HISTORIAS DE WHATSAPP III (septima parte)


calaveras

                                                                         Una nueva dirección

Patricia estaba bastante temerosa, quería coger un taxi y desaparecer de allí. Las calles estaban vacías, el frio calaba los huesos. Las pisadas habían dejado de ser audibles. Inhaló aire frio y se dirigió a la calle principal. Frente a ella un taxi con las luces apagadas. La silueta del conductor se veía por la luna trasera. Se acercó a la parada con cierto alivio. Dio pequeños toques en el cristal del conductor. Un hombre de mediana edad con una sonrisa en los labios, bajó la ventanilla.
– ¿En que la puedo ayudar señorita? – en ningún momento apartó la mirada de su cuerpo. –Comenzó a sentirse incomoda.
–  Necesito que me lleve a esta dirección. –le entregó un trozo de papel con una calle escrita.

Lleva quince minutos sentada en el asiento trasero del taxi, comenzó a relajarse. Había entrado en calor y le venció el sueño. El taxista comprobó por el retrovisor que su cliente estaba dormida y cambió de ruta. Después de más de media hora de trayecto, Patricia se despertó. Se estiró levemente, parpadeó varias veces para acoplar su visión a la oscuridad. Miró por la ventanilla y no reconoció aquel lugar. El coche se había detenido, no había mucha iluminación. A la izquierda la oscuridad se perdía en un descampado. A la derecha una hilera de pequeñas casas unifamiliares. Está intentado comprender que hace allí. El taxista sin mediar palabra se apea del vehículo y abre la puerta trasera. Se abalanza sobre ella brutalmente. Patricia le araña el cuello, intenta zafarse del agresor, pero no consigue su propósito. La golpea hasta que pierde el conocimiento. La arrastra por los pies, hasta que su trasero quede al borde del asiento. Se inclina para cargársela al hombro. En uno de los laterales de la casa hay una trampilla que desciende al sótano. Tenía todo preparado detrás de la vieja vitrina. Según descendía una sonrisa malvada se dibujaba en su rostro. Sabía que aquella noche había tenido mucha suerte, Patricia fue una de las chicas que más le gustó después de Lucía. Todas tenían algo en común, se habían registrado en la nueva aplicación de Whattsapp. Todas bajo el mismo reclamo, conocer a gente y disfrutar del sexo.
Encendió una linterna que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta. Dejó el cuerpo de Patricia sobre el sucio suelo del sótano. Jadeaba excitado, incluso llegaba a salivar de forma exagerada. Su sexo le dolía irremediablemente. Tenía que poseerla en ese momento. No podía aguantar más. Después de mover la vitrina dejó la linterna a la altura de la cara de Patricia, quería que despertara, pero sería demasiado peligroso que le viera la cara, otra vez. Así que la puso bocabajo. Bajó sus pantalones, deslizó sus dedos por el interior de sus muslos. Acaricio sus glúteos, separo despacio sus piernas. Con manos torpes se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y embistió como si fuera la última vez que pudiera saborear ese trofeo.
Cuando acabó se limpió con el pantalón de la joven. Desapareció en la oscuridad de la pared. Unos minutos después tenía a Patricia en una robusta mesa de madera, por encima de ella, metidos en una red, varios cráneos colgaban del techo.

