¿QUIÉN TE ESPERA AL OTRO LADO?


QUIEN TE ESPERA AL OTRO LADO
Tengo los ojos cerrados por alguna razón que no logro comprender. Mi conciencia empieza a castigarme con una vigilia ordinaria que provoca, una estrecha relación con mis sentidos. Algo ocurre en mi cerebro que no puedo controlar. Las sensaciones comienzan a aparecer por mi cuerpo, quizá, alguien enciende el interruptor y mi cerebro realiza su chequeo inicial; mis ojos dejan de moverse, las ondas cerebrales impulsan con entusiasmo al sistema nervioso…, los espasmos se ceban de forma caprichosa con las extremidades. Ahora es el momento en el que mis neuronas actúan de forma involuntaria para estimular mis sentidos.
A través de mis párpados una cálida luz difumina mi oscuridad; mi oído percibe con precisión sonidos lejanos, pero inconfundibles. No me atrevo a abrir los ojos, creo que resbalaré o me ocasionará un desmayo por falta de equilibrio. Mi piel se va acostumbrando a las cálidas sacudidas de la brisa marina que llegan a mí, de forma irregular. Percibo el gratificante olor salobre, pero no recuerdo donde estoy. He recuperado totalmente el control de mi cuerpo y me apresuro a abrir mis pesados párpados. El miedo se instala en mi pecho como si fuera un marcapasos. Los músculos se tensan y mi boca percibe el sabor amargo a hiel.
La luz del sol hace que parpadee sin evitar que me duelan los ojos; mi encuentro con la realidad es un duro golpe a la razón. Dejo a un lado ese tic nervioso que produce el parpadeo, por el exceso de luz y comienzo a enfocar la visión; nublada y liquida como si abriera los ojos bajo el agua. La distorsión del paisaje me hace estremecer, mi cabeza no logra asociar el tapiz de vivos colores y formas. Recupero el movimiento de mi cuerpo y decido mover la cabeza hacía un lado. La amalgama de sentimientos invade todos los rincones. Me doy cuenta de que estoy sentada en la marquesina de una parada de autobuses. Escruto cada centímetro del paseo con la esperanza de reconocer aquel lugar, para mí desconocido. Sincronizo mis movimientos y decido ponerme en pie.
El aire está preñado de humedad, se mueve con tanta rapidez que mi pelo provoca un ligero cosquilleo sobre mi cara. Giro sobre mí misma y comienzo a ver los detalles de aquel paisaje impuesto, quizá, secuestrado de mis recuerdos o de mi simple imaginación.
La gente habla en otro idioma, camina alegremente por la calle; les miro y parecen sonreír. Su indumentaria es precaria, pero destaca la caída de la tela sobre su cuerpo y el blanco luminoso. Los recuerdos comienzan a invadir la intimidad de mi ser. Una turbia agonía despierta al otro lado de mis sentimientos. Lo veo claramente, algo simpatiza de forma delicada con mi ánimo…, es una sonrisa conocida. Un niño de ojos claros y cara pecosa me mira con complicidad. Algo muy dentro de mí, me dice que forma parte de un recuerdo.
Intento doblegar los malos augurios, cierro los ojos y aprieto los párpados. Suplico para que la nube tóxica que cubre mis recuerdos se evapore. El olor del aire martillea una y otra vez los recuerdos, pero no hay forma de llenar esa laguna, serena y turbia.
Estoy al borde de la locura, la sien me palpita y el esfuerzo por recordar me fatiga. Aquel niño con piel de melocotón grita desde el otro extremo de la avenida. Son palabras vaporosas perdidas en el viento, pero que traen a mis oídos una tierna caricia.
– Mamá…

La sutileza del sonido, vibra en mi interior causando un torbellino de intensas sensaciones que dispersan la espesa nube que cubre mis recuerdos. Tengo los labios lapidados, postrados, sin poder despegarlos por falta de estímulos. Mi corazón grita desconsoladas palabras que solo mi cerebro puede oír.
– ¡Hijo…!
A partir de ahí, un aluvión de imágenes, sonidos y sabores, rompe las losas que cubren mi pensamiento. Aprieto los puños y noto como se agarrotan mis tendones. El luminoso paisaje lleno de palmeras, gaviotas surcando los cielos y el aire con sabor a sal, se va trasformando.
Ahora solo son miradas de extraños que se agrupan a mi alrededor. Parecen despegar los labios; están hablando, pero no logro identificar sus palabras. Solo son labios que interactúan con ellos mismos. En ese momento percibo una fuerte sacudida que hace temblar mis piernas, casi caigo sobre ellas. Alguien que no conozco me agarra con fuerza de la mano y tira de mí. Tengo la sensación de que caigo a un profundo pozo; la luz se va alejando a medida que desciendo. Mi corazón apenas emite sonido alguno. – creo estar muerta.
La enfermera dice a los parientes de Marina que salgan de la habitación. Sus pulsaciones han bajado a casi cero, confían en que su cerebro envíe una respuesta rápida, necesita un choque eléctrico que le haga salir de aquella situación. Desde la puerta un chico de siete años, observa con lágrimas en los ojos a su madre, mantiene la esperanza de abrazarla de nuevo. Sabe que luchará con ahínco para estar con él. Por eso todas las noches cuando duerme la busca entre los sueños; aquella noche la vio. Esperaba un autobús, iba vestida de blanco y tenía la piel bronceada. Recuerda que la gritó desde el otro lado de la avenida, pero ella parecía no oírle.
Las enfermeras se movían con rapidez, intentando recuperar el cuerpo de Marina. Las fuertes sacudidas hacían que se levantara varios centímetros de la cama, volviendo a caer sobre ella.
Bajar tan deprisa, me produce vértigo. He chocado contra el suelo y mi cuerpo se ha estremecido por completo; extrañas descargas que recibo con alivio despiertan mis músculos. Noto que mi corazón vuelve a latir. Necesito aire, me incorporo, abro la boca y los ojos. – ¡Estoy viva!
El monitor muestra el ritmo cardiaco, los registros de actividad neuronal son normales, Marina ha despertado del coma. Las enfermeras le hablan despacio mientras acomodan su cuerpo de nuevo en la cama, le ponen oxígeno. Escucha con atención, pero es demasiada información para su cerebro. En ese momento se aísla de todo y mira al frente, ve cerca de la puerta una pequeña figura que se frota los ojos con la manga de la camiseta. Sonríe mientras deja escapar varias lágrimas, se quita torpemente la máscara que le cubre la boca y pronuncia otra vez.
– ¡Hijo…! – aquella sensación no la olvidará jamás. Todos sus temores se disiparon al pronunciar aquella palabra. – Aquella palabra le trajo de vuelta.
Marina tuvo un accidente de tráfico que le causó un coma irreversible, pero sin embargo no había llegado su hora. Ella contó con todo detalle a sus familiares lo que había visto en el otro lado y que a partir de ese momento no tendría miedo a la muerte.

 

Presentado al concurso de RTVE de relatos cortos

©Julia OJidos Núñez
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HISTORIAS DE WHATSAPP IV


Cuarenta y ocho horas después de la muerte de Jack

Todo estaba completamente a oscuras, respiraba el aire viciado dentro del ataúd. Jack volvió a la vida después de sentir que su cuerpo se desplomaba en el comienzo de un pequeño túnel. Una luz cegadora le guiaba hacía el exterior, allí, varias sombras movían despacio su cuerpo. La paz interior comenzó a despertar. Algo tiraba con fuerza de él y entonces se dio cuenta de que acababa de nacer. Sintió como se estremecía su cuerpo a causa de un frío polar, olía su propio aliento. No podía moverse, pero por alguna extraña razón sabía cómo intentarlo. No entendía que hacía allí, tumbado bocarriba con el cuerpo rígido, entumecido. Sentía su piel fría y sin vida, pero no tenía miedo. Estaba en el más absoluto silencio, la respiración comenzó a ser más agitada. Su cuerpo comenzaba a despertar. Pequeños y dolorosos estímulos viajaban por los músculos de su cuerpo haciendo castañear los dientes. El ruido que producía su boca le distrajo varios segundos de otro sonido que le llegaba desde el exterior.
Alguien estaba hablando o eso le parecía al joven Jack que también lograba percibir como arrastraban la lápida por encima de su cabeza. En esos momentos su respiración se vuelve más agitada, intenta gritar, pero solo consigue que varios gusanos se le metieran en la boca. Ahora, tenía claro donde estaba, los escupió y volvió a coger una bocanada de aire templado.
Al otro lado y con una palanca en la mano, Martín ejercía fuerza para que la tapa saltara por los aires. Apenas había luz, pero la suficiente para ver los ojos abiertos de Jack, que miraba enloquecido hacía el exterior. No le dio tiempo a pestañear, cuando dos enormes hombres le sacaron de tan angustiosa prisión. Le elevaron por encima de la caja y le depositaron en una camilla. Con la misma asombrosa precisión pusieron dentro del ataúd, a su querido amigo Óscar. Todo fue demasiado rápido, en cuestión de minutos el cuerpo aletargado de Jack solo percibía los pequeños pinchazos de las agujas en su brazo. Sus pensamientos estaban inertes, viajaban fuera de allí.

Después de varias horas dentro de la ambulancia, Martín sacó su móvil desechable, mandó un mensaje a un número oculto. El mensaje decía;
– “Mi sobrina ya ha nacido, espero que vengas a verla” – en segundos recibió la respuesta.
– Por supuesto que iremos a verla.

El terreno estaba fangoso por las últimas lluvias, el cielo seguía cubierto por nubes que impedían que luciera el sol. El olor a tierra mojada se impregnaba de forma deliciosa en el bosque de pinos. Lucas miraba los alrededores, intentando visualizar que había ocurrido en aquel escarpado terreno, cercano al desguace. Había establecido un perímetro de seguridad y estudiaban el terreno colindante.
Valeria miraba atenta dentro de los contenedores de basura del viejo desguace. Varios agentes de su equipo estaban interrogando a los trabajadores del lugar. El equipo forense había establecido un pequeño laboratorio de campaña para agilizar los análisis de las muestras. El brazo era uno de los restos que estaba en mejor estado, a pesar del bocado del perro, se mantenía entero.
Lucas ya estaba en el lugar donde se encontraron los restos, observaba con atención. Hizo un recorrido con la mirada e imaginó como había ocurrido la escena. Comenzó a oír sus fuertes latidos, notaba una ligera presión en la sien. Su mirada se volvió inocua, en ese momento vio a una mujer dentro del coche, mal herida. Apenas se mueve. El coche permanece colgado de una grúa pluma, el coche se tambalea. Lucas avanza varios pasos y se sitúa cerca de la trituradora, en estos momentos está parada, pero él la ve funcionando en su cabeza. La grúa avanza varios metros y suelta el vehículo a las fauces metálicas que ahogan los gritos de la mujer, con sus horribles chirridos.
– ¿Qué te parece Lucas? – le mira atentamente.
– Los restos son de Lucía, sin lugar a dudas.
– ¿Cómo has determinado eso? Las pruebas no están analizadas.
– Creo que aquí está jugando mucha gente al mismo juego. Tengo una corazonada.
– Cuéntamelo…, no seas tímido. – le propone Valeria con una impaciente sonrisa.
– Está bien, ven conmigo. -Se acercan a uno de los coches del equipo y la invita a entrar.
– Creo que hay dos asesinos implicados, completamente opuestos en sus perfiles. El problema de esto, es como vincularlos. No estoy seguro, pero creo que por alguna razón la organización quiere un determinado perfil de sus víctimas, pero alguien se adelanta y somete primero a la víctima a una serie de juegos. Si es adecuada para el implante, continúan con el método, cómo fue el caso de Olivia, Jessica. – Valeria le mira a los ojos y comienza a sopesar la información que acaba de darle Lucas.
– Quieres decir que el primer filtro lo hace un individuo, que a su vez interpreta las ordenes de sus superiores, como le da la gana. Hablo del caso de Sandra, esa mujer fue violada antes y después de su muerte. Las torturas más horribles y dolorosas se las hicieron en vida, le arrancaban trozos de piel, de todo su cuerpo en especial sus tatuajes y le quemaron la cara con ácido.
– A ese punto quiero llegar, en el sótano de Jessica, encontramos miles de tarros repletos de restos humanos. Entre todos, uno de ellos me llamo la atención. Un tarro que contenía piel tatuada de la parte de una axila. El tatuaje es de un dragón chino. – se produjo un incómodo silencio. – Valeria abre la consola del vehículo, teclea su código de seguridad.
– Ya sé, hacía donde me quieres llevar…, Lucía tenía un tatuaje en su axila. ¿Verdad?
La consola se abrió dando paso a un vídeo sadomasoquista que Lucía grababa en sus misteriosas citas. En una de las imágenes donde ella permanecía atada al cabecero de la cama, se ve con claridad el perfil de un dragón chino, tatuado en su axila.
– Entonces podemos determinar que el asesino de Sandra es el mismo que el de Lucía. En el caso de que sea ella, la que está en el amasijo metálico.
– Pero Lucas, hay varias cosas que no terminan por cuadrarme. – Valeria dirige la mirada hacia la consola.
– ¿Por qué de todas las chicas que les gusta ese rollo, eligieron a Sandra y a Lucía?
– Esa es la gran pregunta Valeria, todos los indicios se pierden en el Pub Nube. Es la pieza principal del rompecabezas. Por eso quiero que este fin de semana te hagas pasar por una necesitada del sexo Sado. El primer paso es preparar tu trayectoria en las redes y tus gustos por los perfiles de citas. Además de establecer contacto con otras chicas en la nueva aplicación de Whatsapp. – Valeria le mira con cara traviesa. Una expresión que Lucas conocía de sobra.

