HISTORIAS DE WHATSAPP III (septima parte)


calaveras

                                                                         Una nueva dirección

Patricia estaba bastante temerosa, quería coger un taxi y desaparecer de allí. Las calles estaban vacías, el frio calaba los huesos. Las pisadas habían dejado de ser audibles. Inhaló aire frio y se dirigió a la calle principal. Frente a ella un taxi con las luces apagadas. La silueta del conductor se veía por la luna trasera. Se acercó a la parada con cierto alivio. Dio pequeños toques en el cristal del conductor. Un hombre de mediana edad con una sonrisa en los labios, bajó la ventanilla.
– ¿En que la puedo ayudar señorita? – en ningún momento apartó la mirada de su cuerpo. –Comenzó a sentirse incomoda.
–  Necesito que me lleve a esta dirección. –le entregó un trozo de papel con una calle escrita.

Lleva quince minutos sentada en el asiento trasero del taxi, comenzó a relajarse. Había entrado en calor y le venció el sueño. El taxista comprobó por el retrovisor que su cliente estaba dormida y cambió de ruta. Después de más de media hora de trayecto, Patricia se despertó. Se estiró levemente, parpadeó varias veces para acoplar su visión a la oscuridad. Miró por la ventanilla y no reconoció aquel lugar. El coche se había detenido, no había mucha iluminación. A la izquierda la oscuridad se perdía en un descampado. A la derecha una hilera de pequeñas casas unifamiliares. Está intentado comprender que hace allí. El taxista sin mediar palabra se apea del vehículo y abre la puerta trasera. Se abalanza sobre ella brutalmente. Patricia le araña el cuello, intenta zafarse del agresor, pero no consigue su propósito. La golpea hasta que pierde el conocimiento. La arrastra por los pies, hasta que su trasero quede al borde del asiento. Se inclina para cargársela al hombro. En uno de los laterales de la casa hay una trampilla que desciende al sótano. Tenía todo preparado detrás de la vieja vitrina. Según descendía una sonrisa malvada se dibujaba en su rostro. Sabía que aquella noche había tenido mucha suerte, Patricia fue una de las chicas que más le gustó después de Lucía. Todas tenían algo en común, se habían registrado en la nueva aplicación de Whattsapp. Todas bajo el mismo reclamo, conocer a gente y disfrutar del sexo.
Encendió una linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Dejó el cuerpo de Patricia sobre el sucio suelo del sótano. Jadeaba excitado, incluso llegaba a salivar de forma exagerada. Su sexo le dolía irremediablemente. Tenía que poseerla en ese momento. No podía aguantar más. Después de mover la vitrina dejó la linterna a la altura de la cara de Patricia, quería que despertara, pero sería demasiado peligroso que le viera la cara, otra vez. Así que la puso bocabajo. Bajó sus pantalones, deslizó sus dedos por el interior de sus muslos. Acaricio sus glúteos, separo despacio sus piernas. Con manos torpes se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y embistió como si fuera la última vez que pudiera saborear ese trofeo.
Cuando acabó se limpió con el pantalón de la joven. Desapareció en la oscuridad de la pared. Unos minutos después tenía a Patricia en una robusta mesa de madera, por encima de ella, metidos en una red, varios cráneos colgaban del techo.

                                                                         LA NOCHE DE LAS PUJAS

Jessica lleva varias horas esperando ser elegida, pero no le gusta ninguno de los que pujan por ella. Cuando comienza a despejarse la sala, ve a un hombre de mediana edad que se acerca a ella. Se inclina y le dice algo al oído. Ella comienza a ruborizarse y asiente con la cabeza. El atento hombre la coge la mano y la llevan a la parte trasera del local. El pasillo es muy estrecho, casi no cogen uno al lado del otro. Ella está contenta de que por fin alguien se fijara en ella. Siente sus manos en la cintura, se estremece de excitación. Es un espacio estrecho y solitario, apenas se alcanza a oír el ruido del interior. Ella se acerca excitada y empieza a morderle los labios, los pequeños pellizcos hacen que su erección comience a rozarle el pubis. La joven da un pequeño salto y se cuelga de su cuello, manteniendo la espalda apoyada en la pared. Él pellizca sus glúteos desnudos, ella gime de placer. Con su mano libre aprieta con fuerza su cuello mientras la penetra. Deja escapar largos gemidos que se pierden en sus oídos, mientras ella abandona lentamente la conciencia. Después de permanecer dentro de ella varios minutos, no puede aguantar su peso por más tiempo y la deja caer al suelo. Después de recuperar la cordura, llama a una ambulancia.
La ambulancia aparece por el callejón con las luces apagadas y disminuyendo la velocidad. Desde la puerta trasera del Pub solo se aprecian dos ocupantes en la parte delantera. Un aviso de WhatsApp le informa que la zona está despejada. Los dos ocupantes del vehículo salen con la cara y la cabeza cubierta por completo. Abren la puerta de atrás y sacan una camilla.
– Trabajo hecho. Dame mi pasta. – solo puede ver sus ojos hundidos. -Después de acomodar a la joven en la ambulancia, el copiloto le entrega una bolsa de deporte.

