ADICTOS VII


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ADICTOS VII

Comienza el canibalismo

Lidia corre tras Víctor, no miran atrás, solo oyen el estruendoso ruido que hacen los cuerpos al caer desde las alturas. El chasqueo de las lenguas putrefactas, se oye resonar en la avenida. Es el grito del reclamo. Justo a escasos metros cae de una de las ventanas, un hombre de mediana edad, su cuerpo sucumbe al fuerte golpe. En ese momento una jauría de monstruosas caras se abalanzaron sobre él y comenzaron a morder su abdomen, le vaciaron por completo, parecían animales hambrientos; lo primero que se comían era las vísceras; quizá por que era una de los órganos que antes se descomponía.

Atravesaron varias calles, su intención era llegar a casa de Eric. Una tarea muy difícil, porque según se acercaban a su objetivo, aquellos seres iban proliferando como una epidemia.

Irina se había quedado dormida en el sillón de piel; la noche había sido un tanto peculiar. Nunca se había sentido tan completa, tan querida y tan mimada. Aborrece la idea de seguir con su anterior vida. Las sinceras palabras de su nuevo amigo le daba esperanzas para salir del pozo.

Al despertar contempló las primeras luces de la ciudad a través del bonito ventanal del salón. No quería moverse, se sentía feliz. Era la primera vez en su vida que había dormido en casa de un hombre y no se habían acostado. No estaba sola, unos pequeños ojos la miraban sin moverse, al lado de la puerta. La concedió una cálida sonrisa.

– Señorita, la he preparado un baño con sales. – Irina la miraba inquieta.

– El señor tuvo que marchar esta mañana. Viaje de negocios. – la mujer no paraba de sonreír

– Gracias, pero no hace falta. Tomaré un taxi. No quiero molestar.- se levantó despacio.

– No es molestia, tiene que aceptar. El señor dijo que usted se negaría al baño. Me dijo que insistiera. También me dijo que le esperara, que volvería por la noche.

Irina no volvió a decir que no, se alisó el vestido y se dirigió a uno de los cinco baños.

Aquel cuarto de baño pertenecía al dormitorio principal, a los pies de la cama tenía ropa limpia. Se aproximó para examinarla mejor.

– Esto es increíble, son mis vaqueros. ¿Ha estado en mi casa?.- miraba pasmada a la sirvienta.

– Si, estuve en su casa. Me mandó personalmente. Espero que no esté molesta conmigo.

– En absoluto, solo estoy un poco alucinada con esta situación. Se lo agradezco.

Sumergió su cuerpo en la gran bañera, donde las burbujas cosquilleaban su piel. Le llegó una rica fragancia a flores; las velas y el incienso adornaban la vista y el olfato de Irina; se abandonó a tan agradecido placer.

Éric continuaba luchando contra su enemigo, ya no tenía pelo en la cabeza, los dientes se le movían ligeramente. Se aproximó al espejo del baño, las llagas inundaban su boca y la lengua azulada entorpecía sus palabras.

Miró su brazo. Fotografío su cuerpo desnudo con aparencia desnutrida, azulado y blanquecino.

El contorno de sus ojos era un escalón en su cara; donde los extraños fluidos caían por sus mejillas.

Estaba agotado, no tenía muchas fuerzas para seguir adelante, necesitaba tener a Lidia cerca. Necesitaba verla por última vez. La quiere y quiere formar una familia con ella.

Se da cuenta que le acompaña un profundo silencio, inevitablemente las lágrimas le comienzan a brotar por los hundidos ojos. Regresa al salón, se queda observando aquella habitación cómo si entrara por primera vez. Su memoria empieza a fallarle, inspecciona sin saber que buscar y entonces…, ve la pequeña bolsa que le tiró el rubio. La miró atentamente y sopesó mucho sus alternativas. Sus expectativas de seguir vivo se evaporaban cada hora. Tenía que hacer algo por sobrevivir.

La furia se iba apoderando de él, del mismo modo que lo hizo con el rubio. La adrenalina circulaba a una velocidad vertiginosa, se sentía perfectamente, su fuerza doblaba lo normal, su olfato reparaba a cualquier olor por pequeño que fuese. Su cuerpo reaccionaba así, unicamente cuando se alteraba. Ahora se sentía vivo. Cogió la pequeña bolsa y preparó aquel polvo. Busco el mejor lugar para recibir el pinchazo. Entonces lo vio todo claro, una convulsión hizo que su cuerpo no aguantara en pie. Las siguientes sensaciones, era de placer y dolor del mismo modo y con la misma intensidad. Comenzó a ver borroso y estridentes colores se dibujaban en su retina. Se olía a él mismo, el mismo olor de antes del cambio. Ese olor aterciopelado, áspero y agrio después de hacer deporte. -era él mismo.- Cómo antes lo había sido. No podía controlar su cuerpo, su cerebro estaba cosiendo lo descosido, poniendo cada pieza del puzle en su lugar. Después de aquel inicio, empezó a recuperar el movimiento, su boca abierta dejaba caer una sustancia verde de sabor rancio y olor a podrido. Le escocían los ojos. Observó que su temperatura corporal había subido, ya no nota el frio amarmolado, sobre las extremidades.

Intenta armonizar sus movimientos y ponerse en pie, lo consigue a duras penas. Deja caer su cuerpo en el sillón y se queda dormido.

Irina decide ir a su piso con la intención de recoger algo de ropa y una botella de vino para la cena de esa noche. La sirvienta de su nuevo amigo, la hizo prometer que volvería. Durante todo el recorrido no se había encontrado con ninguna persona. No circulaban autobuses, ni taxis. El silencio envolvía la ciudad. Vio el cartel luminoso del autoservicio y se acercó despacio. Las cajas estaban vacías, había mucha mercancía esparcida por el suelo. Un olor que conocía se movían en su dirección. Los escalofríos implantaron su autoria en el cuerpo de Irina. Una lata de conservas rodó hasta alcanzar sus pies. Irina siguió avanzando, sigilosa, aferrada a su bolso. Dispuesta a defenderse si fuera necesario. Al final de aquella estancia, alguien rebuscaba en los congeladores de carne. Emitía una especie de bufido. Según se acercaba oía un chasquido, un ligero sonido gutural, no sabe si es humano. Sigue acercándose, un fluorescente, cae sin avisar cerca de Irina. El sobresalto le hace retroceder. El estrepitoso sonido del cristales rotos pone en alerta al individuo que está en la puerta de los congeladores. La furia se desata muy cerca de ella, justo en el pasillo de al lado. Con gran fuerza alguien empuja una estantería que hace que Irina quede sepultada bajo paquetes de servilletas de papel. Antes de intentar ponerse en pie, una lengua morada le chupa la cara.

El olor de aquel aliento provoca una oleada de arcadas. Intenta zafarse de su adversario, pero se lo impide arrastrándola del pie hacía el congelador.

Víctor y Lidia están a punto de alcanzar la calle donde vive Eric. Le sorprende ver un autobús escolar en marcha. Cruzan corriendo la calle, pero el autobús aumenta su velocidad. Intentan que el conductor pare. Observan con estupor que el conductor es un niño de no más de diez años. Dentro del autobús a través de las ventanas rotas, un zombi intenta alcanzarle. El pequeño, intenta frenar pero no lo consigue. El vehículo se estampa contra un semáforo. En ese momento entran en acción Lidia y Víctor que se apresuran a sacarle de allí. El zombi tiene medio cuerpo fuera de una de las ventanas, intenta bajarse de allí. No puede, se ha clavado una esquirla de cristal a la altura del pecho. Intenta liberarse, pero no lo consigue, sus órganos de empiezan a escapar de la cavidad torácica.

El pequeño tiene enganchado un cordón de su zapatilla en el embrague. La parte delantera del autobús está totalmente aplastada. Es muy difícil sacarle el pie. Lidia está preocupada, no quiere abandonarle a su suerte. Intentan hacer palanca con una barra de hierro, pero es inútil. En ese momento los aullidos del zombi se dejan de oír; para la tranquilidad de Lidia, sometida a mucha presión. Se está planteando amputarle el pie, para poder sacarle con vida de aquel amasijo.

Abre su mochila en el suelo, saca todos las herramientas que lleva consigo. El niño no paraba de gritar; Lidia sabía que tendría varios huesos rotos del empeine, tenía girado el pie, eso le producía un dolor insoportable.

– ¿Como te llamas pequeño?.- le preguntó lo más serena que pudo.

– Me llamo Tomas. – le dijo el niño entre gemidos de dolor.

– Muy bien muchacho, yo me llamo Lidia y soy médico. Necesito que me escuches. ¿ de acuerdo?.- el pequeño no podía hablar por el dolor, asintió con la cabeza.

– Bueno tu pie está muy malito, no le podemos sacar de ahí, la única manera que tengo para sacarlo es operarlo, ¿lo entiendes? no te va a doler, te pincharé un medicamento para que te duermas un ratito, cuando despiertes, estarás mejor.

– ¿Lo has entendido?.- lidia ya tenía en la mano una jeringa con anestesia.

– Víctor, cuando se duerma necesito que inclines el asiento y mantengas en posición elevada la cabeza.

El pequeño dormía tranquilo, Lidia le rompía la patera del pantalón, la posición le obligaba a trabajar con poco espacio.

– Víctor, necesito un martillo de emergencia..- no preguntó, se fue al interior del autobús y cogió el más cercano. Se dio cuenta que el zombi no estaba, solo quedaban restos de sus intestinos, que colgaban hacía el exterior. Se asomó por ella y no vio a nadie. Regreso al lado de Lidia.

Era una tarea complicada tiene que seccionar con cuidado de no dañar mucho las conexiones con la pierna. Coge el escalpelo y hace una incisión en la parte baja del tobillo. Separa bien los músculos y tendones, para tener más visibilidad al astrágalo. Cómo no dispone de sierra, se ayuda del martillo de emergencias para ir partiendo los huesos. Ya ha liberado al pequeño de su tortuosa muerte. Lima como puede el contorno de los huesos para poder preparar el siguiente paso. Necesita ir colocando los colgajos cutáneos, ha dejado los músculos muy por debajo de la amputación, de manera que pueda doblar, para dar forma al pequeño muñón. Anteriormente se han ligado los vasos sanguíneos de forma individual, los nervios se han cortado limpiamente. Ya está casi listo, ha colocado el drenaje con una goma blanda y ha vendado la operación.

