EL CUBO


 

ELCUBO

 

En primer lugar, quiero pedir disculpas por mi ausencia. La falta de tiempo me ha obligado  aparcar una temporada mi gran pasión; escribir y compartir mis historias. Intentaré ponerme al día en vuestros espacios. Muchas gracias por estar ahí. Un fuerte abrazo. 😉

                                                   ———————————————–

 

Me despierta unos pasos sobre la tarima; tengo los ojos cerrados, no sé, si estoy soñando o simplemente estoy muerta. No siento dolor, ni pena, ni alegría. Parezco un vago recuerdo metido en una lata. Reúno todas mis fuerzas y consigo abrir los ojos. Una y otra vez abro y cierro. –  Todo está borroso. Solo distingo oscuridad y un pequeño haz de luz. Tengo la boca cerrada, pero el sabor a sangre me desconcierta. Muevo la lengua por dentro de mi boca y el sabor es rancio; es como si la hubiese tenido cerrada una eternidad, me doy cuenta de que no tengo dientes. Mi boca es una excavación profunda y cerrada. Me gustaría mover mis manos, para acariciar mi cara, pero creo que ya no forman parte de mi cuerpo. Empujo con la lengua los labios, pero mi boca no se abre. Comienzo a respirar de forma agitada, intento recordar… – Oigo los pasos muy cerca de mí, abro completamente los ojos. Una imagen difusa y oscura se dibuja en la retina. Es la galería…, comienzan los recuerdos.

La gente se agolpa alrededor de mi obra “El Cubo”, comentan entre risas y susurros. – No puedo moverme, un sudor frío envuelve mi rostro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y resbalan por mi cuerpo hasta colarse por los pequeños orificios del cubo de titanio. No tengo dolor, pero sé, que, para meterme en el cubo, han tenido que fracturarme las articulaciones, al igual que la columna para plegarme como un acordeón. Mi cabeza está colocada sobre la masa de carne y hueso rotos, dentro de una caja que drena mis fluidos al exterior por pequeños orificios. – No sé el tiempo que me queda, pero no será mucho. Han desconectado mi sistema nervioso y solo me queda esperar.

Marina es la primera en llegar a la cafetería, está algo nerviosa. Es la primera vez que expone sus obras en una importante galería de arte en Madrid. Consulta el reloj varias veces, pero no se fija en la hora que marca las agujas. No sabe quién es el marchante de arte, su contrato lo gestionó una sociedad de artistas; desconoce cómo se llama y que aspecto tiene el propietario de la siniestra sala de arte.

Su obra principal “El Cubo” había sido el reclamo para que el marchante se fijara en ella. Había publicado sus obras en un blog personal y la verdad, no sabía que podía tener tanto éxito. Su forma de ver el arte era bastante estrambótica, épica e incluso algo demencial.

Con los nervios a flor de piel, se cuelga su identificación en el cuello y decide ser la primera en pisar la sala. Antes de entrar, una limusina aparca frente la puerta principal; un hombre de aspecto siniestro sale del coche. Le observa por encima de sus gafas oscuras y se relame. Aquella muestra de deseo, hizo que el quebradizo cuerpo de Marina se encogiera a causa de un escalofrío que le recorrió la espalda.

 

 

Relato presentado al concurso Calabacines en el Ático ( Saco de Huesos, La Blibioteca Fosca)

 

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

 

SUEÑOS


imsonio

Me levanto con el pelo pegado a la cara a causa del sudor que se escapa de mis poros. Las noches son terribles, no soy capaz de recuperar el aliento. No puedo abrir los ojos, porque mi imagen aparece en la pared de enfrente. Tengo ardor en el estómago y los labios secos a causa de la sed. Los medicamentos ya no me quitan el dolor punzante que taladra mis ilusiones. Estoy preso en un abismo oscuro donde la muerte se disfraza con mi piel. – ¡No quiero morir, no estoy preparado!

Cada noche cuando apago la luz, comienza el teatro de títeres, aparecen pequeñas sombras que entran por la ventana, acompañadas por una suave brisa que arrastra olores extraños. Mantengo los ojos cerrados y me arropó por encima de la nariz. Mi cuerpo forma un ovillo por debajo de la manta. Un ligero cosquilleo aparece en mis pies, se desliza sigiloso por mis piernas hasta alcanzar el centro de la espalda, donde una pequeña descarga me hace estremecer. Leves sacudidas hacen que castañean los dientes y me obliga a abrir los ojos; entumecidos, pero completamente abiertos miro con horror las escenas que se desencadenan en la pared.

Mi cuerpo tiembla, mientras mis ojos mueren, contemplando con angustia como va a ser mi muerte. Las imágenes comienzan a dibujar objetos de esta habitación. Dando forma, sin lugar a dudas al momento exacto, miro el reloj de mi mesilla y hasta la hora coincide. ¡No puede ser hoy! – pienso mientras me cubro la cabeza. Temo seguir mirando la pared, no quiero descubrir que ya estoy muerto, que el momento ha llegado y no he podido saborear las pequeñas cosas de la vida. Con manos temblorosas y los ojos llorosos despego de mi cara la sabana, mi barrera para los miedos; abro lentamente los ojos, mientras comienzo a pestañear. La pared muestra una imagen espejo de la habitación, me incorporo lentamente, permanezco sentado frente a la imagen, mantengo mi brazo cubriendo la cara; lo bajo hasta mi regazo y me veo allí sentado en la misma posición, aunque con el cuerpo desgarbado y viejo. Es la primera vez que un sueño me muestra mi destino y no es precisamente la muerte. Ahora más tranquilo y con la seguridad de que no ha llegado mi hora. Mi sabio cuerpo comienza a calentar las sabanas, dejo de temblar y me entrego al sueño profundo.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

HISTORIAS DE WHATSAPP III (octava parte)


row light from Chinese new year at Yaowarat thailand

El día del interrogatorio
Jessica yacía en el suelo, después de convulsionar; aunque Lucas le sujetaba la cabeza, la rigidez de su espalda y el golpe contra el suelo le fracturó las cervicales. Él se encontraba en medio de aquel extraño episodio de colapso cerebral. Seguía manteniendo la cabeza de la joven, esperaba la ambulancia. A su lado, de pie y con una mirada que pudo reconocer como lasciva, estaba Martín. Hablaba a través del móvil.

– Martín al habla, necesito una ambulancia urgente. –Lucas pudo oír claramente lo que decía e incluso pudo leer sus labios.

En pocos minutos, los técnicos sanitarios entran en la sala, estaban desorientados. Lucas había presenciado miles de veces el protocolo sanitario para un caso como el de Jessica. Observó que aquellos tipos estaban descoordinados. Fue todo muy rápido, las constantes de Jessica iban bajando de forma progresiva. Respiraba con dificultad. Un fluido negruzco le salía en forma de cascada desde el interior de su oído. Lucas se incorpora y escruta a Martín que mantiene la mirada perdida en el cuerpo de la joven. Antes de atravesar la puerta de salida, Lucas se informa de dónde será el ingreso hospitalario.

La bolsa de deporte de Óscar

Aquella tarde cuando Óscar decidió pasar por el gimnasio, para recoger la ropa deportiva y la bolsa de su gran amigo Jack. Antes de que viera a la profesora de yoga subida en aquella furgoneta, sucedieron varios acontecimientos que marcaron el destino del joven bróker.
El otoño entró de lleno en la ciudad, las frías y vacías calles mostraban las luces cálidas de los edificios, la gente volvía a sus casas después de una jornada laboral. Muchos bajaban a sus mascotas, otros se disponían a hacer running o se dirigían a impartir clases de yoga en el barrio chino. Ese fue el caso de Olivia. Una joven solitaria que vivía en un pequeño apartamento en el sur de la ciudad. Tenía una peculiar afición hacía lo desconocido; mantenía relaciones sexuales con extraños que conocía a través de la nueva aplicación de WhatsApp. Su primera vez fue en un restaurante cerca de donde vivía. Al parecer era alguien conocido, no le pudo ver la cara. Mantenía una careta sobre su rostro. Era empleado del restaurante, o eso creía Olivia. Aquella noche había quedado con él dentro del local.

Salió de su apartamento, bastante eufórica, había bebido un poco antes de salir. Cruzó la avenida y se dirigió a buen paso por el callejón. Las indicaciones para entrar estaban bastantes claras en el mensaje. Quiso consultar con exactitud el número de la puerta, pero una vez que WhatsApp te marcaba como mensaje leído, la nueva aplicación borraba de forma automática el mensaje. Desaparecía, aquel mensaje no se podía recuperar de ninguna manera.

El gimnasio estaba repleto de gente. Las calles de barrio chino estaban desiertas, los farolillos rojos marcaban el paso del dragón, la criatura mágica recorría las calles adoquinadas, practicando la danza para anunciar el nuevo año. Varios niños corren detrás de él simulando sus pasos y ofreciendo a los transeúntes una divertida sonrisa. Después del paso del dragón, el tramo de la calle que se dirige al gimnasio sucumbe a un solitario silencio. Una furgoneta con cristales tintados aparca frente a la puerta. Dos hombres encapuchados entran en el local portando varias bolsas de deportes. Pasan por el mostrador de recepción haciendo caso omiso a las palabras de advertencia de la señora Lin. Se oye su aflautada voz por encima del sonido del televisor. Uno de los intrusos salta por la ventanilla de recepción y golpea brutamente la cabeza de la señora Lin que muere de inmediato. Entre los dos se hacen cargo del frágil cuerpo de la anciana y los ocultan en la furgoneta. Acto seguido suben el volumen del televisor. Esperan entre las sombras, hasta que la sesión de esa hora acabe. Tienen solo un par de horas para preparar el quirófano, antes de que Olivia comience su clase.

Aquellos individuos tienen una trama muy bien estudiada, les ha venido de perlas, encontrar una candidata para el implante, reúne todas las condiciones para obtener el éxito. Además, matarán dos pájaros de un tiro. Han seguido de cerca a Óscar y a Elena. Saben que quieren acabar con la vida de Jack, cosa que no se pueden permitir, ya que el joven bróker tiene su entrada en ese juego, próximamente.

Cesar uno de los miembros de Ghost es el que dirige a sus hombres sobre el terreno. Aquella tarde abrió las dos taquillas y reemplazó la sustancia venenosa que Óscar quería suministrar a Jack para acabar con su vida. La nueva sustancia no dejaría huellas de ningún tipo en el organismo, es más, recobraría la vida en 48 h aproximadamente. Simularían su muerte para que Jack desapareciera del mapa.