                                                                         LA NOCHE DE LAS PUJAS

Jessica lleva varias horas esperando ser elegida, pero no le gusta ninguno de los que pujan por ella. Cuando comienza a despejarse la sala, ve a un hombre de mediana edad que se acerca a ella. Se inclina y le dice algo al oído. Ella comienza a ruborizarse y asiente con la cabeza. El atento hombre la coge la mano y la llevan a la parte trasera del local. El pasillo es muy estrecho, casi no cogen uno al lado del otro. Ella está contenta de que por fin alguien se fijara en ella. Siente sus manos en la cintura, se estremece de excitación. Es un espacio estrecho y solitario, apenas se alcanza a oír el ruido del interior. Ella se acerca excitada y empieza a morderle los labios, los pequeños pellizcos hacen que su erección comience a rozarle el pubis. La joven da un pequeño salto y se cuelga de su cuello, manteniendo la espalda apoyada en la pared. Él pellizca sus glúteos desnudos, ella gime de placer. Con su mano libre aprieta con fuerza su cuello mientras la penetra. Deja escapar largos gemidos que se pierden en sus oídos, mientras ella abandona lentamente la conciencia. Después de permanecer dentro de ella varios minutos, no puede aguantar su peso por más tiempo y la deja caer al suelo. Después de recuperar la cordura, llama a una ambulancia.
La ambulancia aparece por el callejón con las luces apagadas y disminuyendo la velocidad. Desde la puerta trasera del Pub solo se aprecian dos ocupantes en la parte delantera. Un aviso de WhatsApp le informa que la zona está despejada. Los dos ocupantes del vehículo salen con la cara y la cabeza cubierta por completo. Abren la puerta de atrás y sacan una camilla.
– Trabajo hecho. Dame mi pasta. – solo puede ver sus ojos hundidos. -Después de acomodar a la joven en la ambulancia, el copiloto le entrega una bolsa de deporte.

Elena y Óscar están esperando a Jack en la puerta del restaurante, están hablando en clave. Saben que dentro de unos días todo habrá acabado, serán libres y ricos.
Jack llega en un taxi, su aspecto es lamentable.
– Hola, Jack, que aspecto más horrible tienes. –Le dice su amigo mientras mantiene la mano sobre su hombro.
– No me encuentro bien, eso es todo. Creo que es porque tengo hambre.
– Entonces vamos a entrar. Que hoy invito yo.

Elena estaba radiante, Jack es la primera vez que se fijaba en las miradas entre ellos dos. Recuerda con estupor el vídeo que le mandaron hace unas horas y un punzante dolor atenaza cerca de su pecho. La velada fue bastante agradable, aunque un poco forzada por su parte. Cuando acabaron el postre Jack recibió un mensaje en su móvil. Lo sacó, no sin antes disculparse en la mesa. Mantuvo el teléfono por debajo de su pecho, para que nadie pudiera leer el mensaje.

– Lo siento, debo hacer una llamada. Se levantó dejó su servilleta sobre el mantel y se alejó hacia el aseo.
No había nadie en los baños, se dirigió al lavabo, frotó con jabón sus manos, las mantuvo debajo del agua templada. Estaba pensativo, mirando de frente al espejo. Intentando guardar la compostura, mientras secaba sus manos. Alguien entró en uno de los habitáculos. No sabía si era el que esperaba. Solo le llevó varios minutos para averiguarlo. Esperó a que saliera. Entonces descubrió que era el contacto. Sobre el retrete había una bolsa. Jack la abrió con manos temblorosas, en su interior había mucho dinero y un portátil. En el momento que vuelve a cerrar la bolsa, recibe otro mensaje.

– Espera instrucciones.

Sale mareado de los lavabos, comienza a tambalearse. Intenta serenarse y dirigirse a la mesa de la forma más discreta posible. Ha guardado la bolsa en un cubo de basura en el exterior del restaurante. Regresará más tarde para recogerlo. Sabe que la recogida de basuras es por la mañana.

Olivia ha recuperado la conciencia, está bastante animada. Apenas tiene lagunas, aunque todavía tiene fuertes dolores de cabeza, recuerda con claridad como ha llegado hasta allí. Sonríe a las enfermeras mientras terminan de hacerle las pruebas diarias. Sabe que su vida corre peligro, así, que intenta no decir la verdad. Todos los días Martín le interroga sin autorización. Él quiere saber si se acuerda de su cara y si podría ser una amenaza. Por seguridad, mientras Olivia responde a las preguntas de Martín, la enfermera y un oficial de policía tiene que estar presente en la interrogación.

Lucía está muy débil sabe que alguien ha estado con ella varios días, pero deliraba y no podía ni hablar. Su muerte se aproxima, apenas puede mover las manos. Respira con dificultad. Mantiene los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Nota un ligero movimiento que le produce vértigo. Oye fuertes ruidos de máquinas, mucha gente hablando. Ya no tiene fuerzas para gritar. Intenta coger aire y lazar un fuerte grito, pero apenas brota en sus labios. Su corazón bombea despacio, la falta de oxígeno hace que reciba pequeñas sacudidas. Su cuerpo está cubierto por pequeñas venas azules que se dilatan por falta de impulso sanguíneo. Comienza a tener frio, mucho frío. La luz de sus ojos desaparece, una extraña capa grisácea se adueña de su iris. Ya no tiene movimiento en su abdomen, su corazón ha dejado de latir. Su oído sigue unos minutos funcionando, oye con claridad donde está. – Desguaces Cintrón, al sur de la ciudad.