Lidia está exhausta, la operación ha durado cuatro horas, agradece que se tratara de un niño. No hubiese tenido anestesia para un adulto, y se abría doblado el tiempo. Sale quitándose los guantes manchados de sangre, que arroja a una papelera cercana. Coge aire y hace estiramientos, tiene la espalda resentida por la postura que ha tenido durante cuatro horas seguidas, pero está satisfecha con el resultado. El niño se ha empezado a mover, gira su cabecita; le mira y sonríe.

Eric está en el suelo, una terrible migraña le recorre su precoz calvicie. Su ritmo respiratorio se va estabilizando, el color de sus uñas ya no es morado, sino rosáceo. Pestañea varias veces con la intención de apartar esa nubecilla que le impide ver con nitidez. Se arrastra por el suelo hasta llegar al sofá. Haciendo fuerza con los brazos, recupera la estabilidad y se sienta sobre el. Comienza a mover todas las articulaciones, emiten un chasquido quebradizo, acompañado de un profundo dolor. La piel que no ha cambiado le duele como si estuviera en un estado febril. Su temperatura va en aumento. Alarga la mano hacía la mesa auxiliar, allí descansa una botella de agua. Intenta beber. Su labios agrietados y secos, comienzan a sangrar. Un pequeño sorbo y su garganta arde; es como si un gato le arrancara a tiras por dentro. Está asombrado por el agudo olfato que posee, le llega un olor conocido, fresco y limpio, que le recuerda a Lidia.

La sangre de los guantes que Lidia dejó en la papelera, ha despertado el hambre de los caminantes.

Mantuvo la mirada del pequeño unos instantes, no le dio tiempo a más. Por el rabillo del ojo vio con horror que un grupo de caminantes se desplazaban rápidamente hacía ellos. Solo le faltaba unos pasos para alcanzar la puerta del autobús, cuando uno de aquellos cuerpos, salto por la ventana trasera. Víctor les tiraba todo lo que encontraba, para poder distraerlos…, mientras Lidia se cargaba su mochila y cogía al pequeño en los brazos. Salió justo a tiempo, pero Víctor quedo atrapado. empezaron a bambolear con fuerza el autobús hasta que calló hacía uno de sus lados.

Lidia despistó a los caminantes; estaban bastantes ocupados, intentando comerse a Víctor.

Las dosis ya estaban preparadas el rubio las recogió como todos los días a la misma hora.

Michael, le esperaba tras la puerta de madera. Su vida había pasado rápido, demasiado rápido. Llevaba en aquel sótano desde hacía más de dos años, desde su último viaje a Rusia. Ya se está recuperando, gracias al suero que ha podido preparar, es una sustancia que va regenerando el cuerpo. Nadie sabe que lo que él ha creado, pero está orgulloso el suero, salva vidas.

TRES AÑOS ANTES

El avión de Michael aterriza en el aeropuerto de Moscú. Esta algo nervioso, la forma de contactar con él fue muy extraña. Le llegó un fax a la universidad; muchas empresas de otros países gestionan bolsas de trabajo internacionales, era una maravillosa oportunidad de encontrar un empleo estable y bien remunerado. Michael despuntó con la investigación sobre las drogas de diseño. Era muy minucioso y a la vez muy disciplinado con su trabajo. Sabía poco sobre la empresa que le contrató. Le pagarían muy bien…, sin lugar a dudas había sido un acierto aceptar aquel trabajo.

Un taxi le esperaba en la salida del aeropuerto. El taxista mantenía un cartel por encima de su cabeza, con su nombre, Michael Palisit.

Un robusto hombre con facciones europeas le saludo con perfecto inglés y le estrechó la mano. Le invitó a entrar en el taxi. En el trayecto hacía el hotel estuvieron hablando con fluidez sobre el trabajo, le ofreció información sobre la empresa. En el hotel le esperaba su primer contacto con el gerente. En los periodos de tiempo que el contratista dejó de hablar, Michael miraba distraído el paisaje urbano de aquella fría ciudad.

El hotel estaba a escasos 200 metros de la Plaza Roja, un imponente edificio de corte clásico y señorial. La sala de actos se había preparó para la ocasión, estaba en un apartado que se accedía desde la recepción. Michael estaba con la boca abierta, su vida en España se limitaba al laboratorio de la universidad y su pequeño apartamento en Malasaña. Aquel lujo que traspiraban aquellas paredes le sobrecogía.- dudaba poder estar a su altura – no paraba de preguntarse ¿ por qué yo?

Era la pregunta que inocentemente se hacía desde que llegó el fax a la universidad.

Cuando puso el pie en la sala, los veinte comensales, correctamente vestidos le miraron en unísono.

Él sintió un leve rubor que le broto de forma inesperada. Hizo un gesto con la cabeza, pretendiendo ser cortés y saludar. Michael intentó descifrar quien era el gerente de la empresa. Le sorprendió ver a un hombre latino, predominar en el grupo, los gestos de los demás individuos le indicaban que aquel hombre era el gerente. Con pasó firme aquel hombre de no más de cuarenta años se le acerco.

– Michael Palisit, bienvenido a Moscú. Mi nombre es Diego. A partir de hoy estarás bajo mi protección.- le temblaban las piernas, el rubor inicial se fue diluyendo según empezaba a circular toda la sangre de su cuerpo hacía la punta de sus pies.

No lograba entender, por que había dicho .- bajo su protección.- ¿a que se refería?, se supone que me contrató una empresa farmacéutica.- le ofreció un café y le dio unos ligeros toques en el hombro, para que le siguiera.

– Bueno, me imagino que estarás al tanto del trabajo que vas a desempeñar para mi.- le miraba de reojo. – seguía dándole vueltas al contrato que firmó en España.

– Sí, he traído una copia de mi contrato, lo he leído varias veces. Y estoy de acuerdo con todos los puntos.

– ¿Entonces a que viene esa cara de sorpresa? .- le miraba fijamente, esperando una respuesta.

– No, solo me ha dejado un poco sorprendido ese comentario.- un breve silencio.

– ¿A que te refieres? a estar bajo mi protección. .- Michael da un pequeño sorbo a su café.

– Si, así es.- le mira de soslayo.

– Bueno muchacho, te aclararé todas tus dudas cuando estemos en la empresa.

La reunión duró más de cuatro horas, estadísticas, productos, incentivos. Michael salió contento, pero lo que no sabía era que el trabajaría para terceras personas.

Un coche con chófer le recogió al día siguiente muy temprano. Pararon para desayunar. Michael desconocía en qué lugar estaba situada la fabrica farmacéutica, donde trabajaría como director de un nuevo proyecto. Sobre sus piernas tenía un maletín con el logo de la empresa, dentro un portátil y toda la documentación necesaria para comenzar a trabajar.

El coche salió de Moscú, cogió una autopista secundaría, todos los carteles estaban en ruso. No entendía ni papa. Veía al tosco chófer a través del retrovisor. Era un hombre muy corpulento, con el pelo cortado al uno. Una fina línea como labios, que dibujaba una gran boca, quizá demasiado desproporcionada para su cara. Su mirada daba miedo. Después de más de media hora de camino, el rubio habló en perfecto castellano.

– Estásss, preparado. – arrastraba un poco las terminaciones de las palabras al hablar, pero su entonación y fluidez era muy buena.

– Bueno, ahora que lo dice, estoy un poco asustado. – la risa socarrona del rubio, hizo empañar los cristales.

– Eso son los primeros años, después de entrar en esta secta, te darás cuenta que es una gran familia. – Michael no sabía, si llorar o reír. No sabía como tomarse ese burlón comentario. Solo se le ocurrió mirar por la ventana mientras las risas del rubio resonaban dentro del coche.

©Julia OJidos Núñez

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©Book Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=quCrrPYnpdw

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ADICTOS VI


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ADICTOS VI

Peligro

Lidia sigue preocupada, se ha despertado agitada. Ha tenido una pesadilla. Solo recuerda algunas secuencias.

Se encontraba en un lugar lúgubre, estaba de rodillas. La oscuridad era cortante. Se veía a ella misma. La imagen de su cara ajada por el llanto, el miedo personificado en su mirada; su brazo se desquebrajaba en jirones, el cuerpo se le cubría de pústulas que explotaban. De repente una luz que proviene de arriba la ilumina. No deja de mirarla, es cálida…, alguien se asoma desde la apertura. Después, desde la oscuridad, un montón de brazos y manos proliferan sobre su cuerpo. En ese momento despierta…

Está aturdida, se da cuenta de que lleva la misma ropa que el día anterior. Le cuesta situarse. Tiene todo el cuerpo dolorido y su ropa tiene un olor putrefacto que aviva los sucesos de la noche pasada.

Se levanta con dificultad y mira por la ventana. Le asusta la idea de que alguien la siguiera anoche. Hace un pequeño recorrido por la calle y en la esquina de enfrente, ve a Víctor observando su portal.

En ese momento suena el teléfono, no sabe si cogerlo. En el tercer timbrazo, levanta el auricular. La voz de Éric la reconforta, pero a la vez le preocupa. Habla arramblando las palabras. Le escucha con atención.

– Lidia, están por todas partes…,- el silencio, anticipa el desastre.

– Necesito que me hagas un reconocimiento médico. Creo que estoy infectado. He anotado todos los cambios desde el mordisco. Me he suministrado un antibiótico por vía para poder retardar el efecto de la sustancia verde. Los dolores son horribles Lidia.

En ese momento Lidia dejo de oír a Éric, su teléfono emitía el sonido intermitente de comunicando; la llamada se había cortado.

Éric seguía luchando contra ese enemigo invisible. Se acuerda de un documental que emitieron hace poco por televisión. Hablaba de los dragones de Komodo, la saliva de los reptiles era altamente tóxica, como depredador infalible muerde a su victima para infectarla. El alto contenido en bacterias recorre el cuerpo de la víctima; en pocos días le causa la muerte.