Lucas está en el laboratorio, tiene una pequeña llave en su mano enguantada, la gira y mira detenidamente su estructura. Al parecer es una llave única, fabricada a mano, es imperfecta. Parece la llave que abre unos grilletes rudimentarios, en la parte baja se precian restos de óxido, pero no pertenecen a la composición metálica de la llave. La chaqueta está sobre la mesa del laboratorio, extraen tejido de diferentes partes. Lucas ha dado indicaciones para que encuentren restos orgánicos o tejidos adheridos a su tela. Cortan patrones en diferentes zonas cómo la axilar, cuello, mangas y lumbar. Tienen que analizar los tejidos con varios compuestos, para determinar donde ha podido estar y con quien.
Lucas está concentrado, no se percata de que al otro lado del ventanal que da al pasillo está uno de sus compañeros del servicio interno. Para llamar su atención, da pequeños golpes al cristal. Lucas levanta la vista, deposita la llave en la caja de seguridad de pruebas y sale al pasillo. Le mira a los ojos y ve preocupación en ellos.

– Sígueme. – le indica mientras se dirige hacia las escaleras de incendios.
– Lucas, no te vas a creer lo que ha pasado – cambia el rictus de sus labios, ahora los arruga y los tensa nerviosamente.
– Jessica no ha entrado en urgencias de ningún hospital. Al parecer el número de ambulancia que vino a recogerla no está registrada en ninguna empresa pública ni privada. Se ha esfumado. – Lucas comienza a pensar que hay alguien más metido en el caso, alguien con mucho poder dentro de la policía.
– Tenías razón, Martín está metido hasta el cuello, pero ¿Cuándo lo hace?
– Por ahora no puede sospechar que lo seguimos, tenemos que seguir en la línea de investigación abierta con su equipo. Tú ya sabes los que tienes que hacer. Necesito que busques información sobre propiedades, fuera de la ciudad que pertenezcan a familiares de Martín. Necesitamos saber donde cometes los crímenes.
En la casa de Jessica siguen las investigaciones, el equipo forense que está acampado en el jardín, analiza los restos de los tarros que encontraron en las estanterías del sótano. Han identificado a la joven que yacía en la mesa de madera. Es la última desaparecida, su nombre es Patricia. No se ha encontrado su móvil. Aunque por suerte, su última ubicación fue grabada en los servicios de seguridad ciudadana, que había activado en su teléfono esa misma noche. Aquella señal dejó de emitir las coordenadas en la parada de taxis.

Lucas está en la sala con los analistas. En la pantalla principal, aparecen los datos y fotos de las jóvenes. Intentan buscar un mismo patrón en todas las desapariciones. Han podido recabar información, sobre sus hábitos diarios. Lucas ha realizado un perfil común de ellas.
Sabe que no son elegidas por su físico, algo que sin duda un depredador sexual tiene muy en cuenta, pero hay algo que no le cuadra. Por una parte, tiene a una de las desaparecidas, Olivia, esta joven sobrevive a varias operaciones y es golpeada para someterla. Sin embargo, a Jessica le intervienen, le implantan un dispositivo craneal auditivo y la sueltan. Por otra parte, está Patricia y Lucía; Patricia no tiene intención de operarla, a no ser que la persona que facilita la localización de las chicas sea otro asesino que opera a espaldas de la organización. Aunque es más fácil realizar un perfil de un psicópata sexual, Lucas no duda que son dos perfiles diferentes. Su preocupación es encontrar con vida a Lucía.
Regresa a su apartamento después de varios días sin pisarlo. Camina toda la calle admirando el color de las hojas en otoño, el aroma a tierra mojada disfraza el olor del café recién hecho en el bar de la esquina. Antes de subir, pasa por el autoservicio de la familia Zhou, llevan en el barrio más de tres décadas. Le gusta el pan chino que hacen allí mismo. Compra algo de verdura y fruta, además de comida preparada para llevar. Cuando se dispone a pagar.

– Señor Zhou, puede subir el volumen del televisor. – mira de forma aséptica la noticia que están emitiendo en directo.
“Han encontrado los restos de la señora Lin, propietaria del conocido gimnasio ubicado en el barrio chino. Tiene la cara desfigurada, le ha amputado las manos”

Lucas paga su cuenta y sale del autoservicio con el móvil en la mano.

–  Valeria, soy Lucas, estoy con un caso complicado y necesito tu ayuda. Llámame.
Pasó por al lado de una papelera, abrió la tapa trasera de su móvil, quito la tarjeta y tiró el dispositivo. Medio metro más adelante y en la acera de enfrente tiró la tarjeta SIM.

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

Historias de Whatsapp I (primera parte)


IMG-20150729-WA0000

Un nuevo contacto

El autobús aquella tarde tardaba en llegar. Olivia espera en la marquesina de su parada, entre sus manos su Smartphone que no para de emitir leves timbrazos de mensajes. Sonríe mientras contesta a los mensajes de forma rápida. Se da cuenta de que se ha quedado sola en la parada. Son las seis de la tarde, pero la oscuridad cierne bajo el cielo gris negruzco. La llovizna otoñal ha refrescado el ambiente, la humedad viaja ciega por las calles huérfanas de gente. Mira de forma distraída hacia ambos lados. Se moja los labios con la punta de la lengua y sigue leyendo los mensajes. Todos los jueves trabaja como monitora de yoga en un gimnasio en el barrio chino. La línea del autobús cruza parte de la ciudad, pero aquella tarde se retrasaba.
Consulta su reloj y levanta la cabeza, observa que hay un callejón en la acera de enfrente. Solo logra distinguir la bajada de una escalera de incendios y junto a ella varios cubos de basura. Se levanta un poco inquieta y estira las piernas. Le llama la atención una sombra que aparece en el comienzo del callejón. Una alargada figura bien definida asoma por la esquina. Aquella imagen inquieta más a la joven y la embriaga un temeroso presentimiento. Vuelve a mirar la pantalla de su móvil y ve cómo el sistema se reinicia. En ese momento distingue a lo lejos los faros del autobús que avanza con precaución de no pasarse la parada. Las puertas se abren emitiendo un leve chirrido. Se quita la capucha de su abrigo y deja al descubierto su corta melena negra, se coloca el flequillo; de manera que queda oculto uno de sus ojos. Saluda al conductor; él responde con inclinación de cabeza y arranca el vehículo. Olivia se siente más relajada, camina hacia la parte trasera donde se sienta. No hay mucha gente, pero reconoce a varias personas que a veces coincide en ese viaje. El sonido de otro mensaje le hace embozar una pequeña sonrisa. Hace un par de semanas apareció el número de una persona que había añadido a Facebook, no le conocía. Desde aquel día su número aparece en la agenda del teléfono. El mensaje provenía de ese número. Aquel mensaje decía;
–  Mira hacia atrás. – Giró lentamente la cabeza y vio la figura de un hombre delgado.
–  ¿Quién eres? –  Le preguntó arqueando las cejas, se movían frunciendo el ceño. Arrugando la zona donde se ubicaba el piercing.
–  Ya lo descubrirás.

Se sentó de lado, no paraba de mirar la extraña figura que se desdibujaba a medida que el autobús avanzaba. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Apoyo la cabeza en el cristal de la ventana y comenzó a contemplar la oscuridad que envolvía las calles. Pronto comenzó a divisar el arco de dragones donde comenzaba el barrio chino. Los faroles rojos, alegraban de forma violenta los trazos de las calles empedradas. Las prostitutas se alojaban en los quicios de las puertas ofreciendo elegantemente su cuerpo semidesnudo. Algunas estaban ataviadas con el traje típico, para el reclamo de los nostálgicos. El olor a opio disparaba los registros de aire saludable.

El autobús paró. Olivia Se volvió a colocar la capucha antes de bajar. Sus ojos negros brillaban bajo la luz de los faroles,   su rostro porcelana le daba un toque vampírico. Su ropa negra y gris se camuflaba entre aquellas calles. Su lugar de trabajo estaba a pocos metros de allí. Bajó el corto tramo de escaleras metálicas que la separaba de la superficie. Encendió la luz del portal y la música comenzó a llegarle discretamente a los oídos.
Allí la esperaban cuatro alumnas, tumbadas en sus colchonetas, esperaban impacientes su llegada. Antes de apagar el móvil vio el icono de nuevo mensaje de WhatsApp; solo aparece el número; una extraña imagen en el perfil. El rostro de un hombre, su cabeza está cubierta por una capucha. Era tenebroso, pero a la vez excitante.
Continuará…

©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Depósito Legal: Safe Creative

ADICTOS XV


ADICTOS2

DESCARGAR EN PDF

adictosXV

ADICTOS XV

Agentes especiales antidroga

(piso franco)

El protocolo de seguridad se ha iniciado, tienen que anular el dispositivo de localización que Izan mantiene en su cuello. Aunque está cifrado y es de última generación, siempre hay gente que consigue descifrar el sistema.

– Localizado, anulando el dispositivo. – el analista comprueba los datos del dispositivo después de anularlo.

– Izan ya está en el apartamento, esperamos la transmisión de datos.

Izan ha iniciado el nuevo servicio de seguridad, consiste en quitarse del cuello el dispositivo. Tiene que hacerse una incisión y extraerlo. Todo está dispuesto en la encimera del lavabo.

Coge el bisturí y comienza a abrir despacio el perímetro de piel donde una tenue luz roja parpadea, le indica el lugar exacto donde se encuentra el dispositivo. Coge las pinzas y tira con cuidado. Abre la taza del inodoro y lo arroja en su interior.

Limpia la zona con un antiséptico y cose con rapidez. Acto seguido se quita su disfraz; ahora necesita otra identidad, cuando descargue los datos y se compruebe la información, tiene que empezar a adaptarse a un nuevo personaje antes de salir a la calle.

Se quita los restos de látex que se quedan adheridos a ambos lados de la nariz. Se lava el pelo, lo deja secar al aire libre. Se dirige a la mesa del salón comedor y abre el portátil. El dispositivo táctil de seguridad escanea su dedo indice. El programa KR7 se abre en la pantalla; una voz le avisa de que el proceso de seguridad requiere un escaneo facial y de retina. Después de esto tiene que teclear la clave de entrada. En segundos…, su registro está activado, introduce el material del rubio y observa con atención. En la tarjeta de memoria aparecen muchas carpetas, Izan se toma su tiempo y comienza analizar y memorizar los lugares frecuentados por Toni y sus secuaces. El rubio ha hecho un buen trabajo. Documentación protegida, fotografías. También ha realizado un vídeo. Izan da un clic al reproductor de vídeo de su portátil.