Elena y Óscar están esperando a Jack en la puerta del restaurante, están hablando en clave. Saben que dentro de unos días todo habrá acabado, serán libres y ricos.
Jack llega en un taxi, su aspecto es lamentable.
– Hola, Jack, que aspecto más horrible tienes. –Le dice su amigo mientras mantiene la mano sobre su hombro.
– No me encuentro bien, eso es todo. Creo que es porque tengo hambre.
– Entonces vamos a entrar. Que hoy invito yo.

Elena estaba radiante, Jack es la primera vez que se fijaba en las miradas entre ellos dos. Recuerda con estupor el vídeo que le mandaron hace unas horas y un punzante dolor atenaza cerca de su pecho. La velada fue bastante agradable, aunque un poco forzada por su parte. Cuando acabaron el postre Jack recibió un mensaje en su móvil. Lo sacó, no sin antes disculparse en la mesa. Mantuvo el teléfono por debajo de su pecho, para que nadie pudiera leer el mensaje.

– Lo siento, debo hacer una llamada. Se levantó dejó su servilleta sobre el mantel y se alejó hacia el aseo.
No había nadie en los baños, se dirigió al lavabo, frotó con jabón sus manos, las mantuvo debajo del agua templada. Estaba pensativo, mirando de frente al espejo. Intentando guardar la compostura, mientras secaba sus manos. Alguien entró en uno de los habitáculos. No sabía si era el que esperaba. Solo le llevó varios minutos para averiguarlo. Esperó a que saliera. Entonces descubrió que era el contacto. Sobre el retrete había una bolsa. Jack la abrió con manos temblorosas, en su interior había mucho dinero y un portátil. En el momento que vuelve a cerrar la bolsa, recibe otro mensaje.

– Espera instrucciones.

Sale mareado de los lavabos, comienza a tambalearse. Intenta serenarse y dirigirse a la mesa de la forma más discreta posible. Ha guardado la bolsa en un cubo de basura en el exterior del restaurante. Regresará más tarde para recogerlo. Sabe que la recogida de basuras es por la mañana.

Olivia ha recuperado la conciencia, está bastante animada. Apenas tiene lagunas, aunque todavía tiene fuertes dolores de cabeza, recuerda con claridad como ha llegado hasta allí. Sonríe a las enfermeras mientras terminan de hacerle las pruebas diarias. Sabe que su vida corre peligro, así, que intenta no decir la verdad. Todos los días Martín le interroga sin autorización. Él quiere saber si se acuerda de su cara y si podría ser una amenaza. Por seguridad, mientras Olivia responde a las preguntas de Martín, la enfermera y un oficial de policía tiene que estar presente en la interrogación.

Lucía está muy débil sabe que alguien ha estado con ella varios días, pero deliraba y no podía ni hablar. Su muerte se aproxima, apenas puede mover las manos. Respira con dificultad. Mantiene los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Nota un ligero movimiento que le produce vértigo. Oye fuertes ruidos de máquinas, mucha gente hablando. Ya no tiene fuerzas para gritar. Intenta coger aire y lazar un fuerte grito, pero apenas brota en sus labios. Su corazón bombea despacio, la falta de oxígeno hace que reciba pequeñas sacudidas. Su cuerpo está cubierto por pequeñas venas azules que se dilatan por falta de impulso sanguíneo. Comienza a tener frio, mucho frío. La luz de sus ojos desaparece, una extraña capa grisácea se adueña de su iris. Ya no tiene movimiento en su abdomen, su corazón ha dejado de latir. Su oído sigue unos minutos funcionando, oye con claridad donde está. – Desguaces Cintrón, al sur de la ciudad.