En el cuarto de baño guardaba más de cinco extracciones de sangre. Necesitaba averiguar y poder estudiar la evolución de aquella sustancia. Su apariencia cambiaba deprisa. La piel comenzaba a escamarse por detrás de las orejas.

Las uñas estaban azuladas, la circulación sanguínea se volvía más lenta. Su ritmo cardíaco se ralentizaba; su respiración era arrítmica. La fatiga se apoderaba de él.

Es como si estuviera en estado de hibernación. Sus funciones vitales se activan de forma intermitente.

Alguien llama a su puerta, la precisión de los golpes le hace prever que no es nadie conocido. Guarda todas las extracciones en un viejo armario. Comienza a ponerse nervioso en el mismo momento que coloca el ojo sobre la mirilla de puerta. Un hombre rubio insiste golpeando con fuerza la jamba. Estuvo pensativo unos segundos y lejos de amilanarse abrió la puerta.

– ¿Sí? – intento sonreír, pero solo apareció en su jodido rostro una sonrisa despectiva.

– Vamos adentro. – el rubio le empujó al interior, su tono ofuscado y la fuerza de sus brazos, hizo que Éric se tambaleara cómo un muñeco de papel.

Éric empezó a notar que su cuerpo respondía de forma agresiva, el pelo ralo que cubría la parte alta de la cabeza se erizó como a un gato. Notó que los ojos le escocían, que perdía por un momento la visión. De repente, desaparece ese cansancio que arrastra durante días, se encuentra vital. Anota en su memoria esos nuevos detalles sutiles para investigar su caso. Parece que su ritmo cardíaco es normal al igual que su respiración; se ha vuelto rítmica. Todas estas sensaciones las recoge en milésimas de segundo.

Desde el otro lado de la habitación se encuentra el rubio, con gesto anonadado, espera las preguntas de Éric. Le escrutaba por encima del hombro. – Éric comienza a reaccionar.

– ¿Qué coño quieres? – ahora el ofuscamiento se desprende de Éric con furia, casi con tanta crueldad como se va desprendiendo del pelo de su cabeza.

– ¿Te has mirado al espejo tío? a mí no me hables en ese tono y escucha. Esa mierda que recorre tu cuerpo donde la conseguiste. – el rubio muestra su mejor sonrisa, tensa los finos labios hasta que desaparecen, entrando en escena un blanco muestrario de fundas postizas.

– Yo no consumo drogas, si es eso a lo que te refieres. – se rasca la cabeza y un mechón de pelo se le desprende con facilidad. Su gran deterioro es palpable.

– Creo que tienes un verdadero problema Éric, no solo tú. Tu querida amiguita Lidia está jugando con fuego. Anoche estuvo muy ocupada, investigando en la morgue.

– No se te ocurra tocarla ni un pelo, te juro que si la tocas… – antes de acabar de hablar tenía el rostro del rubio pegado a su nariz. Sus ojos marmoleados arrastraban un toque siniestro.

– Lo que has oído, no la toques ni un pelo. – el rubio rompió el aire con una larga carcajada.

Pensaba que Éric era un jodido insensato, desafiándole de ese modo, le hacía gracia su actitud lejos de amilanarse…, se hacía más fuerte. El rubio comenzó a relajarse y decidió marcharse. Antes de salir por la puerta y de forma despectiva, le arrojó a la cara una pequeña bolsa llena de un fino polvo blanco.

– Creo que vas a ser útil. Te recomiendo que si quieres vivir. Inyéctate esta mierda. Si no lo haces puede que no dures hasta mañana. – cerró la puerta de un portazo.

Éric corrió al cuarto de baño, observó detenidamente su aspecto, cogió el bloc de notas y comenzó anotando la hora y los cambios que su cuerpo iba teniendo.

Se asustó al ver que su pelo era más ralo que hacía unas horas y se caía con facilidad. Sus cejas estaban descolgadas apenas le brotaba pelo de ellas, parte de su cara sé desfigurada en un medio colapso. Por desgracia parte de los músculos de su rostro no aguantaban tensos y daba la sensación que se deshacía hacía la barbilla. Su brazo mordido olía a podrido, un color amarillento y violáceo cubría la zona que aún se mantenía intacta. Alrededor del mordisco no había carne viva, le colgaban los tejidos muertos, la descomposición avanzaba sin que él pudiera encontrar una solución. Necesitaba que Lidia fuera a su casa.

Irina había quedado con un supuesto cliente. Se había puesto muy elegante, su jefe le había hecho ese encargo. Engatusar a un empresario chino para que distribuyera su droga por la extendida comunidad china en Madrid. Quería ampliar sus fronteras, aunque ya se había enterado que tenía tras de sí un maldito competidor del que no sabía nada.

La limusina esperaba en la puerta del portal de su reformado piso. Estaba radiante, desde que consumía la droga que le suministraba el del sótano había recuperado su belleza, las manchas en la piel habían desaparecido. Lo que más le gustaba es que no le cobraba nada. Ni siquiera le pedía una mamada. El caso es que la mirada de ese extraño hombre le recordaba a alguien conocido, pero su aspecto dejaba mucho que desear, Irina sospechaba que era de su edad.

El restaurante chino que regentaba, era muy lujoso, el servicio era exquisito. La sala privada estaba repleta de muebles orientales y originales tapices de seda que se distribuían por las paredes. En la misma habitación tenían el servicio de cocina; un cocinero para ellos dos. Un verdadero lujo.

El posible cliente era un hombre con pocos rasgos orientales, dentadura perfecta y una bonita sonrisa. Impecablemente vestido y muy educado. Hablaba perfectamente el castellano, aunque en algunas palabras se notaba ligeramente un matiz oriental.

Hablaron de muchas cosas; le comentó que había estado casado dos veces, pero que se divorció de sus dos mujeres. No entendía a las mujeres orientales. Así era la metáfora de su vida, un oriental que no entendía a las mujeres de su misma raza.

A Irina le dio la impresión de que le estaba tirando los tejos.

Al terminar la cena, sin abandonar su sonrisa, la ofreció una copa en su lujoso apartamento. Irina aceptó sin remedio. Aunque estaba muy cómoda con él. No quería llegar a más. Su jefe le dijo; que quería el contrato, costase lo que costase, eso incluía, el revolcón de una noche. Y cómo no, probar la sustancia.

El apartamento estaba situado en el paseo de la Castellana. Irina queda asombrada de la amplitud de este. El toque colonial con muebles de Teka y ébano rompen con un estilo vanguardista; una combinación extraña, pero que sin duda, no desentonaba con ningún complemento. Los jarrones de suelo. Las lámparas de araña y obras de arte auténticas, instauraban su estilo personal. A través de unos grandes ventanales se divisaba una amplia terraza custodiada por un Buda de piedra. Era hermoso salir a aquel espacio, se veían las tenues luces de la ciudad. El aroma del asfalto cambia a esa altura, es más fresco y limpio. Las estrellas dejan pequeños destellos en las nubes vaporosas. Irina esta muy cómoda, su mano sostiene una copa de champan francés; que nunca había probado. Le agradaban las charlas sobre cosas corrientes con el nuevo cliente. Aunque no había tocado el tema del negocio. Quería saborear el bienestar que en esos momentos sentía. Sus emociones estaban enfrentadas. Este caballero le trataba con respeto, la escuchaba y en ningún momento la insinúa sexo. Hacía mucho tiempo que Irina no se sentía feliz, pero esa noche si lo estaba.

Víctor intenta subir a su casa, el rubio se marchó hace un par de horas después de recibir una llamada a su móvil.

Necesitaba ducharse, ponerse ropa cómoda, documentación, sobre todo su cámara espía y su portátil de viaje, solo lo usaba para eso; en casa disponía de un Mac, pero cómo bien sabía ya estaría intervenido. Le seguían, sus sospechas le hacen pensar…, creen que ha descubierto algo importante y por eso están tras él. Necesita hablar con Lidia y saber que está bien. Antes de dirigirse a su casa, compra dos móviles con tarjeta, que paga en efectivo, las pone al nombre de una antigua revista donde trabajó.

Llega a la parte alta de la avenida donde vive Irina, le sorprende verla vacía. Solo ve a lo lejos un caminante que levanta sus sospechas. Arrastra su cuerpo, no flexiona las rodillas para andar. Está lejos y no puede distinguir con claridad su rostro. En ese momento doblan la esquina varios individuos de aspecto enjuto, carecen de pelo en parte de su cabeza. Se les oye comunicarse cómo los individuos que había en la morgue. Víctor necesitaba entrar en el portal de Lidia. Se cobija en la esquina de un edificio; en sus bajos se oye música. Cree que no le han visto. No circula ningún coche por la zona. ¡Es tan extraño! – piensa fugazmente Víctor. Se asoma por el perfil del edificio con cuidado de no ser visto. Los caminantes han desaparecido. Víctor teme que entren en cualquier edificio. Sabe de primera persona lo que ocurre si te enfrentas a ellos. Ha descubierto que no tienen muy buena visión, pero que su olfato es muy audaz. También ha detectado dos tipos de contagio, uno es la sustancia y otro además de la mordida, el contacto directo de fluidos. Esos términos los tenía más que claro.

Lidia se había dado una ducha, la ropa que llevaba la noche anterior la quemó en la bañera. Se puso ropa cómoda. Cogió una gran mochila donde depósito instrumental quirúrgico, morfina, antibióticos y demás elementos médicos necesarios para solucionar una emergencia. Estaba aterrada por la conversación que había tenido con Éric, justo después de colgar se puso a llorar desconsolada. Intentaba encontrar alguna explicación a lo que estaba ocurriendo. Era algo tan abstracto, imposible de creer si no lo vives en primera persona. Necesitaba armarse de valor e intentar encontrar una vacuna o un suero efectivo para la atrocidad que sembraba muerte y contagio por todos lados. Desconocía si era de forma global o solo ocurría allí.

Volvió a mirar por la ventana y allí estaba Víctor, llevaba una mochila; miraba de soslayo hacía el comienzo de la calle. Desde aquella ventana Lidia podía ver poco. Así que se dispuso a subir sobre la bañera, donde una pequeña ventana se abría hacía aquel lado de la calle.

