Mi relato “La historia de una cartera en guerra” seleccionado


Buenas noches, otro de mis relatos seleccionado entre un montón de participantes al concurso de “Cortoletraje” de la Editorial Pábilo. Para mi es todo un honor…, estoy ilusionada y muy contenta. Pronto saldrá el libro en formato papel, lo estoy deseando.

Muchas felicidades al ganador, finalistas y seleccionados.

 

Relatos seleccionados del I Concurso de Relatos Cortos ‘Cortoletraje’ de Pábilo Editorial

A continuación, señalamos los 40 relatos elegidos (junto con nombre del autor/a y procedencia) para el libro ‘Cortoletraje’, que será presentado a lo largo del próximo mes de mayo en Huelva. 

Relato ganador:

Entretelas de papel. Carmen Martagón. Huelva.

Finalistas:

La niña de la niebla. Lola Fernández. El Figaró (Barcelona).

Cuando salí de casa esa mañana no pensé que lloraría tanto. Aníbal Martínez. San Juan del Puerto (Huelva).

Tuétano muerto. José Luis Díaz. Crevillent (Alicante).

La sequía. Javier Gómez. Aljaraque (Huelva)

Dual. Juncal Baeza. Madrid.

Resto de seleccionados:

De ramas y raíces. Lorena Gil. Mungía (Vizcaya)

Nova Atlantis. Ricardo Giráldez. Argentina.

Madre Tierra. Hugolina G. Finck. Ciudad de México.

En Ganímedes. Lisardo Suárez, A Coruña, y Florencia Buenaventura, Cali (Colombia)

Mientras todos duermen. José Luis Chaparro. Salvatierra de los Barros (Badajoz).

El extraño. Ángeles Mora. Huelva.

La caída del ventrílocuo. José Bueno. Huelva.

Lluvia sobre campos de ciruelos. Santiago Morcillo. Badajoz.

Jaque mate. Manuel Hachero. Huelva.

Kafka. Germán Rodríguez. Argentina.

Grietas en el pasado. Daniel Araújo. Lepe (Huelva).

El suicidio de Safo. Santiago Aguaded. Lepe (Huelva).

Ultimátum de medianoche. Gabriel Ignacio Bañados. Chile.

Ese amanecer, para nadie estuvo prohibido llorar. Armando Aravena. Chile.

El enigmático señor Gómez. Daniel López. México.

La mujer del cuadro. Sergio Daniel Gaut. Argentina.

Niña disfrazada de enfermera. José Aristóbulo Ramírez. Colombia.

Deja que pase la noche. Rosario Martínez. Madrid.

Plegaria por un insecto. Paola Inés Suárez. Colombia.

La otra vida. Ramón Zarragoitia. Plentzia (Vizcaya).

Nosotros también segamos. Sergio Moreno. Madrid.

La lanza del centauro. Fran Mateu. Elche (Alicante).

Eso ha sido Valentín. Fernando Nuño. El Berrón (Asturias).

La historia de una cartera en guerra. Julia Ojidos. Madrid.

Soledad. Fátima Javier. Ayamonte (Huelva).

Amantes ciertamente inciertos. Rocío Bolado. Sevilla.

La noche de los sentidos. Belén Sánchez. La Felguera (Asturias).

Vorágine. Saúl Díaz. Inglaterra.

El hombre que avistaba la invasión extraterrestre. Juan Pablo Goñi. Argentina.

Sala de embarque. Luis Miguel Pires. Alemania.

Laberinto criminal. María José Sánchez. Granada.

La última prueba. Juan Folguera. El Escorial (Madrid).

La revolución mexicana. Luis Enrique Fernández. México.

El escritor exitoso. Néstor Quadri. Argentina.

 

 

 

HISTORIAS DE WHATSAPP IV


Cuarenta y ocho horas después de la muerte de Jack

Todo estaba completamente a oscuras, respiraba el aire viciado dentro del ataúd. Jack volvió a la vida después de sentir que su cuerpo se desplomaba en el comienzo de un pequeño túnel. Una luz cegadora le guiaba hacía el exterior, allí, varias sombras movían despacio su cuerpo. La paz interior comenzó a despertar. Algo tiraba con fuerza de él y entonces se dio cuenta de que acababa de nacer. Sintió como se estremecía su cuerpo a causa de un frío polar, olía su propio aliento. No podía moverse, pero por alguna extraña razón sabía cómo intentarlo. No entendía que hacía allí, tumbado bocarriba con el cuerpo rígido, entumecido. Sentía su piel fría y sin vida, pero no tenía miedo. Estaba en el más absoluto silencio, la respiración comenzó a ser más agitada. Su cuerpo comenzaba a despertar. Pequeños y dolorosos estímulos viajaban por los músculos de su cuerpo haciendo castañear los dientes. El ruido que producía su boca le distrajo varios segundos de otro sonido que le llegaba desde el exterior.
Alguien estaba hablando o eso le parecía al joven Jack que también lograba percibir como arrastraban la lápida por encima de su cabeza. En esos momentos su respiración se vuelve más agitada, intenta gritar, pero solo consigue que varios gusanos se le metieran en la boca. Ahora, tenía claro donde estaba, los escupió y volvió a coger una bocanada de aire templado.
Al otro lado y con una palanca en la mano, Martín ejercía fuerza para que la tapa saltara por los aires. Apenas había luz, pero la suficiente para ver los ojos abiertos de Jack, que miraba enloquecido hacía el exterior. No le dio tiempo a pestañear, cuando dos enormes hombres le sacaron de tan angustiosa prisión. Le elevaron por encima de la caja y le depositaron en una camilla. Con la misma asombrosa precisión pusieron dentro del ataúd, a su querido amigo Óscar. Todo fue demasiado rápido, en cuestión de minutos el cuerpo aletargado de Jack solo percibía los pequeños pinchazos de las agujas en su brazo. Sus pensamientos estaban inertes, viajaban fuera de allí.