–  Ese coche lleva mucho tiempo en la grúa. Le tenemos que empacar. – el operario de la grúa mueve el coche suspendido y lo suelta en la trituradora.

Lucas está haciendo una inspección ocular antes de que su equipo baje al sótano. Intenta cubrirse la nariz con la manga de su cazadora, pero el hedor es tan fuerte que le produce mal cuerpo. Las luces de allí abajo son testigos de las atrocidades que habían sido practicadas en aquel lugar. La mesa de madera, estaba cubierta por una lona de color oscuro. Debajo de esta se encontraba el cuerpo de una mujer joven. A simple vista Lucas sabe que es una de las desaparecidas, la reconoce por uno de sus tatuajes. Muy similar al que tiene Lucía en los glúteos. No se puede reconocer su rostro. Le han quemado la cara con ácido. Por ahora no quiere seguir examinado el cuerpo hasta que no baje el forense. Se recrea en las paredes y en una vieja estantería donde el asesino guarda en tarros sus trofeos. Se fija en la cantidad de cráneos que hay colgados del techo, metidos en una red.

©Julia OJidos Núñez
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HISTORIAS DE WHATSAPP III (sexta parte)


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Unas horas antes de la desaparición de Lucía

Lucía se está pintando los labios de color rojo, ha terminado de calzarse los tacones. Se mira de reojo en el espejo de la entrada y da los últimos toques a su ajustado vestido. Coge su coche y se dirige por una carretera comarcal al lugar de la cita. Está bastante animada, hacía mucho tiempo que no quedaba con un grupo desconocido de WhatsApp. Quería salir de la rutina y experimentar otros mundos, en especial en el sexo. Esa noche prometía, así que conducía alegremente, cantando y acompasando con pequeños toques en el volante como si estuviera tocando la batería. Estaba bastante excitada, sabía que hoy no dormiría sola.
Después de media hora conduciendo, llegó al lugar de la cita. Aparcó su coche al lado de una furgoneta con los cristales tintados. Se mesó el pelo para colocar su melena y con paso firme se dirigió a la entrada. Se oía la música retumbar por las paredes antes de abrir la pesada puerta. Tiró con fuerza y se sumergió en la oscuridad. Una luz blanca e intermitente le hacía de guía, no se apreciaba mucho el color de las paredes, ni tampoco la profundidad de la sala. Tenía que acostumbrar los ojos a aquella oscuridad. Un hombre enorme salió de la nada y le pidió la invitación. Lucía sacó el móvil y le enseño el código QR. El fornido hombre lo escaneó y le dio paso. En la pantalla de su móvil, apareció un mensaje de bienvenida. Se quedó boquiabierta, era un mensaje de vídeo. Al pasar el lector de código QR se activó el Bluetooth y recibió el mensaje. Varias chicas se acercaron para saludarla, sabían por la foto de WhatsApp quién era.
La cogieron por la cintura y se dirigieron a la barra. Había buen ambiente, mucha gente guapa pasándolo bien. Lucía sabía muy bien que buscaba, le gustaban las mujeres y los hombres; esa noche quería experimentar sexo duro. De eso iba aquel encuentro, de sexo. Allí se pujaba por formar un grupo, una pareja para una noche. Se pagaba grandes cantidades de dinero en metálico, aquella puja estaba a punto de comenzar. A Lucía le parecía divertido, pero no quería pujar por el momento. Tenía asignado un número con el código de entrada. A través del WhatsApp recibiría otro, con ese código aparecería una foto, si le daba a aceptar tenía posibilidad de llevarse a su casa una mujer o un hombre, pero si quería a ambos tenía que esperar otra vez su turno. Así estuvo varias horas, hasta que, por fin, se decantó por una mujer de color y un rubio corpulento. Ahora llegaba el momento de conocerlos. Había mucha gente en el centro del local, pero muchos ya habían abandonado la sala en pareja o en grupo.
La zona central se fue despejando y quedaban unas diez personas. Reconoció a la pareja y ellos a Lucía. Se acercaron observándose, muriéndose de ganas por empezar a conocerse mejor.
El corpulento rubio pasó su mano por los glúteos de Lucía que comenzó a estremecerse. La mujer de color le rozó suavemente los pechos. Se sentaron en un apartado. Se miraban lascivamente, la necesidad de placer se leía en sus rostros. Lucía estaba entre los dos, la mujer besaba sus labios, el rubio le mordía el cuello. Necesitaba salir de allí, así que los invitó a su casa.