Tres horas después de recorrer y recoger pruebas en el desguace, Valeria va al estudio de un viejo amigo. Un investigador experto en fotografía y redes que siempre está disponible para Valeria. El propósito de la atractiva Agente es que su querido amigo pose con ella en la cama, rollo Sado y suba las fotos comprometidas a un perfil creado para ese propósito.
El equipo de fotografía y vídeo está preparado, el loft donde vive y trabaja es el escenario morboso de aquel álbum fotográfico.
– Valeria, ¿estás preparada?
– Sí. – coge aire y enmaraña con los dedos su cabello.

Una cama redonda vestida con una manta de pelo blanco, brilla con los focos. Valeria lleva una máscara de gata sobre su cara, solo se le ven sus carnosos labios pintados de rojo y el brillo de su mirada. Sus pechos están al descubierto, en sus pezones cuelgan dos grandes aros adornadas con varias tiras de cuero, por debajo de su pecho se ajusta un corsé color vino. A partir de ahí solo se cubre por unas medias hasta el muslo, sujetas con un liguero de encaje. Se tumba y entre sus piernas, coloca de forma sensual una fusta de piel de camello.
Ahora toca la sesión de fotos con su querido amigo. El joven, tiene la cabeza cubierta por un buzo con cremallera plateada. Solo se le pueden ver los ojos, la nariz y la boca permanecen ocultos. Está completamente desnudo, solo tiene un pequeño taparrabos. Lleva un collar de perro en el cuello y ella tira del con fuerza, agitando en el aire la fusta, le golpea los glúteos y le somete. Cuando ya ha controlado al sumiso, orina sobre su espalda. Ella le ordena que se masturbe y acabe dentro de su vagina.

Valeria se acaba de duchar, aquella sesión de fotos la ha agotado. Menos mal que había contratado a unos dobles para hacer los vídeos, la sesión de posado la ha realizado ella y su amigo, pero el vídeo porno Sado, no era posible…, aunque ella pensaba que…, si hubiera sido Lucas, no se hubiera negado.
– Valeria, ya tienes preparado tu perfil con las fotos y los vídeos porno. Ven a verlo. – Valeria se acerca mientras coloca su arma en la funda y abrocha la cremallera de su cazadora.
– Tiene muy buena pinta, ¿verdad? – le alborota el pelo a su viejo amigo que permanece sentado delante del ordenador.
– Está perfecto, espero que en pocas horas reciba notificaciones de amistad en las redes. Mándame una copia de todos los mensajes a mi servidor.
– Cada vez que miro tus fotos, me doy cuenta de que eres una autentica pantera. Devora hombres. Ya sabes que conmigo estas a salvo, gatita.
– Ya lo sé, mi querido amigo. Tus gustos tienen menos curvas.
– No seas malvada, curvas tienen en la entrepierna. Ja, ja, ja. – una risa contagiosa hizo desaparecer la tensión de la sesión de fotos.

Olivia abre los ojos, está algo mareada. Ya no está monitorizada, así que nada le impide moverse de la cama. Solo conserva en su mano una pequeña vía. Tiene los labios secos y la garganta le abrasa. Se sienta en el borde de la cama. En su mesilla hay un vaso vacío. Lo coge y se lo acerca a la nariz. Distingue el olor del zumo de mandarina. Gira lentamente la cabeza hacía un lado y hacía el otro. Decide levantarse lentamente, pone los pies desnudos sobre el frio suelo y le produce alivio. Mueve los pies arrastrándolos, no tiene suficiente control de su cuerpo como para levantar la pierna y dar pasos. Abre la puerta del baño y la cierra a su espalda. Coge aire y entorna los ojos. No quiere asustarse de lo que la imagen del espejo le va a mostrar. Tiene miedo de no ser ella misma. Ha sufrido mucho. Recuerda todo perfectamente. El secuestro, la operación, el abuso frecuente de Martín en su casa. El control que ejercía sobre ella cuando estaba drogada. Le odiaba con todas sus fuerzas y quería verle muerto. A él y a los psicópatas que experimentaban con mujeres con antecedentes familiares de cáncer cerebral. La puja y toda aquella pantomima era una tapadera para todo aquello.
Su mirada está perdida, las lágrimas empiezan a viajar sin control por sus mejillas. Se acuerda de aquella manera. Su imagen no ha sufrido cambio. Solo se ven los pequeños orificios donde hace unos días tenía los pendientes. El alivio inunda de nuevo sus ojos que riegan incansables sus mejillas. Está viva y sabe que corre peligro. Tiene que establecer un plan, sabe en quien confiar, solo en una persona. Una persona que le habló dulcemente en la ambulancia cámino del hospital.

Valeria está preparada, sale de su casa. Abre las puertas del coche con el mando, se sienta al volante, suspira y conecta la radio. Intenta parecer tranquila, así que para tranquilizarse enciende un cigarrillo. Desde el día que realizó la sesión de fotos e instaló la nueva aplicación de Whatsapp ha recibido más de mil notificaciones de amistad. Su equipo está analizando cada perfil que se ha añadido en su teléfono y en las redes. El depredador está entre ellos y tienen que desenmascararle.
El recorrido hasta el Pub Nube transcurre sin ningún incidente, antes de aparcar y salir del coche conecta los dispositivos de vídeo en el vehículo, al igual que los que tiene adheridos a su cuerpo. Ya está preparada. Según se va acercando al recinto se oye más nítida la música.
– Estoy preparada. Voy a entrar. Necesito confirmación de dentro.
– Adelante Valeria, tenemos a nuestro camarero en posición. Buena caza.

Valeria atravesó la oscura y gran puerta. La luz blanca intermitente le hacía pestañear. Su vista y sus oídos se fueron acostumbrando paulatinamente a los ruidos que se mezclaban azotando su cabeza. Su cuerpo retumbaba a golpe de estridentes acordes de guitarra eléctrica. La música estaba demasiado alta. Un hombre fornido se acercó pidiéndole que le acercara su móvil al lector. Después de que la luz verde del lector se apagara le entregó el teléfono. El enorme y seductor hombre acercó sus labios al oído de Valeria.
– ¿Es tu primera noche?, gatita. – le dijo con voz cazallera. – Valeria asintió tímidamente.
– ¿Ves aquella puerta?, es otra sala, allí estarás como en tu casa. – le dijo manteniendo el perfil de su barbilla entre sus dedos.

Sin más preámbulos Valeria dirigió su extraordinario cuerpo, hacia la puerta que le había indicado el fortachón.

 

SUEÑOS


imsonio

Me levanto con el pelo pegado a la cara a causa del sudor que se escapa de mis poros. Las noches son terribles, no soy capaz de recuperar el aliento. No puedo abrir los ojos, porque mi imagen aparece en la pared de enfrente. Tengo ardor en el estómago y los labios secos a causa de la sed. Los medicamentos ya no me quitan el dolor punzante que taladra mis ilusiones. Estoy preso en un abismo oscuro donde la muerte se disfraza con mi piel. – ¡No quiero morir, no estoy preparado!

Cada noche cuando apago la luz, comienza el teatro de títeres, aparecen pequeñas sombras que entran por la ventana, acompañadas por una suave brisa que arrastra olores extraños. Mantengo los ojos cerrados y me arropó por encima de la nariz. Mi cuerpo forma un ovillo por debajo de la manta. Un ligero cosquilleo aparece en mis pies, se desliza sigiloso por mis piernas hasta alcanzar el centro de la espalda, donde una pequeña descarga me hace estremecer. Leves sacudidas hacen que castañean los dientes y me obliga a abrir los ojos; entumecidos, pero completamente abiertos miro con horror las escenas que se desencadenan en la pared.

Mi cuerpo tiembla, mientras mis ojos mueren, contemplando con angustia como va a ser mi muerte. Las imágenes comienzan a dibujar objetos de esta habitación. Dando forma, sin lugar a dudas al momento exacto, miro el reloj de mi mesilla y hasta la hora coincide. ¡No puede ser hoy! – pienso mientras me cubro la cabeza. Temo seguir mirando la pared, no quiero descubrir que ya estoy muerto, que el momento ha llegado y no he podido saborear las pequeñas cosas de la vida. Con manos temblorosas y los ojos llorosos despego de mi cara la sabana, mi barrera para los miedos; abro lentamente los ojos, mientras comienzo a pestañear. La pared muestra una imagen espejo de la habitación, me incorporo lentamente, permanezco sentado frente a la imagen, mantengo mi brazo cubriendo la cara; lo bajo hasta mi regazo y me veo allí sentado en la misma posición, aunque con el cuerpo desgarbado y viejo. Es la primera vez que un sueño me muestra mi destino y no es precisamente la muerte. Ahora más tranquilo y con la seguridad de que no ha llegado mi hora. Mi sabio cuerpo comienza a calentar las sabanas, dejo de temblar y me entrego al sueño profundo.