Después de varias horas dentro de la ambulancia, Martín sacó su móvil desechable, mandó un mensaje a un número oculto. El mensaje decía;
– “Mi sobrina ya ha nacido, espero que vengas a verla” – en segundos recibió la respuesta.
– Por supuesto que iremos a verla.

El terreno estaba fangoso por las últimas lluvias, el cielo seguía cubierto por nubes que impedían que luciera el sol. El olor a tierra mojada se impregnaba de forma deliciosa en el bosque de pinos. Lucas miraba los alrededores, intentando visualizar que había ocurrido en aquel escarpado terreno, cercano al desguace. Había establecido un perímetro de seguridad y estudiaban el terreno colindante.
Valeria miraba atenta dentro de los contenedores de basura del viejo desguace. Varios agentes de su equipo estaban interrogando a los trabajadores del lugar. El equipo forense había establecido un pequeño laboratorio de campaña para agilizar los análisis de las muestras. El brazo era uno de los restos que estaba en mejor estado, a pesar del bocado del perro, se mantenía entero.
Lucas ya estaba en el lugar donde se encontraron los restos, observaba con atención. Hizo un recorrido con la mirada e imaginó como había ocurrido la escena. Comenzó a oír sus fuertes latidos, notaba una ligera presión en la sien. Su mirada se volvió inocua, en ese momento vio a una mujer dentro del coche, mal herida. Apenas se mueve. El coche permanece colgado de una grúa pluma, el coche se tambalea. Lucas avanza varios pasos y se sitúa cerca de la trituradora, en estos momentos está parada, pero él la ve funcionando en su cabeza. La grúa avanza varios metros y suelta el vehículo a las fauces metálicas que ahogan los gritos de la mujer, con sus horribles chirridos.
– ¿Qué te parece Lucas? – le mira atentamente.
– Los restos son de Lucía, sin lugar a dudas.
– ¿Cómo has determinado eso? Las pruebas no están analizadas.
– Creo que aquí está jugando mucha gente al mismo juego. Tengo una corazonada.
– Cuéntamelo…, no seas tímido. – le propone Valeria con una impaciente sonrisa.
– Está bien, ven conmigo. -Se acercan a uno de los coches del equipo y la invita a entrar.
– Creo que hay dos asesinos implicados, completamente opuestos en sus perfiles. El problema de esto, es como vincularlos. No estoy seguro, pero creo que por alguna razón la organización quiere un determinado perfil de sus víctimas, pero alguien se adelanta y somete primero a la víctima a una serie de juegos. Si es adecuada para el implante, continúan con el método, cómo fue el caso de Olivia, Jessica. – Valeria le mira a los ojos y comienza a sopesar la información que acaba de darle Lucas.
– Quieres decir que el primer filtro lo hace un individuo, que a su vez interpreta las ordenes de sus superiores, como le da la gana. Hablo del caso de Sandra, esa mujer fue violada antes y después de su muerte. Las torturas más horribles y dolorosas se las hicieron en vida, le arrancaban trozos de piel, de todo su cuerpo en especial sus tatuajes y le quemaron la cara con ácido.
– A ese punto quiero llegar, en el sótano de Jessica, encontramos miles de tarros repletos de restos humanos. Entre todos, uno de ellos me llamo la atención. Un tarro que contenía piel tatuada de la parte de una axila. El tatuaje es de un dragón chino. – se produjo un incómodo silencio. – Valeria abre la consola del vehículo, teclea su código de seguridad.
– Ya sé, hacía donde me quieres llevar…, Lucía tenía un tatuaje en su axila. ¿Verdad?
La consola se abrió dando paso a un vídeo sadomasoquista que Lucía grababa en sus misteriosas citas. En una de las imágenes donde ella permanecía atada al cabecero de la cama, se ve con claridad el perfil de un dragón chino, tatuado en su axila.
– Entonces podemos determinar que el asesino de Sandra es el mismo que el de Lucía. En el caso de que sea ella, la que está en el amasijo metálico.
– Pero Lucas, hay varias cosas que no terminan por cuadrarme. – Valeria dirige la mirada hacia la consola.
– ¿Por qué de todas las chicas que les gusta ese rollo, eligieron a Sandra y a Lucía?
– Esa es la gran pregunta Valeria, todos los indicios se pierden en el Pub Nube. Es la pieza principal del rompecabezas. Por eso quiero que este fin de semana te hagas pasar por una necesitada del sexo Sado. El primer paso es preparar tu trayectoria en las redes y tus gustos por los perfiles de citas. Además de establecer contacto con otras chicas en la nueva aplicación de Whatsapp. – Valeria le mira con cara traviesa. Una expresión que Lucas conocía de sobra.

Tres horas después de recorrer y recoger pruebas en el desguace, Valeria va al estudio de un viejo amigo. Un investigador experto en fotografía y redes que siempre está disponible para Valeria. El propósito de la atractiva Agente es que su querido amigo pose con ella en la cama, rollo Sado y suba las fotos comprometidas a un perfil creado para ese propósito.
El equipo de fotografía y vídeo está preparado, el loft donde vive y trabaja es el escenario morboso de aquel álbum fotográfico.
– Valeria, ¿estás preparada?
– Sí. – coge aire y enmaraña con los dedos su cabello.

