Después de salir realizó una llamada. El comisario descuelga el teléfono. Tiene la mesa cubierta de los tabloides informativos. Arquea de forma exagera las cejas y presiona sus finos labios antes de hablar.
– ¿Qué coño quiere otra vez? – le pregunta de forma hosca y neutral.
– Creo que tengo algo. – necesito información de una propiedad del padre de Olivia, en los 60 fue un gimnasio clandestino, donde el gran Pi Bull, realizaba combates mañados.

Después de su lesión se asoció con el dueño del Bar Pustral y convirtieron el antro en un taller de coches. Necesito que averigüe, quien es el propietario y que firme una autorización para entrar en el recinto.
– ¡Estás loco! Sabes que estamos en una situación delicada, los de investigación interna me están vigilando. Creo que llevó un micrófono en mi puto culo, ¿sabes? Haz lo que tengas que hacer y por el amor de Dios, no me llames más. Yo me pondré en contacto contigo. – colgó justo antes de que un inspector de la secreta entrara por la puerta.
Olivia esperaba en la acera de enfrente, estaba situada detrás de una cabina telefónica, a través del cristal pudo ver al viejo cascarrabias limpiando la barra. Esperó varios minutos y decidió llamar de nuevo a su padre. Desde el primer momento que introdujo la moneda una mala sensación se apoderó de ella. Marcó el número y espero hasta que el teléfono dejó de emitir la señal de llamada. Colgó de mala gana, pensando lo peor. Cruzó la calle con la capucha puesta, no quería que el viejo la conociera a través del ventanal. Pasó al callejón asegurándose de que nadie la seguía. Fue en el último momento cuando giro medio cuerpo y vio que paraba un coche de policía en la puerta del local. Comenzó a correr hacía la puerta de atrás, entró a la galería, bajo varios peldaños y con alivio descubrió que las llaves estaban donde siempre. Fue entonces cuando decidió colarse por el pasadizo que comunicaba los locales y se perdió entre las sombras. Martín no consiguió una mierda de aquel viejo sordo, pero las fotos colgadas en la pared le desvelaron muchas cosas sobre el local donde posteriormente se dirigiría.

Valería consigue quitarse completamente la cortina de su cuerpo. Tiene que moverse e intentar escapar. Hábilmente despega de entre los dedos de sus pies un artilugio que se monta con facilidad, era un rudimentario punzón. Con paciencia pudo abrir la puerta del maletero y salir al exterior. Tiene el cuerpo entumecido y mucho frio, lo primero que se le ocurre es buscar algo para cubrirse. Ese es su primero objetivo. Mira alrededor y se da cuenta de que está en una fábrica. El olor a detergente le hace recordar las fábricas a las afueras de la ciudad. Como ha permanecido inconsciente en el traslado no ha podido calcular la distancia.
Se movió lo más rápido que pudo entre las cintas que recorrían aquel lado de fábrica. Se ocultaba tras los bidones de grasa animal. Necesitaba encontrar los vestuarios del personal. Giró hacia la derecha por un estrecho pasillo con escasa luz. Sin lugar a dudas Valeria sabía que iba directamente al taller de reparación. Descendió por un tramo de escaleras metálicas que le recordó las escaleras de un buque. La decoración industrial de las tuberías vistas y vigas de acero despejaban el suelo de máquinas. Fue entonces, cuando encontró un mono azul, colgado de la pared. No lo pensó mucho tiempo, tiró de él para descolgarlo y se lo puso, antes de hacerlo se llevó la prenda a la nariz.
– ¡Uff! – farfulló entre dientes. – se puso el mono y continuó andando.
Varios metros más adelante una puerta metálica que ocupa parcialmente la pared permanecía entornada. Allí al panorama es completamente distinto, – se camufla entre unos bidones y observa distraídamente. Había varias mujeres en una especie de cilindro, hombres con una máscara sobre la cara y con indumentaria medica; anotaban cosas en un cuaderno. Estaba bastante abstraída cuando notó el cañón de una pistola sobre la sien. Estaba ardiendo, habían disparado con ella hacía pocos minutos. Le abrasaba. Intentó moverse, pero su adversaria no dejaba de presionar la pistola sobre su cabeza.

Olivia llegó al taller de su padre, antes de nada, sacó la tarjeta que había cogido en el gimnasio y marcó el número de Lucas.

– Lucas al teléfono. – esperaba ensimismado.
– Lucas soy Olivia, no sé si tengo mucho tiempo, pero necesito que me ayudes. Martín me está siguiendo. Estoy en el antiguo gimnasio Neprom. Creo que pronto llegará. Sé dónde intervienen a las mujeres, cuando terminé aquí voy para allá. No recuerdo el nombre de la fábrica, pero sé que está muy cerca del desguace. Por favor, manda una patrulla… – la comunicación quedó en silencio.
– Olivia, ¿estás ahí? – Olivia arrojó el teléfono al inodoro, alguien había entrado en el recinto. Sabía que hacer, detrás de una taquilla su padre escondía dinero y armas. También las llaves de una vieja camioneta. Saltó por una de las ventanas traseras y se alejó corriendo por una de las calles colindantes.
El garaje estaba a oscuras, no quería dar la luz. Sabía perfectamente donde estaba aparcada la vieja chatarra. Antes de que diera un paso, las luces se encendieron; Martín estaba de pie junto al vehículo.
– Hola, gatita, eres una chica, mala, mala, mala. – Sacó una navaja de su bolsillo y vació el aire de los neumáticos delanteros.
– Sé, que estás en alguna parte. Déjate ver, para que vuelva admirar tu cuerpo. Venga Olivia no seas tímida…
Olivia salió de las sombras, levanto el arma y se acercó unos metros hacia donde se encontraba Martín.
– ¡Qué interesante! – sabes usar un arma. ¡Si señor! Eres el tipo de mujer que me gusta, peligrosa y extremadamente sensual, pero llegaste tarde al gimnasio. El arma no está cargada. Siento decirte que vacié el cargador, antes de que llegaras. Así que te recomiendo que lo dejes despacio sobre el coche de tu derecha y te arrodilles con las manos por encima de tu cabeza.
– Te crees que soy tonta, esta arma está cargada. Te lo voy a demostrar. – apuntó a la cabeza del policía, pero le resultaba demasiado fácil acabar con su vida de un disparo, así que decidió virar unos centímetros el cañón de su arma y disparar al pavimento de hormigón. El estruendoso ruido hizo que un pitido se alojara en sus oídos, el olor a pólvora envenenaba el ambiente, haciéndole más sórdido. – Martín fue rápido y se tiró sobre el capó de la furgoneta, rodó y salió corriendo para cubrirse entre los coches cercanos. Olivia estaba decidida a acabar con su vida.
Lucas se puso en marcha, las últimas coordenadas que emitió el teléfono fueron en el baño del taller. Los metrajes de la zona vieron como Olivia entraba por la puerta trasera y también a Martin varios minutos después. Le vio salir, pero Olivia no apareció en la imagen. Lucas pensaba que la había matado, pero después de registrar el perímetro, dedujo que había podido escapar. Las paredes que cubrían el despacho del taller estaban prácticamente forradas por viejas fotografías. El padre de Olivia cuando boxeaba, foto de familia…, pero le llamó la atención una fotografía sacada muy cerca de allí, Olivia y su padre posaban delante de una furgoneta en la puerta de los aparcamientos públicos. Sin mediar palabra, salió por la puerta y sus hombres le siguieron.