La aparición de pruebas

Lucas estaba sentado en una de las salas de interrogatorios, frente a él, una extraña joven de mirada profunda y aséptica, estaba concentrada mirándole a los ojos. Lucas la observo varios minutos antes de comenzar las preguntas.
– Te llamas Jessica, ¿verdad? – no apartaba la mirada e incluso Lucas llegó a pensar que no corría sangre por sus venas.
– Sí, me llamo Jessica.
– ¿Sabes por qué estás aquí? – la mirada de la joven cambió de inmediato. Comenzó a ponerse nerviosa, giraba la cabeza y miraba al techo desesperadamente. Lucas sabía que temía hablar, por eso miraba las cámaras de seguridad de la sala.
– ¿De quién tienes miedo? – Lucas se levantó y colocó el visor de las cámaras hacía el techo, necesitaba que se tranquilizara. Enmudeció de repente.
– No quieres hablar…, sabes que eres sospechosa de varios secuestros. – solo quiero hacerte unas preguntas, tan solo eso.
– Necesitamos que nos ayudes a encontrar a Lucía, la primera joven desaparecida. Sé que la noche de la desaparición la viste en el Pub de carretera. Fue una quedada en grupo, pero desconocemos el motivo de esa reunión. –No paraba de moverse en la silla, comenzaba a ponerse nerviosa de nuevo.
Martín estaba fuera de la sala, observando a través del cristal de seguridad. Le miraba de forma lasciva, recordaba lo bien que lo pasó aquella noche. Él estuvo allí, al final de la barra. Quería pujar por Lucía, pero alguien se adelantó. Aquel juego que “GHOST” puso en marcha para ocultar las desapariciones le había favorecido para cubrir sus oscuras necesidades sexuales. Recuerda cómo emborrachó a Jessica a base de mojitos. Las perturbadoras imágenes que ahora recordaba le excitaban. No podía apartarlas de su cabeza. La ayudó a levantarse del apartado, la llevó a rastras al WC de hombres. La golpeó violentamente hasta que perdió el conocimiento. Entonces se desabrochó el pantalón, la dejó caer sobre el lavabo y la penetró brutalmente. Mientras alcanzaba el orgasmo, lloraba de rabia contenida. Aquella noche iba a ser larga, así, que cuando acabó de satisfacer sus necesidades, que fueron varias, llevó a la joven Jessica a un lugar que no figuraba en el mapa. El lugar secreto de la organización “GHOST”.
Después de saborear de nuevo el orgasmo de aquella noche, Martín saca del bolsillo un pequeño dispositivo y pulsa el botón.
La joven Jessica cambia su comportamiento, comienza a gritar, se aprieta la cabeza con las manos y se golpea contra la mesa. Lucas se levanta de inmediato e intenta mantener su cabeza alejada de la mesa, pero solo lo consigue arrojándola al suelo. Allí comienzan violentas convulsiones, sus ojos se ponen en blanco mientras su cuerpo no para de arquearse. Tiene todos los músculos del cuerpo tensos. Lucas la observa mientras intenta amortiguar las sacudidas. No puede hacer más. En ese momento entra Martín con el móvil en la oreja. Está pidiendo una ambulancia. Minutos después Jessica muere de graves hemorragias internas.