Una cama redonda vestida con una manta de pelo blanco, brilla con los focos. Valeria lleva una máscara de gata sobre su cara, solo se le ven sus carnosos labios pintados de rojo y el brillo de su mirada. Sus pechos están al descubierto, en sus pezones cuelgan dos grandes aros adornadas con varias tiras de cuero, por debajo de su pecho se ajusta un corsé color vino. A partir de ahí solo se cubre por unas medias hasta el muslo, sujetas con un liguero de encaje. Se tumba y entre sus piernas, coloca de forma sensual una fusta de piel de camello.
Ahora toca la sesión de fotos con su querido amigo. El joven, tiene la cabeza cubierta por un buzo con cremallera plateada. Solo se le pueden ver los ojos, la nariz y la boca permanecen ocultos. Está completamente desnudo, solo tiene un pequeño taparrabos. Lleva un collar de perro en el cuello y ella tira del con fuerza, agitando en el aire la fusta, le golpea los glúteos y le somete. Cuando ya ha controlado al sumiso, orina sobre su espalda. Ella le ordena que se masturbe y acabe dentro de su vagina.

Valeria se acaba de duchar, aquella sesión de fotos la ha agotado. Menos mal que había contratado a unos dobles para hacer los vídeos, la sesión de posado la ha realizado ella y su amigo, pero el vídeo porno Sado, no era posible…, aunque ella pensaba que…, si hubiera sido Lucas, no se hubiera negado.
– Valeria, ya tienes preparado tu perfil con las fotos y los vídeos porno. Ven a verlo. – Valeria se acerca mientras coloca su arma en la funda y abrocha la cremallera de su cazadora.
– Tiene muy buena pinta, ¿verdad? – le alborota el pelo a su viejo amigo que permanece sentado delante del ordenador.
– Está perfecto, espero que en pocas horas reciba notificaciones de amistad en las redes. Mándame una copia de todos los mensajes a mi servidor.
– Cada vez que miro tus fotos, me doy cuenta de que eres una autentica pantera. Devora hombres. Ya sabes que conmigo estas a salvo, gatita.
– Ya lo sé, mi querido amigo. Tus gustos tienen menos curvas.
– No seas malvada, curvas tienen en la entrepierna. Ja, ja, ja. – una risa contagiosa hizo desaparecer la tensión de la sesión de fotos.

Olivia abre los ojos, está algo mareada. Ya no está monitorizada, así que nada le impide moverse de la cama. Solo conserva en su mano una pequeña vía. Tiene los labios secos y la garganta le abrasa. Se sienta en el borde de la cama. En su mesilla hay un vaso vacío. Lo coge y se lo acerca a la nariz. Distingue el olor del zumo de mandarina. Gira lentamente la cabeza hacía un lado y hacía el otro. Decide levantarse lentamente, pone los pies desnudos sobre el frio suelo y le produce alivio. Mueve los pies arrastrándolos, no tiene suficiente control de su cuerpo como para levantar la pierna y dar pasos. Abre la puerta del baño y la cierra a su espalda. Coge aire y entorna los ojos. No quiere asustarse de lo que la imagen del espejo le va a mostrar. Tiene miedo de no ser ella misma. Ha sufrido mucho. Recuerda todo perfectamente. El secuestro, la operación, el abuso frecuente de Martín en su casa. El control que ejercía sobre ella cuando estaba drogada. Le odiaba con todas sus fuerzas y quería verle muerto. A él y a los psicópatas que experimentaban con mujeres con antecedentes familiares de cáncer cerebral. La puja y toda aquella pantomima era una tapadera para todo aquello.
Su mirada está perdida, las lágrimas empiezan a viajar sin control por sus mejillas. Se acuerda de aquella manera. Su imagen no ha sufrido cambio. Solo se ven los pequeños orificios donde hace unos días tenía los pendientes. El alivio inunda de nuevo sus ojos que riegan incansables sus mejillas. Está viva y sabe que corre peligro. Tiene que establecer un plan, sabe en quien confiar, solo en una persona. Una persona que le habló dulcemente en la ambulancia cámino del hospital.

Valeria está preparada, sale de su casa. Abre las puertas del coche con el mando, se sienta al volante, suspira y conecta la radio. Intenta parecer tranquila, así que para tranquilizarse enciende un cigarrillo. Desde el día que realizó la sesión de fotos e instaló la nueva aplicación de Whatsapp ha recibido más de mil notificaciones de amistad. Su equipo está analizando cada perfil que se ha añadido en su teléfono y en las redes. El depredador está entre ellos y tienen que desenmascararle.
El recorrido hasta el Pub Nube transcurre sin ningún incidente, antes de aparcar y salir del coche conecta los dispositivos de vídeo en el vehículo, al igual que los que tiene adheridos a su cuerpo. Ya está preparada. Según se va acercando al recinto se oye más nítida la música.
– Estoy preparada. Voy a entrar. Necesito confirmación de dentro.
– Adelante Valeria, tenemos a nuestro camarero en posición. Buena caza.

Valeria atravesó la oscura y gran puerta. La luz blanca intermitente le hacía pestañear. Su vista y sus oídos se fueron acostumbrando paulatinamente a los ruidos que se mezclaban azotando su cabeza. Su cuerpo retumbaba a golpe de estridentes acordes de guitarra eléctrica. La música estaba demasiado alta. Un hombre fornido se acercó pidiéndole que le acercara su móvil al lector. Después de que la luz verde del lector se apagara le entregó el teléfono. El enorme y seductor hombre acercó sus labios al oído de Valeria.
– ¿Es tu primera noche?, gatita. – le dijo con voz cazallera. – Valeria asintió tímidamente.
– ¿Ves aquella puerta?, es otra sala, allí estarás como en tu casa. – le dijo manteniendo el perfil de su barbilla entre sus dedos.

Sin más preámbulos Valeria dirigió su extraordinario cuerpo, hacia la puerta que le había indicado el fortachón.