Hola a todos, cómo veréis, después de más de ocho meses estudiando el terreno y recabando información al más alto nivel. He realizado varios trabajos para Toni; deciros que estoy dentro. Él confía en mí. He descubierto algo bastante importante. XPARIS una pequeña farmacéutica con base a las afueras de Moscú. Ha comenzado en pocos meses a despegar de forma espectacular en un crecimiento económico sin precedentes. Lo más chocante es que nuestro querido amigo Toni, llegó hace escasamente cuatros meses, contratado por la farmacéutica cómo jefe de seguridad y servicios. Esto está comenzando, pero creo que algo importante se empieza a notar en el ambiente. Mañana tendré el honor de conocer las instalaciones y mi nuevo trabajo. Estaré incomunicado, no puedo poner en peligro la misión. Así que a partir de este momento, los puntos de encuentro serán…

Hao llega a la universidad, le extraña que la entrada principal no esté vigilada. Así que decide entrar por allí. Un silencio sepulcral envuelve el vestíbulo. Los pasillos sumidos en una espesa oscuridad no permiten prever si alguien o algo está escondido entre las sombras. La luz natural penetra desde el exterior de forma perezosa, dividiendo los espacios de luces y sombras. El suelo está cubierto por ceniza. Ni siquiera se aprecia el color marmolado del suelo. Hao se cubre el rostro con una mascarilla. Comienza a avanzar, cuidadoso de no caer. Tiene que subir hasta la primera planta, continuar un largo pasillo que desemboca en otra planta inferior. Allí es donde se dirige, la parte más iluminada de aquella zona es el pasillo; largo e interminable. Es una decisión arriesgada, pero tiene que tantear el terreno. Quería saber ¿cuántos? ¿qué hacían en aquel lugar? No era normal que no se movieran. Quizá fuera el origen de todo o simplemente un refugio. Tenía que averiguar que les hacía permanecer allí. Según caminaba por aquel pasillo más densa era la capa de ceniza que cubría el suelo. El olor a añejo se marchaba con facilidad a cada paso. Aguzaba el oído a medida que avanzaba. El ruido de una puerta abatible, le puso el vello cómo escarpias. Su respiración comenzó a ser más agitada. No pudo evitar respirar por la boca. Estaba muerto de miedo. Puso su cuerpo en guardia; avanzaba pegado a la pared. Un sonido procedente del sótano le hace retroceder un par de pasos. Aquel sonido era conocido. Hao intentaba averiguar por qué aquel sonido no le gustaba. Entonces lo recordó. Era un ruido muy similar al que oyó cuando se quedó atrapado en el sumidero. Cuando su cuerpo no quiso luchar más por salvarse. Comenzaron sus recuerdos; pegado al suelo con los colgajos de su rostro atravesando la rejilla, su lengua chasqueaba de forma similar. Era su forma de comunicarse. El chasquido de su lengua. Esa extraña vibración que suena por todo el sótano. Se para y vuelve a sonar. Están ahí abajo. – Hao intenta organizar su miedo. El pánico que sufrió de pequeño resurgía desde su interior cómo nunca. Se quedó petrificado, aquel sonido era cada vez más claro. – se acercaban – El sudor comenzó a salir inundando su frente. El frio se apoderaba de él sin piedad. Notaba cada latido cómo si saliera fuera de su pecho. Tenía que moverse, pero no podía mover ni un solo dedo. Estaba totalmente agarrotado, aislado de la realidad. Ahora sus pensamientos estaban en lo alto de aquella montaña; en “ El jardín de las delicias”.

Faltaban pocos escalones que le separaba de su muerte inmediata, pero por algún motivo algo cambio sus planes. Oyó como se alejaban. Aquellas conversaciones irracionales se dispersaban como nubes de vapor. Quizá lo que había oído era el producto de su propio miedo. Hao comenzó a respirar.

Éric comenzó a encontrarse mal. Comenzaba a tener convulsiones. Lidia había decidido mantenerle sedado y suministrarle un antibiótico. Según sus cálculos la dosis que le había suministrado le había durado dos días. Ella ya había descansado; puesto que Éric no podía mantenerse en pie, decidió marcharse sola. No tenía otra alternativa. Necesitaba encontrar al rubio.

Salió a la calle, mantenía la mochila sobre su espalda. En el bolsillo de su pantalón había guardado una navaja. Tenía que atravesar varias calles hasta llegar a su destino. Después de varias horas andando en zigzag, sorteando edificio en llamas, evitando los callejones y entradas a garajes, se alejó de la zona conflictiva hasta alcanzar una zona de la ciudad que parecía tranquila. La gente caminaba por las calles con sus hijos y perros. Nada alarmante. En cada rincón había apostado un francotirador protegiendo aquellas familias. Los comercios permanecían abiertos. Durante ese recorrido a Lidia le llegó el olor a pan recién echo. Sus glándulas salivares festejaban con deleite la caricia de ese aroma. Decidió seguir la dirección por donde se escapaba el aroma. Aquel mapa invisible que había trazado en el aire la guiaba calle abajo hacía una pequeña tienda situada en esquina con un alto edificio.

Una pequeña y peculiar tienda con fachada Vintage de vivos colores se reclamaba autora de tan delicioso aroma. Se acercó guiada por su remanente dolor de estómago que protestaba por saborear aquella delicia. Le distrajo un poco el pequeño escaparate. Miró al interior a través del cristal y no vio a nadie. Sin embargo, las luces del horno estaban encendidas. Entro despacio. Al abrir la puerta el sonido de unas campanitas colocadas en la jamba le dieron la bienvenida. El olor era más intenso.

No se oía nada que no fuera el ligero rugir de las máquinas. Esperó varios minutos antes de hablar; una de las alarmas del horno comenzó a sonar. El sobresalto inesperado la hizo dar un pequeño salto hacía atrás. Esperó cortésmente a que alguien saliera a atenderla, pero al no ocurrir nada, decidió pasar a la trastienda. Allí se confundían los aromas. Vainilla, masa de pan, chocolate y otro olor que no le gustó nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo con cuidado la navaja. La puerta de atrás estaba entornada. Se acercó despacio y desde allí pudo ver con horror que un grupo de zombis se alimentaba del cuerpo del pobre panadero. No lo pensó dos veces, retrocedió con cuidado y después de coger un par de panecillos salió corriendo de aquel local.

Mientras intentaba llegar al Pub Rengato, algo la hizo reflexionar. Sus recuerdos de aquella noche se amontonaban en su cabeza evitando pensar con claridad. Allí ya había zombis. Recordó a aquel ser que esperaba apoyado en la puerta. El colapso de su cara, la mirada. Toda su vida cambió a partir de ese momento. Las fiestas nocturnas eran un reclamo para jóvenes, aquel putrefacto lugar producía morbo.

Quedaban escasos metros para alcanzar la puerta metálica del Pub, cuando alguien desde dentro la abre. Se sitúa justo detrás de ella; la gran puerta abre hacia fuera, su cuerpo queda camuflado por una de las hojas. Espera impaciente con el corazón en la garganta, solo ve salir a un par de individuos completamente normales, ataviados con armas semiautomáticas. Parecían hablar en ruso.

Se mantuvo quieta varios minutos hasta que vio que aquellos hombres se alejaban calle abajo. Salió con cautela de su escondite y cruzó el umbral de la puerta.

Michael permaneció más de cinco horas sentado al lado del lavabo. Tenía la mirada perdida. Llevaba oyendo el inquietante cántico susurrado, durante mucho tiempo. Intentaba no llegar a la locura, por eso había conseguido evadirse de su propio cuerpo. Entrar en un espacio espiritual hermético donde nada ni nadie podía penetrar. Ese aislamiento le arrastraba poco a poco a un pozo muy profundo, donde no llegan los sonidos, los olores y mucho menos las imágenes.

El rubio deja una nota sobre el mostrador de recepción. Es una cita para Katia. Necesita hablar con ella. La mira a los ojos y dirige su mirada hacía el cuarto del café. Ambos saben de que se trata.

El rubio se ha asegurado que hoy había una reunión con los gerentes y que Toni no iba a estar cerca, así que se aproximó a la cafetera y decidió tomarse un café largo con un chorro de vodka.

– Buenos días. ¿Cómo estás Katia? – la saludó manteniendo la mirada fija en su café.

– Buenas…, quieres que te sirva algo de comer. – le dijo Katia amablemente.

– No gracias. Ven, siéntate. El otro día no terminaste de contarme tu preocupación por Michael. – se acercó despacio y aproximó la silla a su lado con la intención de hablar con intimidad.

– Quiero que esto no salga de aquí, por favor. – le dijo Katia cerca de su oído.

– Tienes mi palabra. – levantó cómicamente su mano para prometer en el aire.

– Bueno el último día que le vi…, – paró de hablar para mirarle a los ojos – unos segundos después continuó hablando, parecía tener congoja mientras hablaba –

– Continua, te escucho.

– Le hice un pequeño favor. Se había dejado su tarjeta de entrada en casa y no le apetecía volver a cambiarse e ir a por ella. Así que le presté la mía. Estuvimos hablando de quedar esa noche y tomar una copa en su apartamento. Termine mi jornada, me fui a casa. Me duché tranquilamente y me arregle para dirigirme a su apartamento. Llamé varias veces y nadie contestó. Así que le llamé al móvil y no lo cogía. Eso es todo. No sé que le ha ocurrido, pero tengo miedo. Saben que la tarjeta es mía y localizan las entradas de personal en todos los sitios.

– Katia escucha, tienes que avisar a Toni la perdida de esa tarjeta. Sé que  te dijo que le contarás los movimientos de Michael. Sigue haciendo lo que te sugiere, el resto déjamelo a mí. ¿Lo has entendido?

– Por favor, encuéntralo. – se alejó hacia su puesto de trabajo. El rubio se sirvió otra taza de café con otro chorrito de vodka.

Irina se ha incorporado y permanece sentada en el borde de la camilla. Está aturdida y no recuerda muchas cosas. Los huesos expuestos de la cadera están recubiertos por tejido blando. Tiene mejor aspecto que la última vez que comprobó su estado. Sigue monitorizada. Mantiene su temperatura y el nivel de glóbulos blancos en sangre es estable. Michael se acerca hacía ella, necesita comprobar ciertos valores. Así, que intenta hacer una exploración en la piel de su cara y hombros. Después del proceso de regeneración ha encontrado otro problema que tiene que solventar; comienza a evolucionar un enfisema cutáneo, las burbujas de aire subcutáneo aparecen esparcidas por todo el tórax, la cara y brazos a causa de la regeneración precoz de los tejidos. Tiene que evitar que las burbujas de aire se acumulen en zonas torácicas, en otras partes del cuerpo menos importantes realizará un drenaje subcutáneo.

Se pasaban varios minutos sin hablarse, solo mantenían su mirada. Por alguna razón; algo fuera de su alcance les conectaba. No sabían que les estaba ocurriendo, pero era algo verdaderamente especial. A Michael, le bastaba un roce con su piel para estremecerse. Una de las veces que comprobó su temperatura, Irina abrió los ojos y le acaricio la cara dulcemente.

Un grupo bien organizado

Desde que llegó a Madrid, solo tiene un propósito; matar a Michael, pero antes tiene de asegurarse de que le dé la fórmula del suero. El líder de los zombis tiene claro que necesita un ejército para llegar hasta donde se esconde Michael. Le considera un hombre astuto que pudo escapar de la muerte en Moscú gracias a su coraje y sus conocimientos de química. Aprovechó el momento justo para saltar al tren. Le observó desde que entró a trabajar en la farmacéutica. Desde la penumbra del patio, todas las noches saltaba la valla para observar sus movimientos. Él supuestamente era quien le iba a salvar de una muerte putrefacta. Fue un trato que hizo con él después de varios meses cautivo en la caja de cerillas. Michael le hizo una promesa que recordaba todos los días. – si me ayudas a escapar de aquí, te ayudaré a recuperar tu vida anterior. – eso fue el trato. El líder avisó al rubio para que intentara sacarle de la cloaca y eso fue todo. Michael se olvidó de su promesa…

El grupo de zombis se movía rápido a las ordenes de Iván, se esparcían por el mapa de Madrid a toda velocidad. Seguían rastros, hasta que uno de ellos les llevó al apartamento de Irina.

