EL CUBO


 

ELCUBO

 

En primer lugar, quiero pedir disculpas por mi ausencia. La falta de tiempo me ha obligado  aparcar una temporada mi gran pasión; escribir y compartir mis historias. Intentaré ponerme al día en vuestros espacios. Muchas gracias por estar ahí. Un fuerte abrazo. 😉

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Me despierta unos pasos sobre la tarima; tengo los ojos cerrados, no sé, si estoy soñando o simplemente estoy muerta. No siento dolor, ni pena, ni alegría. Parezco un vago recuerdo metido en una lata. Reúno todas mis fuerzas y consigo abrir los ojos. Una y otra vez abro y cierro. –  Todo está borroso. Solo distingo oscuridad y un pequeño haz de luz. Tengo la boca cerrada, pero el sabor a sangre me desconcierta. Muevo la lengua por dentro de mi boca y el sabor es rancio; es como si la hubiese tenido cerrada una eternidad, me doy cuenta de que no tengo dientes. Mi boca es una excavación profunda y cerrada. Me gustaría mover mis manos, para acariciar mi cara, pero creo que ya no forman parte de mi cuerpo. Empujo con la lengua los labios, pero mi boca no se abre. Comienzo a respirar de forma agitada, intento recordar… – Oigo los pasos muy cerca de mí, abro completamente los ojos. Una imagen difusa y oscura se dibuja en la retina. Es la galería…, comienzan los recuerdos.

La gente se agolpa alrededor de mi obra “El Cubo”, comentan entre risas y susurros. – No puedo moverme, un sudor frío envuelve mi rostro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y resbalan por mi cuerpo hasta colarse por los pequeños orificios del cubo de titanio. No tengo dolor, pero sé, que, para meterme en el cubo, han tenido que fracturarme las articulaciones, al igual que la columna para plegarme como un acordeón. Mi cabeza está colocada sobre la masa de carne y hueso rotos, dentro de una caja que drena mis fluidos al exterior por pequeños orificios. – No sé el tiempo que me queda, pero no será mucho. Han desconectado mi sistema nervioso y solo me queda esperar.

Marina es la primera en llegar a la cafetería, está algo nerviosa. Es la primera vez que expone sus obras en una importante galería de arte en Madrid. Consulta el reloj varias veces, pero no se fija en la hora que marca las agujas. No sabe quién es el marchante de arte, su contrato lo gestionó una sociedad de artistas; desconoce cómo se llama y que aspecto tiene el propietario de la siniestra sala de arte.

Su obra principal “El Cubo” había sido el reclamo para que el marchante se fijara en ella. Había publicado sus obras en un blog personal y la verdad, no sabía que podía tener tanto éxito. Su forma de ver el arte era bastante estrambótica, épica e incluso algo demencial.

Con los nervios a flor de piel, se cuelga su identificación en el cuello y decide ser la primera en pisar la sala. Antes de entrar, una limusina aparca frente la puerta principal; un hombre de aspecto siniestro sale del coche. Le observa por encima de sus gafas oscuras y se relame. Aquella muestra de deseo, hizo que el quebradizo cuerpo de Marina se encogiera a causa de un escalofrío que le recorrió la espalda.

 

 

Relato presentado al concurso Calabacines en el Ático ( Saco de Huesos, La Blibioteca Fosca)

 

©Julia OJidos Núñez
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HISTORIAS DE WHATSAPP V


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HISTORIAS DE WHATSAPP V

– ¿Qué tenemos aquí? – pregunta con tono lacónico a uno de los analistas. – tenía barba de varios días, el pelo enmarañado. Los ojos muy abiertos y pequeñas venas rojas que destacaban en el globo ocular. El exceso de café y las pocas horas de sueño marcaban el cansancio en su rostro.
– Es el metraje de vídeo en la oficina de Jack, dos días antes de su asesinato. – el analista pasaba las imágenes a cámara lenta, para que Lucas apreciara mejor la imagen.
– Para ahí, ese tipo con capucha…, ¿Quién es?
– No tengo ni idea, pero podemos comprobarlo en la base de datos. El programa analizará su estructura ósea y calculará el peso. Sacará varios perfiles, si ese tipo está fichado o aparece en cualquier metraje de la ciudad, daremos con él.
– Buen trabajo. Quiero ver las imágenes desde que Jack aparca su coche en la plaza de aparcamiento. – El analista deja su asiento a Lucas y va a buscar una taza de café.
Lucas miraba la pantalla, sabía que cualquier detalle podría ser de gran ayuda. Tenía su móvil cerca del ordenador, de vez en cuando miraba, por si había alguna novedad sobre la infiltrada, Valeria. Paró la reproducción en el mismo momento que Jack dirige la mirada al ventanal. Un sombrío reflejo hizo que Lucas, ampliara esa zona de la imagen. Un hombre delgado y alto con una capucha puesta se reflejaba en el cristal de la ventana. Sus facciones le parecían familiares. Mandó la fotografía a analizar y siguió con el metraje de la cinta.

Olivia se ha vuelto a tumbar, la enfermera le había pelado una pieza de fruta. Un aviso en la megafonía le hizo abandonar la habitación. Olivia miró la puerta por el rabillo del ojo y con una de sus manos cogió el cuchillo que la enfermera había depositado encima de la mesilla. Le escondió debajo de la almohada, se incorporó y comenzó a comerse la fruta.
La oscura cortina que separaba la estancia con el pasillo cubría parcialmente la ventana, dejaba una franja descubierta, así, Olivia podía ver con claridad quién iba a entrar en su habitación. El cuarto de baño quedaba al otro lado de la cama, oculto si se miraba desde el exterior. Cuando terminó de comer la fruta. Decidió coger el cuchillo y dirigió su encorvada figura hacía el baño. Fue entonces cuando oyó hablar a Martín, también reconoció la voz del escolta. Aguzo el oído para seguir la conversación.

– ¿Está despierta? – preguntó Martín a su compañero.
– Acaba de salir la enfermera, creo que la estaban preparando para merendar.
– ¿Se puede mover? – el escolta le miró detenidamente, le extraño el tono de la pregunta.
– Pues no, por eso le pelan la fruta. – transcurre solo unos segundos.
– Bueno, hoy no hace falta que entres conmigo. Solo voy a comprobar que está bien. No voy a hacerle preguntas.
Martín entra con la mano en el bolsillo, su idea es bloquear su sistema nervioso a través del neutralizador de corriente, un dispositivo que reduce las descargas eléctricas en el cerebro y ocasiona el coma o la muerte. No quiere que Olivia le recuerde.
Olivia está forzando la puerta de emergencia que disponen todos los baños para abrirse por el pasillo. Manipula la cerradura con la ayuda del cuchillo y una vieja horquilla oxidada que había en el estante del baño. Intenta no hacer mucho ruido.
– Espere un momento agente, el jefe de enfermeras quiere hablar con usted. – escucha atentamente a la enfermera que está situada detrás de él, mientras mantiene la puerta entornada para entrar.
– Si, cómo no. Voy ahora mismo. – el escolta vio el mohín de su rostro y arqueó las cejas.

Fue el momento perfecto para que Olivia pudiera escapar de allí. Se metió en una de las salas de enfermería. Abrió una taquilla y cogió un pantalón, una camiseta y un pase del parquin subterráneo del hospital. Bajo por las escaleras hasta el aparcamiento, subió la rampa hacía la calle. A pocos metros había un quiosco de prensa, en uno de los lados una máquina expendedora de móviles de tarjeta. Comprobó los bolsillos del pantalón por si la dueña de aquella prenda no usaba monedero. Tuvo suerte, tenía dinero suficiente para comprar un móvil y algo para comer.
Caminó media hora para alejarse del hospital, giro a la derecha y entró a un callejón sin salida. Se situó en medio de la calle, divisó un cartel de color dorado con letras desiguales donde se podía leer “Cafetería”. Estaba situada en el sótano del edificio, según se aproximaba pudo ver el ventanal por donde se veía el interior. Había varias personas sentadas en los taburetes de la barra, tomando café y leyendo el periódico. Decidió bajar los cuatro escalones que le separaba de la calle y entrar. Necesitaba comer algo, estaba mareada y extenuada.

El fuerte olor a café inundaba las paredes de aquel local decorado como los 80, el ruido del molinillo ahogaba la voz de la periodista que hablaba por televisión. Olivia se sentó en un cómodo sillón color oscuro, frente al televisor. No podía oír nada, pero seguía atentamente las imágenes. La fotografía de una mujer joven, rubia y ojos claros, llamó su atención. Nadie prestaba atención a la caja tonta. Los titulares se referían a otro secuestro.
Lucas está con la cabeza entre los brazos, ha estado revisando el metraje más de cuatro horas seguidas, sus hombros no sujetaban su cabeza y se ha derrumbado sobre el escritorio. La luz de la lámpara calienta su cogote, pero está profundamente dormido y no nota el calor. Su móvil empieza a vibrar, la aplicación de seguimiento le avisa, que el dispositivo de Valeria se aleja del pub.

Martín regresa del despacho del jefe de enfermeras y entra a la habitación de Olivia, ha transcurrido una hora desde que intentó entrar la primera vez. La habitación estaba a oscuras, desde la puerta solo se veía un extraño haz de luz que entraba por el ventanal. La silueta de Olivia estaba oculta por la manta. Martín se acercó más y comprobó que allí no había nadie. Observó la habitación, su ropa seguía estando en el armario, encendió la luz del baño y se dio cuenta enseguida por donde se había escapado. Regresó al lado de la cama y puso la almohada simulando el cuerpo de la joven. Salió y cerró despacio la habitación.
– Martín, ¿cómo está la enferma? – le preguntó el escolta.
– Está dormida profundamente. – le respondió pensativo.

¿Dónde está Valeria?

Valeria abrió la segunda puerta que aislaba el sonido de la zona de baile del Pub Nube. Andaba con naturalidad, no sabía muy bien donde estaba situado su equipo de apoyo dentro del local. Así que cogió aire y entro contoneándose en la otra sala. Era bastante espaciosa, pero estaba llena de humo de cigarrillo, le picaban los ojos. Inspeccionó el terreno con la mirada y dirigió su equipo de grabación panorámica. Observó que toda la gente que se reunía en torno a pequeñas mesas la miraban atentamente. Embozó una amplia sonrisa y alguien en el fondo de la sala le indicó que se acercara a tomar asiento. Era un hombre delgado, con mandíbula ancha y ojos pequeños.

– ¿Es tu primera vez? – su voz plúmbea le hizo estremecer.
– Sí. – bajó los ojos como muestra de timidez. – el hombre hizo un gesto con la cabeza para que uno de los camareros se acercara.
– ¿Qué vas a tomar? – le mira a los ojos de forma lasciva.
– Eierlikör, por favor. – le mira sorprendido.
– Magnífico póngame otro para mí. Hacía mucho que nadie pedía ese licor. Si me permite preguntarle señorita.
– ¿De dónde es usted? – sus ojos leoninos miraban sin reparos.
– Creo que eso ahora no importa, ¿no cree? – Valeria se mete en su papel; abre un poco los labios y saca la punta de la lengua. Coge su copa y lame el borde de forma sensual.
– Uff, bastante sugerente, querida.

Después de tres horas bebiendo y bailando, era hora de comunicarse con el equipo. Coge su bolso de mano, pero antes de despegar su culo del asiento coloca un micro debajo de la mesa. Sabe que en pocos minutos comenzará la puja. Se disculpa y va hacía el baño. Allí logra ver a Martín al final del pasillo, habla con alguien que no para de mover los brazos.
Le manda un mensaje codificado a Lucas. Espera varios minutos hasta que la respuesta aparece en la pantalla. Consulta los usuarios que han seleccionado en la central como posibles sospechosos, pasa las imágenes una a una.
– ¡Bingo! – aparece ante sus ojos el mismo individuo de la mesa. – teclea lo más deprisa que puede;
– ¿Quién es? – espera impaciente.
– Sin identificar, pero se han encontrado imágenes que le sitúan en varios puntos cercanos a las desapariciones.
– Ten cuidado Valeria.