 

El libro enamorado de Adara


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¡Me ha vuelto a pasar!, nunca escarmiento con los hombres. Me he pasado llorando todo el fin de semana, viendo sin mirar las películas de la triste y deprimida Bridget Jones. Intentando arrancar una sonrisa de mis labios. Estoy hecha un desastre, me miro al espejo y no me reconozco. Las ojeras sobresalen de la cara como grandes gominolas, mis ojos repletos de finas venitas rojas asocian mi estado anímico con una mirada repleta de desánimo. Hoy como otros muchos es el peor momento de mi vida. Pero tengo que hacerlo, tengo que continuar. Intento no pensar en lo ocurrido y me distraigo mientras disimulo mis profundas e hinchadas ojeras, con corrector y maquillaje. Mi corazón seguirá herido durante mucho tiempo. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que la felicidad inunda este cuarto. En estos momentos y delante del espejo donde reflejo cada día mi vida, me hago una promesa, nunca más me voy a enamorar. Aunque recuerdo que es la misma frase que utilicé la última vez. Embriagada en mi fracaso, disimulo con esmero el triste y lloroso tapiz de mi rostro.

Pongo rumbo a la jauría diaria, donde la misma gente de todos los días te juzga sin conocerte.

Mi cabeza forma parte de una silueta bien definida, donde los pensamientos son ajenos al cuerpo y el alma. Aquí estoy yo, dentro del vagón de metro, mirando a la misma gente de todos los días; recibiendo su incesante vaivén que adormece despierto.

Con los ojos abiertos mirándome a través del reflejo de la ventana, descubro una mirada; un atractivo joven me observa con media sonrisa. Cierro los ojos y no quiero pensar. Me quedo adormilada, con una sensación plenamente placentera. Percibo una caricia en mi hombro, abro los ojos. El vagón está completamente vacío. Sus puertas se abren y me muestran el cartel de mi parada. Recojo mi cuerpo abatido, pero antes de salir, en el asiento donde estaba sentado aquel atractivo joven, casi a punto de caer había un libro. Al agacharme para cogerlo pude leer en letras doradas

“No soy un amor prohibido” sin pensarlo dos veces, cojo aquel ejemplar y lo guardo disimuladamente en mi bolso. El roce de aquella portada con las yemas de mis dedos, el olor a libro antiguo que se filtraba con apariencia arrogante entre la cremallera entreabierta de mi bolso; la delicada grafía de la portada, inundó mi cuerpo de entusiasmo.

Arrinconé a un lado mis pensamientos tristes del fin de semana, recuperando el color en mi rostro y el brillo en los ojos, puse un pie en la oficina.

Hoy tengo mucho trabajo, llevo la sección de Recursos Humanos, ha empezado la selección de aspirantes para el casting de una nueva novela. Cuando me siento en mi despacho me olvido de mis penurias, me dedico en cuerpo y alma a desempeñar mi papel.

Me sirvo un café de máquina en la sala de descanso y presencio el tumulto de gente que espera ansiosa la entrevista.

Hombres, mujeres de todas las edades y nacionalidades, intercambian sus miradas y contemplan nerviosos el número de su turno en el luminoso de recepción.

Han pasado cuatro horas desde que acaricie aquel libro, no he dejado de pensar en su título “No soy un amor prohibido”.- Romántica hasta la médula, donde la poesía me alimenta cada día, por eso me pasan esas cosas, por qué me enamoro en mi primer encuentro de cualquier hombre que me roba un beso.

Mi torpeza eligiendo el amor y mi dedicación pasional a mi pareja, me hace una presa fácil, donde el hombre hipnotiza mis sentidos, secuestra mi cuerpo, que cautivo desea el amor entre sábanas.

Esa es sencillamente la hipotenusa de mi vida. Me encuentro otra vez con mi mirada en el espejo, he notado en pocas horas que mi espíritu ha recobrado vida. ¡Ya soy persona!, las ojeras se han disipado, dejando el contorno natural de mis ojos verdes.

He traído mi bolso con la intención de retocar mi maquillaje, pero no ha sido necesario. El libro asoma insinuante, entre el neceser y mi móvil. La atracción es tan poderosa que no puedo controlar el impulso de empezar a leer. Miro todas las cabinas del baño,- no hay nadie,- decido entrar y cerrar con llave. Acaricio su portada, leo en voz baja el título. Otra vez me inunda ese agradable olor a libro viejo, me traslada a otro tiempo,- comienzo a leer.

 

Te has castigado mucho el fin de semana, tus lágrimas no calman mi sed, me preocupa tu estado. Eres una de las pocas personas que he conocido que se refugia en su jaula contemplando asustada los leones que están al otro lado.

Intento dar sentido a lo que estoy leyendo, cierro el libro y observo la encuadernación, es un libro antiguo, está correctamente encuadernado, sus hojas del color pergamino me desorientan, el vocabulario es actual. ¿Cómo es posible?,- continuo leyendo.

 

Estar enamorada no es malo, es un estado prodigioso que nos cautiva a diario. El amor incondicional se asoma a tu vida de vez en cuando, el problema es que el amor llama a tu puerta y tu inocentemente le dejas entrar sin preguntar.

¿Qué hueco siempre tienes vacío?, ¿qué buscas en el amor?, solo unas dulces palabras, un beso furtivo, ¿sexo descontrolado?

Solo te hago una pregunta ¿Crees que soy un amor prohibido?

 

El sonido del móvil me despierta de ese paradigma literario que sostengo entre mis manos con pocas páginas escritas. Pero con una asombrosa firma en griego Ἔρως que reconozco de inmediato. Me levanto cabreada, esto es una broma pesada de mí exnovio Octavio, sabe mi pasión por la cultura clásica y además de dejarme, se mofa en mi propia cara.