Éric, mantiene los ojos abiertos, está en estado REM. Su cuerpo había cambiado de nuevo, la tonalidad de su piel es azulada. Se han paralizado las convulsiones y su ritmo cardíaco es demasiado lento. No pestañea, el ojo permanece seco, una pequeña membrana similar a la de los reptiles le cubren los globos oculares. Están hundidos. Su boca permanece abierta, en uno de sus lados se descuelga una azulada lengua que parece podrida. Tiene una vía colocada en la zona de la muñeca con antibiótico. De alguna manera retiene la infección y el proceso de putrefacción va más lento.

Iván sube los escalones de dos en dos, su cara desfigurada por el avanzado estado de descomposición simula una terrorífica sonrisa. Cree haber encontrado a Michael. La puerta impecablemente blanca está atrancada. Comienza a chasquear la lengua; necesita ayuda para abrirla En pocos minutos más de treinta cuerpos hambrientos aparecen en el rellano esperando su premio.

Consiguen derribar la puerta. Allí dentro no hay nadie. Solo restos de goma y bolsas de antibióticos.

Recorre con la mirada toda la estancia en busca de algún indicio, pero no haya nada concurrente.

Solo un ligero olor humano que se cuela en su sentido del olfato. Ese olor le envenena, le quema por dentro. Realza su odio contra Michael, sabe que él ha estado allí, pero también sabe que la dueña de la casa está con él. Mira desesperado por la ventana y ve un zombi saltar por los tejados alejándose del lugar. En ese momento un grito aterrador sale por su boca. La tensión vibra como el sonido chocando por los tejados. La figura que se aleja le mira desafiante, sin miedo. Permanecen así varios minutos. Hasta que decide seguir su camino.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/ Depósito Legal: Safe Creative

prisionero2

ADICTOS XIII


ADICTOS2

Descargar en PDF

adictos XIII

ADICTOS XIII

Lidia agarraba fuertemente la mano de Éric, miraba a ambos lados, respiraban con dificultad. La tensión seguía presente en sus cuerpos, estaban muy cansados. Seguían en el interior de la parroquia. Atravesaron el pequeño jardín que había en el patio. No se oía nada, cosa que le extrañaba a Lidia. No atendía a otra cosa que no fueran los ruidos, aquellos sonidos característicos; quería acostumbrar su olfato al aire puro. Señaló una antigua puerta de madera situada al final del muro. Se dirigieron hacía ella; era una puerta de más de cien años, estaba bien cuidada, las marcas del tiempo parecían formar lineas verticales con el suelo, sus remaches oxidados decoraban de forma rústica los diferentes tonos de forja.

Si su sentido de la orientación no se equivocaba esa puerta abriría hacía una de las calles circundantes.

Cerca del altar mirando una de las figuras religiosas se encontraba el líder de aquel regimiento de muertos vivientes. Miraba detenidamente la escultura, intentado recabar los sentimientos que sentía al mirarla. En ese mismo momento se percató de que una de las puertas cercanas a la sacristía se movía levemente. Se acercó cauteloso y miró al interior. Fue entonces cuando se dio cuenta de que habían escapado por la puerta de atrás.

Corrían a toda velocidad por la calzada, evitando la entrada de tiendas y portales. Según avanzaban, se percataron que los zombis habían avanzado mucho, desde que salieron de la parroquia. Los veían trepar sin esfuerzo las fachadas de los pisos más bajos. El ruido de los cristales y los gritos les hacían correr más deprisa. No miraban atrás; parecían animales despavoridos en busca de un lugar donde esconderse y así evitar ser sorprendidos por un depredador. Un ruido les hizo parar. El ejército avanzaba con sus tropas intentando restringir la entradas a otras calles no profanadas.

Los tanques emitían un ruido pesado que revotaba en las paredes haciendo eco en toda la ciudad. De repente el silencio derrumbó el ruido ambiental. No se oían gritos, ni cristales, los tanques no se movían. Lidia cogió aire y paseo la mirada por lo alto de los edificios. Intentaba averiguar que iba a ocurrir. Todo estaba en pausa; solo se movía la mirada de Lidia y Éric, buscado indicios de lo que estaba por llegar. Un ruido lejano comenzó a despertar. Venía hacía ellos.

– Escucha…, lo oyes. Es como si golpearán el suelo.

– Si, lo estoy oyendo. – el poco vello que Éric mantenía en sus brazos comenzó a erizarse.

– ¿Qué es eso? – preguntó preocupada Lidia.

– No lo sé, pero tenemos que movernos de aquí ¡ya…! – Éric coge del brazo a Lidia y se dirigen a toda velocidad hacía donde están posicionado los tanques.

Un hombre armado con una ametralladora les apunta Les niega el paso.

– ¿Dónde cojones creen que van? – les pregunta sin dejar de apuntarles.

– Necesitamos protección. Sabemos que los zombis se pueden curar y necesitamos encontrar una persona que nos puede ayudar. Por favor, déjenos pasar.

– ¡Te crees que estoy loco! Tu amigo está infectado. – le miraba de forma burlona.

– Por favor, necesito que nos ayude a pasar a ese lado. Este hombre de aquí es indefenso. Hace tan solo unas horas, se estaba recuperando gracias a un suero que regenera de forma temporal los tejidos dañados. Debe de creerme. – en ese momento otro militar se acerca a comprobar que sucede.

Entonces…, comienza el caos en aquellas calles. El silencio se rompe con la caída de cuerpos al vacío. Los chasquidos de los huesos rotos proliferan a lo largo de la calle. Cuando los cuerpos se revientan contra el suelo. Una jauría de zombis hambrientos aparece por todos los rincones y se abalanzan sobre los cuerpos.

Otro sonido se aproxima con una fuerza voraz. Un montón de hombre y mujeres encapuchados, portando en sus manos todo tipo de varas de madera se abalanzan contra los despreocupados zombis que se alimentan sin perder tiempo. Aquellas imágenes espeluznantes dejaron a Lidia trastocada durante unos minutos. Éric no perdía ningún detalle de aquel campo de batalla. Los jóvenes subían encima de los coches y golpeaban con brutalidad la cabeza de aquellos seres que despiezaban a sus vecinos. Las imágenes eran apabullantes y Éric no lo pudo soportar por más tiempo.

– Necesito que me prometas una cosa, Lidia. – le miró a los ojos. Lidia levantó su mano y con mucha ternura acarició lentamente el rostro de Éric.

– Necesito que me prometas que si no llegó a pasar este periodo y recuperarme; si ves algún síntoma de depredador que ponga en peligro tu vida. Necesito que acabes conmigo. – Lidia comienza a sollozar, asustada y perdida. – con lo que acabo de ver, sé que pronto presentaré esa conducta. Tienes que arrancarme la cabeza, es la única forma de acabar con esta pesadilla. – Lidia mantuvo entre sus manos la cara de Éric y le besó repetidas veces para silenciar sus palabras.

– Tenemos que seguir Éric, no quiero escuchar más tonterías. Necesitamos encontrar al rubio. ¿Me has entendido?

Aprovecharon el desconcierto y junto al avance de los militares, lograron colarse al otro lado de la calle. Permanecieron bajo un camión militar, hasta que dejaron de ver soldados en la zona.

Michael introdujo la tarjeta magnética de Katia, la puerta de la zona restringida se abrió por completo. Un sistema de seguridad avanzado, escaneó su cuerpo. Calculó su peso, altura y verificó que no estaba enfermo. A Michael le extrañó la ligereza del traje de seguridad. El material con el que estaba hecho era verdaderamente una incógnita. Nunca había utilizado un material de ese tipo. Al entrar por otro arco de seguridad pudo ver con claridad la alta tecnología que disponía aquel apartado. La iluminación era excelente, los puestos de trabajo se acomodaban al usuario de forma funcional. Allí se cotejaban cultivos, tejidos y ADN, para intentar conseguir respuestas a la gran pregunta.

Michael siempre pensó que la ingeniería humana tenía que venir con un manual de instrucciones. Todos los detalles de nuestro cuerpo se basaban en reacciones químicas de varios componentes que actuaban por libre o en grupo, determinando sin lugar a dudas el estado de nuestras células. Se acercó despacio al primer grupo, estuvo varios minutos observando la pantalla del microscopio digital. Examinó detenidamente. Enseguida comprendió de qué se trataba. Una bacteria muy singular;  Bacillus anthracis, la causante de una de las enfermedades más peligrosas y contagiosas; la que conocemos por Ántrax. Su contagio suele manifestarse entre animales infectados, pero había casos muy específicos en el que esa bacteria pasaba al hombre.

Seguían investigando aquella bacteria, para entender el funcionamiento de otras similares, que afectaba a los humanos.

Observó durante varias horas el trabajo de aquellas personas. Disfrutando de aquella innovadora tecnología. Le llamó la atención que al final de la sala había una especie de pasillo que permanecía en la oscuridad. Se percató que varias personas ataviadas con sus respectivos trajes, se perdían en las sombras. Necesitaba pasar desapercibido, así que se acercó a la mesa más cercana a la galería. Movió varios archivadores hasta que decidió coger un bloc de notas. Tomó prestado un bolígrafo y se dirigió hacía aquel espacio en negro. Pequeñas luces de emergencia situadas a ras de suelo se activaban a su paso. La larga y oscura pared se iba estrechando, hasta que aquella perfilada oscuridad se disipó de golpe. A solo varios centímetros de su cara, una cámara de seguridad escaneaba su rostro. La jamba de la puerta comenzó a iluminarse, parecía una atracción de feria. Los colores intermitentes obligaron a Michael a pestañear varias veces. El baile de luces era molesto. Esperó varios segundos hasta que aquella puerta se abrió con un ruido de descompresión. Una pequeña nube de vapor salió al exterior y le llegó un ligero olor a podrido. En ese momento desde la parte alta de las paredes unos aspersores derramaban un líquido incoloro que limpiaba aquel olor putrefacto.

No lo pensó dos veces, agarró con fuerza el bloc y se adentró en aquella cavidad. En ese momento Michael comenzó a temer por su vida. Las preguntas desfilaban en su cabeza. No sabía que hacía allí; quizá, hizo caso a los pensamientos más oscuros que tenía en su cabeza después de la muerte de Francesa. Estuvo varios minutos parado con el bloc entre sus manos enguantadas, esperando que su cerebro le diera una respuesta correcta. Bajó la mirada y descubre que en la primera página del bloc, hay unas anotaciones de las que no se había percatado. Son palabras sueltas, esparcidas en la primera hoja, “codeína, mezclado con gasolina, disolvente, ácido clorhídrico, yodo y fósforo rojo”

– Joder, joder, joder…, ¿qué coño están haciendo? – comenzó a acelerarse su ritmo cardíaco. Permanecía en un espacio circular, parecido a una sala de espera. En ese momento una señal visual aparece por la pared circular; pequeñas luces rojas comenzaron a encenderse a su alrededor. – tenía que controlarse. Presentía que aquel dispositivo de seguridad captaba su ritmo cardíaco. – respiró abdominalmente varias veces hasta que el oxígeno regó de forma adecuada su sangre y comenzó a caminar.