©Julia OJidos Núñez
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Solo una vez más…


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Todos los días en el mismo lugar, esperando verte otra vez. Aparecías todas las mañanas en la vieja cafetería de la esquina, impecablemente vestida con el cabello suelto o recogido. A mí me daba igual, ¡eres mi diva! mi verdadera inspiración, esa que hace que abras los ojos por la mañana y sonrías al espejo. Siempre la misma rutina, un buen afeitado poniendo cara de tonto frente al espejo mientras ensayo el modo de decirte que me gustas. Interpreto mi absurdo monólogo que no logo pronunciar cuando te veo. Coloco mi inseparable reloj en la muñeca. Compruebo mis uñas, me hidrato los labios y salgo como un relámpago intentando no defraudar a mi corazón. Entro en la pequeña cafetería, donde el olor amargo del café te despeja mientras lo inhalas, miras de reojo para comprobar que las mismas personas de todos los días ocupan su puesto. Los viejos carteles rezan las mesas que ven pasar el tiempo. El poco barniz deja ver sin esfuerzo los nombres del amor principiante.
Llevo más de un año con esta jodida rutina que me está volviendo loco. Consulto mi reloj. – ¡el hipócrita se ha parado! me desmorono por dentro. Mi reloj dejó de marcar las horas. Tiene que ser una señal. En ese momento entras tú; deslumbrante como siempre, con un bonito color en tus mejillas. Me recreo en el color de tus labios y de lejos llego a saborear tu carmín. Esta imagen secuestra los segundos, haciendo pasar tu cuerpo a cámara lenta por mi lado. Me adelanté al playback, estaba pronunciando en voz baja lo que ibas a pedir, cuando sin darme cuenta estabas agachada a mi lado, recogiendo un bonito collar que se había divorciado de tu esbelto cuello para caer al lado de mis pies. Fue entonces cuando una marea de aromas inundó mi alma. Estaba frente a ti, sin querer había cogido tu mano, esa linda mano que sostenía tu collar. Tus ojos frente a los míos…, – que estúpido soy; intenté mover mis labios, pero mis nervios me cerraron la boca. He fracasado de nuevo, me quedé como un tonto mirando cómo bailaba tu bonito vestido al moverte. Contemplé tus caderas y la fina curva que marcaba tu cintura. Creo que no existe un hombre más tonto que yo, arrojo mi mano al olfato, para ver si tu olor permanecía en mí. He fracasado en estos momentos…, he desahuciado a mi corazón para que salga de su caja. Sigo siendo un tímido hombre, errante de espíritu, que atormentado pierde el valor en la vida.
Estaba sentado en la silla junto a la barra. Me avergonzaba levantar la vista y volverte a mirar. Entonces se obró el milagro, el aroma de tu piel circuló cerca. Mi estado anímico comenzó a galopar descuidado. Me aparté el flequillo de la cara para ver mejor. Ahí estaba yo, sentado frente a ti. Intentando descifrar cada gesto, cada sonrisa y como no tu dulce mirada color miel. No sabía si reír o llorar, si gemir o aullar, mis hormonas incrédulas se balanceaban en mi pantalón, me sonrojo. Comienzo a hablar…, un nudo en la garganta me hace tartamudear, casi sin voz, intento que sea un leve susurro. Así pronuncie mi nombre. Entonces tú, entraste como un huracán de sonrisas, haciendo levitar de alegría mi espíritu. Te presentaste como Valeria.

©Julia Ojidos Núñez

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ADICTOS VI


ADICTOS2

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ADICTOS VI

Peligro

Lidia sigue preocupada, se ha despertado agitada. Ha tenido una pesadilla. Solo recuerda algunas secuencias.

Se encontraba en un lugar lúgubre, estaba de rodillas. La oscuridad era cortante. Se veía a ella misma. La imagen de su cara ajada por el llanto, el miedo personificado en su mirada; su brazo se desquebrajaba en jirones, el cuerpo se le cubría de pústulas que explotaban. De repente una luz que proviene de arriba la ilumina. No deja de mirarla, es cálida…, alguien se asoma desde la apertura. Después, desde la oscuridad, un montón de brazos y manos proliferan sobre su cuerpo. En ese momento despierta…

Está aturdida, se da cuenta de que lleva la misma ropa que el día anterior. Le cuesta situarse. Tiene todo el cuerpo dolorido y su ropa tiene un olor putrefacto que aviva los sucesos de la noche pasada.

Se levanta con dificultad y mira por la ventana. Le asusta la idea de que alguien la siguiera anoche. Hace un pequeño recorrido por la calle y en la esquina de enfrente, ve a Víctor observando su portal.

En ese momento suena el teléfono, no sabe si cogerlo. En el tercer timbrazo, levanta el auricular. La voz de Éric la reconforta, pero a la vez le preocupa. Habla arramblando las palabras. Le escucha con atención.

– Lidia, están por todas partes…,- el silencio, anticipa el desastre.

– Necesito que me hagas un reconocimiento médico. Creo que estoy infectado. He anotado todos los cambios desde el mordisco. Me he suministrado un antibiótico por vía para poder retardar el efecto de la sustancia verde. Los dolores son horribles Lidia.

En ese momento Lidia dejo de oír a Éric, su teléfono emitía el sonido intermitente de comunicando; la llamada se había cortado.

Éric seguía luchando contra ese enemigo invisible. Se acuerda de un documental que emitieron hace poco por televisión. Hablaba de los dragones de Komodo, la saliva de los reptiles era altamente tóxica, como depredador infalible muerde a su victima para infectarla. El alto contenido en bacterias recorre el cuerpo de la víctima; en pocos días le causa la muerte.

En el cuarto de baño guardaba más de cinco extracciones de sangre. Necesitaba averiguar y poder estudiar la evolución de aquella sustancia. Su apariencia cambiaba deprisa. La piel comenzaba a escamarse por detrás de las orejas.

Las uñas estaban azuladas, la circulación sanguínea se volvía más lenta. Su ritmo cardíaco se ralentizaba; su respiración era arrítmica. La fatiga se apoderaba de él.

Es como si estuviera en estado de hibernación. Sus funciones vitales se activan de forma intermitente.

Alguien llama a su puerta, la precisión de los golpes le hace prever que no es nadie conocido. Guarda todas las extracciones en un viejo armario. Comienza a ponerse nervioso en el mismo momento que coloca el ojo sobre la mirilla de puerta. Un hombre rubio insiste golpeando con fuerza la jamba. Estuvo pensativo unos segundos y lejos de amilanarse abrió la puerta.

– ¿Sí? – intento sonreír, pero solo apareció en su jodido rostro una sonrisa despectiva.

– Vamos adentro. – el rubio le empujó al interior, su tono ofuscado y la fuerza de sus brazos, hizo que Éric se tambaleara cómo un muñeco de papel.

Éric empezó a notar que su cuerpo respondía de forma agresiva, el pelo ralo que cubría la parte alta de la cabeza se erizó como a un gato. Notó que los ojos le escocían, que perdía por un momento la visión. De repente, desaparece ese cansancio que arrastra durante días, se encuentra vital. Anota en su memoria esos nuevos detalles sutiles para investigar su caso. Parece que su ritmo cardíaco es normal al igual que su respiración; se ha vuelto rítmica. Todas estas sensaciones las recoge en milésimas de segundo.

Desde el otro lado de la habitación se encuentra el rubio, con gesto anonadado, espera las preguntas de Éric. Le escrutaba por encima del hombro. – Éric comienza a reaccionar.

– ¿Qué coño quieres? – ahora el ofuscamiento se desprende de Éric con furia, casi con tanta crueldad como se va desprendiendo del pelo de su cabeza.

– ¿Te has mirado al espejo tío? a mí no me hables en ese tono y escucha. Esa mierda que recorre tu cuerpo donde la conseguiste. – el rubio muestra su mejor sonrisa, tensa los finos labios hasta que desaparecen, entrando en escena un blanco muestrario de fundas postizas.

– Yo no consumo drogas, si es eso a lo que te refieres. – se rasca la cabeza y un mechón de pelo se le desprende con facilidad. Su gran deterioro es palpable.

– Creo que tienes un verdadero problema Éric, no solo tú. Tu querida amiguita Lidia está jugando con fuego. Anoche estuvo muy ocupada, investigando en la morgue.

– No se te ocurra tocarla ni un pelo, te juro que si la tocas… – antes de acabar de hablar tenía el rostro del rubio pegado a su nariz. Sus ojos marmoleados arrastraban un toque siniestro.

– Lo que has oído, no la toques ni un pelo. – el rubio rompió el aire con una larga carcajada.

Pensaba que Éric era un jodido insensato, desafiándole de ese modo, le hacía gracia su actitud lejos de amilanarse…, se hacía más fuerte. El rubio comenzó a relajarse y decidió marcharse. Antes de salir por la puerta y de forma despectiva, le arrojó a la cara una pequeña bolsa llena de un fino polvo blanco.

– Creo que vas a ser útil. Te recomiendo que si quieres vivir. Inyéctate esta mierda. Si no lo haces puede que no dures hasta mañana. – cerró la puerta de un portazo.

Éric corrió al cuarto de baño, observó detenidamente su aspecto, cogió el bloc de notas y comenzó anotando la hora y los cambios que su cuerpo iba teniendo.

Se asustó al ver que su pelo era más ralo que hacía unas horas y se caía con facilidad. Sus cejas estaban descolgadas apenas le brotaba pelo de ellas, parte de su cara sé desfigurada en un medio colapso. Por desgracia parte de los músculos de su rostro no aguantaban tensos y daba la sensación que se deshacía hacía la barbilla. Su brazo mordido olía a podrido, un color amarillento y violáceo cubría la zona que aún se mantenía intacta. Alrededor del mordisco no había carne viva, le colgaban los tejidos muertos, la descomposición avanzaba sin que él pudiera encontrar una solución. Necesitaba que Lidia fuera a su casa.

Irina había quedado con un supuesto cliente. Se había puesto muy elegante, su jefe le había hecho ese encargo. Engatusar a un empresario chino para que distribuyera su droga por la extendida comunidad china en Madrid. Quería ampliar sus fronteras, aunque ya se había enterado que tenía tras de sí un maldito competidor del que no sabía nada.

La limusina esperaba en la puerta del portal de su reformado piso. Estaba radiante, desde que consumía la droga que le suministraba el del sótano había recuperado su belleza, las manchas en la piel habían desaparecido. Lo que más le gustaba es que no le cobraba nada. Ni siquiera le pedía una mamada. El caso es que la mirada de ese extraño hombre le recordaba a alguien conocido, pero su aspecto dejaba mucho que desear, Irina sospechaba que era de su edad.

El restaurante chino que regentaba, era muy lujoso, el servicio era exquisito. La sala privada estaba repleta de muebles orientales y originales tapices de seda que se distribuían por las paredes. En la misma habitación tenían el servicio de cocina; un cocinero para ellos dos. Un verdadero lujo.

El posible cliente era un hombre con pocos rasgos orientales, dentadura perfecta y una bonita sonrisa. Impecablemente vestido y muy educado. Hablaba perfectamente el castellano, aunque en algunas palabras se notaba ligeramente un matiz oriental.

Hablaron de muchas cosas; le comentó que había estado casado dos veces, pero que se divorció de sus dos mujeres. No entendía a las mujeres orientales. Así era la metáfora de su vida, un oriental que no entendía a las mujeres de su misma raza.

A Irina le dio la impresión de que le estaba tirando los tejos.

Al terminar la cena, sin abandonar su sonrisa, la ofreció una copa en su lujoso apartamento. Irina aceptó sin remedio. Aunque estaba muy cómoda con él. No quería llegar a más. Su jefe le dijo; que quería el contrato, costase lo que costase, eso incluía, el revolcón de una noche. Y cómo no, probar la sustancia.