La ventana abatible se abrió, dejando un paisaje poco atractivo para Lidia. Al comienzo de la calle divisó los primeros Zombis, no conocía sus rostros, pero su aspecto era aterrador. Desde allí podía oír el chasquido de sus lenguas, su llamada. Unas cortinas del edificio de enfrente se movieron, alguien estaba mirándola. Una mujer de mediana edad contemplaba a aquellos seres. A lidia se le ocurrió una cosa.

Descolgó de la pared de la cocina una pizarra magnética donde anotaba recetas y listas de la compra. La borró con el puño. Escribió;

Cierre la puerta con llave

No hable, desconecte el volumen del teléfono.

Manténgase en silencio.

Enciérrese en la habitación más alejada de la puerta.

No abra a nadie.

Lidia estaba nerviosa, no sabía cómo llegar hasta la casa de Éric. Víctor ya no estaba en la esquina. Alguien mueve muebles de forma violenta en el piso de arriba, se oyen los gritos de mis vecinos. Lidia sabe que ya están dentro. Esta muy nerviosa, aguza el oído, los ruidos en la parte de arriba se han disipado. Intenta abrir la ventana, pero en ese momento se queda paralizada, la más joven de las hijas de la vecina se ha tirado por la ventana. Ha caído sobre un coche aparcado en la acera. El ruido del cuerpo al caer ha sido una dura bofetada al ánimo de Lidia. Se oye el chasquear de las lenguas moradas y putrefactas, el olor se cuela por las rendijas de la puerta. Están cerca.. la puerta empieza a oscilar. Alguien desde el otro lado quiere abrirla. Están empezando a romperla. Se oyen cristales rotos en la cocina, lidia se desplaza rápidamente y ve con alivio que es Víctor. Se ha colado en el portal y ha entrado por el patio comunitario, desde ahí ha trepado por dos terrazas hasta alcanzar la cocina.

– Lidia, corre, sal por la ventana. – Víctor intenta ganar tiempo y empuja la mesa de la cocina hacía la puerta. Acumula varios armarios sobre esta.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

©Book Tráiler: http://youtu.be/p7YTRwANzw0

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ADICTOS V


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Adictos V

Nuevos acontecimientos

Irina está petrificada no deja de mirar por el orifico de la puerta, apenas puede tragar saliva. Aquel ojo la mira escrutando su pupila. En ese momento se dispone a pestañear; aquella sombra desfigurada se dirige hacia la mesa; del cajón saca una pequeña bolsa y la lanza por el agujero. Irina se agacha y lo recoge del suelo para examinar su contenido. Abre la bolsa, introduce el dedo meñique, masajea la encía superior. Sin lugar a dudas, es la misma sustancia que le proporciona su nuevo amigo. Se deleita con la acidez del sabor y se estremece con las sensaciones que están apareciendo en su cabeza. Ya no tiene prisa por salir a la calle, en aquella bolsa hay dosis para un par de días. Si el jefe no necesita sus servicios, se pasará un par de días en casa.

Lo que Irina no sabe es que esa droga está adulterada, el rubio se encarga de ello. Compró el edificio, incluido los trasteros. Es allí donde la preparan. Nadie sabe quién es el dueño de aquel laboratorio, el rubio trabaja a la sombra del jefe de Irina, le está robando los clientes. Su droga es más barata.

Sube las escaleras de dos en dos hasta su pequeño piso, está distraída pero contenta. Hoy no tendría que follarse a ningún gilipollas, para conseguir su dosis. Cierra la puerta de un portazo, se comienza a desnudar. La excita colocarse desnuda. Hoy quiere colocarse en el baño, observándose mientras se mete una ralla. Para ella es como alcanzar un largo y profundo orgasmo. Se quita el sujetador y deja al descubierto sus pequeños pechos. Se pellizca ligeramente los pezones, que se endurecen frente el espejo. ¡Llegó el momento!, aspira por uno de los orificios de la nariz. El comienzo es doloroso, le escuece mucho, pero le agrada el sabor que le deja en la boca. Cuando ha terminado de colocarse, se mira al espejo. Comienza a tener una subida de adrenalina, su respiración es agitada, sus pupilas se dilatan, pierde la noción del espacio y el tiempo. Su visión en el espejo es cómo si mirara a través de un caleidoscopio. Su cuerpo empieza a sudar, su cabeza no puede controlar los impulsos nerviosos que emite el cerebro en todas las partes de su cuerpo. Necesita beber. Se dirige a la cocina, intenta coger un vaso de agua, pero cae al suelo; es allí donde culmina el éxtasis. Aquella droga era mucho mejor que la que le regalaba su jefe. Las sensaciones eran muy fuertes, bestiales. Tanto es así, que Irina se meó encima sin poder controlarlo. En el siguiente estado de relajación se quedó dormida sobre el frio suelo de la cocina.

Irina pasa dos días encerrada en su casa, permanece desnuda sobre la cama. No quiere levantarse. Le duele la cabeza, se ha pasado con el alcohol; consumió varias botellas de tequila la anterior noche. Estuvo follando con un joven vecino, con el que intercambiaba favores sexuales de vez en cuando. Era cinco años más joven que ella, adicto al sexo.

El teléfono de Irina sonaba a todo volumen en la pequeña habitación. Se oyeron cinco timbrazos que parecían siete sartenazos en la cabeza de Irina. Se puso la almohada sobre la cabeza cubriéndose lo oídos para amortiguar el sonido desesperado del teléfono. Seguro que era su jefe.- pensaba abotargada. Se incorporó lentamente, entró en el cuarto de baño y se metió en la ducha. El ruido del secador disimuló el sonido del timbre de la puerta. Se oía lejano, pero lo suficiente para que la distraída Irina lo oyera. Cubrió su cuerpo con una toalla y se acercó a abrir. Para su sorpresa, su apuesto jefe con su enigmática y seductora sonrisa, esperaba impaciente detrás de la puerta. En una de sus manos un ramo de rosas y dos botellas de champan.

– Buenos días Irina, llevo dos días sin verte. Vengo a traerte tu dosis…, el pago de tus servicios.- le atrajo hacia él y le beso con dulzura en los labios.- una vez dentro. La ofreció las flores, la miró a los ojos.- estaba claro lo que quería en esos momentos.- Irina abandonó la toalla que cubría su cuerpo desnudo y se entregó incansable a aquel príncipe de las tinieblas, que le ofrecía lo que necesitaba en ese momento.

Necesitaba una raya; se la ganó acariciando el miembro, que sobresalía del pantalón de aquel cuarentón adicto a las drogas y al sexo. Se pasaron parte de la mañana practicando sexo en cualquier rincón del piso, menos en la cama. Cuando ya estaban exhaustos y relajados sobre el sillón. El teléfono comenzó a sonar, pero esta vez saltó el contestador. El mensaje de preocupación de Lidia se radiaba por todo el piso. Cuando terminó, su jefe la miró a los ojos; Irina, le contó su relación con ella. Aquel hombre poderoso que controlaba media ciudad y que cada una de sus pisadas valía una fortuna, comenzó a hacer preguntas sobre su adorable amiga. A él le llamó mucho la atención que fuera forense. Su cabeza empezaba a maquinar, sus deducciones comenzaron a dar forma una idea. Lo único que en esos momentos le importaba era conocer a Lidia.

Lidia se levantó como pudo del suelo. Víctor sujetaba fuertemente la medalla. El brazo seguía sujetándolo; no le soltaba. Oyó un siseo…, aguzó el oído y distinguió con claridad qué alguien le llamaba.

– Victor soy yo…- intentaba coger aire, mientras escupía los gusanos que se introducían dentro de su boca. Por favor, ayúdame.

– ¿Héctor, eres tu?- después de un breve silencio. Héctor continuo hablando.

– Eso es compañero.- arrastraba las palabras.- le quedaba poco tiempo.

Víctor le indicó con un gesto a Lidia que cerrara despacio la puerta. Necesitaban sacarle de aquella montaña.- un arduo y apestoso trabajo.

Con las manos desnudas Lidia y Víctor empezaron a retirar los cuerpos, muchos de ellos estaban momificados, pero otros se desmembraban sin poder evitarlo; dejando sus restos esparcidos por el suelo. Intentaban hacer tiempo para coger aire. Al cerrar la puerta el olor era exageradamente putrefacto; los gases se acumulaban en aquella habitación limitando a más de la mitad el nivel de oxígeno. Solo tenían cinco minutos más, para no morir junto aquellos cadáveres.

Solo quedaba retirar el último cuerpo, una mujer de mediana edad que había muerto hace unos siete días. – una deducción aproximada que Lidia, tuvo en cuenta.

Ayudaron a que Héctor se levantara, vieron con horror que tenía mordiscos por varias partes de u cuerpo. – él no recordaba, cuando fue mordido por aquel ser. Clavó su dentadura, en el cuello y en los brazos.

Lidia y Víctor se miraron desolados. En ese momento alguien giraba la manilla de la puerta. Se ocultaron detrás de la nueva montaña. Permanecían quietos, casi no respiraban…

Alguien entró en aquel lugar, portaba un carro para trasportar cadáveres. Eran dos operarios compañeros de Héctor que hacían su trabajo. Uno de ellos se quedó fuera; el hombre que entró, oía un partido de fútbol en sus auriculares. Lo cual fue una ventaja para ellos, porque sin poder evitarlo se sentían mareados y jadeaban sin control. El operario introdujo en el carro restos cadavéricos para la quema. En uno de sus movimientos, una pequeña bolsa se deslizó desde el bolsillo del pantalón hasta el suelo. – no se percató de la perdida.- comenzó a silbar y se marchó, hablando solo.

Dejó la puerta abierta, el aire empezó a renovarse. Los fatigados cuerpos escondidos en aquella montaña, se estiraron despacio para poder controlar los movimientos. La falta de oxígeno en sus pulmones comenzaba a adormecer sus músculos. Lidia se agachó de nuevo y recogió del suelo la pequeña bolsa.

Víctor preguntó a Héctor si había alguna otra forma de salir de allí.

– Si, pero creo que no os va a gustar. – su cuerpo estaba cambiando. El iris de sus ojos cambió de color.

– ¿Por qué lo dices?- Héctor miraba el suelo donde entre restos humanos y suciedad se podía ver el perfil de un viejo portón.

– ¿Qué coño es esto?- antes de comenzar a hablar, Héctor rugió cómo si fuera un animal. Víctor le agarró del brazo, de alguna forma intentaba hacerle callar, pero era demasiado tarde. Los chasquidos que emitía su lengua, se propagaban por el pasillo a gran velocidad. Ya empezaban a desplazarse, los sonidos metálicos de la sala de congelados nos daba un dato de la magnitud del problema.

Sin pensarlo más tiempo y para que Héctor se callara, le golpeo violentamente la cabeza. Hasta qué dejo de emitir los extraños sonidos.

Acto seguido intentaron con todas sus fuerzas abrir el portón. Se abría solo por una parte, no era suficiente para que entrara un cuerpo. Agotaron toda su energía tirando fuertemente de él. No se abría. Se oían cómo arrastraban los píes por el pasillo, el goteo del grifo de la vieja sala de autopsias. Por un momento pensaron que iban a morir allí mismo. Sin omitir ni un solo chasquido más, Héctor de forma impresionante se levantó del suelo, les miró y abrió la otra parte del pesado portón. Le miraron sorprendidos, pudieron ver en ese momento el brillo en sus ojos. Había recuperado unos momentos de lucidez y su lado humano salió para ayudarlos. Trascurrieron escasos dos minutos cuando una jauría leprosa y moribunda entraba en la habitación.

Lidia y Víctor contemplaban la escena a través del portón a medio cerrar. Héctor gesticulaba con aquellos individuos que movían su cuerpo mecánicamente. Solo pudieron ver cómo uno de ellos se dirigió a Héctor y con el puño golpeo violentamente su cara. Sumergió dentro de ella la mano y tiró con fuerza de los quebradizos músculos del rostro. Después y para rematar le arrancó la cabeza. El cuerpo de Héctor cayó sobre el portón derramando parte de la sangre que le quedaba mezclada con un fluido verdoso qué se filtraba por el suelo.

Aquel lugar olía a rancio. A Lidia le recordaba el olor del jamón serrano, en ese momento viene a sus recuerdos las Navidades pasadas. Su padre le compró un jamón “pata negra”; a Lidia le gusta el jamón, pero no para comerse una pata entera ella sola. Después de muchas cenas tapeando con aquella pieza. Los restos de aquella pata, empezaron a adquirir un color oscuro bajo el trapo de algodón, en pocos días ese olor inundaba la cocina. Era el momento de tirarlo. El recuerdo del olor a rancio se disipó, cuando Víctor encendió las luces de aquel extraño lugar.

Era un lugar lóbrego repleto de polvo y telarañas qué cubrían el viejo instrumental de una sala de autopsias. Las pilas de mármol se repartían por la sala. Solo funcionaban dos puntos de luz. Algunos ángulos de la estancia los cubría una sólida capa de oscuridad. Era demasiado tétrico para acercarse mucho sin conocer el terreno.

Lidia está asustada y coge la mano de Víctor, le aprieta con fuerza; intenta trasmitir un poco de serenidad. Intentaba disimular el terror que se acumulaba dentro de sus pensamientos.

Avanzaban muy despacio, arrastrando los pies. El suelo estaba cubierto por extraños bultos que impedían, a veces, seguir avanzando. No sabían que era aquello. Lo qué si notaron es el descenso de la temperatura. El vaho les salia por boca formando una pequeña nube por debajo de su nariz. Se limpiaron varias veces los orificios nasales; una incansable agüilla les salia sin parar. Hacía frío. Mucho frío.

Cuando estaban en la mitad de la estancia, sus dientes empezaron a castañear. No podían evitarlo. La temperatura de su cuerpo había descendido de golpe. Se abrazaron, comenzaron a frotarse fuertemente los brazos, necesitaban activar la circulación sanguínea.

Unos pasos más…, tropezaron y cayeron. Unos enormes sacos, salpicaban el suelo de toda la sala. Víctor tuvo el valor de abrir uno de ellos. Lo arrastraron hacía donde se podía ver con claridad. Su descubrimiento los dejó boquiabiertos. Todos los sacos estaban repletos de cuerpos momificados. Conservados en perfecto estado, gracias a las bajas temperaturas que había en el interior.

– Necesitamos salir al exterior.- no paraba de decir Lidia.- si permanecemos aquí, sin movernos, nos convertiremos en momias.

– Tienes razón, tenemos que encontrar una salida. No tiene sentido que solo existiera el portón, para entrar y salir.

– Dime Víctor, ¿sabes que está pasando?- la miró a los ojos y la acaricio la cara.

– Francamente no lo sé, pero lo qué si tengo claro es que esa puñetera sustancia crea esos muertos vivientes.- en ese momento Lidia está pensando en su amiga Irina.

Palpan las paredes con la esperanza de encontrar una puerta. Pasan por el mismo sitio explorando sin apenas visión todas las paredes de aquel agujero. Para no encontrar nada.

– Esto no puede estar ocurriendo. No me puedo creer que tengamos que volver a salir por el portón.- se estaba poniendo nerviosa, el volumen de su voz iba en aumento.

– Tranquilízate. ¿llevas móvil?- le pregunta Víctor.

– Si llevo móvil, pero como si no lo llevara. Se ha agotado la batería. Llevo aquí toda la puñetera noche. No he sacado nada en claro. Mi amiga, creó que se toma esa sustancia.

– Joder, tenemos que salir de aquí. Si no me fallan los cálculos, las ventanas tapiadas del piso de arriba dan al patio interior.

– Creo que si hacemos un agujero en esa pared, podemos salir reptando de este lugar.

– ¿Cómo lo vamos a hacer sin hacer ruido?- Lidia se pone los brazos sobre la cintura en forma de jarra.

– Notas ese olor.. si te acercas a esta parte de la habitación ese olor es más intenso.

– Mira.- se agacha con unas tijeras en la mano; a la altura de aproximadamente cincuenta centímetros del suelo; Víctor empieza afanoso a dar forma a lo que parece un agujero lo bastante grande para salir reptando.

Lidia se sumó al trabajo. Las paredes se deshacían por la humedad que cubría ese muro. Cuando lograron divisar el exterior, rieron y se abrazaban nerviosos.

Víctor regresa a su casa, pero justo cuando gira la esquina para entrar en su portal. Ve al muerto viviente del Pub Rengato, acompañado por el rubio, esperan en la puerta del portal. Se le acelera el pulso y decide ir a casa de Lidia.

Lidia entra en su apartamento, ya ha amanecido; descuelga el teléfono y llama a casa de Irina. La preocupación aumenta a cada timbrazo sin respuesta. Se deja caer en el sillón y se queda profundamente dormida.

©Julia OJidos Núñez

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adictos IV

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ADICTOS IV

ADICTOS IV
Proceso de investigación
Víctor estaba haciendo un reportaje sobre los efectos de las drogas y el alcohol en menores de edad. Su experiencia como investigador y gran conocedor de los efectos negativos de aquellas sustancias, le llevo a uno de los sitios de moda el Pub Rengato
Llegó pasada la una de la mañana, intentó no llamar mucho la atención. Su pelo largo y la barba cerrada de varios meses le hacían irreconocible. Tenía oculta una cámara espía en una medalla de plata. Tenía muchos años de experiencia, había viajado a muchos países y visitado antros de todo tipo.
Pidió un ron con limón y se dirigió a un apartado. Sonreía mientras mantenía su vaso de tubo en la mano, la música electro sonaba al ritmo de la luz blanca. Hizo un recorrido visual mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Se fijó en un par de chicas que comenzaron a acercarse a él. – son guapísimas. – pensó Víctor.
Decidió apartarse de ellas, no quería ser embaucado por sus cálidos labios y el contoneo de sus caderas ocultas con una pequeña falda. Empezó a llenarse de gente, el ambiente se animaba en la pista. Dejaban sus copas en las pequeñas mesas y levitaba por el parqué alcanzando la zona de baile; se dejaban llevar por el ritmo, poseídas por el alcohol y las drogas. Un par de chicas de no más de dieciocho años entraron por la puerta, estaban distraídas. A Víctor le dio la impresión que era la primera vez que entraban allí. Curioseaban todo con la mirada. Pidieron algo de beber y se sentaron cerca de la pista. Víctor se colocó estratégicamente para poder observar sus movimientos.- estaba de suerte.- Las miró un par de veces y se acercó para entablar conversación.

– Hola, chicas. – las miraba a los ojos, podía saborear su inocencia. Después de unas nerviosas carcajadas. – respondieron al unísono.
– Hola. – le indicaron que se sentara con ellas. – pasaron quince minutos y Víctor comenzó sus preguntas.
– ¿Qué os gusta de este sitio? – les brindó la mejor de sus sonrisas. – ellas estaban convencidas de que aquel atractivo hombre quería ligar con ellas.
– Es la primera vez que venimos… – comentó una de ellas después de dar un trago a su bebida. La otra estaba absorta en la pista de baile.
– Me llamo Víctor, vengo aquí a menudo y nunca os he visto. – antes de que acabara de hablar, la chica que aparentaba menos edad se abalanzó sobre él y le beso en los labios. – sorprendido no rechazó la generosidad de aquella preciosa joven. – intentó seguirla el rollo, con la intención de seguir haciendo su trabajo.

– Bueno, creo que venimos a lo mismo que tú. Queremos divertirnos y tener experiencias nuevas. – en ese momento el rubio pasa cerca, le indica a la otra joven que le siga.

Se levanta como un resorte, coge la mano del musculitos y se va con él. Atraviesan la pista en dirección a un oscuro pasillo. Antes de qué sus cuerpos desaparezcan en la oscuridad. El hombre armario la manosea, mientras la joven acaricia su trasero.
En ese momento siente las nalgas de la muchacha en sus piernas. Se ha subido sobre él como una fiera. -le pide sexo. – él no está en condiciones de aceptar. Necesita tiempo…, una cosa era un beso y otro sexo duro en un sitio público. Termina su copa y antes de que el desenfreno caliente sus venas, la invita a bailar. Ella le suplica con los ojos que se quede, pero él insiste.
– Princesa, la noche es larga…, sedúceme bailando. – con pocas ganas la muchacha se levanta. Coge la mano de Víctor y la pone sobre sus glúteos. – Víctor se estremece. Intenta luchar contra la reacción de su abultado sexo. – no quería desmadrase, necesitaba información para el reportaje.

Mientras bailaban, Víctor ve cómo el alto y musculoso rubio, sale de una puerta al final del pasillo, se abrocha los pantalones y da pequeños toques en su nariz, aspira y su mirada queda perdida en el espacio.

– ¡Oye!, tu amiga no ha salido del cuarto. – tenía que acercase mucho a su oído para que le pudiera oír. Su nueva compañera estaba abstracta, no fijaba la mirada en ningún punto. Solo tenía oídos para la música.

Comenzó a moverse deprisa, se levantaba el vestido con las manos, era una danza hipnótica para Víctor. El calor emanaba de su cuerpo radiando un atrayente deseo; le obligó a cogerla por la cintura y desearla en ese momento. La chica le sostenía la mirada; con rápidos movimientos puso las manos dentro de su pantalón. La excitación iba creciendo mientras el cuerpo de varias jóvenes chocaba con el suyo. Tenía a cuatro mujeres, tocándole el cuerpo mientras bailaban a su alrededor. Le habían seducido de una forma incontrolable. Fue algo irresistible, le arrastraron por el pasillo, entre besos y pequeños mordiscos; la más apasionada era la joven novata. – huérfana de amiga, pero con unas ganas voraces de poseer su interior. La estancia quedó abierta, un recibidor distribuía varias puertas, una de ellas estaba entreabierta; fue todo muy rápido. – la visión que presenció Víctor, le marcaría para toda su vida. El cuerpo de la joven yacía en la cama, un atractivo hombre, estaba sobre ella, la mordía por todo el cuerpo, ella gemía de placer. – alguien se percató de la mirada indiscreta y cerró la puerta. Una silueta se acercó a cerrarla. Fue entonces cuando Víctor despertó de su estado hipnótico y volvió a la realidad. Esa imagen que guardó en su retina, hizo que apartara las manos que manoseaban su cuerpo. El estado incipiente de sus pensamientos se amontona. – un ápice de sensatez empieza a dar forma en su cabeza. Aquella imagen ha traspasado los límites de la comprensión y sus pensamientos son verdaderamente inconexos. Aquella figura humana, que sin duda había reconocido, estaba muerta. La había fotografiado aquella misma mañana en la morgue.
No le dejaron retroceder, varias personas le empujaban hacía una de las habitaciones mientras le quitaban la ropa. No podía reaccionar, estaba preso de sus pensamientos. Le tumbaron en una cama. Las mujeres se desnudaron, pasaban sus lenguas por el cuerpo del asustado periodista. Recorriendo cada centímetro de su cuerpo, danzando entre sus nalgas. Solo veía sus labios sobre la piel, sentía la textura de sus húmedas lenguas sobre su acalorado cuerpo. – tenía que salir de allí. – atenazaba con fuerza la idea de poder escapar.

Estudia detenidamente la estructura de la habitación. Buscaba desesperadamente alguna ventana por donde escapar. Mantenía su cuerpo esquivo de las caricias de aquellas diablesas que le torturaban sin descanso. Logró zafarse con facilidad. Consigue deslizarse detrás del cabecero, donde una ventana se mantiene oculta detrás de un colorido tapiz.
Repta desnudo por la reducida ventana y cae a un oscuro callejón. Allí el olor era insoportable. Cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde; unas manos quebradizas le agarraban. Le faltaba el aire, se levantó deprisa y saltó sobre la valla que mantenía aislado el callejón. No miró hacia atrás, sus pensamientos recogían en imágenes lo trascurrido aquella noche; asustado puso rumbo a la universidad. Quería comprobar que el tipo de aquella habitación; el que cerró la puerta, era, sin lugar a dudas el que descansaba en la morgue.

En la morgue
Los operarios del turno de noche, estaban listos para realizar su jornada. Sus vestuarios estaban en el semisótano. Reían mientras comentaban sus aventuras amorosas del fin de semana. Realizaban ese trabajo durante años. Lo consideraban un trabajo como otro cualquiera; silencioso y sin estrés. Aquella noche sucedería algo que sopesaría la opinión de aquel tranquilo trabajo.
Colindando con el vestuario se veía un área de descanso con mesas y sillas, una pequeña, pero funcional cocina. Cerca de esta sala se encontraba el despacho de Víctor.
Esa noche les extraño encontrar el despacho de Víctor abierto, muchas veces le encontraban allí, entre miles de fotos cubriendo la mesa; enfrascado en su apasionado trabajo. Trabajando durante toda la noche. Uno de ellos entró en aquella habitación, se fijó en una foto que había sobre la mesa. – un hombre en la mesa de autopsias, listo para destripar. – pensaba. – Estaba acostumbrado a esas imágenes y no la tomó en cuenta.
– Vamos Héctor, ya he recogido el listado de los cuerpos que hay que quemar. – su compañero continua distraído, curioseando la mesa de Víctor.

Antes de salir de la pequeña habitación, un movimiento pendular le llama la atención. Un extraño objeto cuelga de una de las esquinas de la mesa. Guarda perfectamente el equilibrio, una oscilación misteriosa empuja de forma basculada una medalla de plata. Sin perder más tiempo la recupera de su inquietante balanceo. Escruta cada labrado de aquella medalla, sin pensarlo dos veces se la guarda en el bolsillo.
Los cuerpos para quemar no están en el frigorífico. Se mantienen afinados en una pequeña sala. La fría realidad de los cuerpos donados a la ciencia; hombres, mujeres y niños reposan su cuerpo desmembrados en una insólita habitación donde el caos envuelven piernas, brazos y algunas cabezas decapitadas que se mezclan con lo que quedan de sus fluidos, formando un cuadro dantesco.
Comienzan a llevarse los primeros, asoman próximos a la puerta. Les sorprende que esté en perfecto estado, es un joven al que ni siquiera han practicado la autopsia. No aparecen costuras de ningún tipo en su cuerpo. Se mantiene frío, pero el color de su rostro les despista; parece dormido. Han visto muchos cuerpos en su vida, pero aquel joven no parecía estar muerto.

– Héctor, ¿mira a este tipo? – Iván es un tipo gracioso, siempre le gasta bromas pesadas. – Héctor le mira arqueando las cejas.

Iván coge el brazo del cadáver, intenta asustar a Héctor, pero el susto se lo lleva él. Con un movimiento rápido, el cuerpo cadavérico, emplea con fuerza su otra mano; aprieta el cuello del asustado Iván, que intenta coger aire por la boca. Su compañero golpea con fuerza el cadáver, que termina por incorporarse y abrir los ojos. Aquel momento heló la sangre del operario que golpeaba con saña las piernas, desquebrajando parte de aquel cuerpo que se desmigaba con facilidad. En ese momento y de un salto aquella figura despedazó a bocados la cara de Iván, sus ojos abiertos son lo último que recordó Héctor. En segundos yacía en el suelo entre los restos cadavéricos de muchos cuerpos entre ellos el de Iván.

Perdió la noción del tiempo, estuvo en un estado de amnesia momentánea. Las imágenes se repetían sin parar. Su posición fetal, le mantuvo vivo, aunque sabía que si no salía de allí pronto su muerte seria inmediata.
Gracias a su postura, mantuvo a salvó su cavidad respiratoria, el peso de los cuerpos le caía en el costado y le mantenía en un ángulo perfecto para poder respirar. Intentó girar la cabeza, su cuerpo se estremeció de miedo al ver los ojos abiertos y sin vida de su compañero a escasos centímetros de su cara. Uno de sus brazos estaba libre de peso fuera de aquel amasijo de restos y envoltorios que dificultaba la visibilidad hacía la puerta. Haciendo fuerza con las manos, arañaba la superficie del suelo, intentando avanzar hacia delante. No sabía cuántos cuerpos había sobre él, pero pesaban mucho. No tenía espacio para balancearse, intenta mover el otro brazo que se enlazaba con el cuerpo de una mujer; del interior de su boca empiezan a salir gusanos. Cierra los ojos, intenta acumular la fuerza necesaria para salir de allí. Apenas puede abrir los labios, los gusanos le tapan casi completamente la cara. Pudo liberar algo de peso en las piernas, los cuerpos empezaron a deslizarse por aquella apestosa montaña; caían despacio hacía un lado permitiendo que recobrara el movimiento de su otra extremidad. Desde el suelo nota una leve vibración sonora, la percibe lejana. Aguza el oído, alguien se desplaza por el pasillo en aquella dirección. Ahora su desposado brazo intenta hacer fuerza contra el suelo. Encuentra un hueco entre las piernas de un varón, por donde divisa las rodillas de una mujer que se para en la puerta. En ese momento no deja de mover el brazo, intentando sin suerte salir de aquella montaña. Otros sonidos lejanos se unen a las pisadas que se alejan apresuradamente. -la pierde de vista en el pasillo. –

Otros dos operarios, entran en la sala y continúan su trabajo. Ajenos a lo que está ocurriendo en aquel lugar, a escasos pasos…
Víctor sigue corriendo por la gran avenida, no siente frío. El miedo hace que su cuerpo no pare de moverse. Recobra el sentido común. Tiene que establecer un plan. Aquella noche había visto muchas cosas sin lógica. -lo primero que quería comprobar era que aquel cuerpo estaba “fiambre”. – Qué había sido una visión errónea. Qué aquella figura que cerró la puerta era un estrabismo de aquel lugar, de aquel momento. No quería razonar, solo quería una prueba; aquella, que le demostrara que aquel hombre no era el mismo de su última fotografía.

Atravesó la explanada del aparcamiento. – ahora con escasos coches. – se dirige a las ventanas del sótano. Están todas cerradas, se acuerda que una de ellas tiene un pelo en el cristal y la hace vulnerable. Coge una piedra que encuentra detrás de un arbusto y de un solo golpe consigue romper el cristal que se desquebraja por completo. Quedan algunas esquirlas sobre el marco de aluminio, las elimina golpeando la piedra sobre ellas. No quiere cortarse, se da cuenta qué está completamente desnudo, solo mantiene colgado del cuello la medalla. Coge aire y se desliza sobre la ventana. La altura del sótano es de unos cuatro metros, la caída no ha sido fácil, se golpea fuertemente la rodilla. El sitio donde ha aterrizado es un largo pasillo que distribuye las salas del crematorio y los frigoríficos. Está completamente a oscuras, solo se ve la tenue luz de emergencia que dibuja en la pared extrañas figuras. Su despacho está a unos doscientos metros de allí.

La sala de suministros está abierta, un operario se aleja dejando entornada la puerta. Víctor no lo piensa dos veces, corre hacía aquella habitación. Sin perder ni un minuto se enfunda un uniforme y sale en dirección a su despacho.
La puerta está abierta, mira a ambos lados del pasillo. – Qué extraño. – piensa Víctor preocupado.

Han descolgado de la pared la última fotografía; ahora está sobre la mesa. Necesita descargar los datos de la medalla, a través de una conexión mini-USB. Se la quita con cuidado y la coloca en la esquina de la mesa; enciende su portátil.
Oye un pequeño grito que procede del crematorio, unos pasos que se dirigen hacían allí. Se esconde debajo de la mesa, pero es demasiado tarde. El cuerpo cuya fotografía tenía sobre la mesa, le había visto camuflarse. Notó enseguida que estaba cerca. El olor le delataba, era un aroma a desinfectante, mezclado con olor a rata muerta. Se puso de rodillas para intentar sacarle de debajo de la mesa. Víctor se defendió, propinándole patadas. Su cabeza no paraba de hacerse preguntas; – ¿Cómo ha podido llegar tan pronto? ¡No me seguía nadie!

Estaba aterrorizado, golpeaba sin parar a un hombre muerto por sobredosis, se afanaba en sacarle de su posición estratégica. Estuvieron mucho tiempo en esa postura. Aquel individuo de sombra macabra y olor putrefacto, vaciaba su aliento por debajo de aquella mesa, jadeaba en vez de respirar por la nariz. Sus ojos están hundidos, la cavidad estaba formada por restos de tejidos, que le cuelgan por la cara. Desde esta mañana su aspecto había cambiado mucho. Tenía los labios azulados y su rostro mantenía un brillo extraño, con la luz se podía observar una zona perlada.
Víctor estaba muy cansado de ofrecer resistencia. En un descuido, la sombra de la muerte le cogió por el tobillo y le arrastró por el pasillo. Intentaba zafarse, retorciéndose y propinando fuertes patadas con su pierna libre. Algo llamó su atención, la puerta abatible de la morgue se movía ligeramente, a lo lejos se veía otro carro de limpieza. – Estoy salvado. – pensó Víctor. – Aprovechó el descuido de aquel muerto viviente. Se levantó y le dio un fuerte empujón; no ocasionó ni un ligero movimiento. Era fuerte como un roble. Es como si la fuerza ejercida hubiera revotado en su cuerpo y le hizo caer de espaldas. Fue el momento de salir corriendo. Se escondió en el crematorio.
Lidia estaba de espaldas al crematorio, había comprobado que los cuerpos tendidos en el suelo estaban muertos o eso parecía. – no era así. – se puso a caminar hacía la puerta, un tremendo olor abofeteó su nariz; giró la cabeza. Apoyándose uno sobre el otro, los operarios se pusieron en pie. Lidia creía que todo aquello era producto del alcohol y la maría que inhaló en aquel antro. Pensaba que era el reflejo de un mal sueño…, una pesadilla. Aquellos cuerpos, de forma asombrosa se desplazaban hacía ella chasqueando sus lenguas, trasformando los sonidos humanos en chirriantes sonidos guturales. Se comunicaban entre ellos, animaban a otros cuerpos en su mismo estado a que dieran caza a Lidia. Se oían desde todos los rincones de la morgue, el siseo de sus labios alcalinos… El eco en el pasillo se hacía intermitente, tenía capacidad para llegar a los oídos de aquellos seres en cientos de kilómetros. Lidia estaba muerta de miedo, le sudaban las manos y el ritmo rápido de su corazón la hizo caer en un interminable vació de sentimientos e imágenes. Tenía que escapar de allí. Necesitaba escapar.
Notó un movimiento rápido al otro lado de la sala, por su forma de moverse se imaginó que no era uno de ellos. Los ojos de Víctor se encontraron con Lidia, enseguida comprendió lo que pretendía hacer. Lidia alargó la mano hacía una camilla y la empujó con fuerza hacía aquellos seres; en ese momento Víctor abrió la pesada puerta del horno y los cuerpos quedaron atrapados en su interior. Pusieron en marcha los quemadores qué eclosionaron con fuerza, capaces de deshacer hasta el titanio. En el interior un alarido de animal se mezclaba con unos llantos ahogados que se debilitaron en pocos segundos.

No perdieron más tiempo, se mantuvieron agarrados de la mano por todo el pasillo. -no hablaban. La luz del pasillo se encendió de golpe, se arrodillaron al lado de una puerta que permanecía en la oscuridad. Al apoyar su espalda contra ella, se abrió de golpe. Era la habitación donde Lidia vio o creyó ver que un cuerpo se movía; cerca de la montaña de restos había algo en el suelo que relucía con la luz que entraba por el pasillo. Víctor se aproximó. Cogió con cuidado el objeto. – era su medalla. –
La mantuvo en el puño…, algo le agarró con fuerza. No pudo emitir ningún sonido, solo logro palpar un brazo que se movía debajo de aquella montaña.
©Julia OJidos Núñez
©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/
Book tráiler: http://youtu.be/OOt5qgMGXeI

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ADICTOS II

Unos meses antes

Hoy era el gran día de Lidia. Realizaría una autopsia al completo. Puntuaba para la nota final en la especialización. La sala de anatomía estaba concurrida, hace veinte cuatro horas había llegado un cuerpo con graves heridas en la piel. El individuo murió de un colapso pulmonar a causa de una sobredosis.

El profesor se sentaba en una banqueta, su bata impecablemente blanca resplandecía en aquella sala. Los encargados de subir los cuerpos de la morgue eran operarios que se encargaban del traslado de los cuerpos a otros puntos de la ciudad para ser incinerados. La universidad solo disponía de un crematorio antiguo; no daba abasto.-se acumulaba el trabajo.- Ese día no aparecieron a trabajar. Así que el profesor ordenó a dos de sus alumnos a que bajarán a por él.

Uno de los alumnos se encargaba en grabar todo el proceso. Lidia preparó todo lo necesario para iniciar su trabajo;

Lo primero fue un reconocimiento superficial, comprobando desde la cabeza a los pies; el color, forma y tamaño del individuo, la posible causa de la muerte.

Lidia no estaba en absoluto nerviosa, había realizado con sus compañeros infinidad de autopsias. Necesitaba estar concentrada para conseguir una buena puntuación.

Después de recoger muestras del tejido; en especial piel de las zonas con más lesiones. Se observa si en el exterior aparece algún signo de larvas o insectos. Es una forma de determinar cuando y donde estuvo el cadáver antes de ser encontrado.

Después de esto se realiza un hisopado de las manos, para identificar residuos de pólvora u otras sustancias. Se examina exhaustivamente por debajo de las uñas. Cuando Lidia ya ha recogido las muestras pertinentes. Inicia el tiempo craneal, la búsqueda de algún hematoma en las capas exteriores del cerebro. A continuación se limpia el hueso y se extrae la calota craneana. Se examina cada parte del cerebro y si fuera necesario se sacaría alguna muestra. Lidia detectó una anomalía en aquel cerebro. La anomalía se extendía por toda barrera hemato-encefálica; la barrera responsable de proteger el sistema arterial que irriga al cerebro.

Manchas verdosas se esparcían en varios puntos; de ahí decidió sacar muestras del tejido. Sabía que es una barrera que impide la entrada de cuerpos tóxicos, pero el estado de aquel cerebro la alertó, la sustancia que había penetrado en la masa gris, era altamente tóxicas.

También pinchó la vejiga para sacar muestras de orina; humor vítreo y jugos gástricos. Un punto crucial en la autopsia es determinar la hora de la muerte, aunque intervienen muchos factores que nos pueden indicar ese dato. Lidia decidió centrarse en el humor vítreo.- las muestras recogidas.- le ofrecería una aproximación de cuando y como murió.

El tiempo estimado para la autopsia era bastante reducido, así que no se recreó mucho en el tiempo toracoabdominal. La última acción que Lidia realizó con el cuerpo después de coserlo, fue tomar las huellas dactilares.

Los compañeros que realizaron el trabajo como ayudantes, se encargaron de bajar el cadáver a la morgue para su incineración,- cosa que no ocurrió.

Lidia firmó el examen de su autopsia con un informe detallado de la muerte. En ese tipo de pruebas los alumnos no conocen el resultado de toxicología y patología. Quedaban analizadas y clasificadas en el laboratorio de la universidad.

En casa de Irina

Aquella mañana Irina permanecía inmóvil sobre la cama de su cuarto, tenía los zapatos llenos de barro, hacía un par de meses que no había dedicado ni cinco minutos a recoger aquella pocilga. Cuando se le pasaba el mono, era la tímida chica de siempre; con una sonrisa en los labios. Aquella noche fue su perdición.

Irina cómo todas las noches salía a hacer algún trabajito extra para poder pagar lo que consumía. En los últimos meses había caído muy bajo, no mantenía contacto ni con la familia, ni con su mejor amiga, Lidia.

Esa noche después de dejar su cuerpo en manos de un viejo rechoncho que pagó muy caro el polvo. Se fue al Pub Rengato para probar algo nuevo…, algo que iba a cambiar su vida; era una droga con extensiones alucinógenas, que te garantizaba una noche larga y de diversión.

Cuando abrió los ojos la cabeza le daba vueltas, tenía un tremendo cosquilleo en la nuca que la hizo correr al cuarto de baño. Le dolía todo el cuerpo, parecía que el puto rechoncho la había molido a palos.- ella no se enteró de las violentas sacudidas que le daba mientras la embestía contra la pared hasta alcanzar el orgasmo. Estaba completamente drogada, se había inyectado heroína y antes de comenzar la faena se había fumado un porro. Para ella era la única manera de desaparecer mientras la follaban.

Se duchó como pudo; cuando se secaba, descubrió unos grandes moratones que tenía en el brazo.-ocasionados por la presión que ejercía las manos del gordo sobre su frágil cuerpo.

Intento recoger su apartamento, pero cómo era tanto lo que tenía que hacer, decidió recoger lo básico y se marchó dando un portazo.

La noche prometía.- le habían comentado que el camello quería conocerla.- cosa muy extraña; normalmente ese tipo de gente no quería ser vista por nadie.

Siempre se lo dejaba a sus matones, entre ellos el rubio.

Eran más de las doce de la noche, lucía su mejor vestido. No había mucha gente, vio al rubio a lo lejos y se acercó a él.

– Buenas noches rubio.- el musculado joven no pudo evitar deslizar la mano dentro del prolongado escote trasero del vestido de Irina. Descubrió para más excitación que no llevaba ropa interior.

– Uf,  Irina estas para comerte. Si mi jefe y tu no os entendéis, pásate por aquí y te ayudo a pasarlo bien.- Irina le ofreció la más bonita de sus sonrisas y después se marchó al zulo.

En aquella zona del local apenas había luz, solo se veía la silueta de dos gigantes custodiando la puerta. La cachearon y la hicieron pasar. Un atractivo hombre de unos cuarenta años con una copa de vino, la invitó a entrar y la sirvió una copa.- los hermosos ojos azules de Irina no apartaron la mirada de aquel desconocido.

– Sin lugar a dudas, eres una preciosidad, Irina. El rubio no exageraba.- Los pensamientos de Irina solo eran para su amiga Lidia. Era como su hermana siempre ayudándola en todos los momentos de su vida.- eso es porque no conoces a mi querida amiga Lidia.- pensó Irina.-

– Ven siéntate, cuéntame cosas sobre ti.- rieron durante horas, consumieron drogas y bebieron varias botellas de vino.

El empresario quería tener una mensajera para que hablara bien de la droga que suministraba. Necesitaba clientes y ella seria una buena portavoz.- no la dejaría consumir aquella mierda.- tendría la mejor heroína. La quería solo para él.

La sedujo sin esfuerzo. Salieron por la puerta de atrás donde un chófer les esperaba.

La llevó al hotel más lujoso de la ciudad. Fue una noche de desenfreno; drogas, sexo y alcohol.

Allí firmó su contrato, no le faltaría nada de nada. Tendría que estar disponible las veinte cuatro horas del día.

La dejó en la puerta de su apartamento con más de tres mil euros en el bolso y unos gramos de heroína.

Aquel día Lidia no paraba de llamar por teléfono a su amiga Irina. Llevaba varias semanas sin hablar con ella. Quería salir a comer y hablar de sus avances con Éric.

Cómo buenas amigas que eran, cada una disponía de una copia de las llaves de su casa. Sin pensarlo dos veces cogió el autobús y fue a visitarla.

Vivía en un edificio antiguo en el centro. La barandilla de la corrala que distribuía las pequeñas estancias estaba oxidada. Quedaban pocos vecinos; entre ellos, ancianos y gente de la calle. La oscuridad y el olor a humedad hacen desapercibido un segundo olor que proviene de los trasteros.

Entra intentando adivinar donde están los escalones.- arrastrando los pies para no tropezar. Se oye un murmullo que proviene del descansillo.- para de golpe.- intenta coger aire, en ese tramo de escalera el olor a podrido es nauseabundo.

Esquiva el cuerpo de un vagabundo que habla entre dientes y se golpea contra la pared. Alcanza con alivio el último piso, donde una impecable puerta desentona con el resto.- ¡Qué raro !- piensa Lidia con la llave en la mano.

Le sorprende lo nueva que está aquella puerta acorazada. Irina no le comentó en ningún momento que había cambiado la puerta. Introdujo la llave en la cerradura y la puerta se abrió.-no confiaba de que valiera la misma llave.

Ante sus ojos, un precioso y limpio apartamento con un toque zen, repleto de exquisitos detalles.

– Joder, con Irina. No me has dicho que te ha tocado la lotería.- pensó en voz alta.

La puerta de su cuarto estaba entornada, dio unos ligeros toques con los nudillos. Desde aquella distancia, no diferenciaba quien estaba tumbado en la cama. Entró despacio, tropezó con varias botellas de champan que había tiradas por el suelo. Alguien se movió.-le agarran fuertemente por el brazo; con la escasa luz no le puede ver bien.

– ¿Qué pasa?- se oía la ronca voz de Irina desde la cama.

Se levantó y encendió la lamparita; la pantalla de papel de arroz distribuía una luz tenue y cálida en ese lado de la cama. Los ojos de Lidia se abrieron de par en par, cuando vio el cuerpo desnudo de un atractivo hombre de cuarenta años; la miraba divertido y sin avergonzarse de su fabulosa desnudez.

– Lidia, ¿qué haces aquí?- la voz entrecortada de su amiga la hizo cambiar de postura y permaneció de espaldas a la cama, dando oportunidad a que cubrieran sus cuerpos.

       – Lo siento mucho Irina, no tengo que estar aquí. Llevo semanas intentando localizarte, no se nada de ti. Cómo veo que estas bien, creo que me voy a casa.

– ¡ah! Cuando tengas un ratito llámame.- se le escapó una malvada sonrisa, mientras se dirigía hacía la puerta de la calle.

En ese momento oyó pasos en su dirección y notó que alguien la observaba. Giro sobre sus talones y descubrió al atractivo caballero que la miraba atentamente el trasero.

– Siento la interrupción, solo quería saber si Irina estaba bien.- hablaba atropelladamente, no podía dejar de mirar el asombroso cuerpo de aquel hombre.

– No pasa nada Lidia, ha sido todo un placer conocerte. Desde que conozco a Irina, todas las conversaciones son orientadas hacía tu persona. Me dejas maravillado, sin lugar a dudas la descripción de Irina se queda corta.-Le coge la mano y deposita un cálido beso que trasporta hasta sus labios.

– Encantado de conocerte.- se da media vuelta y vuelve al dormitorio donde una adormilada Irina le recibe con los brazos y las piernas abiertos.- Lidia se queda admirando el bonito trasero de aquel ejemplar, educado y sin duda con dinero.

El trayecto a casa lo hizo bajo una sonrisa maliciosa, deseando llegar para recibir una llamada de su querida amiga. Quería que la contara todos los detalles; como cuando eran adolescentes.

Tenía que hacer varias cosas antes de arreglarse para salir esa noche. Un grupo de compañeros de la facultad, incluido Éric habían organizado una fiesta. Estaba obligada a asistir…, no podía poner excusas.

Éric la esperaba dentro de su coche aparcado en doble fila. Cuando la vio bajar por la escalera del portal, se le iluminó la cara. La besó en los labios.- Lidia seguía poniéndose colorada cuando la besaba.

El sitio elegido para la fiesta era un hotel al lado del aeropuerto. Una discoteca al aire libre.- daba un respiro a Lidia, que sentía claustrofobia por sitios cerrados y llenos de gente.

Después de varias horas bailando, comenzó a darse cuenta que parte del grupo que iniciaron la fiesta se comportaban de forma extraña. Entraban y salían del baño y a los pocos minutos, se ponían a bailar como poseídos. Algunos se arrancaban la ropa. Enloquecían tirados por el suelo. Cuando la cosa comenzó a empeorar, le dijo a Éric que quería irse a casa.

Fue en el momento que se levantó de la silla, cuando un tipo.- que no había visto en su vida.- la agarro con brutalidad y la hizo caer al suelo. Éric le propinó un terrible puñetazo, que recibió como si lo hubiera dado al aire. El individuo abrió la boca como si de un animal rabioso se tratara y mordió a Éric en el brazo.

Sin perder más tiempo y aprovechando el estado de locura de aquel personaje desaparecieron de la fiesta sin despedirse.

– ¿Qué cojones se ha tomado ese tipo?- dijo Lidia con el susto todavía en el cuerpo.

– Cualquier cosa, ¿no sé de donde ha salido?, pero la próxima vez que le vea, le voy a cantar las cuarenta.

– ¡Casi te arranca un trozo! ¡el muy animal!- sube a casa y le echo un vistazo.

Lidia llevaba escasamente un par de semanas saliendo con él; sus experiencias sentimentales han sido escasas y no muy agradables de recordar. Ella tenía la esperanza de que con Éric sería diferente.

Le ofreció algo de beber y se disculpó unos minutos; quería cambiarse de ropa.

Él, no dejó escapar esa oportunidad y la siguió por el pasillo. Estaba locamente enamorado de aquella mujer. Entró en su habitación cuando ella se había quitado el vestido. La observaba desde la puerta, ella todavía no se había percatado de su presencia hasta que al quitarse los zapatos, le vio apoyado en la pared. Sus ojos se encontraron.- ella completamente desnuda se dirigió a él.

– Ven, te voy a curar esa herida. – le limpiaba con cuidado, mientras él no paraba de mirar cada centímetro de su cuerpo, aspirando su fragancia. Deseoso de que terminara. Para deleitarse con su sabor.

¡Ya estás list…,!- antes de terminar la frase, un beso le impidió decir la última vocal.

Lidia acarició su cabello con dulzura, sembró de besos su cuello. Sedujo su cuerpo con cálidas caricias que esparcieron un placer infinito en el cuerpo de Éric.

Cogió en brazos a Lidia y saboreo su cuerpo sobre la cama. Descubrió los distintos sabores que tenía aquella silueta que le volvía loco. Alcanzaron juntos el clímax, rociando su cuerpo de esencias y sabores mezclados. Donde una noche de pasión los dejó derrotados ante aquella lujuria. Donde los besos no paraban y las caricias formaban parte de su piel.

Antes de que Éric se marchara de la casa de Lidia, quedaron en verse por la mañana en la universidad. Éric le había pedido que le echara una mano con una autopsia bastante complicada.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/

Book tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=lrJfesKmLDs

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