Frente a él, había un tramo de anchas escaleras metálicas que descendía varios pisos. Estaba muy nervioso, las pequeñas luces rojas le seguían amenazantes en su camino. Le temblaban las piernas y notó en la frente sudor frio que se precipitaba por el interior de la máscara.

Cuando puso el pie en el último escalón, lamentó haber llegado hasta allí. Varios hombres realizaban autopsias a individuos descarnados. Muchos de sus miembros estaban con los huesos expuestos. El color de su piel se tornaba verdosa y con solo tocar partes de su cara se desprendía con facilidad. Los gases acumulados bajo la piel despiden el olor putrefacto.

Un movimiento al final de la sala llamó su atención; una mujer joven acostada sobre una mesa de autopsia convulsionaba de forma violenta, varios hombres la sujetaron las piernas, la ataron a la mesa.

Fue entonces cuando las arcadas de Michael le delataron. Todos dejaron lo que estaban haciendo, – le miraban sorprendidos.

– No puede estar aquí. ¿cómo ha entrado? – unas potentes luces blancas enfocaban su cara. –

alguien le golpeó y perdió el conocimiento.

Irina consigue abrir despacio los ojos, el suero suministrado por vena a través de una vía la mantiene estable. Le sorprende ver que la sala está limpia y bien iluminada. El olor a desinfectante le abrasa la garganta. Está conectada a varios monitores. Gira despacio la cabeza y no puede evitar unas furtivas lágrimas. Tiene los labios secos y agrietados, intenta mojárselos con la punta de la lengua. Sabe por qué está ahí. Su adicción a las drogas le ha hecho vulnerable, frágil.

Mira uno de sus brazos y ve cómo se recubre parte del hueso que horas antes estaba expuesto.

La variedad de colores que contrastan en su brazo la hace estremecer. Michael se da cuenta de que tiene los ojos abiertos y se acerca despacio.

– Hola, Irina, ¿cómo estas? – le pregunta preocupado.

– Pues, no sé qué decirte. – hablaba arrastrando despacio las palabras. Intentando pensar en lo que decir. – cierra por un momento los ojos. – al abrirlos continua hablando.

– No puedo mover las piernas, es decir; no las siento. – con mucho valor Irina levantó la sábana que la cubría y descubrió con horror su estado.

– Aunque la imagen es bastante escandalosa, no es del todo grave. Esos tejidos los recuperaremos, no te preocupes. Mi prioridad es mantener el suero en tu sangre más tiempo, hasta que consiga un medicamento definitivo. Por eso es necesario suministrar la dosis constantemente. – se miraron a los ojos. – entonces Irina le reconoció.

– Eres tú. Tu aspecto ha mejorado. Has recuperado casi todos los tejidos de la cara. Eres el que me daba el suero en polvo, en el sótano de mi edificio. ¿cómo? ¿por qué? ¿Sabes lo que ocurre? Cuéntamelo.

– Es largo de explicar, pero te diré una cosa. Te conozco de mucho antes. Intenta recordar. Una estación de metro…, te suena de algo. – se produjo un largo silencio, la mirada distraída de Irina hizo pensar a Michael el sobreesfuerzo que había hecho para recordar.

Parte de sus funciones cerebrales estaban expuestas a la sustancia. Las neuronas envejecían rápido y morían. El suero mantenía estable el número de neuronas, pero por poco tiempo.

Hao recoge documentación que había recabado durante años sobre los experimentos realizados en la base militar cerca de su aldea. Necesitaba respuestas a las miles de muertes que se produjeron en aquella zona. Por alguna razón sabía que tenía algún tipo de conexión con lo que ocurría en varias partes del mundo. Al intentar meter los documentos en la cartera, una carpeta de color naranja calló cerca de sus pies. Arqueó las cejas en una expresión de perplejidad. No recordaba aquellos documentos. Se sentó en la silla de su escritorio y la abrió sin demora. La carpeta contenía un montón de fotos en blanco y negro. Fotos antiguas. Las contemplo sin dejar escapar ningún detalle. Las miraba intentando descifrar su significado. ¿De quién eran aquellas fotos? ¿por qué estaban allí?

Pasó mucho tiempo desmenuzando en su memoria recuerdos olvidados, hasta que llegaron las últimas fotos. Eran impactantes, sobrecogedoras, intentaba contener las lágrimas, pero le fue imposible. Apilados en el barro cerca de una vivienda, yacían sus padres. Él no lo recordaba de aquella manera. Había pasado muchos años. Las imágenes de aquel día estaban difuminadas y esparcidas por el hipocampo de su cerebro; incautadas por el olvido. Fue un fuerte golpe para sus sentimientos, pero se armó de valor y volvió a examinar la foto. Los recuerdos fugaces se disparaban como flashes en su cabeza.

Fue un día de tormenta, Hao venía de la escuela. Sus padres llevaban varios días sin ir a los campos. Estaban enfermos, les subía y les bajaba la fiebre de forma natural. El médico de la zona no sabía de qué se trataba. En varios meses su piel adquiría un color azul negruzco, pero eso solo fue el comienzo.

Varios médicos fueron a reconocerlos, decían que parecía una variante de la gangrena o la lepra. Todos sabían que no se trataba de una enfermedad vascular. Los padres de Hao eran jóvenes y fuertes. Lo que más les asombro fue el deterioro físico que se manifestaba cada día. Se desgranaban en vida. El olor que producía su cuerpo era putrefacto. Las heridas no se podían curar de forma tradicional, los tejidos se desprendían nada más tocarlos.

Todo se fue deteriorando, sin embargo, Hao se libró del contagio. Le hicieron acostarse fuera de la casa, alejado de sus padres moribundos. Esperó durante meses a sus tíos; no acudieron, no querían contagiarse. Así que fue acogido en una especie de orfanato, donde le realizaron varias pruebas antes de trasladarse a vivir con otros familiares.

Él se fue horas antes de que hicieran la foto. Sacaron los cuerpos de todos los que murieron por el contagio y los quemaron en la plaza central de la aldea.

Cayó la noche. Éric estaba cansado. Actuaba de forma rara. Casi no hablaba. Arrastraba cada vez más los pies para andar. Estaba al límite. Lidia le miraba con tristeza. Tenía la esperanza de encontrar un buen lugar para descansar. Se le ocurrió una idea. La casa de su querida amiga Irina estaba cerca. Tenían que tener cuidado.

Se oía la melodía de una emisora de radio. La calle estaba parcialmente a oscuras. Las sombras viajaban a sus anchas por las estrechas callejuelas. Lidia pasó el brazo de Éric por encima de su hombro para ayudarle a caminar. No le quedaban fuerzas. El daño cerebral estaba anunciado. Necesitaba una dosis del polvo blanco.

Les costo mucho llegar al apartamento de Irina. Tenían que esquivar los cuerpos y muebles que había esparcidos por la escalera.

La puerta estaba abierta. Entraron cautelosos. Se aproximaron hacía el sillón donde Lidia acomodó a Éric. Estaba adormilado, movía ligeramente los labios. Se le escapaban frases y palabras inconexas, comenzaba a tener enajenación mental transitoria.

SFA (Servicio Federal Antidroga )

Moscú

Izan está en el baño de una habitación de hotel, se observa en el espejo. Sabe lo peligroso que son estos casos. Se coloca una prótesis en la nariz, peina su pelo largo y se lo recoge con una coleta. Lleva barba de varios meses y ha cambiado sus lentillas por unas de color verde. Le gusta su forma de camuflarse, dedica muchas horas hasta encontrar la perfección. El motivo de esta perfección es intentar encontrar el cocinero y distribuidor de la droga zombi. Una droga que solo se consumía en Rusia, pero que en pocos meses se había convertido en un gran reclamo en toda Europa. Querían evitar que aquella droga llegara a España. Hoy como todos los días hacía el mismo ritual. Tenía que establecer contacto con el rubio, por eso visitaba la Catedral de Basilio todos los días. Su personaje tenía un guion bajo el brazo, su trabajo consistía en hacer fotografías a los turistas dentro de la Catedral.

Se desplazaba por la ciudad en trasporte público. Admiraba las líneas de metro de Moscú, sus espacios altos y luminosos. Los suelos de mármol que parecen tocar el cielo con sus impresionantes columnas. Era realmente asombroso. Parecía un museo en vez de una red de metro por donde se mueven más de nueve millones de personas al día.

Había llegado a su parada Ploshcad Rvolyutsii, la más cercana a la Plaza Roja. La catedral abría sus puertas en el horario de invierno a las 11h de la mañana, mantenían ese horario hasta alcanzar el verano. Izan lleva insertado bajo su piel un dispositivo de rastreo. Desde el piso franco su equipo visualiza su localización.

Cómo cualquier otro día, entra en la Catedral, saluda al personal de seguridad y comienza a montar su equipo de fotografía. Sabe que la situación del rubio es delicada. Intenta encontrar trabajo como matón dentro de un grupo liderado por un tal Toni, una tarea complicada que no puede tener ningún fallo.

Muchos turistas se agrupan en filas para hacerse su fotografía. Izan no para de tomar los datos de los fotografiados para después mandarles por mail su foto. Cuando cree que casi ha terminado. Un hombre corpulento con pelo corto, acompañado de una mujer delgada con piel plomiza, se acerca despacio hacía donde está él.

– Disculpe, nos puede sacar una fotografía a mi mujer y a mí. – se miraron a los ojos, se estableció el contacto.

– Si claro, espere un momento. – transcurren unos segundos. – póngase ahí, muy bien. Sonrían. – al terminar, el rubio le dio su dirección de mail.

– Muchas gracias por todo. – en ese momento se estrecharon la mano y el rubio deslizó una tarjeta de memoria en la mano de Izan.

El primer paso de la operación se había cumplido. Ahora tocaba volver al hotel y descargar la información cifrada que contenía el dispositivo de memoria. Izan estaba distraído, había bajado la guardia. Andaba en dirección a la estación de metro, notó que alguien le seguía. Disimuladamente sacó su móvil y puso la cámara a modo vídeo. Mantuvo el teléfono entre sus manos de forma que veía quien le seguía.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

Depósito Legal: Safe Creative

6286e983cf05c0189a16600bd3722f3b_article

ADICTOS VII


ADICTOS2

 DESCARGA GRATUITA adictos VII

ADICTOS VII

Comienza el canibalismo

Lidia corre tras Víctor, no miran atrás, solo oyen el estruendoso ruido que hacen los cuerpos al caer desde las alturas. El chasqueo de las lenguas putrefactas, se oye resonar en la avenida. Es el grito del reclamo. Justo a escasos metros cae de una de las ventanas, un hombre de mediana edad, su cuerpo sucumbe al fuerte golpe. En ese momento una jauría de monstruosas caras se abalanzaron sobre él y comenzaron a morder su abdomen, le vaciaron por completo, parecían animales hambrientos; lo primero que se comían era las vísceras; quizá por que era una de los órganos que antes se descomponía.