El apartamento estaba situado en el paseo de la Castellana. Irina queda asombrada de la amplitud de este. El toque colonial con muebles de Teka y ébano rompen con un estilo vanguardista; una combinación extraña, pero que sin duda, no desentonaba con ningún complemento. Los jarrones de suelo. Las lámparas de araña y obras de arte auténticas, instauraban su estilo personal. A través de unos grandes ventanales se divisaba una amplia terraza custodiada por un Buda de piedra. Era hermoso salir a aquel espacio, se veían las tenues luces de la ciudad. El aroma del asfalto cambia a esa altura, es más fresco y limpio. Las estrellas dejan pequeños destellos en las nubes vaporosas. Irina esta muy cómoda, su mano sostiene una copa de champan francés; que nunca había probado. Le agradaban las charlas sobre cosas corrientes con el nuevo cliente. Aunque no había tocado el tema del negocio. Quería saborear el bienestar que en esos momentos sentía. Sus emociones estaban enfrentadas. Este caballero le trataba con respeto, la escuchaba y en ningún momento la insinúa sexo. Hacía mucho tiempo que Irina no se sentía feliz, pero esa noche si lo estaba.

Víctor intenta subir a su casa, el rubio se marchó hace un par de horas después de recibir una llamada a su móvil.

Necesitaba ducharse, ponerse ropa cómoda, documentación, sobre todo su cámara espía y su portátil de viaje, solo lo usaba para eso; en casa disponía de un Mac, pero cómo bien sabía ya estaría intervenido. Le seguían, sus sospechas le hacen pensar…, creen que ha descubierto algo importante y por eso están tras él. Necesita hablar con Lidia y saber que está bien. Antes de dirigirse a su casa, compra dos móviles con tarjeta, que paga en efectivo, las pone al nombre de una antigua revista donde trabajó.

Llega a la parte alta de la avenida donde vive Irina, le sorprende verla vacía. Solo ve a lo lejos un caminante que levanta sus sospechas. Arrastra su cuerpo, no flexiona las rodillas para andar. Está lejos y no puede distinguir con claridad su rostro. En ese momento doblan la esquina varios individuos de aspecto enjuto, carecen de pelo en parte de su cabeza. Se les oye comunicarse cómo los individuos que había en la morgue. Víctor necesitaba entrar en el portal de Lidia. Se cobija en la esquina de un edificio; en sus bajos se oye música. Cree que no le han visto. No circula ningún coche por la zona. ¡Es tan extraño! – piensa fugazmente Víctor. Se asoma por el perfil del edificio con cuidado de no ser visto. Los caminantes han desaparecido. Víctor teme que entren en cualquier edificio. Sabe de primera persona lo que ocurre si te enfrentas a ellos. Ha descubierto que no tienen muy buena visión, pero que su olfato es muy audaz. También ha detectado dos tipos de contagio, uno es la sustancia y otro además de la mordida, el contacto directo de fluidos. Esos términos los tenía más que claro.

Lidia se había dado una ducha, la ropa que llevaba la noche anterior la quemó en la bañera. Se puso ropa cómoda. Cogió una gran mochila donde depósito instrumental quirúrgico, morfina, antibióticos y demás elementos médicos necesarios para solucionar una emergencia. Estaba aterrada por la conversación que había tenido con Éric, justo después de colgar se puso a llorar desconsolada. Intentaba encontrar alguna explicación a lo que estaba ocurriendo. Era algo tan abstracto, imposible de creer si no lo vives en primera persona. Necesitaba armarse de valor e intentar encontrar una vacuna o un suero efectivo para la atrocidad que sembraba muerte y contagio por todos lados. Desconocía si era de forma global o solo ocurría allí.

Volvió a mirar por la ventana y allí estaba Víctor, llevaba una mochila; miraba de soslayo hacía el comienzo de la calle. Desde aquella ventana Lidia podía ver poco. Así que se dispuso a subir sobre la bañera, donde una pequeña ventana se abría hacía aquel lado de la calle.

La ventana abatible se abrió, dejando un paisaje poco atractivo para Lidia. Al comienzo de la calle divisó los primeros Zombis, no conocía sus rostros, pero su aspecto era aterrador. Desde allí podía oír el chasquido de sus lenguas, su llamada. Unas cortinas del edificio de enfrente se movieron, alguien estaba mirándola. Una mujer de mediana edad contemplaba a aquellos seres. A lidia se le ocurrió una cosa.

Descolgó de la pared de la cocina una pizarra magnética donde anotaba recetas y listas de la compra. La borró con el puño. Escribió;

Cierre la puerta con llave

No hable, desconecte el volumen del teléfono.

Manténgase en silencio.

Enciérrese en la habitación más alejada de la puerta.

No abra a nadie.

Lidia estaba nerviosa, no sabía cómo llegar hasta la casa de Éric. Víctor ya no estaba en la esquina. Alguien mueve muebles de forma violenta en el piso de arriba, se oyen los gritos de mis vecinos. Lidia sabe que ya están dentro. Esta muy nerviosa, aguza el oído, los ruidos en la parte de arriba se han disipado. Intenta abrir la ventana, pero en ese momento se queda paralizada, la más joven de las hijas de la vecina se ha tirado por la ventana. Ha caído sobre un coche aparcado en la acera. El ruido del cuerpo al caer ha sido una dura bofetada al ánimo de Lidia. Se oye el chasquear de las lenguas moradas y putrefactas, el olor se cuela por las rendijas de la puerta. Están cerca.. la puerta empieza a oscilar. Alguien desde el otro lado quiere abrirla. Están empezando a romperla. Se oyen cristales rotos en la cocina, lidia se desplaza rápidamente y ve con alivio que es Víctor. Se ha colado en el portal y ha entrado por el patio comunitario, desde ahí ha trepado por dos terrazas hasta alcanzar la cocina.

– Lidia, corre, sal por la ventana. – Víctor intenta ganar tiempo y empuja la mesa de la cocina hacía la puerta. Acumula varios armarios sobre esta.

©Julia OJidos Núñez

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adictos IV

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ADICTOS IV

ADICTOS IV
Proceso de investigación
Víctor estaba haciendo un reportaje sobre los efectos de las drogas y el alcohol en menores de edad. Su experiencia como investigador y gran conocedor de los efectos negativos de aquellas sustancias, le llevo a uno de los sitios de moda el Pub Rengato
Llegó pasada la una de la mañana, intentó no llamar mucho la atención. Su pelo largo y la barba cerrada de varios meses le hacían irreconocible. Tenía oculta una cámara espía en una medalla de plata. Tenía muchos años de experiencia, había viajado a muchos países y visitado antros de todo tipo.
Pidió un ron con limón y se dirigió a un apartado. Sonreía mientras mantenía su vaso de tubo en la mano, la música electro sonaba al ritmo de la luz blanca. Hizo un recorrido visual mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Se fijó en un par de chicas que comenzaron a acercarse a él. – son guapísimas. – pensó Víctor.
Decidió apartarse de ellas, no quería ser embaucado por sus cálidos labios y el contoneo de sus caderas ocultas con una pequeña falda. Empezó a llenarse de gente, el ambiente se animaba en la pista. Dejaban sus copas en las pequeñas mesas y levitaba por el parqué alcanzando la zona de baile; se dejaban llevar por el ritmo, poseídas por el alcohol y las drogas. Un par de chicas de no más de dieciocho años entraron por la puerta, estaban distraídas. A Víctor le dio la impresión que era la primera vez que entraban allí. Curioseaban todo con la mirada. Pidieron algo de beber y se sentaron cerca de la pista. Víctor se colocó estratégicamente para poder observar sus movimientos.- estaba de suerte.- Las miró un par de veces y se acercó para entablar conversación.

– Hola, chicas. – las miraba a los ojos, podía saborear su inocencia. Después de unas nerviosas carcajadas. – respondieron al unísono.
– Hola. – le indicaron que se sentara con ellas. – pasaron quince minutos y Víctor comenzó sus preguntas.
– ¿Qué os gusta de este sitio? – les brindó la mejor de sus sonrisas. – ellas estaban convencidas de que aquel atractivo hombre quería ligar con ellas.
– Es la primera vez que venimos… – comentó una de ellas después de dar un trago a su bebida. La otra estaba absorta en la pista de baile.
– Me llamo Víctor, vengo aquí a menudo y nunca os he visto. – antes de que acabara de hablar, la chica que aparentaba menos edad se abalanzó sobre él y le beso en los labios. – sorprendido no rechazó la generosidad de aquella preciosa joven. – intentó seguirla el rollo, con la intención de seguir haciendo su trabajo.

– Bueno, creo que venimos a lo mismo que tú. Queremos divertirnos y tener experiencias nuevas. – en ese momento el rubio pasa cerca, le indica a la otra joven que le siga.

Se levanta como un resorte, coge la mano del musculitos y se va con él. Atraviesan la pista en dirección a un oscuro pasillo. Antes de qué sus cuerpos desaparezcan en la oscuridad. El hombre armario la manosea, mientras la joven acaricia su trasero.
En ese momento siente las nalgas de la muchacha en sus piernas. Se ha subido sobre él como una fiera. -le pide sexo. – él no está en condiciones de aceptar. Necesita tiempo…, una cosa era un beso y otro sexo duro en un sitio público. Termina su copa y antes de que el desenfreno caliente sus venas, la invita a bailar. Ella le suplica con los ojos que se quede, pero él insiste.
– Princesa, la noche es larga…, sedúceme bailando. – con pocas ganas la muchacha se levanta. Coge la mano de Víctor y la pone sobre sus glúteos. – Víctor se estremece. Intenta luchar contra la reacción de su abultado sexo. – no quería desmadrase, necesitaba información para el reportaje.

Mientras bailaban, Víctor ve cómo el alto y musculoso rubio, sale de una puerta al final del pasillo, se abrocha los pantalones y da pequeños toques en su nariz, aspira y su mirada queda perdida en el espacio.

– ¡Oye!, tu amiga no ha salido del cuarto. – tenía que acercase mucho a su oído para que le pudiera oír. Su nueva compañera estaba abstracta, no fijaba la mirada en ningún punto. Solo tenía oídos para la música.

Comenzó a moverse deprisa, se levantaba el vestido con las manos, era una danza hipnótica para Víctor. El calor emanaba de su cuerpo radiando un atrayente deseo; le obligó a cogerla por la cintura y desearla en ese momento. La chica le sostenía la mirada; con rápidos movimientos puso las manos dentro de su pantalón. La excitación iba creciendo mientras el cuerpo de varias jóvenes chocaba con el suyo. Tenía a cuatro mujeres, tocándole el cuerpo mientras bailaban a su alrededor. Le habían seducido de una forma incontrolable. Fue algo irresistible, le arrastraron por el pasillo, entre besos y pequeños mordiscos; la más apasionada era la joven novata. – huérfana de amiga, pero con unas ganas voraces de poseer su interior. La estancia quedó abierta, un recibidor distribuía varias puertas, una de ellas estaba entreabierta; fue todo muy rápido. – la visión que presenció Víctor, le marcaría para toda su vida. El cuerpo de la joven yacía en la cama, un atractivo hombre, estaba sobre ella, la mordía por todo el cuerpo, ella gemía de placer. – alguien se percató de la mirada indiscreta y cerró la puerta. Una silueta se acercó a cerrarla. Fue entonces cuando Víctor despertó de su estado hipnótico y volvió a la realidad. Esa imagen que guardó en su retina, hizo que apartara las manos que manoseaban su cuerpo. El estado incipiente de sus pensamientos se amontona. – un ápice de sensatez empieza a dar forma en su cabeza. Aquella imagen ha traspasado los límites de la comprensión y sus pensamientos son verdaderamente inconexos. Aquella figura humana, que sin duda había reconocido, estaba muerta. La había fotografiado aquella misma mañana en la morgue.
No le dejaron retroceder, varias personas le empujaban hacía una de las habitaciones mientras le quitaban la ropa. No podía reaccionar, estaba preso de sus pensamientos. Le tumbaron en una cama. Las mujeres se desnudaron, pasaban sus lenguas por el cuerpo del asustado periodista. Recorriendo cada centímetro de su cuerpo, danzando entre sus nalgas. Solo veía sus labios sobre la piel, sentía la textura de sus húmedas lenguas sobre su acalorado cuerpo. – tenía que salir de allí. – atenazaba con fuerza la idea de poder escapar.