Lucas está a punto de entrar en casa de Jessica, tiene una orden del Juez para entrar y registrar palmo a palmo la vivienda. Es una casa unifamiliar de dos plantas y sótano. Su equipo ya está en marcha, en el jardín montan el campamento de análisis y laboratorio. El primero en entrar es Lucas. Se ha puesto unos patucos, lleva una mascarilla en el cuello por si le hace falta. Las manos enfundadas con unos guantes de látex. Le acompaña un fotógrafo. Le llama la atención el olor a rancio que envuelve la estancia. La pequeña casa está limpia y recogida. Las paredes tienen papel pintado de rayas, los muebles son antiguos. Se acerca a una pequeña mesa auxiliar donde descansan unas revistas de moda. Las coge para ojear las páginas, hasta que algo le llama la atención en las últimas páginas. Una columna de contactos, en ella subrayado con bolígrafo negro. Un extraño anuncio.
¿No sabes que preferencias sexuales tienes?
Nosotros te lo ponemos fácil.
Manda un WhatsApp a este número.
Sé tú mismo y disfruta del sexo.

Coge la revista y la mete en una bolsa que etiqueta él mismo. Sigue buscando pruebas, sube a la planta de arriba. Allí se pueden ver tres puertas. Están cerradas con llave. – ¿Qué raro? – piensa Lucas. Da una patada en una de ellas y se abre de milagro. La jamba sale por los aires. Las persianas están bajadas, el olor a rancio es casi masticable en aquel lugar. Palpa la pared para encender la luz. Solo existe el hueco del interruptor, los cables están expuestos. Saca el móvil y activa la linterna. Las paredes están cubiertas por plástico, el suelo también. Entra despacio esparciendo el pequeño haz de luz que proyecta su móvil, ve varias manchas en el suelo. Al enfocar la zona, distingue un fluido rojizo…, sangre. La toca con los dedos y se los acerca a la nariz. Avisa al equipo de laboratorio, colocan un foco en el pasillo orientando la luz al interior de la habitación. Los técnicos de pruebas están enfundados en sus trajes de protección. Lucas sigue inspeccionando la casa, el baño está siendo analizado por otro grupo. Están desarmando los desagües del lavabo y el plato de ducha. Intenta encontrar más pruebas para orientarles en la investigación. Lucas abandona la primera planta y decide bajar al sótano. La entrada está camuflada en el hueco de escalera, delante de la vieja puerta pintada del mismo color que la pared,  hay un perchero con peana cargado de abrigos y un par de bolsos. Antes de apartarlo, inspecciona los bolsillos. Encuentra una llave en el bolsillo interior de una chaqueta masculina. Coge aquella prenda y la mete en una bolsa de basura, se la entrega a un compañero. Es el momento de entrar en el sótano.

Lucas lleva trabajando muchos años, investigando infinidad de casos. Perfilando conductas físicas y psicológicas, si alguien entiende como funciona el interior del ser humano es él. Por eso le llega esa extraña sensación, que le aparta de todo lo terrenal, son los sentidos que se concentran con un solo objetivo, incrementar su estado de concentración, generando diversas hipótesis con solo una mirada; es lo que se podría definir como la intuición del cazador. Su agudeza para determinar los detalles de un crimen se debe sin lugar a dudas a su forma de pensar meticulosa y extraña. Con la capacidad de meterse en la piel del asesino y saber que le deleita a la hora de actuar.
Enciende la luz y unos fluorescentes despiertan con un débil parpadeo marcando perfectamente los escalones de bajada. El olor a podrido se escapa por la puerta, el aire viciado empieza a recibir oleadas de aire limpio. Lucas empieza a toser, decide colocarse la mascarilla. El pasillo de descenso está cubierto por desgastados ladrillos de varios colores, sé cascarilla cuando apoya las manos. La humedad es otra extravagante variante para su olfato.
Solo se ven trastos viejos por todos los lados, pero Lucas sabe que hay algo más detrás o debajo de aquellas paredes cubiertas de humedad. Realiza una inspección ocular, descartando posibilidades, se fija detenidamente en el suelo, justo delante de una vitrina vieja y sin cristales. Un pequeño surco se dibuja en el cemento, le indica que aquella antigualla había sido movida hace poco. Se aproxima escrutando con atención. Decide moverla en dirección a la marca. Abre bien los ojos, desde aquel ángulo solo se ve una mancha profunda y oscura que se extiende  por la pared. Avanza unos pasos y percibe un olor inconfundible dentro de aquella oscuridad.
Se comunica a través de la emisora con los compañeros que trabajan en el jardín.