Atravesaron varias calles, su intención era llegar a casa de Eric. Una tarea muy difícil, porque según se acercaban a su objetivo, aquellos seres iban proliferando como una epidemia.

Irina se había quedado dormida en el sillón de piel; la noche había sido un tanto peculiar. Nunca se había sentido tan completa, tan querida y tan mimada. Aborrece la idea de seguir con su anterior vida. Las sinceras palabras de su nuevo amigo le daba esperanzas para salir del pozo.

Al despertar contempló las primeras luces de la ciudad a través del bonito ventanal del salón. No quería moverse, se sentía feliz. Era la primera vez en su vida que había dormido en casa de un hombre y no se habían acostado. No estaba sola, unos pequeños ojos la miraban sin moverse, al lado de la puerta. La concedió una cálida sonrisa.

– Señorita, la he preparado un baño con sales. – Irina la miraba inquieta.

– El señor tuvo que marchar esta mañana. Viaje de negocios. – la mujer no paraba de sonreír

– Gracias, pero no hace falta. Tomaré un taxi. No quiero molestar.- se levantó despacio.

– No es molestia, tiene que aceptar. El señor dijo que usted se negaría al baño. Me dijo que insistiera. También me dijo que le esperara, que volvería por la noche.

Irina no volvió a decir que no, se alisó el vestido y se dirigió a uno de los cinco baños.

Aquel cuarto de baño pertenecía al dormitorio principal, a los pies de la cama tenía ropa limpia. Se aproximó para examinarla mejor.

– Esto es increíble, son mis vaqueros. ¿Ha estado en mi casa?.- miraba pasmada a la sirvienta.

– Si, estuve en su casa. Me mandó personalmente. Espero que no esté molesta conmigo.

– En absoluto, solo estoy un poco alucinada con esta situación. Se lo agradezco.

Sumergió su cuerpo en la gran bañera, donde las burbujas cosquilleaban su piel. Le llegó una rica fragancia a flores; las velas y el incienso adornaban la vista y el olfato de Irina; se abandonó a tan agradecido placer.

Éric continuaba luchando contra su enemigo, ya no tenía pelo en la cabeza, los dientes se le movían ligeramente. Se aproximó al espejo del baño, las llagas inundaban su boca y la lengua azulada entorpecía sus palabras.

Miró su brazo. Fotografío su cuerpo desnudo con aparencia desnutrida, azulado y blanquecino.

El contorno de sus ojos era un escalón en su cara; donde los extraños fluidos caían por sus mejillas.

Estaba agotado, no tenía muchas fuerzas para seguir adelante, necesitaba tener a Lidia cerca. Necesitaba verla por última vez. La quiere y quiere formar una familia con ella.

Se da cuenta que le acompaña un profundo silencio, inevitablemente las lágrimas le comienzan a brotar por los hundidos ojos. Regresa al salón, se queda observando aquella habitación cómo si entrara por primera vez. Su memoria empieza a fallarle, inspecciona sin saber que buscar y entonces…, ve la pequeña bolsa que le tiró el rubio. La miró atentamente y sopesó mucho sus alternativas. Sus expectativas de seguir vivo se evaporaban cada hora. Tenía que hacer algo por sobrevivir.

La furia se iba apoderando de él, del mismo modo que lo hizo con el rubio. La adrenalina circulaba a una velocidad vertiginosa, se sentía perfectamente, su fuerza doblaba lo normal, su olfato reparaba a cualquier olor por pequeño que fuese. Su cuerpo reaccionaba así, unicamente cuando se alteraba. Ahora se sentía vivo. Cogió la pequeña bolsa y preparó aquel polvo. Busco el mejor lugar para recibir el pinchazo. Entonces lo vio todo claro, una convulsión hizo que su cuerpo no aguantara en pie. Las siguientes sensaciones, era de placer y dolor del mismo modo y con la misma intensidad. Comenzó a ver borroso y estridentes colores se dibujaban en su retina. Se olía a él mismo, el mismo olor de antes del cambio. Ese olor aterciopelado, áspero y agrio después de hacer deporte. -era él mismo.- Cómo antes lo había sido. No podía controlar su cuerpo, su cerebro estaba cosiendo lo descosido, poniendo cada pieza del puzle en su lugar. Después de aquel inicio, empezó a recuperar el movimiento, su boca abierta dejaba caer una sustancia verde de sabor rancio y olor a podrido. Le escocían los ojos. Observó que su temperatura corporal había subido, ya no nota el frio amarmolado, sobre las extremidades.

Intenta armonizar sus movimientos y ponerse en pie, lo consigue a duras penas. Deja caer su cuerpo en el sillón y se queda dormido.

Irina decide ir a su piso con la intención de recoger algo de ropa y una botella de vino para la cena de esa noche. La sirvienta de su nuevo amigo, la hizo prometer que volvería. Durante todo el recorrido no se había encontrado con ninguna persona. No circulaban autobuses, ni taxis. El silencio envolvía la ciudad. Vio el cartel luminoso del autoservicio y se acercó despacio. Las cajas estaban vacías, había mucha mercancía esparcida por el suelo. Un olor que conocía se movían en su dirección. Los escalofríos implantaron su autoria en el cuerpo de Irina. Una lata de conservas rodó hasta alcanzar sus pies. Irina siguió avanzando, sigilosa, aferrada a su bolso. Dispuesta a defenderse si fuera necesario. Al final de aquella estancia, alguien rebuscaba en los congeladores de carne. Emitía una especie de bufido. Según se acercaba oía un chasquido, un ligero sonido gutural, no sabe si es humano. Sigue acercándose, un fluorescente, cae sin avisar cerca de Irina. El sobresalto le hace retroceder. El estrepitoso sonido del cristales rotos pone en alerta al individuo que está en la puerta de los congeladores. La furia se desata muy cerca de ella, justo en el pasillo de al lado. Con gran fuerza alguien empuja una estantería que hace que Irina quede sepultada bajo paquetes de servilletas de papel. Antes de intentar ponerse en pie, una lengua morada le chupa la cara.

El olor de aquel aliento provoca una oleada de arcadas. Intenta zafarse de su adversario, pero se lo impide arrastrándola del pie hacía el congelador.

Víctor y Lidia están a punto de alcanzar la calle donde vive Eric. Le sorprende ver un autobús escolar en marcha. Cruzan corriendo la calle, pero el autobús aumenta su velocidad. Intentan que el conductor pare. Observan con estupor que el conductor es un niño de no más de diez años. Dentro del autobús a través de las ventanas rotas, un zombi intenta alcanzarle. El pequeño, intenta frenar pero no lo consigue. El vehículo se estampa contra un semáforo. En ese momento entran en acción Lidia y Víctor que se apresuran a sacarle de allí. El zombi tiene medio cuerpo fuera de una de las ventanas, intenta bajarse de allí. No puede, se ha clavado una esquirla de cristal a la altura del pecho. Intenta liberarse, pero no lo consigue, sus órganos de empiezan a escapar de la cavidad torácica.

El pequeño tiene enganchado un cordón de su zapatilla en el embrague. La parte delantera del autobús está totalmente aplastada. Es muy difícil sacarle el pie. Lidia está preocupada, no quiere abandonarle a su suerte. Intentan hacer palanca con una barra de hierro, pero es inútil. En ese momento los aullidos del zombi se dejan de oír; para la tranquilidad de Lidia, sometida a mucha presión. Se está planteando amputarle el pie, para poder sacarle con vida de aquel amasijo.

Abre su mochila en el suelo, saca todos las herramientas que lleva consigo. El niño no paraba de gritar; Lidia sabía que tendría varios huesos rotos del empeine, tenía girado el pie, eso le producía un dolor insoportable.

– ¿Como te llamas pequeño?.- le preguntó lo más serena que pudo.

– Me llamo Tomas. – le dijo el niño entre gemidos de dolor.

– Muy bien muchacho, yo me llamo Lidia y soy médico. Necesito que me escuches. ¿ de acuerdo?.- el pequeño no podía hablar por el dolor, asintió con la cabeza.

– Bueno tu pie está muy malito, no le podemos sacar de ahí, la única manera que tengo para sacarlo es operarlo, ¿lo entiendes? no te va a doler, te pincharé un medicamento para que te duermas un ratito, cuando despiertes, estarás mejor.

– ¿Lo has entendido?.- lidia ya tenía en la mano una jeringa con anestesia.

– Víctor, cuando se duerma necesito que inclines el asiento y mantengas en posición elevada la cabeza.

El pequeño dormía tranquilo, Lidia le rompía la patera del pantalón, la posición le obligaba a trabajar con poco espacio.

– Víctor, necesito un martillo de emergencia..- no preguntó, se fue al interior del autobús y cogió el más cercano. Se dio cuenta que el zombi no estaba, solo quedaban restos de sus intestinos, que colgaban hacía el exterior. Se asomó por ella y no vio a nadie. Regreso al lado de Lidia.

Era una tarea complicada tiene que seccionar con cuidado de no dañar mucho las conexiones con la pierna. Coge el escalpelo y hace una incisión en la parte baja del tobillo. Separa bien los músculos y tendones, para tener más visibilidad al astrágalo. Cómo no dispone de sierra, se ayuda del martillo de emergencias para ir partiendo los huesos. Ya ha liberado al pequeño de su tortuosa muerte. Lima como puede el contorno de los huesos para poder preparar el siguiente paso. Necesita ir colocando los colgajos cutáneos, ha dejado los músculos muy por debajo de la amputación, de manera que pueda doblar, para dar forma al pequeño muñón. Anteriormente se han ligado los vasos sanguíneos de forma individual, los nervios se han cortado limpiamente. Ya está casi listo, ha colocado el drenaje con una goma blanda y ha vendado la operación.

Lidia está exhausta, la operación ha durado cuatro horas, agradece que se tratara de un niño. No hubiese tenido anestesia para un adulto, y se abría doblado el tiempo. Sale quitándose los guantes manchados de sangre, que arroja a una papelera cercana. Coge aire y hace estiramientos, tiene la espalda resentida por la postura que ha tenido durante cuatro horas seguidas, pero está satisfecha con el resultado. El niño se ha empezado a mover, gira su cabecita; le mira y sonríe.