Meto de nuevo el libro en mi bolso y decido ir a su casa a pedirle explicaciones.

La rabia que contengo se empieza a dulcificar cuando levanto la vista y el próximo al que tengo que entrevistar es el atractivo joven que me miraba en el metro.

Me quedo sin respiración, emerge por la puerta con una seductora sonrisa y perfecta dentadura; su pelo despeinado y su mirada seductora, consigue que me remueva en mi silla. Me entrega su currículum, lo dejo sobre la mesa. Me sudaban las manos, le invite a que se sentará, intenté no ruborizarme, pero creo que fue un intento fallido, porque él mantenía mi mirada. Su mirada me ofrecía una calidez sin limites, traspasando mi barrera helada. Era una sensación extraña, cercana y familiar.

El tiempo pasaba despacio, le hice un montón de preguntas, me pareció un candidato perfecto para ser el protagonista que buscaba la cadena de televisión.

Le dije que si resultaba elegido le llamaríamos al teléfono que figuraba en sus datos personales. Le di las gracias por venir y le estreché mi mano.

Fue entonces cuando el dulce sabor a miel brotó en mis labios, un calor sofocante inundó mi cuerpo, un orgasmo ofensivo alarmó la intimidad de mi cuerpo. Cuando solté su mano, un adiós jadeante se escapó de mis labios. Intenté ahogar el profundo jadeo cerrando mi boca; fue cuando él depositó un suave beso en mi mano.

Se marchó como vino, con una sonrisa que cautivó el más preciado rincón de mi cuerpo.

Me deje caer sobre la silla, contemplé su currículum. Me quede sin habla, sin respirar, sin vida…

Intentaba aclarar mis pensamientos, necesitaba saber si estaba despierta o continuaba llorando abrazada a los cojines del sofá y viendo la televisión.

Era la hora de regresar a casa, hoy había sido un día verdaderamente extraño.

Mucho trabajo, pero lo más curioso de todo era aquella magnífica sensación que había sentido y que no he dejado de sentir. Anote su teléfono y su dirección en mi agenda.

Esos sentimientos que se cruzaban eléctricamente durante unos minutos agarrada  su mano, no quería olvidarlo, necesitaba sentirlas de nuevo.

Me quedé dormida en el sillón, comencé a soñar;

 

Telas blancas colgaban del techo, las paredes pintadas de azul marcaban un recorrido. Mi cuerpo desnudo recorría aquellas habitaciones, repletas de bandejas llenas de frutas y dulces, almohadones de colores difuminaban el suelo; una gran cama insinuaba el descanso. El olor a champán inunda cada rincón aportando al aire un delicioso manjar de burbujas. Acarício las telas, envuelvo mi cuerpo en una de ellas y se perfila mi figura que desvela sensualidad, calidez y deseo. Una figura masculina apoyada en una columna me llama por mi nombre. Las telas que cuelgan desde el techo me prohíben ver con nitidez su rostro. Su voz hipnótica me va seduciendo. Me acerco apartando las suaves telas que me acarician mientras paso.

 

En ese momento me despierto. ¡No me lo puedo creer! En el mejor momento del sueño, ¡se cierra el telón!

Intento no moverme, cierro los ojos de nuevo; los aprieto intentando evocar de nuevo el sueño, ¡no hay forma!

Estoy muy cabreada, el sueño prometía; sentir un orgasmo mientras duermes es una de las cosas que siempre me gusta que ocurra.-

Me despejo como puedo, me duele todo el cuerpo por la postura que tengo mientras dormía. Recuerdo las últimas palabras del libro y lo saco de mi bolso. Asombrosamente las páginas escritas se han multiplicado; quedan muchas páginas en blanco. Estoy volviéndome loca; me meto en la ducha con la esperanza de limpiar mi alma de emociones y vanos sueños.

Estoy sumergida en el agua caliente, esperando respuestas de algo que ocurren con escaso sentido. Intentar poner mi cabeza en orden es bastante complicado, siempre engancho un caos emocional tras otro.

Ya, totalmente despierta con una taza de café en la mano, intento de nuevo descifrar aquel enigmático libro. – continuo.

 

Te llamo desde el umbral, deslizas tu cuerpo con garbo hacía mi.

Tu bonito pelo azabache alcanza tus voluptuosos pechos, jugando con tus azorados pezones que buscan espacio en mi boca. Allí estas con la plenitud sexual de tu cuerpo colmado de juventud y madurez; desafiando el silencio en este espacio vacío. Mantengo tu mirada, acaricio tu cuello con mis manos, veo que tu cuerpo se estremece, se mueve abarcando el aire y convirtiéndolo en fuego. Tu suave y sensual aliento cubre mi rostro convencido en sumergirse como una lengua en mi boca. Esto no es un secreto a voces, tu presencia perfuma el aire de mis pulmones. Eres mi refugio divino, eres mi diosa. He esperado mucho tiempo, pero al final has despertado…

 

No puedo seguir leyendo, mi corazón se derrite con el ritmo de las palabras. Rompo con la soledad de este ambiente mezquino que tritura mis días sin piedad, dejándome cada año más vieja y más débil para el amor.

 

¿Que me está pasando? Ya no distingo mi propia realidad.

 

Despierto. Ya es la hora de viajar en metro y renunciar a los placeres de la lectura y los sueños. Otro día más sin verte en aquel vagón.- No quiero quedarme dormida.

 

Llegó el día de decidir quién ocupará el papel de protagonista en la nueva serie de televisión. Entre los elegidos está él; misterioso y cautivador, derrumbando con tan solo una mirada. No recuerdo como se llama y busco en el cajón su carpeta. Se llama Eros, un dios seductor, uno de sus placeres es embriagarte con una infinita sensualidad.