El garaje volvió a quedarse a oscuras, las carcajadas de Martín se oían por todos los sitios. Olivia mantenía los ojos muy abiertos, no quería ser cazada por aquel violador y asesino. Le temblaban las manos, el odio le recorría el cuerpo, quería vengarse de las vejaciones sufridas por aquel monstruo. Mantenía empuñando su arma, cuando las luces volvieron a encenderse. Se ocultó tras una de las columnas centrales y esperó a reconocer algún sonido. Aguza el oído y cierra los ojos. Solo se podía oír el repiqueteo del agua que caía por el sumidero. Su leve jadeo y el frio que le helaba la sangre. Alguien entró por la puerta, el ruido metálico al cerrase la hizo sujetar más fuerte el arma. Distinguió dos sombras desde su posición, luego entraron cuatro más. Vio cómo se movían alrededor del perímetro y decidió marcharse por las alcantarillas. Antes de que pudiera cerrar la tapa vio con claridad como Martín salió de su escondite.
– Lucas, menos mal que has venido. El asesino se ha escapado. Lo tenía acorralado. Pero un descuido…,
– Martín tira tu arma. Se te acusa de cinco violaciones y tres asesinatos. – hizo amago de tirar su arma al suelo, pero apuntó hacía Lucas, tubo los suficientes reflejos de esquivar la bala. Desde su posición Lucas apretó el gatillo y le disparó en la cabeza. Martín cayó desplomado sobre el cemento.
Lucas llamó a la ambulancia y pidió por radio un helicóptero, su propósito era llegar lo antes posible a la zona sur. No quería hacerlo en coche porque en hora punta, tardaría tres horas en llegar. Sabía que Olivia se dirigía hacia allí.

Valeria miró por el rabillo del ojo y distinguió la silueta de una joven que no pudo reconocer en su primera observación. Olivia seguía apuntándola con el arma. Ahora no la presionaba con el cañón en la sien. La laceración ocasionada por la quemadura le escocía mucho. Estaba oculta en un pequeño almacén. Olivia no sabía quién era la mujer que apuntaba, pero tenía claro que no trabajaba en la fábrica. Pudo mover la cabeza y le miró a los ojos.
– Olivia, te llamas así, verdad. Mi nombre es Valeria, soy Agente Especial. He llegado cómo tú llegaste la primera vez. Inconsciente, desnuda, en el maletero del coche de un policía corrupto. Llamado Martín. Necesito que dejes de apuntarme con esa arma. ¡De acuerdo! – Olivia la mira en silencio y después de unos minutos asiente con la cabeza. Le entrega el arma a Valeria.
Lucas recibe una llamada de su equipo de analistas, han descifrado el servidor del Pub Nube, allí, hay datos suficientes para implicar al comisario, a Martín y al alcalde entre otros muchos. Según los datos Jack está en algún lugar secreto. Lucas cree que forma parte de aquel enjambre corrupto, pero tendría que analizar todos los datos para asegurarse que es uno de los miembros de GHOST.
Sube al helicóptero y da instrucciones precisas para que a su orden y mediante las pruebas periciales que han enviado al Juez; arresten a los involucrados. Sobrevuela la ciudad rumbo al sur. Tiene una necesidad imperiosa de saber que habrá sido de Valeria…, tiene remordimientos por infiltrarla en aquel antro. Si le pasase algo…, no se lo perdonaría nunca.
El piloto le indica que hay cuatro fábricas en un perímetro cercano al desguace. Lucas intenta concentrarse, mientras sobrevuelan la zona. Intenta recordar si en las cajas de detergente halladas en la trastienda del Pub aparecía algún logotipo significativo que las distinga de otros fabricantes, pero aquellas cajas no estaban marcadas.
Le indica al piloto con un giro de su dedo índice en el aire, que vuelva a dar la vuelta. Tienen que encontrar una pista, que les haga pensar de que fábrica se trata. En pocos minutos y después de haber sobrevolado en círculo varios kilómetros. Ven una ambulancia, que se dirige a la zona de aparcamiento de una de las fábricas.
– ¡Bingo! – Lucas se comunica por radio con sus analistas. – tenemos alguna noticia que destacar.
– Si, el caso es que sí. Ayer por la noche desapareció una joven de 17 años, cuando volvía del instituto. La Policía Local nos ha informado que encontraron su móvil, entre unos arbustos a la salida de la A-3 dirección sur, les he pedido que me lo envíen, para analizarlo.
– ¿Y? – Lucas espera impaciente.
– Según la investigación de la Policía, ayer por la noche mandó un mensaje de Whatsapp a una amiga. Tenían una fiesta con varios adultos que se unieron a la nueva aplicación. Uno de los teléfonos del registro de contactos es de Martín y el otro es el de Jack. – estaba intentando asimilar lo que oía.
– Vale, en cuanto tengas más información no dudes en llamarme. – colgó antes de bajarse del helicóptero.
Valeria mantenía a Olivia detrás de ella mientras avanzaban, tenía que asegurase de que aquel era el sitio donde la empresa de tecnología implantaba los dispositivos en las mujeres. Olivia cogió una barra hierro y antes de que Valeria se diera cuenta le golpeó en la cabeza y le dejo inconsciente. Retiró el arma de sus manos y la arrastró para que nadie que pasara por allí la descubriera. Avanzó despacio hasta el umbral de la puerta metálica e inspeccionó de forma intermitente asomando la cabeza. El equipo médico en esos momentos no estaba. Así que le pareció el momento perfecto para intervenir. Se plantó a un lado de la sala, donde una capsula hermética mantenía con vida a una mujer más joven que ella. Le acababan de realizar la intervención, pero desgraciadamente no había superado la prueba. Estaba en estado vegetativo. La utilizarían para estudiar posibles secuelas. Arrastraba los pies al desplazarse. Quería ver cara a cara al miserable que la violó antes de operarla. Quería acabar con él. Una cristalera hasta el suelo, separaba aquella sala de un taller, donde se realizaban los ajustes del dispositivo en el cerebro. No había nadie por ningún sitio.
Valeria empezó a mover ligeramente la cabeza, el golpe le había ocasionado un agudo dolor en su lado izquierdo. Palpo con cuidado y se estremeció de dolor, intentó incorporarse, pero no tenía suficiente fuerza para aguantar su peso, así que decidió desplazarse reptando.