Estudia detenidamente la estructura de la habitación. Buscaba desesperadamente alguna ventana por donde escapar. Mantenía su cuerpo esquivo de las caricias de aquellas diablesas que le torturaban sin descanso. Logró zafarse con facilidad. Consigue deslizarse detrás del cabecero, donde una ventana se mantiene oculta detrás de un colorido tapiz.
Repta desnudo por la reducida ventana y cae a un oscuro callejón. Allí el olor era insoportable. Cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde; unas manos quebradizas le agarraban. Le faltaba el aire, se levantó deprisa y saltó sobre la valla que mantenía aislado el callejón. No miró hacia atrás, sus pensamientos recogían en imágenes lo trascurrido aquella noche; asustado puso rumbo a la universidad. Quería comprobar que el tipo de aquella habitación; el que cerró la puerta, era, sin lugar a dudas el que descansaba en la morgue.

En la morgue
Los operarios del turno de noche, estaban listos para realizar su jornada. Sus vestuarios estaban en el semisótano. Reían mientras comentaban sus aventuras amorosas del fin de semana. Realizaban ese trabajo durante años. Lo consideraban un trabajo como otro cualquiera; silencioso y sin estrés. Aquella noche sucedería algo que sopesaría la opinión de aquel tranquilo trabajo.
Colindando con el vestuario se veía un área de descanso con mesas y sillas, una pequeña, pero funcional cocina. Cerca de esta sala se encontraba el despacho de Víctor.
Esa noche les extraño encontrar el despacho de Víctor abierto, muchas veces le encontraban allí, entre miles de fotos cubriendo la mesa; enfrascado en su apasionado trabajo. Trabajando durante toda la noche. Uno de ellos entró en aquella habitación, se fijó en una foto que había sobre la mesa. – un hombre en la mesa de autopsias, listo para destripar. – pensaba. – Estaba acostumbrado a esas imágenes y no la tomó en cuenta.
– Vamos Héctor, ya he recogido el listado de los cuerpos que hay que quemar. – su compañero continua distraído, curioseando la mesa de Víctor.

Antes de salir de la pequeña habitación, un movimiento pendular le llama la atención. Un extraño objeto cuelga de una de las esquinas de la mesa. Guarda perfectamente el equilibrio, una oscilación misteriosa empuja de forma basculada una medalla de plata. Sin perder más tiempo la recupera de su inquietante balanceo. Escruta cada labrado de aquella medalla, sin pensarlo dos veces se la guarda en el bolsillo.
Los cuerpos para quemar no están en el frigorífico. Se mantienen afinados en una pequeña sala. La fría realidad de los cuerpos donados a la ciencia; hombres, mujeres y niños reposan su cuerpo desmembrados en una insólita habitación donde el caos envuelven piernas, brazos y algunas cabezas decapitadas que se mezclan con lo que quedan de sus fluidos, formando un cuadro dantesco.
Comienzan a llevarse los primeros, asoman próximos a la puerta. Les sorprende que esté en perfecto estado, es un joven al que ni siquiera han practicado la autopsia. No aparecen costuras de ningún tipo en su cuerpo. Se mantiene frío, pero el color de su rostro les despista; parece dormido. Han visto muchos cuerpos en su vida, pero aquel joven no parecía estar muerto.

– Héctor, ¿mira a este tipo? – Iván es un tipo gracioso, siempre le gasta bromas pesadas. – Héctor le mira arqueando las cejas.

Iván coge el brazo del cadáver, intenta asustar a Héctor, pero el susto se lo lleva él. Con un movimiento rápido, el cuerpo cadavérico, emplea con fuerza su otra mano; aprieta el cuello del asustado Iván, que intenta coger aire por la boca. Su compañero golpea con fuerza el cadáver, que termina por incorporarse y abrir los ojos. Aquel momento heló la sangre del operario que golpeaba con saña las piernas, desquebrajando parte de aquel cuerpo que se desmigaba con facilidad. En ese momento y de un salto aquella figura despedazó a bocados la cara de Iván, sus ojos abiertos son lo último que recordó Héctor. En segundos yacía en el suelo entre los restos cadavéricos de muchos cuerpos entre ellos el de Iván.

Perdió la noción del tiempo, estuvo en un estado de amnesia momentánea. Las imágenes se repetían sin parar. Su posición fetal, le mantuvo vivo, aunque sabía que si no salía de allí pronto su muerte seria inmediata.
Gracias a su postura, mantuvo a salvó su cavidad respiratoria, el peso de los cuerpos le caía en el costado y le mantenía en un ángulo perfecto para poder respirar. Intentó girar la cabeza, su cuerpo se estremeció de miedo al ver los ojos abiertos y sin vida de su compañero a escasos centímetros de su cara. Uno de sus brazos estaba libre de peso fuera de aquel amasijo de restos y envoltorios que dificultaba la visibilidad hacía la puerta. Haciendo fuerza con las manos, arañaba la superficie del suelo, intentando avanzar hacia delante. No sabía cuántos cuerpos había sobre él, pero pesaban mucho. No tenía espacio para balancearse, intenta mover el otro brazo que se enlazaba con el cuerpo de una mujer; del interior de su boca empiezan a salir gusanos. Cierra los ojos, intenta acumular la fuerza necesaria para salir de allí. Apenas puede abrir los labios, los gusanos le tapan casi completamente la cara. Pudo liberar algo de peso en las piernas, los cuerpos empezaron a deslizarse por aquella apestosa montaña; caían despacio hacía un lado permitiendo que recobrara el movimiento de su otra extremidad. Desde el suelo nota una leve vibración sonora, la percibe lejana. Aguza el oído, alguien se desplaza por el pasillo en aquella dirección. Ahora su desposado brazo intenta hacer fuerza contra el suelo. Encuentra un hueco entre las piernas de un varón, por donde divisa las rodillas de una mujer que se para en la puerta. En ese momento no deja de mover el brazo, intentando sin suerte salir de aquella montaña. Otros sonidos lejanos se unen a las pisadas que se alejan apresuradamente. -la pierde de vista en el pasillo. –

Otros dos operarios, entran en la sala y continúan su trabajo. Ajenos a lo que está ocurriendo en aquel lugar, a escasos pasos…
Víctor sigue corriendo por la gran avenida, no siente frío. El miedo hace que su cuerpo no pare de moverse. Recobra el sentido común. Tiene que establecer un plan. Aquella noche había visto muchas cosas sin lógica. -lo primero que quería comprobar era que aquel cuerpo estaba “fiambre”. – Qué había sido una visión errónea. Qué aquella figura que cerró la puerta era un estrabismo de aquel lugar, de aquel momento. No quería razonar, solo quería una prueba; aquella, que le demostrara que aquel hombre no era el mismo de su última fotografía.

Atravesó la explanada del aparcamiento. – ahora con escasos coches. – se dirige a las ventanas del sótano. Están todas cerradas, se acuerda que una de ellas tiene un pelo en el cristal y la hace vulnerable. Coge una piedra que encuentra detrás de un arbusto y de un solo golpe consigue romper el cristal que se desquebraja por completo. Quedan algunas esquirlas sobre el marco de aluminio, las elimina golpeando la piedra sobre ellas. No quiere cortarse, se da cuenta qué está completamente desnudo, solo mantiene colgado del cuello la medalla. Coge aire y se desliza sobre la ventana. La altura del sótano es de unos cuatro metros, la caída no ha sido fácil, se golpea fuertemente la rodilla. El sitio donde ha aterrizado es un largo pasillo que distribuye las salas del crematorio y los frigoríficos. Está completamente a oscuras, solo se ve la tenue luz de emergencia que dibuja en la pared extrañas figuras. Su despacho está a unos doscientos metros de allí.

La sala de suministros está abierta, un operario se aleja dejando entornada la puerta. Víctor no lo piensa dos veces, corre hacía aquella habitación. Sin perder ni un minuto se enfunda un uniforme y sale en dirección a su despacho.
La puerta está abierta, mira a ambos lados del pasillo. – Qué extraño. – piensa Víctor preocupado.

Han descolgado de la pared la última fotografía; ahora está sobre la mesa. Necesita descargar los datos de la medalla, a través de una conexión mini-USB. Se la quita con cuidado y la coloca en la esquina de la mesa; enciende su portátil.
Oye un pequeño grito que procede del crematorio, unos pasos que se dirigen hacían allí. Se esconde debajo de la mesa, pero es demasiado tarde. El cuerpo cuya fotografía tenía sobre la mesa, le había visto camuflarse. Notó enseguida que estaba cerca. El olor le delataba, era un aroma a desinfectante, mezclado con olor a rata muerta. Se puso de rodillas para intentar sacarle de debajo de la mesa. Víctor se defendió, propinándole patadas. Su cabeza no paraba de hacerse preguntas; – ¿Cómo ha podido llegar tan pronto? ¡No me seguía nadie!

Estaba aterrorizado, golpeaba sin parar a un hombre muerto por sobredosis, se afanaba en sacarle de su posición estratégica. Estuvieron mucho tiempo en esa postura. Aquel individuo de sombra macabra y olor putrefacto, vaciaba su aliento por debajo de aquella mesa, jadeaba en vez de respirar por la nariz. Sus ojos están hundidos, la cavidad estaba formada por restos de tejidos, que le cuelgan por la cara. Desde esta mañana su aspecto había cambiado mucho. Tenía los labios azulados y su rostro mantenía un brillo extraño, con la luz se podía observar una zona perlada.
Víctor estaba muy cansado de ofrecer resistencia. En un descuido, la sombra de la muerte le cogió por el tobillo y le arrastró por el pasillo. Intentaba zafarse, retorciéndose y propinando fuertes patadas con su pierna libre. Algo llamó su atención, la puerta abatible de la morgue se movía ligeramente, a lo lejos se veía otro carro de limpieza. – Estoy salvado. – pensó Víctor. – Aprovechó el descuido de aquel muerto viviente. Se levantó y le dio un fuerte empujón; no ocasionó ni un ligero movimiento. Era fuerte como un roble. Es como si la fuerza ejercida hubiera revotado en su cuerpo y le hizo caer de espaldas. Fue el momento de salir corriendo. Se escondió en el crematorio.
Lidia estaba de espaldas al crematorio, había comprobado que los cuerpos tendidos en el suelo estaban muertos o eso parecía. – no era así. – se puso a caminar hacía la puerta, un tremendo olor abofeteó su nariz; giró la cabeza. Apoyándose uno sobre el otro, los operarios se pusieron en pie. Lidia creía que todo aquello era producto del alcohol y la maría que inhaló en aquel antro. Pensaba que era el reflejo de un mal sueño…, una pesadilla. Aquellos cuerpos, de forma asombrosa se desplazaban hacía ella chasqueando sus lenguas, trasformando los sonidos humanos en chirriantes sonidos guturales. Se comunicaban entre ellos, animaban a otros cuerpos en su mismo estado a que dieran caza a Lidia. Se oían desde todos los rincones de la morgue, el siseo de sus labios alcalinos… El eco en el pasillo se hacía intermitente, tenía capacidad para llegar a los oídos de aquellos seres en cientos de kilómetros. Lidia estaba muerta de miedo, le sudaban las manos y el ritmo rápido de su corazón la hizo caer en un interminable vació de sentimientos e imágenes. Tenía que escapar de allí. Necesitaba escapar.
Notó un movimiento rápido al otro lado de la sala, por su forma de moverse se imaginó que no era uno de ellos. Los ojos de Víctor se encontraron con Lidia, enseguida comprendió lo que pretendía hacer. Lidia alargó la mano hacía una camilla y la empujó con fuerza hacía aquellos seres; en ese momento Víctor abrió la pesada puerta del horno y los cuerpos quedaron atrapados en su interior. Pusieron en marcha los quemadores qué eclosionaron con fuerza, capaces de deshacer hasta el titanio. En el interior un alarido de animal se mezclaba con unos llantos ahogados que se debilitaron en pocos segundos.