– Quiero aquí abajo un equipo forense, ¡ya!

©Julia OJidos Núñez
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Historias de Whatsapp I (primera parte)


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Un nuevo contacto

El autobús aquella tarde tardaba en llegar. Olivia espera en la marquesina de su parada, entre sus manos su Smartphone que no para de emitir leves timbrazos de mensajes. Sonríe mientras contesta a los mensajes de forma rápida. Se da cuenta de que se ha quedado sola en la parada. Son las seis de la tarde, pero la oscuridad cierne bajo el cielo gris negruzco. La llovizna otoñal ha refrescado el ambiente, la humedad viaja ciega por las calles huérfanas de gente. Mira de forma distraída hacia ambos lados. Se moja los labios con la punta de la lengua y sigue leyendo los mensajes. Todos los jueves trabaja como monitora de yoga en un gimnasio en el barrio chino. La línea del autobús cruza parte de la ciudad, pero aquella tarde se retrasaba.
Consulta su reloj y levanta la cabeza, observa que hay un callejón en la acera de enfrente. Solo logra distinguir la bajada de una escalera de incendios y junto a ella varios cubos de basura. Se levanta un poco inquieta y estira las piernas. Le llama la atención una sombra que aparece en el comienzo del callejón. Una alargada figura bien definida asoma por la esquina. Aquella imagen inquieta más a la joven y la embriaga un temeroso presentimiento. Vuelve a mirar la pantalla de su móvil y ve cómo el sistema se reinicia. En ese momento distingue a lo lejos los faros del autobús que avanza con precaución de no pasarse la parada. Las puertas se abren emitiendo un leve chirrido. Se quita la capucha de su abrigo y deja al descubierto su corta melena negra, se coloca el flequillo; de manera que queda oculto uno de sus ojos. Saluda al conductor; él responde con inclinación de cabeza y arranca el vehículo. Olivia se siente más relajada, camina hacia la parte trasera donde se sienta. No hay mucha gente, pero reconoce a varias personas que a veces coincide en ese viaje. El sonido de otro mensaje le hace embozar una pequeña sonrisa. Hace un par de semanas apareció el número de una persona que había añadido a Facebook, no le conocía. Desde aquel día su número aparece en la agenda del teléfono. El mensaje provenía de ese número. Aquel mensaje decía;
–  Mira hacia atrás. – Giró lentamente la cabeza y vio la figura de un hombre delgado.
–  ¿Quién eres? –  Le preguntó arqueando las cejas, se movían frunciendo el ceño. Arrugando la zona donde se ubicaba el piercing.
–  Ya lo descubrirás.

Se sentó de lado, no paraba de mirar la extraña figura que se desdibujaba a medida que el autobús avanzaba. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Apoyo la cabeza en el cristal de la ventana y comenzó a contemplar la oscuridad que envolvía las calles. Pronto comenzó a divisar el arco de dragones donde comenzaba el barrio chino. Los faroles rojos, alegraban de forma violenta los trazos de las calles empedradas. Las prostitutas se alojaban en los quicios de las puertas ofreciendo elegantemente su cuerpo semidesnudo. Algunas estaban ataviadas con el traje típico, para el reclamo de los nostálgicos. El olor a opio disparaba los registros de aire saludable.

El autobús paró. Olivia Se volvió a colocar la capucha antes de bajar. Sus ojos negros brillaban bajo la luz de los faroles,   su rostro porcelana le daba un toque vampírico. Su ropa negra y gris se camuflaba entre aquellas calles. Su lugar de trabajo estaba a pocos metros de allí. Bajó el corto tramo de escaleras metálicas que la separaba de la superficie. Encendió la luz del portal y la música comenzó a llegarle discretamente a los oídos.
Allí la esperaban cuatro alumnas, tumbadas en sus colchonetas, esperaban impacientes su llegada. Antes de apagar el móvil vio el icono de nuevo mensaje de WhatsApp; solo aparece el número; una extraña imagen en el perfil. El rostro de un hombre, su cabeza está cubierta por una capucha. Era tenebroso, pero a la vez excitante.
Continuará…

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