Lucas entra en la galería, detrás de él el piloto empuñando un arma. El olor a detergente cada vez era más pesado. Le picaba la garganta y los ojos. Descendieron varios pisos y vieron cómo la entrada de vehículos estaba abierta. La rampa estaba despejada, pero la ambulancia continuaba fuera. No había entrado. Se ocultaron y esperaron varios minutos. Alguien descendió por la rampa empujando una camilla, sobre ella había una joven que parecía dormida. Giraron a la izquierda y se metieron en el montacargas. Salieron de su escondite y bajaron por las escaleras al sótano, allí estaba el coche de Martín, con la puerta del maletero abierta y una raída cortina en el suelo. Se acercó a inspeccionar el vehículo. No había ni rastro de Valeria, no tardó mucho en deducir que habría hecho ella, así que se dirigió hacía la zona de taller.
A Valeria le pareció oír pasos, se agazapó detrás de un registro de agua. Vio dos siluetas que empuñaban un arma. Pasaron por su lado sin percatarse de que estaba allí. No descubrió que se trataba de Lucas hasta que no se aproximó a una zona iluminada. Entonces intentó ir tras él, pero no podía guardar el equilibrio si corría. Así que lo hizo lo más rápido que pudo. Lucas había cruzado la zona médica. El piloto comprobó en los monitores los cuerpos de las jóvenes metidas en las capsulas. Una de ellas estaba viva, permanecía con los ojos abierto. Al ver al hombre, le sonrió. Él golpeó la pantalla protectora y le habló.
– Pronto te sacaré de aquí. – le dijo mientras le guiñaba un ojo.

Olivia seguía adelante, oyó ruido en uno de los despachos, entró y se colocó detrás de un armario lleno de archivadores. Un joven de aspecto enjuto y de pelo engominado miraba distraído unos papeles. A Olivia le recordaba a alguien, pero no sabía bien que papel representaba en esta mierda. Le había visto en algún sitio, pero en esos momentos por más que intentaba recordar no lograba ubicar su cara.
Jack estaba destruyendo todos los documentos que le involucraban en el negocio tecnológico. Por eso había creado la empresa GHOST, para lucrarse de los beneficios que le ofrecía el alcalde y el comisario a cambio de que permaneciera con la boca cerrada. Él era una pieza clave en el rompecabezas. Su vida dinámica como Agente, el entendimiento de la economía y los procesos de comprar acciones, pero sobre todo de mover grandes sumas de dinero. Su socio no le iba a defraudar, el fantasma estaba en prisión. Jack solo tenía que parecer una víctima en vez de uno de los creadores de la empresa. El rechazo del gobierno para sacar al mercado un dispositivo que era efectivo un 30 % en la prevención de cáncer en el cerebro. Le hizo ver una oportunidad de oro. Con la ayuda del alcalde y el comisario tuvieron esa oportunidad, pero aquello no era posible. El 30 % no era real, después de más de cien intentos solo uno de ellos había salido con éxito, Olivia. Jack sabía que el tiempo se agotaba y tenía que desaparecer.

– Pon las manos por encima de tu cabeza. – le dice Olivia mientras le apunta con el arma.
– ¿Sabía que vendrías? – le dijo con media sonrisa.
– Ya…, ahora siéntate. – Olivia no percibe un ligero movimiento que hace Jack.
– Sube las manos hacia arriba.
– No te pongas nerviosa. – en ese momento aprieta el botón de un dispositivo y Olivia suelta el arma y presiona fuertemente sus oídos, pocos segundos después cae al suelo y se queda en un estado hipnótico, mientras que de sus oídos brota un hilo de sangre.

Valeria entra en aquella zona y ve a Olivia tendida en el suelo, se acerca hacía ella e intenta que salga de su estado, la zarandea por los hombros e incluso le propina un par de bofetadas. Olivia vuelve en sí, quejándose de dolor y mesando su cabeza. Intenta que aquel dolor se vaya con unas palmadas sobre el pelo.

El piloto se abalanza sobre Jack y le reduce en pocos minutos. Realiza una llamada al equipo de rescate, para que entren en la nave. Los equipos de asalto, entran de tres en tres. Detienen a treinta personas, entre ellas varias personas de alto cargo en el gobierno. Lucas vio que Valeria tenía cubierta de sangre la cabeza. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
– No me hagas esto nunca más. ¿Te queda claro? – ella se separó de él unos centímetros, le miró a los ojos y besó sus labios.

Lucas estaba junto a la cama de Valeria en el hospital central, tiene el móvil en silencio. Se queda medio dormido leyendo el periódico. Nota que el bolsillo le vibra. Desbloquea el teléfono y sale al pasillo.

– Sí señor, el caso está cerrado. Tendrá el informe en su mesa en menos de 24 horas.
– Lucas, buen trabajo. – Pese a las muestras visibles de cansancio, Lucas sonrió.

Permaneció unos minutos con la espalda apoyada en la pared, mirando hacia el techo. Un grupo de médicos pasó por su lado, hablando de la última intervención quirúrgica. Hablaban de un nuevo dispositivo que se implantaba en el cerebro; emitía descargas eléctricas a zonas que habían perdido actividad de choque. – Lucas no daba crédito a lo que estaba oyendo, se acercó con paso ligero hacía el grupo. – el dispositivo no era otro que un implante coclear, nada tenía que ver con el caso cerrado. – Después del susto entró en el lavabo, se aflojó la corbata y se lavó la cara con agua fría. Su teléfono volvió a sonar, está vez era un mensaje de texto.

– Tenemos otro caso.

©Julia OJidos Núñez
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HISTORIAS DE WHATSAPP V


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HISTORIAS DE WHATSAPP V

– ¿Qué tenemos aquí? – pregunta con tono lacónico a uno de los analistas. – tenía barba de varios días, el pelo enmarañado. Los ojos muy abiertos y pequeñas venas rojas que destacaban en el globo ocular. El exceso de café y las pocas horas de sueño marcaban el cansancio en su rostro.
– Es el metraje de vídeo en la oficina de Jack, dos días antes de su asesinato. – el analista pasaba las imágenes a cámara lenta, para que Lucas apreciara mejor la imagen.
– Para ahí, ese tipo con capucha…, ¿Quién es?
– No tengo ni idea, pero podemos comprobarlo en la base de datos. El programa analizará su estructura ósea y calculará el peso. Sacará varios perfiles, si ese tipo está fichado o aparece en cualquier metraje de la ciudad, daremos con él.
– Buen trabajo. Quiero ver las imágenes desde que Jack aparca su coche en la plaza de aparcamiento. – El analista deja su asiento a Lucas y va a buscar una taza de café.
Lucas miraba la pantalla, sabía que cualquier detalle podría ser de gran ayuda. Tenía su móvil cerca del ordenador, de vez en cuando miraba, por si había alguna novedad sobre la infiltrada, Valeria. Paró la reproducción en el mismo momento que Jack dirige la mirada al ventanal. Un sombrío reflejo hizo que Lucas, ampliara esa zona de la imagen. Un hombre delgado y alto con una capucha puesta se reflejaba en el cristal de la ventana. Sus facciones le parecían familiares. Mandó la fotografía a analizar y siguió con el metraje de la cinta.

Olivia se ha vuelto a tumbar, la enfermera le había pelado una pieza de fruta. Un aviso en la megafonía le hizo abandonar la habitación. Olivia miró la puerta por el rabillo del ojo y con una de sus manos cogió el cuchillo que la enfermera había depositado encima de la mesilla. Le escondió debajo de la almohada, se incorporó y comenzó a comerse la fruta.
La oscura cortina que separaba la estancia con el pasillo cubría parcialmente la ventana, dejaba una franja descubierta, así, Olivia podía ver con claridad quién iba a entrar en su habitación. El cuarto de baño quedaba al otro lado de la cama, oculto si se miraba desde el exterior. Cuando terminó de comer la fruta. Decidió coger el cuchillo y dirigió su encorvada figura hacía el baño. Fue entonces cuando oyó hablar a Martín, también reconoció la voz del escolta. Aguzo el oído para seguir la conversación.

– ¿Está despierta? – preguntó Martín a su compañero.
– Acaba de salir la enfermera, creo que la estaban preparando para merendar.
– ¿Se puede mover? – el escolta le miró detenidamente, le extraño el tono de la pregunta.
– Pues no, por eso le pelan la fruta. – transcurre solo unos segundos.
– Bueno, hoy no hace falta que entres conmigo. Solo voy a comprobar que está bien. No voy a hacerle preguntas.
Martín entra con la mano en el bolsillo, su idea es bloquear su sistema nervioso a través del neutralizador de corriente, un dispositivo que reduce las descargas eléctricas en el cerebro y ocasiona el coma o la muerte. No quiere que Olivia le recuerde.
Olivia está forzando la puerta de emergencia que disponen todos los baños para abrirse por el pasillo. Manipula la cerradura con la ayuda del cuchillo y una vieja horquilla oxidada que había en el estante del baño. Intenta no hacer mucho ruido.
– Espere un momento agente, el jefe de enfermeras quiere hablar con usted. – escucha atentamente a la enfermera que está situada detrás de él, mientras mantiene la puerta entornada para entrar.
– Si, cómo no. Voy ahora mismo. – el escolta vio el mohín de su rostro y arqueó las cejas.

Fue el momento perfecto para que Olivia pudiera escapar de allí. Se metió en una de las salas de enfermería. Abrió una taquilla y cogió un pantalón, una camiseta y un pase del parquin subterráneo del hospital. Bajo por las escaleras hasta el aparcamiento, subió la rampa hacía la calle. A pocos metros había un quiosco de prensa, en uno de los lados una máquina expendedora de móviles de tarjeta. Comprobó los bolsillos del pantalón por si la dueña de aquella prenda no usaba monedero. Tuvo suerte, tenía dinero suficiente para comprar un móvil y algo para comer.
Caminó media hora para alejarse del hospital, giro a la derecha y entró a un callejón sin salida. Se situó en medio de la calle, divisó un cartel de color dorado con letras desiguales donde se podía leer “Cafetería”. Estaba situada en el sótano del edificio, según se aproximaba pudo ver el ventanal por donde se veía el interior. Había varias personas sentadas en los taburetes de la barra, tomando café y leyendo el periódico. Decidió bajar los cuatro escalones que le separaba de la calle y entrar. Necesitaba comer algo, estaba mareada y extenuada.

El fuerte olor a café inundaba las paredes de aquel local decorado como los 80, el ruido del molinillo ahogaba la voz de la periodista que hablaba por televisión. Olivia se sentó en un cómodo sillón color oscuro, frente al televisor. No podía oír nada, pero seguía atentamente las imágenes. La fotografía de una mujer joven, rubia y ojos claros, llamó su atención. Nadie prestaba atención a la caja tonta. Los titulares se referían a otro secuestro.
Lucas está con la cabeza entre los brazos, ha estado revisando el metraje más de cuatro horas seguidas, sus hombros no sujetaban su cabeza y se ha derrumbado sobre el escritorio. La luz de la lámpara calienta su cogote, pero está profundamente dormido y no nota el calor. Su móvil empieza a vibrar, la aplicación de seguimiento le avisa, que el dispositivo de Valeria se aleja del pub.

Martín regresa del despacho del jefe de enfermeras y entra a la habitación de Olivia, ha transcurrido una hora desde que intentó entrar la primera vez. La habitación estaba a oscuras, desde la puerta solo se veía un extraño haz de luz que entraba por el ventanal. La silueta de Olivia estaba oculta por la manta. Martín se acercó más y comprobó que allí no había nadie. Observó la habitación, su ropa seguía estando en el armario, encendió la luz del baño y se dio cuenta enseguida por donde se había escapado. Regresó al lado de la cama y puso la almohada simulando el cuerpo de la joven. Salió y cerró despacio la habitación.
– Martín, ¿cómo está la enferma? – le preguntó el escolta.
– Está dormida profundamente. – le respondió pensativo.

¿Dónde está Valeria?

Valeria abrió la segunda puerta que aislaba el sonido de la zona de baile del Pub Nube. Andaba con naturalidad, no sabía muy bien donde estaba situado su equipo de apoyo dentro del local. Así que cogió aire y entro contoneándose en la otra sala. Era bastante espaciosa, pero estaba llena de humo de cigarrillo, le picaban los ojos. Inspeccionó el terreno con la mirada y dirigió su equipo de grabación panorámica. Observó que toda la gente que se reunía en torno a pequeñas mesas la miraban atentamente. Embozó una amplia sonrisa y alguien en el fondo de la sala le indicó que se acercara a tomar asiento. Era un hombre delgado, con mandíbula ancha y ojos pequeños.

– ¿Es tu primera vez? – su voz plúmbea le hizo estremecer.
– Sí. – bajó los ojos como muestra de timidez. – el hombre hizo un gesto con la cabeza para que uno de los camareros se acercara.
– ¿Qué vas a tomar? – le mira a los ojos de forma lasciva.
– Eierlikör, por favor. – le mira sorprendido.
– Magnífico póngame otro para mí. Hacía mucho que nadie pedía ese licor. Si me permite preguntarle señorita.
– ¿De dónde es usted? – sus ojos leoninos miraban sin reparos.
– Creo que eso ahora no importa, ¿no cree? – Valeria se mete en su papel; abre un poco los labios y saca la punta de la lengua. Coge su copa y lame el borde de forma sensual.
– Uff, bastante sugerente, querida.

Después de tres horas bebiendo y bailando, era hora de comunicarse con el equipo. Coge su bolso de mano, pero antes de despegar su culo del asiento coloca un micro debajo de la mesa. Sabe que en pocos minutos comenzará la puja. Se disculpa y va hacía el baño. Allí logra ver a Martín al final del pasillo, habla con alguien que no para de mover los brazos.
Le manda un mensaje codificado a Lucas. Espera varios minutos hasta que la respuesta aparece en la pantalla. Consulta los usuarios que han seleccionado en la central como posibles sospechosos, pasa las imágenes una a una.
– ¡Bingo! – aparece ante sus ojos el mismo individuo de la mesa. – teclea lo más deprisa que puede;
– ¿Quién es? – espera impaciente.
– Sin identificar, pero se han encontrado imágenes que le sitúan en varios puntos cercanos a las desapariciones.
– Ten cuidado Valeria.

Estaba claro que aquel hombre de edad incalculable era el mentor de las pujas. Su forma de comportarse le hacía sospechoso.
El tono de mensaje del Whatsapp en el móvil de Valeria comienza a sonar. Ha comenzado la puja. Sale del baño y el entorno de la sala ha cambiado. La gente permanece en pie. El camarero ha repartido las máscaras. Se acerca a ella y le entrega la suya, asiente con la cabeza y se desplaza hasta la zona central.
Los mensajes no paran de sonar. Hombres y mujeres quieren pujar por estar una noche con ella, mira atentamente los perfiles y encuentra la mejor puja. En la pantalla aparece su compañero de mesa y uno de los suyos. Acepta a los dos. En ese momento termina la puja, se apagan todas las luces. Valeria nota un aliento cálido detrás de su nuca. Alguien la empieza a apretar con fuerza los glúteos. Se gira lentamente y le tranquiliza saber que se trata de uno de sus agentes.
El hombre misterioso de la mesa la coge por el brazo y la lleva a un reservado, seguidos por el policía.
Martín los ve entrar, mira extrañado al hombre corpulento que parece seguir a la pareja. Antes de que pudiera entrar en el reservado, Martín levanta su mano y golpea la nuca del policía hasta dejarlo inconsciente. Después de hacerse cargo del cuerpo, decide pasar un buen rato y se camufla discretamente dentro de la habitación, su objetivo es observar y por qué no, si la rubia no cumplía los requisitos se la llevaría a casa.

Olivia se acerca a la barra, necesita oír la noticia y pide que, por favor, dejen de moler café. Le ofrecen el mando a distancia y sube el volumen. Las personas que estaban adormiladas, disfrutando del café matinal, se muestran algo alarmados con la noticia.
– Todavía no tenemos los datos contrastados, pero se desconoce el paradero de esta joven fotógrafa que anoche fue vista por última vez a las puertas del conocido Pub Nube.
La noticia decía que acudió a una quedada de jóvenes solteras, a un Pub donde se rumorea que se realizan prácticas sexuales muy subidas de tono. Según las investigaciones de varios periodistas, se sospecha que fue el punto de encuentro de las otras desaparecidas.

Martín quería ganar tiempo, tenía que comunicárselo a su jefe. Así que fue a la planta número doce de comisaria y entró sin llamar.
– Olivia se ha escapado. – un hombre de mediana edad atendía una llamada telefónica. Le miraba con cierta desconfianza mientras tapaba con una de sus manos el auricular del teléfono.
– ¡Te quieres callar! – Replicó con tono brusco. En segundos colgó el teléfono.
– Quiero que la encuentres, ella es la clave. Entiendes. Creo que es el único sujeto que ha superado con creces todas las pruebas.
– El alcalde me pide resultados y ella es la prueba. Si me fallas sufrirás las consecuencias.
– Señor, ¿qué dice Jack sobre la inversión?
– Tu no necesitas saber nada más, solo quiero que lleves a la chica a la fábrica.
– Me dejas jugar con ella un poco…
– El doctor no quiere que la toques. ¿Me has entendido?
El analista se levanta, golpea fuertemente la jamba de la puerta y despierta a Lucas.
– Lucas, tenemos algo. – Lucas hace estiramientos musculares antes de levantarse de la silla.
– Hemos podido conectar nuestros servidores a las cámaras de comisaría. Sabes que después de un año las imágenes grabadas se borran. Pues bien, mira quien hace visitas fuera de su área. – Lucas se frota los ojos, parpadea varias veces y mira la pantalla.
– ¡Será cabrón! ósea que el comisario forma parte de esta mierda. – me llevó varias semanas colocar los micrófonos y las cámaras extras, pero ya obtengo resultados.
– Tengo también varias llamadas a un número oculto. No las he podido rastrear, necesito saber qué compañía tiene el repetidor más cercano y con la ayuda de nuestro amigo el juez, seguramente pueda localizar las llamadas.

Olivia sabe que su edificio está vigilado. Así que atraviesa la ciudad hasta el barrio chino. Necesita llegar al gimnasio, allí tiene ropa limpia y algunas cosas que le vendrán de maravilla. Sabe que a esa hora los monitores están ocupados, así que baja las escaleras hacía los vestuarios. La tenue luz la aturde un poco, recuerda cuando le implantaron el dispositivo en la cabeza, su traslado a casa, la visita de Martín. Todavía recuerda el olor de su apestoso aliento mientras la violaba. Tenía que asegurar cada paso que daba, no podía permitir que nadie volviera a hacerla daño.
Se sentó en uno de los bancos, colocó la tarjeta SIM en el teléfono. Apalancó la puerta de la taquilla y con un ruido metálico se abrió sin dificultad. Se cambió de ropa, metió en su pantalón un pequeño monedero repleto de monedas que guardaba para la máquinas expendedoras. Antes de salir se coló en la recepción, la hermana de la señora Lin dormitaba frente al televisor. En el mismo cenicero, las mismas llaves. A su lado una tarjeta de visita. “Lucas…, agente de policía”. Ahora sabía con certeza el nombre de quien podía confiar. El misterioso policía que le hablaba por la emisora mientras la trasladaba en ambulancia.

 

 

©Julia OJidos Núñez
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 FELIZ FIN DE SEMANA

FRENTE AL ESPEJO


 

 

frente al espejo

Hace algunos años que no me miro en ese trozo de sustrato de cristal. Esa plana superficie que se obceca en plasmar el tiempo. Solo sabe secuestrar mi imagen y distorsionarla. Cada mañana levanto mis manos y toco mi rostro. Es increíble sentir la pureza de los surcos, el pequeño espacio de mis ojos y la pronunciada nariz que se aleja de mi cara. Cierro los ojos y empiezo a imaginar; la tersa imagen que reflejaba hace tiempo. Ese reflejo que madura como el fruto, que labra la comisura de los labios hasta convertirla en una fina línea con pequeños cauces en la piel, sometidos para unirse.

¡Qué disparatada escena! es terrible para algunas personas encontrarse con uno mismo. Asimilar que el cuerpo va venciendo al espíritu, que la voz que brota de la garganta se vuelve áspera y silenciosa.
Es tan difícil asumir que te estás consumiendo…
He decidido darme una oportunidad, creo que será la última. He silenciado los susurros que me avisan del peligro.
Aquella escondida voz que me ayudaba a tomar decisiones se ha evaporado. Ahora solo hago caso a mis impulsos.

Permanezco con los ojos cerrados, aprieto con fuerza los párpados. Sé, que solo puedo mantener la mirada unos segundos.

Quiero que esa imagen, no se altere con el tiempo. – ¡Quiero volver a creer en mí!
Al abrir los ojos, un remolino de emociones entra enfriando mis poros y erizando mi vello. La piel cetrina, recobra un color fúlgido. Mis labios se llenan de vida coloreando el tapiz de mi cara. La sonrisa lobuna aparece como un tic nervioso.
Quiero que se pare el tiempo, que no avance ni retroceda. Quiero apartar de mi mente el reflejo del pasado. La encarnizada forma de quererme se ha vuelto sutil y poderosa.

Ya he aprendido a envejecer.

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SUEÑOS


imsonio

Me levanto con el pelo pegado a la cara a causa del sudor que se escapa de mis poros. Las noches son terribles, no soy capaz de recuperar el aliento. No puedo abrir los ojos, porque mi imagen aparece en la pared de enfrente. Tengo ardor en el estómago y los labios secos a causa de la sed. Los medicamentos ya no me quitan el dolor punzante que taladra mis ilusiones. Estoy preso en un abismo oscuro donde la muerte se disfraza con mi piel. – ¡No quiero morir, no estoy preparado!

Cada noche cuando apago la luz, comienza el teatro de títeres, aparecen pequeñas sombras que entran por la ventana, acompañadas por una suave brisa que arrastra olores extraños. Mantengo los ojos cerrados y me arropó por encima de la nariz. Mi cuerpo forma un ovillo por debajo de la manta. Un ligero cosquilleo aparece en mis pies, se desliza sigiloso por mis piernas hasta alcanzar el centro de la espalda, donde una pequeña descarga me hace estremecer. Leves sacudidas hacen que castañean los dientes y me obliga a abrir los ojos; entumecidos, pero completamente abiertos miro con horror las escenas que se desencadenan en la pared.

Mi cuerpo tiembla, mientras mis ojos mueren, contemplando con angustia como va a ser mi muerte. Las imágenes comienzan a dibujar objetos de esta habitación. Dando forma, sin lugar a dudas al momento exacto, miro el reloj de mi mesilla y hasta la hora coincide. ¡No puede ser hoy! – pienso mientras me cubro la cabeza. Temo seguir mirando la pared, no quiero descubrir que ya estoy muerto, que el momento ha llegado y no he podido saborear las pequeñas cosas de la vida. Con manos temblorosas y los ojos llorosos despego de mi cara la sabana, mi barrera para los miedos; abro lentamente los ojos, mientras comienzo a pestañear. La pared muestra una imagen espejo de la habitación, me incorporo lentamente, permanezco sentado frente a la imagen, mantengo mi brazo cubriendo la cara; lo bajo hasta mi regazo y me veo allí sentado en la misma posición, aunque con el cuerpo desgarbado y viejo. Es la primera vez que un sueño me muestra mi destino y no es precisamente la muerte. Ahora más tranquilo y con la seguridad de que no ha llegado mi hora. Mi sabio cuerpo comienza a calentar las sabanas, dejo de temblar y me entrego al sueño profundo.

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HISTORIAS DE WHATSAPP III (octava parte)


row light from Chinese new year at Yaowarat thailand

El día del interrogatorio
Jessica yacía en el suelo, después de convulsionar; aunque Lucas le sujetaba la cabeza, la rigidez de su espalda y el golpe contra el suelo le fracturó las cervicales. Él se encontraba en medio de aquel extraño episodio de colapso cerebral. Seguía manteniendo la cabeza de la joven, esperaba la ambulancia. A su lado, de pie y con una mirada que pudo reconocer como lasciva, estaba Martín. Hablaba a través del móvil.

– Martín al habla, necesito una ambulancia urgente. –Lucas pudo oír claramente lo que decía e incluso pudo leer sus labios.

En pocos minutos, los técnicos sanitarios entran en la sala, estaban desorientados. Lucas había presenciado miles de veces el protocolo sanitario para un caso como el de Jessica. Observó que aquellos tipos estaban descoordinados. Fue todo muy rápido, las constantes de Jessica iban bajando de forma progresiva. Respiraba con dificultad. Un fluido negruzco le salía en forma de cascada desde el interior de su oído. Lucas se incorpora y escruta a Martín que mantiene la mirada perdida en el cuerpo de la joven. Antes de atravesar la puerta de salida, Lucas se informa de dónde será el ingreso hospitalario.

La bolsa de deporte de Óscar

Aquella tarde cuando Óscar decidió pasar por el gimnasio, para recoger la ropa deportiva y la bolsa de su gran amigo Jack. Antes de que viera a la profesora de yoga subida en aquella furgoneta, sucedieron varios acontecimientos que marcaron el destino del joven bróker.
El otoño entró de lleno en la ciudad, las frías y vacías calles mostraban las luces cálidas de los edificios, la gente volvía a sus casas después de una jornada laboral. Muchos bajaban a sus mascotas, otros se disponían a hacer running o se dirigían a impartir clases de yoga en el barrio chino. Ese fue el caso de Olivia. Una joven solitaria que vivía en un pequeño apartamento en el sur de la ciudad. Tenía una peculiar afición hacía lo desconocido; mantenía relaciones sexuales con extraños que conocía a través de la nueva aplicación de WhatsApp. Su primera vez fue en un restaurante cerca de donde vivía. Al parecer era alguien conocido, no le pudo ver la cara. Mantenía una careta sobre su rostro. Era empleado del restaurante, o eso creía Olivia. Aquella noche había quedado con él dentro del local.

Salió de su apartamento, bastante eufórica, había bebido un poco antes de salir. Cruzó la avenida y se dirigió a buen paso por el callejón. Las indicaciones para entrar estaban bastantes claras en el mensaje. Quiso consultar con exactitud el número de la puerta, pero una vez que WhatsApp te marcaba como mensaje leído, la nueva aplicación borraba de forma automática el mensaje. Desaparecía, aquel mensaje no se podía recuperar de ninguna manera.

El gimnasio estaba repleto de gente. Las calles de barrio chino estaban desiertas, los farolillos rojos marcaban el paso del dragón, la criatura mágica recorría las calles adoquinadas, practicando la danza para anunciar el nuevo año. Varios niños corren detrás de él simulando sus pasos y ofreciendo a los transeúntes una divertida sonrisa. Después del paso del dragón, el tramo de la calle que se dirige al gimnasio sucumbe a un solitario silencio. Una furgoneta con cristales tintados aparca frente a la puerta. Dos hombres encapuchados entran en el local portando varias bolsas de deportes. Pasan por el mostrador de recepción haciendo caso omiso a las palabras de advertencia de la señora Lin. Se oye su aflautada voz por encima del sonido del televisor. Uno de los intrusos salta por la ventanilla de recepción y golpea brutamente la cabeza de la señora Lin que muere de inmediato. Entre los dos se hacen cargo del frágil cuerpo de la anciana y los ocultan en la furgoneta. Acto seguido suben el volumen del televisor. Esperan entre las sombras, hasta que la sesión de esa hora acabe. Tienen solo un par de horas para preparar el quirófano, antes de que Olivia comience su clase.

Aquellos individuos tienen una trama muy bien estudiada, les ha venido de perlas, encontrar una candidata para el implante, reúne todas las condiciones para obtener el éxito. Además, matarán dos pájaros de un tiro. Han seguido de cerca a Óscar y a Elena. Saben que quieren acabar con la vida de Jack, cosa que no se pueden permitir, ya que el joven bróker tiene su entrada en ese juego, próximamente.

Cesar uno de los miembros de Ghost es el que dirige a sus hombres sobre el terreno. Aquella tarde abrió las dos taquillas y reemplazó la sustancia venenosa que Óscar quería suministrar a Jack para acabar con su vida. La nueva sustancia no dejaría huellas de ningún tipo en el organismo, es más, recobraría la vida en 48 h aproximadamente. Simularían su muerte para que Jack desapareciera del mapa.

Lucas está en el laboratorio, tiene una pequeña llave en su mano enguantada, la gira y mira detenidamente su estructura. Al parecer es una llave única, fabricada a mano, es imperfecta. Parece la llave que abre unos grilletes rudimentarios, en la parte baja se precian restos de óxido, pero no pertenecen a la composición metálica de la llave. La chaqueta está sobre la mesa del laboratorio, extraen tejido de diferentes partes. Lucas ha dado indicaciones para que encuentren restos orgánicos o tejidos adheridos a su tela. Cortan patrones en diferentes zonas cómo la axilar, cuello, mangas y lumbar. Tienen que analizar los tejidos con varios compuestos, para determinar donde ha podido estar y con quien.
Lucas está concentrado, no se percata de que al otro lado del ventanal que da al pasillo está uno de sus compañeros del servicio interno. Para llamar su atención, da pequeños golpes al cristal. Lucas levanta la vista, deposita la llave en la caja de seguridad de pruebas y sale al pasillo. Le mira a los ojos y ve preocupación en ellos.

– Sígueme. – le indica mientras se dirige hacia las escaleras de incendios.
– Lucas, no te vas a creer lo que ha pasado – cambia el rictus de sus labios, ahora los arruga y los tensa nerviosamente.
– Jessica no ha entrado en urgencias de ningún hospital. Al parecer el número de ambulancia que vino a recogerla no está registrada en ninguna empresa pública ni privada. Se ha esfumado. – Lucas comienza a pensar que hay alguien más metido en el caso, alguien con mucho poder dentro de la policía.
– Tenías razón, Martín está metido hasta el cuello, pero ¿Cuándo lo hace?
– Por ahora no puede sospechar que lo seguimos, tenemos que seguir en la línea de investigación abierta con su equipo. Tú ya sabes los que tienes que hacer. Necesito que busques información sobre propiedades, fuera de la ciudad que pertenezcan a familiares de Martín. Necesitamos saber donde cometes los crímenes.
En la casa de Jessica siguen las investigaciones, el equipo forense que está acampado en el jardín, analiza los restos de los tarros que encontraron en las estanterías del sótano. Han identificado a la joven que yacía en la mesa de madera. Es la última desaparecida, su nombre es Patricia. No se ha encontrado su móvil. Aunque por suerte, su última ubicación fue grabada en los servicios de seguridad ciudadana, que había activado en su teléfono esa misma noche. Aquella señal dejó de emitir las coordenadas en la parada de taxis.

Lucas está en la sala con los analistas. En la pantalla principal, aparecen los datos y fotos de las jóvenes. Intentan buscar un mismo patrón en todas las desapariciones. Han podido recabar información, sobre sus hábitos diarios. Lucas ha realizado un perfil común de ellas.
Sabe que no son elegidas por su físico, algo que sin duda un depredador sexual tiene muy en cuenta, pero hay algo que no le cuadra. Por una parte, tiene a una de las desaparecidas, Olivia, esta joven sobrevive a varias operaciones y es golpeada para someterla. Sin embargo, a Jessica le intervienen, le implantan un dispositivo craneal auditivo y la sueltan. Por otra parte, está Patricia y Lucía; Patricia no tiene intención de operarla, a no ser que la persona que facilita la localización de las chicas sea otro asesino que opera a espaldas de la organización. Aunque es más fácil realizar un perfil de un psicópata sexual, Lucas no duda que son dos perfiles diferentes. Su preocupación es encontrar con vida a Lucía.
Regresa a su apartamento después de varios días sin pisarlo. Camina toda la calle admirando el color de las hojas en otoño, el aroma a tierra mojada disfraza el olor del café recién hecho en el bar de la esquina. Antes de subir, pasa por el autoservicio de la familia Zhou, llevan en el barrio más de tres décadas. Le gusta el pan chino que hacen allí mismo. Compra algo de verdura y fruta, además de comida preparada para llevar. Cuando se dispone a pagar.

– Señor Zhou, puede subir el volumen del televisor. – mira de forma aséptica la noticia que están emitiendo en directo.
“Han encontrado los restos de la señora Lin, propietaria del conocido gimnasio ubicado en el barrio chino. Tiene la cara desfigurada, le ha amputado las manos”

Lucas paga su cuenta y sale del autoservicio con el móvil en la mano.

–  Valeria, soy Lucas, estoy con un caso complicado y necesito tu ayuda. Llámame.
Pasó por al lado de una papelera, abrió la tapa trasera de su móvil, quito la tarjeta y tiró el dispositivo. Medio metro más adelante y en la acera de enfrente tiró la tarjeta SIM.

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HISTORIAS DE WHATSAPP III (septima parte)


calaveras

                                                                         Una nueva dirección

Patricia estaba bastante temerosa, quería coger un taxi y desaparecer de allí. Las calles estaban vacías, el frio calaba los huesos. Las pisadas habían dejado de ser audibles. Inhaló aire frio y se dirigió a la calle principal. Frente a ella un taxi con las luces apagadas. La silueta del conductor se veía por la luna trasera. Se acercó a la parada con cierto alivio. Dio pequeños toques en el cristal del conductor. Un hombre de mediana edad con una sonrisa en los labios, bajó la ventanilla.
– ¿En que la puedo ayudar señorita? – en ningún momento apartó la mirada de su cuerpo. –Comenzó a sentirse incomoda.
–  Necesito que me lleve a esta dirección. –le entregó un trozo de papel con una calle escrita.

Lleva quince minutos sentada en el asiento trasero del taxi, comenzó a relajarse. Había entrado en calor y le venció el sueño. El taxista comprobó por el retrovisor que su cliente estaba dormida y cambió de ruta. Después de más de media hora de trayecto, Patricia se despertó. Se estiró levemente, parpadeó varias veces para acoplar su visión a la oscuridad. Miró por la ventanilla y no reconoció aquel lugar. El coche se había detenido, no había mucha iluminación. A la izquierda la oscuridad se perdía en un descampado. A la derecha una hilera de pequeñas casas unifamiliares. Está intentado comprender que hace allí. El taxista sin mediar palabra se apea del vehículo y abre la puerta trasera. Se abalanza sobre ella brutalmente. Patricia le araña el cuello, intenta zafarse del agresor, pero no consigue su propósito. La golpea hasta que pierde el conocimiento. La arrastra por los pies, hasta que su trasero quede al borde del asiento. Se inclina para cargársela al hombro. En uno de los laterales de la casa hay una trampilla que desciende al sótano. Tenía todo preparado detrás de la vieja vitrina. Según descendía una sonrisa malvada se dibujaba en su rostro. Sabía que aquella noche había tenido mucha suerte, Patricia fue una de las chicas que más le gustó después de Lucía. Todas tenían algo en común, se habían registrado en la nueva aplicación de Whattsapp. Todas bajo el mismo reclamo, conocer a gente y disfrutar del sexo.
Encendió una linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Dejó el cuerpo de Patricia sobre el sucio suelo del sótano. Jadeaba excitado, incluso llegaba a salivar de forma exagerada. Su sexo le dolía irremediablemente. Tenía que poseerla en ese momento. No podía aguantar más. Después de mover la vitrina dejó la linterna a la altura de la cara de Patricia, quería que despertara, pero sería demasiado peligroso que le viera la cara, otra vez. Así que la puso bocabajo. Bajó sus pantalones, deslizó sus dedos por el interior de sus muslos. Acaricio sus glúteos, separo despacio sus piernas. Con manos torpes se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y embistió como si fuera la última vez que pudiera saborear ese trofeo.
Cuando acabó se limpió con el pantalón de la joven. Desapareció en la oscuridad de la pared. Unos minutos después tenía a Patricia en una robusta mesa de madera, por encima de ella, metidos en una red, varios cráneos colgaban del techo.

                                                                         LA NOCHE DE LAS PUJAS

Jessica lleva varias horas esperando ser elegida, pero no le gusta ninguno de los que pujan por ella. Cuando comienza a despejarse la sala, ve a un hombre de mediana edad que se acerca a ella. Se inclina y le dice algo al oído. Ella comienza a ruborizarse y asiente con la cabeza. El atento hombre la coge la mano y la llevan a la parte trasera del local. El pasillo es muy estrecho, casi no cogen uno al lado del otro. Ella está contenta de que por fin alguien se fijara en ella. Siente sus manos en la cintura, se estremece de excitación. Es un espacio estrecho y solitario, apenas se alcanza a oír el ruido del interior. Ella se acerca excitada y empieza a morderle los labios, los pequeños pellizcos hacen que su erección comience a rozarle el pubis. La joven da un pequeño salto y se cuelga de su cuello, manteniendo la espalda apoyada en la pared. Él pellizca sus glúteos desnudos, ella gime de placer. Con su mano libre aprieta con fuerza su cuello mientras la penetra. Deja escapar largos gemidos que se pierden en sus oídos, mientras ella abandona lentamente la conciencia. Después de permanecer dentro de ella varios minutos, no puede aguantar su peso por más tiempo y la deja caer al suelo. Después de recuperar la cordura, llama a una ambulancia.
La ambulancia aparece por el callejón con las luces apagadas y disminuyendo la velocidad. Desde la puerta trasera del Pub solo se aprecian dos ocupantes en la parte delantera. Un aviso de WhatsApp le informa que la zona está despejada. Los dos ocupantes del vehículo salen con la cara y la cabeza cubierta por completo. Abren la puerta de atrás y sacan una camilla.
– Trabajo hecho. Dame mi pasta. – solo puede ver sus ojos hundidos. -Después de acomodar a la joven en la ambulancia, el copiloto le entrega una bolsa de deporte.

Elena y Óscar están esperando a Jack en la puerta del restaurante, están hablando en clave. Saben que dentro de unos días todo habrá acabado, serán libres y ricos.
Jack llega en un taxi, su aspecto es lamentable.
– Hola, Jack, que aspecto más horrible tienes. –Le dice su amigo mientras mantiene la mano sobre su hombro.
– No me encuentro bien, eso es todo. Creo que es porque tengo hambre.
– Entonces vamos a entrar. Que hoy invito yo.

Elena estaba radiante, Jack es la primera vez que se fijaba en las miradas entre ellos dos. Recuerda con estupor el vídeo que le mandaron hace unas horas y un punzante dolor atenaza cerca de su pecho. La velada fue bastante agradable, aunque un poco forzada por su parte. Cuando acabaron el postre Jack recibió un mensaje en su móvil. Lo sacó, no sin antes disculparse en la mesa. Mantuvo el teléfono por debajo de su pecho, para que nadie pudiera leer el mensaje.

– Lo siento, debo hacer una llamada. Se levantó dejó su servilleta sobre el mantel y se alejó hacia el aseo.
No había nadie en los baños, se dirigió al lavabo, frotó con jabón sus manos, las mantuvo debajo del agua templada. Estaba pensativo, mirando de frente al espejo. Intentando guardar la compostura, mientras secaba sus manos. Alguien entró en uno de los habitáculos. No sabía si era el que esperaba. Solo le llevó varios minutos para averiguarlo. Esperó a que saliera. Entonces descubrió que era el contacto. Sobre el retrete había una bolsa. Jack la abrió con manos temblorosas, en su interior había mucho dinero y un portátil. En el momento que vuelve a cerrar la bolsa, recibe otro mensaje.

– Espera instrucciones.

Sale mareado de los lavabos, comienza a tambalearse. Intenta serenarse y dirigirse a la mesa de la forma más discreta posible. Ha guardado la bolsa en un cubo de basura en el exterior del restaurante. Regresará más tarde para recogerlo. Sabe que la recogida de basuras es por la mañana.

Olivia ha recuperado la conciencia, está bastante animada. Apenas tiene lagunas, aunque todavía tiene fuertes dolores de cabeza, recuerda con claridad como ha llegado hasta allí. Sonríe a las enfermeras mientras terminan de hacerle las pruebas diarias. Sabe que su vida corre peligro, así, que intenta no decir la verdad. Todos los días Martín le interroga sin autorización. Él quiere saber si se acuerda de su cara y si podría ser una amenaza. Por seguridad, mientras Olivia responde a las preguntas de Martín, la enfermera y un oficial de policía tiene que estar presente en la interrogación.

Lucía está muy débil sabe que alguien ha estado con ella varios días, pero deliraba y no podía ni hablar. Su muerte se aproxima, apenas puede mover las manos. Respira con dificultad. Mantiene los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Nota un ligero movimiento que le produce vértigo. Oye fuertes ruidos de máquinas, mucha gente hablando. Ya no tiene fuerzas para gritar. Intenta coger aire y lazar un fuerte grito, pero apenas brota en sus labios. Su corazón bombea despacio, la falta de oxígeno hace que reciba pequeñas sacudidas. Su cuerpo está cubierto por pequeñas venas azules que se dilatan por falta de impulso sanguíneo. Comienza a tener frio, mucho frío. La luz de sus ojos desaparece, una extraña capa grisácea se adueña de su iris. Ya no tiene movimiento en su abdomen, su corazón ha dejado de latir. Su oído sigue unos minutos funcionando, oye con claridad donde está. – Desguaces Cintrón, al sur de la ciudad.

–  Ese coche lleva mucho tiempo en la grúa. Le tenemos que empacar. – el operario de la grúa mueve el coche suspendido y lo suelta en la trituradora.

Lucas está haciendo una inspección ocular antes de que su equipo baje al sótano. Intenta cubrirse la nariz con la manga de su cazadora, pero el hedor es tan fuerte que le produce mal cuerpo. Las luces de allí abajo son testigos de las atrocidades que habían sido practicadas en aquel lugar. La mesa de madera, estaba cubierta por una lona de color oscuro. Debajo de esta se encontraba el cuerpo de una mujer joven. A simple vista Lucas sabe que es una de las desaparecidas, la reconoce por uno de sus tatuajes. Muy similar al que tiene Lucía en los glúteos. No se puede reconocer su rostro. Le han quemado la cara con ácido. Por ahora no quiere seguir examinado el cuerpo hasta que no baje el forense. Se recrea en las paredes y en una vieja estantería donde el asesino guarda en tarros sus trofeos. Se fija en la cantidad de cráneos que hay colgados del techo, metidos en una red.

©Julia OJidos Núñez
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