No perdieron más tiempo, se mantuvieron agarrados de la mano por todo el pasillo. -no hablaban. La luz del pasillo se encendió de golpe, se arrodillaron al lado de una puerta que permanecía en la oscuridad. Al apoyar su espalda contra ella, se abrió de golpe. Era la habitación donde Lidia vio o creyó ver que un cuerpo se movía; cerca de la montaña de restos había algo en el suelo que relucía con la luz que entraba por el pasillo. Víctor se aproximó. Cogió con cuidado el objeto. – era su medalla. –
La mantuvo en el puño…, algo le agarró con fuerza. No pudo emitir ningún sonido, solo logro palpar un brazo que se movía debajo de aquella montaña.
©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
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 El comienzo

Estoy agotada, me duelen los pies…, desde que estudio y trabajo estoy hecha un asco. Me quito los zapatos y los tiro de mala gana al suelo de mi habitación. Sentada en el inodoro masajeo con fuerza la planta de los pies.

Hoy ha sido un día completo, ¿verdad Sr. Mateo?- un precioso gato persa, mueve sus caderas de forma sinuosa, hasta acariciar las piernas de Lidia. Su ronroneo despierta en ella una sonrisa placentera.

– ¿Qué tal muchacho…?- el gato muestra signos de placer cuando su ama le acaricia suavemente la cabeza. Sube de un salto al lavabo y observa como se desnuda y se mete en la ducha.

-¡Estoy un poco preocupada!- los pensamientos de Lidia ni siquiera se lavan con las gotas de agua de la ducha. Le inquieta la cantidad de cuerpos donados a la ciencia que se acumulaban en la Universidad.- se está especializando en Anatomía Patológica Humana.

No me lo puedo creer, hoy le prometí a Irina que iría a tomar una copa al Pub donde ella trasnocha.- No me gusta nada la idea.

Lidia es una atractiva joven apasionada de la lectura y la tertulia en el viejo café de la esquina. Su vida la forma su pequeño apartamento y su vocación por la medicina. Perdió una absurda apuesta con su amiga y le tocaba pagar. – Irina solo quería que saliera más, que se relacionara con gente.- siempre sumergida en el mundo de los muertos, las autopsias y los libros.- Quería demostrar a su amiga que había algo más ahí fuera que tenía que descubrir. – su teléfono se ilumina a la vez que la melodía inunda el pequeño salón.

– Sí.- ¿Cómo vas?- la voz de Irina suena diferente, hace un par de semanas que no habla con ella.

– Irina, ¿estás bien?- las muestras de preocupación de Lidia, aumentan a medida que el tiempo de interlocución se alarga sin mediar palabra.

– ¿Irina, me oyes?- despega el teléfono de su oreja y en unos segundos lo vuelve a colocar.

En ese momento el timbre de la puerta suena sin tregua. Un pequeño respingo recorre el cuerpo de Lidia, a punto de dejar caer el teléfono que sostenía en las manos. Se dirige a la puerta un poco irritada.- a veces su gran amiga la sacaba de quicio.- no entendía que había personas que no seguían esas historias de salir casi todos los días por la noche y levantarse con resaca los 365 días del año.

– Hola.- la entrada relámpago de su amiga, la enfurece mucho más. Cierra de un portazo la puerta y se dirige a ella a toda velocidad.- Irina se tira al sofá y pone las piernas sobre la mesa auxiliar.

-Joder Irina, ¿te has mirado al espejo esta mañana? – su amiga simula una media sonrisa.

– Estás hecha un asco ¿lo sabías?- la escasa luz natural que entraba desde la terraza, no la dejo ver con claridad una herida que aparecía en su cuello y recorría parte de su nuca.

– Por eso estoy aquí necesito que me ayudes a maquillarme, hoy no he dormido nada y casi no tengo fuerzas para hablar.

-¿Sabes que la vida que llevas algún día te pasará factura?- me voy a vestir.- le dijo mientras le ofrecía una taza de café.

Lidia decepcionada se dirige hacía su habitación.- cada vez tenía menos ganas de ir a aquel antro de mala muerte.- donde seguro que se encontrará con muchos gilipollas con ganas de sexo, ahogados por el alcohol y las drogas. Aborrece la genial idea de su amiga, aunque ella, tenía mucha culpa por aceptar la apuesta de una tramposa compulsiva. Cuando entró de nuevo en la oscuridad del salón el aire trasportaba un olor amargo, que alarmó a Lidia.

Vio que su amiga emitía pequeños ronquidos y se acercó con miedo de despertarla. Al acercarse el olor de su piel la hizo retroceder. Era un profundo olor que emanaba de su cuerpo, ella estaba acostumbrada al olor de los cadáveres en la sala de autopsias; era similar, pero la única diferencia era que estaba viva. Encendió la lamparita de lectura; vio que una pequeña mancha rojiza aparecía justo por debajo de su oreja; no recordaba si tenía alguna mancha de nacimiento en ese lugar, así que se acercó para estudiarla mejor, el olor a podrido era más profundo en aquella zona. Fue tan alto el índice de curiosidad, que fue a la cocina y se puso unos guantes de látex. Con la yema de los dedos examinó la herida, una pequeña presión y comenzó a supurar.- en esos momentos Irina se despertó sobresaltada y cogió a su amiga por la garganta. Presionó fuertemente, mirándola a los ojos. Cuando ya no pudo más, Lidia la propinó un gran golpe para que soltara su cuello. Tenía la cara roja, le llegaba poco oxigeno…, la estaba asfixiando, intentó zafarse de nuevo con éxito. La golpeó tan fuerte que cayó del sillón. –  Irina al darse cuenta de lo que había ocurrido se puso a gritar desconsolada, abrazó a su amiga como si fuera a morir.

– Lo siento.- sus gritos se oían ahogados por los mocos y las babas que salían por los orificios sin control. – Lidia empezó a recuperarse y se acariciaba lentamente el cuello, estaba asustada y confundida. Miró a su amiga y la abrazó con fuerza.

– ¿Qué está ocurriendo? ¿cuéntamelo?- la mecía despacio para calmar su llanto. Hasta que en pocos minutos solo quedaron en suspiros.

Se dirigieron al baño, la metió en la bañera. El agua estaba templada, la relajaría. Cuando la ayudó a quitarse la ropa, aparecieron, salpicando la espalda otras manchas como las del cuello. Lidia estaba muy preocupada por ella. El aspecto de la espalda parecía el inicio de la escarlatina, pero el olor la despistaba. Estuvo intentando sacar conclusiones sobre lo que veía, pero sin pruebas bacterianas no podía dar un diagnóstico. Mientras la bañaba la hizo algunas preguntas.

Se dirigió al botiquín que tenía en el baño y la ofreció unas capsulas de valeriana con un vaso de agua.

– Tómate esto. Te irá bien. – ahora relájate un rato en el agua, si necesitas algo llámame.

 Dejó entornada la puerta; en ese momento el Sr. Mateo paso bufando por su lado, bufaba en dirección al baño, su lomo erizado asustó a Lidia. No podía creer que se pusiera así por ella.- ¡se adoraban!

 Irina continuaba en el baño; buscaba en su bolso otra dosis de la nueva droga recién llegada de Rusia, la llamaban Krokodil, era barata y conseguía los efectos de la heroína. Llevaba más de tres meses consumiéndola, sus efectos alucinógenos la llevarían a sitios que ella quería vivir, sus efectos empezarían en un par de horas, el mejor momento para iniciar la noche.

– ¿Bueno, estás lista? – dijo Irina.- con un cambiado aspecto después de que su mejor amiga la hiciera pasar por chapa y pintura.

El sitio era muy siniestro, ruinoso…, descendieron a un sótano donde la gente bebía sentada en el suelo. La luz blanca parpadeaba al ritmo de la música. Era muy pronto, pero Lidia le inquietaba estar en aquel sitio que se llenaría de gente. – Seguro que era ilegal.- pensaba Lidia.-

Un hombre rubio y corpulento se les acercó, les ofreció un apartado más tranquilo que la sala principal.

– Hola, Irina, veo que traes a otra amiga.- el rubio forzudo miró a Lidia de forma lasciva.

– Si .-te presento a Lidia.- antes de que las grandes manos del rubio tocaran el trasero de Lidia, Irina le propinó un puntapié y le dijo.

– A ella ni la toques, ¿de acuerdo?- Lidia no sabía cómo ponerse, estaba asqueada, no podía creer que estuviera en un sitio así.

El cuerpo musculoso y bronceado del rubio, se marchó, no sin antes desafiar a Irina con la mirada.

En aquel apartado se oía la música de fondo, era como estar en un restaurante hindú. La decoración, el incienso…, despistaba el olfato del más sibarita en el consumo de María.

– ¡Qué lugar más horroroso Irina!- no sé por qué me he dejado arrastrar por tus mierdas.- No te voy a perdonar nunca.

Los ojos de su amiga habían empezado a cambiar de color, en esos momentos parecía abstracta a sus palabras. El estado de hipnotismo le dio la mejor versión de lo que le ocurría.- cuando eran adolescentes Irina era una joven débil y se aventuró a fumar María y otras sustancias. Ella creía que podía dejarlas en cualquier momento.- Lidia pensaba que aquella época ya había acabado, pero sus pensamientos atormentaban su cabeza; su preocupación aumentó cuando un grupo de gente caminaba de una forma inusual. Cambiaron de dirección…, se aproximan hacía ellas. El calor, el olor a podrido, el mareo que le causaba lo que fumaban allí, la dejó metida en el ojo del huracán. Las risas y las sacudidas de aquellos cuerpos contra la pared, la dejó paralizada. Su amiga se levantó se quitó la camiseta, empezó a morrearse con chicos y chicas desconocidos, estaban alcanzando la plenitud del hechizo de aquella sustancia. Decidió marcharse de aquel lugar.- estaba aterrorizada.-

Antes de abrir la puerta de salida, descubrió un cuerpo apoyado en la pared; pudo diferenciar con claridad el olor que despedía aquel cuerpo. Era el olor a un cuerpo en descomposición. Aquella figura leprosa se acercó a escasos centímetros de su cara y mostró su frívola mirada; parte de su cara sufría un colapso donde los músculos se desprendían formando unas pequeñas pústulas verdosas.

Corrió hacía la parada de metro más cercana, esperanzada de coger el último tren. Fue entonces cuando se planteó no subir a casa, se le ocurrió ir a la Biblioteca de la Universidad, en esas fechas la mantenían abierta para que los alumnos preparasen los exámenes. No paraba de resolver sus dudas, sabía perfectamente las secuelas de esas nuevas drogas, la agresividad de cómo iba destruyendo el cerebro, pero no conocía ninguna que dejara tan rápidamente esas heridas en la piel.

Pasó metida entre libros toda la noche, sumergida en sustancias químicas y en patologías graves en la piel. Se acordó que la última clase de Anatomía Patológica…, realizó la autopsia a un joven que mostraba unas heridas supurantes en la espalda, muy parecidas a las del cuello de Irina.