–  Ese coche lleva mucho tiempo en la grúa. Le tenemos que empacar. – el operario de la grúa mueve el coche suspendido y lo suelta en la trituradora.

Lucas está haciendo una inspección ocular antes de que su equipo baje al sótano. Intenta cubrirse la nariz con la manga de su cazadora, pero el hedor es tan fuerte que le produce mal cuerpo. Las luces de allí abajo son testigos de las atrocidades que habían sido practicadas en aquel lugar. La mesa de madera, estaba cubierta por una lona de color oscuro. Debajo de esta se encontraba el cuerpo de una mujer joven. A simple vista Lucas sabe que es una de las desaparecidas, la reconoce por uno de sus tatuajes. Muy similar al que tiene Lucía en los glúteos. No se puede reconocer su rostro. Le han quemado la cara con ácido. Por ahora no quiere seguir examinado el cuerpo hasta que no baje el forense. Se recrea en las paredes y en una vieja estantería donde el asesino guarda en tarros sus trofeos. Se fija en la cantidad de cráneos que hay colgados del techo, metidos en una red.

©Julia OJidos Núñez
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EL FOTÓGRAFO DE ALMAS


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Todo comenzó con un sueño, no era un sueño de sus vivencias, era una señal; castigado por esa locura que le persigue, intenta canalizar ese sueño que le trae de cabeza. Andreu un joven ingenioso, un extraordinario inventor. En su viejo taller deposita su sabiduría, noche tras noche, sin descanso. Está convencido que ese invento será algo mágico y grandioso, le dará un poder que pocos pueden alcanzar. Hace unos años experimentaba con sales de plata, con grandísima fortuna por cierto, descubrió las altas propiedades fotosensibles. Pero no quedó ahí, en sus manos cayó el manuscrito de un apasionado alumno de Leonardo da Vinci que plasmó en papel, sus grandes inquietudes en un pequeño boceto; donde una caja cuadrada proyectaba un haz de luz en una mesa. El sueño del joven inventor era idear una maquina que proyectara imágenes de personas en tiempo real. Una luz tenue se veía aquella noche en el taller, una gran cantidad de velas, velaban los sueños locos de Andreu, solo quedaban unas pocas sin consumirse; el olor a cera y el humo negro que lanzaban al aire, proyectaba unas tétricas sombras en la pared. Lucía una barba de varios meses, desaliñada y cubierta de polvo de la madera que lijaba con sus manos. La caja estaba casi lista, el orificio en uno de sus lados deja ver una especie de lente. Tras el fracaso de sus otros experimentos, materializaba una felicidad creciente convencido de que ese sería el último de ellos. Estaba orgulloso de su trabajo, ajustó la correa de cuero a ambos lados de la caja para poder trasportarla y apagó la última vela sin consumir.

Esa noche cesaron los sueños, pero algo le despertó violentamente. Se incorporó en su catre, aguzo el oído. El sonido que escucho a continuación hizo que su cuerpo se pusiera en alerta, una extraña sensación se aproximaba a él, le hizo saltar de la cama. Algo sin color ni forma empezó a subirle por los pies, una humedad fría se arrastraba por su piel, dando paso a un miedo incontrolable. Su agonía ascendía como aquella sensación que se amarraba a su cuerpo sin pedir permiso. De repente el lejano aullido de un lobo, hizo que aquel ser que se escondía en la penumbra desapareciera de inmediato de aquel lugar.

Amaneció soleado, la niebla se disipó al alcanzar el día. El joven inventor, estaba pletórico, hoy era el día que presentaba su proyecto en la escuela de inventores de Londres. Parecía otra persona, se había recortado su barba, lucía sus mejores galas, le acompañaba su recién barnizado bastón de castaño. Consulto su reloj que guardaba con cariño en el bolsillo de su chaleco, antes de poner el pie en el primer escalón de la sala de inventores; regresó a él aquella sensación que le dejó sin aliento la noche anterior. Su cuerpo se tensó, cogió una bocanada de aire e intento entrar en la sala con una sonrisa.

Todos esperaban impacientes su llegada, confiaban en las ideas y proyectos de aquel apuesto joven que dedicaba sus días al estudio, y las noches a completar con prácticas aquellas ideas locas.