Intento introducir un poco de coherencia en mis pensamientos y le confirmo a mis compañeros mi decisión.

Marco su número de teléfono mientras las imágenes de mi sueño tiemblan a cada tono de llamada.- No lo coge nadie, salta un contestador automático.- Le dejo un mensaje.

Pasan tres días y Eros no da señales de vida. Aunque parezca una locura cojo el libro con la esperanza que me mostrara instrucciones de que hacer y de donde buscarle.

Las mismas páginas leídas, las mismas palabras descubiertas. Lo acerco a mi nariz para iniciarme en ese mundo sugestivo, que te hace volar en los sueños.

No percibo nada de nada. Recuerdo en ese momento que apunte su dirección en la agenda. Decido acercarme a su casa, pensaba que a lo mejor estaba enfermo, por eso no contestaba a mis llamadas.

Era un edificio antiguo del centro de Barcelona, no disponía de ascensor. Comprobé el piso y el número que tenía anotado . Llegué a la cuarta planta. Era la única puerta pintada de un blanco inmaculado, sobre ella dormía el número siete y a su lado un post-it que me invitaba a entrar. No estaba cerrada, pasé al hall despacio, casi arrastrando los pies, un ligero escalofrío se inició desde mi nuca hasta el pequeño dedo de mi pie. Había estado allí, la confianza de la imagen que mis ojos veían era misteriosa, pero a la vez divina.

Las paredes pintadas de azul, el olor inconfundible a velas encendidas. Seguí por el pasillo de grandes ventanales, donde cuadros de otra época adornaban las paredes. Mis ojos descubrieron a continuación lo que vi en mi sueño.

 

Del techo colgaban telas blancas de fina seda, adornando un gran espacio, donde las ventanas y los almohadones que se veían en el suelo te invitaban al descanso. Alguien pronuncia mi nombre. Él está allí, apoyado en una columna. Persigo aquella voz que me llama hasta que solo quedan unos pasos para caer y despertar.

– Hola, Adara. Tenía muchas ganas de verte.- contemplo su cuerpo como si se dibujara en la pared ¡pura magia!

– Hola, Eros, te he dejado numerosos mensajes y no has contestado.- Vengo para comunicarte que te han elegido para ser el protagonista de la serie televisiva.

Es entonces cuando siento su profunda mirada y enloquezco. Me está devorando, me arrastra. No puedo dejar de mirarle.- Intento no perder la compostura, pero solo consigo ponerme muy nerviosa. – Su voz entorpece mis pensamientos;

– Adara, ponte cómoda, ¿te apetece tomar una copa?

Mis labios estaban sellados, sus ojos me han engatusado.- actuó sin pensar.

– Si por favor.

– ¿Te apetece una copa de Champán?- En ese momento recuerdo el olor agridulce del Champán; incluso siento el vapor burbujeante en mis labios. – asiento con la cabeza. Me siento entre los inmensos cojines de vivos colores, donde sus telas desprenden un intenso olor a incienso. Caigo en un estado de relajación muy impropio en mí. Me dejo llevar.

– Verás es muy difícil de explicar, no deseo asustarte. No sé si recuerdas que hace un par de meses perdiste un libro. ¿lo recuerdas?

– Si, no sé dónde lo perdí, lo estuve buscando toda la tarde. Creo que lo deje olvidado en el mismo vagón en el que encontré el tuyo.

– Levántate y mira en el cajón de mi escritorio. – Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, mi libro preferido yacía en el cajón de un desconocido.

 

Mi tarjeta estaba donde la deje por última vez, ¡qué ingenua soy!, separe las páginas con mi tarjeta de visita. Me entró el pánico, las preguntas botaban en mi cabeza ¿y si es un pervertido sexual? Estoy en casa de un tipo que tiene en su poder mi libro olvidado, sabe mi dirección y seguramente no quiere trabajar en televisión. Me tiemblan las piernas, estoy tan alejada de la realidad que me asusto al oír su voz cerca de mis oídos.

 

– Adara, no te asustes solo quiero conocerte.- Me ofrece el Champán con una sonrisa deslumbrante y caigo desde lo más alto.

– No tendría que estar aquí, lo siento solo estaba haciendo mi trabajo. Tengo que marcharme.

– Lo siento, no pretendía asustarte. – su mirada dulce me convenció, le dediqué unos minutos de atención.

– Llevamos viajando en el mismo vagón durante años, siempre a la misma hora. Tu nunca te has fijado en mí, pero yo no he podido resistirme a tus encantos.- me costaba creer lo que me estaba diciendo, di un pequeño sorbo al Champán. – me considero una chica normalita, que adora la literatura, soñadora y un poco despreocupada por su aspecto, adicta a caer en manos de terroristas del amor que agujerean sin escrúpulos mis sentimientos. Estoy convencida de que esto es una broma de mal gusto.

– Bueno, entonces explícame lo del libro que dejaste olvidado en el asiento del tren.- saqué mi libro del bolso y hojee sus páginas, estaba todas y cada una de ellas en blanco.

– Esto es una broma de mal gusto o eres un increíble mago.- estaba dispuesta a marcharme cuando en menos de un microsegundo me sostenía la barbilla con sus manos.

El espacio y el tiempo quedaron suspendidos en aquella habitación donde las telas que colgaban del techo se movían causando un ambiente inolvidable; yo diría mágico.

Su mirada penetró tímida en aquel caparazón con el que había protegido mi cuerpo desde que entre en aquel lugar misterioso; mi tensión le hizo retroceder, me observaba, casi no llegaba a rozarme con las manos.