Se tomó un par de vasos de café, necesitaba permanecer despierta, él día prometía ser muy largo…

No paraba de pensar en su amiga. Hace un par de semanas se mostraba igual que siempre, pero hoy, esas manchas, la languidez de su cuerpo, pero con el contraste de esa fuerza momentánea…

Eran las cuatro de la mañana, a esa hora entraban a trabajar el grupo de limpieza de los sótanos y la morgue.

Los cuerpos que se utilizaban en el proceso de autopsias, si no sufría ninguna patología rara se quemaban. Los que tenían algún síntoma patológico después de unas pruebas pertinentes como la biopsia y citología se realiza un diagnóstico. El cuerpo se mete en la cámara. En las últimas semanas han llegado casos parecidos y el sótano está colapsado. Los cuerpos que se queman sin realizar autopsia son los que murieron por muerte natural.

Se acordó que el turno de Víctor empezaba a esa hora; cómo todos los despachos de la primera planta están ocupados le mandaron a un pequeño espacio debajo de la escalera.- sin ventana. Una gran cristalera le separa del pasillo. Era un prestigioso colaborador; periodista con experiencia en medicina, llevaba la revista médica digital. Premiado por su conocimiento médico y fotografías de portada.

– ¡Joder esta zona no me gusta nada y menos a estas horas!- bajó por las escaleras con un poco de miedo. – no tenía miedo a los muertos, temía más a los vivos…

La luz tenue de aquel lugar la recordó el antro donde dejó a Irina hace escasamente unas horas. La puerta de cristal estaba abierta, sobre la mesa descansaba su cámara, cientos de fotografías llenaban la única pared.- la reflexión de Lidia se hace más aguda.- es curioso cómo las personas recuerdan un momento, una situación.-

El cuerpo del joven con manchas en la espalda aparece en una de ellas.- Lo observó con atención-

-¿Dónde he visto a está persona?- por un momento cree haber visto aquel joven en algún sitio.

Un chasquido bajo sus pies la llama la atención. Se agacha despacio. Retira sus pies unos centímetros y con la ayuda de un bolígrafo estudia la estructura que aparece.

-¿Es una uña?- la observa- está escamada y en la parte opuesta a la que nace; su textura parece de arena, su color es violáceo.

Las puertas del ascensor se abren; dos hombres del turno de limpieza empujan un pesado carro, en el depositan los restos humanos para quemar.- la curiosidad la puede.-Víctor no aparece.- así que decide seguir en silencio a los operarios de limpieza que hablan sobre el partido de ayer. Nunca había estado en aquel lugar, aislado de libros, clases y el barullo de los pasillos.

El silencio es profundo, la luz escasa. Sin querer su cuerpo empieza a percibir una alerta, su cerebro procesa la reacción de su cuerpo. Segrega sudor frío, se le agarrotan los músculos.

El olor empieza a hacer mella en parte de sus sentidos y la levanta el estómago. Una pequeña sala abierta de par en par descubre la auténtica realidad, los cuerpos de más de cuarenta personas permanecen afinados unos encima de otros, algunos protegidos por plásticos, pero otros tienes los miembros momificados fuera de ellos. Se acercó a observar un brazo azulado y quebradizo que mantenía una curiosa postura. Se extendía en el suelo hacía delante, cómo si quisiera salir debajo de aquella montaña, se acercó lo suficiente para ver que en el suelo había arañazos y percibió un ligero movimiento en uno de los dedos.

Asustada retrocedió unos pasos; no estaba segura de lo que había visto, no sabe si había inhalado demasiada María en aquel antro.

Siguió el camino que habían tomado los dos hombres. El sonido de la incineradora, rompía con la oscuridad y el silencio. Muy cerca de aquella sala estaba el frigorífico.- se le ocurrió ir a comprobar si no habían incinerado al joven de la foto. Abrió despacio las puertas abatibles y cogió el historial de aquella noche. Comprobó los datos, si la memoria no le falla, estaba en el número tres superior. Cuando suben un cadáver al aula de anatomía le cuelgan un tag en el dedo del pie, con su nombre, edad y el sitio que ocupa en la morgue.

Los fluorescentes se encendían emitiendo un sonido chirriante. El frío espacio de azulejos blancos hasta el techo y la vieja mesa de autopsias, componía el tétrico paisaje del mundo de los muertos; las cámaras de acero inoxidable trepaban en una extensa pared. En el frontal de cada una de ellas dormía el número que las identificaba.

Se subió a un elevador para alcanzar la zona más alta; le sudaban las manos, los dedos se le agarrotaban de frio, tiró con fuerza de la puerta. Para su sorpresa en su interior solo había un tag de identificación. Observó con atención su interior, pegado a un extremo de aquella caja había un escamado trozo de carne; parecía “falanges ungueales” su superficie dorsal convexa y el tamaño.-le hizo pensar que podría tratarse del dedo índice.

Empezó a oír golpes y ruidos extraños, que procedían de la habitación contigua. Bajó rápidamente de la plataforma, abrió de nuevo las puertas abatibles.

La sala de incineración estaba abierta, el carro de los operarios estaba en la entrada. En la pared de enfrente y gracias a la luz del inmenso horno se empezaron a proyectar figuras humanas arrastrando los pies en dirección a la puerta.

Lidia apagó la luz y entorno la puerta; solo tenía espacio para mirar con uno de sus ojos. Le reconoció de inmediato. Animaba a otro grupo a salir de la sala. Se dirigían hacía ella; de forma rápida se ocultó detrás de un biombo.- Intentaba no respirar deprisa, si lo hiciera le causaría una hiperventilación que la haría más sonora; entraría en un estado de ansiedad que no era adecuada para ese momento. Abrieron las cámaras una a una, parecían buscar a alguien. Antes de que abrieran la ultima, la puerta de la cámara se abrió…, Víctor salió de ella con la cara descompuesta, fueron milésimas de segundo cuando le vi cruzar las puertas como si viera al diablo.

Aquel grupo de cuerpos descomponiéndose se fueron marchando en la misma dirección.

Esperó unos minutos hasta comprobar que aquellos seres se habían marchado. Se acercó a la sala del horno, los operarios estaban tendidos en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. – estaban muertos.- Tenían mordiscos por todo su cuerpo y le sorprendió ver el estado de descomposición que tenían sus piernas.

No tenía tiempo de preguntas ni conjeturas, lo importante era salir de aquella pesadilla.

©Julia OJidos Núñez

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ABDUCCIÓN ( PARTE III)


Ocho horas antes de la lluvia de estrellas

Como todos los domingos a las once de la mañana los padres de Madison iban a visitarla al hospital. Salieron de casa. Estaban contentos, los últimos informes médicos que les entregó Zanc, eran esperanzadores. Después de tres años en coma, estaba reaccionando positivamente a un innovador tratamiento que la haría despertar en unos meses. Por suerte para Madison el golpe sufrido en el accidente no le ocasionó muchos daños cerebrales.
Estaban casi llegando al desvío de la nacional III, cuando el sol se eclipsó.
– ¡No es posible!, la información del tiempo no hablaba de que iba a llover esta mañana.- Lucas el padre de Madison, pone la radio de su coche.- mueve el botón con la intención de localizar una emisora que se oiga con la tormenta.
– Por Dios Lucas, ¡déjame a mí!, lo haces demasiado deprisa.- Janet intenta con mucho tacto coger alguna emisora donde poder escuchar las noticias meteorológicas.
Están cruzando unos de los puentes que les lleva a la entrada norte del hospital, cuando una fila de coches les hace detenerse.
– ¿Cómo es posible?- Mira hacía delante; la fila se pierde en el horizonte. Intenta dar marcha  atrás con la esperanza de salir por la nacional II, pero es inútil, los coches iban llegando y parando.
Una enorme nube negra se dirige en su dirección.- Lucas salió del coche; mientras su esposa se dedicaba a girar el botón de la radio con la esperanza de encontrar alguna emisora.
Comienza a andar, se une a un grupo de conductores que abandonan sus vehículos intentando saber que está ocurriendo.
Una luz cegadora comenzó a iluminar los primeros coches de aquella gran fila, permanecían parados y con las luces de emergencia.- la gente no podía entender lo que ocurría; pequeñas plataformas plateadas bajaban a gran velocidad por un haz de luz. Un potente láser proyectaba una honda de energía que impulsaba a los vehículos a doce metros del suelo, a continuación aquella peculiar energía elevaba la temperatura de los motores y estallaban en cadena. La imagen era dantesca; provoca una huida en masa hacía otra dirección.
Lucas intenta correr hacia su coche, pero cae al suelo a pocos metros. El grito de la gente ensordece todo el lugar, haciendo eco en los oídos de Janet que mira con asombro y miedo las sombras que se forman ante sus ojos.- Se queda agarrotada. Entra en un estado de pánico; oye gritar a su marido.- le ve a escasos metros del coche, las sombras le alcanzan. La presión en su cabeza aumenta, la gira de forma mecánica; dirige la mirada hacía su coche.- donde los ojos de su esposa le contemplan.
Todo ocurre demasiado rápido y Janet intenta salir de su coche para ayudar a su marido.- está aterrada, no puede respirar.- intenta superar su miedo y se aproxima corriendo.- ¡ya es demasiado tarde!
Está levitando a medio metro del suelo, algo le ha penetrado en el graneo, se tambalea en el aire, sus extremidades se convulsionan.- Janet grita su nombre.-

– ¡Lucas!- en milésimas de segundo, gira la cabeza y abre los ojos.- Janet cae de rodillas, los bonitos ojos azules de Lucas han adquirido un tono amarillento.
Ella se empieza abandonar, sabe que no puede escapar corriendo. No tiene ganas de luchar, mira alrededor con lágrimas en los ojos. Muchos están muertos, otros parecen estarlo. Su marido cae en el asfalto. Janet gatea a su lado, la gran sombra se abalanza sobre ella y abre su gran boca. Ella le lanza una mirada desafiante. Pequeñas puntas de lanzas se clavan en la mujer, matándola de inmediato.
Una sacudida seguida por un ruido ensordecedor se oye cerca del hospital. El suelo del puente se derrumba y la gran nube metálica vuelve a moverse.
Desde lejos se ve como un haz de luz se lleva a los que han superado la transformación.- Entre ellos el padre de Madison.