El presidente de la congregación se levantó consultando su reloj;

– Un joven puntual, Andreu.

– A la hora del primer té de la mañana, sin duda.

La mesa central estaba preparada, para que Andreu mostrara su artilugio.

– Bueno, comencemos-. Andreu colocó el pesado artilugio sobre la mesa, junto con otros aparatos que los demás miraban con asombro.

Comenzó a hablar, al principio sus inseguras palabras causaban impertinentes miradas y leves bostezos en la sala. Hasta que alguien desde el otro lado de la estancia le preguntó;

– ¿Dices, que ese aparato puede captar cualquier imagen y dibujarla en papel?

– Si, eso es…

– Demuéstralo, ¿cómo llamas a ese proceso tuyo de inmortalizar una imagen?, ¿Por qué de eso se trata, querido Andreu?

– Señor, la magia que usted está a punto de presenciar se llama daguerrotipo.

– Las risas sarcásticas, movilizaron la sala-. Todas las miradas se dirigieron al delgado hombre que pronunció su voz al otro extremo.

-Interesante concepto, puede usted dedicarme una descripción del proceso.

Los ojos abiertos de todos los asistentes, mientras Andreu preparaba el aparato para realizar la prueba, le hizo perder el miedo y explicaba con esmero desde la combinación exacta de los vapores de yodo y la lámina de cobre plateada, pasando por el negativo y el positivo, este último sobre papel. Llegó el momento de la prueba, el primero en pasar por ella fue el osado y meticuloso hombre que irrumpió en los pensamientos del joven inventor.

– Señor, ¿dónde quiere usted posar?, le recomiendo al lado de la ventana.- Andreu corrió hacia un lado los cortinajes y la luz entro a raudales por la ventana.

El pose majestuoso del caballero, dejó a todos con una sonrisa en los labios.

Andreu se colgó en el cuello la cinta que unía al aparato y tapó su cabeza con un largo trapo negro, apunto en dirección al participante, después de un chasquido, volvió a colocar la maquina sobre la mesa e inicio el proceso que duraría aproximadamente una media hora, para conseguir su objetivo.Diseñó una gran caja de madera para que los vapores se acumularan e impidiera que los negativos cogieran la luz del exterior.

En la sala se oían los murmullos de los grupos que se habían establecido esa tarde, algunos en contra y otros a favor del proyecto. El ambiente era selecto, los trajes de estilo Eduardino de aquellos hombres valían una fortuna, sus peinados bigotes, cortados con esmero según anunciaba la moda. Todos ansiosos consultaban su reloj.

Andreu seguro de sí mismo, se quedó mirando por la ventana abstraído de lo que hablaban en la sala, solo tenía pensamientos hacía aquella extraña sensación que le perseguía desde anoche.

Llego la hora y Andreu consultó por última vez su reloj, después del proceso de las láminas de cobre, fue plasmar en papel aquella imagen cerca de la ventana.

El primero que tomó aquel papel en las manos, se quedó pensativo mirando su imagen reflejada, con la misma postura y gesto.

– Asombroso Andreu, enhorabuena muchacho-. Uno a uno el papel fue cuidadosamente desfilando por las manos de los asistentes.

Se rompió el silencio y la sala se llenó de aplausos, de vítores que anunciaban el gran invento de Andreu el que mantenía es su castigadas manos.

– Señores, hay que celebrarlo.

– Brindemos por este joven inventor lleno de sorpresas.

Las risas y los encargos dejaron agotado al joven Andreu, que marchó a su taller con el mayor tesoro construido hasta ahora.

Limpió su obra para poder utilizarla al día siguiente; de la vieja cartera de piel que llevaba consigo, cayó su primera imagen. No le había dado tiempo a verla con atención, un escalofrío le recorrió el cuerpo; apoyado al lado de su particular modelo, una sombra traslucida, golpeaba la visión del inventor. Con la ayuda de una lupa, descubre que la imagen que aparece ante sus ojos, es una forma demoniaca, que parece abrazar el hombro del delgado hombre. En ese momento, el eco de un ruido ensordecedor se apodera del taller, alguien o algo golpea la puerta. Al acercarse, un inmenso frío se cuela por debajo de esta, descompuesto y con manos temblorosas, acompañado de un farol; abre la puerta. La sensación que descubre después, es como caer por un precipicio. Una fría lengua lame su cuerpo dejándolo sin fuerzas para avanzar, el farol que lleva en las manos cae al suelo, pero antes de que se golpee contra él, lo ve levitando a la altura de sus ojos. Entonces puede apreciar esa fantasmagórica figura que le atrapa y no le suelta.