Fue entonces cuando comprendí que el magnetismo que nos unía era infinito. Que si yo respiraba el también lo haría. Somos como un viejo reloj, una maquinaria perfecta, él marca los minutos y yo los segundos. Me acarició lentamente, le miré convencida, derrotada, con un ligero recelo de caer en mi propia trampa. Acerqué mis labios a los suyos y se produjo el milagro.

 

En ese momento mi espíritu y el suyo subieron al compás por una interminable escalera de caracol, sin prisas; saboreando aquellos gruesos labios que devoraban mi sed de amor.

Un beso cargado de energía que mi cuerpo no pudo rechazar, caí lentamente en los cojines del suelo mientras mis manos ansiosas acariciaban su magnifico cuerpo.

Se separó unos centímetros de mí, sin dejar de mirarme me desabrochó la camisa, cuando quise darme cuenta, estaba sumergida en una deliciosa caricia que despertaba la diosa que llevo dentro.

Le descubrí mirándome otra vez, su mirada no era normal, nunca me había sentido de aquella manera, era sincera, seductora y leal. Era increíblemente dulce, estaba enamorado de mí. He pasado por muchas relaciones fugaces en mi vida y esa mirada sincera no la había sentido jamás y mucho menos en un estado previo al orgasmo.

Separó mis piernas que acariciaba mientras besaba mi cuerpo, me miraba sin ningún tipo de expresión, estaba concentrado en sentir. Desde aquella postura tenía unas vistas maravillosas, su cuerpo perfectamente esculpido, bronceado e hidratado se trasformaba cada vez más.

Empecé a jadear, el calor se iba apoderando de mí, sin prisas… lentamente le lamia su cuerpo, saboreando cada centímetro. Su olor y su sabor hacen que mis pensamientos se queden en el aire. Solo tengo una cálida cosa en la cabeza, el placer jamás descubierto hasta ahora, infinito, delicioso y húmedo; cabalga sin compasión haciendo que explote una y otra vez, sin control… exhausta de ese placer que me ha brindado esta mañana, me quedé dormida en sus brazos.

Abrí los ojos, la luz se había marchado. En ese momento no sabía dónde estaba. Acaricié el otro lado de la cama y él no estaba, se había marchado. Me levante, me vestí y me marché. No me dejó ninguna nota, solo una bonita rosa roja al lado de la puerta.

Acaricie sus pétalos, aspire su aroma y sonreí.

Me dirijo a casa, no me di cuenta que me había dejado el libro, hasta que no saqué las llaves para abrir la puerta.

Decidí llamarle por la mañana para saber si quería volver a verme. Necesitaba oír su voz, sentirme cerca de él.

Me he vuelto a enamorar, pero esta vez creo que es la definitiva.

¡Estaba feliz! en la oficina no paraba de sonreír, recordé que Eros había sido elegido y que hoy sin duda volvería a verle.

No fue así, las esperanzas de trabajar cerca de él me hacia subir la temperatura.  Cumplí con la jornada laboral y me acerqué a su casa.

Subí las cuatro plantas del edificio, para mi sorpresa la puerta de color blanco no existía, ni el número siete, estaban marcadas con letras. Me senté en los escalones y me puse a llorar. No podía creer que lo que ocurrió ayer por la mañana fuera un sueño. Me niego a creerlo. Esto es una historia sin explicación, pero estoy segura de que ha ocurrido.

Entro en el metro,estoy tan cansada que me quedo dormida. Noto que algo se cae de mis manos, al mirar hacia el suelo, veo el libro de Eros abierto.- consigo leer.

No te desesperes, no he desaparecido, solo te estoy preparando una sorpresa.

 

Me levanto de una salto, escruto el vagón con la esperanza de verle. ¡no está aquí!- continuo leyendo.

 

Adara te quiero, te espero en casa, no tardes.

 

Se dibuja una amplia sonrisa en mi rostro, subo las escaleras de dos en dos, tengo ganas de besar sus labios.

Alcanzo la cuarta planta y mi puerta está pintada de blanco y el número siete duerme pegado a ella.

 

Julia Ojidos Núñez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LO NUESTRO FUE UN FLECHAZO


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Recuerdo aquel día como si fuera ayer…

Era fin de semana, no me apetecía salir, luchaba con el calor de Madrid y un pequeño ventilador que se alojaba en mi cuarto. Una amiga me animó, me convenció en ir a tomar algo…, al final sucumbí en su alocada insistencia y me precipité a una tarde de risas y baile.

La reina de la pista movía su trasero desprovista de vergüenza, enseñado sus encantos y cautivando a los chicos que merodeaban por la pista con cara de cordero, pero con dientes de lobo.

Estaba sentada, sostenía un vaso en mi mano, creo que era un gintonic, me movía al ritmo de una canción conocida, tenía ganas de dejarme llevar por la música; sin pensarlo, me bebí medio vaso de un trago, me levanté, me desplacé como si llevara patines, casi levitando; movía las caderas al ritmo de la música, mi cabello se enredaba en los aros de mis pendientes. ¡Poseída!, esa es la mejor descripción, poseída por la música que en esos momentos sonaba a todo volumen en un baile de luces y cuerpos robotizados por el ritmo. ¿Qué curiosa tarde?, ¡me la quería perder…! Desde mi posición y con la luz negra, solo me dejo ver un pantalón blanco apoyado en una de las columnas que custodiaban la pista. Las luces volvieron a cambiar al igual que el tema que eligieron pinchar. En ese momento mi mundo se detuvo, a cámara lenta dibuje tu silueta hasta llegar a tu cara, el hechizo de tus ojos hizo el resto.