Eric está en el suelo, una terrible migraña le recorre su precoz calvicie. Su ritmo respiratorio se va estabilizando, el color de sus uñas ya no es morado, sino rosáceo. Pestañea varias veces con la intención de apartar esa nubecilla que le impide ver con nitidez. Se arrastra por el suelo hasta llegar al sofá. Haciendo fuerza con los brazos, recupera la estabilidad y se sienta sobre el. Comienza a mover todas las articulaciones, emiten un chasquido quebradizo, acompañado de un profundo dolor. La piel que no ha cambiado le duele como si estuviera en un estado febril. Su temperatura va en aumento. Alarga la mano hacía la mesa auxiliar, allí descansa una botella de agua. Intenta beber. Su labios agrietados y secos, comienzan a sangrar. Un pequeño sorbo y su garganta arde; es como si un gato le arrancara a tiras por dentro. Está asombrado por el agudo olfato que posee, le llega un olor conocido, fresco y limpio, que le recuerda a Lidia.

La sangre de los guantes que Lidia dejó en la papelera, ha despertado el hambre de los caminantes.

Mantuvo la mirada del pequeño unos instantes, no le dio tiempo a más. Por el rabillo del ojo vio con horror que un grupo de caminantes se desplazaban rápidamente hacía ellos. Solo le faltaba unos pasos para alcanzar la puerta del autobús, cuando uno de aquellos cuerpos, salto por la ventana trasera. Víctor les tiraba todo lo que encontraba, para poder distraerlos…, mientras Lidia se cargaba su mochila y cogía al pequeño en los brazos. Salió justo a tiempo, pero Víctor quedo atrapado. empezaron a bambolear con fuerza el autobús hasta que calló hacía uno de sus lados.

Lidia despistó a los caminantes; estaban bastantes ocupados, intentando comerse a Víctor.

Las dosis ya estaban preparadas el rubio las recogió como todos los días a la misma hora.

Michael, le esperaba tras la puerta de madera. Su vida había pasado rápido, demasiado rápido. Llevaba en aquel sótano desde hacía más de dos años, desde su último viaje a Rusia. Ya se está recuperando, gracias al suero que ha podido preparar, es una sustancia que va regenerando el cuerpo. Nadie sabe que lo que él ha creado, pero está orgulloso el suero, salva vidas.

TRES AÑOS ANTES

El avión de Michael aterriza en el aeropuerto de Moscú. Esta algo nervioso, la forma de contactar con él fue muy extraña. Le llegó un fax a la universidad; muchas empresas de otros países gestionan bolsas de trabajo internacionales, era una maravillosa oportunidad de encontrar un empleo estable y bien remunerado. Michael despuntó con la investigación sobre las drogas de diseño. Era muy minucioso y a la vez muy disciplinado con su trabajo. Sabía poco sobre la empresa que le contrató. Le pagarían muy bien…, sin lugar a dudas había sido un acierto aceptar aquel trabajo.

Un taxi le esperaba en la salida del aeropuerto. El taxista mantenía un cartel por encima de su cabeza, con su nombre, Michael Palisit.

Un robusto hombre con facciones europeas le saludo con perfecto inglés y le estrechó la mano. Le invitó a entrar en el taxi. En el trayecto hacía el hotel estuvieron hablando con fluidez sobre el trabajo, le ofreció información sobre la empresa. En el hotel le esperaba su primer contacto con el gerente. En los periodos de tiempo que el contratista dejó de hablar, Michael miraba distraído el paisaje urbano de aquella fría ciudad.

El hotel estaba a escasos 200 metros de la Plaza Roja, un imponente edificio de corte clásico y señorial. La sala de actos se había preparó para la ocasión, estaba en un apartado que se accedía desde la recepción. Michael estaba con la boca abierta, su vida en España se limitaba al laboratorio de la universidad y su pequeño apartamento en Malasaña. Aquel lujo que traspiraban aquellas paredes le sobrecogía.- dudaba poder estar a su altura – no paraba de preguntarse ¿ por qué yo?

Era la pregunta que inocentemente se hacía desde que llegó el fax a la universidad.

Cuando puso el pie en la sala, los veinte comensales, correctamente vestidos le miraron en unísono.

Él sintió un leve rubor que le broto de forma inesperada. Hizo un gesto con la cabeza, pretendiendo ser cortés y saludar. Michael intentó descifrar quien era el gerente de la empresa. Le sorprendió ver a un hombre latino, predominar en el grupo, los gestos de los demás individuos le indicaban que aquel hombre era el gerente. Con pasó firme aquel hombre de no más de cuarenta años se le acerco.

– Michael Palisit, bienvenido a Moscú. Mi nombre es Diego. A partir de hoy estarás bajo mi protección.- le temblaban las piernas, el rubor inicial se fue diluyendo según empezaba a circular toda la sangre de su cuerpo hacía la punta de sus pies.

No lograba entender, por que había dicho .- bajo su protección.- ¿a que se refería?, se supone que me contrató una empresa farmacéutica.- le ofreció un café y le dio unos ligeros toques en el hombro, para que le siguiera.

– Bueno, me imagino que estarás al tanto del trabajo que vas a desempeñar para mi.- le miraba de reojo. – seguía dándole vueltas al contrato que firmó en España.

– Sí, he traído una copia de mi contrato, lo he leído varias veces. Y estoy de acuerdo con todos los puntos.

– ¿Entonces a que viene esa cara de sorpresa? .- le miraba fijamente, esperando una respuesta.

– No, solo me ha dejado un poco sorprendido ese comentario.- un breve silencio.

– ¿A que te refieres? a estar bajo mi protección. .- Michael da un pequeño sorbo a su café.

– Si, así es.- le mira de soslayo.

– Bueno muchacho, te aclararé todas tus dudas cuando estemos en la empresa.

La reunión duró más de cuatro horas, estadísticas, productos, incentivos. Michael salió contento, pero lo que no sabía era que el trabajaría para terceras personas.

Un coche con chófer le recogió al día siguiente muy temprano. Pararon para desayunar. Michael desconocía en qué lugar estaba situada la fabrica farmacéutica, donde trabajaría como director de un nuevo proyecto. Sobre sus piernas tenía un maletín con el logo de la empresa, dentro un portátil y toda la documentación necesaria para comenzar a trabajar.

El coche salió de Moscú, cogió una autopista secundaría, todos los carteles estaban en ruso. No entendía ni papa. Veía al tosco chófer a través del retrovisor. Era un hombre muy corpulento, con el pelo cortado al uno. Una fina línea como labios, que dibujaba una gran boca, quizá demasiado desproporcionada para su cara. Su mirada daba miedo. Después de más de media hora de camino, el rubio habló en perfecto castellano.

– Estásss, preparado. – arrastraba un poco las terminaciones de las palabras al hablar, pero su entonación y fluidez era muy buena.

– Bueno, ahora que lo dice, estoy un poco asustado. – la risa socarrona del rubio, hizo empañar los cristales.

– Eso son los primeros años, después de entrar en esta secta, te darás cuenta que es una gran familia. – Michael no sabía, si llorar o reír. No sabía como tomarse ese burlón comentario. Solo se le ocurrió mirar por la ventana mientras las risas del rubio resonaban dentro del coche.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=quCrrPYnpdw

Depósito Legal: Safe Creative

ADICTOS V


adictovideo

( Ver vídeo-clic imagen)

Descarga gratuita en PDF

adictos v

(Os recuerdo qué todos los capítulos están disponibles para descargar en el apartado ” Cuadernillo de Relatos” )

Adictos V

Nuevos acontecimientos

Irina está petrificada no deja de mirar por el orifico de la puerta, apenas puede tragar saliva. Aquel ojo la mira escrutando su pupila. En ese momento se dispone a pestañear; aquella sombra desfigurada se dirige hacia la mesa; del cajón saca una pequeña bolsa y la lanza por el agujero. Irina se agacha y lo recoge del suelo para examinar su contenido. Abre la bolsa, introduce el dedo meñique, masajea la encía superior. Sin lugar a dudas, es la misma sustancia que le proporciona su nuevo amigo. Se deleita con la acidez del sabor y se estremece con las sensaciones que están apareciendo en su cabeza. Ya no tiene prisa por salir a la calle, en aquella bolsa hay dosis para un par de días. Si el jefe no necesita sus servicios, se pasará un par de días en casa.

Lo que Irina no sabe es que esa droga está adulterada, el rubio se encarga de ello. Compró el edificio, incluido los trasteros. Es allí donde la preparan. Nadie sabe quién es el dueño de aquel laboratorio, el rubio trabaja a la sombra del jefe de Irina, le está robando los clientes. Su droga es más barata.

Sube las escaleras de dos en dos hasta su pequeño piso, está distraída pero contenta. Hoy no tendría que follarse a ningún gilipollas, para conseguir su dosis. Cierra la puerta de un portazo, se comienza a desnudar. La excita colocarse desnuda. Hoy quiere colocarse en el baño, observándose mientras se mete una ralla. Para ella es como alcanzar un largo y profundo orgasmo. Se quita el sujetador y deja al descubierto sus pequeños pechos. Se pellizca ligeramente los pezones, que se endurecen frente el espejo. ¡Llegó el momento!, aspira por uno de los orificios de la nariz. El comienzo es doloroso, le escuece mucho, pero le agrada el sabor que le deja en la boca. Cuando ha terminado de colocarse, se mira al espejo. Comienza a tener una subida de adrenalina, su respiración es agitada, sus pupilas se dilatan, pierde la noción del espacio y el tiempo. Su visión en el espejo es cómo si mirara a través de un caleidoscopio. Su cuerpo empieza a sudar, su cabeza no puede controlar los impulsos nerviosos que emite el cerebro en todas las partes de su cuerpo. Necesita beber. Se dirige a la cocina, intenta coger un vaso de agua, pero cae al suelo; es allí donde culmina el éxtasis. Aquella droga era mucho mejor que la que le regalaba su jefe. Las sensaciones eran muy fuertes, bestiales. Tanto es así, que Irina se meó encima sin poder controlarlo. En el siguiente estado de relajación se quedó dormida sobre el frio suelo de la cocina.

Irina pasa dos días encerrada en su casa, permanece desnuda sobre la cama. No quiere levantarse. Le duele la cabeza, se ha pasado con el alcohol; consumió varias botellas de tequila la anterior noche. Estuvo follando con un joven vecino, con el que intercambiaba favores sexuales de vez en cuando. Era cinco años más joven que ella, adicto al sexo.

El teléfono de Irina sonaba a todo volumen en la pequeña habitación. Se oyeron cinco timbrazos que parecían siete sartenazos en la cabeza de Irina. Se puso la almohada sobre la cabeza cubriéndose lo oídos para amortiguar el sonido desesperado del teléfono. Seguro que era su jefe.- pensaba abotargada. Se incorporó lentamente, entró en el cuarto de baño y se metió en la ducha. El ruido del secador disimuló el sonido del timbre de la puerta. Se oía lejano, pero lo suficiente para que la distraída Irina lo oyera. Cubrió su cuerpo con una toalla y se acercó a abrir. Para su sorpresa, su apuesto jefe con su enigmática y seductora sonrisa, esperaba impaciente detrás de la puerta. En una de sus manos un ramo de rosas y dos botellas de champan.