Esa figura acarreó su cuerpo al interior del taller y lo deposita en el catre. Se acercó a su rostro y sopló la llama del farol.

El canto de los pájaros anunciaba el nuevo día, Andreu se levantó con un ligero dolor de cabeza. Encendió la chimenea y puso agua a calentar. Dirigió su mirada a la gran mesa donde ayer después del agotador día limpiaba su caja oscura. Para su sorpresa, al lado de la imagen en papel que efectuó en el club, una imagen que no recordaba posaba sobre otro papel. Era el mismo, la imagen la había visto en algún sitio, estaba junto a la puerta de su taller, en la mano derecha sujetaba un pequeño farol, cogió de nuevo la lupa y detrás de él una imagen pétrea se colaba en la habitación, abría su boca, emitiendo un sonido sordo.

Consultó su agenda y uno de los fundadores del club, le pidió que fuera a su casa para sacar una imagen de su familia. Andreu dispuso todo lo necesario para realizar esa operación. Aunque estaba asustado con los nuevos descubrimientos, se fue caminando por las calles de Londres hasta llegar al domicilio de su compañero y amigo Frank.

Todo estaba dispuesto, la habitación elegida es una gran biblioteca, la familia de Frank estaba dispuesta en varios asientos mirando atentamente las indicaciones de Andreu.

Hizo varias, para poder elegirlas, pero se temía lo peor. Un miedo imparable le marcaba el ritmo del día, sin darse cuenta que lo que había descubierto era un logro que traspasaba lo natural.

Las risas y agradables comentarios de elogios inundaban la sala de té, Andreu miraba fijamente a la joven hija de su amigo, que conversaba atentamente con los hombres de la casa. Andreu consultó de nuevo su reloj, la impaciencia le invadía, quería contemplar la imagen que había tragado su caja oscura, quería visualizar en papel. En aquel preciso momento, el mayordomo de Frank irrumpe en la sala con una nota. Después de que Frank levantase la mirada se la ofreció a Andreu. Mantuvo la nota en sus manos sin querer creérselo, el hombre delgado y vanidoso que posó para él, había fallecido, se había suicidado, le encontraron en sus aposentos con una soga al cuello.

Las inquietantes palabras que Andreu leyó en aquella nota, dejó en el olvido la imagen realiza aquella mañana. Al día siguiente mientras tomaba una taza de té en su viejo taller alguien introdujo un sobre por la ranura de la puerta. Tardó varios minutos en reaccionar, estaba conmocionado por la desgraciada muerte y empezó a dar forma a una idea que no se quitaba de la cabeza. Pensaba que su caja oscura plasmaba la imagen de almas en pena, que se llevan a su mundo a determinadas personas, por otra parte, declinaba esa idea, pensaba que su forma de pensar rozaba la locura.

Abrió la carta, en ella su amigo Frank le comunicaba que una de sus hijas se había puesto muy enferma. El devastador mensaje, hizo que Andreu tirara su taza al suelo. Corrió hacía la caja oscura, a su lado estaba las imágenes de la casa de Frank, todo estaba en orden, pero solo transcurrieron unos segundos, cuando empezó a formarse detrás de una de las hijas de su amigo, la extraña figura desdibujada, posando una extensión de su cuerpo en el hombro de Anet. Un profundo terror se apoderó de Andreu, cogió su caja la colgó del cuello y pasó toda la mañana tomando imágenes de gente paseando por las calles de Londres. Quería desmostrar a sí mismo que su invento no estaba poseído por el mismo diablo. Entraba y salía del taller mirando las imágenes que había tomado, las calles se mostraban limpias, sin almas, pero en las fotos de algunas personas, le acompañaba la imperturbable forma que se colaba segundos después en cada imagen. Le llamó la atención la imagen de un perro, en uno de los callejones, ladraba asustado en todas las direcciones, la silueta no estaba a su lado, parecía que se movía sobre él. En aquel tenebroso callejón, aparecieron más formas, con siluetas diferentes. Incluso se podría decir que con aspecto más humano.