No oía nada, solo sentía tu mirada, la sed de tus labios. Recuerdo que sostenías un vaso en las manos, me mirabas, sin verme. Cuando te diste cuenta, giraste tu cara hacía atrás; extrañado que mi mirada se dirigiera a tus ojos, a tus gruesos labios. Ahora que te conozco, el siguiente paso que diste, me asombra al recordarlo. Dentro de tu timidez algo te impulso hacía mí, moviste tu cuerpo sin para de bailar, observaba cada paso que dabas, mientras mi cuerpo se iba derritiendo, como el chocolate en la lengua; explotaba de júbilo como las burbujas del champán. Todavía distingo el olor de tu cuerpo cuando te acercaste; me temblaban las rodillas, las oleadas de tu fragancia aturdían mi espacio. Te acercaste tanto que casi caí al vacío. Recuerdo tus palabras como un eco en mi corazón; las arrastrabas nervioso, pero convencido de que para ti era algo especial. Solo tenía diez míseros minutos para presentarme y despedirme, llegaba mi hora cenicienta y tenía que marcharme.

Me acerqué a tu oído deseosa que escucharas mi nombre, – me llamo Julia.- te dije, te vi que apuntabas algo en un papel y me lo entregaste. Lo leí mientras subía las escaleras hacía la salida. Todavía conservo ese trozo de papel, donde escribiste; para Julia de José y tu número de teléfono.

Han pasado veinticinco años desde aquel día…, y cada vez que me miras, veo aquel apuesto y tímido chico que me robó el corazón. 

   Julia Ojidos Núñez

Labios rojos carmesí


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Casi era la hora de cerrar, pero allí estaba su vieja bicicleta, la cargaba de libros cada semana. Recuerdo el primer día que la vi llegar, su vestido floreado hacía visible su bonita figura, su melena se movía por la brisa del mar, a un lado de su cabeza una pequeña flor de almendro adornaba sus cabellos que caían prodigiosos sobre sus pechos. Nunca me atreví a saludarla, pensé que ella nunca se fijaría en un joven como yo, un aprendiz de librero, con unas pocas monedas en el bolsillo, pero con ganas de describir con palabras y papel a aquella muchacha que un día se arrojó a mis brazos. Si, así es mi bonita historia, pero demasiado corta. Don Luis me pagaba poco, pero en los tiempos que corrían tenía que coger lo que me ofrecía.

Me pagaba los jueves, después de entregar los pedidos a domicilio. Ella llegaba sobre las ocho de la tarde, casi a punto de cerrar, siempre con preciosos vestidos de colores alegres, que la hacían aun más bonita. Sus labios de un rojo carmesí, realzaban su sensual boca, mis ojos solo eran para ella.

Allí estaba yo abobado con esa criatura que enviaba el diablo cada semana, sembrando en mí un deseo incalculable que se extendía desde mi nuca hasta la curiosidad de mi bragueta.

Cada tarde después de mis quehaceres diarios, cerraba la tienda, corría hacia la playa con recortes de papel de estraza en el bolsillo, con la triste compañía de un velero en el horizonte y el sol despidiéndose del mar. Era mi momento, donde mis sentimientos más profundos se dibujaban en forma de letras en aquel trozo de papel, donde mi pequeño mundo se convertía en reino. Donde mi hermosa princesa, montada en su precioso caballo cabalgaba junto a mí, en aquella solitaria playa.

Era el mundo real que yo quería creer, donde se formaba una bonita conjunción de palabras y sentimientos. Cuando el sol quedaba atrapado en las aguas, me marchaba, con una única ilusión, ¡quedaba un día menos para verla…!

En la pequeña habitación del hostal, colgué en la pared aquel trozo de mi bonita historia, de mi amor platónico, un amor inalcanzable para un triste aprendiz de librero.

Trascurrían los meses y nunca me atreví ni siquiera a saludarla, el corazón me latía con fuerza cuando descubría mi mirada perturbando sus pensamientos. Yo la obsequiaba con una pequeña y vergonzosa sonrisa que no llegaba a cruzar ni medio rostro, eso sí, el color de mis pómulos formaba un destelló rojo que resaltaba entre las estanterías llenas de libros.

Ahora acostado sobre mi cama y contemplando mis pequeños recuerdos pinchados en la pared, dibujando en el aire un corazón con los dedos, percibí el ligero aroma de la almendra y recordé la flor que guarde de ese día, el último día que la vi.

Ya habíamos cerrado y miraba nervioso el reloj, desde lo más alto de la calle, a esa hora la veía aparecer, pero ese día presentía que algo iba a ocurrir. El trasiego de coches y camiones me hizo pensar lo peor, oí el ligero sonido de un timbre, miré hacía aquella dirección y descubrí con alegría que era ella.

Como siempre radiante, su pelo alborotado flotaba en el aire, sus labios rojos anunciaban un beso ardiente, pasó rápido por mi lado y frenó con tanta brusquedad que la hizo caer.

Me coloqué a su lado y cayó en mis brazos, sostuve su mirada en un largo espacio de tiempo, me inspiraba frescura, el rico aroma a primavera. Sus labios entreabiertos, me insinuaban la sed de un beso. Y así fue o creo que fue, posé un tímido beso en sus labios.

Las mariposas que cultivaba en mi estómago salieron volando, formando una nube de colores al paso del viento. Del pelo calló esa pequeña y rosácea flor, que aún guardo con cariño. Esa fue la última vez que la vi, entre mis brazos.

Después de aquel encuentro, sobraron los sueños e ilusiones que plasmaba en el papel. Se casó con don Luis, mi querido y viejo jefe. Lo bueno de todo esto es que después de todo este tiempo, he conseguido ser escritor y volver a aquella librería que me dio trabajo. Aquel lugar que me hablaba de ella, con imágenes y con palabras. Donde en cada rincón se ve su mirada felina y se dibuja una sonrisa de rojo carmesí.

              Julia OJidos Núñez

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