Estaba claro que aquel hombre de edad incalculable era el mentor de las pujas. Su forma de comportarse le hacía sospechoso.
El tono de mensaje del Whatsapp en el móvil de Valeria comienza a sonar. Ha comenzado la puja. Sale del baño y el entorno de la sala ha cambiado. La gente permanece en pie. El camarero ha repartido las máscaras. Se acerca a ella y le entrega la suya, asiente con la cabeza y se desplaza hasta la zona central.
Los mensajes no paran de sonar. Hombres y mujeres quieren pujar por estar una noche con ella, mira atentamente los perfiles y encuentra la mejor puja. En la pantalla aparece su compañero de mesa y uno de los suyos. Acepta a los dos. En ese momento termina la puja, se apagan todas las luces. Valeria nota un aliento cálido detrás de su nuca. Alguien la empieza a apretar con fuerza los glúteos. Se gira lentamente y le tranquiliza saber que se trata de uno de sus agentes.
El hombre misterioso de la mesa la coge por el brazo y la lleva a un reservado, seguidos por el policía.
Martín los ve entrar, mira extrañado al hombre corpulento que parece seguir a la pareja. Antes de que pudiera entrar en el reservado, Martín levanta su mano y golpea la nuca del policía hasta dejarlo inconsciente. Después de hacerse cargo del cuerpo, decide pasar un buen rato y se camufla discretamente dentro de la habitación, su objetivo es observar y por qué no, si la rubia no cumplía los requisitos se la llevaría a casa.

Olivia se acerca a la barra, necesita oír la noticia y pide que, por favor, dejen de moler café. Le ofrecen el mando a distancia y sube el volumen. Las personas que estaban adormiladas, disfrutando del café matinal, se muestran algo alarmados con la noticia.
– Todavía no tenemos los datos contrastados, pero se desconoce el paradero de esta joven fotógrafa que anoche fue vista por última vez a las puertas del conocido Pub Nube.
La noticia decía que acudió a una quedada de jóvenes solteras, a un Pub donde se rumorea que se realizan prácticas sexuales muy subidas de tono. Según las investigaciones de varios periodistas, se sospecha que fue el punto de encuentro de las otras desaparecidas.

Martín quería ganar tiempo, tenía que comunicárselo a su jefe. Así que fue a la planta número doce de comisaria y entró sin llamar.
– Olivia se ha escapado. – un hombre de mediana edad atendía una llamada telefónica. Le miraba con cierta desconfianza mientras tapaba con una de sus manos el auricular del teléfono.
– ¡Te quieres callar! – Replicó con tono brusco. En segundos colgó el teléfono.
– Quiero que la encuentres, ella es la clave. Entiendes. Creo que es el único sujeto que ha superado con creces todas las pruebas.
– El alcalde me pide resultados y ella es la prueba. Si me fallas sufrirás las consecuencias.
– Señor, ¿qué dice Jack sobre la inversión?
– Tu no necesitas saber nada más, solo quiero que lleves a la chica a la fábrica.
– Me dejas jugar con ella un poco…
– El doctor no quiere que la toques. ¿Me has entendido?
El analista se levanta, golpea fuertemente la jamba de la puerta y despierta a Lucas.
– Lucas, tenemos algo. – Lucas hace estiramientos musculares antes de levantarse de la silla.
– Hemos podido conectar nuestros servidores a las cámaras de comisaría. Sabes que después de un año las imágenes grabadas se borran. Pues bien, mira quien hace visitas fuera de su área. – Lucas se frota los ojos, parpadea varias veces y mira la pantalla.
– ¡Será cabrón! ósea que el comisario forma parte de esta mierda. – me llevó varias semanas colocar los micrófonos y las cámaras extras, pero ya obtengo resultados.
– Tengo también varias llamadas a un número oculto. No las he podido rastrear, necesito saber qué compañía tiene el repetidor más cercano y con la ayuda de nuestro amigo el juez, seguramente pueda localizar las llamadas.

Olivia sabe que su edificio está vigilado. Así que atraviesa la ciudad hasta el barrio chino. Necesita llegar al gimnasio, allí tiene ropa limpia y algunas cosas que le vendrán de maravilla. Sabe que a esa hora los monitores están ocupados, así que baja las escaleras hacía los vestuarios. La tenue luz la aturde un poco, recuerda cuando le implantaron el dispositivo en la cabeza, su traslado a casa, la visita de Martín. Todavía recuerda el olor de su apestoso aliento mientras la violaba. Tenía que asegurar cada paso que daba, no podía permitir que nadie volviera a hacerla daño.
Se sentó en uno de los bancos, colocó la tarjeta SIM en el teléfono. Apalancó la puerta de la taquilla y con un ruido metálico se abrió sin dificultad. Se cambió de ropa, metió en su pantalón un pequeño monedero repleto de monedas que guardaba para la máquinas expendedoras. Antes de salir se coló en la recepción, la hermana de la señora Lin dormitaba frente al televisor. En el mismo cenicero, las mismas llaves. A su lado una tarjeta de visita. “Lucas…, agente de policía”. Ahora sabía con certeza el nombre de quien podía confiar. El misterioso policía que le hablaba por la emisora mientras la trasladaba en ambulancia.

 

 

©Julia OJidos Núñez
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 FELIZ FIN DE SEMANA

SUEÑOS


imsonio

Me levanto con el pelo pegado a la cara a causa del sudor que se escapa de mis poros. Las noches son terribles, no soy capaz de recuperar el aliento. No puedo abrir los ojos, porque mi imagen aparece en la pared de enfrente. Tengo ardor en el estómago y los labios secos a causa de la sed. Los medicamentos ya no me quitan el dolor punzante que taladra mis ilusiones. Estoy preso en un abismo oscuro donde la muerte se disfraza con mi piel. – ¡No quiero morir, no estoy preparado!

Cada noche cuando apago la luz, comienza el teatro de títeres, aparecen pequeñas sombras que entran por la ventana, acompañadas por una suave brisa que arrastra olores extraños. Mantengo los ojos cerrados y me arropó por encima de la nariz. Mi cuerpo forma un ovillo por debajo de la manta. Un ligero cosquilleo aparece en mis pies, se desliza sigiloso por mis piernas hasta alcanzar el centro de la espalda, donde una pequeña descarga me hace estremecer. Leves sacudidas hacen que castañean los dientes y me obliga a abrir los ojos; entumecidos, pero completamente abiertos miro con horror las escenas que se desencadenan en la pared.

Mi cuerpo tiembla, mientras mis ojos mueren, contemplando con angustia como va a ser mi muerte. Las imágenes comienzan a dibujar objetos de esta habitación. Dando forma, sin lugar a dudas al momento exacto, miro el reloj de mi mesilla y hasta la hora coincide. ¡No puede ser hoy! – pienso mientras me cubro la cabeza. Temo seguir mirando la pared, no quiero descubrir que ya estoy muerto, que el momento ha llegado y no he podido saborear las pequeñas cosas de la vida. Con manos temblorosas y los ojos llorosos despego de mi cara la sabana, mi barrera para los miedos; abro lentamente los ojos, mientras comienzo a pestañear. La pared muestra una imagen espejo de la habitación, me incorporo lentamente, permanezco sentado frente a la imagen, mantengo mi brazo cubriendo la cara; lo bajo hasta mi regazo y me veo allí sentado en la misma posición, aunque con el cuerpo desgarbado y viejo. Es la primera vez que un sueño me muestra mi destino y no es precisamente la muerte. Ahora más tranquilo y con la seguridad de que no ha llegado mi hora. Mi sabio cuerpo comienza a calentar las sabanas, dejo de temblar y me entrego al sueño profundo.

©Julia OJidos Núñez
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HISTORIAS DE WHATSAPP III (septima parte)


calaveras

                                                                         Una nueva dirección

Patricia estaba bastante temerosa, quería coger un taxi y desaparecer de allí. Las calles estaban vacías, el frio calaba los huesos. Las pisadas habían dejado de ser audibles. Inhaló aire frio y se dirigió a la calle principal. Frente a ella un taxi con las luces apagadas. La silueta del conductor se veía por la luna trasera. Se acercó a la parada con cierto alivio. Dio pequeños toques en el cristal del conductor. Un hombre de mediana edad con una sonrisa en los labios, bajó la ventanilla.
– ¿En que la puedo ayudar señorita? – en ningún momento apartó la mirada de su cuerpo. –Comenzó a sentirse incomoda.
–  Necesito que me lleve a esta dirección. –le entregó un trozo de papel con una calle escrita.

Lleva quince minutos sentada en el asiento trasero del taxi, comenzó a relajarse. Había entrado en calor y le venció el sueño. El taxista comprobó por el retrovisor que su cliente estaba dormida y cambió de ruta. Después de más de media hora de trayecto, Patricia se despertó. Se estiró levemente, parpadeó varias veces para acoplar su visión a la oscuridad. Miró por la ventanilla y no reconoció aquel lugar. El coche se había detenido, no había mucha iluminación. A la izquierda la oscuridad se perdía en un descampado. A la derecha una hilera de pequeñas casas unifamiliares. Está intentado comprender que hace allí. El taxista sin mediar palabra se apea del vehículo y abre la puerta trasera. Se abalanza sobre ella brutalmente. Patricia le araña el cuello, intenta zafarse del agresor, pero no consigue su propósito. La golpea hasta que pierde el conocimiento. La arrastra por los pies, hasta que su trasero quede al borde del asiento. Se inclina para cargársela al hombro. En uno de los laterales de la casa hay una trampilla que desciende al sótano. Tenía todo preparado detrás de la vieja vitrina. Según descendía una sonrisa malvada se dibujaba en su rostro. Sabía que aquella noche había tenido mucha suerte, Patricia fue una de las chicas que más le gustó después de Lucía. Todas tenían algo en común, se habían registrado en la nueva aplicación de Whattsapp. Todas bajo el mismo reclamo, conocer a gente y disfrutar del sexo.
Encendió una linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Dejó el cuerpo de Patricia sobre el sucio suelo del sótano. Jadeaba excitado, incluso llegaba a salivar de forma exagerada. Su sexo le dolía irremediablemente. Tenía que poseerla en ese momento. No podía aguantar más. Después de mover la vitrina dejó la linterna a la altura de la cara de Patricia, quería que despertara, pero sería demasiado peligroso que le viera la cara, otra vez. Así que la puso bocabajo. Bajó sus pantalones, deslizó sus dedos por el interior de sus muslos. Acaricio sus glúteos, separo despacio sus piernas. Con manos torpes se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y embistió como si fuera la última vez que pudiera saborear ese trofeo.
Cuando acabó se limpió con el pantalón de la joven. Desapareció en la oscuridad de la pared. Unos minutos después tenía a Patricia en una robusta mesa de madera, por encima de ella, metidos en una red, varios cráneos colgaban del techo.

                                                                         LA NOCHE DE LAS PUJAS

Jessica lleva varias horas esperando ser elegida, pero no le gusta ninguno de los que pujan por ella. Cuando comienza a despejarse la sala, ve a un hombre de mediana edad que se acerca a ella. Se inclina y le dice algo al oído. Ella comienza a ruborizarse y asiente con la cabeza. El atento hombre la coge la mano y la llevan a la parte trasera del local. El pasillo es muy estrecho, casi no cogen uno al lado del otro. Ella está contenta de que por fin alguien se fijara en ella. Siente sus manos en la cintura, se estremece de excitación. Es un espacio estrecho y solitario, apenas se alcanza a oír el ruido del interior. Ella se acerca excitada y empieza a morderle los labios, los pequeños pellizcos hacen que su erección comience a rozarle el pubis. La joven da un pequeño salto y se cuelga de su cuello, manteniendo la espalda apoyada en la pared. Él pellizca sus glúteos desnudos, ella gime de placer. Con su mano libre aprieta con fuerza su cuello mientras la penetra. Deja escapar largos gemidos que se pierden en sus oídos, mientras ella abandona lentamente la conciencia. Después de permanecer dentro de ella varios minutos, no puede aguantar su peso por más tiempo y la deja caer al suelo. Después de recuperar la cordura, llama a una ambulancia.
La ambulancia aparece por el callejón con las luces apagadas y disminuyendo la velocidad. Desde la puerta trasera del Pub solo se aprecian dos ocupantes en la parte delantera. Un aviso de WhatsApp le informa que la zona está despejada. Los dos ocupantes del vehículo salen con la cara y la cabeza cubierta por completo. Abren la puerta de atrás y sacan una camilla.
– Trabajo hecho. Dame mi pasta. – solo puede ver sus ojos hundidos. -Después de acomodar a la joven en la ambulancia, el copiloto le entrega una bolsa de deporte.