Andreu formó una larga fila en la mesa con la primera y última imagen, pasó la lupa por toda ellas y fue dibujando en un papel el proceso de esa demoniaca figura que alteraba sus pensamientos. En efecto, de alguna forma esa primera y vaporosa figura empezaba a coger cuerpo, según pasaba el tiempo a cada trazado de la imagen.

La sonrisa de Andreu le impresionó a él mismo, llevaba mucho tiempo sin dormir ni comer, solo oía los susurros más cercanos cada noche. Se había convertido en un ermitaño, su caja le dio a conocer por todo Londres como el fotógrafo de almas, le llamaban de todos los puntos de Inglaterra, cada vez que alguien influyente caía enfermo, querían sacarle una imagen para saber si iban a ser pronto herederos, la imagen mostraba si el enfermo iba a morir o no.Solo tenían que esperar unas horas.

Durante muchos años Andreu se dedicó a perfeccionar su caja oscura, se hizo con una gran fortuna sacando imágenes de gente. Pero se volvió un hombre ruin, solitario, su única obsesión era esa caja demoniaca que inventó con ilusión cuando era joven.

Estaba enfermo y ya no podía trabajar en su taller, una de las noches que disfrutaba de una taza de caldo, se le ocurrió una idea. Colocó un gran espejo frente a su catre, permaneció recostado, quería saber si su final estaba cerca, se colgó la caja y tomó su propia imagen reflejada en el espejo. No tuvo que tardar mucho en ver con sus propios ojos que su final estaba cerca. Sobre la mesa quedó reflejada en papel, su cuerpo envuelto en llamas y una figura con ojos rojos y forma totalmente humana que devorada su alma.

   Julia OJidos Núñez

En el arroyo


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El trino de las golondrinas hacía eco en aquella habitación donde todos los días el sol alumbraba la pared. El rocío trasportaba el dulce aroma a tomillo y hierbabuena que había plantados cerca del arroyo. Aquella triste mañana Isidoro rompió con su vida, solo quedó de él una habitación llena de recuerdos. Fue justo cuando un rayo de sol dibujaba en la pared una bonita mañana de primavera.

Su huesuda mano rozaba los dedos de María, su fiel compañera, con la quién compartió una vida llena de alegrías desde que se conocieron hará más de 40 años, en el solitario banco junto a el arroyo. María dejó atrás el mejor compinche y amigo que había tenido nunca, sus lágrimas caían con desconsuelo en la bonita colcha que tejió de joven. Las campanas de la iglesia llamaban al culto a sus feligreses. Su conocido replíqueo se extendía por cada rincón del pueblo, llegando como otra melodía más al alféizar de la ventana.

María peinaba los cabellos de Isidoro cada mañana, le hablaba bajito para que despertara, besaba sus labios ahora fríos y quebradizos. Esos labios que le robaron su primer beso. Dicen que cuando se muere, el órgano de los sentidos que permanece activo unos minutos después de fallecer es el oído. María narró su feliz vida, mientras a lo lejos se oía cantar un gallo y el rumor del agua en el arroyo. Eso fue lo último que Isidoro se llevó, la dulce voz de María con la música de fondo que escuchó desde niño.

A partir de ese día, María baja todas las tardes al viejo banco testigo de su amor, eran solo unos chiquillos, pero su atracción supero todas las barreras. Tocaba con sus torpes manos las letras grabadas en la madera. Ella quería acabar sus días en aquel hermoso lugar, donde veía el agua del arroyo y escuchaba sus secretos. Pasaron un par de años desde que Isidoro abandonara este mundo y María desde entonces acompañada de su gastado bastón bajaba todas las tardes aquel banco solitario.

El otoño llegó frío y María se encontraba mejor que nunca, se sentía joven y fuerte. Estaba convencida que hoy iba a ver a su querido Isidoro. Acompañó a su castigado cuerpo hacía el banco de madera, las hojas salpicaban el camino dando al recorrido un color cobrizo que endulzaba la vista, se sentó despacio.

Sus manos acariciaron por última vez aquellas eternas iniciales. Fijó su mirada en el arroyo y marchó, justo en el momento que la luz del sol se fundía en la montaña. Se fue agarrada a ese chico moreno que declaró su amor, una tarde como aquella.

Julia Ojidos Núñez

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