La gran explosión en el puente ha reventado los cristales del hospital. Madison sigue perdida en el mundo del sueño eterno. Se ha parado la máquina que registra su ritmo cardíaco.- ninguna máquina funciona en el hospital.- Su respiración es normal.
Un aire frío se cuela por la ventana, acaricia los brazos de la joven. Sus ojos permanecen cerrados, pero su actividad neuronal provoca un ligero movimiento en los párpados. El sistema nervioso hace que empiece a recuperar sensibilidad en el cuerpo.- ha notado el frío.- pasan breves minutos.-
Una ráfaga de aire entra inundando el espacio; Madison abre los ojos.Le empieza a llegar un desagradable olor. Intenta girar su cabeza, pero desiste.- es demasiado pronto. Acaba de despertar y su cuerpo no asimila con claridad las ordenes que le manda el cerebro.
Sabe que algo está pasando.- no se oye nada.- solo el peculiar silbido del aire que entra por la ventana. Dirige su mirada al jardín. Ve que quedan pocas hojas verdes.- sus latidos empiezan a cambiar de ritmo, su instinto la obliga a moverse de aquella posición.
Empieza a sentir un ligero hormigueo en la nuca, segundos después una pequeña descarga de energía nerviosa la obliga a girar el cuello; que gira lentamente hacía la ventana, emite un sordo gemido, el dolor que le produce el cuello la pilla por sorpresa. Intenta bascular su cuerpo para cambiar de posición.- necesita colocarse en dirección a los árboles.- cree que marchitan rápidamente o es su imaginación dormida. Aturdida se vuelve a impulsar sin apenas ayuda de los brazos.- Los tres años en coma le pasan factura.- Su cuerpo ha perdido gran parte de su masa muscular. Lo intenta varias veces, cada vez coge más fuerza, hasta que al final cae al suelo.
Su cuerpo queda de costado, en dirección al jardín. Las hojas verdes ya no muestran su armonioso color.- en este momento Madison piensa que está muerta.- empieza a darse cuenta que está sola. Se acuerda que tiene familia y no están con ella.
En su cabeza empiezan a deambular imágenes del pasado, está regenerando los recuerdos. Ella sabe que ha estado en coma, pero no recuerda con nitidez que es lo que la ocurrió.
Permanece en el suelo durante horas, intenta conseguir que su cuerpo se mueva. Primero, un ligero movimiento en los dedos de las manos y de los pies. Desliza despacio las piernas, pero no logra doblar las articulaciones. Está agotada, sin aliento. Dirige la mirada al cielo y es entonces cuando una nube plomiza la deja sin respiración. Pestañea varias veces, intentando creer lo qué están viendo sus ojos.- En ese mismo momento un ruido chirriante se oye en el pasillo; un alboroto de muebles en movimiento que chocan contra las paredes.- otra vez el silencio.- la puerta de su habitación está cerrada, pero el sonido de un animal despierta su atención; es como si inhalara por debajo de la puerta intentando identificar un olor. Ahora vuelve a estar en calma. Un profundo miedo aterriza golpeándole fuertemente la cabeza. Al tocarse la cabeza descubre la placa metálica que la cubre el cráneo de oreja a oreja. Palpa despacio con los dedos, su pelo ha dejado de crecer en esa zona.
Después de media hora en silencio, empieza a despertar de un estado dormitivo, la inunda un profundo olor metálico; al respirarlo le araña la garganta dejando un sabor a óxido en los labios.
Un fuerte ruido la sobresalta; consigue ponerse de rodillas y arrastrarse hacía la puerta. Aguza el oído apoyándolo en ella. Puede distinguir el jadeo de un animal y unos pasos cercanos.
Está muy nerviosa y cansada. Empieza a estar deshidratada y necesita beber agua.
Observa la habitación, descubre una puerta entornada al otro lado del ventanal; entra despacio mirando su oscuridad.-Un miedo galopa en su interior, distorsiona la realidad.- ha despertado del coma y lo que ahora descubre se aleja mucho de lo vivido anteriormente.- Se impulsa para alcanzar el lavabo, logra incorporarse y abre los grifos. El rugido de la tubería le hace entrar en depresión, pone sus labios agrietados en la boca del grifo y succiona las cuatro gotas que se desprenden.
La única preocupación que Madison tiene ahora es poder beber.- recuerda que en la sala al final del pasillo se encuentra un dispensador de agua.- seguro que también habrá algo para comer.
Alcanza el primer pasillo arrastrando su pequeño cuerpo por las paredes. Le tiemblan las piernas.- está muy débil.- Sé para de golpe a la mitad; vuelve a oír un ligero siseo que la pone en alerta. El sonido procede de la habitación número diez, una luz intensa ilumina la rendija de la puerta, alguien grita. El grito desgarrador le hace derrumbarse, cae al suelo sin poder evitarlo.- Algo o alguien golpean los muebles produciendo un sonido chirriante hasta acabar chocando con las paredes.- Invade aquel pasillo un silencio absoluto…
La puerta se abre, un extraño ser sale por ella, lo que ven sus ojos es una verdadera tortura. Su cuerpo se va encogiendo…, consigue agazaparse detrás de un carro de lavandería. Observa aterrada aquella sombra inocua; se mueve levitando y busca en todas las habitaciones; está al acecho, busca otro infeliz que alimente su alma. La habitación deja al descubierto el horror de aquel grito. Un hombre sentado en la cama, parece una escultura de piedra. No puede apartar su mirada de aquella habitación. Una bocanada de aire entra por la ventana y la figura se derrumba convirtiéndose en polvo.
Solo quedan pocos metros para alcanzar la sala; Madison se aproxima, tiene una necesidad imperiosa de ingerir líquido. Solo una obsesión le ocupa sus pensamientos; un vaso de agua fresca para calmar su sed.
Está un poco distraída, ha dejado de pensar en lo que está ocurriendo, su objetivo es alcanzar la sala.- Está a oscuras, solo un haz de luz ilumina un pequeño espacio. La estancia está repleta de sillas y máquinas. Se intenta levantar apoyándose en el reposabrazos de un gran sillón. Detecta un ligero movimiento y retrocede sin dejar de temblar. Alguien la chistea desde el otro lado de la sala.

– Madison, ¿eres tú?- desgraciadamente no puede emitir ningún sonido. Una pequeña lesión cerebral la impide hablar.
– Solo emite un gruñido como el que produce un animal.- se sorprende de no poder articular palabra. Le aterra no volver a hablar, sus ojos se inundan de lágrimas.
Mantener el equilibrio es más complicado de lo que ella cree, se levanta y cae. Su cuerpo emite un sonido seco al chocar contra el suelo.
El sonido se desplaza de forma vertiginosa por el pasillo.-ya no queda nadie vivo en aquella planta, solo ella y aquel individuo que la llama por su nombre.
En la otra punta, una especie de animal aguza su olfato y se dirige a gran velocidad hacía la sala. Le acompañan infinidad de pequeños insectos robóticos con hambre de presa.
Madison intenta ponerse de nuevo en pie, lo consigue gracias a una fuerte mano que la sujeta sin soltarla.
Aquella peculiar figura animal se asoma a la puerta; es cómo un perro, pero su aspecto siniestro consigue que Madison se estremezca. Una sustancia grumosa se desprende de su hocico metálico, llenado el suelo de color amarillo.
Permanecen abrazados en el sillón, respiran despacio, no quieren que huelan su miedo, casi ni pestañean.- pasa muy cerca de ellos les roza las piernas, pero asombrosamente no les ve.
Madison se siente incomoda, no puede controlar los inquietantes impulsos nerviosos que manda el cerebro a su cuerpo, no tiene control de sus movimientos. Se produce una pequeña descarga en sus piernas y se mueven.Los insectos robóticos se aproximan corriendo hacia ellos. Recorren su cuerpo, analizan con un pequeño láser. Un instinto de supervivencia hace que Madison y su acompañante inspiren una bocanada de aire y la mantengan sin expulsar. Un extraño insecto se coloca a la altura de los ojos que permanecen abiertos. El animal metálico mira en su dirección esperando la confirmación de aquellos seres diminutos.
Parece que pasan horas, cuando uno a uno van abandonado la habitación, el último en hacerlo es aquella estructura semi metálica en forma de lobo.
La tensión sometida en escasos segundos hace que sus cuerpos se desplomen uno sobre el otro.- incapaces de moverse, permanecen allí abrazados durante un tiempo.-Se quedan dormidos.
Madison es la primera en despertar; entra más luz por la ventana y ve con claridad el cuerpo de un muchacho menor que ella, abrazándola como un niño a su oso de peluche. Le observa con curiosidad, no quiere moverse para no despertarle. Es atractivo y corpulento, su piel está bronceada, lo que le hace pensar que vive cerca de la costa.
Intenta moverse y le retira el brazo que reposa sobre su cuerpo; en ese momento él se despierta. Unos enormes ojos verdes le miran con asombro.
– Madison, ¿Estás bien?-Jack la mira a los ojos y descubre con tristeza que no se acuerda de él.
Madison intenta hablar, pero no consigue pronunciar ni una palabra.- Se ruboriza.- él la acaricia la cara, con un solo gesto le trasmite la confianza que necesita. Fue entonces cuando ella no pudo aguantar la presión, el miedo y se derrumba en sus brazos, llorando desconsoladamente.
Mientras abraza su cuerpo, besa la diadema de metal de su cabeza.-que es igual a la suya.
Jack se levantó despacio, ella permaneció inerte durante una hora aproximadamente, intentaba encontrar algún recuerdo que pudiera enlazar con la cara de Jack.
Estaba sediento, necesitaba sacar agua de la máquina expendedora, no sabía cómo hacerlo sin hacer mucho ruido.Intentó hacer palanca en el cierre con una llave que había en el suelo.- no lo consiguió.-
– Madison, quédate aquí, de acuerdo, enseguida vuelvo.- Madison se acurrucó como una niña en el sillón y no dejó de observarle hasta que abandonó la sala.
No lograba encontrar la cara de Jack en ninguno de sus recuerdos, el caso era que su proximidad la tranquilizaba, la llenaba de una sensación desconocida, se sentía arropada. Solo quería permanecer a su lado.
Sumergida en aquel silencio.- empezó a oír leves sonidos.- parecen lejanos.- se levantó del sillón.Tenía más control sobre su cuerpo. Se encaminó hacía la puerta. A lo lejos, vio el reflejo de una sombra con aspecto humano. Intentó esconderse, pero fue demasiado tarde. Un leve sonido atrajo la atención de la sombra; levitaba despacio hacía su dirección. Se quedó paralizada, un ataque de ansiedad la devoró por dentro. Su respiración se aceleraba, no le daba tiempo a coger aire. Empezaba a colapsar sus pulmones; cuando levantó la cabeza se encontró con una mirada penetrante. Una estructura metálica, que cambia de aspecto en cuestión de segundos, la miraba con unos espeluznantes ojos de color amarillo. Le mantenía la mirada.Emitió un escalofriante bufido que consiguió que Madison se orinase encima.
El ruido era tan fuerte que de sus oídos brotaba unos pequeños hilos de sangre. Permaneció allí, mirándole a los ojos sin poder moverse, encogida por el miedo. De una forma espectacular, la sombra atravesó su cuerpo y salió por la ventana de la sala.
Cayó de rodillas, aislándose del mundo, ese mundo lleno de terror que se apoderaba de su alma.- Solo quería volver al coma.
Jack regresó corriendo al oír aquel desagradable bufido que envolvió todos los rincones del hospital. La vio de rodillas, meciendo su cuerpo; lloraba…, se estremecía, mantenía la mirada perdida. La abrazó con fuerza y no paró de besarla hasta que calmó sus lágrimas.
Jack sabía más cosas de lo que estaba ocurriendo; había oído la noticia de la lluvia de estrellas, también el último comunicado emitido desde Canadá. Pero le llamó la atención el llamamiento realizado por Alice.
Le contó todos los detalles a Madison, le comentó que él es su pareja. El día del accidente iban juntos en el coche cuando un conductor perdió el control de su camión y mando por los aires el coche en el que viajaban, aterrizando en las frías aguas de un río próximo.
Prepararon lo necesario para su viaje, recuperaron fuerzas. En pocas horas marcharon por unos de los puentes que se dirigen hacia el norte, su destino la gasolinera cerca del cañón. La sonrisa de Madison brotó en su rostro, se sentía protegida cerca de Jack. – Miraban hacía al norte, mientras que Jack empujaba la silla de ruedas.

  Julia Ojidos Núñez

 

 

Queridos lectores muchas gracias por leer este relato, ha sido un éxito. Muchos de vosotros me habéis sugerido que me planteara realizar una novela larga. He decidido escribirla. Está será la última parte que publicaré en el blog.
Muchas gracias a todos.
Un gran abrazo y buen fin de semana.

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