Elena y Óscar están esperando a Jack en la puerta del restaurante, están hablando en clave. Saben que dentro de unos días todo habrá acabado, serán libres y ricos.
Jack llega en un taxi, su aspecto es lamentable.
– Hola, Jack, que aspecto más horrible tienes. –Le dice su amigo mientras mantiene la mano sobre su hombro.
– No me encuentro bien, eso es todo. Creo que es porque tengo hambre.
– Entonces vamos a entrar. Que hoy invito yo.

Elena estaba radiante, Jack es la primera vez que se fijaba en las miradas entre ellos dos. Recuerda con estupor el vídeo que le mandaron hace unas horas y un punzante dolor atenaza cerca de su pecho. La velada fue bastante agradable, aunque un poco forzada por su parte. Cuando acabaron el postre Jack recibió un mensaje en su móvil. Lo sacó, no sin antes disculparse en la mesa. Mantuvo el teléfono por debajo de su pecho, para que nadie pudiera leer el mensaje.

– Lo siento, debo hacer una llamada. Se levantó dejó su servilleta sobre el mantel y se alejó hacia el aseo.
No había nadie en los baños, se dirigió al lavabo, frotó con jabón sus manos, las mantuvo debajo del agua templada. Estaba pensativo, mirando de frente al espejo. Intentando guardar la compostura, mientras secaba sus manos. Alguien entró en uno de los habitáculos. No sabía si era el que esperaba. Solo le llevó varios minutos para averiguarlo. Esperó a que saliera. Entonces descubrió que era el contacto. Sobre el retrete había una bolsa. Jack la abrió con manos temblorosas, en su interior había mucho dinero y un portátil. En el momento que vuelve a cerrar la bolsa, recibe otro mensaje.

– Espera instrucciones.

Sale mareado de los lavabos, comienza a tambalearse. Intenta serenarse y dirigirse a la mesa de la forma más discreta posible. Ha guardado la bolsa en un cubo de basura en el exterior del restaurante. Regresará más tarde para recogerlo. Sabe que la recogida de basuras es por la mañana.

Olivia ha recuperado la conciencia, está bastante animada. Apenas tiene lagunas, aunque todavía tiene fuertes dolores de cabeza, recuerda con claridad como ha llegado hasta allí. Sonríe a las enfermeras mientras terminan de hacerle las pruebas diarias. Sabe que su vida corre peligro, así, que intenta no decir la verdad. Todos los días Martín le interroga sin autorización. Él quiere saber si se acuerda de su cara y si podría ser una amenaza. Por seguridad, mientras Olivia responde a las preguntas de Martín, la enfermera y un oficial de policía tiene que estar presente en la interrogación.

Lucía está muy débil sabe que alguien ha estado con ella varios días, pero deliraba y no podía ni hablar. Su muerte se aproxima, apenas puede mover las manos. Respira con dificultad. Mantiene los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Nota un ligero movimiento que le produce vértigo. Oye fuertes ruidos de máquinas, mucha gente hablando. Ya no tiene fuerzas para gritar. Intenta coger aire y lazar un fuerte grito, pero apenas brota en sus labios. Su corazón bombea despacio, la falta de oxígeno hace que reciba pequeñas sacudidas. Su cuerpo está cubierto por pequeñas venas azules que se dilatan por falta de impulso sanguíneo. Comienza a tener frio, mucho frío. La luz de sus ojos desaparece, una extraña capa grisácea se adueña de su iris. Ya no tiene movimiento en su abdomen, su corazón ha dejado de latir. Su oído sigue unos minutos funcionando, oye con claridad donde está. – Desguaces Cintrón, al sur de la ciudad.

–  Ese coche lleva mucho tiempo en la grúa. Le tenemos que empacar. – el operario de la grúa mueve el coche suspendido y lo suelta en la trituradora.

Lucas está haciendo una inspección ocular antes de que su equipo baje al sótano. Intenta cubrirse la nariz con la manga de su cazadora, pero el hedor es tan fuerte que le produce mal cuerpo. Las luces de allí abajo son testigos de las atrocidades que habían sido practicadas en aquel lugar. La mesa de madera, estaba cubierta por una lona de color oscuro. Debajo de esta se encontraba el cuerpo de una mujer joven. A simple vista Lucas sabe que es una de las desaparecidas, la reconoce por uno de sus tatuajes. Muy similar al que tiene Lucía en los glúteos. No se puede reconocer su rostro. Le han quemado la cara con ácido. Por ahora no quiere seguir examinado el cuerpo hasta que no baje el forense. Se recrea en las paredes y en una vieja estantería donde el asesino guarda en tarros sus trofeos. Se fija en la cantidad de cráneos que hay colgados del techo, metidos en una red.

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ADICTOS XVI


ADICTOS2

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adictos xvI

ADICTOS XVI

El rubio apura su café, espera varios minutos antes de dirigirse al apartamento de Michael. Estaba preocupado, la misión se estaba complicando. La curiosidad de Michael por averiguar la muerte de Franchesca no tenía límites. Entró mirando a ambos lados del pasillo. El silencio reinaba en aquella zona repleta de pequeños apartamentos. Realizó una inspección ocular. Todo parecía en orden, todo, menos un ligero olor a podrido. Entró en la habitación, observó con atención la cama, la ventana…, permaneció en silencio; sus ojos buscaban alguna pista, dirigió su mirada hacía el bosque de abedul, aquellas magníficas vistas le reconfortaba. Intentaba unir las piezas de aquel desordenado puzle. Pasó al cuarto de baño. Allí delante de sus narices en el espejo encima del lavabo había una frase escrita en ruso, habían utilizado un rotulador permanente de color rojo. – estás muerto – se podía leer con claridad. No sabía cómo interpretar aquella frase. Así que salió de allí hacía el cuarto de cámaras de seguridad, quería descubrir el autor de aquella amenaza.

El móvil comienza a sonar, no se plantea dejarlo sonar, así que despliega la solapa de su funda y abre la llamada. Alguien en el otro lado le da una dirección, acto seguido cuelga. La cara del rubio comienza a labrar una de sus mejores sonrisas, por fin algo comenzaba a salir bien. Una de sus fuentes ha localizado el paradero de la mujer que robó el alijo. Según su fuente está en el aeropuerto, dispuesta a coger un vuelo destino a Budapest.

El problema de todo esto es que la misma fuente también había informado a Toni. Tiene que darse prisa para poder salvar una vida. Conducía a mucha velocidad por la autopista en dirección al aeropuerto, sabe de primera mano cómo las gastan los aliados de Toni; les hace una sola pregunta y si le agrada la respuesta, posiblemente solo te desfigure la cara, pero si la respuesta que quiere oír no es aceptable, prepárate para saber lo que es morir poco a poco. Ni siquiera aparcó el vehículo, salió de él como una exhalación. Con paso firme se dirigió a la zona de embarque, le faltaban escasos metros para alcanzar a Olga, cuando uno de los corruptos amigos de Toni la agarró por el brazo y la obligó a salir del recinto. El rubio no pudo hacer más, únicamente fotografío la matrícula de la furgoneta azul eléctrico que se marchaba a gran velocidad.

Había estado muy cerca, tenía los labios secos. Estaba malhumorado, necesitaba calmar su adrenalina, así que abrió la guantera de su coche extrajo la vieja petaca y pegó un trago de vodka

La llevaron directamente al sótano de la farmacéutica, había avisado de que llevaba un regalo; el quirófano estaba listo. Aquella mujer se había jugado todo. Portaba en su cuerpo más de dos kilos de aquella sustancia bajo su piel. Habían ingeniado un sistema muy seguro. Capsulas, pequeñas y herméticas, resistentes e invisibles de ver mediante cualquier artilugio.

Desnudaron a Olga sobre la mesa de cirugía, tenía los ojos abiertos, claramente estaba sedada. Toni la contemplaba divertido desde el ventanal de la otra sala. Se rascaba la barbilla, maravillado por las bonitas curvas de aquella mujer de mediana edad. Cómo el material estaba bajo la piel y no tenían el dispositivo apropiado para localizar las capsulas, dibujaron en su cuerpo un mapa que se cubriría de cicatrices. El carnicero miró asintiendo con la cabeza a través del cristal y comenzó a realizar incisiones. Toni intentó localizar al rubio. Agarraba fuertemente el teléfono, mantenía la mirada en la sala de operaciones. Toni era un tipo morboso y carroñero, disfrutaba con la sangre. Después de varios tonos de llamada, localizó al rubio.

– Rubio, ¿dónde coño estás? – esperaba impaciente la respuesta.

– Toni, no me toques los cojones…, estoy en el aeropuerto, me imagino que te han avisado igual que a mí. – estaba atravesando la puerta del terminal, cuando vio con claridad cómo Toni amenazaba a Olga para que entrara en un vehículo. Después de ver aquello el rubio maldijo su suerte.

– ¿Dónde estas? – arqueó las cejas esperando que le dijera la dirección.

– No seas gilipollas, sabes de sobra donde llevamos a las mulas. – cortó de mala leche y dejó al rubio con cara de póker. – mierda, – esto es una puta mierda –

No paraba de lamentarse, sabía que aquella mujer iba a morir y no podía evitarlo. Antes de ir al sótano donde sacrificaban las mulas, decidió hacer una visita de cortesía a su fuente.

Lidia estaba dentro, la oscuridad era absoluta. Percibía frías corrientes de aire en la cara. Palpaba las paredes para poder guiarse. Tubo la sensación de que algo se movía muy cerca de ella. Algo la observaba desde otro ángulo, pero no se detuvo, caminó hasta la sala; la primera y pequeña sala dónde estaba el ropero. El olor a incienso era cada vez más profundo. Se encaminó a unos de los pasillos que llegaban a la pista de baile. La mirada de Lidia permaneció dormida, le sedujo el rítmico baile de una vela que luchaba por no apagarse. Se oían ruidos lejanos, cómo si alguien golpeara una puerta. Notó una ligera caricia en el hombro. Al girarse vio con horror de quien se trataba.

Víctor seguía las pistas que Lidia iba dejando en su trayectos, había conseguido esquivar a los militares. Sabía de sobra que habían estado bajo un camión militar. Se sentía invencible. Su capacidad de razonamiento aumentaba cada minuto, controlaba perfectamente su cuerpo. No sentía dolor y apenas tenía hambre. Aguzó su olfato, sabía que muchos humanos se acercaban. No quería enfrentarse a nadie, así que decidió huir. Su decisión fue bastante lenta. Los tanques se posicionaban en las calles próximas, algo iba a ocurrir. Estaba acorralado. Se le ocurrió una forma de distraer a los militares. Escaló hasta la primera planta del edificio más cercano y comenzó a chasquear con fuerza la lengua. El sonido de sus labios era cómo el tañido de un instrumento mal afinado. Los militares miraban en todas las direcciones, sus caras reflejaban un pavoroso miedo que se acentuaba cuando veían acercarse grandes grupos de zombis; el sonido era misterioso e insondable. La marabunta comenzaba a llegar, salían atravesando los cristales de los edificios, ascendían de los sótanos y garajes atendiendo la llamada. Parecía que abrían las puertas del infierno.

Los jóvenes encapuchados dejaron de sacudir el suelo con los bates. Se miraron unos a otros con expresión perpleja. Aquella llamada no les paró, pero sí se plantearon retroceder. Sabían que aquella figura que se descolgaba de la fachada seguía la pista de Lidia, lo mismo que ellos. Horas antes Mateo les narró en la base secreta, el proyecto que tenía Lidia entre manos. Sabía lo tozuda que era y desde luego confiaba en su fortaleza, pero el pequeño Mateo después de vivir aquellos acontecimientos, dio la dirección que Lidia había tomado.

Irina sufría grandes cambios en su rostro unos días mantenía su belleza natural, pero otros amanecía con un prognatismo del extremo inferior de su cara. Michael apenas dormía. No comprendía aquellos cambios tan bruscos en el interior del cuerpo de Irina, esos cambios se reflejaban más abiertamente en el exterior. Verla así le martirizaba, consumía poco a poco su paciencia. Sabía que estaba cerca, pero algo se le estaba escapando. Se aferraba a la nueva fórmula, pero tenía que encontrar una variante a la penicilina que no causara ninguna alergia a Irina.

El rubio aparcó el coche con cuidado, lo dejó a dos manzanas de la galería. Sabía que su fuente a esa hora estaría trabajando. Era temprano así que se guardó el arma en su funda y caminó por la gran avenida. No podía dejar cabos sueltos ya no confiaba en su fuente. Esperó en la acera de enfrente hasta que vio salir al último cliente de la barbería, cómo sabía que había cámaras en la zona, se colocó una gorra y se enrolló una bufanda hasta los ojos. Su fuente estaba barriendo su negocio, el rubio se aproximó hasta él y sin mediar palabra le disparó en la cabeza. El proyectil de la nueve milímetros le produjo una laceración, entrando por la frente y saliendo por la nuca. La bala gira en su entrada escavando y agrandando el diámetro del proyectil; en su viaje destroza el bulbo raquídeo ocasionando una muerte instantánea. Las imágenes desde la parte alta de la barbería después de que el rubio se marchara, era una tétrica secuencia. Las paredes enteladas se cubrían de pequeños restos de cráneo diseminados hasta el otro extremo de la estancia. Una pieza de Jazz seguía atormentando el oído del abatido, hasta que el pájaro voló lejos. Fueron apenas unos segundos después de caer contra el suelo, cuando aquellos golpes de saxofón agonizaban su muerte. No tardó ni dos minutos en salir de allí, camino arbitrariamente por las calles hasta llegar a su coche, antes de llegar tiró en un contenedor su gorra y cazadora. Para asegurarse de que había muerto, hizo el mismo recorrido con su vehículo. A escasos metros se veía gente amontonada alrededor de la entrada; con las manos sobre la cara, agitando disgustada la cabeza hacía ambos lados. No muy lejos de allí se oía la sirena de una ambulancia que se acercaba a gran velocidad.

El rubio ya estaba dentro del recinto, sabía que le esperaban. Se tenía que preparar para lo peor. Extraerían del cuerpo de Olga toda la sustancia. Eso era lo menos invasivo. A partir de ese momento, la torturarían, la borrarían sus recuerdos y la abandonarían a su suerte en la caja de cerillas.

Toni le esperaba en la sala, observaba a través del cristal cómo le extraían las capsulas de su cuerpo. Las limpiaban y depositaban en un peso. El peor castigo para el rubio fue ver cómo realizaban la craneotomia. El cirujano crea un agujero en el cráneo y extrae un colgajo óseo. La intención es colocar un novedoso dispositivo en el hipocampo. Este implante disminuye la proteína por distintas zonas, logrando que aquella zona de conexión neuronal establezca una nueva ruta de comunicación, cancelando la memoria a largo plazo.

Toni se acerca hacía el rubio y le dice cerca del oído;

– Han matado a la fuente. – se dirigió a la puerta y antes de salir le dice.

– Me ha entrado hambre, te invito a comer. Te espero en el coche. – no dijo nada más y se marchó. – el rubio permaneció varios minutos contemplando el cuerpo desnudo de Olga. Estaba deformado lleno de cicatrices, inerte en la mesa de quirófano. Sabía que su sufrimiento solo había comenzado.

Hao decide bajar al sótano, ha superado sus miedos y se dirige con paso firme al crematorio. Los quemadores están funcionado. El sonido de las máquinas cubre todo el pasillo. Pasa por delante de la pequeña oficina de Víctor. Ni siquiera se percata de las fotografías colgadas en la pared. Continua andando, antes de descender al laboratorio clandestino, necesita ver con sus propios ojos que es lo que ocurre. Se asoma por el perfil de la puerta, la luz está apagada, solo ve el brillo que despide los quemadores dentro de las máquinas; por la pequeña ventana puede ver restos humanos quemándose. Parece que no hay nadie allí. Su ingenuidad hace aproximarse demasiado. Una sombra enorme aparece frente a él. El calor ahoga sus orientales venas, limitando la entrada de oxígeno. El miedo le deja agarrotado. Aquel hombre le mira fijamente.

Éric sigue avanzando, arrastra los pies ligeramente. Poco a poco la piel y tejidos de una de sus manos se desprenden. Está pensando seriamente la posibilidad de empezar a comer. Necesita nutrientes humanos para mantener viva la sustancia verde que recorre su cuerpo. Si agota todas las posibilidades de alimentarse, sabe con certeza que morirá en pocas horas. Por eso se alimentan, para seguir viviendo muertos. Por eso luchan y avanzan por la ciudad en busca de presas frescas. Tiene que encontrar un sitio para reponerse. Decide bajar a una zona de aparcamiento. Baja la rampa tambaleándose. Apenas puede mantenerse en pie. Se agarra a la pared de hormigón donde está colocado el dispensador de luces. Las activa con uno de los dedos. Una luz electrizante cruza parpadeando el techo del aparcamiento. Algunas paredes vestían, aterciopelados trajes de moho. El olor húmedo, hacía que Éric dejara escapar restos de sustancia verde por sus orificios nasales.

Necesita recuperar fuerzas, anclada a la pared de la zona naranja, ve un armario de emergencia. Rompe el cristal con la cabeza y extrae un hacha con grueso filo, se dirige sin miramientos a la luna delantera del primer vehículo aparcado y revienta el cristal. Se deja caer en el interior, consigue meter la cabeza, pero el resto de su cuerpo descansa sobre el capó.

Olga lleva varios días en la caja de cerillas, sabe que un visitante nuevo está en la otra habitación. Tiene muchas lesiones neuronales, pero todavía se acuerda de la música. Susurra la misma melodía una y otra vez. No tiene recuerdos, ni tampoco los quiere. Esa será su nueva vida hasta que acaben con ella. Todos los días sale de aquella habitación y vuelve a ser intervenida. Es una cobaya para investigar sobre el alzhéimer.

Michael está dormido, le suministran todos los días la droga Zombi. La mala alimentación y la falta de luz solar durante demasiado tiempo hace que las primeras capas de su piel se descamen. Todavía conserva todas sus facultades, pero su cuerpo no para de enfrentarse a un nuevo tejido y la transformación física sigue imparable; por mucho que quiera resistirse sigue cambiando.

Se despierta con remanente dolor de cabeza, la boca seca y ganas de vomitar. Intenta calcular los días que lleva en aquel agujero. Aunque ahora tiene todas sus facultades, teme que un día despierte y su memoria sea un folio en blanco.

Se levanta despacio del mugriento colchón y calcula los pasos para llegar al lavabo sin caer. Mira hacía abajo y ve como caen mechones de pelo de su cabeza. Grandes y castaños mechones de su corta melena.

Necesita anotar los días; así que araña con fuerza su muslo hasta conseguir que la sangre brote. Con su dedo tembloroso, comenzó a escribir una pequeña biografía en la pared. Necesitaba leerla todos los días, para cuando perdiera la memoria.

Después de varios meses de extrañas pruebas, le dieron permiso para visitar el patio. Estaba algo más animado, saldría al exterior, respiraría aire puro. Alejaría de su jodida nariz aquel olor viciado, especiado con aromas de ultratumba.

La luz del sol le causó ceguera pasajera. La poca iluminación de aquella celda le había producido una fotosensibilidad a cualquier tipo de luz. Los ojos le escocían, no paraban de rociar su rostro de una sustancia pegajosa. Sabía que en aquel espacio al aire libre no estaba solo. Se oían los chasquidos intermitentes de aquellos seres, desnutridos y putrefactos. La cortina luminosa que cubría sus ojos solo le dejaba distinguir altas y oscuras siluetas que se aproximaban hacía él. Alguien le empujó con fuerza hacía una zona sombría. Pestañeo varias veces para adaptarse al cambio de luz. Frente a él un hombre alto y corpulento con una capucha que cubría casi todo su rostro le miraba interrogante. – le conocía – era aquel extraño tipo que saltaba la valla, para seguir sus movimientos todas las noches. Fue el primero que comenzó a hablar.

– ¿Qué tal con tu nueva vida? – le miró sin reprimir un amago de sonrisa.

– ¿Qué coño es esto? – respondió Michael cabreado.

– ¿Qué hacéis aquí? – los tendones expuestos de su rostro comenzaron a tensarse, provocando un colapso en la mandíbula.

No recordó más, le golpearon en la cabeza y amaneció sobre su colchón. Alguien entró en la caja de cerillas cuando Michael estaba dormido. La silueta de color amarillo cubría su cara con una mascara, se acercó para ver si respiraba. De un maletín plateado, extrajo un pequeño bote con una sustancia blanquecina; aquel producto era un inhibidor que neutraliza la enzimas y retrasa el proceso de putrefacción.

El rubio está preocupado, llega cansado después de cobrar los pagos. Tiene una comida con Toni. No sabe cómo iniciar la conversación, pero tiene que preguntarle si sabe dónde está Michael.

Siempre come en un viejo restaurante en el centro de Moscú. En la puerta puede distinguir a dos de sus compañeros, ataviados con impecables trajes negros, gafas de sol y su inseparable pinganillo. Les saluda inclinando la cabeza y entra sin más. El restaurante permanece vació cuando queda reservado por el matón. Una ancha camarera le rellena su copa de vino tinto. Toni siempre hace el mismo gesto, desliza su mano entre las piernas de la rolliza mujer, hasta llegarle a tocar la vagina. Después huele con deleite su dedo indice. – este puto tío me saca de mis casillas. – piensa el rubio casi en gritos dentro de su cabeza.

– Siéntate, querido rubiales. – le mira celebrando un triunfo con su mirada. – el rubio le mira desconcertado.

– Te has quedado sin novia. – la mirada perpleja del corpulento rubio le parecía una tira de humor que imprimen en los periódicos; su cara y las arrugas en su frente parecían dibujadas sobre el papel.

Una risa socarrona se desprendió repiqueando entre los dientes de Toni. Entonces el rubio dedujo de que se trataba.

– Quiero anunciarte que me voy a casar en España con Katia, dentro de tres meses. Estás invitado a la boda.

Después de tan suculenta celebración y de aguantar sus impertinencias, el rubio realizó la pregunta;

– Veras Toni, quiero comentarte algo. No sé si tú lo sabrás, pero Michael ha desaparecido.

– Ja, ja, ja…, esto sí que es bueno. Claro que sé que Michael ha desaparecido, pero no es del todo cierto.

– Creo que me merezco una explicación. – le dijo el rubio con tono de amenaza.

– Ese jodido químico es mi gallina de huevos de oro. La estoy protegiendo, lo entiendes. Necesito que cocine para mí. Estoy cansado de la puta XPARIS, quiero abrir otro laboratorio, pero solamente mío. Y necesito que me ayudes a lograrlo. Esta droga se vende sola.

©Julia OJidos Núñez ©Blog:

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ADICTOS XIII


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adictos XIII

ADICTOS XIII

Lidia agarraba fuertemente la mano de Éric, miraba a ambos lados, respiraban con dificultad. La tensión seguía presente en sus cuerpos, estaban muy cansados. Seguían en el interior de la parroquia. Atravesaron el pequeño jardín que había en el patio. No se oía nada, cosa que le extrañaba a Lidia. No atendía a otra cosa que no fueran los ruidos, aquellos sonidos característicos; quería acostumbrar su olfato al aire puro. Señaló una antigua puerta de madera situada al final del muro. Se dirigieron hacía ella; era una puerta de más de cien años, estaba bien cuidada, las marcas del tiempo parecían formar lineas verticales con el suelo, sus remaches oxidados decoraban de forma rústica los diferentes tonos de forja.

Si su sentido de la orientación no se equivocaba esa puerta abriría hacía una de las calles circundantes.

Cerca del altar mirando una de las figuras religiosas se encontraba el líder de aquel regimiento de muertos vivientes. Miraba detenidamente la escultura, intentado recabar los sentimientos que sentía al mirarla. En ese mismo momento se percató de que una de las puertas cercanas a la sacristía se movía levemente. Se acercó cauteloso y miró al interior. Fue entonces cuando se dio cuenta de que habían escapado por la puerta de atrás.

Corrían a toda velocidad por la calzada, evitando la entrada de tiendas y portales. Según avanzaban, se percataron que los zombis habían avanzado mucho, desde que salieron de la parroquia. Los veían trepar sin esfuerzo las fachadas de los pisos más bajos. El ruido de los cristales y los gritos les hacían correr más deprisa. No miraban atrás; parecían animales despavoridos en busca de un lugar donde esconderse y así evitar ser sorprendidos por un depredador. Un ruido les hizo parar. El ejército avanzaba con sus tropas intentando restringir la entradas a otras calles no profanadas.

Los tanques emitían un ruido pesado que revotaba en las paredes haciendo eco en toda la ciudad. De repente el silencio derrumbó el ruido ambiental. No se oían gritos, ni cristales, los tanques no se movían. Lidia cogió aire y paseo la mirada por lo alto de los edificios. Intentaba averiguar que iba a ocurrir. Todo estaba en pausa; solo se movía la mirada de Lidia y Éric, buscado indicios de lo que estaba por llegar. Un ruido lejano comenzó a despertar. Venía hacía ellos.

– Escucha…, lo oyes. Es como si golpearán el suelo.

– Si, lo estoy oyendo. – el poco vello que Éric mantenía en sus brazos comenzó a erizarse.

– ¿Qué es eso? – preguntó preocupada Lidia.

– No lo sé, pero tenemos que movernos de aquí ¡ya…! – Éric coge del brazo a Lidia y se dirigen a toda velocidad hacía donde están posicionado los tanques.

Un hombre armado con una ametralladora les apunta Les niega el paso.

– ¿Dónde cojones creen que van? – les pregunta sin dejar de apuntarles.

– Necesitamos protección. Sabemos que los zombis se pueden curar y necesitamos encontrar una persona que nos puede ayudar. Por favor, déjenos pasar.

– ¡Te crees que estoy loco! Tu amigo está infectado. – le miraba de forma burlona.

– Por favor, necesito que nos ayude a pasar a ese lado. Este hombre de aquí es indefenso. Hace tan solo unas horas, se estaba recuperando gracias a un suero que regenera de forma temporal los tejidos dañados. Debe de creerme. – en ese momento otro militar se acerca a comprobar que sucede.

Entonces…, comienza el caos en aquellas calles. El silencio se rompe con la caída de cuerpos al vacío. Los chasquidos de los huesos rotos proliferan a lo largo de la calle. Cuando los cuerpos se revientan contra el suelo. Una jauría de zombis hambrientos aparece por todos los rincones y se abalanzan sobre los cuerpos.

Otro sonido se aproxima con una fuerza voraz. Un montón de hombre y mujeres encapuchados, portando en sus manos todo tipo de varas de madera se abalanzan contra los despreocupados zombis que se alimentan sin perder tiempo. Aquellas imágenes espeluznantes dejaron a Lidia trastocada durante unos minutos. Éric no perdía ningún detalle de aquel campo de batalla. Los jóvenes subían encima de los coches y golpeaban con brutalidad la cabeza de aquellos seres que despiezaban a sus vecinos. Las imágenes eran apabullantes y Éric no lo pudo soportar por más tiempo.

– Necesito que me prometas una cosa, Lidia. – le miró a los ojos. Lidia levantó su mano y con mucha ternura acarició lentamente el rostro de Éric.

– Necesito que me prometas que si no llegó a pasar este periodo y recuperarme; si ves algún síntoma de depredador que ponga en peligro tu vida. Necesito que acabes conmigo. – Lidia comienza a sollozar, asustada y perdida. – con lo que acabo de ver, sé que pronto presentaré esa conducta. Tienes que arrancarme la cabeza, es la única forma de acabar con esta pesadilla. – Lidia mantuvo entre sus manos la cara de Éric y le besó repetidas veces para silenciar sus palabras.

– Tenemos que seguir Éric, no quiero escuchar más tonterías. Necesitamos encontrar al rubio. ¿Me has entendido?

Aprovecharon el desconcierto y junto al avance de los militares, lograron colarse al otro lado de la calle. Permanecieron bajo un camión militar, hasta que dejaron de ver soldados en la zona.

Michael introdujo la tarjeta magnética de Katia, la puerta de la zona restringida se abrió por completo. Un sistema de seguridad avanzado, escaneó su cuerpo. Calculó su peso, altura y verificó que no estaba enfermo. A Michael le extrañó la ligereza del traje de seguridad. El material con el que estaba hecho era verdaderamente una incógnita. Nunca había utilizado un material de ese tipo. Al entrar por otro arco de seguridad pudo ver con claridad la alta tecnología que disponía aquel apartado. La iluminación era excelente, los puestos de trabajo se acomodaban al usuario de forma funcional. Allí se cotejaban cultivos, tejidos y ADN, para intentar conseguir respuestas a la gran pregunta.

Michael siempre pensó que la ingeniería humana tenía que venir con un manual de instrucciones. Todos los detalles de nuestro cuerpo se basaban en reacciones químicas de varios componentes que actuaban por libre o en grupo, determinando sin lugar a dudas el estado de nuestras células. Se acercó despacio al primer grupo, estuvo varios minutos observando la pantalla del microscopio digital. Examinó detenidamente. Enseguida comprendió de qué se trataba. Una bacteria muy singular;  Bacillus anthracis, la causante de una de las enfermedades más peligrosas y contagiosas; la que conocemos por Ántrax. Su contagio suele manifestarse entre animales infectados, pero había casos muy específicos en el que esa bacteria pasaba al hombre.

Seguían investigando aquella bacteria, para entender el funcionamiento de otras similares, que afectaba a los humanos.

Observó durante varias horas el trabajo de aquellas personas. Disfrutando de aquella innovadora tecnología. Le llamó la atención que al final de la sala había una especie de pasillo que permanecía en la oscuridad. Se percató que varias personas ataviadas con sus respectivos trajes, se perdían en las sombras. Necesitaba pasar desapercibido, así que se acercó a la mesa más cercana a la galería. Movió varios archivadores hasta que decidió coger un bloc de notas. Tomó prestado un bolígrafo y se dirigió hacía aquel espacio en negro. Pequeñas luces de emergencia situadas a ras de suelo se activaban a su paso. La larga y oscura pared se iba estrechando, hasta que aquella perfilada oscuridad se disipó de golpe. A solo varios centímetros de su cara, una cámara de seguridad escaneaba su rostro. La jamba de la puerta comenzó a iluminarse, parecía una atracción de feria. Los colores intermitentes obligaron a Michael a pestañear varias veces. El baile de luces era molesto. Esperó varios segundos hasta que aquella puerta se abrió con un ruido de descompresión. Una pequeña nube de vapor salió al exterior y le llegó un ligero olor a podrido. En ese momento desde la parte alta de las paredes unos aspersores derramaban un líquido incoloro que limpiaba aquel olor putrefacto.

No lo pensó dos veces, agarró con fuerza el bloc y se adentró en aquella cavidad. En ese momento Michael comenzó a temer por su vida. Las preguntas desfilaban en su cabeza. No sabía que hacía allí; quizá, hizo caso a los pensamientos más oscuros que tenía en su cabeza después de la muerte de Francesa. Estuvo varios minutos parado con el bloc entre sus manos enguantadas, esperando que su cerebro le diera una respuesta correcta. Bajó la mirada y descubre que en la primera página del bloc, hay unas anotaciones de las que no se había percatado. Son palabras sueltas, esparcidas en la primera hoja, “codeína, mezclado con gasolina, disolvente, ácido clorhídrico, yodo y fósforo rojo”

– Joder, joder, joder…, ¿qué coño están haciendo? – comenzó a acelerarse su ritmo cardíaco. Permanecía en un espacio circular, parecido a una sala de espera. En ese momento una señal visual aparece por la pared circular; pequeñas luces rojas comenzaron a encenderse a su alrededor. – tenía que controlarse. Presentía que aquel dispositivo de seguridad captaba su ritmo cardíaco. – respiró abdominalmente varias veces hasta que el oxígeno regó de forma adecuada su sangre y comenzó a caminar.

Frente a él, había un tramo de anchas escaleras metálicas que descendía varios pisos. Estaba muy nervioso, las pequeñas luces rojas le seguían amenazantes en su camino. Le temblaban las piernas y notó en la frente sudor frio que se precipitaba por el interior de la máscara.

Cuando puso el pie en el último escalón, lamentó haber llegado hasta allí. Varios hombres realizaban autopsias a individuos descarnados. Muchos de sus miembros estaban con los huesos expuestos. El color de su piel se tornaba verdosa y con solo tocar partes de su cara se desprendía con facilidad. Los gases acumulados bajo la piel despiden el olor putrefacto.

Un movimiento al final de la sala llamó su atención; una mujer joven acostada sobre una mesa de autopsia convulsionaba de forma violenta, varios hombres la sujetaron las piernas, la ataron a la mesa.

Fue entonces cuando las arcadas de Michael le delataron. Todos dejaron lo que estaban haciendo, – le miraban sorprendidos.

– No puede estar aquí. ¿cómo ha entrado? – unas potentes luces blancas enfocaban su cara. –

alguien le golpeó y perdió el conocimiento.

Irina consigue abrir despacio los ojos, el suero suministrado por vena a través de una vía la mantiene estable. Le sorprende ver que la sala está limpia y bien iluminada. El olor a desinfectante le abrasa la garganta. Está conectada a varios monitores. Gira despacio la cabeza y no puede evitar unas furtivas lágrimas. Tiene los labios secos y agrietados, intenta mojárselos con la punta de la lengua. Sabe por qué está ahí. Su adicción a las drogas le ha hecho vulnerable, frágil.

Mira uno de sus brazos y ve cómo se recubre parte del hueso que horas antes estaba expuesto.

La variedad de colores que contrastan en su brazo la hace estremecer. Michael se da cuenta de que tiene los ojos abiertos y se acerca despacio.

– Hola, Irina, ¿cómo estas? – le pregunta preocupado.

– Pues, no sé qué decirte. – hablaba arrastrando despacio las palabras. Intentando pensar en lo que decir. – cierra por un momento los ojos. – al abrirlos continua hablando.

– No puedo mover las piernas, es decir; no las siento. – con mucho valor Irina levantó la sábana que la cubría y descubrió con horror su estado.

– Aunque la imagen es bastante escandalosa, no es del todo grave. Esos tejidos los recuperaremos, no te preocupes. Mi prioridad es mantener el suero en tu sangre más tiempo, hasta que consiga un medicamento definitivo. Por eso es necesario suministrar la dosis constantemente. – se miraron a los ojos. – entonces Irina le reconoció.

– Eres tú. Tu aspecto ha mejorado. Has recuperado casi todos los tejidos de la cara. Eres el que me daba el suero en polvo, en el sótano de mi edificio. ¿cómo? ¿por qué? ¿Sabes lo que ocurre? Cuéntamelo.

– Es largo de explicar, pero te diré una cosa. Te conozco de mucho antes. Intenta recordar. Una estación de metro…, te suena de algo. – se produjo un largo silencio, la mirada distraída de Irina hizo pensar a Michael el sobreesfuerzo que había hecho para recordar.

Parte de sus funciones cerebrales estaban expuestas a la sustancia. Las neuronas envejecían rápido y morían. El suero mantenía estable el número de neuronas, pero por poco tiempo.

Hao recoge documentación que había recabado durante años sobre los experimentos realizados en la base militar cerca de su aldea. Necesitaba respuestas a las miles de muertes que se produjeron en aquella zona. Por alguna razón sabía que tenía algún tipo de conexión con lo que ocurría en varias partes del mundo. Al intentar meter los documentos en la cartera, una carpeta de color naranja calló cerca de sus pies. Arqueó las cejas en una expresión de perplejidad. No recordaba aquellos documentos. Se sentó en la silla de su escritorio y la abrió sin demora. La carpeta contenía un montón de fotos en blanco y negro. Fotos antiguas. Las contemplo sin dejar escapar ningún detalle. Las miraba intentando descifrar su significado. ¿De quién eran aquellas fotos? ¿por qué estaban allí?

Pasó mucho tiempo desmenuzando en su memoria recuerdos olvidados, hasta que llegaron las últimas fotos. Eran impactantes, sobrecogedoras, intentaba contener las lágrimas, pero le fue imposible. Apilados en el barro cerca de una vivienda, yacían sus padres. Él no lo recordaba de aquella manera. Había pasado muchos años. Las imágenes de aquel día estaban difuminadas y esparcidas por el hipocampo de su cerebro; incautadas por el olvido. Fue un fuerte golpe para sus sentimientos, pero se armó de valor y volvió a examinar la foto. Los recuerdos fugaces se disparaban como flashes en su cabeza.

Fue un día de tormenta, Hao venía de la escuela. Sus padres llevaban varios días sin ir a los campos. Estaban enfermos, les subía y les bajaba la fiebre de forma natural. El médico de la zona no sabía de qué se trataba. En varios meses su piel adquiría un color azul negruzco, pero eso solo fue el comienzo.

Varios médicos fueron a reconocerlos, decían que parecía una variante de la gangrena o la lepra. Todos sabían que no se trataba de una enfermedad vascular. Los padres de Hao eran jóvenes y fuertes. Lo que más les asombro fue el deterioro físico que se manifestaba cada día. Se desgranaban en vida. El olor que producía su cuerpo era putrefacto. Las heridas no se podían curar de forma tradicional, los tejidos se desprendían nada más tocarlos.

Todo se fue deteriorando, sin embargo, Hao se libró del contagio. Le hicieron acostarse fuera de la casa, alejado de sus padres moribundos. Esperó durante meses a sus tíos; no acudieron, no querían contagiarse. Así que fue acogido en una especie de orfanato, donde le realizaron varias pruebas antes de trasladarse a vivir con otros familiares.

Él se fue horas antes de que hicieran la foto. Sacaron los cuerpos de todos los que murieron por el contagio y los quemaron en la plaza central de la aldea.

Cayó la noche. Éric estaba cansado. Actuaba de forma rara. Casi no hablaba. Arrastraba cada vez más los pies para andar. Estaba al límite. Lidia le miraba con tristeza. Tenía la esperanza de encontrar un buen lugar para descansar. Se le ocurrió una idea. La casa de su querida amiga Irina estaba cerca. Tenían que tener cuidado.

Se oía la melodía de una emisora de radio. La calle estaba parcialmente a oscuras. Las sombras viajaban a sus anchas por las estrechas callejuelas. Lidia pasó el brazo de Éric por encima de su hombro para ayudarle a caminar. No le quedaban fuerzas. El daño cerebral estaba anunciado. Necesitaba una dosis del polvo blanco.

Les costo mucho llegar al apartamento de Irina. Tenían que esquivar los cuerpos y muebles que había esparcidos por la escalera.

La puerta estaba abierta. Entraron cautelosos. Se aproximaron hacía el sillón donde Lidia acomodó a Éric. Estaba adormilado, movía ligeramente los labios. Se le escapaban frases y palabras inconexas, comenzaba a tener enajenación mental transitoria.

SFA (Servicio Federal Antidroga )

Moscú

Izan está en el baño de una habitación de hotel, se observa en el espejo. Sabe lo peligroso que son estos casos. Se coloca una prótesis en la nariz, peina su pelo largo y se lo recoge con una coleta. Lleva barba de varios meses y ha cambiado sus lentillas por unas de color verde. Le gusta su forma de camuflarse, dedica muchas horas hasta encontrar la perfección. El motivo de esta perfección es intentar encontrar el cocinero y distribuidor de la droga zombi. Una droga que solo se consumía en Rusia, pero que en pocos meses se había convertido en un gran reclamo en toda Europa. Querían evitar que aquella droga llegara a España. Hoy como todos los días hacía el mismo ritual. Tenía que establecer contacto con el rubio, por eso visitaba la Catedral de Basilio todos los días. Su personaje tenía un guion bajo el brazo, su trabajo consistía en hacer fotografías a los turistas dentro de la Catedral.

Se desplazaba por la ciudad en trasporte público. Admiraba las líneas de metro de Moscú, sus espacios altos y luminosos. Los suelos de mármol que parecen tocar el cielo con sus impresionantes columnas. Era realmente asombroso. Parecía un museo en vez de una red de metro por donde se mueven más de nueve millones de personas al día.

Había llegado a su parada Ploshcad Rvolyutsii, la más cercana a la Plaza Roja. La catedral abría sus puertas en el horario de invierno a las 11h de la mañana, mantenían ese horario hasta alcanzar el verano. Izan lleva insertado bajo su piel un dispositivo de rastreo. Desde el piso franco su equipo visualiza su localización.

Cómo cualquier otro día, entra en la Catedral, saluda al personal de seguridad y comienza a montar su equipo de fotografía. Sabe que la situación del rubio es delicada. Intenta encontrar trabajo como matón dentro de un grupo liderado por un tal Toni, una tarea complicada que no puede tener ningún fallo.

Muchos turistas se agrupan en filas para hacerse su fotografía. Izan no para de tomar los datos de los fotografiados para después mandarles por mail su foto. Cuando cree que casi ha terminado. Un hombre corpulento con pelo corto, acompañado de una mujer delgada con piel plomiza, se acerca despacio hacía donde está él.

– Disculpe, nos puede sacar una fotografía a mi mujer y a mí. – se miraron a los ojos, se estableció el contacto.

– Si claro, espere un momento. – transcurren unos segundos. – póngase ahí, muy bien. Sonrían. – al terminar, el rubio le dio su dirección de mail.

– Muchas gracias por todo. – en ese momento se estrecharon la mano y el rubio deslizó una tarjeta de memoria en la mano de Izan.

El primer paso de la operación se había cumplido. Ahora tocaba volver al hotel y descargar la información cifrada que contenía el dispositivo de memoria. Izan estaba distraído, había bajado la guardia. Andaba en dirección a la estación de metro, notó que alguien le seguía. Disimuladamente sacó su móvil y puso la cámara a modo vídeo. Mantuvo el teléfono entre sus manos de forma que veía quien le seguía.

©Julia OJidos Núñez

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ADICTOS VII


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ADICTOS VII

Comienza el canibalismo

Lidia corre tras Víctor, no miran atrás, solo oyen el estruendoso ruido que hacen los cuerpos al caer desde las alturas. El chasqueo de las lenguas putrefactas, se oye resonar en la avenida. Es el grito del reclamo. Justo a escasos metros cae de una de las ventanas, un hombre de mediana edad, su cuerpo sucumbe al fuerte golpe. En ese momento una jauría de monstruosas caras se abalanzaron sobre él y comenzaron a morder su abdomen, le vaciaron por completo, parecían animales hambrientos; lo primero que se comían era las vísceras; quizá por que era una de los órganos que antes se descomponía.

Atravesaron varias calles, su intención era llegar a casa de Eric. Una tarea muy difícil, porque según se acercaban a su objetivo, aquellos seres iban proliferando como una epidemia.

Irina se había quedado dormida en el sillón de piel; la noche había sido un tanto peculiar. Nunca se había sentido tan completa, tan querida y tan mimada. Aborrece la idea de seguir con su anterior vida. Las sinceras palabras de su nuevo amigo le daba esperanzas para salir del pozo.

Al despertar contempló las primeras luces de la ciudad a través del bonito ventanal del salón. No quería moverse, se sentía feliz. Era la primera vez en su vida que había dormido en casa de un hombre y no se habían acostado. No estaba sola, unos pequeños ojos la miraban sin moverse, al lado de la puerta. La concedió una cálida sonrisa.

– Señorita, la he preparado un baño con sales. – Irina la miraba inquieta.

– El señor tuvo que marchar esta mañana. Viaje de negocios. – la mujer no paraba de sonreír

– Gracias, pero no hace falta. Tomaré un taxi. No quiero molestar.- se levantó despacio.

– No es molestia, tiene que aceptar. El señor dijo que usted se negaría al baño. Me dijo que insistiera. También me dijo que le esperara, que volvería por la noche.

Irina no volvió a decir que no, se alisó el vestido y se dirigió a uno de los cinco baños.

Aquel cuarto de baño pertenecía al dormitorio principal, a los pies de la cama tenía ropa limpia. Se aproximó para examinarla mejor.

– Esto es increíble, son mis vaqueros. ¿Ha estado en mi casa?.- miraba pasmada a la sirvienta.

– Si, estuve en su casa. Me mandó personalmente. Espero que no esté molesta conmigo.

– En absoluto, solo estoy un poco alucinada con esta situación. Se lo agradezco.

Sumergió su cuerpo en la gran bañera, donde las burbujas cosquilleaban su piel. Le llegó una rica fragancia a flores; las velas y el incienso adornaban la vista y el olfato de Irina; se abandonó a tan agradecido placer.

Éric continuaba luchando contra su enemigo, ya no tenía pelo en la cabeza, los dientes se le movían ligeramente. Se aproximó al espejo del baño, las llagas inundaban su boca y la lengua azulada entorpecía sus palabras.

Miró su brazo. Fotografío su cuerpo desnudo con aparencia desnutrida, azulado y blanquecino.

El contorno de sus ojos era un escalón en su cara; donde los extraños fluidos caían por sus mejillas.

Estaba agotado, no tenía muchas fuerzas para seguir adelante, necesitaba tener a Lidia cerca. Necesitaba verla por última vez. La quiere y quiere formar una familia con ella.

Se da cuenta que le acompaña un profundo silencio, inevitablemente las lágrimas le comienzan a brotar por los hundidos ojos. Regresa al salón, se queda observando aquella habitación cómo si entrara por primera vez. Su memoria empieza a fallarle, inspecciona sin saber que buscar y entonces…, ve la pequeña bolsa que le tiró el rubio. La miró atentamente y sopesó mucho sus alternativas. Sus expectativas de seguir vivo se evaporaban cada hora. Tenía que hacer algo por sobrevivir.

La furia se iba apoderando de él, del mismo modo que lo hizo con el rubio. La adrenalina circulaba a una velocidad vertiginosa, se sentía perfectamente, su fuerza doblaba lo normal, su olfato reparaba a cualquier olor por pequeño que fuese. Su cuerpo reaccionaba así, unicamente cuando se alteraba. Ahora se sentía vivo. Cogió la pequeña bolsa y preparó aquel polvo. Busco el mejor lugar para recibir el pinchazo. Entonces lo vio todo claro, una convulsión hizo que su cuerpo no aguantara en pie. Las siguientes sensaciones, era de placer y dolor del mismo modo y con la misma intensidad. Comenzó a ver borroso y estridentes colores se dibujaban en su retina. Se olía a él mismo, el mismo olor de antes del cambio. Ese olor aterciopelado, áspero y agrio después de hacer deporte. -era él mismo.- Cómo antes lo había sido. No podía controlar su cuerpo, su cerebro estaba cosiendo lo descosido, poniendo cada pieza del puzle en su lugar. Después de aquel inicio, empezó a recuperar el movimiento, su boca abierta dejaba caer una sustancia verde de sabor rancio y olor a podrido. Le escocían los ojos. Observó que su temperatura corporal había subido, ya no nota el frio amarmolado, sobre las extremidades.

Intenta armonizar sus movimientos y ponerse en pie, lo consigue a duras penas. Deja caer su cuerpo en el sillón y se queda dormido.

Irina decide ir a su piso con la intención de recoger algo de ropa y una botella de vino para la cena de esa noche. La sirvienta de su nuevo amigo, la hizo prometer que volvería. Durante todo el recorrido no se había encontrado con ninguna persona. No circulaban autobuses, ni taxis. El silencio envolvía la ciudad. Vio el cartel luminoso del autoservicio y se acercó despacio. Las cajas estaban vacías, había mucha mercancía esparcida por el suelo. Un olor que conocía se movían en su dirección. Los escalofríos implantaron su autoria en el cuerpo de Irina. Una lata de conservas rodó hasta alcanzar sus pies. Irina siguió avanzando, sigilosa, aferrada a su bolso. Dispuesta a defenderse si fuera necesario. Al final de aquella estancia, alguien rebuscaba en los congeladores de carne. Emitía una especie de bufido. Según se acercaba oía un chasquido, un ligero sonido gutural, no sabe si es humano. Sigue acercándose, un fluorescente, cae sin avisar cerca de Irina. El sobresalto le hace retroceder. El estrepitoso sonido del cristales rotos pone en alerta al individuo que está en la puerta de los congeladores. La furia se desata muy cerca de ella, justo en el pasillo de al lado. Con gran fuerza alguien empuja una estantería que hace que Irina quede sepultada bajo paquetes de servilletas de papel. Antes de intentar ponerse en pie, una lengua morada le chupa la cara.

El olor de aquel aliento provoca una oleada de arcadas. Intenta zafarse de su adversario, pero se lo impide arrastrándola del pie hacía el congelador.

Víctor y Lidia están a punto de alcanzar la calle donde vive Eric. Le sorprende ver un autobús escolar en marcha. Cruzan corriendo la calle, pero el autobús aumenta su velocidad. Intentan que el conductor pare. Observan con estupor que el conductor es un niño de no más de diez años. Dentro del autobús a través de las ventanas rotas, un zombi intenta alcanzarle. El pequeño, intenta frenar pero no lo consigue. El vehículo se estampa contra un semáforo. En ese momento entran en acción Lidia y Víctor que se apresuran a sacarle de allí. El zombi tiene medio cuerpo fuera de una de las ventanas, intenta bajarse de allí. No puede, se ha clavado una esquirla de cristal a la altura del pecho. Intenta liberarse, pero no lo consigue, sus órganos de empiezan a escapar de la cavidad torácica.

El pequeño tiene enganchado un cordón de su zapatilla en el embrague. La parte delantera del autobús está totalmente aplastada. Es muy difícil sacarle el pie. Lidia está preocupada, no quiere abandonarle a su suerte. Intentan hacer palanca con una barra de hierro, pero es inútil. En ese momento los aullidos del zombi se dejan de oír; para la tranquilidad de Lidia, sometida a mucha presión. Se está planteando amputarle el pie, para poder sacarle con vida de aquel amasijo.

Abre su mochila en el suelo, saca todos las herramientas que lleva consigo. El niño no paraba de gritar; Lidia sabía que tendría varios huesos rotos del empeine, tenía girado el pie, eso le producía un dolor insoportable.

– ¿Como te llamas pequeño?.- le preguntó lo más serena que pudo.

– Me llamo Tomas. – le dijo el niño entre gemidos de dolor.

– Muy bien muchacho, yo me llamo Lidia y soy médico. Necesito que me escuches. ¿ de acuerdo?.- el pequeño no podía hablar por el dolor, asintió con la cabeza.

– Bueno tu pie está muy malito, no le podemos sacar de ahí, la única manera que tengo para sacarlo es operarlo, ¿lo entiendes? no te va a doler, te pincharé un medicamento para que te duermas un ratito, cuando despiertes, estarás mejor.

– ¿Lo has entendido?.- lidia ya tenía en la mano una jeringa con anestesia.

– Víctor, cuando se duerma necesito que inclines el asiento y mantengas en posición elevada la cabeza.

El pequeño dormía tranquilo, Lidia le rompía la patera del pantalón, la posición le obligaba a trabajar con poco espacio.

– Víctor, necesito un martillo de emergencia..- no preguntó, se fue al interior del autobús y cogió el más cercano. Se dio cuenta que el zombi no estaba, solo quedaban restos de sus intestinos, que colgaban hacía el exterior. Se asomó por ella y no vio a nadie. Regreso al lado de Lidia.

Era una tarea complicada tiene que seccionar con cuidado de no dañar mucho las conexiones con la pierna. Coge el escalpelo y hace una incisión en la parte baja del tobillo. Separa bien los músculos y tendones, para tener más visibilidad al astrágalo. Cómo no dispone de sierra, se ayuda del martillo de emergencias para ir partiendo los huesos. Ya ha liberado al pequeño de su tortuosa muerte. Lima como puede el contorno de los huesos para poder preparar el siguiente paso. Necesita ir colocando los colgajos cutáneos, ha dejado los músculos muy por debajo de la amputación, de manera que pueda doblar, para dar forma al pequeño muñón. Anteriormente se han ligado los vasos sanguíneos de forma individual, los nervios se han cortado limpiamente. Ya está casi listo, ha colocado el drenaje con una goma blanda y ha vendado la operación.

Lidia está exhausta, la operación ha durado cuatro horas, agradece que se tratara de un niño. No hubiese tenido anestesia para un adulto, y se abría doblado el tiempo. Sale quitándose los guantes manchados de sangre, que arroja a una papelera cercana. Coge aire y hace estiramientos, tiene la espalda resentida por la postura que ha tenido durante cuatro horas seguidas, pero está satisfecha con el resultado. El niño se ha empezado a mover, gira su cabecita; le mira y sonríe.

Eric está en el suelo, una terrible migraña le recorre su precoz calvicie. Su ritmo respiratorio se va estabilizando, el color de sus uñas ya no es morado, sino rosáceo. Pestañea varias veces con la intención de apartar esa nubecilla que le impide ver con nitidez. Se arrastra por el suelo hasta llegar al sofá. Haciendo fuerza con los brazos, recupera la estabilidad y se sienta sobre el. Comienza a mover todas las articulaciones, emiten un chasquido quebradizo, acompañado de un profundo dolor. La piel que no ha cambiado le duele como si estuviera en un estado febril. Su temperatura va en aumento. Alarga la mano hacía la mesa auxiliar, allí descansa una botella de agua. Intenta beber. Su labios agrietados y secos, comienzan a sangrar. Un pequeño sorbo y su garganta arde; es como si un gato le arrancara a tiras por dentro. Está asombrado por el agudo olfato que posee, le llega un olor conocido, fresco y limpio, que le recuerda a Lidia.

La sangre de los guantes que Lidia dejó en la papelera, ha despertado el hambre de los caminantes.

Mantuvo la mirada del pequeño unos instantes, no le dio tiempo a más. Por el rabillo del ojo vio con horror que un grupo de caminantes se desplazaban rápidamente hacía ellos. Solo le faltaba unos pasos para alcanzar la puerta del autobús, cuando uno de aquellos cuerpos, salto por la ventana trasera. Víctor les tiraba todo lo que encontraba, para poder distraerlos…, mientras Lidia se cargaba su mochila y cogía al pequeño en los brazos. Salió justo a tiempo, pero Víctor quedo atrapado. empezaron a bambolear con fuerza el autobús hasta que calló hacía uno de sus lados.

Lidia despistó a los caminantes; estaban bastantes ocupados, intentando comerse a Víctor.

Las dosis ya estaban preparadas el rubio las recogió como todos los días a la misma hora.

Michael, le esperaba tras la puerta de madera. Su vida había pasado rápido, demasiado rápido. Llevaba en aquel sótano desde hacía más de dos años, desde su último viaje a Rusia. Ya se está recuperando, gracias al suero que ha podido preparar, es una sustancia que va regenerando el cuerpo. Nadie sabe que lo que él ha creado, pero está orgulloso el suero, salva vidas.

TRES AÑOS ANTES

El avión de Michael aterriza en el aeropuerto de Moscú. Esta algo nervioso, la forma de contactar con él fue muy extraña. Le llegó un fax a la universidad; muchas empresas de otros países gestionan bolsas de trabajo internacionales, era una maravillosa oportunidad de encontrar un empleo estable y bien remunerado. Michael despuntó con la investigación sobre las drogas de diseño. Era muy minucioso y a la vez muy disciplinado con su trabajo. Sabía poco sobre la empresa que le contrató. Le pagarían muy bien…, sin lugar a dudas había sido un acierto aceptar aquel trabajo.

Un taxi le esperaba en la salida del aeropuerto. El taxista mantenía un cartel por encima de su cabeza, con su nombre, Michael Palisit.

Un robusto hombre con facciones europeas le saludo con perfecto inglés y le estrechó la mano. Le invitó a entrar en el taxi. En el trayecto hacía el hotel estuvieron hablando con fluidez sobre el trabajo, le ofreció información sobre la empresa. En el hotel le esperaba su primer contacto con el gerente. En los periodos de tiempo que el contratista dejó de hablar, Michael miraba distraído el paisaje urbano de aquella fría ciudad.

El hotel estaba a escasos 200 metros de la Plaza Roja, un imponente edificio de corte clásico y señorial. La sala de actos se había preparó para la ocasión, estaba en un apartado que se accedía desde la recepción. Michael estaba con la boca abierta, su vida en España se limitaba al laboratorio de la universidad y su pequeño apartamento en Malasaña. Aquel lujo que traspiraban aquellas paredes le sobrecogía.- dudaba poder estar a su altura – no paraba de preguntarse ¿ por qué yo?

Era la pregunta que inocentemente se hacía desde que llegó el fax a la universidad.

Cuando puso el pie en la sala, los veinte comensales, correctamente vestidos le miraron en unísono.

Él sintió un leve rubor que le broto de forma inesperada. Hizo un gesto con la cabeza, pretendiendo ser cortés y saludar. Michael intentó descifrar quien era el gerente de la empresa. Le sorprendió ver a un hombre latino, predominar en el grupo, los gestos de los demás individuos le indicaban que aquel hombre era el gerente. Con pasó firme aquel hombre de no más de cuarenta años se le acerco.

– Michael Palisit, bienvenido a Moscú. Mi nombre es Diego. A partir de hoy estarás bajo mi protección.- le temblaban las piernas, el rubor inicial se fue diluyendo según empezaba a circular toda la sangre de su cuerpo hacía la punta de sus pies.

No lograba entender, por que había dicho .- bajo su protección.- ¿a que se refería?, se supone que me contrató una empresa farmacéutica.- le ofreció un café y le dio unos ligeros toques en el hombro, para que le siguiera.

– Bueno, me imagino que estarás al tanto del trabajo que vas a desempeñar para mi.- le miraba de reojo. – seguía dándole vueltas al contrato que firmó en España.

– Sí, he traído una copia de mi contrato, lo he leído varias veces. Y estoy de acuerdo con todos los puntos.

– ¿Entonces a que viene esa cara de sorpresa? .- le miraba fijamente, esperando una respuesta.

– No, solo me ha dejado un poco sorprendido ese comentario.- un breve silencio.

– ¿A que te refieres? a estar bajo mi protección. .- Michael da un pequeño sorbo a su café.

– Si, así es.- le mira de soslayo.

– Bueno muchacho, te aclararé todas tus dudas cuando estemos en la empresa.

La reunión duró más de cuatro horas, estadísticas, productos, incentivos. Michael salió contento, pero lo que no sabía era que el trabajaría para terceras personas.

Un coche con chófer le recogió al día siguiente muy temprano. Pararon para desayunar. Michael desconocía en qué lugar estaba situada la fabrica farmacéutica, donde trabajaría como director de un nuevo proyecto. Sobre sus piernas tenía un maletín con el logo de la empresa, dentro un portátil y toda la documentación necesaria para comenzar a trabajar.

El coche salió de Moscú, cogió una autopista secundaría, todos los carteles estaban en ruso. No entendía ni papa. Veía al tosco chófer a través del retrovisor. Era un hombre muy corpulento, con el pelo cortado al uno. Una fina línea como labios, que dibujaba una gran boca, quizá demasiado desproporcionada para su cara. Su mirada daba miedo. Después de más de media hora de camino, el rubio habló en perfecto castellano.

– Estásss, preparado. – arrastraba un poco las terminaciones de las palabras al hablar, pero su entonación y fluidez era muy buena.

– Bueno, ahora que lo dice, estoy un poco asustado. – la risa socarrona del rubio, hizo empañar los cristales.

– Eso son los primeros años, después de entrar en esta secta, te darás cuenta que es una gran familia. – Michael no sabía, si llorar o reír. No sabía como tomarse ese burlón comentario. Solo se le ocurrió mirar por la ventana mientras las risas del rubio resonaban dentro del coche.

©Julia OJidos Núñez

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ADICTOS VI


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ADICTOS VI

Peligro

Lidia sigue preocupada, se ha despertado agitada. Ha tenido una pesadilla. Solo recuerda algunas secuencias.

Se encontraba en un lugar lúgubre, estaba de rodillas. La oscuridad era cortante. Se veía a ella misma. La imagen de su cara ajada por el llanto, el miedo personificado en su mirada; su brazo se desquebrajaba en jirones, el cuerpo se le cubría de pústulas que explotaban. De repente una luz que proviene de arriba la ilumina. No deja de mirarla, es cálida…, alguien se asoma desde la apertura. Después, desde la oscuridad, un montón de brazos y manos proliferan sobre su cuerpo. En ese momento despierta…

Está aturdida, se da cuenta de que lleva la misma ropa que el día anterior. Le cuesta situarse. Tiene todo el cuerpo dolorido y su ropa tiene un olor putrefacto que aviva los sucesos de la noche pasada.

Se levanta con dificultad y mira por la ventana. Le asusta la idea de que alguien la siguiera anoche. Hace un pequeño recorrido por la calle y en la esquina de enfrente, ve a Víctor observando su portal.

En ese momento suena el teléfono, no sabe si cogerlo. En el tercer timbrazo, levanta el auricular. La voz de Éric la reconforta, pero a la vez le preocupa. Habla arramblando las palabras. Le escucha con atención.

– Lidia, están por todas partes…,- el silencio, anticipa el desastre.

– Necesito que me hagas un reconocimiento médico. Creo que estoy infectado. He anotado todos los cambios desde el mordisco. Me he suministrado un antibiótico por vía para poder retardar el efecto de la sustancia verde. Los dolores son horribles Lidia.

En ese momento Lidia dejo de oír a Éric, su teléfono emitía el sonido intermitente de comunicando; la llamada se había cortado.

Éric seguía luchando contra ese enemigo invisible. Se acuerda de un documental que emitieron hace poco por televisión. Hablaba de los dragones de Komodo, la saliva de los reptiles era altamente tóxica, como depredador infalible muerde a su victima para infectarla. El alto contenido en bacterias recorre el cuerpo de la víctima; en pocos días le causa la muerte.

En el cuarto de baño guardaba más de cinco extracciones de sangre. Necesitaba averiguar y poder estudiar la evolución de aquella sustancia. Su apariencia cambiaba deprisa. La piel comenzaba a escamarse por detrás de las orejas.

Las uñas estaban azuladas, la circulación sanguínea se volvía más lenta. Su ritmo cardíaco se ralentizaba; su respiración era arrítmica. La fatiga se apoderaba de él.

Es como si estuviera en estado de hibernación. Sus funciones vitales se activan de forma intermitente.

Alguien llama a su puerta, la precisión de los golpes le hace prever que no es nadie conocido. Guarda todas las extracciones en un viejo armario. Comienza a ponerse nervioso en el mismo momento que coloca el ojo sobre la mirilla de puerta. Un hombre rubio insiste golpeando con fuerza la jamba. Estuvo pensativo unos segundos y lejos de amilanarse abrió la puerta.

– ¿Sí? – intento sonreír, pero solo apareció en su jodido rostro una sonrisa despectiva.

– Vamos adentro. – el rubio le empujó al interior, su tono ofuscado y la fuerza de sus brazos, hizo que Éric se tambaleara cómo un muñeco de papel.

Éric empezó a notar que su cuerpo respondía de forma agresiva, el pelo ralo que cubría la parte alta de la cabeza se erizó como a un gato. Notó que los ojos le escocían, que perdía por un momento la visión. De repente, desaparece ese cansancio que arrastra durante días, se encuentra vital. Anota en su memoria esos nuevos detalles sutiles para investigar su caso. Parece que su ritmo cardíaco es normal al igual que su respiración; se ha vuelto rítmica. Todas estas sensaciones las recoge en milésimas de segundo.

Desde el otro lado de la habitación se encuentra el rubio, con gesto anonadado, espera las preguntas de Éric. Le escrutaba por encima del hombro. – Éric comienza a reaccionar.

– ¿Qué coño quieres? – ahora el ofuscamiento se desprende de Éric con furia, casi con tanta crueldad como se va desprendiendo del pelo de su cabeza.

– ¿Te has mirado al espejo tío? a mí no me hables en ese tono y escucha. Esa mierda que recorre tu cuerpo donde la conseguiste. – el rubio muestra su mejor sonrisa, tensa los finos labios hasta que desaparecen, entrando en escena un blanco muestrario de fundas postizas.

– Yo no consumo drogas, si es eso a lo que te refieres. – se rasca la cabeza y un mechón de pelo se le desprende con facilidad. Su gran deterioro es palpable.

– Creo que tienes un verdadero problema Éric, no solo tú. Tu querida amiguita Lidia está jugando con fuego. Anoche estuvo muy ocupada, investigando en la morgue.

– No se te ocurra tocarla ni un pelo, te juro que si la tocas… – antes de acabar de hablar tenía el rostro del rubio pegado a su nariz. Sus ojos marmoleados arrastraban un toque siniestro.

– Lo que has oído, no la toques ni un pelo. – el rubio rompió el aire con una larga carcajada.

Pensaba que Éric era un jodido insensato, desafiándole de ese modo, le hacía gracia su actitud lejos de amilanarse…, se hacía más fuerte. El rubio comenzó a relajarse y decidió marcharse. Antes de salir por la puerta y de forma despectiva, le arrojó a la cara una pequeña bolsa llena de un fino polvo blanco.

– Creo que vas a ser útil. Te recomiendo que si quieres vivir. Inyéctate esta mierda. Si no lo haces puede que no dures hasta mañana. – cerró la puerta de un portazo.

Éric corrió al cuarto de baño, observó detenidamente su aspecto, cogió el bloc de notas y comenzó anotando la hora y los cambios que su cuerpo iba teniendo.

Se asustó al ver que su pelo era más ralo que hacía unas horas y se caía con facilidad. Sus cejas estaban descolgadas apenas le brotaba pelo de ellas, parte de su cara sé desfigurada en un medio colapso. Por desgracia parte de los músculos de su rostro no aguantaban tensos y daba la sensación que se deshacía hacía la barbilla. Su brazo mordido olía a podrido, un color amarillento y violáceo cubría la zona que aún se mantenía intacta. Alrededor del mordisco no había carne viva, le colgaban los tejidos muertos, la descomposición avanzaba sin que él pudiera encontrar una solución. Necesitaba que Lidia fuera a su casa.

Irina había quedado con un supuesto cliente. Se había puesto muy elegante, su jefe le había hecho ese encargo. Engatusar a un empresario chino para que distribuyera su droga por la extendida comunidad china en Madrid. Quería ampliar sus fronteras, aunque ya se había enterado que tenía tras de sí un maldito competidor del que no sabía nada.

La limusina esperaba en la puerta del portal de su reformado piso. Estaba radiante, desde que consumía la droga que le suministraba el del sótano había recuperado su belleza, las manchas en la piel habían desaparecido. Lo que más le gustaba es que no le cobraba nada. Ni siquiera le pedía una mamada. El caso es que la mirada de ese extraño hombre le recordaba a alguien conocido, pero su aspecto dejaba mucho que desear, Irina sospechaba que era de su edad.

El restaurante chino que regentaba, era muy lujoso, el servicio era exquisito. La sala privada estaba repleta de muebles orientales y originales tapices de seda que se distribuían por las paredes. En la misma habitación tenían el servicio de cocina; un cocinero para ellos dos. Un verdadero lujo.

El posible cliente era un hombre con pocos rasgos orientales, dentadura perfecta y una bonita sonrisa. Impecablemente vestido y muy educado. Hablaba perfectamente el castellano, aunque en algunas palabras se notaba ligeramente un matiz oriental.

Hablaron de muchas cosas; le comentó que había estado casado dos veces, pero que se divorció de sus dos mujeres. No entendía a las mujeres orientales. Así era la metáfora de su vida, un oriental que no entendía a las mujeres de su misma raza.

A Irina le dio la impresión de que le estaba tirando los tejos.

Al terminar la cena, sin abandonar su sonrisa, la ofreció una copa en su lujoso apartamento. Irina aceptó sin remedio. Aunque estaba muy cómoda con él. No quería llegar a más. Su jefe le dijo; que quería el contrato, costase lo que costase, eso incluía, el revolcón de una noche. Y cómo no, probar la sustancia.

El apartamento estaba situado en el paseo de la Castellana. Irina queda asombrada de la amplitud de este. El toque colonial con muebles de Teka y ébano rompen con un estilo vanguardista; una combinación extraña, pero que sin duda, no desentonaba con ningún complemento. Los jarrones de suelo. Las lámparas de araña y obras de arte auténticas, instauraban su estilo personal. A través de unos grandes ventanales se divisaba una amplia terraza custodiada por un Buda de piedra. Era hermoso salir a aquel espacio, se veían las tenues luces de la ciudad. El aroma del asfalto cambia a esa altura, es más fresco y limpio. Las estrellas dejan pequeños destellos en las nubes vaporosas. Irina esta muy cómoda, su mano sostiene una copa de champan francés; que nunca había probado. Le agradaban las charlas sobre cosas corrientes con el nuevo cliente. Aunque no había tocado el tema del negocio. Quería saborear el bienestar que en esos momentos sentía. Sus emociones estaban enfrentadas. Este caballero le trataba con respeto, la escuchaba y en ningún momento la insinúa sexo. Hacía mucho tiempo que Irina no se sentía feliz, pero esa noche si lo estaba.

Víctor intenta subir a su casa, el rubio se marchó hace un par de horas después de recibir una llamada a su móvil.

Necesitaba ducharse, ponerse ropa cómoda, documentación, sobre todo su cámara espía y su portátil de viaje, solo lo usaba para eso; en casa disponía de un Mac, pero cómo bien sabía ya estaría intervenido. Le seguían, sus sospechas le hacen pensar…, creen que ha descubierto algo importante y por eso están tras él. Necesita hablar con Lidia y saber que está bien. Antes de dirigirse a su casa, compra dos móviles con tarjeta, que paga en efectivo, las pone al nombre de una antigua revista donde trabajó.

Llega a la parte alta de la avenida donde vive Irina, le sorprende verla vacía. Solo ve a lo lejos un caminante que levanta sus sospechas. Arrastra su cuerpo, no flexiona las rodillas para andar. Está lejos y no puede distinguir con claridad su rostro. En ese momento doblan la esquina varios individuos de aspecto enjuto, carecen de pelo en parte de su cabeza. Se les oye comunicarse cómo los individuos que había en la morgue. Víctor necesitaba entrar en el portal de Lidia. Se cobija en la esquina de un edificio; en sus bajos se oye música. Cree que no le han visto. No circula ningún coche por la zona. ¡Es tan extraño! – piensa fugazmente Víctor. Se asoma por el perfil del edificio con cuidado de no ser visto. Los caminantes han desaparecido. Víctor teme que entren en cualquier edificio. Sabe de primera persona lo que ocurre si te enfrentas a ellos. Ha descubierto que no tienen muy buena visión, pero que su olfato es muy audaz. También ha detectado dos tipos de contagio, uno es la sustancia y otro además de la mordida, el contacto directo de fluidos. Esos términos los tenía más que claro.

Lidia se había dado una ducha, la ropa que llevaba la noche anterior la quemó en la bañera. Se puso ropa cómoda. Cogió una gran mochila donde depósito instrumental quirúrgico, morfina, antibióticos y demás elementos médicos necesarios para solucionar una emergencia. Estaba aterrada por la conversación que había tenido con Éric, justo después de colgar se puso a llorar desconsolada. Intentaba encontrar alguna explicación a lo que estaba ocurriendo. Era algo tan abstracto, imposible de creer si no lo vives en primera persona. Necesitaba armarse de valor e intentar encontrar una vacuna o un suero efectivo para la atrocidad que sembraba muerte y contagio por todos lados. Desconocía si era de forma global o solo ocurría allí.

Volvió a mirar por la ventana y allí estaba Víctor, llevaba una mochila; miraba de soslayo hacía el comienzo de la calle. Desde aquella ventana Lidia podía ver poco. Así que se dispuso a subir sobre la bañera, donde una pequeña ventana se abría hacía aquel lado de la calle.

La ventana abatible se abrió, dejando un paisaje poco atractivo para Lidia. Al comienzo de la calle divisó los primeros Zombis, no conocía sus rostros, pero su aspecto era aterrador. Desde allí podía oír el chasquido de sus lenguas, su llamada. Unas cortinas del edificio de enfrente se movieron, alguien estaba mirándola. Una mujer de mediana edad contemplaba a aquellos seres. A lidia se le ocurrió una cosa.

Descolgó de la pared de la cocina una pizarra magnética donde anotaba recetas y listas de la compra. La borró con el puño. Escribió;

Cierre la puerta con llave

No hable, desconecte el volumen del teléfono.

Manténgase en silencio.

Enciérrese en la habitación más alejada de la puerta.

No abra a nadie.

Lidia estaba nerviosa, no sabía cómo llegar hasta la casa de Éric. Víctor ya no estaba en la esquina. Alguien mueve muebles de forma violenta en el piso de arriba, se oyen los gritos de mis vecinos. Lidia sabe que ya están dentro. Esta muy nerviosa, aguza el oído, los ruidos en la parte de arriba se han disipado. Intenta abrir la ventana, pero en ese momento se queda paralizada, la más joven de las hijas de la vecina se ha tirado por la ventana. Ha caído sobre un coche aparcado en la acera. El ruido del cuerpo al caer ha sido una dura bofetada al ánimo de Lidia. Se oye el chasquear de las lenguas moradas y putrefactas, el olor se cuela por las rendijas de la puerta. Están cerca.. la puerta empieza a oscilar. Alguien desde el otro lado quiere abrirla. Están empezando a romperla. Se oyen cristales rotos en la cocina, lidia se desplaza rápidamente y ve con alivio que es Víctor. Se ha colado en el portal y ha entrado por el patio comunitario, desde ahí ha trepado por dos terrazas hasta alcanzar la cocina.

– Lidia, corre, sal por la ventana. – Víctor intenta ganar tiempo y empuja la mesa de la cocina hacía la puerta. Acumula varios armarios sobre esta.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: http://youtu.be/p7YTRwANzw0

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