– Buenos días Irina, llevo dos días sin verte. Vengo a traerte tu dosis…, el pago de tus servicios.- le atrajo hacia él y le beso con dulzura en los labios.- una vez dentro. La ofreció las flores, la miró a los ojos.- estaba claro lo que quería en esos momentos.- Irina abandonó la toalla que cubría su cuerpo desnudo y se entregó incansable a aquel príncipe de las tinieblas, que le ofrecía lo que necesitaba en ese momento.

Necesitaba una raya; se la ganó acariciando el miembro, que sobresalía del pantalón de aquel cuarentón adicto a las drogas y al sexo. Se pasaron parte de la mañana practicando sexo en cualquier rincón del piso, menos en la cama. Cuando ya estaban exhaustos y relajados sobre el sillón. El teléfono comenzó a sonar, pero esta vez saltó el contestador. El mensaje de preocupación de Lidia se radiaba por todo el piso. Cuando terminó, su jefe la miró a los ojos; Irina, le contó su relación con ella. Aquel hombre poderoso que controlaba media ciudad y que cada una de sus pisadas valía una fortuna, comenzó a hacer preguntas sobre su adorable amiga. A él le llamó mucho la atención que fuera forense. Su cabeza empezaba a maquinar, sus deducciones comenzaron a dar forma una idea. Lo único que en esos momentos le importaba era conocer a Lidia.

Lidia se levantó como pudo del suelo. Víctor sujetaba fuertemente la medalla. El brazo seguía sujetándolo; no le soltaba. Oyó un siseo…, aguzó el oído y distinguió con claridad qué alguien le llamaba.

– Victor soy yo…- intentaba coger aire, mientras escupía los gusanos que se introducían dentro de su boca. Por favor, ayúdame.

– ¿Héctor, eres tu?- después de un breve silencio. Héctor continuo hablando.

– Eso es compañero.- arrastraba las palabras.- le quedaba poco tiempo.

Víctor le indicó con un gesto a Lidia que cerrara despacio la puerta. Necesitaban sacarle de aquella montaña.- un arduo y apestoso trabajo.

Con las manos desnudas Lidia y Víctor empezaron a retirar los cuerpos, muchos de ellos estaban momificados, pero otros se desmembraban sin poder evitarlo; dejando sus restos esparcidos por el suelo. Intentaban hacer tiempo para coger aire. Al cerrar la puerta el olor era exageradamente putrefacto; los gases se acumulaban en aquella habitación limitando a más de la mitad el nivel de oxígeno. Solo tenían cinco minutos más, para no morir junto aquellos cadáveres.

Solo quedaba retirar el último cuerpo, una mujer de mediana edad que había muerto hace unos siete días. – una deducción aproximada que Lidia, tuvo en cuenta.

Ayudaron a que Héctor se levantara, vieron con horror que tenía mordiscos por varias partes de u cuerpo. – él no recordaba, cuando fue mordido por aquel ser. Clavó su dentadura, en el cuello y en los brazos.

Lidia y Víctor se miraron desolados. En ese momento alguien giraba la manilla de la puerta. Se ocultaron detrás de la nueva montaña. Permanecían quietos, casi no respiraban…

Alguien entró en aquel lugar, portaba un carro para trasportar cadáveres. Eran dos operarios compañeros de Héctor que hacían su trabajo. Uno de ellos se quedó fuera; el hombre que entró, oía un partido de fútbol en sus auriculares. Lo cual fue una ventaja para ellos, porque sin poder evitarlo se sentían mareados y jadeaban sin control. El operario introdujo en el carro restos cadavéricos para la quema. En uno de sus movimientos, una pequeña bolsa se deslizó desde el bolsillo del pantalón hasta el suelo. – no se percató de la perdida.- comenzó a silbar y se marchó, hablando solo.

Dejó la puerta abierta, el aire empezó a renovarse. Los fatigados cuerpos escondidos en aquella montaña, se estiraron despacio para poder controlar los movimientos. La falta de oxígeno en sus pulmones comenzaba a adormecer sus músculos. Lidia se agachó de nuevo y recogió del suelo la pequeña bolsa.

Víctor preguntó a Héctor si había alguna otra forma de salir de allí.

– Si, pero creo que no os va a gustar. – su cuerpo estaba cambiando. El iris de sus ojos cambió de color.

– ¿Por qué lo dices?- Héctor miraba el suelo donde entre restos humanos y suciedad se podía ver el perfil de un viejo portón.

– ¿Qué coño es esto?- antes de comenzar a hablar, Héctor rugió cómo si fuera un animal. Víctor le agarró del brazo, de alguna forma intentaba hacerle callar, pero era demasiado tarde. Los chasquidos que emitía su lengua, se propagaban por el pasillo a gran velocidad. Ya empezaban a desplazarse, los sonidos metálicos de la sala de congelados nos daba un dato de la magnitud del problema.

Sin pensarlo más tiempo y para que Héctor se callara, le golpeo violentamente la cabeza. Hasta qué dejo de emitir los extraños sonidos.

Acto seguido intentaron con todas sus fuerzas abrir el portón. Se abría solo por una parte, no era suficiente para que entrara un cuerpo. Agotaron toda su energía tirando fuertemente de él. No se abría. Se oían cómo arrastraban los píes por el pasillo, el goteo del grifo de la vieja sala de autopsias. Por un momento pensaron que iban a morir allí mismo. Sin omitir ni un solo chasquido más, Héctor de forma impresionante se levantó del suelo, les miró y abrió la otra parte del pesado portón. Le miraron sorprendidos, pudieron ver en ese momento el brillo en sus ojos. Había recuperado unos momentos de lucidez y su lado humano salió para ayudarlos. Trascurrieron escasos dos minutos cuando una jauría leprosa y moribunda entraba en la habitación.

Lidia y Víctor contemplaban la escena a través del portón a medio cerrar. Héctor gesticulaba con aquellos individuos que movían su cuerpo mecánicamente. Solo pudieron ver cómo uno de ellos se dirigió a Héctor y con el puño golpeo violentamente su cara. Sumergió dentro de ella la mano y tiró con fuerza de los quebradizos músculos del rostro. Después y para rematar le arrancó la cabeza. El cuerpo de Héctor cayó sobre el portón derramando parte de la sangre que le quedaba mezclada con un fluido verdoso qué se filtraba por el suelo.

Aquel lugar olía a rancio. A Lidia le recordaba el olor del jamón serrano, en ese momento viene a sus recuerdos las Navidades pasadas. Su padre le compró un jamón “pata negra”; a Lidia le gusta el jamón, pero no para comerse una pata entera ella sola. Después de muchas cenas tapeando con aquella pieza. Los restos de aquella pata, empezaron a adquirir un color oscuro bajo el trapo de algodón, en pocos días ese olor inundaba la cocina. Era el momento de tirarlo. El recuerdo del olor a rancio se disipó, cuando Víctor encendió las luces de aquel extraño lugar.

Era un lugar lóbrego repleto de polvo y telarañas qué cubrían el viejo instrumental de una sala de autopsias. Las pilas de mármol se repartían por la sala. Solo funcionaban dos puntos de luz. Algunos ángulos de la estancia los cubría una sólida capa de oscuridad. Era demasiado tétrico para acercarse mucho sin conocer el terreno.

Lidia está asustada y coge la mano de Víctor, le aprieta con fuerza; intenta trasmitir un poco de serenidad. Intentaba disimular el terror que se acumulaba dentro de sus pensamientos.

Avanzaban muy despacio, arrastrando los pies. El suelo estaba cubierto por extraños bultos que impedían, a veces, seguir avanzando. No sabían que era aquello. Lo qué si notaron es el descenso de la temperatura. El vaho les salia por boca formando una pequeña nube por debajo de su nariz. Se limpiaron varias veces los orificios nasales; una incansable agüilla les salia sin parar. Hacía frío. Mucho frío.

Cuando estaban en la mitad de la estancia, sus dientes empezaron a castañear. No podían evitarlo. La temperatura de su cuerpo había descendido de golpe. Se abrazaron, comenzaron a frotarse fuertemente los brazos, necesitaban activar la circulación sanguínea.

Unos pasos más…, tropezaron y cayeron. Unos enormes sacos, salpicaban el suelo de toda la sala. Víctor tuvo el valor de abrir uno de ellos. Lo arrastraron hacía donde se podía ver con claridad. Su descubrimiento los dejó boquiabiertos. Todos los sacos estaban repletos de cuerpos momificados. Conservados en perfecto estado, gracias a las bajas temperaturas que había en el interior.

– Necesitamos salir al exterior.- no paraba de decir Lidia.- si permanecemos aquí, sin movernos, nos convertiremos en momias.

– Tienes razón, tenemos que encontrar una salida. No tiene sentido que solo existiera el portón, para entrar y salir.

– Dime Víctor, ¿sabes que está pasando?- la miró a los ojos y la acaricio la cara.

– Francamente no lo sé, pero lo qué si tengo claro es que esa puñetera sustancia crea esos muertos vivientes.- en ese momento Lidia está pensando en su amiga Irina.

Palpan las paredes con la esperanza de encontrar una puerta. Pasan por el mismo sitio explorando sin apenas visión todas las paredes de aquel agujero. Para no encontrar nada.

– Esto no puede estar ocurriendo. No me puedo creer que tengamos que volver a salir por el portón.- se estaba poniendo nerviosa, el volumen de su voz iba en aumento.

– Tranquilízate. ¿llevas móvil?- le pregunta Víctor.

– Si llevo móvil, pero como si no lo llevara. Se ha agotado la batería. Llevo aquí toda la puñetera noche. No he sacado nada en claro. Mi amiga, creó que se toma esa sustancia.

– Joder, tenemos que salir de aquí. Si no me fallan los cálculos, las ventanas tapiadas del piso de arriba dan al patio interior.

– Creo que si hacemos un agujero en esa pared, podemos salir reptando de este lugar.

– ¿Cómo lo vamos a hacer sin hacer ruido?- Lidia se pone los brazos sobre la cintura en forma de jarra.

– Notas ese olor.. si te acercas a esta parte de la habitación ese olor es más intenso.

– Mira.- se agacha con unas tijeras en la mano; a la altura de aproximadamente cincuenta centímetros del suelo; Víctor empieza afanoso a dar forma a lo que parece un agujero lo bastante grande para salir reptando.

Lidia se sumó al trabajo. Las paredes se deshacían por la humedad que cubría ese muro. Cuando lograron divisar el exterior, rieron y se abrazaban nerviosos.

Víctor regresa a su casa, pero justo cuando gira la esquina para entrar en su portal. Ve al muerto viviente del Pub Rengato, acompañado por el rubio, esperan en la puerta del portal. Se le acelera el pulso y decide ir a casa de Lidia.

Lidia entra en su apartamento, ya ha amanecido; descuelga el teléfono y llama a casa de Irina. La preocupación aumenta a cada timbrazo sin respuesta. Se deja caer en el sillón y se queda profundamente dormida.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: http://youtu.be/oHiSG8BOljc

Depósito Legal: Safe Creative

Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro medio, sin la autorización escrita del titular del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual según establece el ordenamiento jurídico.

Sitio web ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: