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ADICTOS XVI

El rubio apura su café, espera varios minutos antes de dirigirse al apartamento de Michael. Estaba preocupado, la misión se estaba complicando. La curiosidad de Michael por averiguar la muerte de Franchesca no tenía límites. Entró mirando a ambos lados del pasillo. El silencio reinaba en aquella zona repleta de pequeños apartamentos. Realizó una inspección ocular. Todo parecía en orden, todo, menos un ligero olor a podrido. Entró en la habitación, observó con atención la cama, la ventana…, permaneció en silencio; sus ojos buscaban alguna pista, dirigió su mirada hacía el bosque de abedul, aquellas magníficas vistas le reconfortaba. Intentaba unir las piezas de aquel desordenado puzle. Pasó al cuarto de baño. Allí delante de sus narices en el espejo encima del lavabo había una frase escrita en ruso, habían utilizado un rotulador permanente de color rojo. – estás muerto – se podía leer con claridad. No sabía cómo interpretar aquella frase. Así que salió de allí hacía el cuarto de cámaras de seguridad, quería descubrir el autor de aquella amenaza.

El móvil comienza a sonar, no se plantea dejarlo sonar, así que despliega la solapa de su funda y abre la llamada. Alguien en el otro lado le da una dirección, acto seguido cuelga. La cara del rubio comienza a labrar una de sus mejores sonrisas, por fin algo comenzaba a salir bien. Una de sus fuentes ha localizado el paradero de la mujer que robó el alijo. Según su fuente está en el aeropuerto, dispuesta a coger un vuelo destino a Budapest.

El problema de todo esto es que la misma fuente también había informado a Toni. Tiene que darse prisa para poder salvar una vida. Conducía a mucha velocidad por la autopista en dirección al aeropuerto, sabe de primera mano cómo las gastan los aliados de Toni; les hace una sola pregunta y si le agrada la respuesta, posiblemente solo te desfigure la cara, pero si la respuesta que quiere oír no es aceptable, prepárate para saber lo que es morir poco a poco. Ni siquiera aparcó el vehículo, salió de él como una exhalación. Con paso firme se dirigió a la zona de embarque, le faltaban escasos metros para alcanzar a Olga, cuando uno de los corruptos amigos de Toni la agarró por el brazo y la obligó a salir del recinto. El rubio no pudo hacer más, únicamente fotografío la matrícula de la furgoneta azul eléctrico que se marchaba a gran velocidad.

Había estado muy cerca, tenía los labios secos. Estaba malhumorado, necesitaba calmar su adrenalina, así que abrió la guantera de su coche extrajo la vieja petaca y pegó un trago de vodka

La llevaron directamente al sótano de la farmacéutica, había avisado de que llevaba un regalo; el quirófano estaba listo. Aquella mujer se había jugado todo. Portaba en su cuerpo más de dos kilos de aquella sustancia bajo su piel. Habían ingeniado un sistema muy seguro. Capsulas, pequeñas y herméticas, resistentes e invisibles de ver mediante cualquier artilugio.

Desnudaron a Olga sobre la mesa de cirugía, tenía los ojos abiertos, claramente estaba sedada. Toni la contemplaba divertido desde el ventanal de la otra sala. Se rascaba la barbilla, maravillado por las bonitas curvas de aquella mujer de mediana edad. Cómo el material estaba bajo la piel y no tenían el dispositivo apropiado para localizar las capsulas, dibujaron en su cuerpo un mapa que se cubriría de cicatrices. El carnicero miró asintiendo con la cabeza a través del cristal y comenzó a realizar incisiones. Toni intentó localizar al rubio. Agarraba fuertemente el teléfono, mantenía la mirada en la sala de operaciones. Toni era un tipo morboso y carroñero, disfrutaba con la sangre. Después de varios tonos de llamada, localizó al rubio.

– Rubio, ¿dónde coño estás? – esperaba impaciente la respuesta.

– Toni, no me toques los cojones…, estoy en el aeropuerto, me imagino que te han avisado igual que a mí. – estaba atravesando la puerta del terminal, cuando vio con claridad cómo Toni amenazaba a Olga para que entrara en un vehículo. Después de ver aquello el rubio maldijo su suerte.

– ¿Dónde estas? – arqueó las cejas esperando que le dijera la dirección.

– No seas gilipollas, sabes de sobra donde llevamos a las mulas. – cortó de mala leche y dejó al rubio con cara de póker. – mierda, – esto es una puta mierda –

No paraba de lamentarse, sabía que aquella mujer iba a morir y no podía evitarlo. Antes de ir al sótano donde sacrificaban las mulas, decidió hacer una visita de cortesía a su fuente.

Lidia estaba dentro, la oscuridad era absoluta. Percibía frías corrientes de aire en la cara. Palpaba las paredes para poder guiarse. Tubo la sensación de que algo se movía muy cerca de ella. Algo la observaba desde otro ángulo, pero no se detuvo, caminó hasta la sala; la primera y pequeña sala dónde estaba el ropero. El olor a incienso era cada vez más profundo. Se encaminó a unos de los pasillos que llegaban a la pista de baile. La mirada de Lidia permaneció dormida, le sedujo el rítmico baile de una vela que luchaba por no apagarse. Se oían ruidos lejanos, cómo si alguien golpeara una puerta. Notó una ligera caricia en el hombro. Al girarse vio con horror de quien se trataba.

Víctor seguía las pistas que Lidia iba dejando en su trayectos, había conseguido esquivar a los militares. Sabía de sobra que habían estado bajo un camión militar. Se sentía invencible. Su capacidad de razonamiento aumentaba cada minuto, controlaba perfectamente su cuerpo. No sentía dolor y apenas tenía hambre. Aguzó su olfato, sabía que muchos humanos se acercaban. No quería enfrentarse a nadie, así que decidió huir. Su decisión fue bastante lenta. Los tanques se posicionaban en las calles próximas, algo iba a ocurrir. Estaba acorralado. Se le ocurrió una forma de distraer a los militares. Escaló hasta la primera planta del edificio más cercano y comenzó a chasquear con fuerza la lengua. El sonido de sus labios era cómo el tañido de un instrumento mal afinado. Los militares miraban en todas las direcciones, sus caras reflejaban un pavoroso miedo que se acentuaba cuando veían acercarse grandes grupos de zombis; el sonido era misterioso e insondable. La marabunta comenzaba a llegar, salían atravesando los cristales de los edificios, ascendían de los sótanos y garajes atendiendo la llamada. Parecía que abrían las puertas del infierno.

Los jóvenes encapuchados dejaron de sacudir el suelo con los bates. Se miraron unos a otros con expresión perpleja. Aquella llamada no les paró, pero sí se plantearon retroceder. Sabían que aquella figura que se descolgaba de la fachada seguía la pista de Lidia, lo mismo que ellos. Horas antes Mateo les narró en la base secreta, el proyecto que tenía Lidia entre manos. Sabía lo tozuda que era y desde luego confiaba en su fortaleza, pero el pequeño Mateo después de vivir aquellos acontecimientos, dio la dirección que Lidia había tomado.

Irina sufría grandes cambios en su rostro unos días mantenía su belleza natural, pero otros amanecía con un prognatismo del extremo inferior de su cara. Michael apenas dormía. No comprendía aquellos cambios tan bruscos en el interior del cuerpo de Irina, esos cambios se reflejaban más abiertamente en el exterior. Verla así le martirizaba, consumía poco a poco su paciencia. Sabía que estaba cerca, pero algo se le estaba escapando. Se aferraba a la nueva fórmula, pero tenía que encontrar una variante a la penicilina que no causara ninguna alergia a Irina.

El rubio aparcó el coche con cuidado, lo dejó a dos manzanas de la galería. Sabía que su fuente a esa hora estaría trabajando. Era temprano así que se guardó el arma en su funda y caminó por la gran avenida. No podía dejar cabos sueltos ya no confiaba en su fuente. Esperó en la acera de enfrente hasta que vio salir al último cliente de la barbería, cómo sabía que había cámaras en la zona, se colocó una gorra y se enrolló una bufanda hasta los ojos. Su fuente estaba barriendo su negocio, el rubio se aproximó hasta él y sin mediar palabra le disparó en la cabeza. El proyectil de la nueve milímetros le produjo una laceración, entrando por la frente y saliendo por la nuca. La bala gira en su entrada escavando y agrandando el diámetro del proyectil; en su viaje destroza el bulbo raquídeo ocasionando una muerte instantánea. Las imágenes desde la parte alta de la barbería después de que el rubio se marchara, era una tétrica secuencia. Las paredes enteladas se cubrían de pequeños restos de cráneo diseminados hasta el otro extremo de la estancia. Una pieza de Jazz seguía atormentando el oído del abatido, hasta que el pájaro voló lejos. Fueron apenas unos segundos después de caer contra el suelo, cuando aquellos golpes de saxofón agonizaban su muerte. No tardó ni dos minutos en salir de allí, camino arbitrariamente por las calles hasta llegar a su coche, antes de llegar tiró en un contenedor su gorra y cazadora. Para asegurarse de que había muerto, hizo el mismo recorrido con su vehículo. A escasos metros se veía gente amontonada alrededor de la entrada; con las manos sobre la cara, agitando disgustada la cabeza hacía ambos lados. No muy lejos de allí se oía la sirena de una ambulancia que se acercaba a gran velocidad.

El rubio ya estaba dentro del recinto, sabía que le esperaban. Se tenía que preparar para lo peor. Extraerían del cuerpo de Olga toda la sustancia. Eso era lo menos invasivo. A partir de ese momento, la torturarían, la borrarían sus recuerdos y la abandonarían a su suerte en la caja de cerillas.

Toni le esperaba en la sala, observaba a través del cristal cómo le extraían las capsulas de su cuerpo. Las limpiaban y depositaban en un peso. El peor castigo para el rubio fue ver cómo realizaban la craneotomia. El cirujano crea un agujero en el cráneo y extrae un colgajo óseo. La intención es colocar un novedoso dispositivo en el hipocampo. Este implante disminuye la proteína por distintas zonas, logrando que aquella zona de conexión neuronal establezca una nueva ruta de comunicación, cancelando la memoria a largo plazo.

Toni se acerca hacía el rubio y le dice cerca del oído;

– Han matado a la fuente. – se dirigió a la puerta y antes de salir le dice.

– Me ha entrado hambre, te invito a comer. Te espero en el coche. – no dijo nada más y se marchó. – el rubio permaneció varios minutos contemplando el cuerpo desnudo de Olga. Estaba deformado lleno de cicatrices, inerte en la mesa de quirófano. Sabía que su sufrimiento solo había comenzado.

Hao decide bajar al sótano, ha superado sus miedos y se dirige con paso firme al crematorio. Los quemadores están funcionado. El sonido de las máquinas cubre todo el pasillo. Pasa por delante de la pequeña oficina de Víctor. Ni siquiera se percata de las fotografías colgadas en la pared. Continua andando, antes de descender al laboratorio clandestino, necesita ver con sus propios ojos que es lo que ocurre. Se asoma por el perfil de la puerta, la luz está apagada, solo ve el brillo que despide los quemadores dentro de las máquinas; por la pequeña ventana puede ver restos humanos quemándose. Parece que no hay nadie allí. Su ingenuidad hace aproximarse demasiado. Una sombra enorme aparece frente a él. El calor ahoga sus orientales venas, limitando la entrada de oxígeno. El miedo le deja agarrotado. Aquel hombre le mira fijamente.

Éric sigue avanzando, arrastra los pies ligeramente. Poco a poco la piel y tejidos de una de sus manos se desprenden. Está pensando seriamente la posibilidad de empezar a comer. Necesita nutrientes humanos para mantener viva la sustancia verde que recorre su cuerpo. Si agota todas las posibilidades de alimentarse, sabe con certeza que morirá en pocas horas. Por eso se alimentan, para seguir viviendo muertos. Por eso luchan y avanzan por la ciudad en busca de presas frescas. Tiene que encontrar un sitio para reponerse. Decide bajar a una zona de aparcamiento. Baja la rampa tambaleándose. Apenas puede mantenerse en pie. Se agarra a la pared de hormigón donde está colocado el dispensador de luces. Las activa con uno de los dedos. Una luz electrizante cruza parpadeando el techo del aparcamiento. Algunas paredes vestían, aterciopelados trajes de moho. El olor húmedo, hacía que Éric dejara escapar restos de sustancia verde por sus orificios nasales.

Necesita recuperar fuerzas, anclada a la pared de la zona naranja, ve un armario de emergencia. Rompe el cristal con la cabeza y extrae un hacha con grueso filo, se dirige sin miramientos a la luna delantera del primer vehículo aparcado y revienta el cristal. Se deja caer en el interior, consigue meter la cabeza, pero el resto de su cuerpo descansa sobre el capó.

Olga lleva varios días en la caja de cerillas, sabe que un visitante nuevo está en la otra habitación. Tiene muchas lesiones neuronales, pero todavía se acuerda de la música. Susurra la misma melodía una y otra vez. No tiene recuerdos, ni tampoco los quiere. Esa será su nueva vida hasta que acaben con ella. Todos los días sale de aquella habitación y vuelve a ser intervenida. Es una cobaya para investigar sobre el alzhéimer.

Michael está dormido, le suministran todos los días la droga Zombi. La mala alimentación y la falta de luz solar durante demasiado tiempo hace que las primeras capas de su piel se descamen. Todavía conserva todas sus facultades, pero su cuerpo no para de enfrentarse a un nuevo tejido y la transformación física sigue imparable; por mucho que quiera resistirse sigue cambiando.

Se despierta con remanente dolor de cabeza, la boca seca y ganas de vomitar. Intenta calcular los días que lleva en aquel agujero. Aunque ahora tiene todas sus facultades, teme que un día despierte y su memoria sea un folio en blanco.

Se levanta despacio del mugriento colchón y calcula los pasos para llegar al lavabo sin caer. Mira hacía abajo y ve como caen mechones de pelo de su cabeza. Grandes y castaños mechones de su corta melena.

Necesita anotar los días; así que araña con fuerza su muslo hasta conseguir que la sangre brote. Con su dedo tembloroso, comenzó a escribir una pequeña biografía en la pared. Necesitaba leerla todos los días, para cuando perdiera la memoria.

Después de varios meses de extrañas pruebas, le dieron permiso para visitar el patio. Estaba algo más animado, saldría al exterior, respiraría aire puro. Alejaría de su jodida nariz aquel olor viciado, especiado con aromas de ultratumba.

La luz del sol le causó ceguera pasajera. La poca iluminación de aquella celda le había producido una fotosensibilidad a cualquier tipo de luz. Los ojos le escocían, no paraban de rociar su rostro de una sustancia pegajosa. Sabía que en aquel espacio al aire libre no estaba solo. Se oían los chasquidos intermitentes de aquellos seres, desnutridos y putrefactos. La cortina luminosa que cubría sus ojos solo le dejaba distinguir altas y oscuras siluetas que se aproximaban hacía él. Alguien le empujó con fuerza hacía una zona sombría. Pestañeo varias veces para adaptarse al cambio de luz. Frente a él un hombre alto y corpulento con una capucha que cubría casi todo su rostro le miraba interrogante. – le conocía – era aquel extraño tipo que saltaba la valla, para seguir sus movimientos todas las noches. Fue el primero que comenzó a hablar.

– ¿Qué tal con tu nueva vida? – le miró sin reprimir un amago de sonrisa.

– ¿Qué coño es esto? – respondió Michael cabreado.

– ¿Qué hacéis aquí? – los tendones expuestos de su rostro comenzaron a tensarse, provocando un colapso en la mandíbula.

No recordó más, le golpearon en la cabeza y amaneció sobre su colchón. Alguien entró en la caja de cerillas cuando Michael estaba dormido. La silueta de color amarillo cubría su cara con una mascara, se acercó para ver si respiraba. De un maletín plateado, extrajo un pequeño bote con una sustancia blanquecina; aquel producto era un inhibidor que neutraliza la enzimas y retrasa el proceso de putrefacción.

El rubio está preocupado, llega cansado después de cobrar los pagos. Tiene una comida con Toni. No sabe cómo iniciar la conversación, pero tiene que preguntarle si sabe dónde está Michael.

Siempre come en un viejo restaurante en el centro de Moscú. En la puerta puede distinguir a dos de sus compañeros, ataviados con impecables trajes negros, gafas de sol y su inseparable pinganillo. Les saluda inclinando la cabeza y entra sin más. El restaurante permanece vació cuando queda reservado por el matón. Una ancha camarera le rellena su copa de vino tinto. Toni siempre hace el mismo gesto, desliza su mano entre las piernas de la rolliza mujer, hasta llegarle a tocar la vagina. Después huele con deleite su dedo indice. – este puto tío me saca de mis casillas. – piensa el rubio casi en gritos dentro de su cabeza.

– Siéntate, querido rubiales. – le mira celebrando un triunfo con su mirada. – el rubio le mira desconcertado.

– Te has quedado sin novia. – la mirada perpleja del corpulento rubio le parecía una tira de humor que imprimen en los periódicos; su cara y las arrugas en su frente parecían dibujadas sobre el papel.

Una risa socarrona se desprendió repiqueando entre los dientes de Toni. Entonces el rubio dedujo de que se trataba.

– Quiero anunciarte que me voy a casar en España con Katia, dentro de tres meses. Estás invitado a la boda.

Después de tan suculenta celebración y de aguantar sus impertinencias, el rubio realizó la pregunta;

– Veras Toni, quiero comentarte algo. No sé si tú lo sabrás, pero Michael ha desaparecido.

– Ja, ja, ja…, esto sí que es bueno. Claro que sé que Michael ha desaparecido, pero no es del todo cierto.

– Creo que me merezco una explicación. – le dijo el rubio con tono de amenaza.

– Ese jodido químico es mi gallina de huevos de oro. La estoy protegiendo, lo entiendes. Necesito que cocine para mí. Estoy cansado de la puta XPARIS, quiero abrir otro laboratorio, pero solamente mío. Y necesito que me ayudes a lograrlo. Esta droga se vende sola.

©Julia OJidos Núñez ©Blog:

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ADICTOS XV

Agentes especiales antidroga

(piso franco)

El protocolo de seguridad se ha iniciado, tienen que anular el dispositivo de localización que Izan mantiene en su cuello. Aunque está cifrado y es de última generación, siempre hay gente que consigue descifrar el sistema.

– Localizado, anulando el dispositivo. – el analista comprueba los datos del dispositivo después de anularlo.

– Izan ya está en el apartamento, esperamos la transmisión de datos.

Izan ha iniciado el nuevo servicio de seguridad, consiste en quitarse del cuello el dispositivo. Tiene que hacerse una incisión y extraerlo. Todo está dispuesto en la encimera del lavabo.

Coge el bisturí y comienza a abrir despacio el perímetro de piel donde una tenue luz roja parpadea, le indica el lugar exacto donde se encuentra el dispositivo. Coge las pinzas y tira con cuidado. Abre la taza del inodoro y lo arroja en su interior.

Limpia la zona con un antiséptico y cose con rapidez. Acto seguido se quita su disfraz; ahora necesita otra identidad, cuando descargue los datos y se compruebe la información, tiene que empezar a adaptarse a un nuevo personaje antes de salir a la calle.

Se quita los restos de látex que se quedan adheridos a ambos lados de la nariz. Se lava el pelo, lo deja secar al aire libre. Se dirige a la mesa del salón comedor y abre el portátil. El dispositivo táctil de seguridad escanea su dedo indice. El programa KR7 se abre en la pantalla; una voz le avisa de que el proceso de seguridad requiere un escaneo facial y de retina. Después de esto tiene que teclear la clave de entrada. En segundos…, su registro está activado, introduce el material del rubio y observa con atención. En la tarjeta de memoria aparecen muchas carpetas, Izan se toma su tiempo y comienza analizar y memorizar los lugares frecuentados por Toni y sus secuaces. El rubio ha hecho un buen trabajo. Documentación protegida, fotografías. También ha realizado un vídeo. Izan da un clic al reproductor de vídeo de su portátil.

Hola a todos, cómo veréis, después de más de ocho meses estudiando el terreno y recabando información al más alto nivel. He realizado varios trabajos para Toni; deciros que estoy dentro. Él confía en mí. He descubierto algo bastante importante. XPARIS una pequeña farmacéutica con base a las afueras de Moscú. Ha comenzado en pocos meses a despegar de forma espectacular en un crecimiento económico sin precedentes. Lo más chocante es que nuestro querido amigo Toni, llegó hace escasamente cuatros meses, contratado por la farmacéutica cómo jefe de seguridad y servicios. Esto está comenzando, pero creo que algo importante se empieza a notar en el ambiente. Mañana tendré el honor de conocer las instalaciones y mi nuevo trabajo. Estaré incomunicado, no puedo poner en peligro la misión. Así que a partir de este momento, los puntos de encuentro serán…

Hao llega a la universidad, le extraña que la entrada principal no esté vigilada. Así que decide entrar por allí. Un silencio sepulcral envuelve el vestíbulo. Los pasillos sumidos en una espesa oscuridad no permiten prever si alguien o algo está escondido entre las sombras. La luz natural penetra desde el exterior de forma perezosa, dividiendo los espacios de luces y sombras. El suelo está cubierto por ceniza. Ni siquiera se aprecia el color marmolado del suelo. Hao se cubre el rostro con una mascarilla. Comienza a avanzar, cuidadoso de no caer. Tiene que subir hasta la primera planta, continuar un largo pasillo que desemboca en otra planta inferior. Allí es donde se dirige, la parte más iluminada de aquella zona es el pasillo; largo e interminable. Es una decisión arriesgada, pero tiene que tantear el terreno. Quería saber ¿cuántos? ¿qué hacían en aquel lugar? No era normal que no se movieran. Quizá fuera el origen de todo o simplemente un refugio. Tenía que averiguar que les hacía permanecer allí. Según caminaba por aquel pasillo más densa era la capa de ceniza que cubría el suelo. El olor a añejo se marchaba con facilidad a cada paso. Aguzaba el oído a medida que avanzaba. El ruido de una puerta abatible, le puso el vello cómo escarpias. Su respiración comenzó a ser más agitada. No pudo evitar respirar por la boca. Estaba muerto de miedo. Puso su cuerpo en guardia; avanzaba pegado a la pared. Un sonido procedente del sótano le hace retroceder un par de pasos. Aquel sonido era conocido. Hao intentaba averiguar por qué aquel sonido no le gustaba. Entonces lo recordó. Era un ruido muy similar al que oyó cuando se quedó atrapado en el sumidero. Cuando su cuerpo no quiso luchar más por salvarse. Comenzaron sus recuerdos; pegado al suelo con los colgajos de su rostro atravesando la rejilla, su lengua chasqueaba de forma similar. Era su forma de comunicarse. El chasquido de su lengua. Esa extraña vibración que suena por todo el sótano. Se para y vuelve a sonar. Están ahí abajo. – Hao intenta organizar su miedo. El pánico que sufrió de pequeño resurgía desde su interior cómo nunca. Se quedó petrificado, aquel sonido era cada vez más claro. – se acercaban – El sudor comenzó a salir inundando su frente. El frio se apoderaba de él sin piedad. Notaba cada latido cómo si saliera fuera de su pecho. Tenía que moverse, pero no podía mover ni un solo dedo. Estaba totalmente agarrotado, aislado de la realidad. Ahora sus pensamientos estaban en lo alto de aquella montaña; en “ El jardín de las delicias”.

Faltaban pocos escalones que le separaba de su muerte inmediata, pero por algún motivo algo cambio sus planes. Oyó como se alejaban. Aquellas conversaciones irracionales se dispersaban como nubes de vapor. Quizá lo que había oído era el producto de su propio miedo. Hao comenzó a respirar.

Éric comenzó a encontrarse mal. Comenzaba a tener convulsiones. Lidia había decidido mantenerle sedado y suministrarle un antibiótico. Según sus cálculos la dosis que le había suministrado le había durado dos días. Ella ya había descansado; puesto que Éric no podía mantenerse en pie, decidió marcharse sola. No tenía otra alternativa. Necesitaba encontrar al rubio.

Salió a la calle, mantenía la mochila sobre su espalda. En el bolsillo de su pantalón había guardado una navaja. Tenía que atravesar varias calles hasta llegar a su destino. Después de varias horas andando en zigzag, sorteando edificio en llamas, evitando los callejones y entradas a garajes, se alejó de la zona conflictiva hasta alcanzar una zona de la ciudad que parecía tranquila. La gente caminaba por las calles con sus hijos y perros. Nada alarmante. En cada rincón había apostado un francotirador protegiendo aquellas familias. Los comercios permanecían abiertos. Durante ese recorrido a Lidia le llegó el olor a pan recién echo. Sus glándulas salivares festejaban con deleite la caricia de ese aroma. Decidió seguir la dirección por donde se escapaba el aroma. Aquel mapa invisible que había trazado en el aire la guiaba calle abajo hacía una pequeña tienda situada en esquina con un alto edificio.

Una pequeña y peculiar tienda con fachada Vintage de vivos colores se reclamaba autora de tan delicioso aroma. Se acercó guiada por su remanente dolor de estómago que protestaba por saborear aquella delicia. Le distrajo un poco el pequeño escaparate. Miró al interior a través del cristal y no vio a nadie. Sin embargo, las luces del horno estaban encendidas. Entro despacio. Al abrir la puerta el sonido de unas campanitas colocadas en la jamba le dieron la bienvenida. El olor era más intenso.

No se oía nada que no fuera el ligero rugir de las máquinas. Esperó varios minutos antes de hablar; una de las alarmas del horno comenzó a sonar. El sobresalto inesperado la hizo dar un pequeño salto hacía atrás. Esperó cortésmente a que alguien saliera a atenderla, pero al no ocurrir nada, decidió pasar a la trastienda. Allí se confundían los aromas. Vainilla, masa de pan, chocolate y otro olor que no le gustó nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo con cuidado la navaja. La puerta de atrás estaba entornada. Se acercó despacio y desde allí pudo ver con horror que un grupo de zombis se alimentaba del cuerpo del pobre panadero. No lo pensó dos veces, retrocedió con cuidado y después de coger un par de panecillos salió corriendo de aquel local.

Mientras intentaba llegar al Pub Rengato, algo la hizo reflexionar. Sus recuerdos de aquella noche se amontonaban en su cabeza evitando pensar con claridad. Allí ya había zombis. Recordó a aquel ser que esperaba apoyado en la puerta. El colapso de su cara, la mirada. Toda su vida cambió a partir de ese momento. Las fiestas nocturnas eran un reclamo para jóvenes, aquel putrefacto lugar producía morbo.

Quedaban escasos metros para alcanzar la puerta metálica del Pub, cuando alguien desde dentro la abre. Se sitúa justo detrás de ella; la gran puerta abre hacia fuera, su cuerpo queda camuflado por una de las hojas. Espera impaciente con el corazón en la garganta, solo ve salir a un par de individuos completamente normales, ataviados con armas semiautomáticas. Parecían hablar en ruso.

Se mantuvo quieta varios minutos hasta que vio que aquellos hombres se alejaban calle abajo. Salió con cautela de su escondite y cruzó el umbral de la puerta.

Michael permaneció más de cinco horas sentado al lado del lavabo. Tenía la mirada perdida. Llevaba oyendo el inquietante cántico susurrado, durante mucho tiempo. Intentaba no llegar a la locura, por eso había conseguido evadirse de su propio cuerpo. Entrar en un espacio espiritual hermético donde nada ni nadie podía penetrar. Ese aislamiento le arrastraba poco a poco a un pozo muy profundo, donde no llegan los sonidos, los olores y mucho menos las imágenes.

El rubio deja una nota sobre el mostrador de recepción. Es una cita para Katia. Necesita hablar con ella. La mira a los ojos y dirige su mirada hacía el cuarto del café. Ambos saben de que se trata.

El rubio se ha asegurado que hoy había una reunión con los gerentes y que Toni no iba a estar cerca, así que se aproximó a la cafetera y decidió tomarse un café largo con un chorro de vodka.

– Buenos días. ¿Cómo estás Katia? – la saludó manteniendo la mirada fija en su café.

– Buenas…, quieres que te sirva algo de comer. – le dijo Katia amablemente.

– No gracias. Ven, siéntate. El otro día no terminaste de contarme tu preocupación por Michael. – se acercó despacio y aproximó la silla a su lado con la intención de hablar con intimidad.

– Quiero que esto no salga de aquí, por favor. – le dijo Katia cerca de su oído.

– Tienes mi palabra. – levantó cómicamente su mano para prometer en el aire.

– Bueno el último día que le vi…, – paró de hablar para mirarle a los ojos – unos segundos después continuó hablando, parecía tener congoja mientras hablaba –

– Continua, te escucho.

– Le hice un pequeño favor. Se había dejado su tarjeta de entrada en casa y no le apetecía volver a cambiarse e ir a por ella. Así que le presté la mía. Estuvimos hablando de quedar esa noche y tomar una copa en su apartamento. Termine mi jornada, me fui a casa. Me duché tranquilamente y me arregle para dirigirme a su apartamento. Llamé varias veces y nadie contestó. Así que le llamé al móvil y no lo cogía. Eso es todo. No sé que le ha ocurrido, pero tengo miedo. Saben que la tarjeta es mía y localizan las entradas de personal en todos los sitios.

– Katia escucha, tienes que avisar a Toni la perdida de esa tarjeta. Sé que  te dijo que le contarás los movimientos de Michael. Sigue haciendo lo que te sugiere, el resto déjamelo a mí. ¿Lo has entendido?

– Por favor, encuéntralo. – se alejó hacia su puesto de trabajo. El rubio se sirvió otra taza de café con otro chorrito de vodka.

Irina se ha incorporado y permanece sentada en el borde de la camilla. Está aturdida y no recuerda muchas cosas. Los huesos expuestos de la cadera están recubiertos por tejido blando. Tiene mejor aspecto que la última vez que comprobó su estado. Sigue monitorizada. Mantiene su temperatura y el nivel de glóbulos blancos en sangre es estable. Michael se acerca hacía ella, necesita comprobar ciertos valores. Así, que intenta hacer una exploración en la piel de su cara y hombros. Después del proceso de regeneración ha encontrado otro problema que tiene que solventar; comienza a evolucionar un enfisema cutáneo, las burbujas de aire subcutáneo aparecen esparcidas por todo el tórax, la cara y brazos a causa de la regeneración precoz de los tejidos. Tiene que evitar que las burbujas de aire se acumulen en zonas torácicas, en otras partes del cuerpo menos importantes realizará un drenaje subcutáneo.

Se pasaban varios minutos sin hablarse, solo mantenían su mirada. Por alguna razón; algo fuera de su alcance les conectaba. No sabían que les estaba ocurriendo, pero era algo verdaderamente especial. A Michael, le bastaba un roce con su piel para estremecerse. Una de las veces que comprobó su temperatura, Irina abrió los ojos y le acaricio la cara dulcemente.

Un grupo bien organizado

Desde que llegó a Madrid, solo tiene un propósito; matar a Michael, pero antes tiene de asegurarse de que le dé la fórmula del suero. El líder de los zombis tiene claro que necesita un ejército para llegar hasta donde se esconde Michael. Le considera un hombre astuto que pudo escapar de la muerte en Moscú gracias a su coraje y sus conocimientos de química. Aprovechó el momento justo para saltar al tren. Le observó desde que entró a trabajar en la farmacéutica. Desde la penumbra del patio, todas las noches saltaba la valla para observar sus movimientos. Él supuestamente era quien le iba a salvar de una muerte putrefacta. Fue un trato que hizo con él después de varios meses cautivo en la caja de cerillas. Michael le hizo una promesa que recordaba todos los días. – si me ayudas a escapar de aquí, te ayudaré a recuperar tu vida anterior. – eso fue el trato. El líder avisó al rubio para que intentara sacarle de la cloaca y eso fue todo. Michael se olvidó de su promesa…

El grupo de zombis se movía rápido a las ordenes de Iván, se esparcían por el mapa de Madrid a toda velocidad. Seguían rastros, hasta que uno de ellos les llevó al apartamento de Irina.

Éric, mantiene los ojos abiertos, está en estado REM. Su cuerpo había cambiado de nuevo, la tonalidad de su piel es azulada. Se han paralizado las convulsiones y su ritmo cardíaco es demasiado lento. No pestañea, el ojo permanece seco, una pequeña membrana similar a la de los reptiles le cubren los globos oculares. Están hundidos. Su boca permanece abierta, en uno de sus lados se descuelga una azulada lengua que parece podrida. Tiene una vía colocada en la zona de la muñeca con antibiótico. De alguna manera retiene la infección y el proceso de putrefacción va más lento.

Iván sube los escalones de dos en dos, su cara desfigurada por el avanzado estado de descomposición simula una terrorífica sonrisa. Cree haber encontrado a Michael. La puerta impecablemente blanca está atrancada. Comienza a chasquear la lengua; necesita ayuda para abrirla En pocos minutos más de treinta cuerpos hambrientos aparecen en el rellano esperando su premio.

Consiguen derribar la puerta. Allí dentro no hay nadie. Solo restos de goma y bolsas de antibióticos.

Recorre con la mirada toda la estancia en busca de algún indicio, pero no haya nada concurrente.

Solo un ligero olor humano que se cuela en su sentido del olfato. Ese olor le envenena, le quema por dentro. Realza su odio contra Michael, sabe que él ha estado allí, pero también sabe que la dueña de la casa está con él. Mira desesperado por la ventana y ve un zombi saltar por los tejados alejándose del lugar. En ese momento un grito aterrador sale por su boca. La tensión vibra como el sonido chocando por los tejados. La figura que se aleja le mira desafiante, sin miedo. Permanecen así varios minutos. Hasta que decide seguir su camino.

©Julia OJidos Núñez

©Blog: https://juliaojidos.wordpress.com/ Depósito Legal: Safe Creative

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ADICTOS XIV


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Adictos XIV

ADICTOS XIV

Michael abrió los ojos, tenía un remanente dolor de cabeza. La boca seca, los ojos le escocían. Tragaba con dificultad. Una nube rugosa le cubría los ojos. Pestañeó intentando por todos los medios enfocar su visión. Le sorprendió la agudeza de su olfato. Fue en ese momento cuando percibió el olor a podrido y el inseparable frío. Estaba tumbado sobre un colchón. Su cuerpo completamente desnudo se cubría por una fina manta. La luz natural entraba por unas pequeñas ventanas enrejadas. Pasaron varias horas hasta que pudo recuperar por completo la movilidad de su cuerpo y una visión adecuada. Aunque la perdida de dioptrías era notable. La fotosensibilidad se apoderaba de sus ojos. Se incorporó lentamente y logró arrastrar las piernas hasta el perfil del colchón. Notó el suelo bajo sus pies. Las paredes y el suelo eran de hormigón. La forma rectangular de aquella estancia le recordaba una caja de cerillas. Al otro lado de la cama anclado a la pared, había un inodoro y un lavabo. Las paredes estaban cubiertas de letras escritas con sangre. Parecía que allí, habían escrito un diario. Fechas y nombres en ruso se esparcían por la habitación. Se dirigió tambaleándose hacía el lavabo. Justo encima de él se veía la marca ennegrecida de un rectángulo, parecía el lugar donde había estado ubicado un espejo durante mucho tiempo. Se agarró al borde del lavabo y comenzó a recordar quién era y porque había terminado en aquel lugar. Bajó despacio la cabeza pensando que la decisión que tomó fue arriesgada y al final ha pagado por ella. Comenzó a oír un susurro, un pequeño susurro, que paraba y continuaba. Era algo melódico, cómo una nana susurrada. Distinguió de donde procedía. Separó el colchón de la pared. Encontró bosquejada en la pared una rejilla de ventilación que comunicaba varias estancias. El susurro procedía de allí. Parecía de mujer. Quitó la rejilla, se sobresaltó ver un rostro al otro lado. La cara de aquella mujer era cadavérica. Sus enormes ojos ocupaban gran parte de su graneo arrugado y lleno de cicatrices. Parecía una mujer anciana, pero no lo era. Carecía de labios, su gran mandíbula parecía desproporcionada a su cavidad. Grandes y puntiagudos dientes chocaban uno contra otro en el mismo punto. No pestañeaba. Su cara estaba pegada al suelo, mirando su dirección. Se incorporó agilmente de un salto sin apoyar los brazos ni las rodillas. Al alejarse vio completamente su cuerpo desnudo. Arrugado y lleno de cicatrices cómo su cara. Parecía que vestía un traje natural varias tallas más grande de la que necesitaba. Se sentó en una cómoda cama. Sus pies eran grandes. Las uñas kilométricas. Parecía un monstruo en vez de una persona. Se apartó de aquella visión con auténtico pánico. Le aterrorizaba terminar de aquella manera.

Michael había permanecido varias semanas sedado antes de despertar. Era un invitado de honor. Había comenzado a husmear más de la cuenta. Toni le estaba controlando. Quería deshacerse de él, pero las inquietudes de Michael le ahorraron el trabajo. Él solito se metió en la boca del lobo. Así que fue bastante gratificante descubrirle en la zona B. En esas semanas…, justo diez pisos por encima de aquella cavidad semienterrada, el rubio intentaba averiguar su paradero.

Tenía que jugar varios papeles y todos ellos sin levantar sospechas. Después de visitar los barrios periféricos y suministrar la droga. Se tomó un tiempo de descanso. Como todos los jueves tomaba café en la sala cercana a la recepción. Una pequeña sala para empleados que albergaba una pequeña cocina modular y una mesa redonda con cuatro sillas. Preparó café y se sirvió una porción de Ptichie moloko * . Estaba pensativo, intentaba atar cabos sueltos; intentaba descubrir el paradero de Michael. Cómo agente encubierto, no podía permitirse ninguna baja inocente. Haría todo lo posible por encontrarle, aunque sabía que el tiempo era una herramienta valiosa que tendría que tener en cuenta.

Katia les dijo a sus compañeras que se iba a tomar un café. El rubio desde aquel punto la vio levantarse de la silla. Acomodar su falda de tubo y quitarse los auriculares con micrófono de su cabeza. Le parecía preciosa. Siguió su contoneo hasta que alcanzó el apartado.

– Buenos días. – dijo ella con una sensual sonrisa.

– Buenos días Katia. ¿qué tal la mañana? – le devolvió la sonrisa.

– Bastante bien gracias. – comenzó a verter el café recién hecho en su taza. Acompañó su café con Pastila*

– Oye una pregunta; ¿has visto últimamente a Michael? – le preguntó Katia.

– No, la verdad es que he estado muy ocupado estos días. Ahora que lo dices no he coincidido con él hace varias semanas.

– ¿Te puedo contar una cosa?; no puede salir de esta sala. – le dijo casi en susurro cerca de su oído. – el rubio se puso en guardia. La miró y asintió con la cabeza.

– Hace tres semanas, Michael se acercó a recepción. Le noté nervioso, pero es una aptitud muy propia en él. Es un hombre tímido. Cada vez que se dirige a mí a veces tartamudea. Es un poco inseguro cuando habla con mujeres, pero a la vez es encantador y tierno. – el rubio detectó en sus palabras lo perdidita que estaba por sus huesos.

– ¿Eso es lo que quieres que no salga de aquí? ¿Estás enamorada de ese tipo? – mantuvo su mirada.

– No, tonto. Es una manera de decirte, que estoy preocupada por él, por qué verdaderamente me importa. Lo que te quiero decir. – en ese momento entra Toni en la pequeña sala.

– Rubio, en marcha. Te estaba buscando. Siento joderte el rollete, pero tienes que venir conmigo.

Lidia revisa el apartamento, atranca la puerta con un mueble, va a la cocina. Sabe perfectamente donde Irina escondía su dosis. Detrás del embellecedor del mueble alto. Se sube a una silla y palpa con una de sus manos aquella superficie.

– ¡Bingo! – lo dijo en alto, dejando escapar una torcida sonrisa.

Abrió el pequeño paquete, sin esperar más, se dirigió al baño. En uno de los cajones del mueble del lavabo encontró varias jeringuillas sin usar. Preparó el compuesto y le pinchó cerca del codo, una de las zonas menos deteriorada. Su estado disfuncional; su deterioro, hizo que Lidia le suministrara la dosis completa. En aquella bolsa habría más de cuatro gramos. No quiso comer nada antes de marcharse. Se aseguró de que Éric estuviese arropado con varias mantas, le puso un barreño a los pies del sillón y una botella de agua fresca. Le escribió unas palabras en un trozo de papel y lo depositó sobre la mesa auxiliar. Salió de allí.

El aire en el exterior se movía con rapidez. Levantaba los papeles acumulados en el suelo, formando una nube sobre su cabeza. Los semáforos de aquella zona estaban fuera de servicio. Pasó por delante del escaparate del pequeño supermercado. Los cristales estaban reventados. Los trozos de cristal se esparcían por el interior. Vio varios cuerpos descomponiéndose en uno de los pasillos. Algo al lado de uno de ellos le llamó la atención. Un bolso que reconoció de inmediato. Entro en silencio, andaba despacio. Cogió del suelo una barra de hierro descolgada de una estantería y se aproximó hacía donde estaba el bolso.

El cuerpo estaba tumbado bocarriba. Su aspecto le puso en alerta. La textura de sus tejidos y el olor hizo agacharse con cautela. Sin duda era el bolso de Irina. Se lo regaló en uno de sus cumpleaños. Tiró de el con fuerza, pero aquel cuerpo tenía agarrada una de sus asas. Intentó abrirle el puño, pero solo consiguió despertarle. Se incorporó chasqueando la lengua, tirando con fuerza del asa. Se abalanzó sobre el cuello de Lidia, pero antes de que pudiera reaccionar, alguien le arrancó la cabeza. Lidia respiraba con dificultad. Le temblaba todo el cuerpo. Al levantar la mirada reconoció los pantalones que le habían salvado. Éric le ayudó a levantarse. La cogió entre sus brazos y la beso los labios. Lidia se separó despacio para observar su estado. Había recuperado tono muscular y tejidos en el rostro. Casi no se podía ver los huesos expuestos del omóplato. Permaneció abrazada a él varios minutos. Cogieron el bolso y subieron de nuevo al apartamento de Irina.

El rubio conducía el coche, Toni no paraba de hablar en el asiento de copiloto, uno de sus confidentes en la calle le ha dado un chivatazo.

– He ido a recaudar la pasta esta mañana y me he encontrado con el fichas muerto y con su puta medio muerta. Nada de dinero, ni droga. Han visto a una mujer entrar sola en la nave. Luego han oído disparos. Los yonquis de la zona han visto a la misma mujer cargar una bolsa en un coche rojo aparcado a dos manzanas de ese punto.

– ¿Tenemos descripción de la fulana? – le comenta el rubio sin dejar de mirar al frente.

– No, no tenemos una mierda. El jefe me va a meter una bala por el culo, si no la encuentro y acabo con ella.

Pararon el coche cerca de donde se la vio por última vez. El rubio encendió un cigarrillo, mientras esperaba las indicaciones de Toni. Observó la zona desde su perspectiva. No encontraron nada. Las huellas producidas por los neumáticos en el barro no determinaba ninguna pista. Había cientos de huellas en aquel barrizal. El rubio no se fiaba de Toni. Siempre sospechaba que jugaba sucio. Aquella situación le hizo sospechar aún más. Aquel tipo había preparado todo aquello.

Irina sigue dormida. Michael trabaja afanoso en el otro extremo de la sala. Sigue experimentando, ha descubierto muchas cosas sobre la toxina que causa el deterioro del tejido. El microorganismo patógeno, posee cápsula antifagocitaria y produce una exotoxina que provoca los primeros síntomas. En teoría debería permanecer de forma vegetativa entre dos y cinco semanas, pero ocurre el efecto contrarío, otra sustancia desconocida bloquea ese estado para iniciar los cambios desde el primer minuto de exposición o contagio. Ha conseguido controlar la inflamación linfática, para evitar una septicemia grave. Otras preguntan interminables pasean alarmadas en la cabeza de Michael. ¿y después qué? ¿aquellas personas que superen el contagio, podrán volver a contagiarse o serán inmunes?

Necesita hablar con Hao sobre este asunto. La única manera de saberlo, es capturar con vida a varios zombis, para determinar y confirmar el modo de contagio. La droga o el mordisco.

Victor ha podido calmar su sed de carne. Ha comido antes de llegar a la salida de la calle Alcalá. Tiene un aspecto desastroso. La sustancia está cambiando su físico de forma brutal. Casi no mantiene su melena. El pelo de las cejas ha desaparecido. Tiene descolgado en jirones su oreja derecha. Uno de sus brazos está inservible. La única y buena ventaja es que casi no ha disminuido su capacidad de razonamiento y eso sin lugar a dudas le mantiene vivo.

Sabe que dependiendo del individuo puede aceptar a su equilibrio neurológico y anular los pensamientos racionales, dejándose llevar solo por los sonidos y la llamada de su líder. Absolutamente eres uno más en la manada. Actúan por instinto de supervivencia y no saben nada de estrategias. Por ese motivo la persona infectada que conserva toda su parte racional es sin lugar a dudas poderosa.

Estuvo varios minutos escondido, miraba a un despistado zombi cerca de la parroquia. Estudiaba su comportamiento. Según parecía, estaba allí para controlar ese lado de la alambrada, pero sospechó que no era el único. Una mujer salió de la parroquia, llevaba puesto un velo rosado en la cabeza. Tenía parte de su mandíbula descolgada. Comenzó a abrir sus fosas nasales y respirar de forma continuada. Había encontrado algo. Se desplazó con rapidez y comenzó a escalar uno de los frondosos árboles que permanecían impasibles cerca de la entrada de la parroquia. Víctor observó con atención. Algo calló desde lo alto. Un joven aterrizó de forma forzosa contra el alquitrán de la calle. El sonido fue inequívoco para Víctor; se había partido la espalda. Sus gritos de dolor atrajeron a más zombis que se tiraron sobre él hasta dejarle en los huesos. Fue entonces cuando saltó la valla. Despreocupado de que le vieran, se puso detrás de aquella jauría. Comenzó a chasquear la lengua; entonces actuaron cómo esperaban, el grupo se apartó a sus ordenes y le dejaron comer. Todos menos la cenicienta novia que comenzó a ofrecer resistencia. Víctor tenía que mostrar su poder. Así, que se dirigió hacía ella y con movimiento limpio le arrancó la cabeza.

El grupo de encapuchados que había rescatado al pequeño Mateo y que posteriormente llevaron a su base secreta se hacían llamar “ REVENGE”. Estaban en el interior de la ciudad, ocupaban y se movían libremente por los túneles del metro. La base estaba situada en la estación de Plaza España. Un lugar limpio de zombis. Desde que el gobierno anunciara la noticia de la aparición de criaturas extrañas que se apropiaban de los cuerpos, contagiando a la población civil. Habían sellado a cal y canto todas las entradas y salidas del metro de Madrid. La zona centro, estaba protegida por militares y fuerzas especiales de otros países.

Sin lugar a dudas era un buen escondite.

Se reunían en una habitación no muy grande. Era un lugar donde los empleados de metro realizaban sus paradas de descanso.

Mateo estaba animado, contaba una y otra vez cómo se apoderó del autobús y describía de forma cómica como el zombi se balanceaba dentro de el, mientras intentaba manipular el vehículo descontrolado. Frank estaba junto a él. Era un pobre diablo con un pequeño déficit de inteligencia. Le gustaba encargarse de la protección de Mateo. Para sus compañeros les era más útil allí, que en el campo de batalla. En ese momento llegaron un par de hombres, uno de ellos portaba un maletín de piel bastante ajado.

– Hola, campeón. – le acarició el pelo alborotándolo hacía ambos lados. – Mateo le escrutaba.

– Me permites que le eche un vistazo a ese bonito muñón. – le miraba con la boca abierta.

– Sí. – asintiendo con la cabeza.

Destapó con cuidado la gasa que cubría la herida. Cuando la tuvo al aire, observó con atención el resultado de la amputación. Su rectitud gesticular preocupó de pronto a Frank que miró tímidamente a los ojos del pequeño. En ese momento el doctor levantó la cabeza y comenzó a sonreír.

– Tengo buenas y malas noticias, Mateo. – el niño miró cabizbajo.

– Empezaré por las buenas. No sé quién ha realizado este excelente trabajo, verdaderamente me gustaría conocer al responsable. Ha cicatrizado perfectamente, la zona está limpia y los puntos ya se han caído.

– Dígame las malas. – las lágrimas de Mateo empezaron a deslizarse por su cara sonrosada.

– ¡No llores…, la mala noticia es que tendremos que pincharte varias veces al día un antibiótico bastante fuerte, para evitar un retroceso. Soló durante tres días. ¿De acuerdo? – Mateo había comenzado a soltar aire que había secuestrado en sus pequeños pulmones; emitiendo un ruido similar a como escapa el aire de un globo hinchado.

– Gracias señor. – había recuperado su sonrisa – Frank le pellizcó el moflete de forma cariñosa.

Lidia y Éric comenzaron a vaciar el bolso de Irina. Estaba repleto de cosas, encontraron un tubo de lubricante vaginal, un par de condones. Un cepillo de dientes de viaje. En el interior de su cartera había una tarjeta. Era elegante y de un material caro. La tarjeta era personal. El nombre no le sonó de nada, pero lo repitió varias veces. – Hao, Hao, Hao…, – no sabía de quién se trataba. pero esperaba que Irina estuviera en un lugar seguro; a salvo. Cogió el bolso del revés y agitó en el aire para conseguir vaciarlo por completo. Había dos juegos de llaves. Uno lo reconoció enseguida, pero el otro le hizo sospechar. Le llamó la atención un grabado en aquella pieza circular de plata; había un árbol del té. Era el mismo símbolo que aparecía en la tarjeta. Éric tenía hambre, abrió despacio la nevera y comenzó a prepararse unos huevos fritos que colocó encima de rebanadas de pan de molde.

Lidia se apoyó en la ventana con una taza de café en las manos, contempló desolada el paisaje. Estaba extenuada, su estado anímico estaba por los suelos. Pensaba en su cariñoso gato persa. En su anterior vida. En todas las cosas que habían ocurrido desde que realizó una de las primeras autopsias; aquellas autopsias fueron la clave para confundir sus criterios médicos. Los cuerpos tenían la respuesta. Aquellos cuerpos que de alguna forma volvían a la vida; era la prueba que necesitaba. Tal vez si pudieran encontrar un sitio seguro, para poder analizar sus tejidos. Tendría el resultado que quería.

Permaneció ensimismada en aquel mundo irreal; quizá solo en apariencia. Éric la rodeó la cintura con sus brazos y comenzó a besar delicadamente su cuello. Lidia comenzó a estremecerse, giró su cuerpo y besó sus labios. Quería tenerle cerca, pero sabía que no era buena idea. Tenía que plantearse esperar. Deseaba hacerle el amor. Desde hacía más de dos meses que comenzó todo aquello, era el único momento que se sentía a salvo. Allí, entre sus brazos.

El rubio tenía más trabajo cada día, pensaba elaborar la mejor estrategia; no podía levantar sospechas. Estaba sopesando una idea que surgió desde los últimos acontecimientos; necesitaba encontrar a aquella mujer antes que Toni e interrogarla. Solo eran sospechas, pero llevaba mucho tiempo en ese trabajo y tenía un presentimiento.

Izan entró en el metro, paseo durante varios minutos observando las imágenes que elegantemente se esparcían por las altas pareces de la estación. Tenía que averiguar quien le seguía. Se agachó para atarse el cordón de su zapato. Miró en dirección a la entrada. Pudo ver en breves segundos a un hombre de mediana edad, con un gorro de piel de oveja sobre su cabeza; el típico gorro ruso. Su paso firme le hizo sospechar que era militar. Comprobó de forma rápida sus facciones. Se incorporó. Sacó una de sus cámaras y comenzó a hacer fotografías por toda la estación. Enfocó y realizó una fugaz fotografía al sospechoso. No podía regresar a su habitación de hotel, decidió desplazarse en metro por toda la ciudad, hasta cerciorarse de que nadie le seguía. Cuando logró despistarle. Se bajó en una estación a las afueras de Moscú, pertenecía a unos de los barrios humildes. Allí subió los escalones de un edificio medio rehuido. En la séptima planta encontraría su refugio provisional.

©Julia OJidos Núñez

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